Cochrane; el _San Martín_, capitán Wilkinson; el _Lautaro_, capitán
Guise; la _Independencia_, capitán Forster; el _Galvarino_, capitán
Spry; el _Araucano_, capitán Crosbie, y el _Pueyrredon_, capitán
Prinier, se reunió en Coquimbo para completar su provisión de agua y
demás pertrechos. Iban además dos transportes ocupados en la conducción
de los morteros y cohetes explosivos con que se intentaba molestar
al enemigo. El 28 de Septiembre llegó la escuadra á la altura del
Callao y comenzó inmediatamente á construir bases para los morteros
y cohetes explosivos y á preparar los buques para la acción. El
almirante comenzó por varios falsos ataques para fatigar al enemigo;
pero, en la noche del 1.º de Octubre, el _Galvarino_, el _Araucano_
y el _Pueyrredon_ entraron á la bahía del Callao, llevando cada uno
á remolque una balsa, dos con los cohetes y una con los morteros; la
_Independencia_ recibió orden también de seguir en protección de los
bergantines; pero por cierta mala inteligencia ancló á ocho millas de
la costa.
Desdichadamente, hizo explosión una de las balsas de cohetes, hiriendo
gravemente al capitán Hind, que la mandaba, y á los hombres que en
ella estaban ocupados. Los cohetes tampoco respondieron á su objeto,
sea por mala calidad de los materiales, sea por falta de competencia
en su preparación; en cambio, las bombas produjeron cierto efecto y se
dispararon constantemente. Mientras tanto, los fuertes y los buques
hacían fuego incesantemente sobre los bergantines y las balsas y
empleaban la bala roja; pero el daño que causaban era insignificante
para las circunstancias, pues no pasó de la pérdida del palo de
trinquete del _Araucano_ y del destrozo de una de sus anclas; el
_Galvarino_ perdió al teniente Bealy y algunos hombres.
En las tres noches siguientes efectuáronse algunos ataques simulados
que fatigaron al enemigo, según pudo verse particularmente por una
tentativa que la tercera noche hicieron sus buques para escapar de la
bahía; á la quinta noche todo estaba listo para otro ataque en serio.
Los bergantines, como antes, remolcaban las balsas á su lugar. Mr.
Morgell tenía el mando del burlote _Victoria_, y la escuadra se dispuso
de manera de impedir que los buques se escaparan de la bahía; en el
momento en que los bergantines se pusieron á tiro de cañón, los buques
y los fuertes rompieron el fuego sobre ellos.
En cuanto el burlote estuvo á tiro de metralla y junto á la línea
que defendían los buques, Mr. Morgell le prendió fuego, y á los diez
minutos hizo explosión; si hubiese soplado entonces la más ligera
brisa, habrían sido destruídos la mayor parte, si no todos los buques
del enemigo. Pero, desgraciadamente, el tiempo estaba en calma y
produjo poco efecto; los cohetes volvieron á fallar, por más que se les
manejara con mayor cuidado que antes, por lo cual lord Cochrane adoptó
otro procedimiento[27].
Habiéndose hecho fuera de la bahía la fragata española _Prueba_, la
escuadra salió inmediatamente á darle caza; pero logró escapar, y
entonces la mayor parte de los buques zarpó para Pisco á fin de obtener
víveres, y particularmente aguardiente para la dotación de los buques,
dejando encargada al _Araucano_ la vigilancia del puerto. En Pisco
desembarcaron los soldados de la escuadra, á las órdenes del coronel
Charles, de infantería de marina, valeroso y excelente oficial, que
merecía mejor suerte que la de caer muerto en el asalto de una plaza
tan insignificante[28]. También cayó herido el mayor Miller y los
patriotas sufrieron la pérdida de diez hombres. Pero se consiguió el
resultado que se buscaba con los víveres que se tomaron.
* * * * *
De vuelta al Callao, lord Cochrane tuvo noticias de que la _Prueba_
se había dirigido á Guayaquil en busca de refugio con otros
buques españoles. Inmediatamente se lanzó en su persecución con
el _Galvarino_, la _Lautaro_ y el _Pueyrredon_, y al llegar el
25 de Noviembre á la altura de la isla de Puna, á la entrada del
río Guayaquil, resolvió hacer que su escuadra remontara la rápida
y peligrosa corriente, no obstante las indicaciones contrarias
estampadas ingeniosamente por las cartas españolas.
La noche era el único momento propicio para la atrevida tentativa, y,
en consecuencia, en la noche del 26 se internó en el río, pero la falta
de viento lo obligó á salir otra vez, y sólo en la noche del 27 logró
seguir su marcha. Mientras tanto supo que la _Prueba_ se había corrido
hacia Puna sin desmontar siquiera sus cañones, precaución acostumbrada
usualmente á causa de los bajos del río, y se hallaba ahora bajo la
protección de la batería, que él se inclinaba á suponer muy poderosa;
pero que el _Águila_, de 30 cañones, y la _Begoña_ de 20 cañones, que
eran de los mejores buques alquilados y armados en guerra, estaban
fondeados donde él había esperado encontrar á la Prueba. Inmediatamente
largó velas en esa dirección, y al romper el día los dos buques vieron
con espanto que la _O’Higgins_ estaba anclada en su propio fondeadero,
á 40 millas río arriba. Cada uno de los buques tenía cien hombres á
bordo y sostuvieron un nutrido fuego durante veinte minutos. Pero las
andanadas de la _O’Higgins_ eran demasiado formidables para ellos, de
modo que sus tripulantes arriaron los botes y se escaparon, dejando
abandonados los buques en poder del almirante.
Durante esta acción la _Lautaro_ y los bergantines, que se habían
quedado cerca de la Puna, sintiéndose alarmados con el cañoneo, que
atribuían á la _Prueba_, se habían preparado para hacerse á la vela en
caso de que la acción hubiese sido desfavorable para el almirante; pero
luego se tranquilizaron á la vista de las presas[29].
Lord Cochrane se quedó tres semanas cerca de la isla de la Puna,
después de haber ocupado la ciudad de ese nombre, con el objeto de
hacer agua y de procurarse provisiones para los buques, como también
con el de cortar maderas para cargar las presas.
Habiendo tenido noticia de que una de las fragatas españolas se había
refugiado en Valdivia, el almirante decidió zarpar inmediatamente en su
busca dejando á Guayaquil, y en efecto, el 17 de Diciembre hizo rumbo
con dirección á ese puerto. En su viaje se encontró con un pequeño
buque español denominado el _Potrillo_, que conducía provisiones,
pertrechos y 20.000 pesos en dinero para la guarnición de Valdivia. Lo
capturó, y después de despacharlo para Valparaíso siguió viaje á la
bahía de Talcahuano, donde llegó el 22 de Enero de 1820.
Ahí encontró á la goleta chilena _Moctezuma_ y el bergantín de guerra
_Intrépido_, que pertenecía á Buenos Aires, y deseando reconocer el
puerto de Valdivia dejó la _O’Higgins_ en Talcahuano y continuó en la
goleta, con pabellón español, para hacer sus observaciones en la bahía.
Siempre se había considerado á Valdivia como inexpugnable. Su bahía la
forma el río Calle-Calle, que frente á la ciudad se abre en un estuario
de cuatro leguas de ancho y vuelve á estrecharse á media legua en su
desembocadura. Defienden la angosta entrada cuatro fuertes poderosos,
fuera de una batería situada en el Morro González, en los cuales hay
por junto más de 100 cañones, cuyos fuegos se cruzan de un punto á otro.
Sin embargo, lord Cochrane, bajo la bandera española, navegó hasta tan
cerca de la plaza, que lo abordó el bote del práctico, por cuyo oficial
se impuso del estado del puerto y de la guarnición, devolviéndose
inmediatamente á Talcahuano para tomar las medidas convenientes para el
ataque que proyectaba.
En cuanto se impuso de los planes de su señoría, el general Freire
puso á su entera disposición unos 250 hombres, á las órdenes del mayor
Beauchef, sobreponiéndose así á las pequeñas rivalidades y envidias que
tan á menudo malogran las operaciones de la guerra cuando las fuerzas
de mar y tierra tienen que proceder juntas. El 29 se embarcaban todos
en la _O’Higgins_, el _Intrépido_ y el _Moctezuma_, que se hicieron á
la vela el día 30. Desgraciadamente, la fragata encalló en las rocas
de la isla de Quiriquina al hacerse mar afuera; pero como parecía
entonces que sus averías no eran de mucha consideración, la flotilla
siguió su viaje, y el 2 de Febrero de 1820 llegó á las alturas de
Valdivia, á unas 10 leguas al Sur. Allí se hizo pasar los soldados á
los pequeños buques, ordenándose á la _O’Higgins_ que permaneciera
fuera de vista hasta el día siguiente.
A la puesta del sol se desembarcó la tropa en la aguada del Inglés;
lord Cochrane los acompañaba, y mientras iban marchando él dirigía
la marcha desde una chalupa tripulada con seis remeros, exponiéndose
al fuego del enemigo. El primer fuerte que debía atacarse era el del
Inglés, situado en un promontorio y defendido por una recia empalizada,
coronado por seis cañones que dominaban la orilla. Los soldados, de
á dos en fondo, continuaban marchando arrimados á la empalizada, que
parecía impracticable, hasta que un guardia marina chileno notó que uno
de los palos estaba podrido en el pie; lo agarró fuertemente, tratando
de abrirse paso, pero como encontrara que todavía no le era posible
el paso, por impedírselo su gran sombrero, se lo sacó, y tirándolo
por encima de la palizada se introdujo, ensanchando rápidamente la
abertura, el resto le siguió y atacó al fuerte tan vigorosamente, que
en pocos minutos se apoderaron de él.
En cuanto estuvo asegurada esta posición, la tropa se dirigió al fuerte
de Corral, que era el más poderoso é importante de todos, sin prestar
la menor atención á algunas pequeñas baterías situadas atrás. Luego fué
también reducido, y por consiguiente cayeron todas las baterías del
Sur, de Avanzada, de Barros, de Amargos y de Chorocomoyo.
El coronel don Fausto del Hoyo fué hecho prisionero con los restos de
su regimiento (el Cantábrico). Las pérdidas del enemigo, entre muertos
y heridos, fueron numerosas; la de los patriotas fué sólo de seis
muertos y 18 heridos.
A la mañana siguiente, cuando arribó la _O’Higgins_, sufrieron los de
abordo las más vivas alarmas por una circunstancia insignificante.
Conociendo el estremado peligro del ataque que se proyectaba, habían
obtenido del almirante la promesa de que, si todo iba bien, izaría dos
banderas de cualquiera especie en el palo de bandera de la entrada.
Al acercarse sólo divisaron una, que era la insignia del bote de lord
Cochrane con los colores chilenos.
Su señoría no tenía sino esa consigo y no había podido procurarse otra.
Esto les hizo temer por la suerte de sus compañeros y que la bandera
estuviese izada sólo para engañarlos. Al mismo tiempo las tropas que
estaban en los fuertes del Norte, al divisar á la fragata creyeron que
fuera un buque español, por lo cual le hicieron la señal convenida, que
la _O’Higgins_ contestó, siguiendo su camino hasta que un bote le salió
al encuentro.
Todo estaba asegurado y el almirante muy bien. Inmediatamente se
arrió la bandera española y se izó en su lugar la bandera patriota.
Los soldados de los fuertes, que no esperaban ya ningún auxilio,
abandonaron precipitadamente los fuertes restantes, huyendo en todas
direcciones. Los estandartes, los pertrechos, el parque militar, etc.,
etc., todo cayó en manos del almirante.
Esta acción es quizá una de las más atrevidas y afortunadas de que haya
recuerdo y, como todas las cosas en que lord Cochrane ha tomado parte,
fué hecha en exclusivo provecho de la causa y no para dar á conocer su
propio talento ó su valor[30]; á consecuencia de ella se vió privado el
enemigo de su último punto de resistencia en Chile, y, lo que es de más
importancia todavía, los chilenos aprendieron á tener confianza en sí
mismos y en sus oficiales y á poner en juego tanto el valor físico como
el valor moral, necesarios para todas las grandes hazañas.
Cuando llegaron á Valparaíso las noticias de la toma de Valdivia,
despertáronse todas las mezquinas y bajas pasiones de algunos hombres
apocados.
El pueblo se entregó á tan vivas manifestaciones de alegría que los
envidiosos se sintieron quizá exasperados; lo cierto es que hubo
muchas personas en el poder, con Zenteno á la cabeza, y hasta algunos
de sus propios compatriotas, que no tuvieron escrúpulo para decir que
lord Cochrane merecía perder la cabeza por la temeridad de atacar por
su cuenta y riesgo aquella plaza y por haber expuesto á los soldados
patriotas á los peligros de semejante aventura.
Pero no había llegado todavía la oportunidad para intentar un ataque
eficaz contra lord Cochrane. El gobierno reconoció su valor, ó más
bien la absoluta necesidad que el Estado tenía de sus servicios, y por
una vez más fueron acallados los clamores de los envidiosos y de los
ingratos[31].
Ignorante de estas intrigas y alentado por sus triunfos en Valdivia,
lord Cochrane dirigió, naturalmente, su atención á Chiloé, donde los
españoles conservaban todavía una fuerte posición bajo las órdenes del
coronel Quintanilla, oficial experto y valeroso. El relato de aquella
expedición está muy bien dado en una carta que su señoría dirigió al
ministro de Marina, fechada en Chiloé el 19 de Febrero de 1820.
A su regreso á Valdivia, lord Cochrane proveyó de las armas que pudo á
los habitantes de la vecindad para llevarlos á arrojar al enemigo, y
despachó á Beauchef para Osorno con 100 hombres para apoderarse de esa
ciudad, que es el centro de una de las fuentes de provisiones de Chiloé.
Beauchef y su reducida tropa fueron recibidos por los indios con el más
vivo regocijo, tanto en los campos como en Osorno. “Creo, dice aquel
jefe en carta oficial dirigida á lord Cochrane, haber abrazado á más de
1.000 caciques y sus mocetones. Todos me han ofrecido á su gente para
que sirva en la causa patriota; pero como las circunstancias no lo hace
necesario, los he invitado á regresar á su tierra y he recibido sus
promesas á estar listos si el país llegara á reclamar sus servicios. Al
despedirme he distribuído entre ellos un poco de añil, algún tabaco,
cintas y otras bagatelas.”
El 26 de Febrero se izó la bandera de Chile en el castillo de Osorno,
donde se tomaron algunos cañones, 40 fusiles y municiones sin ninguna
resistencia por haber escapado los españoles hacia Chiloé.
* * * * *
Mientras tanto, á consecuencias de las averías sufridas cuando encalló
en las Quiriquinas, la _O’Higgins_ estaba inhabilitada para navegar,
por cuyo motivo fué conducida á remolque á Valdivia para ser reparada,
regresando el almirante á Valparaíso á bordo del _Moctezuma_. Después
de su partida, los españoles dispersados hicieron algunos débiles
esfuerzos para poder apoderarse de Valdivia é inducir á los indios á
caer sobre Beauchef; pero este valeroso oficial puso fin rápidamente
á la lucha, y después de dejar suficientes guarniciones en Osorno y
otros puntos, estableció su cuartel general en Valdivia.
En cuanto lord Cochrane arribó á Valparaíso, despachó á la
_Independencia_ y al _Araucano_ con todo lo necesario para las
reparaciones de la _O’Higgins_ y con órdenes de regresar con ella á ese
puerto lo más luego que fuera posible. Era ya tiempo de emprender la
gran expedición á la costa del Perú, tanto tiempo proyectada.
El temperamento político de los peruanos, y especialmente del
pueblo de Lima, eran favorables á la empresa. Se había reunido un
considerable cuerpo de ejército, y la toma de Valdivia había arrojado
al enemigo de su último baluarte en Chile; quedaba sólo la preparación
y aprovisionamiento de la escuadra para llevar el ataque á la misma
ciudad de los virreyes, por lo cual se resolvió que en cuanto pasara la
próxima estación lluviosa zarpara inmediatamente[32].
Mientras tanto los buques se ocupaban, bajo la dirección personal de
lord Cochrane, en vigilar la costa en las vecindades de Valparaíso,
particularmente las bahías de Concon y de Quinteros.
La primera está situada en la desembocadura de un río muy ancho y puede
ser de importancia como puerto para embarcar los productos traídos
del interior por el río; y la segunda es una excelente rada, mejor
protegida de los vientos que la de Valparaíso, y que si bien está á mas
distancia de la capital, se halla mejor situada por lo que respecta á
las facilidades para procurarse agua y provisiones.
Parte de la tripulación de los buques trabajaba en la formación de
puentes para el embarque de las tropas, en el alistamiento de los
medios de trasporte y otros preparativos para la expedición.
Pero la escuadra estaba casi sin tripulación y le faltaba la mitad de
sus oficiales, á causa de que las estrechas miras de los financistas
de estos gobiernos nuevos no les permite ver que es más conveniente
asegurarse la fidelidad y el buen servicio del ejército y de la marina
pagándolos puntualmente, que no retener en sus manos el dinero para
negociar con él ó prestarlo con usura.
El descontento estalló en el _San Martín_ y el _Araucano_ á principios
de Mayo, y sólo á principios de Julio vino á aplicarse el único remedio
justo y adecuado, pagando á los jefes y oficiales, que inmediatamente
restablecieron la tranquilidad, sin que nada de importancia volviera á
ocurrir hasta que las tropas emprendieron viaje al Perú.[33]
Al propio tiempo que las armas de Chile seguían cosechando nuevos
triunfos, el gobierno civil mejoraba tambien poco á poco. Se había
puesto cierto orden en el ramo de Hacienda, y si bien los reglamentos
de aduanas estaban todavía vaciados en su mayor parte en el estrecho
molde del antiguo sistema español, se había introducido en ellos
algunas reformas de consideración.
En Santiago se había establecido un colegio y llevado á efecto varias
obras de utilidad. Fundóse una biblioteca pública, se construyó un
teatro, y el Supremo Director llegó á pensar hasta en establecer
un telégrafo; pero los prejuicios del pueblo y de los sacerdotes,
en especial, eran demasiado fuertes contra tan milagroso modo de
comunicación, y por esta razón tendrá el telégrafo que esperar todavía
unos veinte años para que se le admita en Chile.
Por entonces hallábase ya reunido en Valparaíso el ejército destinado
al Perú, y el nombre del Ejército Libertador se oía en todas partes.
El Director había venido á Valparaíso á presenciar la partida de la
escuadra, y él y el general San Martín, nombrado capitán general de la
expedición libertadora, renovaron solemnemente las protestas en favor
de la libertad del Perú que habían consignado en las proclamas lanzadas
anteriormente por ellos y distribuídas entre los habitantes del Perú
durante los diez y ocho meses precedentes. En una de ellas, fechada
en Febrero de 1819, decía O’Higgins, después de anunciarles que la
expedición estaba casi lista:
“No penséis que pretendamos trataros como á pueblo conquistado; tal
intento sólo puede caber en la cabeza de los enemigos de nuestra común
felicidad. Nosotros aspiramos solamente á veros libres y felices:
_vosotros organizaréis vuestro gobierno_, escogiendo la forma que
guarde más armonía con vuestros hábitos, vuestra situación y vuestros
anhelos; _Vosotros seréis vuestros propios legisladores_, y por
consiguiente instituiréis una nación tan libre é independiente como la
nuestra.”
En otra, de fecha posterior, dice:
“Peruanos: he aquí los pactos y condiciones con que Chile, delante del
Sur Supremo y poniendo á todas las naciones por testigos y vengadores
de su violación, arrostra la muerte y las fatigas para salvaros. Seréis
libres é independientes, constituiréis vuestro gobierno y vuestras
leyes por la única y espontánea voluntad de vuestros representantes;
ninguna influencia militar ó civil, directa ó indirecta, tendrán estos
hermanos en vuestras disposiciones sociales: despediréis la fuerza
armada que pasa á protegeros en el momento que dispongáis; sin que
vuestro peligro ó vuestra seguridad sirva de pretexto, si no lo halláis
por conveniente, jamás una división militar ocupará un pueblo libre si
no es llamada por sus legítimos magistrados; ni por nosotros ni con
nuestro auxilio se castigarán las opiniones ó partidos peninsulares que
hayan precedido á vuestra libertad.”
Una larga proclama de San Martín, fechada en Marzo de 1819, emplea
el mismo lenguaje. Después de declarar que ha recibido amplia
autorización de los Estados Independientes de las Provincias Unidas de
Sud América y de Chile para invadir el Perú con el objeto de defender
la causa de la libertad, entra en extensas consideraciones sobre la
esclavitud de ese reino y se regocija de que se haya encomendado á sus
manos su liberación.--“No es mi propósito--dice--el de un conquistador
que trata de sistematizar una nueva esclavitud. La fuerza de las cosas
ha preparado el gran día de vuestra emancipación política, y yo sólo
soy el instrumento accidental de la justicia, el agente del destino.”
Continúa después proclamando la seguridad de la victoria sobre los
opresores, y dice: “La victoria tendrá por resultado que la capital
del Perú vea por primera vez unidos á sus hijos, eligiendo libremente
su gobierno y presentándose á la faz del mundo en la categoría de
las naciones.” Tales eran las miras que preconizaban los jefes de la
expedición, miras de que sinceramente participaba lord Cochrane; sus
sentimientos respecto á dejar á los peruanos gobernarse por sí solos,
eran tan bien entendidos que, temeroso San Martín de que no fueran á
cruzarle los proyectos que en reserva acariciaba, obtuvo inmediatamente
del gobierno chileno instrucciones secretas que le permitían obrar como
contrapeso en la conducta del almirante; pero supo dejar pasar algún
tiempo antes de encontrar por conveniente dar á conocer que tenía tales
instrucciones.
Los oficiales del ejército y armada, tanto chilenos como extranjeros,
confiaban en la sinceridad de sus jefes y se imaginaban que,
preparado como se hallaba el Perú para recibirlos, se les conduciría
inmediatamente al ataque de la capital para poner cuanto antes término
á la guerra.
El mayor entusiasmo reinaba en todos los ánimos, y el 21 de Agosto de
1820 izó San Martín la insignia de capitán general á bordo del buque de
su nombre y zarpó con los buques de la escuadra y los transportes en
medio de las congratulaciones de todas las clases del pueblo. Con San
Martín iban los soldados de Chacabuco y de Maipú, y lord Cochrane tenía
el mando de la escuadra. La victoria se consideraba asegurada, y la
partida del ejército tenía el aspecto de un triunfo[34].
Marineros y soldados iban animados por la esperanza de grandes
recompensas, por haberles ofrecido San Martín que, después de la toma
de Lima, se les gratificaría con la paga de un año, fuera de sus
sueldos.
La escuadra se detuvo en Coquimbo para hacer más provisiones y embarcar
las tropas reunidas en esa ciudad, y en seguida siguió rumbo al Perú.
Al propio tiempo el Director declaraba en estado de bloqueo todos los
puertos situados entre los 2.° 12′ y 21° 48′ de latitud Sur, ó sea,
desde Iquique á Guayaquil, á no ser que cayesen en poder de los jefes
chilenos; pero á fin de no oprimir á los neutrales más de lo necesario,
se le dieron al almirante plenos poderes para concederles permisos
para el desembarque y el trasbordo de sus mercaderías, bajo ciertas
condiciones[35].
Inmediatamente después de publicado este documento, el Director entregó
á la circulación un manifiesto fechado en 31 de Agosto de 1820. Se
titula “Manifiesto del capitán general del Ejército, don Bernardo
O’Higgins, al pueblo que gobierna”.
Comienza por felicitar á sus conciudadanos por la partida de la
expedición libertadora y pasa en seguida á dar una corta pero clara
reseña de su vida política y de los sucesos civiles y militares en que
ha tenido parte. Dice: “Educado en el libre país de Inglaterra, se ha
fortalecido en mí ese innato deseo de independencia que alienta en todo
hombre nacido en tierra araucana. Amante de la libertad, por principios
y por sentimientos, juro ayudar á obtener la de mi patria ó sepultarme
entre sus ruinas”.
El documento está bien escrito y los sentimientos expresados hacen
honor á la cabeza y al corazón del Supremo Director, cuyo carácter
personal ha sido siempre estimado, habiéndose atribuído uniformemente á
la influencia de sus ministros aquellos actos suyos que le han alienado
la voluntad del pueblo.
* * * * *
Mientras tanto, la expedición había llegado á Pisco. El 7 de Septiembre
la escuadra pasó por San Galbán y ancló á la altura de ese puerto á las
seis de la tarde.
Lord Cochrane propuso inmediatamente el desembarco de un pequeño
destacamento para sorprender la ciudad antes de que el enemigo tuviese
tiempo para mandar fuera los esclavos, el ganado y las provisiones.
El ejército carecía de reemplazos y de caballos y como los buques
estaban escasos de víveres, era conveniente asegurar los aguardientes
y provisiones que se sabía haber en Pisco; pero al capitán general
parecióle muy aventurada la proposición de su señoría, y el ataque de
la plaza quedó postergado para la mañana siguiente.