La escuadra, compuesta del _O’Higgins_, con la insignia de lord

Cochrane; el _San Martín_, capitán Wilkinson; el _Lautaro_, capitán

Guise; la _Independencia_, capitán Forster; el _Galvarino_, capitán

Spry; el _Araucano_, capitán Crosbie, y el _Pueyrredon_, capitán

Prinier, se reunió en Coquimbo para completar su provisión de agua y

demás pertrechos. Iban además dos transportes ocupados en la conducción

de los morteros y cohetes explosivos con que se intentaba molestar

al enemigo. El 28 de Septiembre llegó la escuadra á la altura del

Callao y comenzó inmediatamente á construir bases para los morteros

y cohetes explosivos y á preparar los buques para la acción. El

almirante comenzó por varios falsos ataques para fatigar al enemigo;

pero, en la noche del 1.º de Octubre, el _Galvarino_, el _Araucano_

y el _Pueyrredon_ entraron á la bahía del Callao, llevando cada uno

á remolque una balsa, dos con los cohetes y una con los morteros; la

_Independencia_ recibió orden también de seguir en protección de los

bergantines; pero por cierta mala inteligencia ancló á ocho millas de

la costa.

Desdichadamente, hizo explosión una de las balsas de cohetes, hiriendo

gravemente al capitán Hind, que la mandaba, y á los hombres que en

ella estaban ocupados. Los cohetes tampoco respondieron á su objeto,

sea por mala calidad de los materiales, sea por falta de competencia

en su preparación; en cambio, las bombas produjeron cierto efecto y se

dispararon constantemente. Mientras tanto, los fuertes y los buques

hacían fuego incesantemente sobre los bergantines y las balsas y

empleaban la bala roja; pero el daño que causaban era insignificante

para las circunstancias, pues no pasó de la pérdida del palo de

trinquete del _Araucano_ y del destrozo de una de sus anclas; el

_Galvarino_ perdió al teniente Bealy y algunos hombres.

En las tres noches siguientes efectuáronse algunos ataques simulados

que fatigaron al enemigo, según pudo verse particularmente por una

tentativa que la tercera noche hicieron sus buques para escapar de la

bahía; á la quinta noche todo estaba listo para otro ataque en serio.

Los bergantines, como antes, remolcaban las balsas á su lugar. Mr.

Morgell tenía el mando del burlote _Victoria_, y la escuadra se dispuso

de manera de impedir que los buques se escaparan de la bahía; en el

momento en que los bergantines se pusieron á tiro de cañón, los buques

y los fuertes rompieron el fuego sobre ellos.

En cuanto el burlote estuvo á tiro de metralla y junto á la línea

que defendían los buques, Mr. Morgell le prendió fuego, y á los diez

minutos hizo explosión; si hubiese soplado entonces la más ligera

brisa, habrían sido destruídos la mayor parte, si no todos los buques

del enemigo. Pero, desgraciadamente, el tiempo estaba en calma y

produjo poco efecto; los cohetes volvieron á fallar, por más que se les

manejara con mayor cuidado que antes, por lo cual lord Cochrane adoptó

otro procedimiento[27].

Habiéndose hecho fuera de la bahía la fragata española _Prueba_, la

escuadra salió inmediatamente á darle caza; pero logró escapar, y

entonces la mayor parte de los buques zarpó para Pisco á fin de obtener

víveres, y particularmente aguardiente para la dotación de los buques,

dejando encargada al _Araucano_ la vigilancia del puerto. En Pisco

desembarcaron los soldados de la escuadra, á las órdenes del coronel

Charles, de infantería de marina, valeroso y excelente oficial, que

merecía mejor suerte que la de caer muerto en el asalto de una plaza

tan insignificante[28]. También cayó herido el mayor Miller y los

patriotas sufrieron la pérdida de diez hombres. Pero se consiguió el

resultado que se buscaba con los víveres que se tomaron.

* * * * *

De vuelta al Callao, lord Cochrane tuvo noticias de que la _Prueba_

se había dirigido á Guayaquil en busca de refugio con otros

buques españoles. Inmediatamente se lanzó en su persecución con

el _Galvarino_, la _Lautaro_ y el _Pueyrredon_, y al llegar el

25 de Noviembre á la altura de la isla de Puna, á la entrada del

río Guayaquil, resolvió hacer que su escuadra remontara la rápida

y peligrosa corriente, no obstante las indicaciones contrarias

estampadas ingeniosamente por las cartas españolas.

La noche era el único momento propicio para la atrevida tentativa, y,

en consecuencia, en la noche del 26 se internó en el río, pero la falta

de viento lo obligó á salir otra vez, y sólo en la noche del 27 logró

seguir su marcha. Mientras tanto supo que la _Prueba_ se había corrido

hacia Puna sin desmontar siquiera sus cañones, precaución acostumbrada

usualmente á causa de los bajos del río, y se hallaba ahora bajo la

protección de la batería, que él se inclinaba á suponer muy poderosa;

pero que el _Águila_, de 30 cañones, y la _Begoña_ de 20 cañones, que

eran de los mejores buques alquilados y armados en guerra, estaban

fondeados donde él había esperado encontrar á la Prueba. Inmediatamente

largó velas en esa dirección, y al romper el día los dos buques vieron

con espanto que la _O’Higgins_ estaba anclada en su propio fondeadero,

á 40 millas río arriba. Cada uno de los buques tenía cien hombres á

bordo y sostuvieron un nutrido fuego durante veinte minutos. Pero las

andanadas de la _O’Higgins_ eran demasiado formidables para ellos, de

modo que sus tripulantes arriaron los botes y se escaparon, dejando

abandonados los buques en poder del almirante.

Durante esta acción la _Lautaro_ y los bergantines, que se habían

quedado cerca de la Puna, sintiéndose alarmados con el cañoneo, que

atribuían á la _Prueba_, se habían preparado para hacerse á la vela en

caso de que la acción hubiese sido desfavorable para el almirante; pero

luego se tranquilizaron á la vista de las presas[29].

Lord Cochrane se quedó tres semanas cerca de la isla de la Puna,

después de haber ocupado la ciudad de ese nombre, con el objeto de

hacer agua y de procurarse provisiones para los buques, como también

con el de cortar maderas para cargar las presas.

Habiendo tenido noticia de que una de las fragatas españolas se había

refugiado en Valdivia, el almirante decidió zarpar inmediatamente en su

busca dejando á Guayaquil, y en efecto, el 17 de Diciembre hizo rumbo

con dirección á ese puerto. En su viaje se encontró con un pequeño

buque español denominado el _Potrillo_, que conducía provisiones,

pertrechos y 20.000 pesos en dinero para la guarnición de Valdivia. Lo

capturó, y después de despacharlo para Valparaíso siguió viaje á la

bahía de Talcahuano, donde llegó el 22 de Enero de 1820.

Ahí encontró á la goleta chilena _Moctezuma_ y el bergantín de guerra

_Intrépido_, que pertenecía á Buenos Aires, y deseando reconocer el

puerto de Valdivia dejó la _O’Higgins_ en Talcahuano y continuó en la

goleta, con pabellón español, para hacer sus observaciones en la bahía.

Siempre se había considerado á Valdivia como inexpugnable. Su bahía la

forma el río Calle-Calle, que frente á la ciudad se abre en un estuario

de cuatro leguas de ancho y vuelve á estrecharse á media legua en su

desembocadura. Defienden la angosta entrada cuatro fuertes poderosos,

fuera de una batería situada en el Morro González, en los cuales hay

por junto más de 100 cañones, cuyos fuegos se cruzan de un punto á otro.

Sin embargo, lord Cochrane, bajo la bandera española, navegó hasta tan

cerca de la plaza, que lo abordó el bote del práctico, por cuyo oficial

se impuso del estado del puerto y de la guarnición, devolviéndose

inmediatamente á Talcahuano para tomar las medidas convenientes para el

ataque que proyectaba.

En cuanto se impuso de los planes de su señoría, el general Freire

puso á su entera disposición unos 250 hombres, á las órdenes del mayor

Beauchef, sobreponiéndose así á las pequeñas rivalidades y envidias que

tan á menudo malogran las operaciones de la guerra cuando las fuerzas

de mar y tierra tienen que proceder juntas. El 29 se embarcaban todos

en la _O’Higgins_, el _Intrépido_ y el _Moctezuma_, que se hicieron á

la vela el día 30. Desgraciadamente, la fragata encalló en las rocas

de la isla de Quiriquina al hacerse mar afuera; pero como parecía

entonces que sus averías no eran de mucha consideración, la flotilla

siguió su viaje, y el 2 de Febrero de 1820 llegó á las alturas de

Valdivia, á unas 10 leguas al Sur. Allí se hizo pasar los soldados á

los pequeños buques, ordenándose á la _O’Higgins_ que permaneciera

fuera de vista hasta el día siguiente.

A la puesta del sol se desembarcó la tropa en la aguada del Inglés;

lord Cochrane los acompañaba, y mientras iban marchando él dirigía

la marcha desde una chalupa tripulada con seis remeros, exponiéndose

al fuego del enemigo. El primer fuerte que debía atacarse era el del

Inglés, situado en un promontorio y defendido por una recia empalizada,

coronado por seis cañones que dominaban la orilla. Los soldados, de

á dos en fondo, continuaban marchando arrimados á la empalizada, que

parecía impracticable, hasta que un guardia marina chileno notó que uno

de los palos estaba podrido en el pie; lo agarró fuertemente, tratando

de abrirse paso, pero como encontrara que todavía no le era posible

el paso, por impedírselo su gran sombrero, se lo sacó, y tirándolo

por encima de la palizada se introdujo, ensanchando rápidamente la

abertura, el resto le siguió y atacó al fuerte tan vigorosamente, que

en pocos minutos se apoderaron de él.

En cuanto estuvo asegurada esta posición, la tropa se dirigió al fuerte

de Corral, que era el más poderoso é importante de todos, sin prestar

la menor atención á algunas pequeñas baterías situadas atrás. Luego fué

también reducido, y por consiguiente cayeron todas las baterías del

Sur, de Avanzada, de Barros, de Amargos y de Chorocomoyo.

El coronel don Fausto del Hoyo fué hecho prisionero con los restos de

su regimiento (el Cantábrico). Las pérdidas del enemigo, entre muertos

y heridos, fueron numerosas; la de los patriotas fué sólo de seis

muertos y 18 heridos.

A la mañana siguiente, cuando arribó la _O’Higgins_, sufrieron los de

abordo las más vivas alarmas por una circunstancia insignificante.

Conociendo el estremado peligro del ataque que se proyectaba, habían

obtenido del almirante la promesa de que, si todo iba bien, izaría dos

banderas de cualquiera especie en el palo de bandera de la entrada.

Al acercarse sólo divisaron una, que era la insignia del bote de lord

Cochrane con los colores chilenos.

Su señoría no tenía sino esa consigo y no había podido procurarse otra.

Esto les hizo temer por la suerte de sus compañeros y que la bandera

estuviese izada sólo para engañarlos. Al mismo tiempo las tropas que

estaban en los fuertes del Norte, al divisar á la fragata creyeron que

fuera un buque español, por lo cual le hicieron la señal convenida, que

la _O’Higgins_ contestó, siguiendo su camino hasta que un bote le salió

al encuentro.

Todo estaba asegurado y el almirante muy bien. Inmediatamente se

arrió la bandera española y se izó en su lugar la bandera patriota.

Los soldados de los fuertes, que no esperaban ya ningún auxilio,

abandonaron precipitadamente los fuertes restantes, huyendo en todas

direcciones. Los estandartes, los pertrechos, el parque militar, etc.,

etc., todo cayó en manos del almirante.

Esta acción es quizá una de las más atrevidas y afortunadas de que haya

recuerdo y, como todas las cosas en que lord Cochrane ha tomado parte,

fué hecha en exclusivo provecho de la causa y no para dar á conocer su

propio talento ó su valor[30]; á consecuencia de ella se vió privado el

enemigo de su último punto de resistencia en Chile, y, lo que es de más

importancia todavía, los chilenos aprendieron á tener confianza en sí

mismos y en sus oficiales y á poner en juego tanto el valor físico como

el valor moral, necesarios para todas las grandes hazañas.

Cuando llegaron á Valparaíso las noticias de la toma de Valdivia,

despertáronse todas las mezquinas y bajas pasiones de algunos hombres

apocados.

El pueblo se entregó á tan vivas manifestaciones de alegría que los

envidiosos se sintieron quizá exasperados; lo cierto es que hubo

muchas personas en el poder, con Zenteno á la cabeza, y hasta algunos

de sus propios compatriotas, que no tuvieron escrúpulo para decir que

lord Cochrane merecía perder la cabeza por la temeridad de atacar por

su cuenta y riesgo aquella plaza y por haber expuesto á los soldados

patriotas á los peligros de semejante aventura.

Pero no había llegado todavía la oportunidad para intentar un ataque

eficaz contra lord Cochrane. El gobierno reconoció su valor, ó más

bien la absoluta necesidad que el Estado tenía de sus servicios, y por

una vez más fueron acallados los clamores de los envidiosos y de los

ingratos[31].

Ignorante de estas intrigas y alentado por sus triunfos en Valdivia,

lord Cochrane dirigió, naturalmente, su atención á Chiloé, donde los

españoles conservaban todavía una fuerte posición bajo las órdenes del

coronel Quintanilla, oficial experto y valeroso. El relato de aquella

expedición está muy bien dado en una carta que su señoría dirigió al

ministro de Marina, fechada en Chiloé el 19 de Febrero de 1820.

A su regreso á Valdivia, lord Cochrane proveyó de las armas que pudo á

los habitantes de la vecindad para llevarlos á arrojar al enemigo, y

despachó á Beauchef para Osorno con 100 hombres para apoderarse de esa

ciudad, que es el centro de una de las fuentes de provisiones de Chiloé.

Beauchef y su reducida tropa fueron recibidos por los indios con el más

vivo regocijo, tanto en los campos como en Osorno. “Creo, dice aquel

jefe en carta oficial dirigida á lord Cochrane, haber abrazado á más de

1.000 caciques y sus mocetones. Todos me han ofrecido á su gente para

que sirva en la causa patriota; pero como las circunstancias no lo hace

necesario, los he invitado á regresar á su tierra y he recibido sus

promesas á estar listos si el país llegara á reclamar sus servicios. Al

despedirme he distribuído entre ellos un poco de añil, algún tabaco,

cintas y otras bagatelas.”

El 26 de Febrero se izó la bandera de Chile en el castillo de Osorno,

donde se tomaron algunos cañones, 40 fusiles y municiones sin ninguna

resistencia por haber escapado los españoles hacia Chiloé.

* * * * *

Mientras tanto, á consecuencias de las averías sufridas cuando encalló

en las Quiriquinas, la _O’Higgins_ estaba inhabilitada para navegar,

por cuyo motivo fué conducida á remolque á Valdivia para ser reparada,

regresando el almirante á Valparaíso á bordo del _Moctezuma_. Después

de su partida, los españoles dispersados hicieron algunos débiles

esfuerzos para poder apoderarse de Valdivia é inducir á los indios á

caer sobre Beauchef; pero este valeroso oficial puso fin rápidamente

á la lucha, y después de dejar suficientes guarniciones en Osorno y

otros puntos, estableció su cuartel general en Valdivia.

En cuanto lord Cochrane arribó á Valparaíso, despachó á la

_Independencia_ y al _Araucano_ con todo lo necesario para las

reparaciones de la _O’Higgins_ y con órdenes de regresar con ella á ese

puerto lo más luego que fuera posible. Era ya tiempo de emprender la

gran expedición á la costa del Perú, tanto tiempo proyectada.

El temperamento político de los peruanos, y especialmente del

pueblo de Lima, eran favorables á la empresa. Se había reunido un

considerable cuerpo de ejército, y la toma de Valdivia había arrojado

al enemigo de su último baluarte en Chile; quedaba sólo la preparación

y aprovisionamiento de la escuadra para llevar el ataque á la misma

ciudad de los virreyes, por lo cual se resolvió que en cuanto pasara la

próxima estación lluviosa zarpara inmediatamente[32].

Mientras tanto los buques se ocupaban, bajo la dirección personal de

lord Cochrane, en vigilar la costa en las vecindades de Valparaíso,

particularmente las bahías de Concon y de Quinteros.

La primera está situada en la desembocadura de un río muy ancho y puede

ser de importancia como puerto para embarcar los productos traídos

del interior por el río; y la segunda es una excelente rada, mejor

protegida de los vientos que la de Valparaíso, y que si bien está á mas

distancia de la capital, se halla mejor situada por lo que respecta á

las facilidades para procurarse agua y provisiones.

Parte de la tripulación de los buques trabajaba en la formación de

puentes para el embarque de las tropas, en el alistamiento de los

medios de trasporte y otros preparativos para la expedición.

Pero la escuadra estaba casi sin tripulación y le faltaba la mitad de

sus oficiales, á causa de que las estrechas miras de los financistas

de estos gobiernos nuevos no les permite ver que es más conveniente

asegurarse la fidelidad y el buen servicio del ejército y de la marina

pagándolos puntualmente, que no retener en sus manos el dinero para

negociar con él ó prestarlo con usura.

El descontento estalló en el _San Martín_ y el _Araucano_ á principios

de Mayo, y sólo á principios de Julio vino á aplicarse el único remedio

justo y adecuado, pagando á los jefes y oficiales, que inmediatamente

restablecieron la tranquilidad, sin que nada de importancia volviera á

ocurrir hasta que las tropas emprendieron viaje al Perú.[33]

Al propio tiempo que las armas de Chile seguían cosechando nuevos

triunfos, el gobierno civil mejoraba tambien poco á poco. Se había

puesto cierto orden en el ramo de Hacienda, y si bien los reglamentos

de aduanas estaban todavía vaciados en su mayor parte en el estrecho

molde del antiguo sistema español, se había introducido en ellos

algunas reformas de consideración.

En Santiago se había establecido un colegio y llevado á efecto varias

obras de utilidad. Fundóse una biblioteca pública, se construyó un

teatro, y el Supremo Director llegó á pensar hasta en establecer

un telégrafo; pero los prejuicios del pueblo y de los sacerdotes,

en especial, eran demasiado fuertes contra tan milagroso modo de

comunicación, y por esta razón tendrá el telégrafo que esperar todavía

unos veinte años para que se le admita en Chile.

Por entonces hallábase ya reunido en Valparaíso el ejército destinado

al Perú, y el nombre del Ejército Libertador se oía en todas partes.

El Director había venido á Valparaíso á presenciar la partida de la

escuadra, y él y el general San Martín, nombrado capitán general de la

expedición libertadora, renovaron solemnemente las protestas en favor

de la libertad del Perú que habían consignado en las proclamas lanzadas

anteriormente por ellos y distribuídas entre los habitantes del Perú

durante los diez y ocho meses precedentes. En una de ellas, fechada

en Febrero de 1819, decía O’Higgins, después de anunciarles que la

expedición estaba casi lista:

“No penséis que pretendamos trataros como á pueblo conquistado; tal

intento sólo puede caber en la cabeza de los enemigos de nuestra común

felicidad. Nosotros aspiramos solamente á veros libres y felices:

_vosotros organizaréis vuestro gobierno_, escogiendo la forma que

guarde más armonía con vuestros hábitos, vuestra situación y vuestros

anhelos; _Vosotros seréis vuestros propios legisladores_, y por

consiguiente instituiréis una nación tan libre é independiente como la

nuestra.”

En otra, de fecha posterior, dice:

“Peruanos: he aquí los pactos y condiciones con que Chile, delante del

Sur Supremo y poniendo á todas las naciones por testigos y vengadores

de su violación, arrostra la muerte y las fatigas para salvaros. Seréis

libres é independientes, constituiréis vuestro gobierno y vuestras

leyes por la única y espontánea voluntad de vuestros representantes;

ninguna influencia militar ó civil, directa ó indirecta, tendrán estos

hermanos en vuestras disposiciones sociales: despediréis la fuerza

armada que pasa á protegeros en el momento que dispongáis; sin que

vuestro peligro ó vuestra seguridad sirva de pretexto, si no lo halláis

por conveniente, jamás una división militar ocupará un pueblo libre si

no es llamada por sus legítimos magistrados; ni por nosotros ni con

nuestro auxilio se castigarán las opiniones ó partidos peninsulares que

hayan precedido á vuestra libertad.”

Una larga proclama de San Martín, fechada en Marzo de 1819, emplea

el mismo lenguaje. Después de declarar que ha recibido amplia

autorización de los Estados Independientes de las Provincias Unidas de

Sud América y de Chile para invadir el Perú con el objeto de defender

la causa de la libertad, entra en extensas consideraciones sobre la

esclavitud de ese reino y se regocija de que se haya encomendado á sus

manos su liberación.--“No es mi propósito--dice--el de un conquistador

que trata de sistematizar una nueva esclavitud. La fuerza de las cosas

ha preparado el gran día de vuestra emancipación política, y yo sólo

soy el instrumento accidental de la justicia, el agente del destino.”

Continúa después proclamando la seguridad de la victoria sobre los

opresores, y dice: “La victoria tendrá por resultado que la capital

del Perú vea por primera vez unidos á sus hijos, eligiendo libremente

su gobierno y presentándose á la faz del mundo en la categoría de

las naciones.” Tales eran las miras que preconizaban los jefes de la

expedición, miras de que sinceramente participaba lord Cochrane; sus

sentimientos respecto á dejar á los peruanos gobernarse por sí solos,

eran tan bien entendidos que, temeroso San Martín de que no fueran á

cruzarle los proyectos que en reserva acariciaba, obtuvo inmediatamente

del gobierno chileno instrucciones secretas que le permitían obrar como

contrapeso en la conducta del almirante; pero supo dejar pasar algún

tiempo antes de encontrar por conveniente dar á conocer que tenía tales

instrucciones.

Los oficiales del ejército y armada, tanto chilenos como extranjeros,

confiaban en la sinceridad de sus jefes y se imaginaban que,

preparado como se hallaba el Perú para recibirlos, se les conduciría

inmediatamente al ataque de la capital para poner cuanto antes término

á la guerra.

El mayor entusiasmo reinaba en todos los ánimos, y el 21 de Agosto de

1820 izó San Martín la insignia de capitán general á bordo del buque de

su nombre y zarpó con los buques de la escuadra y los transportes en

medio de las congratulaciones de todas las clases del pueblo. Con San

Martín iban los soldados de Chacabuco y de Maipú, y lord Cochrane tenía

el mando de la escuadra. La victoria se consideraba asegurada, y la

partida del ejército tenía el aspecto de un triunfo[34].

Marineros y soldados iban animados por la esperanza de grandes

recompensas, por haberles ofrecido San Martín que, después de la toma

de Lima, se les gratificaría con la paga de un año, fuera de sus

sueldos.

La escuadra se detuvo en Coquimbo para hacer más provisiones y embarcar

las tropas reunidas en esa ciudad, y en seguida siguió rumbo al Perú.

Al propio tiempo el Director declaraba en estado de bloqueo todos los

puertos situados entre los 2.° 12′ y 21° 48′ de latitud Sur, ó sea,

desde Iquique á Guayaquil, á no ser que cayesen en poder de los jefes

chilenos; pero á fin de no oprimir á los neutrales más de lo necesario,

se le dieron al almirante plenos poderes para concederles permisos

para el desembarque y el trasbordo de sus mercaderías, bajo ciertas

condiciones[35].

Inmediatamente después de publicado este documento, el Director entregó

á la circulación un manifiesto fechado en 31 de Agosto de 1820. Se

titula “Manifiesto del capitán general del Ejército, don Bernardo

O’Higgins, al pueblo que gobierna”.

Comienza por felicitar á sus conciudadanos por la partida de la

expedición libertadora y pasa en seguida á dar una corta pero clara

reseña de su vida política y de los sucesos civiles y militares en que

ha tenido parte. Dice: “Educado en el libre país de Inglaterra, se ha

fortalecido en mí ese innato deseo de independencia que alienta en todo

hombre nacido en tierra araucana. Amante de la libertad, por principios

y por sentimientos, juro ayudar á obtener la de mi patria ó sepultarme

entre sus ruinas”.

El documento está bien escrito y los sentimientos expresados hacen

honor á la cabeza y al corazón del Supremo Director, cuyo carácter

personal ha sido siempre estimado, habiéndose atribuído uniformemente á

la influencia de sus ministros aquellos actos suyos que le han alienado

la voluntad del pueblo.

* * * * *

Mientras tanto, la expedición había llegado á Pisco. El 7 de Septiembre

la escuadra pasó por San Galbán y ancló á la altura de ese puerto á las

seis de la tarde.

Lord Cochrane propuso inmediatamente el desembarco de un pequeño

destacamento para sorprender la ciudad antes de que el enemigo tuviese

tiempo para mandar fuera los esclavos, el ganado y las provisiones.

El ejército carecía de reemplazos y de caballos y como los buques

estaban escasos de víveres, era conveniente asegurar los aguardientes

y provisiones que se sabía haber en Pisco; pero al capitán general

parecióle muy aventurada la proposición de su señoría, y el ataque de

la plaza quedó postergado para la mañana siguiente.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 6 / 35 段