Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer bar que se ofreció a
mi paso.
Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.
En los muros laterales, encerrados en marcos de color terroso parecían
dormitar Thiers y Gambetta, Grevy y Carnot, con los rostros maculados
por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando sobre la anaquelería
indigente que se encontraba detrás del mostrador, un espejo oval lucía
su luna turbia protegida por un tul amarillo.
Me senté, pedí un chopp, y mientras bebía el inmundo brebaje, observaba
el recinto.
En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado un parroquiano.
Aparentaba más de cuarenta años; la vestimenta, trabajada; la barba,
canosa y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia ocracio y
demacrado.
Tenía por delante una copa de licor casi intacta, y entre sus dedos
enflaquecidos, azulados, sostenía en alto un periódico. Simulaba leer.
La mirada, turbia y vaga, parecía un riacho helado.
Aquel hombre me atrajo, quizá por su visible tristeza, quizá por su
evidente penuria moral. No recuerdo con qué pretexto entablamos
conversación.
Hablamos, es decir, él habló, contándome su historia. En la
incoherencia del relato, en el ilogismo de algunos episodios, en la
inverosimilitud de ciertos hechos, advertí que mentía, que mentía a
cada instante, con la obstinación de un maniático, con la indisciplina
mental de un beodo. Pero, en realidad, no mentía: inventaba para
explicar con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, las caídas y la
bancarrota de su ser moral.
Más o menos suprimidas las digresiones, me dijo lo siguiente:
--Yo era huérfano y disponía de una fortunita. Era débil, necesitaba un
apoyo, un sostén. Hallé una mujer que me gustó; ella gustó de mí: nos
casamos. Modestos y económicos los dos, vivíamos muy bien con la escasa
renta de mis bienes. A seguir siempre así hubiéramos sido felices. Pero
los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, se indignaron
de que yo, siendo joven y fuerte, dejase transcurrir los meses y los
años sin otra ocupación que cuidar mi jardín, vigilar las aves, jugar
con los chicos y leer los folletines de los diarios. Al fin llegaron
a convencernos--a mi esposa primero, a mí después,--que aquella
existencia era indecorosa, que debía trabajar en algo.
«Debo advertir que yo no era haragán, no; no era haragán; pero era un
inútil, sin iniciativa, sin energías, sin voluntad. Esa es la palabra,
sin voluntad.
»Así se lo expliqué a mi esposa, agregando que me parecía cosa
temeraria aventurar nuestro bienestar; pero ella me convenció de lo
contrario, diciéndome que sus parientes encontraban deshonesto mi modo
de vivir, y que debían tener razón, siendo personas serias.
«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir consejos a mis avisados
parientes. El más competente de entre ellos--el más rico,--se expresó
de este modo:
--La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.º
No tener ningún vicio ostensible; 2.º No dejarse engañar por el
vendedor; 3.º Engañar siempre al comprador; 4.º Pagar derechos de
aduana solamente por la tercera parte de las mercaderías importadas;
5.º Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum y exigiéndoles el
máximum de trabajo posible.
«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Creí
en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No
supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, pagué con largueza
a mis empleados y... ¡claro!... me fundí.
«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi esposa:
--¡Es natural! No sirve para nada.
«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. La miseria invadió mi
casa; las deudas me estrangularon. En esa situación, los honorables
parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos.
Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del
marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila
la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos
más tarde, conforme al quinto precepto del éxito comercial.
Dolorido, preguntéle:
--¿Y usted?
--¿Yo?--respondió amargamente.--Yo soy un inútil.
Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome con ojos vidriosos, con
una mirada opaca de agonizante, agregó:
--¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera en mí un resto de
voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habría aceptado la
sangrienta caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!...
Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera
cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre
el pecho...
Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento para alejarme,
que colmadas de tristezas propias hállanse mis alforjas.