La guarnición de los Patos dió aviso también de que el enemigo había

sido avistado en aquel paso. La capital fué presa al instante de la

mayor agitación: el gobernador Marcó, junto con el cabildo, daba

órdenes y contra órdenes, nombraba oficiales y los cambiaba, y todo

parecía que eran preparativos para la fuga. El día 5 se despachó

al coronel Quintanilla para que fuese á reforzar las tropas que se

hallaban estacionadas en Aconcagua, Santa Rosa y los caminos. El día

6 se encontró con que la mayor parte de las tropas, á las órdenes del

mayor Atero, se habían retirado á las alturas de Chacabuco, dejando

abandonadas sus municiones y bagajes; tan precipitada había sido su

fuga. El 7 hubo una escaramuza entre las avanzadas, cerca de Curimón,

en la que resultaron vencidos los realistas; pero, sólo el día 12 tuvo

lugar la gran acción de Chacabuco, acción de infinita importancia, no

sólo para Chile sino para toda la América del Sur. Bolívar acababa de

ser arrojado de Tierra Firme y había buscado refugio en Jamaica; los

de Buenos Aires habían sufrido recientemente una memorable derrota

en Tucumán, y si hubiesen obtenido la victoria las tropas de Marcó,

habría quedado franqueada la comunicación entre los ejércitos realistas

y se hubiesen originado las más desastrosas consecuencias.

En la madrugada del 12, el general O’Higgins logró ver el llano desde

la cumbre de un cerro, y distinguió al enemigo, cuyo número apreció muy

aproximadamente en 3.000 hombres[13]. San Martín no podía creer que

fuesen tan numerosos; pero, O’Higgins, seguro de lo que había visto,

persuadió á Soler á que lo acompañara á pedirle permiso para hacer en

seguida frente al enemigo en favorables condiciones, aun cuando no

era su división la señalada para el ataque: repetidos rechazos no lo

hicieron desistir de su propósito, hasta que el cabo logró más bien

arrancar el permiso que ganar el asentimiento de San Martín, y como á

las tres de la tarde emprendió el ataque.

Los patriotas se vieron en un principio tan acosados, que como eran

apenas el puñado que formaban la división particular de O’Higgins,

tuvieron que mandar en busca de refuerzos; pero no los esperaron, y

antes de que les llegaran se les habían hecho innecesarios. O’Higgins

se lanzó á la carga y rompió la primera línea, todos huyeron y los

patriotas quedaron dueños, no sólo del campo sino de los bagajes,

municipales, etc., desbandándose los realistas en todas direcciones

encabezados por sus jefes Maroto y Elorriaga.

Cuando se supo en Santiago la pérdida de la batalla, la confusión pasó

los límites de toda ponderación: todo el mundo trataba arrancar cargado

con cuanto podía acarrear, y entre los primeros arrancó el jefe. Unos

se marchaban por la Cuesta de Prado, otros por los desfiladeros de

Espejo y varios por el camino de Melipilla, todos afluían hacia el mar.

En la tarde del 13 la confusión se propagó á Valparaíso, donde apenas

si encontraron cabida en los buques atestados de gente los oficiales

de graduación cuando allí llegaron. Todos los magistrados se hallaban

embarcados, el puerto estaba abandonado; en varios puntos el populacho

saqueaba las casas y la playa estaba cubierta de gente que pugnaba en

vano por embarcarse en los buques.

Dos mil onzas de oro y plata que pertenecían al tesoro se perdieron

ó se las robaron; los presos se habían escapado y apuntaban los

cañones de las baterías sobre los realistas. Nueve buques llenos de

fugitivos zarparon para el Perú; pero como salieran escasos de agua,

entraron á Coquimbo, donde los patriotas les hicieron fuego contra los

botes; entonces continuaron para Huasco, y allí descubrieron que en

la precipitación de la partida habían dejado atrás á su jefe, Marco,

creyendo los de cada buque que iría en el de más atrás. Con motivo

de este descubrimiento, tomó el comando D. Manuel Olaguer Zelin y la

flotilla prosiguió en salvo hasta el Callao.

Los patriotas marcharon en seguida sobre Santiago, donde se les

juntaron todos sus amigos y los que creyeron conveniente pasar por

tales. Se ofreció al general San Martín que se hiciera cargo del puesto

de supremo director; pero él se excusó y recomendó la elección del

general O’Higgins, que era hijo del país y uno de sus más valerosos y

esclarecidos defensores.

San Martín continuó á la cabeza del ejército. Mientras tanto, los

realistas poseían todavía las provincias del Sur, y mantenían con

el Perú una constante comunicación, gracias á su superioridad en el

mar, superioridad que amenazaba hacer inútiles todos los esfuerzos

de los patriotas[14]. La atención del nuevo gobierno se dirigió, por

consiguiente, á la creación de una fuerza naval. Desde hacía tiempo

hallábase establecido en Chile un francés, el capitán Tortel, que antes

había sido corsario y contrabandista en grande escala, y comandado de

un navío de guerra.

Era natural de Tolón, y tenía los sentimientos y principios de los

mejores y más primitivos republicanos franceses. Suyas eran las dos

lanchas que, durante el primer gobierno patriota, habían prestado tan

buenos servicios transmitiendo las instrucciones por la costa, y ahora,

que lo habían nombrado capitán de puerto, empeñábase en formar una

pequeña escuadra afrontando increíbles dificultades. Se mandó á algunas

personas con poderes para comprar dos fragatas en Norte América, y los

agentes de los patriotas en Inglaterra recibieron orden de contratar

oficiales y comprar buques allí.

Pero el principal objetivo, incuestionablemente, era reconquistar la

parte Sur de Chile, y en consecuencia, en el mes de Mayo de 1817, ó

sea dos meses después de la acción de Chacabuco, O’Higgins asumió el

mando del ejército del Sur, poniendo el gobierno en manos de tres

comisionados. Habiéndose suscitado entre ellos algunas divergencias y

dificultades, se nombró diputado-director á D. Luis Cruz[15]. Al cabo

de poco tiempo gran parte de la provincia y la ciudad de Concepción

estaban reducidas; pero á principios de 1818 llegó á Talcahuano un

considerable refuerzo procedente de Lima, á las órdenes de Osorio,

quien inmediatamente marchó sobre Santiago con 5.000 hombres.

* * * * *

El 19 de Marzo, en un lugar llamado Cancha Rayada, le salió al

encuentro San Martín al frente de las tropas patriotas, sobre las

cuales obtuvo la más completa victoria, dispersando á los chilenos é

hiriendo á O’Higgins, que inmediatamente regresó á la capital, donde

todo era alarma. Mujeres y niños volvieron á arrancar, atravesando la

cordillera para llegar á Mendoza, lo mismo que después de la batalla de

Rancagua[16].

Pero el director se dedicó con todo empeño á reparar el mal;

inmediatamente se despacharon vestidos, provisiones y dinero para el

ejército. Muchas familias donaron su vajilla para que fuera acuñada;

los comerciantes extranjeros contribuyeron con sus mercaderías, su

dinero y su crédito, de modo que el 5 de Abril el ejército chileno,

mandado por los generales San Martín y Balcarce y los coroneles Las

Heras, Freire y otros, volvió á interceptarle á Osorio su avance á

Santiago. A un día de camino de esta ciudad, en los llanos del Sur,

llamados de Espejo, se peleó la batalla de Maipú, y jamás se ha visto

una acción más decisiva.

Del ejército de Osorio, 2.000 hombres quedaron muertos en el campo

de batalla; 2.500 cayeron prisioneros, á más de 190 oficiales; la

artillería, la ambulancia y el parque, todo cayó en manos de los

chilenos; sólo escapó Osorio con 200 jinetes.

Esta victoria fué celebrada con justicia como la mayor y la más

completa que se había ganado durante el dilatado transcurso de la

guerra revolucionaria, y asimismo como la más importante por sus

consecuencias.

Este fué, en realidad, el último esfuerzo que hicieron los españoles

para reconquistar á Chile, si bien Talcahuano, Valdivia y Chiloé,

resistían todavía á los patriotas, y permitió á los chilenos llevar

la guerra fuera de su propio territorio, lo que era una ventaja más

importante todavía.

Pero mientras las hojas y proclamas públicas aclamaban al general San

Martín como el héroe de Chacabuco y de Maipú, los que tomaron parte en

esas batallas y que, por consiguiente, fueron testigos oculares de su

conducta, se permitían dudar de su valor personal. En Chacabuco apenas

se le vio en el campo de acción.

En Maipú el general Balcarce, los coroneles Las Heras y Freire y

otros fueron los que llamaron la atención de los soldados que sólo

vinieron á recordar á San Martín cuando apareció al mando de las

tropas victoriosas después de la acción. Sin embargo, se le decretaron

pirámides y cintas y medallas, y la gloria del general era demasiado

grande para consentir en fastidiosas averiguaciones.

Las fuerzas de ambos bandos no eran numerosas; como ya lo hemos dicho,

las de Osorio subían á poco más de 5.000 hombres, pero consistían

principalmente de tropas aguerridas y disciplinadas, mientras que

el ejército chileno estaba totalmente formado de bisoños reclutas

y de milicianos armados únicamente con lanzas de indios; su número

era de 4.500 infantes y 2.500 hombres de á caballo, con 20 piezas de

artillería.

Después de la relación de victoria semejante, da pena anotar el trágico

suceso que tuvo lugar en Mendoza casi en ese mismo tiempo. La tentativa

de los Carreras para apoderarse de esa ciudad, cuando su retirada de

Chile, en 1814, no la había olvidado ni la perdonaba San Martín, que

estaba entonces de gobernador; por otra parte, el inquieto y ambicioso

espíritu de José Miguel había comprometido muy estrechamente en sus

proyectos á sus dos hermanos para que éstos pudiesen cruzar en salvo el

camino de su común enemigo.

A pesar de todo, Juan José y Luis, después de varias aventuras

derivadas de la condición de los partidos dirigentes de Buenos Aires,

y guiados por el deseo de reunirse con sus familias, se pusieron en

viaje para Chile por diferentes caminos y en distintas épocas. Fueron

cogidos y reconocidos, sin embargo, cerca de Mendoza y estrictamente

encarcelados. Sabedores de que bien poca gracia podían esperar del

gobernador militar, intentaron escaparse más de una vez.

La joven y amable esposa de Juan José acompañaba á su marido y vendió

cuanta prenda de valor tenía para poderle procurar las cosas más

indispensables en su prisión: se tendrá una idea de sus sufrimientos

cuando se sepa que habiéndola mandado de regalo un amigo una fanega

de trigo, ella se fué inmediatamente á la plaza del mercado público á

venderla para obtener con qué comprar algunas cosas para su marido;

un zapatero á quien antes había ocupado, la vió en la plaza, é

impresionado por su infortunio la llevó á descansar á su casa, mientras

él colocaba el trigo de la manera más ventajosa que se podía, y con

el precio que se obtuvo subsistieron ella y su marido casi hasta

que acaeció la prematura muerte de éste. Entretanto, una comisión

había estado funcionando con el objeto de tomar conocimiento de los

_crímenes_ de los Carreras.

He leído atentamente el informe que dio á luz; el principal capítulo

consiste en su tentativa para escapar de la prisión; que en cuanto á

lo de haber sido miembros del gobierno de Chile y de haber tratado

de recobrar su anterior influencia, los tiempos de guerra civil

dejan abierto un campo tan vasto á todos los aventureros, que ningún

cabecilla afortunado deja traslucir sus recelos al castigar tan

severamente tales tentativas, cuando puede la cuchilla darse vuelta

y caer sobre su propio cuello. Después de haber funcionado algún

tiempo la comisión en Mendoza, llegó á esta ciudad el secretario

privado de San Martín, Monteagudo, según se dijo á causa únicamente

del desastre de Cancha Rayada. Pero, el 8 de Abril, no muchas horas

después de haber llegado á aquella plaza, su nombre apareció firmando

la sentencia de muerte pronunciada contra los infortunados jóvenes,

cuya sentencia se ejecutó ese mismo día, á las seis de la tarde. Los

sentaron en un banquillo en la plaza pública, y cuando los soldados les

hicieron fuego, se abrazaron estrechamente, y así murieron. Su muerte

excitó la compasión para ellos y el temor para con el partido que tan

pérfidamente abusaba del poder, temor que después se ha convertido en

un profundo horror para alguno de sus individuos. Hay que confesar que

tanta severidad fué _inútil_; y en los gobiernos la severidad inútil es

siempre criminal.

La autoridad se les confiere para que puedan aumentar y resguardar

la felicidad de la comunidad con la menor restricción posible de

la libertad ó de la felicidad de los individuos. Pero mientras se

desarrollaba la lucha por la independencia, los nuevos gobernadores

sintiéronse tan embriagados por el poder, que con el nombre de libertad

en los labios oprimían y asesinaban, y cuando satisfacían así sus bajas

pasiones personales llamaban á eso sus deberes públicos.

No eran los Carreras buenos ni útiles ciudadanos; pero los dos que

acababan de ser ajusticiados eran, por lo menos, inofensivos, y se les

podía haber dejado respirar con sus familias, en otro clima donde no

hubiesen podido tratar ni con los soldados ni con los gobernadores de

Chile.

Mientras tanto, los españoles habían bloqueado el puerto de Valparaíso

con la fragata _Esmeralda_, de 40 cañones, y el bergantín _Potrillo_;

pero como el gobierno había comprado una gran fragata, denominada la

_Lautaro_, armada y tripulada en guerra, y cuyo mando había confiado

á Mr. George O’Brien, teniente de la armada británica, éste resolvió

salir á atacar al enemigo el 27 de Abril de 1818. Así lo hizo, en

efecto, yéndose al abordaje de la nave enemiga; pero el capitán

O’Brien, que encabezaba á los que saltaron al abordaje y que había

tomado posesión del alcázar, fué herido por un hombre de la batería,

cuya vida acababa él de perdonar.

* * * * *

Este triste suceso, que importó para Chile la pérdida de un oficial

inteligente y activo, junto con la confusión ocasionada por haber

comenzado á incendiarse la _Esmeralda_, obligaron á la _Lautaro_ á

retirarse sin sus presas, que escaparon; pero el puerto quedó libre del

bloqueo. Esta corta, pero brillante acción, levantó el espíritu de los

chilenos al más alto grado, por lo cual redoblaron sus esfuerzos para

conseguir dinero con que comprar y equipar una escuadra.

Impuestos, empréstitos voluntarios, suscripciones, á todo se recurrió,

y todos fueron cubiertos gustosamente para lograr el gran objetivo.

Alistáronse con el mismo fin varios corsarios, que sirvieron por

lo menos para transmitir noticias de los movimientos del enemigo.

Pero como se notara que el estímulo de los corsarios dificultaba la

tripulación de los buques de guerra regulares, se publicó una orden

para que licenciaran su marinería y volvieran al comercio en Agosto. De

este mes datan también las primeras disposiciones sobre el rango de los

oficiales y los primeros nombramientos navales, siendo almirante don

Manuel Blanco Encalada, oficial de artillería, que muchos años antes

había servido de guardia-marina en la armada española; y así, con pocas

excepciones, fueron calificados los demás oficiales, sin tomar gran

cosa en cuenta su preparación anterior para el servicio.

En el curso del mismo mes llegó á Valparaíso un gran buque llamado el

_Cumberland_, cargado de carbón y mandado por Mr. Wilkinson, que antes

había sido piloto de un buque de la Compañía de Indias; inmediatamente

fué comprado y se decidió á su capitán á continuar á su cargo. El 30 de

Agosto ya estaba transformado en buque de guerra, bautizado de nuevo

con el nombre de _San Martín_, é izaba la bandera chilena.

En este estado de las cosas, la fortuna mostróseles singularmente

propicia á los chilenos. El gobierno español había despachado nueve

transportes, convoyados por la _María Isabel_, fragata de 50 cañones,

en los cuales iban 2.000 hombres, á las órdenes de don Francisco

del Hoyo, destinadas á reforzar al virrey del Perú. La tripulación,

ó más bien dicho, los soldados que iban á bordo del _Trinidad_, uno

de los transportes, se amotinaron contra sus oficiales, apoderáronse

del buque, y lo condujeron á Buenos Aires, donde se juntaron á los

patriotas, y les dieron informes sobre las fuerzas de los restantes y

su destino al Sur de Chile.

Inmediatamente se despachó un correo por los Andes; el gobierno tomó

sus medidas en consonancia, y redoblados los esfuerzos para que

la escuadra se hiciera á la mar, el 9 de Octubre zarpaba en busca

del enemigo. La fuerza consistía del _San Martín_, con 64 cañones,

comandado por el capitán Wilkinson, y que llevaba la insignia del

almirante Blanco, el _Lautaro_, con 54 cañones, comandado por el

capitán Worcester, que fué dueño de un corsario americano durante la

última guerra, y que vino á Chile por especulaciones mercantiles; la

corbeta _Chacabuco_, de 20 cañones, al mando de don Francisco Díaz,

oficial de artillería; el bergantín _Araucano_, de 18 cañones, capitán

Morris; y el _Pueyrredon_, capitán Vázquez. El 28 del mismo mes la

escuadra avistó á la _María Isabel_ y los transportes en la bahía de

Talcahuano, bajo el abrigo del fuerte, que contenía cuatro piezas de

campaña, cuatro de á una libra y otros tres cañones del mismo calibre.

Pero con esto, poco ó nada podía hacer para molestar á los buques. La

_María Isabel_ y los transportes estaban en un estado lastimoso--una

tercera parte de la tripulación y de los soldados había muerto durante

el viaje, en parte, á causa de haberse embarcado á bordo demasiada

gente en proporción al tonelaje de los buques, y en parte, á causa de

la falta de ventilación y de aseo durante tan largo viaje; de modo que,

después de desembarcados sus enfermos, la tripulación de la fragata

española quedó reducida á unos doscientos hombres, á lo más.

Tal era la situación de los buques contrarios cuando los patriotas

llegaron á la bahía con cerca de 1.000 hombres. Los españoles hicieron

una defensa honrosa para ellos, y cuando la _María Isabel_ fué obligada

á arriar, corrió á ponerse bajo las baterías de las costa, que trataron

de protegerla, pero que eran demasiado débiles para el efecto, y al

siguiente día fué apresada. Este fué un verdadero triunfo para el

pueblo de Chile. No sólo habían reducido el poder del enemigo, sino

que habían ganado para su escuadra un buque, inferior á ninguno de

los de su clase, admirable velero, ampliamente provisto de toda clase

de pertrechos. Por esta misma época había doblado el Cabo de Hornos

el bergantín _Intrépido_, de Buenos Aires, que venía á auxiliar á la

escuadra de los chilenos; pero que no llegó hasta el 11 de Noviembre,

el mismo día en que era apresado uno de los transportes que iba en

viaje á Lima, y antes de que los buques llegaran á Valparaíso fué

capturado el _Helena_, otro de los transportes del mismo convoy.

De los nueve transportes que zarparon de Cádiz, uno, el _Trinidad_,

se quedó en Buenos Aires, siete fueron capturados por los chilenos y

del otro no se volvió á saber más. Nunca fué flota alguna más bien

venida á las costas de Chile como lo fuera á su regreso la escuadra

del Sur el 17 de Noviembre; con ella se resolvió apresurar los planes

tanto tiempo meditados para llevar la guerra fuera del país. Pero, si

bien el gobierno se sentía satisfecho por este primer triunfo y se

enorgullecía con el número de buques que había alistado en siete meses,

no dejaba de lamentar amargamente la escasez de oficiales competentes.

Sus esperanzas se dirigían ansiosamente á Inglaterra, de donde acababa

de llegar, por lo demás, el _Galvarino_[17], que había ingresado al

servicio.

Además de su comandante, el capitán Spry, había traído á bordo al

capitán Guise, de la armada inglesa, que abrigaba la esperanza de

obtener el comando de las fuerzas navales del país; y junto con él

había cierto número de allegados, que estaban tan interesados que así

fuera, que parecían considerar que le correspondía de derecho, y en

parte habían logrado persuadirlo á pensar la misma cosa.

El capitán Forster, de la armada británica, había llegado á Chile con

iguales esperanzas y las mismas fantásticas pretensiones; á esto se

juntaba que con el resultado de la última expedición, ni el capitán

Wilkinson ni el capitán Worcester se sintieran dispuestos á someterse

á ningún oficial de menor graduación en el servicio de Chile. Ocioso

sería inquirir adonde habrían ido á parar estas disputas si no hubiesen

sido acalladas, á lo menos por el momento, con la llegada de uno de

los más hábiles oficiales que hasta entonces hubiera producido la

Inglaterra.

* * * * *

Por una de aquellas singulares coincidencias que no podían haber

anticipado ni las más favorables expectativas para Chile, los agentes

del gobierno, que tenían instrucciones de conseguir el concurso de

algún experto comandante (entre los cuales se había mencionado á

sir H. Popham), tuvieron la fortuna de encontrar á lord Cochrane en

libertad para dedicarse enteramente á la causa de la independencia de

Sur-América, causa á la cual podía honrosamente consagrar su tiempo y

sus talentos sin violar los principios de libertad y de justicia, de

que nunca se había separado.

El estado de la marina de Chile requería la presencia de un hombre

de tanta prudencia como valor, de tanta templanza como firmeza, y en

hombre alguno se hallaban como en él reunidas en tan alto grado estas

cualidades. Su inteligencia, naturalmente poderosa, había recibido

todas las sólidas ventajas y los atractivos de la educación, y su

trato, singularmente caballeresco y cortés, que velaba á la par

que adornaba la resolución de su carácter, parecían admirablemente

calculados para conciliar todas las opiniones[18].

Llegó con su familia el 29 de Noviembre á bordo de una pequeña

embarcación llamada la _Rosa_, y fué recibido con la mayor alegría por

el Director, que vino de Santiago á Valparaíso para darle la bienvenida.

El 9 de Diciembre se le dio á la _María Isabel_ el nombre de

_O’Higgins_, y quedó acordado que le sería ofrecida á lord Cochrane;

pero éste no izó su insignia á bordo de la nave hasta el día 22.

En el entretanto, habíanse desarrollado diversas tretas é intriguillas

entre los oficiales que había ya establecidos en Chile, que antes

que tener á la cabeza á un hombre tan superior á todos ellos, ó

atemorizados quizás de que no fuese á ponerlos en un disparadero,

trataron de concertar una especie de comando dividido, deseando, según

decían, de tener dos comodoros y no á Cochrane solo.

Este no era sólo el clamor de los oficiales ingleses, sino que estaban

ganados también algunos de los gobernantes inferiores, en quienes

no era difícil excitar la envidia contra un noble extranjero; pero

el almirante Blanco, que era el único oficial cuyo rango é interés

podía afectarse realmente con el arribo de lord Cochrane, lo apoyó

cordialmente, convencido de que era el hombre aparente para la

situación.

Tal era el estado de los asuntos navales en Chile á fines del año

1818, el año más lleno de episodios en la historia del país desde el

descubrimiento. Pero á fin de dar á conocer el estado del gobierno

civil, será necesario volver unos cuantos meses atrás.

Al ser nombrado por primera vez el Director, todos los poderes, tanto

el Legislativo como el Ejecutivo, se concentraron necesariamente en él.

Jamás monarca alguno es, por el momento, tan absoluto como un caudillo

militar recientemente victorioso, especialmente en la causa de la

independencia, porque dispone á la vez del poder de la opinión y del

poder de su espada.

_Le premier qui fut Roi, fut un Soldat heureux._

Pero se hizo necesario pensar en dar al país una especie de

Constitución. En consecuencia, el Director nombró una comisión

encargada de formular un proyecto de gobierno provisional que serviría

hasta que las circunstancias permitieran convocar un Congreso

representativo. En cuanto quedó formulado, en cada parroquia se abrió

un libro donde todo jefe de familia ó todo hombre que tuviese medios

para vivir con su trabajo y que no se hallase acusado por ningún

delito ante las Cortes de Justicia, tenía derecho para estampar su

asentimiento ó disentimiento, en presencia del cura, del juez y

del escribano; la mayoría de los votos decidió la aprobación de la

Constitución provisora, que fué jurada solemnemente el 23 de Octubre.

En conformidad á uno de sus artículos, el mismo día el director nombró

un senado, que debía asesorarlo y asistirlo, cuyas funciones eran hacer

y modificar las leyes y cuidar los negocios del Estado; pero quedaba

todo el poder ejecutivo en manos del Director y no tenía admisión en el

senado ningún secretario ni ministro. Sus miembros eran cinco, á saber:

Don José Ignacio Cienfuegos, gobernador de la provincia de Santiago;

Don Francisco de Borja Fontecilla, gobernador de la ciudad;

Don Francisco Antonio Pérez, decano del tribunal de apelaciones;

Don Juan Agustín, alcalde, y

Don José María Rozas.

Cada uno de ellos tenía un suplente para los casos de enfermedad ó

ausencia.

Los primeros trabajos del senado, se dirigieron naturalmente al

mejoramiento de las finanzas, que, á pesar de la carencia total de

los conocimientos y principios de la economía política, adelantaron

considerablemente. Entonces se dirigió su atención al establecimiento

de escuelas, á la reparación de las obras públicas y á la construcción

de otras nuevas, principalmente el canal de Maipó, que conduce las

aguas de este río á un alto nivel con el objeto de irrigar una inmensa

llanura, antes estéril, y que sólo servía de campamento á los ladrones,

y para dar agua á toda clase de mejoras[19].

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 4 / 35 段