POR QUÉ BASILIO MATÓ UN FRAILE

Al sentir la detonación del escopetazo y ver caer del caballo al padre

Jacinto con la cabeza deshecha, Alfonso, horrorizado, taloneó al

matungo, le aflojó la rienda, cruzó a galope el vado y siguió a escape

por el camino real, sin dirección y sin propósito.

Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de la espantosa escena

presenciada. En los tres años que llevaba al servicio del padre

Jacinto, había tenido oportunidad de ver muchos muertos, y de ver

morir; pero nunca había visto matar a nadie.

Al pasar, disparando por frente a la comisaría rural, un milico que lo

vió y supuso iba con el caballo desbocado, montó, salió a su encuentro

y lo detuvo.

El chico sintió crecer su espanto, porque para la mentalidad

objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un

triángulo con tres vértices igualmente aguzados y peligrosos: el

delincuente, la policía y el juez.

La turbación del muchacho, infundió sospechas. Se le sometió a un

interrogatorio y él respondió contando lo que sabía y lo que había

visto. Su declaración decía textualmente así:

«El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, el padre Jacinto y

yo para hacer una gira por la campaña. El padre Jacinto era un cura

jovencito, recientemente nombrado teniente en la parroquia. Parecía muy

pobre, y el párroco, que era viejo y achacoso, le cedió la oportunidad

de ganarse muchos pesos, casando y cristianando en excursión campera.

«Habían andado ocho días con resultado bastante halagüeno. Realizaron

muchos casamientos y la mar de bautizos, lo que importó una buena suma

de dinero y con muy escasos gastos, porque el alojamiento siempre era

gratuito y aún no se había consumido una tercera parte de la damajuana

de agua bendita que Alfonso llenó en la cachimba del fondo de la

iglesia.

«El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba contentísimo. Tanto,

que habiendo encontrado en el camino un buhonero árabe, le compró el

mejor par de caravanas que llevaba, sin duda para ofrendárselas, a la

vuelta, a María Santísima, u otra tan virgen como María.

«Todo marchaba muy bien, cuando en el caer de una tarde, iban

acercándose a un arroyito, traspuesto el cual, y andadas un par de

leguas, debían llegar a la estancia de un viejo muy viejo, muy pecador

y muy miedoso, candidato seguro, por esas tres circunstancias, a

recompensar generosamente la acción purificadora del joven y santo

varón, que iba por los campos con la sagrada encomienda de desinfectar

las almas contaminadas con el pecado ambiente.

«Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre que estaba sentado bajo

un tala, con una escopeta en la mano y al parecer abstraído en la

contemplación del pajonal inmediato, levantó bruscamente la cabeza, se

echó el arma a la cara e hizo fuego.

El comisario y su escribiente se miraron.

¿Sería Basilio?

--Cómo era el hombre de la escopeta,--preguntó el comisario.

--No sé,--respondió el chico.

--¿Huyó después del crimen?

--No sé tampoco.

Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mandó

al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio.

Este no opuso la menor resistencia.

Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo y con la misma

tranquilidad se presentó al otro día ante el comisario, quien,

conociéndolo de largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo bueno, muy

trabajador, muy retraído, se asombraba de que hubiese cometido aquel

crimen alevoso. Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. Por esa

razón, empezó a interrogarlo bondadosamente.

--El sargento me dijo que vos te habías confesado autor de la muerte

del padre Jacinto, ¿es verdad?

--Es verdad, si señor,--respondió Basilio con la mayor calma del mundo.

--¿Qué te había hecho?

--Nada.

--¿Lo conocías?

--No.

--¿Por qué lo mataste, entonces?

--Porque era fraile.

El comisario López, paisano vivaracho, que había visto mucho en sus

cincuenta años de vida, que conocía uno por uno a los hombres del pago,

se quedó observando atentamente al criminal. ¿Qué misterio entrañaba

aquel crimen inexplicable?

Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, había

heredado la pequeña propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos

matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Vivía solo.

Sólo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le

veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocían

vicios, ni amigos. Tenía fama comarcana de trabajador y honesto...

--Amigo Basilio,--insistió afectuosamente el comisario,--hábleme con

franqueza. Yo lo estimo y trataré de ayudarlo en lo posible... Usted

es un vecino serio, un hombre juicioso y algún motivo debe tener para

haber cometido ese delito... ¿Por qué mató al padre Jacinto?

--Ya dije: porque era fraile.

--¿Usté enemigo de la religión?

--¿Yo?... ¡No!... Hay unos que creen, hay otros que no creen: pa mí es

lo mesmo.

--¿Pero usted no cré?

--¿Yo?... ¡Yo no sé!... ¡Qué vi'a saber yo, que soy un bruto!...

--Pero les tiene odio a los frailes.

--¡Ah! ¡Eso sí!

--¿Por qué?...

Basilio se rascó la cabeza. Luego dijo:

--Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he

trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los

animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuavía

un mocoso, mi padre me dió una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de

casa... Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé con el

cura... Eramos dos muchachos y nos tenía dende el amanecer trabajando

en la quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, y gracias. Y eso,

escasa, porque toda la comida era poca para él, y a cada rato nos

retaba y nos pegaba.

«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres.

Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o

una docena de güevos... pero si venían a pedirle que dijese una misa

por el alma de un finao, no había caso sin pintar la moneda.

«Don Antonio,--se llamaba don Antonio e fraile,--se murió de una

indigestión. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron

porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron un viejo gordo que

no hacía más que comer, chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí...

Anduve rodando, trabajando y cuando murió el finao mi padre y me tocó

el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la

chacra...

Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo y luego respondió:

--«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras que me comían el maíz, y

a los zorros que me mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto

por el mal que me hacían, sinó porque son unos haraganes inservibles

que viven del trabajo ajeno... Ayer de mañana me encontré que los

zorros me habían muerto cinco corderitos... De tardecita cargué la

escopeta y los juí a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta

me olieron, porque no salía ninguno del escondite... Llevaba dos horas

perdidas allí, dos horas que me hacían falta pa desgranar unas fanegas

de maíz... ¡Y eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No aparecía

ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile y le prendí juego!...

Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y,

mirando al comisario con sus grandes ojos, concluyó:

-Jué asina no más que maté al fraile.

¡LINDO PUEBLO!

Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: cada año que

trascurre se achica algo más.

Tiene muchas calles y pocas casas, un par de docenas de ranchos, a

lo sumo; cuentan que antes hubo más; pero se fueron secando como los

paraísos de la plaza.

Y a medida que disminuye la población humana, aumenta la perruna.

Hay en el pueblo una enormidad de perros; pero como todos son perros

pobres, le temen a la policía y no se meten con las personas. De qué

viven, nadie lo sabe, lo mismo que nadie sabe de qué viven las tres

cuartas partes de los habitantes del pueblo. Don Macario--a quien

interrogamos al respecto--nos ilustró diciendo:

--En verano, de siesta, mate amargo y máiz asao.

--¡Pero si yo no veo aquí ninguna planta de maíz!

--No; pero a media legua, o tres cuartos de legua de aquí, hay

estancias que tienen chacras.

--¡Comprendo!... ¿Y en invierno?...

--En invierno, es fácil agenciarse una o dos ovejas por semana.

--¿Cómo?

--Pues... carniando como los zorros, en las noches oscuras.

La siesta era, en efecto, algo así como un vicio en Ivirapitá. Debían

dormir durante todo el día, pues aparte de algunos chicos haraposos y

de los perros famélicos, rara vez se veía un transeunte por la calle,

cuyas pasturas proporcionaban abundante alimento a los matungos de la

policía y a las mulas del pulpero, único comerciante del pueblo.

Allí no había iglesia, ni farmacia, ni panadería, ni carnicería, ni

mucho menos escuela; y en cuanto a la policía, estaba constituída

por un cabo y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en la

trastienda de la pulpería, chupando ginebra y jugando al truco.

--¡Parece mentira que ni gallinas se vean en este pueblo!--exclamamos.

--Antes habían muchas; pero se acabaron.

--¿Alguna peste?

--No. Como aquí ningún solar tiene muros, las gallinas se iban a la

calle y fulano se comía las de zutano, zutano las de mengano, y así

hasta que las concluyeron.

--¿Y la policía?...

--La polecía ayudó bastante, hay que decirlo, comiendo de las de todos,

sin hacer preferencias ni enjusticias. El cabo Pérez, lo mesmo que los

melicos, son muy güenos, no incomodan a naides.

--¡Lindo pueblo!

--Lindazo.

--¿Y nunca vienen forasteros?

--Allá por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aquí hasta las

mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren

galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de ño Facundo y

a los trigales del rengo Alfonso...

Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cómica:

--Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristán y tres

manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como

cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpería... Al otro día,

cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa

prenderlas al breque...

--¿Se habían ido los caballos?

--Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los

manates...

--¿Y no descubrieron a los ladrones?

--Hast'aura, no.

--¿Y cuándo fué eso?

--Va como pa diez años.

--¿Entonces, para qué está la policía; para qué sirve la policía?...

El viejo gaucho nos miró con expresión de asombro y respondió sin asomo

de ironía:

--¿Cómo pa qué sirve?... ¿Y las votaciones quién las iba hacer?...

--¡Lindo pueblo!

--Lindazo; aquí tuitos viven y los que tienen habelidá viven bien.

--¿Y usted de qué vive?

--¿Yo?... Yo tengo más habelidá que ninguno... sacando el pulpero, se

entiende...

--No comprendo qué negocios puede hacer el pulpero con gentes que no

tienen nada ni trabajan en nada.

--Que no tenemos nada, es verdá; pero trabajar, trabajamos, y le

vendemos cueros, cerda, plumas de ñandú y de cuando en cuando una

puntita'e ganao.

--¿Y de dónde sacan todo eso?

--¡De donde haiga, pues!... ¡Pucha que había sido lerdo!...

Ranchos (Costumbres del Campo) · 第 33 / 72 题