Tales ideas perturbaban necesariamente la disciplina y el buen

orden del servicio; además las provisiones de la escuadra eran

desgraciadamente tan escasas, tanto de pertrechos navales y de guerra

como de vestuario y hasta de víveres para la tripulación, que siempre

se presentaba algún motivo de queja y siempre había buenas razones para

poner de relieve algunos defectos que en otras circunstancias habrían

sido fáciles de evitar sin que degeneraran en serios conflictos.

El 28 de Enero el gobierno resolvió cambiar el nombre de la fragata

_Esmeralda_ con el propósito de halagar á lord Cochrane. Había ya entre

los buques de la escuadra un _Lautaro_, una _O’Higgins_ y un _San

Martín_, y se quiso que hubiera un _Cochrane_; pero su señoría prefirió

que se le diera el nombre de _Valdivia_, en conmemoración de la toma de

aquella plaza.

Con este motivo el cirujano, el contador y dos tenientes le escribieron

á lord Cochrane una carta de lo más insolente, manifestándole que no

tenían objección que hacer por que el buque se llamara _Cochrane_,

pero que pensaban que el nuevo nombre de la fragata debía tener alguna

referencia con sus captores y no llevar el del hombre que había sido el

primer tirano que había habido en Chile. A estas cartas se siguieron

otras igualmente impropias, de manera que para desvanecer lo que ya era

en realidad una pequeña conspiración, el almirante trasbordó á otros

buques á esos señores, renovando la oficialidad de la _Valdivia_.

A pesar de estas molestias, lord Cochrane había ideado un plan que

habría coronado el éxito á no haber mediado estas intrigas.

Habiendo reconocido personalmente la bahía del Callao, quiso internarse

en ella con la _San Martín_ y todos los botes de la escuadra para

apoderarse de los buques y cañoneras y volver los propios cañones del

enemigo contra los fuertes de la plaza.

Los oficiales y la tripulación de la _San Martín_ se ofrecieron

voluntariamente para el servicio, lanzando tres vivas, y todo estaba

listo para la ejecución de este audaz proyecto cuando en el mismo

momento en que debía llevarse á efecto, el capitán Guise declaró que

él no serviría si no tenía á sus órdenes á sus propios oficiales,

el capitán Spry declaró que él apoyaba al capitán Guise, y toda la

escuadra se sintió conmovida.

El día 23 ambos oficiales renunciaron sus empleos en la armada de

Chile, y el 1.º y 2 de Marzo se celebró una corte marcial por los

oficiales de la _Valdivia_, que separó del servicio al cirujano

Michael, al contador Frery; los tenientes Bell y Freeman con el segundo

cirujano Kenyon fueron separados del buque en que servían por sentencia

de una corte marcial[42].

Estas personas, junto con el capitán Guise, se dirigieron donde San

Martín para inducirlo á que los hiciera reponer en sus puestos, y éste,

en consecuencia, los mandó donde lord Cochrane con una recomendación al

efecto. Su señoría le ofreció al capitán Guise su propio buque y á los

tenientes ocuparlos en otras de las naves; pero éstos rehusaron todo

servicio si no quedaban juntos con su capitán y bajo sus órdenes, y en

consecuencia retiráronse juntos del servicio.

No sólo lastimó al almirante esta ocurrencia, que parecía amenazar

con peores resultados á la escuadra, sino también la intervención

directa del comandante en jefe en favor de estas personas. El proceder

del capitán Guise parece que no era más que una nueva manifestación

de aquel espíritu de hostilidad que en Valparaíso había inspirado la

pretenciosa é insolente conducta que observó con el almirante y que lo

había hecho caer en desprecio antes de que zarpara la expedición, pero

que los sucesos posteriores parecían haber hecho desaparecer de entre

ambos.

El capitán Spry era un hombre de cortos alcances, y probablemente

meditaba ya por entonces la traición por la cual fué poco mas tarde tan

liberalmente recompensado. Con sus argucias había alcanzado un gran

ascendiente sobre el capitán Guise, por cuyo principal instigador se le

tiene.

El otro suceso digno de mención es la ocupación de Pisco por segunda

vez. Esta infortunada población, después de haberse visto obligada á

mantener durante cincuenta días al ejército patriota, había vuelto á

caer en manos de los españoles, que castigaron con toda severidad la

defección de sus habitantes.

El 22 de Marzo fué recobrado por 500 patriotas, á las órdenes del

coronel Miller, que se apoderaron el primer día de 300 caballos para

el uso del ejército y de otros tantos bueyes, corderos y mulas. Lord

Cochrane que había acompañado á la pequeña expedición, izó su insignia

el día 18 á bordo de la _San Martín_, y dejando á la _O’Higgins_ y la

_Valdivia_ para proteger las tropas en Pisco, regresó al Callao, donde

volvió á atacar con éxito las cañoneras.

Por esos mismos días el coronel Arenales había alcanzado otra decidida

ventaja sobre un cuerpo de ejército de 2.000 hombres que mandaba el

general Ricafort.

A principios de Mayo se empeñó un vigoroso ataque sobre Arica[43];

pero como el desembarcadero estaba muy bien fortificado, las tropas

tuvieron que desembarcar un poco más al Norte. Después de un bombardeo

de cinco días, los españoles abandonaron la ciudad, dejando un botín

considerable, fuera de 120.000 pesos en dinero, que fué capturado.

Estos triunfos de los patriotas indujeron al virrey á proponer un

armisticio de tres semanas al general San Martín, que lo aceptó

alborozadamente, como signo precursor de la pacífica terminación de

una campaña fatigosa para los invasores y cruelmente opresiva para los

habitantes del país.

Sin embargo, como el general Laserna no tenía más poderes que su

predecesor para reconocer la absoluta independencia de los colonos de

la América del Sur, la negociación sólo sirvió para proporcionar un

corto descanso á los dos bandos.

Pero la escuadra había seguido manteniendo el bloqueo en tanta

vigilancia y resolución, que el virrey tuvo que convencerse de que la

ciudad no podía resistir mucho tiempo por falta de provisiones. Los

clamores del pueblo se acentuaban, y se había abandonado toda esperanza

de refuerzos de España; en consecuencia, el día 6 de Julio el general

Laserna evacuó la ciudad de Lima. Los habitantes esperaban ansiosamente

que de un momento á otro llegara á ocuparla el ejército libertador;

pero con gran asombro, tanto de peruanos y chilenos como de los

neutrales anclados en la bahía, el ejército de San Martín no hizo el

menor movimiento hacia la ciudad hasta el día 9, en que se mandó allá

un reducido destacamento[44].

Durante este intervalo se temió que, con motivo de la retirada de las

tropas y la desorganización del gobierno, ocurrieran en la ciudad los

más serios desórdenes, por cuyo motivo el capitán Basil Hall, del

_Conway_ y buque de la armada de su majestad británica, mandó á ofrecer

al cabildo los servicios de sus marineros y sus soldados de marina, á

fin de resguardar el orden y proteger la propiedad pública y privada.

El general llegó al Callao en la goleta _Sacramento_, el día 6 ó

7, y después de esperar que una división de su ejército se hallara

seguramente acuartelada en Lima y que se le enviara una solemne

diputación de la ciudad para invitarle á tomar posesión de ella,

desembarcó y prosiguió su marcha con toda seguridad en la noche del 10.

El primer día fué empleado en la publicación de proclamas halagadoras

y en aquellas manifestaciones de jactancia y de congratulación á que

tan propensos son los generales y los ejércitos cuando ocupan un nuevo

territorio, y en lo que San Martín ha sobrepujado á cuanto jefe cuyos

manifiestos he podido ver.

A pesar de haber permanecido en la más completa inacción todo el

tiempo desde que llegó á las costas del Perú, y de haberse rendido la

capital á las exigencias del hambre, causada por las maniobras de la

escuadra y excitada por las discusiones civiles consiguientes á las

grandes calamidades privadas, él se da la importancia y el renombre de

conquistador, y á atenerse á lo que se lee en sus _Boletines Oficiales_

era de creer que se había tomado la ciudad después de una porfiada

lucha. Sin embargo, el Callao resistía, á pesar de hallarse reducido á

los últimos extremos con motivo de la ocupación de Lima.

La escuadra continuaba atacando á los fuertes y cañoneras cada vez que

se presentaba la oportunidad, y el día 24, como notara lord Cochrane

una abertura en la cadena que resguardaba á los buques, mandó en la

noche al capitán Crosbie á dar un asalto con las embarcaciones menores

de la escuadra, lo que dió por resultado la captura de los buques de

guerra _San Fernando_, _Milagro_ y _Resolución_, fuera de varios botes

y lanchas, y el incendio de dos naves más. Pocos días antes la escuadra

había sufrido una pérdida de consideración con el naufragio del _San

Martín_, que ocurrió el 15 de Julio en la bahía de Chorrillos, adonde

había ido con un cargamento de trigo para venderlo á bajo precio á los

pobres, perdiéndose totalmente el 16.

Pero por entonces el pueblo sólo tenía ojos y lengua para celebrar

el logro de la gran victoria á que Chile había consagrado todos sus

esfuerzos. El día 25 fué jurada solemnemente la independencia del Perú;

pero en la misma noche ocurrió un accidente que envenenó el regocijo

de San Martín, como la presencia del judío Mardoqueo en la puerta del

rey. Habiendo ido al teatro con lord Cochrane, el público los recibió

con las más ruidosas aclamaciones: dábanle á San Martín todos los

calificativos y epítetos que podían halagarlo, menos el de _valiente_,

que constantemente asociaban al nombre de lord Cochrane, envidiosa

distinción de que él se quejó á su señoría al salir del teatro. Lord

Cochrane se desentendió generosamente de ella, y parodiando las

palabras de Cromwell á Lambert, que Lambert recordaba después como una

profecía, le dijo: “General, si son españoles viejos, que gritarían del

mismo modo si nos vieran á usted y á mí en camino de la horca.” A lo

cual San Martín replicó, repitiendo con vehemencia las palabras varias

veces: ¡Ah, los trataré de la manera más feroz![45].

Desde ese momento quedaron acordadas sus medidas contra los españoles,

si bien no era llegado todavía el tiempo para completar su venganza.

Y no fueron ellos solos los únicos objetos de su cólera. Para el

envidioso, las bagatelas más livianas que el aire son confirmaciones

tan sólidas como el testimonio de las Sagradas Escrituras, y no dudo

que á causa de esta circunstancia aumentó la envidia que á lord

Cochrane le tenía, hasta llegar al grado con que después se manifestó.

El día 29 se cantaron las misas más solemnes en acción de gracias

por la liberación de Lima de los españoles, y San Martín, que era un

incrédulo reconocido, no sólo no se contentó con prestar decorosa

aquiescencia á los ritos á que debía estar presente por necesidad,

sino que se hizo notar por su celo por todas las cosas religiosas,

su acendrada devoción y sobre todo por su excesiva veneración á la

tutelar Santa Rosa[46], cosas que, á mi juicio, más perjudicaron que

favorecieron su causa, aun entre el clero mismo.

Pero en aquella coyuntura había que tocar todos los resortes para

conciliar á todos los hombres; el clero fué particularmente adulado.

Se le escribió una carta al arzobispo, exhortándolo á emplear sus

buenos oficios para mantener tranquilo al pueblo y darle á conocer los

beneficios del nuevo orden de cosas.

A los españoles se les halagó y se les aseguró la protección de sus

personas, y á los que quisieran quedarse se les ofreció el goce de

todas sus propiedades con sólo que solicitaran cartas de ciudadanía.

A los oficiales de la escuadra se les agasajó, halagando á varios de

ellos con promesas de honores y recompensas y con la amistad personal

del general.

Por fin, el 4 de Agosto se llevó á efecto la gran medida que todos

estos preparativos anunciaban: San Martín lanzó una proclama

declarándose Protector del Perú con una autoridad absoluta é

indivisible. Violando abiertamente sus promesas anteriores, se dirige á

los peruanos para decirles que los diez años de experiencia que tiene

de las revoluciones le han hecho conocer los peligros que resultan de

convocar congresos mientras el enemigo no ha salido todavía del país,

y que, á pesar de que su aspiración sería retirarse á la vida privada,

dirigirá los negocios del Perú hasta que las fuerzas españolas no

sean totalmente arrojadas del país. Nombró á García del Río ministro

de Relaciones Exteriores, á Bernardo Monteagudo, ministro de Guerra y

Marina y á Torre Tagle, de Hacienda.

El despotismo fué absoluto; todas las antiguas leyes fueron derogadas,

sin que en su lugar se establecieran otras que la sola voluntad del

Protector, y no pasó mucho tiempo antes de que éste se dejara llevar á

esos actos que sólo pueden explicarse por la embriaguez que produce la

posesión del poder absoluto.

Sin pérdida de tiempo se le transmitieron al Director de Chile las

nuevas de estas incidencias, y parece que San Martín creyó que,

con mandarle las cuatro banderas que cayeron en poder de Osorio

en Rancagua y que fueron halladas en la catedral de Lima, quedaría

excusada su falta á los juramentos de fidelidad que había prestado

á Chile y á su gobierno y que acababa naturalmente de violar al

declararse jefe independiente[47].

Y no fué ésta la única ofensa que meditó contra el país de que así

se separaba. La escuadra había pasado un año entero en constante

actividad; escasamente dotada desde un principio de velas y aparejos,

y aprovisionada sólo para unas cuantas semanas, no habría podido

conservarse á no haber sido por la buena conducta de los oficiales en

general y la actividad y vigilancia de su comandante.

Haciendo uso á veces de las facultades que se le habían otorgado

para trocar los derechos de aduana en provisiones para la flota,

ó concediendo permisos á los neutrales para comerciar en la costa

bloqueada, á virtud de esas mismas facultades; otras, comprando los

artículos de más apremiante necesidad con su propio peculio y el de los

oficiales de la escuadra, ó apoderándose de los depósitos y bodegas

de los enemigos para aprovecharlos en uso de los patriotas, así había

podido conservar hasta entonces la escuadra á flote. Pero, habiendo

expirado el plazo por el cual se había contratado la mayor parte de los

marineros, comenzaron éstos á clamar por su pago, y con mayor motivo

cuanto que la gratificación de un año de sueldo que se les había

ofrecido para la caída de Lima, parecía haber sido echada al olvido.

Lord Cochrane llamó la atención de San Martín sobre este asunto el

mismo día en que éste se declaraba Protector; diéronsele excusas,

primeramente, alegando falta de fondos, á pesar de que la Casa de

Moneda de Lima se hallaba en sus manos; por fin, declaró que jamás

pagaría á la escuadra de Chile, á no ser que el almirante se la diera

en venta, y que aún entonces la paga se consideraría parte del precio

de su compra. La indignación que manifestó lord Cochrane con este

motivo exasperó violentamente al flamante Protector; pero, como el

Callao no había caído aún, disimuló sus pasiones, si bien se fortaleció

más en él la determinación de adueñarse de la escuadra.

Con el propósito de impedir que los buques se alejaran de la costa y

con la esperanza de forzar á oficiales y marineros á irse con él, esta

determinación lo llevó hasta negar á los buques toda especie de víveres

y de provisiones, tanto que la tripulación de la _Lautaro_ se vio

obligada á abandonar el buque para no perecer de hambre.

Al siguiente día lord Cochrane escribió una carta al Protector, en la

cual le pregunta: “¿Qué diría el mundo si el primer acto del Protector

fuera violar los compromisos de San Martín, por más que la gratitud

no sea una virtud pública si no privada? ¿Qué dirá si el Protector se

niega á pagarle los gastos de la expedición que lo ha elevado á la alta

posición que ocupa, y qué, si rehusa recompensar á los marinos que

tanto han contribuído materialmente á su fortuna?”

A pesar de estas cartas y de otras más apremiantes sobre el mismo

asunto, no se hizo nada.

Los buques estaban tan destituídos de velas, aparejos y pertrechos,

que corría peligro su seguridad; las provisiones eran escasas y sólo

consistían en charqui apolillado; la marinería no tenía aguardiente, y

sus vestidos estaban en la más desastrosa condición. El almirante hizo

presente más de una vez que la marinería estaba á punto de amotinarse

y para apaciguarla tenía él que quedarse á bordo; en realidad, la

gente comenzaba á darse cuenta de que nunca había habido la intención

de pagarla, y amenazaba apoderarse de los buques para capturar cuanta

embarcación pudieran en las costas y así pagarse por sí misma.

El 15 de Agosto, sin embargo, alarmado el Protector por las

reclamaciones de lord Cochrane, renovó sus promesas de pagar á la

escuadra en cuanto pudiera procurarse el dinero necesario, habiendo

destinado á este objeto una quinta parte de los derechos de Aduana.

Esta quinta parte debía, sin embargo, dividirse con el ejército; y los

marinos conocían demasiado la naturaleza de estas divisiones con el

ejército para no sentirse más exasperados con una promesa que parecía

más bien una burla á sus sufrimientos.

Pero antes de proseguir con los asuntos de la escuadra, será necesario

volver la vista á los del ejército durante este último tiempo, porque,

habiéndose San Martín declarado independiente y convertido el ejército

de Chile en ejército protector del Perú, no es mi proposito seguir con

su historia más allá de aquello que á Chile y á su escuadra se refiere.

Cuando Laserna dejó á Lima, retiróse á Jauja, donde se unió al general

Canterac, resolviendo entre ambos socorrer, si era posible, el Callao

y salvar por lo menos el tesoro, que en gran cantidad estaba allí

depositado. Este plan habría resultado irrealizable á haber San Martín

continuado por tierra el bloqueo de la plaza, especialmente entonces

que la escuadra continuaba maniobrando activamente en la bahía y que

el 15 de Agosto no más se había apoderado de otros dos buques y un

bergantín; en vez de esto, replegóse con su ejército á las murallas de

Lima, y Canterac, aprovechando la oportunidad, se dirigió á marchas

forzadas hacia el Callao, á cuyas inmediaciones llegó el 10 de

Septiembre.

El ejército de San Martín se formó en batalla. El valiente general Las

Heras y lord Cochrane estaban á caballo con gran número de oficiales

y de particulares ansiosos de entrar en acción. La fuerza del enemigo

era reducida en comparación con el ejército del Protector, y el general

mismo, cuando llamó á los dos jefes antes nombrados, parecía realmente

animado por un sincero deseo de empeñar resueltamente el ataque; pero,

gradualmente fué enfriándose, perdió la mañana en inútiles palabreos,

fuese á dormir la siesta de costumbre y después ordenó á la tropa que

se fuera á comer.

Los soldados, que estaban dispuestos á esgrimir sus sables, dieron

una carga sobre un piño de ganado que divisaron, y después de matar

las reses obedecieron las últimas órdenes del general; mientras

tanto, el enemigo prosiguió su marcha y entró al Callao sin sufrir

molestia alguna. Fué en esta ocasión cuando Las Heras, después de haber

insistido en la ventaja de atacar á Canterac, rompió su espada y juró

no volver á llevar más el uniforme de aquel bochornoso día[48].

El almirante también lo exhortó al ataque hasta el último momento y

ésta fué la última entrevista que tuvo con San Martín, y le señaló el

camino que le quedaba abierto para preservar su propio honor y el del

ejército; entonces San Martín le contestó: “Yo soy el único responsable

de la libertad del Perú”, y se retiró. Este paso fué seguido el día 15

por otro igualmente bochornoso para el general.

El ejército de Canterac se retiró del Callao llevándose el tesoro y

todos los pertrechos militares, sin que se hiciera la menor tentativa

para detenerlo.

En este intervalo, tanto lord Cochrane como San Martín, habían estado

en negociaciones con el gobernador Lamar para obtener la rendición

del Callao. Lord Cochrane, que pensaba en el cumplimiento de sus

compromisos, ofreció salvoconducto y protección personal para todos,

á condición de que los fuertes le fueran entregados á la escuadra, la

cesión de una tercera parte de los bienes españoles y el pago de fletes

y pasajes á bordo de los buques que él designaría para el transporte

de los que emigraran del país. San Martín, que no tenía intención de

cumplir su palabra, ofreció una protección ilimitada é incondicional,

tanto á las personas como á los bienes, con sólo que los individuos

adquirieran carta de ciudadanía[49].

Por este motivo no fueron aceptadas las promesas de lord Cochrane,

frustrándose así sus esperanzas de obtener por este medio una suma

suficiente para la reparación y alistamiento de los buques[50].

Entonces resolvió adoptar un medio atrevido, pero que, contempladas las

circunstancias del caso, me parece de lo más perfectamente justo. Se

recordará que, como antes lo he manifestado, la escuadra había pasado

doce meses en constante actividad; los marineros no habían recibido

ni sueldos ni vestidos; no habían contado con otras provisiones de

repuesto que las que habían capturado en la costa ó en el mar; algunos

de los buques estaban llenos de aberturas, y todos escasos de toda

clase de aparejos, y, sobre todo, la marinería, que en su mitad por lo

menos se componía de ingleses, se quejaba de falta de pago.

El ejército, por el contrario, había sido abastecido con toda

prodigalidad, y parecía que todos los honores y todas las ventajas

de la campaña habían sido para los soldados; su general había violado

la fidelidad que debía al país á que el ejército y la armada habían

jurado ser fieles, y deseaba ahora comprar los buques á sus oficiales,

que, en primer lugar, no tenían título para disponer de ellos, y que,

en seguida, tenían la obligación de conservarlos para el gobierno

de Chile. San Martín había ofrecido, no sólo pagar, sino que hasta

recompensar á la escuadra; pero, no sólo no había hecho ni lo uno ni

lo otro, sino que negaba haberse comprometido á ello. Además, había

reclamado para su dominio particular varias de las presas hechas por la

escuadra.

Alarmado por el avance de las tropas de Canterac, San Martín había

mandado á Ancon todo el dinero y pastas metálicas de la moneda y la

tesorería de Lima, y embarcándolos á bordo de los transportes por

vía de seguridad. A más de este tesoro, iban otros dineros públicos

y gruesas sumas pertenecientes á particulares y también, á bordo del

_Sacramento_, el oro y plata de propiedad particular del Protector, la

plata en tal cantidad, que hubo que arrojar parte del lastre para darle

lugar; el oro amonedado lo había mandado en cuatro mulas, esto es, sin

hablar del oro en barras[51].

En cuanto lord Cochrane supo que los transportes conducían á bordo

una cantidad tan considerable de fondos públicos, zarpó para Ancon,

donde la _Lautaro_ estaba con los transportes, y se apoderó de todo

el dinero, excepto de aquel que se probaba fehacientemente que era

propiedad privada[52] y excepto también el cargamento del bergantín

_Sacramento_, que no se tocó.

Al momento que se oyó hablar de la captura, San Martín empleó todos

los medios, la amenaza y el halago, para inducir á lord Cochrane

á devolver los fondos públicos y depositarlos en manos de sus

comisionados, que, á fin de dejar á salvo su dignidad, pagarían en su

nombre á las tripulaciones de los buques; naturalmente, lord Cochrane

no consintió en ello, si bien en espera de que el Protector mandara

un comisario para que lo asistiera, retardó el pago hasta que los

marineros comenzaron á desertarse, descontentos por la falta de pago

de sus haberes, lo que le hizo comprender que no debía retardar más la

operación.

En el entretanto, los fuertes del Callao habíanse rendido á las

banderas republicanas de Chile y el Perú, y para alejar todo peligro

ulterior, ya que los buques se preparaban para abandonar la costa, San

Martín consintió forzosamente en que se pagara á la escuadra con el

dinero secuestrado en Ancon. Inmediatamente se le pagó á la marinería y

á los oficiales todos sus haberes atrasados, excepto lord Cochrane, que

no recibió nada.

* * * * *

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 8 / 35 段