del Sur de Chile, se hacían también sentir en este pequeño Estado
las mismas causas que amenazaban á las demás provincias españolas.
El desproporcionado engrandecimiento de España durante el reinado de
Carlos V la envolvió en todas las guerras del continente europeo;
y como había perdido las ventajas que sacaba de las artes y la
agricultura de los moros, que no fueron sustituídas por ninguna
industria equivalente, aquel príncipe sólo contaba para sus largas y
dispendiosas campañas con la cantidad de metales preciosos importados
del Nuevo Mundo.
De aquí la poco perspicaz política de sofocar en las colonias toda
industria que no estuviese directamente aplicada á la extracción
del oro y de la plata; la recelosa exclusión del comercio y las
prohibiciones impuestas á las manufacturas, exceptuando, apenas,
las más indispensables para las necesidades domésticas. Los reveses
sufridos por los sucesores de Carlos V se hicieron sentir también, en
cierto grado, en sus posesiones del extranjero, y á medida que las
exigencias del tesoro iban haciéndose más premiosas, más difíciles
se hacían las circunstancias de Sur-América para proveerlos de los
recursos necesarios. Las guerras y las crueldades de los españoles
habían destruído tantos indios, que apenas si quedaban los necesarios
para el trabajo de las minas; y aunque se celebró un tratado con
Holanda para suplirlos con negros, el número de éstos nunca llegó en
Chile á ser crecido.
Los primeros virreyes y gobernadores habían sido hombres de empresa
y de talento; y si bien el carácter de Valdivia no está libre del
cargo de crueldad, la construcción de ciudades, el establecimiento de
corporaciones que hacían de Tribunales de Justicia y la disposición á
granjearse, si era posible, la voluntad de los naturales, que forman el
principal objeto de su gobierno y del de sus inmediatos sucesores, eran
sumamente benéficos.
Pero, ya antes de la ascensión de Felipe V, las escaseces de una corte
menesterosa aconsejaron la necesidad de poner en venta los altos
puestos de las Indias. Los virreyes no pensaron más en distinguirse por
las armas ni por su política, y en su afán de conservar ellos solos el
monopolio, sustraían el comercio á toda intrusión de los extranjeros.
Las instrucciones enviadas en 1701 por la corte de Versalles á Marsin,
su embajador en Madrid, contienen las siguientes observaciones:--“Los
derechos de la corona en las Indias Occidentales, han sido sacrificados
á la avaricia de los virreyes, de los gobernadores y de los empleados
subalternos”.--Y todavía:--“Los diferentes consejos de Madrid están
llenos de abusos, y particularmente el de Indias, porque en él, en vez
de castigar las malversaciones, se tolera á los malvados en proporción
al cohecho que emplean. Los excesos de los virreyes y demás empleados,
quedan impunes. Esta impunidad y los cuantiosos valores con que
regresan, alientan á sus sucesores á seguir el mismo ejemplo. Por el
contrario, si alguno, siguiendo las prescripciones del honor, toma un
camino diferente, ve castigado su desinterés con las más vergonzoza
pobreza. Si es un subalterno, los reproches que su conducta puede
acarrear sobre sus superiores, ó la atención que emplee para hacer
luz sobre la de ellos, lo expone á ser aborrecido. Luego siente sus
efectos con la pérdida de su empleo; la verdad nunca llega hasta el
rey de España: la distancia da facilidades para disfrazarla, y algunos
obsequios de tiempo en tiempo, logran siempre obscurecerla.”
Por esta época, la ambiciosa y emprendedora corte de Luis XIV dirigía
la vista á las ventajas que se podrían sacar de la posesión de una
colonia en la costa occidental de Sur-América, ó por lo menos, de un
exclusivo privilegio de comercio. Consecuente con estas expectativas,
después de haber obtenido el privilegio de proveer de esclavos al Perú
y Méjico, en lugar de los holandeses, los buques franceses comenzaron
á traficar con aquellos países, y en cuanto se presentaba una
oportunidad, se despachaban hombres distinguidos en los diversos ramos
de la ciencia á observar é informar sobre el estado de esas regiones.
Uno de ellos fué el padre Feuillé, á quien se le debe el mejor estudio
botánico sobre Chile, donde residió tres años, y otro fué Frèzier, cuyo
_Viaje en el Mar del Sur_, nunca será lo bastante recomendado por su
exactitud. Pero las consecuencias del comercio francés, tan exclusivo
como el de los españoles mismos, distaron mucho de ser provechosas para
España ó las colonias.
Los mercaderes franceses se organizaron en dos compañías, que se
abrogaron los derechos de los comerciantes españoles y excluyeron á
todos los demás, y en 1709 hallamos el siguiente notable pasaje en un
memorial sobre el estado de España, transmitido por Amelot, ministro
francés en Madrid: “Las riquezas del Perú y Méjico, esas inagotables
fuentes de fortuna, están casi perdidas para España. No sólo hay
las quejas que se formulan contra los mercaderes franceses de estar
arruinando el comercio de Cádiz y de Sevilla, á pesar de las medidas
tomadas por la corte de Francia contra los que infringen las reglas
establecidas, sino que continúan con toda fuerza los enormes abusos
de la administración de los virreyes. La avaricia y el pillaje quedan
impunes; las fortalezas y las guarniciones pasan desatendidas, y todas
las cosas parecen tender hacia una fatal revolución.” En este período,
algunos virreyes fueron separados, y se hizo una tentativa para reducir
los enormes beneficios que sacaban de su empleo. Chile quedó bajo
el virreinato de Perú, cuyos virreyes nombraron casi siempre á los
capitanes generales; de manera que el mismo sistema de extorsión y el
consiguiente empleo del soborno y del cohecho que había corrompido el
Consejo de las Indias en Madrid, se desarrolló en inferior escala en la
corte de Lima.
Los débiles monarcas de la casa de Borbón que reinaron en España,
pasaban demasiado afanados en las luchas domésticas con su pueblo,
que nunca amó ni respetó cordialmente á la dinastía francesa, y en la
participación que tomaron en todas las guerras europeas, para tener
tiempo ni poder para mejorar lo condición de los reinados de Occidente.
En realidad, después de los edictos provinciales de 1818, hábilmente
confeccionados y perfectamente adoptados á las circunstancias del país,
no aparece otro esfuerzo de consideración hecho en Europa en beneficio
de los colonos.
Algunos virreyes y capitanes generales merecieron, con todo, el dictado
de padres del pueblo que presidían: Chile, en particular, tiene razón
para estar agradecido á don Ambrosio O’Higgins, militar irlandés,
al servicio de España, quien, después de comandar las tropas en la
frontera de Chile y de rechazar á los araucanos que de nuevo habían
comenzado á amargar la tranquilidad del Estado, puso varias de las
ciudades y fortificaciones de la frontera en estado de conveniente
defensa, descubrió las ruinas de Osorno, que reconstruyó, y practicó
un excelente camino entre Valdivia y esa ciudad, facilitando así la
comunicación con Chiloé.
Estos servicios le merecieron el título de marqués de Osorno y el
empleo de capitán general de Chile. Promovido á la capital, continuó
sus provechosos y espléndidos trabajos. Construyó puentes, practicó el
camino de Santiago á Mendoza, que atraviesa la cumbre de los Andes,
dotándolo de casuchas de descanso para comodidad de los viajeros, ideó
de tal manera la construcción del camino carretero entre Valparaíso y
la capital, que á pesar de los frecuentes temblores y temporales que
tantos estragos hacen en Chile, no ha necesitado todavía reparación
alguna.
Trasladado á Lima, como virrey del Perú, continuaron distinguiendo
su carácter el mismo desinterés por su fortuna privada, la misma
preocupación del bien público. A él deben los limeños el hermoso camino
que une su ciudad con el puerto del Callao y varias otras obras de
utilidad y de ornato. Todavía se recuerdan con gratitud, tanto en Chile
como el Perú, la justicia y la beneficencia de su administración, y al
morir, en 1799 ó 1800, dejando á su familia muy lejos de la riqueza,
fué sinceramente sentido.
* * * * *
Estos antecedentes prepararon en pocos años el período en que las
colonias españolas del Sur-América comenzaron á abogar, en un
principio, por tener iguales privilegios que la madre patria, y
finalmente, por reclamar como un _derecho_ su independencia, cuya
posesión estaban resueltos á sostener como un _hecho_ que los ejércitos
y la armada española no se hallaban en condición de disputar. La
emancipación de la América del Norte había producido cierto efecto,
tanto en las colonias españolas como en las portuguesas, desapercibido
al principio, pero que de tiempo en tiempo se fué haciendo sentir
en impotentes y prematuras luchas. A medida que las cortes europeas
se hacían más débiles, ó se comprometían más estrechamente en las
importantes contingencias de la larga guerra revolucionaria, sus
posesiones occidentales comenzaban á sentir que no sólo eran bastante
fuertes para protegerse por sí solas, sino que podían verse impelidas á
hacerlo si quisieran sacudir el yugo de una potencia cuyas costumbres,
índole é idioma les eran extraños y, por consiguiente, odiosos para
ellas.
El período durante el cual se les dejó entregadas á sí mismas,
enseñóles á conocer sus propios recursos y á valerse de ellos; y las
continuas exigencias de dinero de un gobierno lejano, que sólo podía
retribuirles con escasísima ayuda ó protección, disgustaron á los
naturales con una monarquía tan distante y tan costosa.
Por otra parte, la influencia de la Iglesia, que hasta entonces había
sido casi omnipotente, en favor del antiguo orden de cosas, comenzó
á hacerse valer en pro de la causa de la independencia, casi sin
tal intención. Preocupaba seriamente al clero la manera de evitar
que la América del Sur cayese en manos de los franceses, pueblo sin
inquisición y que toleraba sin distinción á judíos, herejes é infieles,
por cuyo motivo figuró siempre el clero al lado de los patriotas,
mientras éstos procedían cautelosamente en sus principios, bajo el
pretexto de que trataban de preservar á su país de la usurpación
francesa y de conservarlo para su legítimo soberano.
Los clérigos comenzaron á descubrir la necesidad de mejorar su propia
instrucción, y, en consecuencia, muchos libros que hasta entonces
habían sido proscritos y que figuraban en las listas de libros
prohibidos, comenzaron á ser buscados con avidez. Llegóse hasta mandar
algunas personas á buscarlos á Inglaterra, y si bien en el calor de
los primeros momentos se tomó junto lo bueno y lo malo y se mezcló y
confundió toda clase de sistemas, todo tendía, sin embargo, á producir
una ansiosa aspiración de independencia, una seria resolución para
zafarse del yugo de la madre patria.
Este propósito fué secundado en pequeño grado por los emisarios
mandados por la Junta Central de la vieja España, que venían en parte
á buscar recursos para la guerra peninsular, y en parte á incitar á
las colonias á desconocer la soberanía de José Bonaparte para que
se reservaran á su legítimo soberano D. Fernando. Traían consigo la
opinión que D. Gaspar de Jovellanos presentó á la Junta Central en la
sesión de 7 de Octubre de 1808, diciendo: “Cuando un pueblo descubre
el inminente peligro en que se halla la sociedad de que forma parte,
y sabe que los encargados de la autoridad, que deben gobernarlo y
defenderlo, se hallan subordinados y avasallados, siente naturalmente
la necesidad de defenderse por sí mismo, y en consecuencia, adquiere un
extraordinario y legítimo derecho de insurrección.”
Los sur-americanos estaban demasiado penetrados de sus aspiraciones de
independencia para dejar que se escapara un pretexto tan favorable,
y los que todavía no se habían embarcado en la obra revolucionaria,
avanzaron hacia ella con más ó menos cautela, como su situación se lo
permitía.
Pero no cabe comparación entre las circunstancias bajo las cuales
afirmaron su independencia las colonias británicas de la América del
Norte, y aquellas en que se encuentran todavía luchando por la suya
las colonias españolas de la América del Sur. Las colonias españolas
habían producido desde un principio tal abundancia de oro y plata,
que llamaron desde el primer momento la atención y la vigilancia del
gobierno en Europa, que trasladó á ellas todo el pesado andamiaje
eclesiástico, militar y civil de una vieja monarquía.
El derecho de mayorazgo, estrecho vínculo que hace conservar en manos
de unos cuantos individuos inmensas extensiones de tierras sin cultivo,
perjudicó á la población, impidiendo la división de la propiedad, que
tanto favorece su cultivo y la consiguiente prosperidad del trabajo
individual[2]. Finalmente, todo acto de gobierno emanaba directamente
de Madrid, y para todo empleo de importancia, se mandaba de Europa
un español, de manera que á los naturales del país no se les dejaba
ocasión alguna para manifestar sus talentos ni para ejercitar sus
facultades.
Las instituciones políticas de las colonias británicas, eran más
favorables que cualesquiera otras al adelanto de los estados y al
cultivo de la tierra. Muchos de los primitivos colonos eran hombres
que habían ido allí guiados por su amor á la libertad de conciencia,
que habían llevado consigo aquel indómito é independiente espíritu que
rechaza toda vigilancia como una opresión, y que, formando sus propios
consejos provinciales, legislaban y gobernaban para sí y transmitían
esos privilegios á sus hijos.
Por otra parte, no se favorecía el acaparamiento de las tierras;
se facilitaba su enajenación, y como cada persona que obtenía una
nueva concesión quedaba obligada á cultivar cierta proporción de sus
terrenos, la población aumentaba con tanta rapidez como los medios
de subsistencia. Además, como los gobernadores eran en su mayor
parte elegidos entre los mismos miembros de las colonias, había
siempre cierto número de hombres preparados para el desempeño de tan
importantes funciones.
De aquí que los Estados de Norte-América, firmes y unidos en su
propósito, y preparados con la mejor educación (porque, como para
los hombres, hay una educación para los Estados) pudieron levantarse
después de una costosa guerra, desde el estado de una colonia desunida
al rango de una gran nación; mientras que muchos años transcurrirán
quizás antes de que las asoladas provincias de la América Española
puedan asumir carácter nacional, por más que esté virtualmente roto el
yugo de España, por la falta de material doméstico, por decirlo así,
para formar un gobierno.
* * * * *
Todo el sistema de España respecto á las colonias, mientras las tuvo
bajo su dominio, fué comercial y no político. Los virreyes, después
de terminadas las primeras guerras con los indígenas, no fueron en
realidad otra cosa que presidentes de una compañía de monopolistas,
sus propósitos estaban limitados por sus sórdidos y mezquinos
intereses y el gobierno y ocupación de Méjico y del Perú no fueron
nunca contemplados de otra manera que como medios para hacer fortuna,
descuidándose en consecuencia la libertad, la felicidad ó el interés de
los habitantes.
La pereza y la ignorancia fueron las consecuencias necesarias,
y cuando el pueblo se levantó, como de un sueño, y proclamó su
independencia, estaban tan amoldados al antiguo régimen de cosas las
costumbres é ideas de la clase donde por necesidad escogió á sus jefes
y gobernadores, que éstos siguieron por la misma senda. Considerando
la posesión del poder simplemente como la posesión del capital de una
compañía mercantil, especularon con él, y con su mezquino tráfico, con
los monopolios públicos y privados, y con sus ardides mercantiles,
perjudicaron al pueblo que gobernaban, excitaron la desconfianza entre
los extranjeros y, en muchos casos, se arruinaron ellos mismos.
Tal ha sido últimamente el caso en Chile y lo mismo creo que ha
sucedido en el Perú y en las provincias del Plata. Pocos informes
tengo de los acontecimientos de Colombia y Méjico; pero, por lo que
he llegado á saber, sospecho que aquello no ha sido mejor. Pero ya es
tiempo que vuelva á la historia de Chile, que es la única de que puedo
hablar con alguna certidumbre.
El 22 de Junio de 1810 fué el día en que ocurrió el primer tumulto
popular, con motivo de una reunión en la plaza de Palacio á que el
capitán general Carrasco había citado á los habitantes de Santiago,
para promulgarles las órdenes impartidas por la espatriada corte de
España para que prestaran obediencia á la regencia francesa. Antes,
habíanse celebrado algunas reuniones privadas.
Los agentes de la Junta Central no habían pasado en la inacción;
pero no se había presentado ninguna ocasión pública para manifestar
el sentimiento popular. Ese día, sin embargo, fué dado á conocer muy
claramente, y aunque se toleró á Carrasco que continuase en su puesto,
todos los demás miembros de su gobierno, con excepción del secretario
Reyes, fueron depuestos, aprehendidos ó desterrados. Pocos días
después, el mismo Carrasco fué encarcelado y por aclamación del pueblo
fué elegido capitán general de Chile el brigadier general Toro, conde
de la Conquista.
Por ese tiempo, las tropas realistas que había en Chile consistían
únicamente en los 2000 hombres que protegían la frontera, aparte de
unos 50 dragones destacados en la capital, de los cuales había ya
ganados unos cuantos á la causa de la independencia por don Bernardo
O’Higgins, que desempeñaba entonces el cargo de coronel en Chillan, su
ciudad.
Este oficial era hijo de don Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno,
quien lo mandó en edad temprana á Europa, donde residió algunos años,
cinco de los cuales pasó en Inglaterra en la Academia de Mr. Hill, en
Richmond, Suney, donde no sólo aprendió á perfección el idioma, sino
que también se asimiló el espíritu libre é independiente de la nación.
Toro fué elegido capitán general de Chile con la condición de que no
reconociese la regencia francesa, sino que reservase la provincia
de Chile para el rey don Fernando, adhiriéndose entre tanto á los
principios y constitución de la Junta. Pero algunos patriotas más
exaltados reclamaron una independencia más completa; el conde, con su
timidez natural, trató en un principio de acallar esos susurros, hasta
que por fin mandó presos á Lima á sus principales promotores, entre los
cuales figuraba un poeta, el doctor Vera.
Durante este tiempo, los principales personajes del país habían
resuelto un completo cambio de gobierno, y el 18 de Septiembre del
mismo año se celebró una asamblea, que acordó la supresión del empleo
de capitán general y creó una Junta que, reconociendo los derechos de
Fernando VII, habría de resistir contra toda autoridad extranjera. El
ex-capitán general Toro fué nombrado presidente, y fueron sus colegas
Márquez de la Plata, el hombre más rico de Chile; don Francisco Reina,
don Juan Enrique Rosales, don Juan Martínez de Rozas y don Ignacio
Carrera, secretario de la Junta.
* * * * *
El primer acto de la Junta fué levantar un ejército, si tal nombre
puede darse á dos pequeños cuerpos de bisoños reclutas. El primero, de
infantería, fué confiado al mando de don José Santiago Luco, agente de
la Junta de la vieja España, y á don Juan José Carrera, segundo hijo de
don Ignacio Carrera, y el mando del segundo, que era un cuerpo montado,
fué encomendado á Toro, hijo del presidente.
El otro objeto á que la Junta dedicó inmediatamente su atención, fué la
convocatoria de un Congreso Nacional, que se compondría de los miembros
de todos los cabildos de Chile, y mientras se arbitraban los medios
para llevar á efecto este plausible propósito, falleció el conde de la
Conquista, á mediados de Noviembre, y el activo Martínez de Rozas fué
elegido en su lugar.
Sólo el 11 de Abril del año siguiente (1811) se reunieron los
habitantes de las diversas ciudades para elegir sus representantes, y
en esta ocasión fué cuando se derramó la primera sangre por la causa
revolucionaria.
La causa de estos sucesos se produjo así: El partido realista de
Buenos Aires había pedido auxilio á Chile, por cuyo motivo se habían
desprendido 400 hombres del ejército de la frontera Sur, mandados
por don Tomás de Figueroa, trasladándose por mar de Talcahuano á
Valparaíso, desde donde debían dirigirse á Mendoza, atravesando la
cumbre de los Andes.
Habían llegado ya á Casablanca, cuando los 50 dragones de la capital
salieron á encontrar á Figueroa, alarmados por las reuniones
electorales, instándolo á apresurar su marcha, y á tomar bajo su mando
no sólo á ellos mismos, sino también á los reclutas que se estaba
instruyendo para el ejército patriota, á quienes se comprometían á
asegurar. Figueroa avanzó hacia Santiago y poniéndose á la cabeza de
los dragones, que cumplieron su promesa de asegurar á los reclutas
obligándoles espada en mano á agregárseles, entró á la plaza con el
imprudente propósito de dispersar al pueblo, reunido para elegir sus
representantes. Pero el pueblo, que no estaba dispuesto á dejarse
perturbar en sus propósitos, se volvió contra los realistas, los
derrotó completamente y los obligó á retirarse, quedando unas cuarenta
personas por cada bando muertas en la plaza. Figueroa se refugió en el
convento de Santo Domingo; descubierto al día siguiente, fué conducido
á la plaza, donde se le fusiló.[3]
Verificada la elección, el congreso se reunió en Junio. El primer acto
del cuerpo representativo, fué deponer la Junta, constituyéndose en
asamblea legislativa y cometiendo el Poder Ejecutivo á tres hombres:
Rozas, presidente de la primitiva Junta, don Martín de Encalada y
Mackenna.
Pero Rozas por este tiempo se hallaba ausente en Concepción, adonde
había sido llamado por una especie de discordia civil que casi
arruinó la causa patriota. Concepción, que antes había tenido ciertas
pretensiones á que se la considerara como capital de Chile, por
hallarse en realidad en el centro de sus provincias y estar situada
á inmediaciones de una bahía de las más ventajosas para el comercio,
había sido también la que más había impulsado desde un principio la
causa revolucionaria. Sus habitantes insistían, en consecuencia, que el
gobierno se radicara allí y que también funcionase allí el Congreso.
Los habitantes de Santiago, que habían disfrutado largo tiempo de las
ventajas consiguientes al establecimiento de la metrópoli en su ciudad,
no estaban por su parte dispuestos á ceder, alegando la seguridad de
su situación, igualmente alejada de los indios y del mar; mientras
que Concepción, por hallarse tan inmediata de los indios araucanos,
que podían fácilmente animarse á invadirla y desolar sus tierras,
era demasiado expuesta para que en ella pudiera reunirse el Cuerpo
legislativo. La prudencia de Rozas acalló el clamor de los habitantes
de Concepción, y mientras él permanecía en dicha ciudad, se le dió por
sustituto en el triunvirato ejecutivo á don Juan Miguel Benavente.
El primer acto de la asamblea legislativa fué abolir la esclavitud.
Todos los hijos de los esclavos nacían libres desde aquel momento;
todos los esclavos introducidos á Chile debían ser libres á los seis
meses de residencia en el país. Pero el congreso, como sucede á todas
las nuevas corporaciones políticas, trató de abarcar más de lo que
estaba á su alcance, en una época tan prematura.
No contento con tratar de establecer la independencia, adoptando á las
circunstancias las antiguas instituciones, sustituyéndolas por nuevas
donde fuese necesario, levantando tropas y sobre todo resguardando
la frontera, proyectó la creación de un colegio, de un museo, de una
imprenta, que no alcanzaron á llegar á ningún grado de perfección antes
de que se produjera una nueva revuelta, encabezada por un joven que
desempeñó durante varios años un papel importantísimo tanto en Chile
como en Bueno Aires.
Don José Miguel Carrera era el segundo hijo de don Ignacio Carrera,
de una rica familia criolla, que, siendo originariamente rica, se
enriqueció más todavía durante el período de la revolución, gracias á
las concesiones y fáciles compras que obtuvo don Ignacio de algunas
propiedades confiscadas á los españoles ó á algunas congregaciones
religiosas que habían sido suprimidas. Este joven, dotado de relevantes
prendas personales, de natural inteligencia y de muchas cualidades de
clase superior, era turbulento y sin educación.