En 1827 contrajo segundas nupcias con uno de los más célebre

EDITORIAL-AMÉRICA

Director: R. BLANCO-FOMBONA

PUBLICACIONES:

I

Biblioteca Andrés Bello (literatura).

II

Biblioteca Ayacucho (historia).

III

Biblioteca de Ciencias políticas y sociales.

IV

Biblioteca de la Juventud hispano-americana.

_De venta en todas las buenas librerías de España y América._

Imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29, teléf. 14-30. Madrid.

DIARIO

DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822) Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823)

SAN MARTÍN.--COCHRANE.--O’HIGGINS.

BIBLIOTECA AYACUCHO

BAJO LA DIRECCIÓN DE DON RUFINO BLANCO-FOMBONA

OBRAS PUBLICADAS

I-II.--MEMORIAS DEL GENERAL O’LEARY:

_Bolívar y la emancipación de Sur-América._

Dos lujosos volúmenes de 700 á 800 páginas en 4.º Se venden

separadamente al precio de 7,50 pesetas cada uno.

III.--MEMORIAS DE O’CONNOR.

sobre la

_Independencia Americana_.

La obra en 4.º, en papel pluma. Precio: 5 pesetas.

V.--MEMORIAS DEL GENERAL JOSÉ ANTONIO PÁEZ.

Un volumen muy bien impreso, en 4.º Precio: 7,50 pesetas.

V.--MEMORIAS DE UN OFICIAL DEL EJÉRCITO ESPAÑOL.

Por el Capitán Rafael Sevilla.

Un volumen en 4.º, 5 pesetas.

VI-VII.--MEMORIAS DEL GENERAL GARCÍA CAMBA.

_Para la historia de las armas españolas en el Perú._

Dos magníficos y gruesos volúmenes en 4.º, á todo lujo. Precio: 7,50

pesetas cada uno.

VIII.--MEMORIAS DE UN OFICIAL DE LA LEGIÓN BRITÁNICA.

_Campañas y Cruceros durante la guerra de emancipación

Hispano-americana._

Un volumen en 4.º, 4 pesetas.

IX.--MEMORIAS DEL GENERAL O’LEARY.

_Últimos años de la vida pública de Bolívar._

Este libro, desconocido hasta ahora, complementa los dos volúmenes

sobre _Bolívar y la emancipación_; es una joya de historia americana

por sus revelaciones, á las cuales debió el que se le hubiera

ocultado por tantos años.

En 4.º á todo lujo. Precio: 7,50 pesetas.

X.--DIARIO DE MARÍA GRAHAM.

_San Martín._--_Cochrane._--_O’Higgins._

BIBLIOTECA AYACUCHO

BAJO LA DIRECCIÓN DE DON RUFINO BLANCO-FOMBONA

MARÍA GRAHAM

DIARIO

DE SU RESIDENCIA EN CHILE (1822)

Y DE SU VIAJE AL BRASIL (1823)

SAN MARTÍN.--COCHRANE.--O’HIGGINS

PRÓLOGO DE DON JUAN CONCHA

EDITORIAL-AMÉRICA

MADRID

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA:

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LIBRERÍA

FERRAZ, 25

PRÓLOGO DE JUAN CONCHA

GLOSAS AL DIARIO DE UN VIAJERO

Santiago en 1822.

Un viajero ha desembarcado en el puerto y se dirige á la capital,

Santiago del Nuevo Extremo. Estamos en Agosto. La primavera se anuncia

espléndida; el cielo, de un azul intenso; la brisa, fresca, cálida,

remece las ramitas nuevas de los árboles. Hay una suave quietud en

el ambiente. Nuestro viajero se dirige á la capital; dista varias

decenas de leguas del lugar de su arribo; el trayecto hay que hacerlo

á lomo de mula, por entre lomas escarpadas y áridos breñales. Son sus

acompañantes un peón y una esclava. Lleva sus bártulos en tres mulas.

Estamos en 1822; primavera...

Nuestro viajero ha tomado el camino viejo, camino «sumamente

escabroso», pero frecuentado por leñadores y recuas de carga. A

medida que avanza, va extasiándose en la contemplación del paisaje:

«las boscosas hondonadas, las nevadas montañas en el horizonte». A

lo largo del camino, serpenteando por entre valles y lomas, siguen

recuas de mulas cargadas que van á la capital. Llega á la cumbre de

un cerro que atraviesa el camino: aparecen «los Andes, en su nevada

majestad, dominando los numerosos cordones de los cerros más bajos».

Va nuestro viajero parando en pueblos y villorrios, en casas de postas

y haciendas, que le brindan un hogar hospitalario. Descansa, duerme,

observa y sigue su viaje. Lleva tres días de fatigosa caminata. En

la tarde del tercer día vienen por nuestro viajero unas amigas, á

encontrarlo, en dos coches. Rehusa el ofrecimiento de entrar á un

vehículo «por no penetrar cubierto de polvo»; siguió, pues, á caballo.

Llega María Graham nuestro aporreado viajero--el veinticuatro de Agosto

de mil ochocientos veintidós años á Santiago del Nuevo Extremo.

* * * * *

Nuestro viajero es huésped de una linajuda familia de Santiago. Después

de disfrutar de algún descanso y vestirse, es llamado á comer. «La

comida fué más copiosa de lo que en nuestros hábitos permitiría el

buen gusto...» Más adelante observa: «se considera como una muestra de

la más delicada atención sacarle á alguien una porción de su plato y

ponerla en el de su amigo, y á nadie se le hace escrúpulo servirle á

uno con el cuchillo ó cuchara con que ha estado comiendo». «A juzgar

por lo que hoy he visto, podría decir que los chilenos comen mucho...»

Después de la comida, la mayor parte de la familia se ha retirado á

practicar sus devociones. Pronto llegan algunas familias amigas; las

personas mayores conversan alrededor de un brasero; los jóvenes bailan

un minué «incorrecto y descuidado».

En el silencio de la noche ha sonado á lo lejos una campanita y se ha

extendido por las calles desiertas la voz del sereno, que monótona

cantaba: ¡Ave María Purísima, las once de la noche han dado, y

nublado!...

* * * * *

Examina nuestra viajera la casa en la cual se hospeda. Sobre la

muralla, «baja y blanqueada», «se proyecta un enorme alero de tejas».

En el centro, un zaguán empedrado de menudos guijos; cerca de la puerta

de calle, «la habitación del portero». Detalla la disposición de las

habitaciones y dependencias de la casa: los amplios corredores, las

confortables alhanías, los grandes patios solados de menudos cantos, la

abastecida despensa...

Recorre María Graham la ciudad y anota: «El aspecto de las calles es

feo á causa de la desnudez y monotonía de los frentes de las casas

particulares...» «La disposición de las casas es fea exteriormente y

comunica á las calles un aspecto triste y plebeyo.» Santiago conserva

durante esos años todo el carácter del Santiago del siglo XVIII, del

Santiago colonial de Frezier, Juan y Ulloa, de Vancouver... Dominando

el lado Norte de la plaza, se alza el palacio de residencia del

director O’Higgins, el antiguo palacio de los capitanes generales; la

Audiencia; la cárcel. Al Poniente, la catedral levanta sus torres,

y los palacios de las dignidades eclesiásticas yerguen sus muros

fríos; al frente de éstos, en el lado opuesto, «sólo hay unos cuantos

edificios vulgares»; cierran la plaza las arquerías del costado Sur,

donde tienen sus tiendas los vendedores de telas, zapatos, quincalla,

comestibles y algunas chucherías más. En las noches de luna, estos

portales y tenduchos «presentan un aspecto muy alegre y animado».

Los amplios aleros proyectan sombras discretas; los murallones son

propicios á secretos encantos: «las damas acostumbran recorrer entonces

las tiendas y puestos á pie, y, como todos están iluminados, la escena

es bellísima». «Todos los pequeños puestos están iluminados; las

mejores mercancías salen á relucir, y las señoras, que para este paseo

nocturno se visten con elegancia, se ven muy bien.» «El sitio, bello de

por sí--agrega--, lo es mucho más en las noches de luna; disimúlanse

entonces los defectos y se observan mejor las bellezas.» El agua de

la pila central de la plaza cae discretamente y canta sus melodías

rumorosas; tañen, distantes, las campanas; las sombras de las casas

se proyectan uniformes; la luna simula en las sombras de los árboles

figuras fantasmales; en el cielo, unas nubecitas blancas van huyendo

veloces; reverbera la luz lunar en las blanqueadas paredes; corre una

brisa fresca, ligera... A lo lejos se oye la voz monótona de un sereno,

que canta indiferente una hora...

Sigue nuestro curioso forastero huroneando por la ciudad. Recorre La

Cañada, la Climba, los Tajamares... Sube al peñón del Santa Lucía,

rastrea por callejuelas, atraviesa el puente de cal y canto, visita sus

jardines...

Ha visitado la Casa de Moneda. No será para ella como para aquel

capitán general, una «absurda ridiculera», sino que un «soberbio

edificio». Ha curioseado por sus diversas dependencias; nos habla

con detenimiento de la «tosquedad, superior á cuanto podría haberme

imaginado, de la maquinaria»; observa la calidad «imperfecta y grosera»

de la moneda, «lo más grosero que hasta ahora he visto en materia de

monedas», y anota algunas disquisiciones eruditas sobre cuestiones

monetarias.

También ha visitado María Graham la Biblioteca Nacional, cuyo director

en un instruido y culto caballero»--don Manuel de Salas--; observa

que «los libros de leyes ocupan la mitad de los estantes», y que hay

«un buen número de obras francesas, pero pocas inglesas»; hojea un

incunable; hace algunos comentarios pertinentes á libros, y se va «con

pesar».

María Graham frecuenta salones y pasa las noches en continuos y alegres

saraos. Los jóvenes danzan; los minués, los bailes populares españoles,

son los más socorridos. Hay música y charla. El canto tampoco falta.

Las jóvenes «son, por lo común, de mediana altura, bien conformadas,

de andar airoso, con abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y

negros». Pero estas «lindas criaturas», cuyo «sonrosado color nunca

lo puso más bello la pura y diestra mano de la Naturaleza», «tienen,

generalmente, una voz desapacible y áspera».

Antes ya había anotado: «pude observar que en Chile la belleza y el

traje de una joven son criticados por los demás, lo mismo que entre

nosotros»...

* * * * *

Domingo. Hoy, nuestra viajera ha salido á los alrededores á ver los

entretenimientos del pueblo, del «bajo pueblo». Las señoras mayores

van en calesas, las demás gentes á pie. El lugar se llena de peatones,

perros, gente á caballo, en calesas y carretas.

En los puestos se venden frituras, carne asada, pescado, licores,

buñuelos fritos en aceite, chicha... «El pueblo parece gozar

extraordinariamente en haraganear y beber diversas clases de licores».

Suena el arpa, el tamboril, el triángulo, el rabel, la guitarra... «Los

músicos se instalan en carros»; los mozalbetes compran licores, flores,

frutas, «para su propio consumo ó para las mozas á quienes desean

agradar».

Llenan el aire la música de los instrumentos, la gritería de los

chiquillos, los requiebros de los mozos. Hinche los corazones una

fuerte, pura, sana alegría...

* * * * *

Chocan á nuestra viajera los prejuicios, la rutina, la intolerancia

de las gentes. «Es sensible--anota en su «Diario»--que las antiguas

rutinas de la colonia dirijan todavía estas cosas en Chile...» «Este

país--escribe más adelante--ha sido el más reacio de todos los de este

Continente á los adelantos.» El atraso de los campos, el desorden en

la administración, la pasividad de los campesinos, la rutina en todo

orden de cosas, sugiere á María Graham sesudas reflexiones y severos

reparos.

Una campana suena, después otra, después otra, y otra... Nuestro

forastero mira del lado del plácido repiqueteo y ve «una pequeña

iglesia, de cuyas puertas salía una larga y solemne procesión de

sacerdotes, que comenzaban una rogativa de nueve días á San Isidro para

pedirle lluvia». Agrega en seguida algunas consideraciones acerca de la

superstición, á guisa de comentario...

* * * * *

El 28 de Septiembre parte María Graham de Santiago del Nuevo Extremo.

Estuvo en la ciudad de D. Pedro de Valdivia treinta y seis días. Murió

veinte años más tarde, en 1842, en su residencia de Kensington Pits, á

la edad de cincuenta y siete años. Nos dejó un fuerte--admirable en la

precisión y penetración de las observaciones--, hermoso, imperecedero

«Diario.»

Juan Concha.

Santiago. (Chile).

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

A fines de Abril del año 1822 llegaba á Valparaíso la fragata _Doris_,

de la armada de S. M. B., trayendo á su bordo los restos de su

comandante, el capitán Thomas Graham, fallecido en brazos de María

Graham, su esposa, al doblar el Cabo de Hornos.

La piedad y el amor de su mujer habían preservado los restos del

malogrado marino de ser sepultados en las ondas, hasta que la fragata

arribó á Valparaíso, donde fueron depositados en tierra hospitalaria,

con los honores debidos á su rango y las preces de su culto.

La triste viuda desechó las proposiciones que le hacían los oficiales

de la _Doris_ para que siguiera viaje á bordo de la fragata hasta que

encontraran otro buque que pudiera trasladarla directamente á Europa, y

prefirió quedarse en Valparaíso para recobrar sus fuerzas quebrantadas

por el sufrimiento.

El romántico interés que inspiraba la soledad en que su viudez la

dejaba en tierra extraña, la distinción social que suponía el rango

de su marido, y sobre todo su exquisita cultura y lo agradable de su

trato, eran motivos más que sobrados para que la sencilla y reducida

sociedad de aquella época la acogiera con la más afectuosa hospitalidad.

Relacionada desde un principio con el elemento oficial, que en aquellos

años era el de más valía en Chile, tuvo pronto oportunidad de tratar

con una de las personalidades más sobresalientes de la revolución: nos

referimos á lord Cochrane. Lord Cochrane, á más de ser su compatriota,

tenia para distinguirla con su amistad otro motivo: cuando él figuraba

entre los guardias marinas más antiguos de la marina inglesa,

llegó á bordo de la _Thetis_, en que él estaba embarcado, un joven

guardia-marina que se iniciaba en la carrera naval y que más tarde

llegó á ser el capitán Thomas Graham.

Atendió, pues, lord Cochrane con toda solicitud á la viuda de su

antiguo camarada, que era una dama de esclarecida inteligencia y fino

trato, y la presentó en Santiago á las familias de la mejor sociedad.

Dotada de una clara inteligencia, enriquecida por los conocimientos

adquiridos en largos viajes y por una variadísima lectura, era

natural que sus ideas y sentimientos afinaran estrechamente con las

ideas y sentimientos de lord Cochrane, que tanto aventajaban á las

preocupaciones y añejeces que formaban el ambiente intelectual en que

había dejado la dominación española á sus antiguos súbditos.

De aquí que apreciaran de idéntica manera los hombres y las cosas de

la revolución, á tal punto, que hay en este «Diario» muchas páginas

que uno se sentiría inclinado á suponerlas directamente sugeridas por

lord Cochrane, si María Graham no hubiese dado á conocer sus agudas

facultades analíticas, su profundo espíritu de observación en las

diversas obras que formaban su bagaje literario mucho antes de su

arribo á Chile.

La simpatía por el héroe injustamente proscrito de su patria, el

recuerdo de sus gloriosas hazañas en las guerras napoleónicas, la

admiración por su denuedo y abnegación para hacer triunfar la causa

de la independencia de los lejanos estados americanos, todo concurría

á desarrollar en ella un culto vehemente por lord Cochrane, lo que

Carlyle llama _heroworship_, que hace que tanto en las páginas del

«Diario» como en las del Bosquejo de la Historia de Chile que á la

Revolución se refieren, la personalidad del ilustre marino se destaque

en medio de una gigantesca aureola. En torno de ella se agitan,

pálidas, animadas por mezquinas pasiones, las figuras de sus enemigos

políticos, especialmente la del más formidable y maquiavélico, San

Martín.

Pero, fuera del escenario político, donde la ignorancia, el temor y la

ambición se exhiben en cuadros disgustantes, la vida doméstica, los

afectos de familia, el alma entera de la naciente sociedad chilena,

proporcionan á María Graham precioso material para trazar con galana y

apacible pluma diversos cuadros, ricos de colorido y de frescura.

Como á casi todos los viajeros, la belleza de las mujeres chilenas

la entusiasma, y dice así en una ocasión: «que una linda chilena se

ve diez veces más linda cuando se pone la mantilla para ir á misa», y

cuando cuenta que ha asistido á una tertulia en casa de D. José Antonio

de Cotapos, dice: «estoy segura de no haber visto jamás reunidas en un

solo día tantas mujeres bonitas, como en esa ocasión; no estoy segura

de que fuesen todas de trascendental belleza; pero sí de que no había

una sola fea».

Ahora, su abnegación incomparable, que la hace arrostrar junto con el

hombre que ella ama, esposo, padre ó hermano, todos los rigores de

las adversidades políticas; sus hospitalarios sentimientos; hasta su

misma pasmosa ignorancia, «que las hace recurrir con mayor gracia á los

medios de seducción que la Naturaleza ha dado á la mujer, la amabilidad

y la ternura», son temas que vuelven muchas veces á los puntos de su

pluma para dar á estas páginas un encanto que no empañan jamás ni el

adulo ni la sátira.

Su temperamento artístico, su ilimitado amor á las plantas y á las

flores le hacen admirar entusiasmada los variados paisajes que ofrecen

á su vista los campos de la región central, que ella ha recorrido;

detiénese en sus excursiones campestres y recoge las plantas indígenas,

cuyas virtudes indaga, cuyos hábitos describe con toda prolijidad, sin

someterse á las arideces de la terminología botánica. Interésase por

la suerte de los pobres, conversa con ellos y se sienta á su lado para

aprender sus industrias rudimentarias: la alfarería, el hilado.

Conversa con O’Higgins, con San Martín, con Centeno, y desde el primer

momento los penetra, hace su psicología, y descubre al hombre bajo las

deslumbrantes exterioridades que imponen al vulgo.

Hay un retrato de San Martín, hecho _d’après nature_, puede decirse,

que es una obra maestra de observación y de factura: el prócer va á

hacerle una visita, invitado por Centeno, y habla, habla de todo,

para lucirse, mientras los de su comitiva le escuchan asombrados de

tanto saber. María Graham le escucha, avanza algunas ideas; pero la

locuacidad inagotable de aquel espíritu versátil se las lleva por

delante; entonces, lo mira con atención, critica _in mente_ la vaciedad

de esa charla incontenible, y piensa que ese hombre locuaz y amanerado

estaría mejor en un sarao que no al frente de los Estados incipientes,

que tiene la ambición de dominar como jefe absoluto. Son dos páginas

realmente soberbias las que dedica á esta visita.

A O’Higgins también lo vemos vivir en estas páginas; comprendemos

cómo ha latido siempre acompasado su sano corazón en medio de la

tormenta revolucionaria: su valor es frío y resuelto, su palabra

sobria y precisa, tiene todas las virtudes de un gran soldado; pero

carece de las cualidades que imponen al hombre de estado: no sabe

sobreponerse á las intrigas palaciegas ni acierta al debelar las

cábalas de sus adversarios políticos. Los Carreras, Freire, Monteagudo,

el ministro Rodríguez, le sugieren juicios que nos parecen ser los de

un contemporáneo nuestro, que quedan en el fiel de la balanza, entre

la acendrada adhesión de sus parciales y las acerbas invectivas de sus

adversarios políticos.

Es sensible que la ruptura de una arteria, que sufrió mientras

regresaba á Santiago de una excursión á Melipilla y que puso en peligro

su existencia, no permitiera á María Graham realizar el proyecto que

abrigaba de recorrer el territorio de la República hasta Concepción.

Tenía listas varias cartas de introducción para diversas personas, y

entre ellas una de lord Cochrane para el general Freire que estaba al

mando de las tropas de la frontera.

Con estas condiciones, el libro tiene todo el mérito de un documento

histórico, y con los Recuerdos de Zapiola, los de Pérez Rosales y las

pocas Memorias y correspondencias privadas que nos han quedado del

período revolucionario, habrá de servir para estudiar la historia bajo

un aspecto que no ofrecen los documentos y comunicaciones de carácter

oficial, que han sido la fuente de los estudios históricos hechos hasta

ahora.

Otro título tiene además para darlo á conocer al pueblo chileno, que

habrá de leerlo con agrado y reconocimiento, y es la sincera simpatía

que revelan todas sus páginas para nuestro país; sus ardientes deseos

por la prosperidad de Chile, cuyo engrandecimiento político y cuya

prosperidad comercial predijo hace ochenta años, al observar la energía

y homogeneidad de su raza y las riquezas de su suelo.

Esto, en cuanto á la obra.

En cuanto á su autora, es sensible que no se encuentren en nuestra

literatura nacional datos que nos permitan reconstituir su fisonomía

moral ni su vida entre nosotros. Vicente Pérez Rosales, á quien ella

recogió en Río Janeiro donde lo había abandonado lord Spencer, y á

quien repatrió á bordo de la _Doris_, no ha dejado, por desgracia,

más que unas cuantas líneas en sus _Recuerdos del Pasado_, que nos

dan á conocer las bondadosas disposiciones de carácter de la ilustre

viajera. Así, pues, habremos de contentarnos con dar á conocer su

intelectualidad por medio de los escasos datos biográficos que hemos

podido obtener en la _National Biography_ de Leslie Stephen y algunas

otras fuentes de información no menos compendiosas.

María, hija de Jorge Dundas, contraalmirante de la _escuadra azul_ y

miembro del Almirantazgo, nació el año de 1785 en Papcastle, cerca de

Cockersmouth.

Desde sus primeros años manifestó una decidida afición á la lectura y

al estudio de las plantas y las flores. La _governess_ que dirigió su

educación era mujer muy ilustrada y que cultivaba relaciones de amistad

con las más esclarecidas inteligencias de la época: Burney, Johnson,

Reynolds, á quienes dio á conocer las brillantes disposiciones de su

discipula. María Dundas, por su parte, frecuentaba la casa de su tío,

Sir David Dundas, donde se reunían Campbell, Lawrence y otros.

En 1808, impulsada por su vivaz imaginación y por su amor á lo nuevo y

á lo bello, acompañó á su padre en un viaje á la India; á su regreso

contrajo matrimonio, en 1809, con el capitán Thomas Graham, de la

Marina real, de quien no se hace mayor mención en las obras de consulta

que hemos podido procurarnos. Luego emprendió con su marido otro viaje

á la India, de donde regresó en 1811, estableciéndose en Londres. Por

razones de servicio, el capitán Graham hubo de permanecer varios años

ausente de su patria, durante los cuales su esposa se dedicó por entero

á los trabajos literarios. En 1812 publicó su _Diario de Residencia

en la India_, que años mas tarde fué traducido al francés; en 1814,

unas _Cartas de la India_; en 1815, una traducción del francés de

las Memorias de Rocca sobre las guerras de los franceses en España,

reimpresa al año siguiente. En 1819 regresó el capitán Graham á

Inglaterra y, en compañía de su esposa, emprendió un viaje de recreo á

Italia, que proporcionó á María Graham los materiales para una de sus

obras más apreciadas en Europa, _Tres meses en las Montañas de Roma_,

publicada en 1820. El mismo año publicó un _Ensayo sobre el Poussin_,

que la crítica francesa considera como un libro de primer orden. En

1821 el capitán Graham, al mando de la fragata británica _Doris_,

zarpó en comisión para la América del Sur, y después de tocar en Río

Janeiro siguió viaje con destino al Pacífico.

Como en otras ocasiones, acompañábalo su esposa, interesada en conocer

estos países, que comenzaban á llamar la atención europea con motivo

de su levantamiento contra el dominio de España. Desgraciadamente, el

capitán Graham enfermó durante la navegación, y al llegar á la altura

del Cabo de Hornos exhaló el último suspiro en brazos de su abnegada

compañera.

La fragata prosiguió viaje hasta Valparaíso, adonde arribó el 28 de

Abril de 1822, fecha en que comienza el _Diario de Residencia en

Chile_. María Graham permaneció entre nosotros hasta Febrero de 1823,

en cuya fecha se embarcó en el bergantín _Colonel Allen_ con destino

al Brasil; en Río Janeiro permaneció hasta fines de ese año, sirviendo

de institutriz á la princesa doña María, que más tarde fué reina de

Portugal.

Vuelta por fin á su patria, continuó dedicándose á sus trabajos

literarios, y en 1824 publicaba su _Diario de viaje al Brasil_ y de

residencia en este país durante los años 1821 á 1823, y su _Diario de

Residencia en Chile_, que ahora se traduce al castellano por primera

vez. Los dibujos, que representan paisajes, tipos y costumbres del

país, que ilustran ambos libros, revelan en ella una artista de felices

disposiciones, que sabe poner de relieve los rasgos más característicos

de las cosas.

En 1827 contrajo segundas nupcias con uno de los más célebres pintores

ingleses de la primera mitad del siglo XIX, Augusto Wall Callcott, que

frisaba entonces la cincuentena. Artista por temperamento, sus primeras

inclinaciones lo llevaron al estudio de la música, y desde niño fué una

de las voces más apreciadas de la capilla de la Abadía de Westminster.

Leyendo en una ocasión el _Robinson Crusoe_, ilustrado por Stothard,

los grabados del célebre dibujante despertaron en él la afición al

dibujo, que le abrió la senda en que tantos laureles había de cosechar

más tarde. Entró entonces á estudiar pintura con Hoppner, que, como

él, era además un músico muy apreciable, y bajo cuya dirección llegó

pronto á ser uno de los más brillantes paisajistas ingleses. En 1806,

el mérito de sus cuadros lo hizo ser admitido como socio de la Royal

Academy, de la cual llegó á ser miembro académico en 1810. Los paisajes

que exhibió entre 1810 y 1835, que se reputan las mejores de sus obras,

le valieron que sus contemporáneos lo llamaran el _Claude_ inglés, por

tenerlos en tanta estima como los mejores de Claude Lorrain. En 1837,

con motivo de la ascensión de la reina Victoria, fué hecho caballero,

y desde entonces se dedicó á la figura, género que había abandonado

desde sus primeros trabajos. Entre los cuadros de este género que más

han popularizado los grabadores ingleses se cuentan _Milton dictando

su poema á sus hijas_ y _Rafael y la Fornarina_. Con todo, la crítica

moderna, que lo considera un talento serio y lo coloca entre Constable

y Turner, lo encuentra frío, sin pasión ni poesía; pero le reconoce

una factura amplia, fácil, una tonalidad justa y una luz franca y

agradable, que constituyen el gran mérito de sus paisajes. Por otra

parte, Callcott era hombre muy estimado por sus amables disposiciones

de carácter, por su generosidad y falta de prejuicios en su arte y por

la liberal protección que dispensaba á los artistas jóvenes.

Unida á un hombre de estas condiciones, lady Callcott tuvo un feliz

compañero de sentimientos y de gustos artísticos, en cuyo consorcio su

inteligencia se inclinó decididamente á los estudios críticos, á la

historia y á la literatura de ficción. En 1822 publicó una _Historia

de España_. En 1831, cuando regresaba de un viaje de estudio que había

hecho por Italia en compañía de su marido, sufrió lady Callcott la

ruptura de una arteria, que la dejó inválida por el resto de sus días.

No por eso abandonó la pluma. En 1835 publicó la _Little Arthur’s

History of England_, en dos volúmenes, que alcanzó una gran popularidad

y fué reimpresa varias veces, y además una _Descripción de la capilla

de Giotto en Padua_, con motivo de una serie de dibujos de Sir A. W.

Callcott; en 1836, un _Ensayo sobre la Historia de la Pintura_; en

1840, un prefacio á otra colección de dibujos de su marido, titulada

_Los Siete Estados del Hombre_, y en sus últimos años, los libros para

los niños que se titulan _Little Blackeburner_, _Little Mary’s ten

days_ y _A Scripture Herbal_.

Por fin, el 28 de Noviembre de 1842, en su residencia de Kensington

Pits, la muerte puso fin á sus sufrimientos y apagó para siempre los

destellos de su privilegiada inteligencia. Sepultada en el cementerio

de Kensal Green, fué pronto á reunírsele su compañero de afección y de

trabajo, á cuyo ilustre nombre quedó asociado el suyo en la historia de

la intelectualidad inglesa.

=José Valenzuela D.=

PREFACIO

El “Diario” de mi residencia en Chile debiera haber ocupado lógicamente

su lugar entre el de las dos visitas al Brasil, que son materia de mi

primer libro; mas ya he dado en el prefacio del de mi residencia en el

Brasil las razones que me indujeron á dividir los diarios.

La introducción del presente volumen es quizás su parte más importante.

Pocos son los informes que pueden procurarse de los seis primeros años

de la revolución de Chile, sea que se les busque en los archivos de las

secretarías de Estado, sea entre los papeles de los actores del drama.

Durante los pocos días calamitosos que transcurrieron entre la derrota

de los patriotas en Rancagua y el paso de los Andes, fueron quemados

todos los papeles y documentos públicos que se halló á mano, para

evitar que cayeran en poder de los españoles, que habrían perseguido

á las familias que quedaron en el país, y cuyos nombres se hubiesen

encontrado entre los de los patriotas. Desde entonces, hasta el año

de 1817, no se encuentran ni en los archivos de gobierno documentos

que rastrear, y hasta mediados de 1818, nada de lo impreso en Chile;

de manera que dentro de pocos años más podría haberse perdido todo

recuerdo del primer período de la revolución de este país.

Fué una gran fortuna para mí el haber conocido durante mi residencia

en Chile á muchas personas que tuvieron participación en el gran

acontecimiento, sea como actores, sea como espectadores, y las cuales

tuvieron la amabilidad de permitirme escribir, sobre sus relaciones

verbales, los puntos capitales que he detallado. Los relatos de los

realistas concordaban en todos los hechos con los de los patriotas,

y todos ellos con las claras y entretenidas narraciones del Supremo

Director O’Higgins, cuya liberalidad y cortesía para conmigo, en este

como en todos respectos, merecen mis más calurosas expresiones de

reconocimiento.

Desde 1818 hasta 1821 se daba en las gacetas amplios pormenores de todo

acontecimiento público y se imponía al pueblo de todo documento. Pero

ya, desde 1821, las especulaciones políticas del Protector del Perú

y los planes comerciales de los hombres de gobierno de Chile no eran

evidentemente de una naturaleza tan desembozada, y, en consecuencia,

las publicaciones comenzaron á hacerse muy defectuosas. No podré

jactarme de ser capaz de llenar esas deficiencias, pero confío que los

puntos capitales que me ha sido dado establecer, serán suficientes para

inducir á otros más capaces á acabar el bosquejo que yo dejo apenas

indicado.

Como la lucha de la América española fué solamente de las colonias con

la madre patria, no he tenido para qué referirme á las transacciones de

aquéllas con las naciones neutrales, cuyos buques, tanto de guerra como

mercantes, han surcado los mares de Chile, salvo cuando un caso como el

de la intervención del capitán Hillier en el tratado del Sur de Chile,

lo hace necesario.

El _post-scriptum_ del diario contiene algunas publicaciones que

permitirán apreciar la actual situación política de Chile. Hay tanto

de bueno en ese país, tanto en el carácter de su pueblo como en la

excelencia de su suelo y de su clima, que no cabe duda sobre el futuro

éxito de su esfuerzo en pro de una situación libre y floreciente; pero,

hay dificultades extraordinarias que salvar, necesidades nada comunes

que llenar, y si las siguientes páginas, directa ó indirectamente

contribuyeran en lo más mínimo á proveer esas necesidades, á suavizar

esas dificultades, llamando la atención hacia ese país, por su especial

preparación para los intercambios comerciales ó por los recursos y

energías naturales que hay todavía en él por cultivar, sería para mí la

más verdadera satisfacción.

BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE CHILE

El descubrimiento de Chile por los españoles y la relación de sus

primeras fundaciones en él, forman uno de los más romancescos capítulos

de la historia de la conquista de Sur-América por los europeos.

Después de la muerte del inca Atahualpa, en 1535, Pizarro, receloso de

la influencia y de la ambición de su compañero Almagro, representóle la

conquista de Chile como empresa digna de su talento, y lo comprometió

á ella, no obstante lo avanzado de su edad, que frisaba en los setenta

años.

El desierto de Atacama separa el Perú de Chile, y de los dos caminos

practicables entre ambas provincias, la ávida impaciencia de Almagro

escogió el de la cordillera, por más corto, aunque difícil, en vez

de tomar el camino de la costa. Parecen increíbles los sufrimientos

y las pérdidas que el hambre y el frío impusieron á las tropas de

Almagro durante su marcha, y probablemente el mayor número hubiera

sucumbido, si unos pocos soldados, de los mejor montados, no se

hubieran adelantado hasta el valle de Copiapó y obtenido recursos de

los hospitalarios indígenas, á quienes mandaron que fueran á encontrar

á sus asendereados compañeros.

Los españoles fueron tratados bondadosamente, y recibidos en un

principio por los chilenos con una veneración que rayaba en idolatría;

pero la sed de oro y de plata que los había lanzado en busca de este

país á través de los ardores del desierto y de las nieves de la

cordillera, promovió luego las disputas entre los indígenas y los

soldados, que Almagro castigó severamente entre aquéllos, y formó

así la base de esa tenaz oposición de parte de los indígenas que

mantiene todavía desoladas algunas de las mejores provincias del país.

Cuando el ejército español llegó á la ribera Sur del río Cachapoal,

encontróse con varias de las tribus indígenas, y particularmente la

de los promaucaes, preparados para oponerse á sus avances, y aunque

Almagro salió siempre victorioso, juzgó por último que era insuficiente

el provecho de la conquista en proporción á los trabajos de los

conquistadores, y regresó con su ejército al Perú, en el año 1538.

Allí, después de haber dominado el Cuzco por un corto tiempo, fué

ajusticiado de orden de Francisco Pizarro, á los setenta y cinco años

de edad.

Pedro de Valdivia fué el otro capitán español que, en seguida,

designó Pizarro para llevar un ejército á Chile; así lo hizo, con 200

españoles y un numeroso cuerpo de peruanos, siguiendo el mismo camino

de Almagro; pero, como la marcha se hizo en verano, los soldados no

tuvieron que soportar el frío que tantos estragos causó á Almagro.

La recepción de Valdivia fué enteramente distinta de la que se le

dispensó á su predecesor. Los chilenos habían aprendido á odiar á la

vez que temer á los invasores. Cada paso se ganaba por la fuerza de las

armas, y las posesiones ó colonias establecidas por Valdivia fueron

destruídas repetidas veces. Ni el mismo Santiago, fundado en 1541,

encontró suficiente defensa con su ciudadela del Santa Lucía, porque

fué incendiada por los indios del valle de Mapocho mientras Valdivia se

hallaba en marcha hacia las orillas del Cachapoal para repeler á los

promaucaes.

A su regreso de esta expedición, envió á Alonso Monroy y á Pedro

Miranda, con seis compañeros más, á las fronteras del Perú en demanda

de socorros, habiéndoles dado frenos, estribos y espuelas de oro macizo

á fin de que pudieran tentar más fácilmente á los soldados europeos

á agregárseles. La pequeña compañía fué asaltada sin embargo por los

indios de Copiapó y sólo escaparon Monroy y Miranda. Conducidos ante el

jefe del valle, fueron condenados á muerte; pero la intercesión de la

mujer de éste los salvó. Este beneficio lo retribuyeron con la más baja

ingratitud. Como la hubieran traído varios de los caballos tomados á

los españoles, ella rogó á los prisioneros que le enseñaran á su hijo á

cabalgar; oportunidad que aprovecharon para escapar, apuñalando antes,

sin necesidad alguna, al hijo de la india y huyendo en seguida hacia el

Cuzco.

Esta ciudad estaba entonces gobernada por Castro, sucesor de Pizarro,

que otorgó el auxilio solicitado por Valdivia, y Monroy condujo por

tierra hasta Copiapó un corto número de reclutas, al mismo tiempo

que se despachaba por mar una fuerza considerable, bajo el mando

de Juan Bautista Pastene, noble genovés. Entretanto, Valdivia se

había apoderado de las ricas minas de oro del valle de Quillota, y,

penetrado de que no se podía hacer nada de eficacia sin comunicarse

por mar con el Perú, había comenzado á construir una embarcación en

la desembocadura del río Aconcagua, que nace cerca de las cumbres de

los Andes, atraviesa todo el valle de Quillota y se precipita en la

peligrosa bahía de Concon, entre las de Valparaíso y de Quinteros, que

no reciben ningún río de consideración.

En cuanto recibió los refuerzos de Castro, Valdivia ordenó

inmediatamente á Pastene que explorara la costa de Chile hasta el

estrecho de Magallanes; en seguida lo despachó al Perú en busca de

nuevos socorros, porque los indígenas iban poniéndose cada vez más

atrevidos, habiendo, recientemente, dado muerte á toda la compañía

de soldados que estaba de guarnición en las minas de oro cerca de

Quillota, quemado la embarcación recién construída, y destruído los

almacenes situados en la boca del río. Al recibir la noticia de tal

desastre, Valdivia dejó á Santiago, vengó la muerte de sus gentes

ejecutando cuanta crueldad fué posible sobre los infelices quillotanos

y levantó un fuerte para proteger las minas. En seguida, se adelantó á

encontrar los nuevos refuerzos que venían á las órdenes de Villagrán y

de Escobar, quienes le traían 300 hombres del Perú; y deseando tener

una base en la parte Norte de Chile, se fijó en la hermosa llanura que

se extiende á la desembocadura del Coquimbo, donde fundó, en 1543, la

colonia de La Serena, comúnmente llamada Coquimbo[1].

* * * * *

El año siguiente se señaló por haberse ganado la adhesión de los

promaucaes á la causa de los españoles, á los cuales fueron fieles

desde entonces, impelidos probablemente por recelo á sus inmediatos

vecinos los araucanos. Valdivia prosiguió entonces sus conquistas en

el Sur; pero, después de haber atravesado el Maule, fué derrotado en

Itata y se vió obligado á ir en persona al Perú en busca de refuerzos.

Durante su ausencia, los indios de Copiapó, que no habían olvidado el

alevoso asesinato de su joven jefe por Monroy y Miranda, cayeron sobre

un destacamento de cuarenta españoles, á los cuales dieron muerte, y

los de Coquimbo ultimaron á todos los habitantes y arrasaron hasta las

murallas de la nueva colonia. Inmediatamente se mandó á ese punto á

Francisco Aguirre, quien reconstruyó la ciudad en una situación más

conveniente, en 1549. Por fin, habiendo regresado Valdivia con un

considerable número de aventureros, fué reducida á la tranquilidad la

parte Norte de Chile, después de nueve años de incesantes y pesadas

fatigas de parte del jefe, quien distribuyó las tierras entre sus

más antiguos adictos, siguiendo las costumbres feudales que entonces

prevalecían en Europa.

Al año siguiente, Valdivia avanzó hacia el Sur hasta las márgenes del

Bio-Bio, cerca de cuya desembocadura, en la hermosa bahía de Penco,

fundó la ciudad de Concepción, en una de las más ricas y fértiles

provincias de Chile. Pero allí fueron contrastados sus progresos por

el cacique ó toqui Ailavilla, jefe de los araucanos, que cruzó el río

para socorrer á los indios de Penco y resistir hasta la muerte á los

invasores de su territorio.

Arauco es una provincia fértil y rica, que se extiende desde el Bio-Bio

hasta el Calle-Calle, muy boscosa por lo general, llena de cerros y

bien regada. Los naturales son fuertes, valerosos y amantes de su

libertad; hasta ahora no han sido nunca domados, y han resistido con

igual éxito los ejércitos de los Incas y los de los españoles. Ha sido

una fortuna para ellos el tener, entre sus enemigos, un poeta como

Ercilla que supo hacer justicia á su valor y preservó el recuerdo de

sus peculiares costumbres y de su constitución política, que le cupo

presenciar como testigo ocular, por haber tomado parte distinguidísima

en varias de las batallas que describe.

Entre la primera fundación de Concepción, en 1550, y su destrucción,

en 1554, la actividad de Valdivia había fundado la ciudad de Imperial

sobre el río, que forma un puerto en sus mismas murallas, la cual fué

durante el corto período de su existencia la más rica ciudad de Chile;

Villarrica, en las márgenes del lago de Lauquen; Valdivia, sobre el

Calle-Calle, que domina la bahía más cómoda y hermosa del Pacífico;

Angol, ó ciudad de la Frontera, y había levantado los fortines de

Puren, Tucapel y Arauco. Estos dos últimos fueron luego destruídos por

el cacique Caupolican, quien, auxiliado por Lautaro, jóven héroe de su

raza, venció á los españoles en una gran batalla, en la cual Valdivia

cayó prisionero y fué condenado á muerte.

Lautaro había sido tomado prisionero por Valdivia, quien lo educó y

destinó á su servicio. Parecía muy adicto á su señor y nunca había

manifestado deseos de unirse á sus connacionales hasta que, al verlos

derrotados en una batalla y que huían delante de la artillería

española, se sintió avergonzado, desgarró sus vestidos europeos, corrió

hacia sus compatriotas, y exhortándolos á seguirle, en nombre de su

país, los condujo á la victoria, que fué confirmada por la muerte de

Valdivia.

Desde ese día, pasó á ser su jefe principal. Villagrán, sucesor de

Valdivia, evacuó inmediatamente á Concepción, que fué incendiada por

Lautaro; pero, habiendo aparecido la viruela entre los araucanos, los

españoles se aprovecharon de la confusión que la mortífera enfermedad

introdujo entre aquéllos para reconstruir á Concepción, en 1555.

Lautaro atacó inmediatamente á los nuevos colonos, les destruyó una vez

más su ciudad y marchó directamente hacia Santiago. En el camino, sin

embargo, fué sorprendido por Villagrán á quien un espía había conducido

por un paso secreto hasta la playa, donde los araucanos habían acampado

en un paso entre un alto cerro y el océano. Cayó sobre ellos al

rayar el alba, en el momento mismo en que Lautaro se había recogido

á descansar, después de haber velado durante la noche. Lautaro, que

corrió á ponerse al frente de su ejército en cuanto oyó que se acercaba

el enemigo, fué herido de muerte en el corazón, antes de que pudiera

dar sus órdenes para el combate; su gente pereció toda, dejando á sus

enemigos el recuerdo de su valor incontrastable y la admiración de las

virtudes del joven héroe, que al morir á los diez y nueve años de edad,

dejó un nombre culminante en la historia del patriotismo.

* * * * *

Después de la muerte de Lautaro, los españoles reconstruyeron á

Concepción, fundaron á Cañete y descubrieron el archipiélago de Chiloé.

Ercilla, que acompañaba á los descubridores, inscribió en un árbol unos

versos que recordaban su nombre y la fecha del descubrimiento, 31 de

Enero de 1558. La ciudad de Osorno fué fundada al regreso de Chiloé.

Con este período acaba la _Araucana_ de Ercilla, poema que comprende

los sucesos ocurridos en los nueve años que el poeta sirvió en el

ejército de Sur-América. A su regreso á España, Ercilla continuó

figurando en las guerras europeas, bajo Felipe II. La continuación

del poema, por Santisteban Osorio, dista mucho de poseer el mérito

del de Ercilla, no abarca más allá de la muerte del segundo cacique

Caupolican, el dominio temporal de Arauco y la desaparición de sus

jefes.

Pero mientras los españoles se ocupaban de la invasión de Tucumán y de

levantar las ciudades de San Juan y Mendoza, allende los Andes, los

araucanos se preparaban en silencio para nuevas guerras, y antes de que

se les afrontara, abandonaron sus selvas y destruyeron la ciudad de

Cañete, que fué reconstruída, sin embargo, en 1665, por Villagrán el

joven, que había sucedido á su padre en el gobierno. Al año siguiente,

Ruiz Gamboa fué enviado á tomar posesión de Chiloé y fundó la ciudad de

Castro y el puerto de Chacao.

Durante este tiempo, la prolongación de la guerra en una provincia tan

importante como Chiloé y la consideración de los grandes inconvenientes

para apelar al Perú en todas las causas de jurisdicción civil ó

criminal, indujeron á Felipe II á establecer un Tribunal de Audiencia

en Concepción; pero, habiéndose arrogado la Audiencia tanto la

autoridad civil como militar, empeoró muy luego la situación y fué, en

consecuencia, suprimida el año 1575. Hubo entonces una suspensión de

hostilidades entre españoles y chilenos, que duró cerca de cuatro años,

debido en gran parte á los efectos de un terremoto, que desoló una

grande extensión del territorio.

Los araucanos emplearon diligentemente este intervalo en buscarse

aliados entre los indios vecinos, y consiguieron que los pehuenches,

tribu de la montaña, y los chequillanes, los más salvajes de los

indios, los ayudaran á resistir á los españoles, y continuó así la

incesante lucha que ha señalado el gobierno de todos los capitanes

generales desde el tiempo de Valdivia.

A pesar de estos continuos disturbios en el Sur, la cantidad de metales

preciosos extraídos de Chile, la fertilidad de sus tierras y la bondad

de su clima, comenzaron á atraerle la atención de otras naciones. Los

ingleses, bajo sir Thomas Cavendish, que arribó con tres buques en

1586, intentaron establecer una posesión en la bahía de Quinteros; pero

fueron inmediatamente atacados y desalojados por los españoles, que

no sufrían que nación alguna se entrometiera en sus nuevos dominios.

Más desgraciada fué todavía la segunda expedición, á las órdenes de

sir John Narborough, durante el reinado de Carlos II, porque la flota

entera zozobró en el estrecho de Magallanes.

Los holandeses intentaron también, en 1600, establecerse en la isla de

Chiloé, adonde arribaron con cinco buques, y comenzaron por saquear la

posesión y por asesinar á los moradores; pero, en una ocasión en que la

tripulación del comodoro desembarcó cerca de Talca, los indios cayeron

sobre ella y la destruyeron, lo que indujo á los demás á abandonar la

empresa. Durante este tiempo, los araucanos, dirigidos por Paillamachu,

habíanse coaligado con las demás tribus de indios, hasta los del

archipiélago de Chiloé.

Todo español que se aventuraba fuera de los fuertes caía asesinado, y

las ciudades de Osorno, Valdivia, Villarrica, Imperial, Cañete, Angol,

Goya y los fortines de menor importancia, fueron sitiados. Concepción y

Chillan fueron incendiados, y en poco más de tres años desaparecieron

todas las poblaciones establecidas por Valdivia y sus sucesores,

entre el Bio-Bio y Chiloé. Sus habitantes, extenuados por el hambre,

cayeron prisioneros, siendo repartidos entre los indígenas los solteros

de ambos sexos; á los casados se les permitía conservar sus mujeres

y sus familias. Los descendiente de estos prisioneros, han figurado

después entre los más acérrimos enemigos de los españoles, habiendo

mejorado con su trato las relaciones de la vida civil de los indígenas.

El afortunado cacique murió el año 1603, un año después de la toma de

Osorno, que fué la última plaza que redujo.

Para prevenir la frecuencia de estos desastres se estableció en la

frontera, el año 1608, un cuerpo de 2.000 hombres de tropas regulares,

que sirvió para prevenir toda intentona seria de parte de los indios

para invadir los distritos del Norte; pero no pudo reprimir sus

incursiones de rapiña, y Arauco continuó libre.

En 1609, la Audiencia, que había sido suprimida en Concepción, fué

restablecida en Santiago, ciudad que, si bien se hallaba lo bastante

lejos de la frontera para no temer las incursiones de los indios,

quedaba, en cambio, muy distante del mar, á noventa millas de

Valparaíso, su puerto más vecino.

Esta situación tuvo, sin embargo, sus ventajas en aquella época, porque

dejaba á la capital lejos del alcance de los aventureros franceses,

holandeses é ingleses que entonces turbaban la tranquilidad y amagaban

las posesiones de los españoles en las playas del Pacífico.

En 1638, los holandeses trataron de celebrar una alianza con los

araucanos para obtener así posesión de Chiloé; pero éstos rehusaron

todo trato con los europeos y destruyeron las guarniciones que los

holandeses habían desembarcado en las islas de la Mocha y en Talca. Sin

descorazonarse por este descalabro, aquella raza emprendedora volvió en

1643 con una numerosa flota, tropas y artillería; tomó posesión de la

abandonada Valdivia y comenzó á construir tres formidables fortalezas

á la entrada de la bahía. Pero los indios no sólo les rehusaron

el concurso de sus brazos, sino que les negaron las provisiones,

obligándolos á abandonar la plaza tres meses después de haber arribado

á ella.

Los españoles se aprovecharon de la labor de los holandeses, acabaron

sus fuertes y fortificaron la isla de Mancera. Desde entonces no fué

turbada esa colonia, hasta la última revolución.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 1 / 35 段