hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita (_Apartándose de la ventana
vuelve despues._) amiga, por Dios, ten cuidado y si oyeres algun
rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien
está tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay! D. Felix,
nunca le he visto á usted tan tímido... (_Tiran desde adentro una
carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca hace ademan
de buscarla, y no hallándola, vuelve á asomarse._) No, no la he
cogido, pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que
llegue el dia los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?...
Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de usted se lo
manda... ¿Y cómo le parece á usted que estará el mio?... No me cabe
en el pecho... Diga usted.
(_Simon se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer._)
RITA. Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
D.ª FCA. ¡Infeliz de mí!... Guíame.
RITA. Vamos... (_Al retirarse tropieza Rita con Simon. Las dos se van
apresuradamente al cuarto de Doña Francisca._) ¡Ay!
D.ª FCA. ¡Muerta voy!
ESCENA III.
D. DIEGO, SIMON.
D. DIE. ¿Qué grito fué ese?
SIMON. Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.
D. DIE. Acércate á esa ventana, y mira si hallas en el suelo un
papel... ¡Buenos estamos!
SIMON. No encuentro nada, señor.
(_Tentando por el suelo cerca de la ventana._)
D. DIE. Búscale bien, que por ahí ha de estar.
SIMON. ¿Le tiraron desde la calle?
D. DIE. Sí... ¿Qué amante es este?... ¡Y diez y seis años, y criada
en un convento! Acabó ya toda mi ilusion.
SIMON. Aquí está.
(_Halla la carta y se la dá á D. Diego._)
D. DIE. Vete abajo y enciende una luz... En la caballeriza ó en la
cocina... Por ahí habrá algun farol... Y vuelve con ella al instante.
(_Vase Simon por la parte del foro._)
ESCENA IV.
D. DIE. ¿Y á quién debo culpar? (_Apoyándose en el respaldo de una
silla._) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tias, ó yo?...
¿Sobre quién, sobre quien ha de caer esta cólera, que por mas que lo
procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á
mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan alagüeñas concebí! ¡Qué felicidades
me prometia!... ¡Zelos!... ¿Yo?... ¡En que edad tengo zelos!...
Vergüenza es... ¿Pero esta inquietud que yo siento, esta indignacion,
estos deseos de venganza de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos?
Otra vez parece que... (_Advirtiendo que suena ruido en la puerta
del cuarto de Doña Francisca, se retira á un extremo del teatro._) Sí.
ESCENA V.
RITA, D. DIEGO, SIMON.
RITA. Ya se han ido... (_Rita observa y escucha, asómase despues á la
ventana y busca la carta por el suelo._) ¡Válgame Dios!... El papel
estará muy bien escrito; pero el señor D. Felix es un grandísimo
picaron... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni
perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido! ¿Y
este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese...
¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira.
SIMON. Ya tenemos luz. (_Sale con luz. Rita se sorprende._)
RITA. ¡Perdida soy!
D. DIE. ¡Rita! ¿Pues tú aquí? (_Acercándose._)
RITA. Sí, señor, porque...
D. DIE. ¿Qué buscas á estas horas?
RITA. Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oimos un ruido tan
grande...
SIMON. ¿Sí, eh?
RITA. Cierto... Un ruido y... Y mire usted (_Alza la jaula que está
en el suelo._) era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene
duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está, vaya...
Algún gato habrá sido. Preciso.
SIMON. Sí, algun gato.
RITA. ¡Pobre animal! Y qué asustadillo se conoce que está todavía.
SIMON. Y con mucha razon... ¿No te parece si le hubiera pillado el
gato?...
RITA. Se le hubiera comido.
(_Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared._)
SIMON. Y sin pebre... Ni plumas hubiera dejado.
D. DIE. Tráeme esa luz.
RITA. ¡Ah! Deje usted encenderemos esta, (_Enciende la vela que está
sobre la mesa._) que ya lo que no se ha dormido...
D. DIE. ¿Y Doña Paquita duerme?
RITA. Sí, señor.
SIMON. Pues mucho es que con el ruido del tordo...
D. DIE. Vamos. (_D. Diego se entra en su cuarto. Simon va con él
llevándose una de las luces._)
ESCENA VI.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
D.ª FCA. ¿Ha parecido el papel?
RITA. No señora.
D.ª FCA. ¿Y estaban aquí los dos cuando saliste?
RITA. Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me
hallé de repente como por máquina, entre él y su amo, sin poder
escapar, ni saber qué disculpa darles. (_Rita coge la luz y vuelve á
buscar la carta cerca de la ventana._)
D.ª FCA. Ellos eran sin duda... Aquí estarian cuando yo hablé desde
la ventana... ¿Y ese papel?
RITA. Yo no lo encuentro, señorita.
D.ª FCA. Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que faltaba
á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
RITA. A lo menos por aquí...
D.ª FCA. ¡Yo estoy loca! (_Siéntase._)
RITA. Sin haberse esplicado este hombre, ni decir siquiera...
D.ª FCA. Cuando iba á hacerlo, me avisaste y fué preciso
retirarnos... ¿Pero sabes tú con qué temor me habló, qué agitacion
mostraba? Me dijo que en aquella carta veria yo los motivos justos
que le precisaban á volverse: que la habia escrito para dejársela á
persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme
seria imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió
lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diria: pues
yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de
una muger?... ¡Hay tantas mugeres!... Cásenla... ¡Yo nada pierdo!...
Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mio,
perdon!... ¡Perdon de haberle querido tanto!
RITA. ¡Ay señorita! (_Mirando hácia el cuarto de D. Diego._) que
parece que salen ya.
D.ª FCA. No importa, déjame.
RITA. Pero si D. Diego la ve á usted de esa manera...
D.ª FCA. Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y piensas
tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada importa.
ESCENA VII.
D. DIEGO, SIMON, DOÑA FRANCISCA, RITA.
SIMON. Voy enterado, no es menester mas.
D. DIE. Mira, y haz que ensillen inmediatamente al Moro, mientras tú
vas allá. Si han salido vuelves, montas á caballo, y en una buena
carrera que des, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Con que vete,
no se pierda tiempo. (_Despues de hablar los dos, inmediatos á la
puerta del cuarto de D. Diego, se va Simon por la del foro._)
SIMON. Voy allá.
D. DIE. Mucho se madruga, Doña Paquita.
D.ª FCA. Sí, señor.
D. DIE. ¿Ha llamado ya Doña Irene?
D.ª FCA. No señor... Mejor es que vayas allá, por si ha despertado y
se quiere vestir. (_Rita se va al cuarto de Doña Irene._)
ESCENA VIII.
D. DIEGO, DOÑA FRANCISCA.
D. DIE. ¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
D.ª FCA. No señor. ¿Y usted?
D. DIE. Tampoco.
D.ª FCA. Ha hecho demasiado calor.
D. DIE. ¿Está usted desazonada?
D.ª FCA. Alguna cosa.
D. DIE. ¿Qué siente usted?
(_Siéntase junto á Doña Francisca._)
D.ª FCA. No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
D. DIE. Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa,
inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero
tanto?
D.ª FCA. Sí, señor.
D. DIE. ¿Pues por qué no hace usted mas confianza de mí? ¿Piensa
usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
D.ª FCA. Ya lo sé.
D. DIE. ¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga
con él su corazon?
D.ª FCA. Porque eso mismo me obliga á callar.
D. DIE. Eso quiere decir que tal vez yo soy la causa de su pesadumbre
de usted.
D.ª FCA. No señor, usted en nada me ha ofendido... No es de usted de
quien yo me debo quejar.
D. DIE. ¿Pues de quién, hija mia?... Venga usted acá... (_Acércase
mas._) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulacion... Dígame
usted, ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este
casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted
entera libertad para la eleccion, no se casaria conmigo?
D.ª FCA. Ni con otro.
D. DIE. ¿Será posible que usted no conozca otro mas amable que yo,
que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
D.ª FCA. No señor, no señor.
D. DIE. Mírelo usted bien.
D.ª FCA. ¿No le digo á usted que no?
D. DIE. Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal inclinacion
al retiro en que se ha criado, que prefiera la austeridad del
convento á una vida mas...
D.ª FCA. Tampoco, no señor... Nunca he pensado así.
D. DIE. No tengo empeño de saber mas... Pero de todo lo que acabo de
oir resulta una gravísima contradiccion. Usted no se halla inclinada
al estado religioso, segun parece. Usted me asegura que no tiene
queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo,
que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute
su mano... ¿Pues qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa tristeza
profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted,
en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de
quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de
pocos dias? ¿Se anuncian así la alegría y el amor? (_Vase iluminando
lentamente el teatro, suponiendo que viene la luz del dia._)
D.ª FCA. ¿Y qué motivos le he dado á usted para tales desconfianzas?
D. DIE. ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si
apresuro las diligencias de nuestra union, si su madre de usted sigue
aprobándola, y llega el caso de...
D.ª FCA. Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
D. DIE. ¿Y despues, Paquita?
D.ª FCA. Despues... Y mientras me dure la vida seré mujer de bien.
D. DIE. Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera como
el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame
usted, estos títulos ¿no me dan algun derecho para merecer de usted
mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su
dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para
emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla
dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
D.ª FCA. ¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
D. DIE. ¿Por qué?
D.ª FCA. Nunca diré por qué.
D. DIE. ¡Pero qué obstinado, qué imprudente silencio!... Cuando usted
misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
D.ª FCA. Si usted lo ignora, señor D. Diego, por Dios no finja que lo
sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
D. DIE. Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa
afliccion y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á Madrid, y
dentro de ocho dias será usted mi muger.
D.ª FCA. Y daré gusto á mi madre.
D. DIE. Y vivirá usted infeliz.
D.ª FCA. Ya lo sé.
D. DIE. Ve aquí los frutos de la educacion. Esto es lo que se llama
criar bien á una niña; enseñarla á que desmienta y oculte las
pasiones mas inocentes con una pérfida disimulacion. Las juzgan
honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir.
Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de
tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó en que su voluntad ha
de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite,
menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal
que finjan aborrecer lo que mas desean, con tal que se presten á
pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen
de tantos escándalos, ya están bien criadas; y se llama escelente
educacion la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
de un esclavo.
D.ª FCA. Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras,
eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el motivo de mi
afliccion es mucho mas grande.
D. DIE. Sea cual fuere, hija mia, es menester que usted se anime...
Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de decir?... Mire
usted que ya parece que se ha levantado.
D.ª FCA. ¡Dios mio!
D. DIE. Sí, Paquita: conviene mucho que usted vuelva un poco sobre
sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que no
siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginacion
las pinta... ¡Mire usted qué desórden este! ¡Qué agitacion! ¡Que
lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así?... Con
cierta serenidad y... ¿Eh?
D.ª FCA. Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi madre. Si
usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos? ¿Quién tendrá
compasion de esta desdichada?
D. DIE. Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo
la abandonase, criatura, en la situacion dolorosa en que la veo?
(_Asiéndola de las manos._)
D.ª FCA. ¿De veras?
D. DIE. Mal conoce usted mi corazon.
D.ª FCA. Bien lo conozco.
(_Quiere arrodillarse, D. Diego se lo estorba, y ambos se levantan._)
D. DIE. ¿Qué hace usted, niña?
D.ª FCA. Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una muger
tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz... ¡Ay, qué
infeliz soy, señor Don Diego!
D. DIE. Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la
tengo... Lo demas todo ha sido... ¿Qué sé yo?... Una equivocacion
mia, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la
culpa.
D.ª FCA. Vamos... ¿No viene usted?
D. DIE. Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.
D.ª FCA. Vaya usted presto.
(_Encaminándose al cuarto de Doña Irene, vuelve y se despide de D.
Diego besándole las manos._)
D. DIE. Sí, presto iré.
ESCENA IX.
SIMON, D. DIEGO.
SIMON. Ahí están, señor.
D. DIE. ¿Qué dices?
SIMON. Cuando yo salia de la puerta, los ví á lo léjos que iban
ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo: se
detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted
mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera
hasta que le avisára yo, por si acaso habia gente aquí, y usted no
queria que le viesen.
D. DIE. ¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
SIMON. Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola
palabra... A mí me ha dado compasion el verle así tan...
D. DIE. No me empieces ya á interceder por él.
SIMON. ¿Yo, señor?
D. DIE. Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasion!... Es un pícaro.
SIMON. Como yo no sé lo que ha hecho.
D. DIE. Es un bribon, que me ha de quitar la vida... Ya te he dicho
que no quiero intercesores.
SIMON. Bien está, señor. (_Vase por la puerta del foro. D. Diego se
sienta, manifestando inquietud y enojo._)
D. DIE. Dile que suba.
ESCENA X.
D. DIEGO, D. CARLOS.
D. DIE. Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has
estado desde que no nos vemos?
D. CAR. En el meson de afuera.
D. DIE. ¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?
D. CAR. Sí, señor, entré en la ciudad y...
D. DIE. ¿A qué?... Siéntese usted.
D. CAR. Tenia precision de hablar con un sugeto... (_Siéntase._)
D. DIE. ¡Precision!
D. CAR. Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible
volverme á Zaragoza sin estar primero con él.
D. DIE. Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero
venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo...
¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener...
Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasion, no habia
necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.
(_Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Cárlos luego que le
reconoce, se le vuelve y se levanta en ademan de irse._)
D. CAR. Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué no
me permite seguir mi camino y se evitaria una contestacion, de la
cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
D. DIE. Quiere saber su tio de usted lo que hay en esto, y quiere que
usted se lo diga.
D. CAR. ¿Para qué saber mas?
D. DIE. Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
D. CAR. Bien está.
D. DIE. Siéntate ahí... (_Siéntase D. Cárlos_) ¿En dónde has conocido
á esa niña?... ¿Qué amor es este? ¿Qué circunstancias han ocurrido?
¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?
D. CAR. Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á Guadalajara
sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo
nos apeamos, se empeñó en que habia de quedarme allí todo aquel dia,
por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente
me dejaria proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á
Doña Paquita, á quien la señora habia sacado aquel dia del convento
para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, que
excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible de
mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, de
hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras
cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió
fingir que me llamaba Don Felix de Toledo, nombre que dió Calderon
á algunos amantes de sus comedias. Yo sostuve esta ficcion, porque
desde luego concebí la idea de permanecer algun tiempo en aquella
ciudad, evitando que llegase á noticia de usted... Observé que Doña
Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche
nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome
preferido á todos los concurrentes de aquel dia, que fueron muchos.
En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
D. DIE. Prosigue.
D. CAR. Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda pobre, pero
de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los proyectos
de amor que me obligaban á quedarme en su compañía: y él, sin
aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las mas ingeniosas para
que ninguno de su familia extrañára mi detencion. Como su casa de
campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venia de noche...
Logré que Doña Paquita leyese algunas cartas mias, y con las pocas
respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasion, que
mientras viva me hará infeliz.
D. DIE. Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. CAR. Mi asistente (que como usted sabe, es hombre de travesura,
y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le ocurrian,
facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña
era dar tres palmadas, á las cuales respondian con otras tres desde
una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las
noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que ya se
dejan entender... Siempre fuí para ella D. Felix de Toledo, oficial
de un regimiento, estimado de mis gefes, y hombre de honor. Nunca la
dije mas, ni la hablé de mis parientes, ni de mis esperanzas, ni la
dí á entender que casándose conmigo podria aspirar á mejor fortuna:
porque ni me convenia nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las
miras de interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada
vez la hallé mas fina, mas hermosa, mas digna de ser adorada... Cerca
de tres meses me detuve allí; pero al fin, era necesario separarnos,
y una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal,
y me fuí ciego de amor adónde mi obligacion me llamaba... Sus cartas
consolaron por algun tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí
pocos dias ha, me dijo como su madre trataba de casarla, que primero
perderia la vida que dar su mano á otro que á mí: me acordaba mis
juramentos, me exortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí
precipitado el camino, llegué á Guadalajara; no la encontré, vine
aquí... Lo demas bien lo sabe usted, no hay para que decírselo.
D. DIE. ¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
D. CAR. Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor: pasar á Madrid,
verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo ocurrido, y
pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no...
Solo su consentimiento y su bendicion para verificar un enlace tan
suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
D. DIE. Pues ya ves, Cárlos, que es tiempo de pensar muy de otra
manera.
D. CAR. Sí, señor.
D. DIE. Si tú la quieres, yo la quiero tambien. Su madre y toda su
familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren las
promesas que á tí te hizo... ella misma, no ha media hora, me ha
dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
D. CAR. Pero no el corazon. (_Levántase._)
D. DIE. ¿Qué dices?
D. CAR. No, eso no... Seria ofenderla... Usted celebrará sus bodas
cuando guste: ella se portará siempre como conviene á su honestidad
y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su
cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si
alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados
en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el
motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros,
que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo
ausente.
D. DIE. ¿Qué temeridad es esta?
(_Se levanta con mucho enojo, encaminándose hácia D. Cárlos el cual
se va retirando._)
D. CAR. Ya se lo dije á usted.... Era imposible que yo hablase una
palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversacion...
Viva usted feliz y no me aborrezca, que yo en nada le he querido
disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y
mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me
niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. DIE. ¿Con que en efecto te vas?
D. CAR. Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
D. DIE. ¿Por qué?
D. CAR. Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que
corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... Entonces...
D. DIE. ¿Qué quieres decir?
(_Asiendo de un brazo á D. Cárlos, le hace venir mas adelante._)
D. CAR. Nada... que apetezco la guerra, porque soy soldado.
D. DIE. ¡Cárlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazon para decírmelo?
D. CAR. Alguien viene... (_Mirando con inquietud hácia el cuarto de
Doña Irene, se desprende de D. Diego, y hace ademan de irse por la
puerta del foro. D. Diego va detrás de él y quiere impedírselo._) Tal
vez será ella... Quede usted con Dios.
D. DIE. ¿Adónde vas?... No señor, no has de irte.
D. CAR. Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra
pudiera causarle á usted inquietudes crueles.
D. DIE. Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.
D. CAR. Pero si...
D. DIE. Haz lo que te mando.
(_Éntrase D. Cárlos en el cuarto de D. Diego._)
ESCENA XI.
DOÑA IRENE, D. DIEGO.
D.ª IRE. Con que, señor D. Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos
dias... (_Apaga la luz que está sobre la mesa._) ¿Reza usted?
D. DIE. Sí, para rezar estoy ahora. (_Paseándose con inquietud._)
D.ª IRE. Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y
que avisen al mayoral para que enganchen luego que... ¡Pero qué tiene
usted, señor!... ¿Hay alguna novedad?
D. DIE. Sí, no deja de haber novedades.
D.ª IRE. Pues qué... Dígalo usted por Dios... ¡Vaya, vaya!... No
sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así repentina,
me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve quedé tan
sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años,
si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera
me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de
tamarindos, nada me ha servido, de manera que...
D. DIE. Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas...
Hay otra cosa mas importante de que tratar... ¿Qué hacen esas
muchachas?
D.ª IRE. Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que todo
esté á la vela, y no haya detencion.
D. DIE. Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni
alborotarse (_Siéntanse los dos._) por nada de lo que yo diga: y
cuenta, no nos abandone el juicio cuando mas le necesitamos... Su
hija de usted está enamorada.
D.ª IRE. ¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí señor que lo está, y
bastaba que yo lo dijese para que...
D. DIE. ¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme usted
hablar.
D.ª IRE. Bien, vamos, hable usted.
D. DIE. Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
D.ª IRE. ¿Qué dice usted?
D. DIE. Lo que usted oye.
D.ª IRE. ¿Pero quien le ha contado á usted esos disparates?
D. DIE. Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado, y
cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad...
Vaya, ¿qué llanto es ese?
D.ª IRE. ¡Pobre de mí! (_Llora._)
D. DIE. ¿A qué viene eso?
D.ª IRE. ¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre
viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!
D. DIE. Señora Doña Irene...
D.ª IRE. Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de
esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos
al decir... ¿quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si
vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera,
que tenia el genio como una serpiente...
D. DIE. Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.
D.ª IRE. Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia
del infierno, y un dia del Corpus, y no sé por qué friolera, hartó
de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos
padres del Cármen que se pusieron de por medio, le estrella contra un
poste en los portales de Santa Cruz.
D. DIE. ¿Pero es posible que no ha de atender usted á lo que voy á
decirla?