D.ª FCA. Es verdad, pero acaban de sucederme cosas que me tienen
fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Despues de
escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está
mi madre.
D. CAR. ¿En dónde?
D.ª FCA. Ahí, en ese cuarto. (_Señalando al cuarto de Doña Irene._)
D. CAR. ¿Sola?
D.ª FCA. No señor.
D. CAR. Estará en compañía del prometido esposo. (_Se acerca al
cuarto de D.ª Irene, se detiene y vuelve._) Mejor... ¿Pero no hay
nadie mas con ella?
D.ª FCA. Nadie mas, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?
D. CAR. Si me dejase llevar de mi pasion y de lo que esos ojos me
inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él tambien será hombre
de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una muger
tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted, ni...
Vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la
primera atencion.
D.ª FCA. Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.
D. CAR. No importa.
D.ª FCA. Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á Madrid.
D. CAR. ¿Cuál?... No. Eso no.
D.ª FCA. Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. CAR. Bien... Dirán... Pero no puede ser.
D.ª FCA. Mi madre no me habla contínuamente de otra materia... Me
amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me ofrece
tantas cosas, me...
D. CAR. ¿Y usted qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?
D.ª FCA. ¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!...
D. CAR. Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.
D.ª FCA. Y el último.
D. CAR. Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo en
ese corazon... Todo él es mio... ¿Digo bien?
(_Asiéndola de las manos._)
D.ª FCA. ¿Pues de quién ha de ser?
D. CAR. ¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra
de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya estoy
aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla una
obligacion mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo...
Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy tambien. Su madre de usted
sabrá quién soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano
respetable y virtuoso, á quien mas que tio, debo llamar amigo y
padre. No tiene otro deudo mas inmediato, ni mas querido que yo: es
hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted
algun atractivo, esta circunstancia añadiria felicidades á nuestra
union.
D.ª FCA. ¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?
D. CAR. Ya lo sé. La ambicion no puede agitar á un alma tan inocente.
D.ª FCA. Querer y ser querida... Ni apetezco mas, ni conozco mayor
fortuna.
D. CAR. Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que la
suerte mude nuestra afliccion presente en durables dichas.
D.ª FCA. ¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la cueste
una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Sí, acabo de decirla que no
la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás: que siempre seré
obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan
consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué
camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.
D. CAR. Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?
D.ª FCA. ¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva,
si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo,
¿qué habia yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías
me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder
comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder
como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba
mayor de lo mucho que me quiere.
(_Se enternece y llora._)
D. CAR. ¡Qué llanto!... ¿Cómo me persuade?... Sí, Paquita, yo solo
basto para defender á usted de cuantos quieran oprimirla. A un amante
favorecido, ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
D.ª FCA. ¿Es posible?
D. CAR. Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y
solo el brazo de la muerte bastará á dividirlas.
ESCENA VIII.
RITA, D. CARLOS, DOÑA FRANCISCA.
RITA. Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer la
cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galan, ya
puede tambien disponer de su persona.
D. CAR. Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que
añadir.
D.ª FCA. Ni yo.
D. CAR. Hasta mañana. Con la luz del dia veremos á este dichoso
competidor.
RITA. Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente: con su chupa
larga, su camisola limpia y sus sesenta años debajo del peluquin.
(_Se va por la puerta del foro._)
D.ª FCA. Hasta mañana.
D. CAR. A Dios, Paquita.
D.ª FCA. Acuéstese usted, y descanse.
D. CAR. ¿Descansar con zelos?
D.ª FCA. ¿De quién?
D. CAR. Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.
D.ª FCA. ¿Dormir con amor?
D. CAR. A Dios, vida mia.
D.ª FCA. A Dios. (_Éntrase al cuarto de Doña Irene._)
ESCENA IX.
D. CARLOS, CALAMOCHA, RITA.
D. CAR. ¡Quitármela! (_Paseándose con inquietud._) No... Sea quien
fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se
obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando
yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero!...
Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.
CALAM. (_Sale Calamocha por la puerta del foro._) Pues señor, tenemos
un medio cabrito asado, y... A lo menos parece cabrito. Tenemos una
magnífica ensalada de berros, sin anapelos, ni otra materia extraña,
bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que
no hay mas que pedir. Pan de Meco, vino de la Tercia... Con que si
hemos de cenar y dormir, me parece que seria bueno...
D. CAR. Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
CALAM. Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida
mesa, que parece un banco de herrador.
(_Sale Rita por la puerta del foro con unos platos, taza, cucharas y
servilleta._)
RITA. ¿Quién quiere sopas?
D. CAR. Buen provecho.
CALAM. Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito, levante el
dedo.
RITA. La real moza se ha comido ya media cazuela de albondiguillas...
Pero lo agradece, señor militar.
(_Éntrase en el cuarto de Doña Irene._)
CALAM. Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.
D. CAR. ¿Con que vamos?
CALAM. ¡Ay! ¡ay! ¡ay! (_Calamocha se encamina á la puerta del foro
y vuelve: se acerca á D. Cárlos, y hablan con reserva hasta el fin
de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simon._) ¡Eh!
chit, digo...
D. CAR. ¿Qué?
CALAM. ¿No ve usted lo que viene por allí?
D. CAR. ¿Es Simon?
CALAM. Él mismo... ¿Pero, quién diablos le?...
D. CAR. ¿Y qué haremos?
CALAM. ¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia
para que?...
D. CAR. Sí, miente lo que quieras... ¿A qué habrá venido este hombre?
ESCENA X.
SIMON, (_Sale por la puerta del foro._) CALAMOCHA, D. CARLOS.
CALAM. Simon, ¿tú por aquí?
SIMON. A Dios, Calamocha. ¿Cómo va?
CALAM. Lindamente.
SIMON. Cuánto me alegro de...
D. CAR. ¿Hombre, tú en Alcalá? ¿Pues qué novedad es esta?
SIMON. ¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes!
D. CAR. ¿Y mi tio?
SIMON. Tan bueno.
CALAM. ¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...
SIMON. ¿Quién me habia de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno
estaba yo ahora de... Y usted de cada vez mas guapo... ¿Con que usted
irá á ver al tio, eh?
CALAM. Tú habrás venido con algun encargo del amo.
SIMON. ¡Y qué calor traje, y que polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
CALAM. ¿Alguna cobranza tal vez, eh?
D. CAR. Puede ser. Como tiene mi tio ese poco de hacienda en
Ajalvir... ¿No has venido á eso?
SIMON. ¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador! Labriego
mas marrullero y mas bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Con que
usted viene ahora de Zaragoza?
D. CAR. Pues... Figúrate tú.
SIMON. ¿O va usted allá?
D. CAR. ¿Adónde?
SIMON. A Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
CALAM. Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no
habíamos de haber andado mas de cuatro leguas?
SIMON. ¿Qué sé yo? Algunos van por la posta y tardan mas de cuatro
meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.
CALAM. Maldito (_Aparte, separándose de Simon._) seas tú y tu camino,
y la bribona que te dió papilla.
D. CAR. Pero aun no me has dicho si mi tio está en Madrid ó en
Alcalá, ni á qué has venido, ni...
SIMON. Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted... Con que...
Pues el amo me dijo...
ESCENA XI.
D. DIEGO, D. CARLOS, SIMON, CALAMOCHA.
D. DIE. (_Desde adentro._) No, no es menester: si hay luz aquí.
Buenas noches, Rita. (_D. Cárlos se turba y se aparta á un extremo
del teatro._)
D. CAR. ¡Mi tio!... (_Sale D. Diego del cuarto de Doña Irene
encaminándose al suyo: repara en D. Cárlos y se acerca á él. Simon le
alumbra y vuelve á dejar la luz sobre la mesa._)
D. DIE. Simon.
SIMON. Aquí estoy, señor.
D. CAR. ¡Todo se ha perdido!
D. DIE. Vamos... Pero... ¿Quién es?
SIMON. Un amigo de usted, señor.
D. CAR. Yo estoy muerto.
D. DIE. ¿Cómo un amigo?... ¡Qué!... Acerca esa luz.
D. CAR. Tio. (_En ademan de besarle la mano á D. Diego, que le aparta
de sí con enojo._)
D. DIE. Quítate de ahí.
D. CAR. Señor.
D. DIE. Quítate... No sé como no le... ¿Qué haces aquí?
D. CAR. Si usted se altera y...
D. DIE. ¿Qué haces aquí?
D. CAR. Mi desgracia me ha traido.
D. DIE. ¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... (_Acercándose
á D. Cárlos._) ¿Qué dices? De veras, ¿ha ocurrido alguna desgracia?
Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
CALAM. Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...
D. DIE. A tí no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza
sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has
hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á
tu pobre tio.
D. CAR. No señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia
que usted me ha inspirado tantas veces.
D. DIE. ¿Pues á qué veniste?... ¿Es desafio? ¿Son deudas? ¿Es algun
disgusto con tus gefes?... Sácame de esta inquietud, Cárlos... Hijo
mio, sácame de este afan.
CALAM. Si todo ello no es mas que...
D. DIE. Ya he dicho que calles... Ven acá. (_Asiendo una mano á D.
Cárlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en voz
baja._) Dime qué ha sido.
D. CAR. Una ligereza, una falta de sumision á usted. Venir á Madrid
sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando
la pesadumbre que le ha dado al verme.
D. DIE. ¿Y qué otra cosa hay?
D. CAR. Nada mas, señor.
D. DIE. ¿Pues qué desgracia era aquella de que me hablaste?
D. CAR. Ninguna. La de hallarle á usted en este parage... y haberle
disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en
su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle visto.
D. DIE. ¿No hay mas?
D. CAR. No señor.
D. DIE. Míralo bien.
D. CAR. No señor... A eso venia. No hay nada mas.
D. DIE. Pero no me digas tú á mí... Sí, es imposible que estas
escapadas se... No señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial
se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, á Dios disciplina
militar... Vamos... Eso no puede ser.
D. CAR. Considere usted, tio, que estamos en tiempo de paz: que en
Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras plazas,
en que no se permite descanso á la guarnicion..... Y en fin, puede
usted creer que este viaje supone la aprobacion y licencia de mis
superiores, que yo tambien miro por mi estimacion, y que cuando me he
venido, estoy seguro de que no hago falta.
D. DIE. Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le
tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplos de
subordinacion, de valor, de virtud...
D. CAR. Bien está, pero ya he dicho los motivos...
D. DIE. Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la gana
de ver al tio!... Lo que quiere su tio de usted no es verle cada
ocho dias, sino saber que es hombre de juicio y que cumple con
sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (_Alza la voz y se
pasea inquieto._) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no
se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse
inmediatamente.
D. CAR. Señor, si...
D. DIE. No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de
dormir aquí.
CALAM. Es que los caballos no están ahora para correr... Ni pueden
moverse.
D. DIE. Pues con ellos (_A Calamocha_) y con las maletas al meson de
afuera... Usted (_A D. Cárlos._) no ha de dormir aquí... Vamos (_A
Calamocha_) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto
que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (_A
Simon._) ¿Qué dinero tienes ahí?...
SIMON. Tendré unas cuatro ó seis onzas (_Saca de un bolsillo algunas
monedas, y se las dá á D. Diego._)
D. DIE. Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces?... (_A Calamocha_) ¿No he
dicho que ha ser al instante?... Volando. Y tú (_A Simon._) ve con
él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.
(_Los dos criados entran en el cuarto de D. Cárlos._)
ESCENA XII.
D. DIEGO, D. CARLOS.
D. DIE. Tome usted. (_Le dá el dinero._) Con eso hay bastante para
el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo que
me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un
desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso,
ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido
siempre, y en obrando tú segun corresponde, seré tu amigo como lo he
sido hasta aquí.
D. CAR. Ya lo sé.
D. DIE. Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
D. CAR. Lo haré sin falta.
D. DIE. Al meson de afuera. (_A los dos criados que salen con los
trastos del cuarto de D. Cárlos, y se van por la puerta del foro._)
Allí puedes dormir mientras los caballos comen y descansan... Y no me
vuelvas aquí por ningun pretexto, ni entres en la ciudad... cuidado.
Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de saber á la
hora que sales. ¿Lo entiendes?
D. CAR. Sí, señor.
D. DIE. Mira que lo has de hacer.
D. CAR. Sí, señor, haré lo que usted manda.
D. DIE. Muy bien... A Dios... Todo te lo perdono... Vete con Dios...
Y yo sabré tambien cuando llegas á Zaragoza, no te parezca que estoy
ignorante de lo que hiciste la vez pasada.
D. CAR. ¿Pues qué hice yo?
D. DIE. Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué mas quieres?
No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
D. CAR. Quede usted con Dios. (_Hace que se va y vuelve._)
D. DIE. ¿Sin besar la mano á su tio, eh?
D. CAR. No me atreví. (_Besa la mano á D. Diego y se abrazan._)
D. DIE. Y dame un abrazo por si no nos volvemos á ver.
D. CAR. ¿Qué dice usted? No lo permita Dios.
D. DIE. ¡Quién sabe, hijo mio! ¿tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?
D. CAR. No señor, ahora no.
D. DIE. Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como cuentas
con la bolsa del tio... Pues bien, yo escribiré al señor Aznar para
que te dé cien doblones de órden mia. Y mira cómo lo gastas...
¿Juegas?
D. CAR. No señor, en mi vida.
D. DIE. Cuidado con eso... Con que buen viage. Y no te acalores:
jornadas regulares y nada mas... ¿Vas contento?
D. CAR. No señor, porque usted me quiere mucho, me llena de
beneficios, y yo le pago mal.
D. DIE. No se hable ya de lo pasado... A Dios...
D. CAR. ¿Queda usted enojado conmigo?
D. DIE. No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se
acabó... No me des que sentir. (_Poniéndole ambas manos sobre los
hombros._) Portarse como hombre de bien.
D. CAR. No lo dude usted.
D. DIE. Como oficial de honor.
D. CAR. Así lo prometo.
D. DIE. A Dios, Cárlos. (_Abrazándose._)
D. CAR. ¡Y la dejo!... (_Aparte al irse por la puerta del foro._) ¡Y
la pierdo para siempre!
ESCENA XIII.
D. DIE. Demasiado bien se ha compuesto... Luego lo sabrá,
enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Despues de
hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tio!... Como
una malva es.
(_Se enjuga las lágrimas, toma la luz y se va á su cuarto. El teatro
queda solo y obscuro por un breve espacio._)
ESCENA XIV.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
(_Salen del cuarto de Doña Irene. Rita sacará una luz y la pone
encima de la mesa._)
RITA. Mucho silencio hay por aquí.
D.ª FCA. Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
RITA. Precisamente.
D.ª FCA. ¡Un camino tan largo!
RITA. ¡A lo que obliga el amor, señorita!
D.ª FCA. Sí, bien puedes decirlo, amor... ¿Y yo qué no hiciera por él?
RITA. Y deje usted, que no ha de ser éste el último milagro. Cuando
lleguemos á Madrid, entonces será ella... ¡El pobre D. Diego qué
chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan
bueno, que cierto da lástima...
D.ª FCA. Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre
despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretension, ni yo
tendria que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita.
D. Felix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su
mano, me considero la mas dichosa de las mugeres.
RITA. ¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya
se ve, si con estos amores tengo yo tambien la cabeza... Voy por él.
(_Encaminándose al cuarto de Doña Irene._)
D.ª FCA. ¿A qué vas?
RITA. El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
D.ª FCA. Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí quedó
junto á la ventana... Y ve con cuidado no despierte mamá.
RITA. Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá
abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número siete,
cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito porton
que rechina, que...
D.ª FCA. Te puedes llevar la luz.
RITA. No es menester, que ya sé donde está.
(_Vase al cuarto de Doña Irene._)
ESCENA XV.
SIMON, (_Sale por la puerta del foro._) DOÑA FRANCISCA.
D.ª FCA. Yo pensé que estaban ustedes acostados.
SIMON. El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé en
donde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo.
D.ª FCA. ¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
SIMON. Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.
D.ª FCA. ¿Los arrieros?
SIMON. No señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se van
á Zaragoza.
D.ª FCA. ¿Quiénes dice usted que son?
SIMON. Un teniente coronel y su asistente.
D.ª FCA. ¿Y estaban aquí?
SIMON. Sí, señora, ahí en ese cuarto.
D.ª FCA. No los he visto.
SIMON. Parece que llegaron esta tarde y... A la cuenta habrán
despachado ya la comision que traían. Con que se han ido... Buenas
noches, señorita. (_Vase al cuarto de D. Diego._)
ESCENA XVI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
D.ª FCA. ¡Dios mio de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo
sostenerme... ¡Desdichada!
(_Siéntase en una silla inmediata á la mesa._)
RITA. Señorita, yo vengo muerta. (_Saca la jaula del tordo y la deja
encima de la mesa, abre la puerta del cuarto de D. Cárlos y vuelve._)
D.ª FCA. ¡Ay que es cierto!... ¿Tú lo sabes tambien?
RITA. Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay
nadie... Ni maletas, ni ropa, ni... ¿Pero cómo podia engañarme? Si yo
misma los he visto salir.
D.ª FCA. ¿Y eran ellos?
RITA. Sí, señora. Los dos.
D.ª FCA. ¿Pero se han ido fuera de la ciudad?
RITA. Si no los he perdido de vista hasta que salieron por la puerta
de Mártires... Como está un paso de aquí.
D.ª FCA. ¿Y es ese el camino de Aragon?
RITA. Ese es.
D.ª FCA. ¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
RITA. Señorita.
D.ª FCA. ¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
RITA. Yo estoy temblando toda... Pero... si es incomprensible... Si
no alcanzo á discurrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.
D.ª FCA. ¿Pues no le quise mas que á mi vida? ¿No me ha visto loca de
amor?
RITA. No sé qué decir al considerar una accion tan infame.
D.ª FCA. ¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca ni es hombre
de bien... ¿Y vino para esto? ¿Para engañarme, para abandonarme así?
(_Levántanse, y Rita la sostiene._)
RITA. Pensar que su venida fué con otro designio, no me parece
natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo
debiera enamorarle mas... Él no es cobarde, y no hay que decir que
habrá tenido miedo de su competidor.
D.ª FCA. Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es un
monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
RITA. Vamos de aquí que puede venir alguien y...
D.ª FCA. Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situacion me
deja! Pero ¿ves qué malvado?
RITA. Sí, señora, ya lo conozco.
D.ª FCA. ¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues
yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este
galardon?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?
(_Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de Doña
Francisca._)
ACTO TERCERO.
ESCENA I.
D. DIEGO, SIMON.
(_Teatro obscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada y
la jaula del tordo. Simon duerme tendido en el banco. Sale D. Diego
de su cuarto acabándose de poner la bata._)
D. DIE. Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me derretiré... Vaya,
si alcoba como ella, no se... ¡Cómo ronca éste! Guardémosle el
sueño hasta que venga el dia, que ya poco puede tardar... (_Simon
despierta, y al oir á D. Diego se incorpora y se levanta._) ¿Qué es
eso? Mira no te caigas, hombre.
SIMON. ¿Qué estaba usted ahí, señor?
D. DIE. Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.
SIMON. Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he
dormido como un emperador.
D. DIE. Mala comparacion. Dí que has dormido como un pobre
hombre, que no tiene ni dinero, ni ambicion, ni pesadumbres, ni
remordimientos.
SIMON. En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
D. DIE. Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal dió
las tres.
SIMON. ¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante
echando chispas.
D. DIE. Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y
espero que lo hará.
SIMON. ¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé, qué triste!
D. DIE. Ha sido preciso.
SIMON. Ya lo conozco.
D. DIE. ¿No ves qué venida tan intempestiva?
SIMON. Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber un
motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte, él
tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza...
Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
D. DIE. ¡No, qué! No señor. Una cosa es que le haya hecho volver...
Ya ves en que circunstancias nos cogia... Te aseguro que cuando se
fué me quedó un ánsia en el corazon... (_Suenan á lo léjos tres
palmadas, y poco despues se oye que puntean un instrumento._) ¿Qué ha
sonado?
SIMON. No sé... Gente que pasa por la calle. Seran labradores.
D. DIE. Calla.
SIMON. Vaya, música tenemos segun parece.
D. DIE. Sí, como la hagan bien.
SIMON. ¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á estas
horas en ese callejon tan puerco?... Apostaré que son amores con la
moza de la posada, que parece un mico.
D. DIE. Puede ser.
SIMON. Ya empiezan, oigamos... (_Tocan una sonata desde adentro._)
Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.
D. DIE. No, no hay barbero que sepa hacer esto, por muy bien que
afeite.
SIMON. ¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?...
D. DIE. No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia que
darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á nadie.
(_Sale de su cuarto Doña Francisca y Rita con ella. Las dos se
encaminan á la ventana. D. Diego y Simon se retiran á un lado y
observan._)
SIMON. Señor... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito.
D. DIE. ¿Qué quieres?
SIMON. Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele á faldas que
trasciende.
D. DIE. ¿Sí?... Retirémonos.
ESCENA II.
DOÑA FRANCISCA, RITA, D. DIEGO, SIMON.
RITA. Con tiento, señorita.
D.ª FCA. ¿Siguiendo la pared, no voy bien?
(_Vuelven á probar el instrumento._)
RITA. Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio.
D.ª FCA. No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.
RITA. ¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.
D.ª FCA. Calla... (_Repiten desde adentro la sonata anterior._)
Sí, él es... ¡Dios mio!... (_Acércase Rita á la ventana, abre la
vidriera, y da tres palmadas. Cesa la música._) Ve, responde...
Albricias, corazon. Él es.
SIMON. ¿Ha oido usted?
D. DIE. Sí.
SIMON. ¿Que querrá decir esto?
D. DIE. Calla.
D.ª FCA. (_Doña Francisca se asoma á la ventana, Rita se queda detrás
de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones mas ó
menos largas que deben hacerse._)