EN EL ARROYO

El verano encendía el campo con sus reverberaciones de fuego, brillaban

las lomas en el tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los

bajíos cien flores diversas de cien hierbas distintas, bordaban un

manto multicolor y aromatizaban el aire que ascendía hacia el ardiente

toldo azul.

En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeño cerro, veíanse unos

ranchos de adobe y paja brava, circundados de árboles. El amplio patio

no tenía más adornos que un gran ombú en el medio y en las lindes unos

tiestos con margaritas, romeros y claveles. El prolijo alambrado que lo

cercaba tenía tres aberturas, de donde partían tres senderos: uno que

iba al corral de las ovejas, otro que conducía al campo de pastoreo, y

el tercero, más ancho y muy trillado, iba a morir a la vera del arroyo,

distante allí un centenar de metros.

El arroyo aquel es un portento; no es hondo, ni ruge; sobre su lecho

arenoso la linfa se acuesta y corre sin rumores, fresca como los

camalotes que bordan sus riberas y pura como el océano azul del

firmamento. No hay en las márgenes palmas enhiestas representando el

orgullo florestal, ni secas coronillas, símbolo de fuerza, ni ramosos

guayabos, ni virarós corpulentos. En cambio, en muchos trechos vense

hundir en el agua con melancólica pereza las largas, finas y flexibles

ramas de los sauces, o extenderse como culebras que se bañan, los

pardos sarandíes. Tras esta primera línea de vegetación vienen los

saúcos, el aragá, el guayacán, la arnera sombría, los ceibos gallardos,

y aquí y allí, encaramándose por todos los troncos, multitud de

enredaderas que, una vez en la altura, dejan perder sus ramas como

desnudos brazos de bacante que duerme en una hamaca.

Los árboles no se oprimen, y, a pesar de sus opulentas frondescencias,

caen a sus plantas, en franja de luz, ardientes rayos solares que besan

la hierba y arrancan reflejos diamantinos al montón de hojas secas. Hay

allí sitio para todos; entre el césped corren alegres las lagartijas;

en el boscaje centenares de pájaros inspiran amores en la puerta del

nido; las mariposas de sutiles alas policromas vuelan libando flores,

y allá, en la cinta de agua que parece un esmalte de nácar sobre el

verde del bosque, saltan las mojarras de reluciente escama, cruzan,

serpenteando veloces culebrillas rojas parecidas a movibles trozos de

coral, y, de cuando en cuando, con rápido vuelo sigiloso un martín

pescador proyecta su sombra, rompe el cristal con su largo pico y se

eleva conduciendo una presa.

En una cálida mañana de diciembre, una joven, en cuclillas junto al

agua, lavaba afanosamente. De tiempo en tiempo cesaba de refregar,

sacudía las manos y se las pasaba por la frente a fin de quitar el

sudor o volver a su sitio una mecha rebelde. Concluído el trabajo, la

joven se puso de pie, hizo un lío con las piezas lavadas y se escurrió

por un sendero hasta llegar a un playo, donde extendió las ropas,

cantando bajito unas coplas maliciosas.

Luego quedó un rato indecisa, y al fin echó a andar hacia el fondo del

patiecito. Cuando llegó a la arboleda arrancó una flor de ceibo, que

puso entre sus labios tan rojos como la flor, y recostada en el árbol

detúvose pensativa.

Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito apareció en el playo

un mocetón fornido, de tez morena, de simpático rostro. Iba con el

sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues

lo había llenado de frutos de _ñangapiré_, cubiertos por un gran ramo

de margaritas. Ya cerca de la joven, tendió torpemente el brazo,

ofreciéndole el ramo.

--Tomá.

Ella lo tomó y respondió contenta:

--¡Qué lindas!... gracias...

Y después, mirando el sombrero:

--¿Qué trais ahí?

Y sin darle tiempo para responder, metió la mano traviesa y tomó un

puñado de frutas que llevó golosamente a la boca.

--¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?...

El mocetón, con el labio péndulo y la mirada embobada, se quedó

mirándola.

--¿No me das esa flor?--dijo de pronto, refiriéndose a la de ceibo que

la niña había dejado caer al suelo.

--¡Esa no!--contestó ella con viveza.--¡Es muy ordinaria!... ¡Tomá

ésta!--y le ofreció un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó

con mano trémula y abrazándola con la mirada suspiró:

--¿De verdá me querés, Clota?

Ella lo miró fijamente, dando una expresión severa a su linda cara

morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo:

--¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!...

Palideció el gauchito; honda pena anubló su semblante, y entonces ella,

acercándose, le echó los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole

el labio hasta hacer brotar la sangre...

Ranchos (Costumbres del Campo) · 第 13 / 72 题