Estas obras tenían la ventaja de dar ocupación á los numerosos

prisioneros de guerra, cuya subsistencia habría sido de otro modo una

pesada carga para el Estado, y cuyo tratamiento era tal, cuando así no

se les ocupaba, que la humanidad habría preferido correr un velo sobre

él. Pero como los españoles habían dado terribles ejemplos, no es de

maravillarse que las naciones que ellos habían oprimido les aplicaran á

veces la pena del talión.

El general San Martín, entretanto, había visitado á Buenos Aires, pero

residía la mayor parte del tiempo en Mendoza; se dedicaba á aumentar el

ejército con el propósito de invadir el Perú por medio de la escuadra

chilena en cuanto estuviesen listas las tropas y el dinero, y era

tenido, no sin razón, por el verdadero director de todos los negocios

de Chile.

Es singular el ascendiente que este hombre había adquirido; su valor

es más que dudoso y sus talentos no sobresalen de la mediocridad. Pero

tiene una hermosa figura, un aire imponente, un trato versátil, que se

acomoda á todos los gustos, así á los de un refinado cortesano como

á los de un payaso vulgar, y un gran poder de fingimiento. Es uno de

aquellos de quienes Bacon dice: “Hay quienes saben empandillar los

naipes y no pueden jugar bien; así también hay quienes sobresalen en

las intrigas y divisiones, pero que fuera de ahí no valen nada.” Su

secretario, Monteagudo, tiene de común con él muchas cualidades; pero

los defectos del jefe los tiene más exagerados, y, sin duda alguna, es

superior al mismo San Martín en su insensible crueldad.

Pero su perspicacia es asombrosa: es “perfecto en conocer el carácter

de los hombres”, á quienes maneja por su lado flaco; su elocuencia

sirvió bastante á la buena causa, por más que en varias ocasiones sus

proclamas y documentos de Estado estén saturados de ese giro bombástico

que en general se reprocha á los españoles, y que, en realidad, es muy

notable en la ribera occidental del Atlántico.

La llaneza, el sencillo buen sentido, la honradez y rectos sentimientos

de O’Higgins, no siempre podían parearse con los talentos más variados

de San Martín; además, era O’Higgins muy propenso á descansar en la

honradez de los demás, que él juzgaba por la rectitud de sus propias

intenciones.

Es de extrañar que, con aquella natural honradez y rectitud que lo

guiaban, haya podido ser inducido á admirar ó practicar los actos de

una política torcida; pero le hacían consentir en que aquello era un

mal necesario en el gobierno civil, y de aquí que siempre prefiriese el

campo de batalla al palacio, porque allí, por lo menos, la decepción

podía no ser indispensable. Su secretario, Zenteno, que después fué

ministro de Marina y gobernador de Valparaíso, comenzaba por entonces

á adquirir cierta importancia. Era escribano en Concepción cuando

se enroló en el ejército patriota, á principios de la revolución, y

habiendo salido entre los fugitivos de 1814, se había visto reducido á

servir de mozo en una pulpería de Mendoza para poder vivir; pero en

1817 volvió á acompañar al ejército de los Andes y reapareció en su

propia posición.

Zenteno ha leído un poco más que lo que es de uso entre sus

conciudadanos, y piensa ese poco más; como San Martín, dignifica con

el nombre de filosofía el escepticismo en religión, el relajamiento en

moral y la frialdad, si no crueldad, de corazón; y si bien no dejaría

de mostrar cierta ostensible sensibilidad por la suerte de un gusano,

sería capaz de juzgar la muerte ó la tortura de un adversario político

como un motivo de congratulación.

Su trato es frío; pero como siempre se manifiesta grave y sentencioso

y tiene mucho de la argucia y sagacidad atribuídas comúnmente á su

primera profesión, pasa por hombre muy capaz.

Tales eran los personajes principales con quienes tuvo que entenderse

lord Cochrane á su llegada á Chile. O’Higgins era sincero, y de San

Martín puede decirse que, como lord Angelo, una conveniente sinceridad

regía sus actos hasta que divisaba... la posibilidad de ejercer el

poder absoluto en el rico país del Perú. Pero los sucesos hablarán por

sí solos. Por ahora, de lo que se trata, es de la historia de Chile

durante la primera parte del año 1819.

La escuadra de Chile consistía entónces de la _O’Higgins_, buque

insignia de lord Cochrane, comandado por el capitán Forster; el

_Lautaro_, capitán Guise; la _San Martin_, capitán Wilkinson, y la

_Chacabuco_, capitán Carter[20]. Estos buques zarparon de Valparaíso el

15 de Enero á las órdenes de lord Cochrane.

El pueblo de Chile contemplaba ansiosamente la expedición. Era la

primera vez que se atrevía á atacar al enemigo en su propio baluarte.

Siempre había parecido inexpugnable el Callao, y los buques de España

estaban acostumbrados á considerarlo como un santuario inviolable.

Ahora los chilenos veían á sus buques que salían á atacarlo, y un

sentimiento de temor de su propia osadía se mezclaba á sus esperanzas.

Pocos meses antes, cuando había estado bloqueado el puerto, todos sus

deseos se limitaban á verse libres de los buques enemigos; pero las

situaciones habían cambiado, su puerto era ahora el inviolable, y sus

buques los que iban á atacar la ciudadela del enemigo.

No es de extrañarse, pues, que se prestara oídos ávidamente á todo

rumor y que toda vela extranjera que trajera buenas nuevas de la

escuadra fuese recibida con ansia; al cabo llegaron, sin embargo,

despachos verdaderos, que se publicaron en una serie de gacetas

extraordinarias como los más importantes documentos que hubiesen

jamás llegado á Chile. La flota había sido tripulada principalmente

con nacionales, muchos de los cuales eran huasos de las montañas; á

bordo de toda la escuadra había unos trescientos marinos extranjeros,

inclusos los oficiales, de modo que era natural que hubiese ansiedad

por más de un motivo respecto á la expedición. Pero la primera

tentativa era suficiente para probar que la marina de Chile tendría

dentro de poco tiempo el dominio del Pacífico.

* * * * *

La escuadra se había encontrado en su camino con varios buques, y en

vista de las informaciones obtenidas, el almirante había determinado

quedarse voltejeando no lejos del Callao hasta el 21 de Febrero, para

interceptar el paso al _San Antonio_ que iba destinado á Cádiz con un

tesoro considerable á bordo, y en seguida, el 23, que era el último día

de Carnaval, entrar en la bahía con el _Lautaro_ y atacar los buques y

las fortalezas durante la confusión que, como de costumbre, ocasiona

esa fiesta[21]. El _San Martín_ debía permanecer oculto detrás de la

isla de San Lorenzo, para proceder en conformidad á las circunstancias.

Pero el 21 cayó una neblina tan espesa que los buques se perdieron

de vista: así continuaron cuatro días, de modo que el plan del 23

quedó frustrado. El 26 aclaró un poco, y el _San Martín_ capturó á

la _Victoria_, cargado de provisiones de Chiloé para Lima; pero las

nieblas, que son tan comunes en la costa del Perú, hicieron imposible

á la escuadra toda acción hasta el día 29, en que se dejó oir un vivo

cañoneo. El almirante se imaginó que sería uno de sus buques que

afrontaba al enemigo, y en consecuencia puso proa hacia la bahía del

Callao.

El _San Martín_, el _Lautaro_ y la _Chacabuco_, que creyeron cada

cual por su lado que el almirante había entrado en acción, hicieron

el mismo rumbo, y en un momento en que la neblina se disipó un poco,

pudieron reconocerse. Ese instante de luz descubrió entre ellos una

vela extraña; el _O’Higgins_ la siguió y le dio caza; era una cañonera

que tenía á bordo un teniente y 20 hombres, un cañón de 24 libras y dos

morteros.

El almirante supo por la cañonera que el cañoneo que se había oído en

la mañana era en honor del virrey, que andaba revistando los buques y

las fortalezas. Seguro lord Cochrane de que alguno de sus buques había

sido visto, resolvió entrar al Callao, á la vez que para probar á sus

compañeros, para tratar de capturar algún buque de guerra, ó por lo

menos, una de las cañoneras: el _Lautaro_ le seguía de cerca.

Encontráronse con los buques del enemigo dispuestos en una media luna

de dos líneas; la línea de retaguardia ordenada de manera que cubría

los intervalos que dejaban los buques de la línea del frente; los

buques mercantes estaban estacionados en la línea de retaguardia, y

á la derecha estaban anclados los neutrales. El _O’Higgins_ llevaba

bandera neutral[22]; pero sin resultado, porque á las cuatro de la

tarde la _Esmeralda_ comenzó á hacer fuego sobre los dos buques, fuego

que inmediatamente fué seguido por el de toda la línea de buques

españoles y el de los fuertes. Por desgracia, el capitán Guise cayó

gravemente herido y su buque se retiró de la acción.

Ni el _San Martin_ ni la _Chacabuco_ vinieron á reforzar al

_O’Higgins_, sin que jamás se haya sabido si porque les pareciera

dudoso el resultado, ó por mala inteligencia de las órdenes; y, en

consecuencia, el almirante se vió obligado, á su pesar, á retirarse,

después de haber afrontado por dos horas el fuego de 300 cañones de

los buques y los fuertes[23]. El puerto del Callao fué declarado en

bloqueo, y la escuadra, cuando no andaba voltejeando, se retiraba á la

isla de San Lorenzo, fuera del alcance de los fuertes del Callao, á una

distancia de dos y media millas próximamente.

El 2 de Marzo, los botes de la escuadra, á las órdenes del capitán

Forster, atacaron la estación de señales de la isla de San Lorenzo,

la destruyeron, libertaron á 29 chilenos, parte de la tripulación del

_Maipú_, que estaban con cadenas ocupados en los trabajos públicos é

hicieron prisioneros á unos cuantos peruanos.

En cuanto se presentó la escuadra patriota en la bahía del Callao,

discutióse en el consejo del virrey si se podía legalmente emplear

contra ella la bala roja, y la opinión del arzobispo se pronunció

en ese sentido; pero, por más que algunas cayeron cerca de la

_O’Higgins_, mientras cruzaba la bahía para detener, á pesar de los

fuegos de los fuertes y de los buques, una embarcación que llegaba en

esos momentos, parece que ninguna le hizo daño.

Entre el 4 y el 17 de Marzo se cambió entre lord Cochrane y el

virrey del Perú una correspondencia de naturaleza tan singular y

característica, que al fin de este volumen la daré á conocer por

algunos extractos.

El objeto de ella era el canje de prisioneros, hombre por hombre,

grado por grado. Las cartas de lord Cochrane están llenas de humanidad

é hidalguía; todas tienden á introducir en la lucha un sistema más

humano que el que había mancillado hasta entonces las contiendas de la

América del Sur, y contienen, respecto de su patria, de sí mismo y de

los hombres de su rango en su país, la más digna justificación de su

conducta en la guerra de la independencia.

En la noche del 22 de Marzo se trató de poner en ejecución un proyecto

ideado para la noche del 19, pero que entonces fué abandonado por

haberse apercibido de él el enemigo; se ordenó que los botes se

internaran en la bahía con un brulote, y que los buques los siguieran,

apoyaran y protegieran; pero, por una inexplicable fatalidad, no estuvo

allí más que el _O’Higgins_, y el plan quedó frustrado.

Por este tiempo comenzaron á escasearle á la escuadra el agua y otras

provisiones, y, en consecuencia, el 25 zarpó con dirección á Huara

para procurárselas allí. En dicho punto, después de dos días de

amigables relaciones con los naturales, los oficiales se encontraron

con que de repente se les negaba el agua y que le estaba prohibido

á los pobladores el llevarles provisiones; entonces se desembarcó

una patrulla de los buques, que se puso en marcha hacia las pequeñas

ciudades de Huara y Huacho, de las que tomaron posesión el día 30

sin ninguna dificultad, asegurando así una buena aguada y centro de

abastecimientos. Mientras estaba la escuadra en Huara llegó allí el

almirante Blanco en el _Galvarino_.

Este oficial izó su insignia en el _San Martín_ como segundo, y poco

después se hizo á la vela para reunirse con la escuadra y mantener el

bloqueo del Callao.

Por informaciones recibidas de la costa, supo lord Cochrane que unos

buques neutrales estaban embarcando cargamentos españoles en varios

de los puertos menores, por lo cual se puso á recorrer la costa

con algunas naves, desembarcando varias patrullas en las pequeñas

poblaciones, cuyos habitantes no se resistían á entregarse.

En Patabilco se hizo una presa considerable de dinero (como 67.000

pesos) y provisiones, azúcares y alcoholes. En Guambacho se sacaron

60.000 pesos de un bergantín, que los llevaba á bordo de contrabando.

En Supe, su señoría hizo desembarcar á los marineros, que interceptaron

unos 120.000 pesos que iba custodiando una escolta de infantería

española. Un tal Mr. Smith, americano, reclamó el dinero como propiedad

particular suya; pero como venía bajo la custodia de una escolta del

gobierno, fué mandado á bordo del _O’Higgins_. Más tarde se supo que

este dinero iba á ser embarcado en Guarmey en la goleta americana

_Macedonia_, á nombre de Abadie y Blanco, agentes de la Compañía de

Filipinas.

El americano Smith se encolerizó tanto con la captura del dinero, que

en la cámara del _O’Higgins_ sacó su pistola y se la puso en la frente

á lord Cochrane, quien la apartó con la mano diciendo: “Guárdese su

pistola mister Smith, y haga de ella un uso más prudente”, y prosiguió

fríamente en su trabajo, sin prestar la menor atención al encolerizado

comerciante[24].

A mediados de Abril, parte de la escuadra se presentó en Paita, cuya

rendición intimó el almirante; pero el gobernador español, á pesar de

hallarse convencido de su falta de medios para resistir, desafió á los

patriotas. Lord Cochrane, en su deseo de evitar un derramamiento de

sangre, despachó un segundo parlamentario, sobre el cual los españoles

hicieron fuego.

Entonces su señoría hizo desembarcar unos cuantos soldados y marineros

de su nave, los cuales se apoderaron casi al instante de la ciudad,

apresando al mismo tiempo la goleta _Sacramento_, tres cañones de

bronce de á 18, dos piezas de campaña y una cantidad de municiones,

azúcar, algodón, cacao, resina, etc.

Habiéndose robado unos marineros algunos ornamentos de la iglesia, el

almirante los obligó á devolverlos y castigó á los delincuentes, aparte

de mandar al vicario un mil pesos para reparar el agravio hecho al

sagrado recinto[25]. Por esos días se escapó una rica presa, la flota

de Guayaquil, advertida á tiempo por un buque americano.

Mientras lord Cochrane estaba empeñado en esta expedición al Norte, el

almirante Blanco sostenía el bloqueo del Callao con el _San Martín_,

el _Lautaro_, la _Chacabuco_ y el _Pueyrredon_, que se prolongó hasta

comienzos de Mayo, en que la escuadra regresó á Chile entre las

congratulaciones de todas las clases del pueblo[26]. Y en verdad había

motivo para tales transportes de júbilo. Durante el primer mes la

escuadra de Chile se componía únicamente de los siguientes buques:

Fragata _O’Higgins_ 48 cañones

” _Lautaro_ 38 ”

Navío _San Martin_ 60 cañones.

Corbeta _Chacabuco_ 24 ”

Esta reducida fuerza había bloqueado enteramente el puerto del Callao,

cuyas baterías son formidables, y donde estaban estacionados los

siguientes:

Frag. de guerra _Venganza_ 42 cañones.

” ” _Esmeralda_ 44 ”

Goleta _Sebastiana_ 28 ”

” _Resolución_ 36 ”

” _Cleopatra_ 28 ”

” _La Tocha_ 20 ”

Bergantín _Maipú_ 18 ”

Berg. de guerra _Pezuela_ 22 ”

” ” _Potrillo_ 18 ”

Nombre desconocido 18 ”

Goleta con un cañón de 24 y 20 culebrinas.

_Guarney_ 18 cañones.

_San Fernando_ 26 ”

_San Antonio_ 18 ”

aparte de 28 cañoneras. Se había hecho presa de doscientos mil pesos

pertenecientes á la Compañía de Filipinas, fuera de otras presas

menores, y se había libertado del yugo español á varias ciudades de la

costa.

Así, pues, el virrey se veía en la más humillante situación, privado de

las provisiones que eran absolutamente indispensables para el país, y

encerrado en su capital por una fuerza que no llegaba á la cuarta parte

de las suyas, pero que, con una actividad nunca vista en esos mares,

iba de puerto en puerto, vencía todos los obstáculos, apresaba sus

convoyes en mar y en tierra y atacaba sus fortalezas y navíos hasta en

su más poderosa ciudadela.

Entre otros homenajes rendidos á lord Cochrane al volver la escuadra

á Chile, se pronunció un elogio de su señoría en el Instituto Nacional

de Santiago, del cual sólo he podido procurarme el siguiente extracto:

“Llega al Callao: el puerto está defendido por las fortificaciones más

poderosas del Pacífico y coronado de baterías. Diez buques de guerra y

un gran número de cañoneras forman una formidable barrera.

“El bizarro almirante se apodera de la Isla de San Lorenzo, ancla allí

su escuadra, intenta hacer una entrada al puerto y se adelanta con el

_O’Higgins_ y el _Lautaro_; 300 piezas de artillería vomitan la muerte

alrededor de él. De tres lados parten los proyectiles á destruirle sus

buques; pero, en medio de esos torrentes de fuego, él sigue avanzando,

inalterable, con toda resolución; infunde el terror en el enemigo,

siembra por doquiera el horror y la muerte, le cañonea sus buques, y

el pánico del enemigo llega á tal grado que emplea medios vedados,

disparando proyectiles incendiarios de todos los castillos.

Después de haberlos acosado rudamente, vuelve, serenamente, victorioso

á reunirse con el resto de su escuadra, etc.”

Mientras tanto había llegado á Chile una de las fragatas contratadas

en Nueva York, después de recalar en Buenos Aires. Parece que,

conforme á las estipulaciones de un tratado con España, la América

del Norte se obligaba á no suministrar á los patriotas de Sud-América

ningún buque armado; así es que, al encargar al gobierno de Buenos

Aires dos fragatas para Chile, alistáronse dos buques, el _Horacio_

y el _Curiacio_, con toda clase de pertrechos, exceptuando armas y

municiones, las que, sin embargo, seguían á las fragatas en el buque

_Sanchem_, y llegaron pocos días después que ellas á Buenos Aires.

La escasez de recursos en esa ciudad impidió que fuera pagado

totalmente el precio de venta de las dos naves, por cuyo motivo sólo

el _Horacio_ izó el pabellón chileno después de recibir sus cañones y

de completar su marinería, y el _Curiacio_ zarpó para Río de Janeiro,

donde fué comprado por el gobierno, quedando Chile defraudado del

dinero que había anticipado á cuenta.

Al regreso de la división Blanco de la escuadra, el Supremo Director se

fué á Valparaíso para recibirla y también para inspeccionar la fragata

últimamente adquirida, cuyo mando se le había ofrecido en particular al

capitán Guise.

Sin embargo, cuando llegó el _O’Higgins_ se nombró en su lugar al

capitán Foster, como oficial más antiguo, cambiándole el nombre de

_Curiacio_ por el de _Independencia_ ó _Nuestra Señora del Carmen_. Se

hicieron en la escuadra otros cambios de importancia y se puso todo

empeño para recorrerla y abastecerla, á fin de renovar el bloqueo del

Callao.

Mientras la armada acosaba así las costas enemigas, el ejército del

Sur, á las órdenes del general Balcarce, seguía ganando terreno

gradualmente. La guerra, sin embargo, se desarrollaba allí de la manera

más desoladora.

El realista Benavides, en particular, había hecho odioso su nombre

por sus muchas atrocidades, y especialmente por el asesinato á sangre

fría de un oficial que le mandara el general Freire con bandera de

parlamento, y de todo el pelotón que lo acompañaba, fuera de otros

prisioneros; todos fueron ultimados á sablazos para ahorrar el gasto de

pólvora. El general Sánchez no le iba en zaga en crueldad. Este último

había evacuado á Talcahuano. Freire se había tomado á Chillan y el

éxito favorecía en todas partes á los patriotas. (Véase la _Gaceta_,

Marzo 13 de 1819.)

Se les dirigió á los indios las proclamas más conciliatorias,

invitándoles como hermanos á unirse á la causa de la independencia, y

se abrigaban esperanzas de que se aliarían á los patriotas contra los

españoles. El gobierno interior parecía también haber consolidado su

estabilidad.

Los adictos de los Carreras guardaban silencio, por entonces, á lo

menos. Ninguna nación extranjera intervenía entre la madre patria

y sus colonias, y todos, por el contrario, parecían mirar con

complacencia un cambio que prometía el libre comercio del Pacífico.

Es singular que la experiencia de siglos no haya podido enseñar á

ninguna nación que es imposible retener el oro y la plata dentro de un

estado determinado más allá de cierta cantidad, ni que cuando se les

confina de ese modo no hacen más rico al país; porque cuando el oro y

la plata son más que lo que se necesita para la adquisición de otros

artículos, pierde totalmente su valor.

Esto se aplica especialmente á los países donde los metales preciosos

constituyen la producción principal. Y así, los gobiernos reformistas

de la América del Sur imponen todavía al oro y la plata un derecho de

exportación tan subido, que equivaldría á una prohibición si todas

las naciones no se concertaran para hacer su contrabando. En países

como éste, donde no hay manufacturas y donde no hay otros productos

naturales que los metales preciosos, es más aparente todavía el

cambio de éstos por artículos de cualquier otra clase. Pero, como

prevalece todavía la manera de pensar de los españoles, resulta que el

contrabando, que en cualquier otro país sería motivo de escándalo, se

practica aquí abiertamente, hasta por los buques de guerra ingleses,

porque el comerciante no puede obtener por otro medio un retorno para

sus mercaderías. ¿No sería este un artículo digno de ser considerado

en alguno de los tratados que se lleguen á celebrar para reconocer la

independencia de la América del Sur?

Los comerciantes ingleses habían prestado servicios materiales á la

causa de la independencia con las grandes importaciones de armas

y pertrechos, tanto navales como militares, que, á pesar de toda

prohibición, continuaba proporcionándoles.

Es verdad que á veces surtían también á los realistas; pero, en

general, los cargamentos de esta especie los destinaban para los

patriotas, con quienes cultivaban relaciones más cordiales que las

que habían tenido con los españoles. En Chile era consentido el

culto protestante en casas privadas, y se les había permitido á los

protestantes que compraran un terreno para cementerio, tanto en la

capital como en el puerto; algo también se había intentado para

facilitar los matrimonios entre protestantes y católicos, pero, por

entonces, era todavía demasiado prematuro pensar en una tolerancia

pública y perfecta. Tampoco eran incomodados los oficiales que entraban

al servicio respecto á sus creencias religiosas ni se les inducía á que

las cambiaran.

La estación lluviosa, con fuertes temporales de viento Norte, se había

afirmado; no obstante, seguíase atendiendo con todo celo al equipo de

los buques, de manera que el 11 de Septiembre la escuadra estaba lista

para hacerse á la mar; se había solicitado un empréstito de 2.000 pesos

de los comerciantes de Valparaíso, que lo rehusaron por considerarlo

como una contribución forzada; pero, en cambio, suscribieron en un

instante la suma de 4.393 pesos como donativo espontáneo para impulsar

la expedición, que debía ahora adoptar medidas más activas que en la

primera ocasión.

La cuarta parte de esa suma fué erogada por comerciantes ingleses.

Lord Cochrane ofreció en préstamo, por tiempo ilimitado, las presas de

dinero que había hecho durante la expedición.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 5 / 35 段