había apelado á toda suerte de mezquinas y originales picardías para
procurarse el dinero que necesitaba para sus gastos privados, que no
siempre eran muy inocentes, hasta que por fin uno de estos expedientes
hizo tanta mella en la fortuna de un tío suyo que era comerciante
en Lima, que don Ignacio, para separarlo de los malos compañeros á
quienes miraba como los seductores de su hijo, lo mandó á España, donde
ingresó al ejército. Hay cierta historia de un indio asesinado en
defensa de su mujer ó de su hija que sus enemigos repiten en alta voz,
y que sus amigos no están lejos de considerarla verdadera y que guarda
consonancia con sus actos.
Pero en ese tiempo España, ocupada por ejércitos de todos los países
de Europa, llena de todos los crímenes y miserias consiguientes á las
luchas intestinas y extranjeras, era el país que menos servía para
corregir los hábitos y cualidades morales de un joven de la índole de
José Miguel Carrera.
Saturóse allí de un entusiasta espíritu y aprendió el manejo de la
guerrilla que tanto daño ocasionó á los franceses, contribuyendo á
arrojarlos de España, más que las victorias de Wellington, y regresó
á Chile sin otro provecho que el deseo de adherirse á la lucha por la
independencia y sin otra aspiración que la de imitar á Napoleón en
lo de aprovecharse de la labor de los demás para dominar el país y
levantar á su familia á un rango hasta entonces ahí desconocido.
Su familia tenía una gran influencia. Don Ignacio, aunque no era
miembro del actual gobierno, conservaba todavía gran influjo; Juan José
era segundo comandante del principal cuerpo de ejército; su hermana,
doña Javiera, dama de gran belleza é inteligencia, estaba emparentada
con las mejores familias de Chile por su primero y segundo matrimonio,
y el hermano menor, un joven singularmente hermoso, era universalmente
estimado por las dulzuras de sus maneras y su trato siempre amable. Con
estas ventajas, no encontró José Miguel dificultades para provocar la
dimisión de Luco del mando del ejército y obtener que se se le nombrara
en su lugar.
Sus desenvueltas y nobles maneras le conquistaron el afecto de los
soldados, cuya adhesión confirmó con su liberalidad, al mismo tiempo
que su entusiasmo y elocuencia le asignaban bastantes partidarios entre
la clase más elevada.
Pero el mando del ejército, sometido al congreso y compartido con el
coronel de artillería y otros oficiales que no eran de su familia ó
camarilla, no satisfacía su ambición. Así, pues, comenzó á sondear las
opiniones de los diversos partidos que siempre se producen en época de
revolución.
A los patriotas les manifestaba un celo acendrado por su causa mezclado
con temores por los lentos progresos del congreso; á los realistas
prometíales restablecer el antiguo orden de cosas, mientras que entre
los de su partido se trataba de establecer una Junta encabezada por
don Ignacio y de entregar á los tres hijos el mando de las tropas de
infantería, caballería y artillería de la nación.
A pesar del sigilo con que se agitaban estos planes, salieron á luz
algunas revelaciones y rumores acerca de ello; pero don José Miguel se
condujo con tanta franqueza, con tanta impavidez negó ó se rió de los
que se aventuraban á nombrarle, que toda sospecha pareció disiparse.
En la noche del 14 de Noviembre, cuando Mackenna, que era comandante
de artillería, pasó á ver á Juan José á su cuartel, encontró reunida
á la familia entera: los tres hermanos, doña Javiera y el padre; pero
como don Juan José parecía estar postrado por la enfermedad, no le
sorprendió ni la inusitada presencia de don Ignacio en la ciudad. José
Miguel acompañó á Mackenna hasta su casa, diciéndole entre risas:
“Lo que falta es que digan que mi padre ha venido á la ciudad para
ponerse al frente del movimiento.” A la mañana siguiente, al romper el
día, alarmaba la ciudad el llamamiento á las armas. Los principales
oficiales de artillería y granaderos fueron arrestados. Juan José
quedaba en la enfermería mientras Luis se ponía al frente de la
artillería y mandaba dos cañones en auxilio de su hermano.
José Miguel dispersó el senado y estableció una nueva Junta que lo
declaró su presidente, y todas las oficinas de gobierno fueron ocupadas
por los Carreras y sus relaciones. Semejante gobierno disgustó á las
provincias, que no estaban en inmediato contacto con la capital, porque
si bien el poder estaba en manos de un hombre de talento, era éste de
un carácter tan imprudente que nadie podía confiar en él; tan variable
de voluntad, que ni él mismo sabía muchas veces cuáles eran sus propias
intenciones, y tan amigo del placer, que la más ligera tentación lo
hacía olvidarse de los más graves negocios de Estado en medio de la
música y el baile[4].
Las Juntas de Valdivia y Concepción, en particular, formularon serias
quejas; renovóse la antigua pretensión de esta última ciudad á ser
considerada como la metrópoli y la guerra civil pareció inevitable. El
descontento del Sur subió á tal grado, que Carrera se puso al frente de
las tropas y avanzó hasta el Maule á fin de reducir á Concepción; pero
Rozas, que se encontraba todavía allí, al tener noticias de la marcha
del ejército se adelantó á encontrarlo.
* * * * *
Una vez en el cuartel general de Carrera, que estaba á orillas del
río, con sus prudentes reflexiones indujo al joven general á retirarse
y á evitar por entonces la efusión de sangre. El 12 de Marzo de 1813
regresó á la capital y volvió á tomar las riendas del gobierno. Los
diez y seis meses de su poder no fueron de ningún provecho para el
país. Su prodigalidad con los soldados aumentó su número; pero era
este un gasto que un Estado tan nuevo no estaba en situación de
soportar, y de muchos útiles proyectos que formó no llegó á realizarse
cumplidamente ninguno, parte debido á su volubilidad y parte á la falta
de dinero[5].
Durante este tiempo el virrey del Perú, Abascal, observaba, no sin
interés, los asuntos de Chile, y viendo que la discordia prevalecía,
dió orden al general Pareja, de guarnición en Chiloé, que observara
cuidadosamente á ambos partidos para aprovechar la primera ocasión
favorable que se presentara para restablecer el gobierno realista. A
consecuencia de esta orden, Pareja desembarcó en Chile á mediados del
mismo mes en que Carrera había hecho su excursión al Maule. Parece que
los realistas de Concepción y Valdivia habían creído que Carrera obraba
en conformidad á las promesas de adhesión á su partido al apoderarse
por primera vez del gobierno y que se uniría con Pareja en cuanto se
presentara la oportunidad. En consecuencia, se declararon abiertamente
por la causa realista. No había unión en el bando opuesto, y luego todo
el Sur de Chile estuvo en manos del invasor.
Pero aun cuando con su imprudencia favorecieron muchas veces la causa
de los realistas, ó perjudicaron la de los patriotas, los Carreras no
eran traidores, por lo menos en este sentido, inmediatamente marcharon
hacia el Sur, y á principios de Abril los cuarteles generales del
ejército estaban en Talca.
Todos los oficiales que en sus disensiones habían encarcelado ó
desterrado fueron llamados de nuevo al servicio. Mackenna tuvo el
servicio de Intendencia; O’Higgins mandaba todas las tropas del Sur y
la milicia nacional--cuerpo utilísimo en este país formado de expertos
jinetes armados con lanzas de quince pies de largo.
Formaba la línea de defensa el caudaloso y rápido Maule, cuyos vados,
no siempre practicables para la caballería, lo son mucho menos para la
infantería.
Acompañaba á los Carreras un sujeto llamado Poinsett, que desempeñaba
el cargo de cónsul americano y que parece haber tomado parte muy activa
en todos los asuntos de la época, interviniendo hasta en los asuntos
militares; pero parece que su ignorancia, si no su cobardía, fué
singularmente perjudicial para esos infortunados jóvenes que, siguiendo
sus consejos, se retiraron más de una vez á cuartel seguro mientras
sus oficiales subalternos estaban ganándole ventaja al enemigo; y se
atribuye enteramente á él el desastroso resultado de la acción de
Yerbas Buenas, que al principio se había presentado favorable á los
patriotas.
José Miguel quedó con sus cuarteles en Talca, á cinco leguas del río,
mientras que don Luis acampaba con el grueso del ejército á orillas
del Maule. Afortunadamente para los chilenos, parece que Pareja era
hombre de tan poca capacidad como sus jefes para los asuntos militares.
Se empeñaron numerosas escaramuzas, en las cuales los patriotas iban
ganando generalmente terreno, hasta que al principio de Octubre la
acción del Roble, donde la fortuna favoreció O’Higgins, arrojo al
enemigo á Chillan y dejo á los chilenos dueños del terreno entre el
Maule y el Itata.
La irregular y anómala conducta de los Carreras había disgustado á
muchos chilenos. Su ausencia de la capital dióles tiempo para conspirar
en contra de ellos, y su deposición se llevó á cabo tranquila y
decorosamente. Se cree que la familia de los la Reina fué el centro
de la conspiración; pero éstos, prudentemente, no tomaron parte en el
gobierno nombrando Supremo Director del Estado á don Enrique Lastra[6],
hombre de indiscutible probidad y de muy buen sentido, aunque tardío
para proceder, que desempeñaba entonces el cargo de gobernador de
Valparaíso y comandante de marina, y se intimó á don José Miguel
Carrera la orden de entregar el mando del ejército á don Bernardo
O’Higgins.
Esta orden fué eludida por algún tiempo; pero por fin se llevó á
efecto cuando los hermanos don José Miguel y Luis cayeron prisioneros
de los realistas y se les confinó en Chillan. Por este tiempo los
patriotas habían recobrado la mayor parte del territorio del Bio-Bio y
particularmente la ciudad de Concepción. O’Higgins encontró el ejército
en un estado desastroso: las municiones agotadas, las deserciones
haciéndose día á días más numerosas[7]; así, no vaciló en entrar en
negociaciones con el nuevo general español Gainza, á quien el virrey
del Perú había enviado en reemplazo de Pareja, á la muerte de éste.
El capitán Hillier, de la _Phoebe_, buque de la armada de Su Majestad
Británica, se constituyó en fiador del cumplimiento de las condiciones
de la paz, cuyos artículos se firmaron en Lircai, cerca de Talca, el 3
de Mayo de 1814. Se estipulaba que Chile reconocería la soberanía de
Fernando VII, á la época de su restauración; y que, mientras tanto, se
gobernaría con un congreso propio y gozaría de comercio libre. Gainza
se comprometía á poner en libertad á los Carreras y á evacuar á Chile
con su ejército. Pero mientras los comisionados se encaminaban á Lima
para someter estos artículos á la consideración del virrey, un nuevo
cambio de las cosas volvía á poner á los Carreras á la cabeza del
gobierno.
Se dice que la escapada de los hermanos de Chillan se debe á una dama
realista que los libertó de la prisión, dándoles caballos y dinero para
que se fuesen á Santiago. Disfrazados de campesinos llegaron á Santiago
á principios de Agosto, y allí fueron de casa en casa, de cuartel en
cuartel donde tenían conocidos; una vez preparado su partido y ganados
la mayor parte de los soldados, depusieron á Lastra y José Miguel
volvió á ser el jefe del Estado[8].
El primer objetivo de los hermanos fué apoderarse del tesoro, que
contenía cerca de $800.000 y en seguida dieron curso á toda la
imprudencia de su carácter, haciendo un gobierno opresor é insufrible.
Mientras estas cosas ocurrían en Chile, habían llegado á Lima las bases
del convenio de Lircai, y cuando Abascal estaba á punto de firmarla,
llegó de España, con Marcó, el regimiento de Talaveras, que se
ofreció para ir á Chile y reconquistarlo. Con esto, el virrey cambió
de parecer, y despachó un fuerte cuerpo de ejército[9] á las órdenes
del general Osorio, que zarpó del Callao el 18 de Julio, desembarcó el
12 de Agosto en Talcahuano y marchó inmediatamente hacia Santiago. “La
incapacidad de un gobierno débil y atolondrado, dice Gibbons, asume
muchas veces la apariencia de una traidora complicidad con el enemigo y
produce los efectos consiguientes.”
Y esta coyuntura ofrece una prueba fatal de la exactitud de tal
observación, porque mientras el general O’Higgins, que se había
mostrado infatigable en la formación de nuevas tropas y en reducir
al orden las antiguas, obstruía y entorpecía la marcha de Osorio y
estaba á punto de presentarle batalla á inmediaciones de San Fernando,
recibió una diputación de todas las autoridades de Santiago y de las
provincias vecinas que iba á pedirle que se pusiera inmediatamente en
marcha á la capital, para combatir á un enemigo peor que los mismos
españoles, en la persona de los Carrera, cuyo yugo era ya intolerable.
En consecuencia, dejó el principal cuerpo de ejército, que consistía en
unos 2.000 hombres, para observar al enemigo, y se puso en marcha á la
ciudad con unos 900 hombres.
En el llano de Maipú, en un punto llamado lo Espejo, se encontró con
Carrera, que mandaba una fuerza superior y le infligió una seria
derrota. Después de esto, apeló á la vez al versátil Carrera y á los
que habían tratado á inducirlo á licenciar el ejército, haciéndoles
ver si no sería mejor unirse para destruir al enemigo común y arreglar
después sus disputas internas, manifestando también á sus propios
partidarios que sería fácil acabar con la tiranía de los Carrera, que
era nueva; pero que por ningún motivo debían permitir que los españoles
recobraran su antiguo dominio. Aprobada la proposición, José Miguel
Carrera volvió á la ciudad, O’Higgins marchó sobre Rancagua, donde
había llegado el enemigo, y Juan José, á la cabeza de un numeroso
cuerpo de ejército, quedó de seguirlo y juntarse con él.
Pero O’Higgins sufrió una decepción: nunca llegaron las tropas de
Carrera. Acorralado en Rancagua, sostuvo durante cuarenta y ocho horas
una lucha incesante, resistiendo calle por calle, casa por casa, á los
españoles, que no daban cuartel. Al caer la tarde del segundo día,
Osorio mandó una comisión donde O’Higgins á ofrecerle, á más de las
seguridades personales, el favor del rey si se rendía. Rechazó con
indignación la oferta, diciendo que ni el cielo le aceptaría al rey y
que, aunque él daba cuartel, no lo pedía. Una hora después la ciudad
ardía en diferentes puntos[10]. “Nos rodearon--dice el general[11]--con
la muerte y el incendio, todo se veía rojo y negro á nuestro alrededor.
En esta emergencia, tomé mi bandera, que el enemigo atravesó de un
balazo, y habiendo llegado el fuego a la casa donde sosteníamos la
lucha, y agotadas ya las municiones, nos abrimos paso, espada en mano,
en medio de los enemigos que rodeaban la casa y seguimos viaje á la
capital.”
* * * * *
En cuanto se juntó con Carrera, O’Higgins le manifestó que, si se
uniesen todas las tropas tendrían bastante para derrotar á Osorio,
que había perdido mucha gente, y salvar la capital. Pero parece que
el pánico se había apoderado de todo el gobierno. Carrera dió orden
apresuradamente de destruir varios edificios públicos, principalmente
el polvorín; se quemaron todos los papeles públicos y actas del nuevo
gobierno, y tomando consigo los restos del tesoro público, emprendió
una desordenada fuga hacia Mendoza el 1.º de Octubre de 1814.
El 5 del mismo mes, entró Osorio á la ciudad, restableciendo la sala
de la real Audiencia, nombrándose capitán general é iniciando sus
funciones con el severo castigo de los patriotas más distinguidos, á
muchos de los cuales mandó desterrados á Juan Fernández.
Por este mismo tiempo, algunos de los que habían sido más hostiles á la
causa realista buscaron su salvación en la fuga y se agregaron á los
600 hombres que seguían á Carrera á través de los Andes. La estación
estaba muy atrasada, las nieves no se habían derretido todavía, y
muchas de las 2000 personas que dejaron la ciudad, especialmente las
mujeres y los niños, perecieron en la cumbre de hambre y de frío.
No era tiempo todavía para que pudiesen atravesarla los caballos y
bestias de carga; de manera que los desdichados fugitivos tuvieron
que hacer á pie el largo y penoso viaje, cargados con las provisiones
necesarias para la travesía.
Al llegar á Mendoza pretendieron reivindicar para sí al derecho
al gobierno de la ciudad, pretensión que guardaba una evidente
inconsistencia con su situación de prófugos, y que San Martín[12], que
entonces gobernaba la ciudad bajo la dependencia de la Junta de Buenos
Aires, no había de atender; pero que tuvo el efecto de dar comienzo á
aquella arraigada malquerencia contra ellos, que al cabo originó la
muerte de los tres hermanos.
Tales fueron los sucesos que caracterizaron la primera revolución de
Chile, en la cual se hizo mucho, porque se rompieron los moldes de
los viejos sistemas, y el pueblo aprendió en cierto modo á conocer su
poder; habíase dado cuenta también de que no podría sentirse á salvo de
invasiones de las tropas de Lima y aun de las de España, si no dirigía
su atención á la marina y formaba una fuerza naval.
Hasta entonces sólo había contado con dos ó tres miserables cañoneras y
lanchas, que habían servido únicamente para transmitir las noticias é
instrucciones por la costa y para mantener la correspondencia con los
patriotas del Perú.
El gobierno de Osorio duró dos años, durante los cuales los Carreras,
con su hermana doña Javiera y sus mujeres, habían vivido ocasionalmente
en Buenos Aires, Montevideo, etc. José Miguel habíase dirigido á Norte
América para tratar de conseguir recursos y adquirir algunos buques:
O’Higgins servía en el ejército patriota en Buenos Aires y Mackenna
había sido muerto en duelo por Luis Carrera.
Pero no bastaba ya la mera posesión del gobierno por un general
español para someter á Chile al yugo de España. Aparte de los deseos
de independencia y de libertarse de su doble esclavitud, porque á
eso equivalía estar sometidos á la vez al rey de España y al virrey
del Perú, había muchas personas que habían llegado á un grado de
importancia tal que nunca se lo habían sospechado y que no querrían
abandonar así no más, una vez logrado. “De tenderos, mercaderes
y leguleyos que eran, se han convertido en hombres de estado y
legisladores”, y como no hay hombre que no aspire á poseer cierta
influencia é importancia, por lo menos en su propio país, no había
esperanza razonable para llegar á vencer fácilmente un móvil semejante.
Así, pues, el reinado de Osorio, ó de Marcó, su delegado, no fué muy
tranquilo en Santiago; y como el aflictivo estado de España le impedía
socorrer á sus generales de las colonias, aquél se encontró de lo más
mal preparado para afrontar los sucesos de la primera época del año
1817, que importó para la corona de España la pérdida definitiva de
Chile. El estado del país era, por lo demás, miserable.
En toda época han sido terribles para la humanidad los efectos de la
guerra civil. Y ésta era, á la vez, una guerra civil y extranjera.
En uno y otro bando han combatido hijos del mismo país, con soldados
y generales extranjeros. Muchos de los soldados licenciados habían
formado bandas de ladrones y asesinos que infestaban los montes por
doquiera entre Santiago y Concepción, sin que estuviese exento tampoco
el camino á Valparaíso.
Los regimientos Chillan y Talaveras fueron fraccionados en
destacamentos que debían recorrer por turno el país, y si era posible,
prender y conducir á la ciudad á los ladrones, ocupación demasiado
fatigosa para ellos y que respondía muy mal á su destino. En cualquier
otro país, con otro clima, el hambre habría sido la consecuencia
natural de estas revueltas; pero, entretanto, Chile continuaba
produciendo sus grandes cosechas de trigo, como si fuera cosa
espontánea, y abasteciendo al Perú.
Buenos Aires, bajo sus diversos gobernadores y formas de gobierno,
había mirado siempre á Chile como vinculado á sus propios intereses.
Los que ideaban la fundación de un gran imperio, lo miraban como la
provincia que había de dominar el comercio de la costa del Pacífico
y asegurar probablemente las riquezas de las Filipinas y las islas
Molucas; mientras que los que contemplaban la formación de un estado
federal lo miraban bajo un aspecto no menos halagüeño, como uno de
sus miembros, y todos contaban como cosa corriente con su unión á las
provincias al oriente de los Andes. De aquí que, cuando llegaron á
Buenos Aires los fugitivos chilenos después de la batalla de Rancagua,
no sólo fueron favorablemente acogidos, sino que se hizo un gran
esfuerzo para restaurarlos á su país y para ayudarlos á sacudir una vez
más el yugo de España.
Había además un poderoso motivo para tal esfuerzo. Los pasos á través
de los Andes chilenos son fáciles y cortos, mientras que los del Perú
son distantes y difíciles; de modo que mientras las tropas realistas
dominaran á Chile, el virrey del Perú podría siempre socorrer á los
españoles de allende los Andes y comunicarse con ellos por medio del
puerto de Valparaíso. Por consiguiente, era de la mayor importancia
para Buenos Aires cortar esta comunicación.
Con este propósito, los últimos días del año 1816 se emplearon en
reclutar un ejército en Mendoza bajo las órdenes del general D. José de
San Martín. A más de los chilenos que habían huído después de la acción
de Rancagua y de muchos otros de ese lado de los Andes, había algunas
tropas de Buenos Aires, especialmente dos regimientos de negros que
fueron colocados bajo las inmediatas órdenes del general D. Bernardo de
O’Higgins.
El general Las Heras mandaba también un considerable cuerpo de
ejército; y el total del ejército de los Andes llegaba á unos 4.000
hombres más ó menos.
Mientras San Martín se consagraba á preparar en Mendoza la invasión de
Chile, dió ocasión varias veces á que algunos prisioneros de guerra
españoles que estaban por regresar junto á Osorio lo sorprendieran
examinando mapas y planos del camino para Chile, conocido por el
Planchón y que va por el Sur, y escribió además despachos falsos que
los españoles secuestraban, y en los cuales manifestaba que, á fin de
evitar las dificultades de la cumbre, intentaba hacer la travesía del
Planchón.
* * * * *
Con tales datos, se acuarteló en ese punto á la mayor parte de
las tropas realistas para que estuviesen listas para recibirlo.
Efectivamente, una pequeña división, á las órdenes del general D.
Ramón Freire, emprendió la marcha por ese lado y otra pequeña división
siguió por el acostumbrado camino de la cumbre, mientras el grueso del
ejército se internaba por el paso de San Juan de los Patos guardando
un sigilo tan absoluto, que su totalidad logró atravesar la cordillera
y llegar á los llanos de Chacabuco antes de que el enemigo supiese
que habían partido de Mendoza. El 14 de Febrero de 1814, cuando todo
el mundo esperaba oir hablar de la invasión por el Sur, se recibió en
Santiago la inesperada noticia de que una partida de patriotas había
sorprendido á la guarnición de los Andes, á unas quince leguas de la
villa de Santa Rosa y que sólo habían librado unos 30 hombres para
traer las noticias.