--Cortando campo se acorta el camino--exclamó con violencia Sebastián.
Y Carlos, calmoso, respondió:
--No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos...
--¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos!
---Eso no es razón; el mesmo respeto merece la propiedá del pobre y del
rico... Pero quería decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de
leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de
cárcel.
--¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los hombres!...
---Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la
vergüenza.
--¿Es provocación?...
--No, es consejo.
--Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no
hay nada. Dispués que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos,
p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los oídos:
«¡No te lo había dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!»... «La
culpa'e la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»... Y d'esa
laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos...
--Hacé tu gusto en vida--contestó Carlos;--pero dispués no salgás
escupiendo maldiciones a Dios y al diablo.
* * * * *
Hace un frío terrible y el cielo está más negro que hollín de cocina
vieja.
De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un
finísimo relámpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de
un trueno que reventó en lo remoto del cielo.
Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo,
como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla
formidable.
Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el
interior del ombú.
Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueño,
olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto...
El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida
por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rápidamente hacia el
higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen
ruido alguno al avanzar sobre la hierba húmeda.
Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, las sintió e inició
un ladrido que Carmelita logró apagar acariciándole la gruesa testa.
Gruñó, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursión
nocturna, pero en su respeto a la «patroncita» tornó a echarse, dejando
libre el paso.
Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la
huerta, encontráronse en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada.
--¡Tengo miedo!--exclamó.
--¿Miedo a qué?...--respondió la parda con un dejo despreciativo.
--¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!...
--¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando Sebastián la espera en
sus brazos!... ¿Qué daga es capaz de sacarle chispas a la daga de
Sebastián?...
--¡Tengo miedo a Dios!...
--¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está muy ocupao pa meterse
en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular
delito. Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, ¿y
no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese
dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y más fiero que pichón de
venteveo... ¡Salga d'iai!
--No sé... será... ¡tengo miedo!...
* * * * *
Después de la conversación tenida con Sebastián, Carlos se abismó en
cavilaciones. Sabedor del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita,
su conciencia de hombre honrado encontránbase en doloroso conflicto.
Sebastián era su mejor amigo, su «hermano»; pero el padre de la
muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. ¿Qué hacer?...
¿Poner a éste en conocimiento de resolución tomada por los novios
ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza
oficiar de delator; obraría por su propia cuenta, por más que reconocía
temeraria tal determinación.
Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y con desgano y se encaminó
a la portada del «alto grande», donde su amigo, según se lo había
comunicado, debía esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia.
A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirtió, junto
al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado,
y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, se encaminó hacia él.
Pronto se reconocieron.
--¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy bastante crecido para poder
andar sin ladero!--exclamó agriamente el galán.
--A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompañarlas
pa evitar que se disgraceen en alguna travesura--respondió, tranquilo
siempre, el amigo.
--Yo no preciso; gracias, y andate.
* * * * *
--P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos cerquita...
--No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, ¡no quiero, no
quiero!... ¡Pobre tata, se moriría de pena y de vergüenza!...
Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste del alambrado a su
caballo, y, pasando por entre los hilos, fué al encuentro de su prenda.
Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y Carmelita, exclamó con
expresión autoritaria, dirigiéndose a ésta:
--¡Vuélvase en seguida pa las casas!...
--¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!--gimió la moza.
--¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?--profirió con
insolencia la parda.
--¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas a talerazos!...
Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo:
--Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer aquí?
--A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...
--¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de
que somos amigos...
--No--respondió Carlos con imperturbable serenidad.
Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su amigo, con un rápido y
recio golpe de rebenque en la muñeca, le hizo volar el arma.
Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó la pistola, apuntó e
hizo fuego.
A la detonación siguió un grito angustioso de Carmelita, que herida en
medio del pecho, se desplomó sobre la hierba blanda y húmeda del campo.
Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, puso la diestra sobre el
hombro de su amigo aterrado y dijo con expresión de inmensa pena:
--¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo es alargar el
camino?...