Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida plantación de naranjos a
espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás
de las altísimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del
Paraná.
A la entrada del naranjal se alzaba la población, sencillo y alegre
edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos
cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los días del año.
Del lado del sud, tres cambanambís las defienden contra los vientos
malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las
exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres
le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre.
Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas
correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se
divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las
plantaciones.
Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, Misia Micaela, y de su
hija Ubaldina, la mayor parte del año; sobre todo, después que esta
última hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia.
La niña--que a la reinstalación de la familia en la casa solariega,
contaba apenas quince años,--amaba apasionadamente aquella existencia,
donde parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante el contínuo
clamoreo de las aves y el cantar sin más tregua que las sombras
nocturnas, de los pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban
míriadas. Silencio engañador y tan aparente como el aspecto de quietud
y de inercia que ofrecía aquella activísima colmena.
Cada vez que, era indispensable--por razones particulares o de
obligación social, hacer «un viaje» a la ciudad--veinticinco minutos
de trote perezoso del viejo tronco tordillo,--Ubaldina lo hacía
contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad
perfumada de su nido.
No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. Había recibido una
educación esmerada, y poseía, como casi todas las niñas correntinas,
intensa afición por las artes, desde la música y la literatura hasta
los prodigiosos primores de la aguja.
Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo.
Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tenía
un color trigueño extremadamente, palidez que hacía resaltar la negrura
de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.
Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada por ningún capricho,
por ningún deseo extravagante. El amor no había aún hablado a su
corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetería,
los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos.
Sin embargo, el despertar estaba próximo. Un verano fué a pasar las
vacaciones en la finca; su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba
terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires.
El mozo logró intimar muy pronto con ella. Su conversación frívola y
voluble la entretenía como el incesante, y bullicioso revolotear de los
gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacían reir.
El también reía, burlándose de la seriedad de «Mamita», como la había
apodado. Después de la cena, en las espléndidas noches de triunfo
lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume
capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando
todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, inmóvil, el bello
rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la
fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez él le dijo:
--¿Le ha puesto candado a la boca, «Mamita»?
--Sí; y he perdido la llave--respondió ella sonriendo.
--Yo sé dónde está--replicó el mozo.
--¿Dónde?
--Dentro de su corazón; y si usted me lo permite yo entraría a sacarla.
Ruborizóse Ubaldina y respondió con visible emoción:
--No sé cómo iba a entrar...
--De la única manera como se entra en un corazón de mujer: con la
ganzúa del amor...
Rómulo también habíase sentido emocionado extrañamente, cual si
advirtiera recién que la frívola camaradería se hubiese transformado
en un sentimiento más hondo...
* * * * *
Después de un año de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven
matrimonio regresó al terruño, con gran contentamiento de Ubaldina,
en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar
el cariño a la casita rústica, a los camanambíes, que parecían tres
formidables esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde del
plantío, a las aves y los pájaros familiares, y, sobre todo ello, a los
viejos genitores.
Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto la nostalgia de las
bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretextó
urgentes asuntos y se marchó a la capital.
Era a la entrada del verano. Poco después la ciudad paranense se sintió
flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las
primeras en trasladarse con su madre al foco epidémico y en prodigar
sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida
del implacable mal.
Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» de su esposa y
ordenando que regresara a la finca.
La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera
vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrépida
solicitud se le habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas de
víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con atroz ferocidad.
Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo más remedio que acudir
al llamado de la familia, pero se negó rotundamente a penetrar en la
habitación de la paciente.
--¡No puedo!, ¡no puedo!--alegaba;--¡me partiría el corazón verla en
ese estado!...
Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprobó
su conducta, diciendo:
--Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber
que está acá me siento feliz...
La mayor parte del día y una buena parte de la noche, pasábalas Rómulo
paseando por el naranjal y tomando todo género de precauciones para
esquivar la contaminación.
--¡Qué macana!, ¡pero qué macana!--monologaba--¿Qué necesidad tenía
esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a
desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un
servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero
exponerse así, no tiene nombre!...
Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres son iguales, del último
que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un
sentimiento estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia...
¡Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por
Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es
necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca más que Juan de los
Palotes, por más talento que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me
voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea,
ridículamente picada por la viruela... ¡Qué macana!... ¡qué macana!...
Hacía rato que había caído la noche cuando regresó a la casa. Al
penetrar en la glorieta notó algo insólito que le hizo presumir
la catástrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin
encender...
Detúvose conturbado. Esperó.
Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia él, y anegada en
lágrimas, balbuceó:
--¡La pobrecita!...
--¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras fueron para usted,
pidiéndole que la perdone!...
Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademán de
tenderle los brazos, él retrocedió bruscamente, experimentando un
escalofrío de miedo, y sin poder refrenar su brutal egoísmo, exclamó
con rabia:
--¡Qué macana!... ¡qué macana!
Y luego guardó silencio, pensando, sin duda, en su proyecto de viaje a
Italia, malogrado por la «absurda imprudencia» de su esposa...