NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas como MAYÚSCULAS.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
grafía de mayor frecuencia.
* La puntuación ha sido revisada, especialmente el emparejamiento
de puntos de admiración e interrogación y los puntos suspensivos,
normalizados a tres puntos.
* Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el
original impreso.
EL SÍ DE LAS NIÑAS.
COMEDIA EN TRES ACTOS
ORIGINAL DEL INCOMPARABLE
DON LEANDRO FERNANDEZ DE MORATIN
Y LA MAS PRECIADA DE SUS JOYAS
DRAMÁTICAS.
Estas son las seguridades que dan los
padres y los tutores, y esto lo que
se debe fiar en el sí de las niñas.
ACTO III, ESCENA XIII.
BARCELONA
LIBRERÍA MAYOL, HOY VIUDA BARTUMEUS,
calle de Fernando VII, n. 13.
1875.
PERSONAS.
DON DIEGO.
DON CARLOS.
DOÑA FRANCISCA.
DOÑA IRENE.
RITA.
SIMON.
CALAMOCHA.
_La escena es en una posada de Alcalá de Henares._
El teatro representa una sala de paso, con cuatro puertas de
habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una mas grande en el
foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de
antepecho á un lado. Una mesa en medio, un banco, sillas, etc.
_La accion empieza á las siete de la tarde, y acaba á las cinco de la
mañana siguiente._
Imp. de EL PORVENIR, á cargo de J. Medina, Tallers, 51.
ACTO PRIMERO.
ESCENA I.
DON DIEGO, SIMON.
(_Sale D. Diego de su cuarto. Simon, que está sentado en una silla, se
levanta._)
D. DIE. ¿No han venido todavía?
SIMON. No Señor.
D. DIE. Despacio la han tomado por cierto.
SIMON. Como su tia la quiere tanto, segun parece, y no la ha visto
desde que la llevaron á Guadalajara...
D. DIE. Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita
y cuatro lágrimas, estaba concluido.
SIMON. Ello tambien ha sido estraña determinacion, la de estarse
usted dos dias enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa
el dormir... Y sobre todo, cansa la mugre del cuarto, las sillas
desvencijadas, las estampas del Hijo pródigo, el ruido de campanillas
y cascabeles, y la conversacion ronca de carromateros y patanes, que
no permiten un instante de quietud.
D. DIE. Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos...
El Corregidor, el señor Abad, el Visitador, el Rector de Málaga...
¡Qué sé yo! Todos... Y ha sido preciso estarme quieto y no esponerme
á que me hallasen por ahí.
SIMON. Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues ¿hay mas en esto,
que haber acompañado usted á Doña Irene hasta Guadalajara, para
sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. DIE. Sí, hombre, algo mas hay de lo que has visto.
SIMON. Adelante.
D. DIE. Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber y no puede
tardarse mucho... Mira, Simon, por Dios te encargo que no lo digas...
Tú eres hombre de bien y me has servido muchos años con fidelidad...
Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á
Madrid.
SIMON. Sí, señor.
D. DIE. Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo
descubras.
SIMON. Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
D. DIE. Ya lo sé, por eso quiero fiarme de tí. Yo, la verdad, nunca
habia visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad con su
madre, he tenido frecuentes noticias de ella: he leido muchas de las
cartas que escribia, he visto algunas de su tia la monja, con quien
ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos informes pudiera
desear, acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he logrado
verla; he procurado observarla en estos pocos dias, y á decir verdad,
cuantos elogios hicieron de ella me parecen escasos.
SIMON. Sí, por cierto... Es muy linda y...
D. DIE. Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre todo,
¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se encuentra
por ahí... Y talento... Sí, señor, mucho talento... Con que, para
acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
SIMON. No hay que decírmelo.
D. DIE. ¿No? ¿Por qué?
SIMON. Porque ya lo adivino. Y me parece escelente idea.
D. DIE. ¿Qué dices?
SIMON. Excelente.
D. DIE. ¿Con que al instante has conocido?...
SIMON. Pues ¿no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece
muy buena boda. Buena, buena.
D. DIE. Sí, señor... Yo lo he mirado bien y lo tengo por cosa muy
acertada.
SIMON. Seguro que sí.
D. DIE. Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta que esté hecho.
SIMON. Y en eso hace usted bien.
D. DIE. Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaria
quien murmurase y dijese que era una locura, y me...
SIMON. ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?
D. DIE. Pues, ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí. Porque,
aquí entre los dos, la buena de Doña Irene se ha dado tal prisa á
gastar desde que murió su marido, que si no fuera por esas benditas
religiosas y el canónigo de Castrojeriz, que es tambien su cuñado,
no tendria para poner un puchero á la lumbre... Y muy vanidosa y muy
remilgada, y hablando siempre de su parentela y de sus difuntos,
y sacando unos cuentos, allá, que... Pero esto no es del caso...
Yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia,
recogimiento, virtud.
SIMON. Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene ¿para
quien ha de ser?
D. DIE. Dices bien... Y ¿sabes tú lo que es una mujer aprovechada,
hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?...
Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor:
regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas,
feas como demonios... No señor, vida nueva. Tendré quien me asista
con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que
hablen y murmuren, y...
SIMON. Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?
D. DIE. No, yo ya sé lo que dirán, pero... Dirán que la boda es
desigual, que no hay proporcion en la edad, que...
SIMON. Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú ocho
años, á lo mas...
D. DIE. ¿Qué, hombre? ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha
cumplido diez y seis años pocos meses ha.
SIMON. ¿Y bien, que?
D. DIE. Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... Con todo eso,
mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
SIMON. Pero si yo no hablo de eso.
D. DIE. Pues ¿de qué hablas?
SIMON. Decia que... Vamos, ó usted no acaba de esplicarse, ó yo lo
entiendo al revés... En suma, esta Doña Paquita, ¿con quién se casa?
D. DIE. ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
SIMON. ¿Con usted?
D. DIE. Conmigo.
SIMON. ¡Medrados quedamos!
D. DIE. ¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?
SIMON. ¡Y pensaba yo haber adivinado!
D. DIE. Pues ¿qué creias? ¿Para quien juzgaste que la destinaba yo?
SIMON. Para D. Cárlos, su sobrino de usted: mozo de talento,
instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas sus
circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
D. DIE. Pues no señor.
SIMON. Pues bien está.
D. DIE. ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la habia de ir á casar!...
No señor, que estudie sus matemáticas.
SIMON. Ya las estudia, ó por mejor decir, ya las enseña.
D. DIE. Que se haga hombre de valor y...
SIMON. ¡Valor! ¿Todavía pide usted mas valor á un oficial que en la
última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos
baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al
campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho
quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted mas
de cuatro veces llorar de alegría, cuando el Rey le premió con el
grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.
D. DIE. Sí, señor: todo eso es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy
el que me caso.
SIMON. Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la
asusta la diferencia de la edad, si su eleccion es libre...
D. DIE. ¿Pues no ha de serlo?... Y ¿qué sacarian con engañarme? Ya
ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio: esta de
Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de escelentes
prendas: mira tú si Doña Irene querrá el bien de su hija, pues todas
ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada,
que la ha servido en Madrid y mas de cuatro años en el convento, se
hace lenguas de ella, y sobre todo, me ha informado de que jamás
observó en esta criatura la mas remota inclinacion á ninguno de los
pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser,
leer libros devotos, oir misa y correr por la huerta detrás de las
mariposas, y hechar agua en los agujeros de las hormigas, estas han
sido su ocupacion y sus diversiones... ¿Qué dices?
SIMON. Yo nada, señor.
D. DIE. Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades, no
aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su amistad
y su confianza, y lograr que se esplique conmigo en absoluta
libertad... Bien que aun hay tiempo... Solo que aquella Doña Irene
siempre la interrumpe: todo se lo habla... Y es muy buena muger,
buena...
SIMON. En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.
D. DIE. Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el novio
no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas al
tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?
SIMON. Pues ¿qué ha hecho?
D. DIE. Una de las suyas... Y hasta pocos dias há no lo he sabido.
El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y me
costó buen dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado
está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su
regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos dias de haber salido
de Madrid, recibí la noticia de su llegada.
SIMON. Sí, señor.
D. DIE. Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre con
la data de Zaragoza.
SIMON. Así es la verdad.
D. DIE. Pues el picaron no estaba allí cuando me escribia las tales
cartas.
SIMON. ¿Qué dice usted?
D. DIE. Sí, señor. El dia tres de julio salió de mi casa, y á fines de
setiembre aun no habia llegado á sus pabellones... ¿No te parece que
para ir por la posta hizo muy buena diligencia?
SIMON. Tal vez se pondria malo en el camino, y por no darle á usted
pesadumbre...
D. DIE. Nada de eso. Amores del señor oficial y devaneos que le traen
loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿quien sabe?... Si
encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita
Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor
por el matrimonio!
SIMON. ¡Oh! No hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de
amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.
D. DIE. Me parece que están ahí... Sí. Gracias á Dios. Busca al
mayoral y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que
deberemos salir mañana.
SIMON. Bien está.
D. DIE. Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni...
¿Estamos?
SIMON. No haya miedo que á nadie lo cuente.
(_Simon se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres
mugeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre
la mesa y recoge las mantillas y las dobla._)
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, D. DIEGO.
D.ª FCA. Ya estamos acá.
D.ª IRE. ¡Ay! ¡qué escalera!
D. DIE. Muy bien venidas, señoras.
D.ª IRE. ¿Con que usted, á lo que parece, no ha salido?
(_Se sientan Doña Irene y D. Diego._)
D. DIE. No, señora. Luego, mas tarde, daré una vueltecilla por ahí...
He leido un rato. Traté de dormir; pero en esta posada no se duerme.
D.ª FCA. Es verdad que no... ¡Y que mosquitos! mala peste en ellos.
Anoche no me dejaron parar... Pero, mire usted. Mire usted (_Desata
el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el diálogo._)
cuántas cosillas traigo. Rosarios de nacar, cruces de ciprés, la
regla de S. Benito, una pililla de cristal.... Mire usted que bonita.
Y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuanto viene aquí!... ¡Ay! y
una campanilla de barro bendito para los truenos... ¡Tantas cosas!
D.ª IRE. Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con
ella.
D.ª FCA. ¡Cómo me quieren todas! Y mi tia, mi pobre tia, ¡lloraba
tanto!... Es ya muy viejecita.
D.ª IRE. Ha sentido mucho no conocer á usted.
D.ª FCA. Sí, es verdad, Decia: ¿por qué no ha venido aquel señor?
D.ª IRE. El pobre capellan y el rector de los Verdes nos han venido
acompañando hasta la puerta.
D.ª FCA. Toma, (_Vuelve á atar el pañuelo y se le dá á Rita, la
cual se va con él y con las mantillas al cuarto de Doña Irene._)
guárdamelo todo allí, en la escusabaraja. Mira, llévalo así de las
puntas... ¡Válgate Dios, eh, ya se ha roto la Santa Gertrudis de
alcorza!
RITA. No importa, yo me la comeré.
ESCENA III.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, D. DIEGO.
D.ª FCA. ¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?
D.ª IRE. Ahora, niña, que quiero descansar un rato.
D. DIE. Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
D.ª IRE. Y ¡qué fresco tienen aquel locutorio! Vaya, está hecho un
cielo.
D.ª FCA. Pues con todo, (_Sentándose junto á Doña Irene._) aquella
monja tan gorda, que se llama la Madre Angustias, bien sudaba... ¡Ay,
como sudaba la pobre mujer!
D.ª IRE. Mi hermana es la que está bastante delicadita... Ha padecido
mucho este invierno... Pero, vaya, no sabia que hacerse con su
sobrina la buena señora.... Está muy contenta de nuestra eleccion.
D. DIE. Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas, á
quienes debe usted particulares obligaciones.
D.ª IRE. Sí, Trinidad está muy contenta, y en cuanto á Circuncision,
ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de ella; pero
ha conocido que siendo para su bien estar, es necesario pasar por
todo... Ya se acuerda usted de lo espresiva que estuvo y...
D. DIE. Es verdad. Solo falta que la parte interesada tenga la misma
satisfaccion que manifiestan cuantos la quieren bien.
D.ª IRE. Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que
determine su madre.
D. DIE. Todo eso es cierto; pero...
D.ª IRE. Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder
con el honor que la corresponde.
D. DIE. Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar á su honor ni á su
sangre?...
D.ª FCA. ¿Me voy, mamá?
(_Se levanta y vuelve á sentarse._)
D.ª IRE. No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de buenos
padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como es
conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted la
ve, de su abuela, que Dios perdone, Doña Gerónima de Peralta... En
casa tengo el cuadro, ya le habrá usted visto. Y le hicieron, segun
me contaba su merced, para enviársele á su tio carnal el padre fray
Serapion de S. Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacan.
D. DIE. Ya.
D.ª IRE. Y murió en el mar, el buen religioso: que fué un quebranto
para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su
muerte: particularmente mi primo D. Cucufate, regidor perpétuo de
Zamora, no puede oir hablar de su Ilustrísima sin deshacerse en
lágrimas.
D.ª FCA. ¡Válgate Dios! que moscas tan...
D.ª IRE. Pues murió en olor de santidad.
D. DIE. Eso bueno es.
D.ª IRE. Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos....
¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que, por lo que
puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y quien sabe que el
dia de mañana no se imprima, con el favor de Dios.
D. DIE. Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
D.ª IRE. Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano
político, el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano, y á la
hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en fólio, que comprenden
los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
D. DIE. ¿Con que para cada año un tomo?
D.ª IRE. Sí, señor, ese plan se ha propuesto.
D. DIE. Y ¿de qué edad murió el venerable?
D.ª IRE. De ochenta y dos años, tres meses y catorce dias.
D.ª FCA. ¿Me voy mamá?
D.ª IRE. Anda vete. ¡Válgate Dios, que prisa tienes!
D.ª FCA. ¿Quiere usted (_Se levanta, y despues de hacer una graciosa
cortesía á D. Diego, da un beso á Doña Irene y se va al cuarto de
esta._) que le haga una cortesía á la francesa, señor Don Diego?
D. DIE. Sí, hija mia. A ver.
D.ª FCA. Mire usted, así.
D. DIE. ¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.
D.ª FCA. Para usted una cortesía, y para mi mamá, un beso.
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª IRE. Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. DIE. Tiene un donaire natural que arrebata.
D.ª IRE. ¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de
mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho mas de
considerar tan inmediata su colocacion; no es maravilla que cuanto
hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto
se ha empeñado en favorecerla.
D. DIE. Quisiera solo que se esplicase libremente acerca de nuestra
proyectada union, y...
D.ª IRE. Oiria usted lo mismo que le he dicho ya.
D. DIE. Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna
inclinacion, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que
tiene, seria para mí una satisfaccion imponderable.
D.ª IRE. No tenga usted sobre ese particular la mas leve
desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es
lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal pareceria, señor D.
Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se
atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.
D. DIE. Bien: si fuese un hombre á quien hallara por casualidad en
la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que
la doncella haria muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse
dentro de pocos dias, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además,
que hay ciertos modos de esplicarse...
D.ª IRE. Conmigo usa de mas franqueza. A cada instante hablamos de
usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le
tiene... ¡Con que juicio hablaba ayer noche, despues que usted se fué
á recoger! No sé lo que hubiera dado porque hubiese podido oirla.
D. DIE. ¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª IRE. Y que bien piensa, acerca de lo preferible que es para una
criatura de sus años un marido de cierta edad, esperimentado, maduro
y de conducta...
D. DIE. ¡Calle! ¿Eso decia?
D.ª IRE. No, esto se lo decia yo, y me escuchaba con una atencion
como si fuera una muger de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas
la dije! Y ella que tiene mucha penetracion, aunque me esté mal el
decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver como se hacen los
matrimonios hoy en el dia? Casan á una muchacha de quince años con un
arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de veinte
y dos: ella niña, sin juicio ni esperiencia, y él niño tambien, sin
asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues señor,
(que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa? ¿Quién ha de
mandar á los criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir á los hijos?
Porque sucede tambien, que estos atolondrados de chicos, suelen
plagarse de criaturas en un instante, que da compasion.
D. DIE. Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos
que carecen del talento, de la esperiencia y de la virtud que son
necesarias para dirigir su educacion.
D.ª IRE. Lo que sé decirle á usted es, que aun no habia cumplido los
diez y nueve, cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto D.
Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo
presente, no es posible hallarle de mas respeto, mas caballeroso... Y
al mismo tiempo, mas divertido y decidor. Pues, para servir á usted,
ya tenia los cincuenta y seis, muy largos de talle cuando se casó
conmigo.
D. DIE. Buena edad... No era un niño, pero...
D.ª IRE. Pues á eso voy... Ni á mí podia convenirme en aquel entónces
un boquirrubio, con los cascos á la gineta... No señor... Y no es
decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud; nada
de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni en su
vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba
de cuando en cuando. Pero luego que nos casamos dió en darle tan á
menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda, y en
cinta de una criatura que nació despues; y al cabo y al fin se me
murió de alfombrilla.
D. DIE. ¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesion el bueno de D. Epifanio.
D.ª IRE. Sí, señor, ¿pues por qué no?
D. DIE. Lo digo porque luego saltan con... Bien que si uno hubiera de
hacer caso... Y ¿fué niño ó niña?
D.ª IRE. Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
D. DIE. Cierto que es consuelo tener, así, una criatura y...
D.ª IRE. ¡Ay, señor! Dan malos ratos; pero ¿qué importa? Es mucho
gusto, mucho.
D. DIE. Yo lo creo.
D.ª IRE. Sí, señor.
D. DIE. Ya se ve que será una delicia y....
D.ª IRE. Pues ¿no ha de ser?
D. DIE. Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y
merecer sus fiestecillas inocentes.
D.ª IRE. ¡Hijos de mi vida! Veinte y dos he tenido en los tres
matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales solo esta niña me ha
venido á quedar; pero le aseguro á usted que...
ESCENA V.
SIMON, (_Sale por la puerta del foro._) DOÑA IRENE, D. DIEGO.
SIMON. Señor, el mayoral está esperando.
D. DIE. Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el
baston, que quisiera dar una vuelta por el campo. (_Entra Simon al
cuarto de D. Diego, saca un sombrero y un baston, se los da á su amo,
y al fin de la escena se va con él por la puerta del foro._) ¿Con
que, supongo que mañana tempranito saldremos?
D.ª IRE. No hay dificultad. A la hora que á usted le parezca.
D. DIE. A eso de las seis. ¿Eh?
D.ª IRE. Muy bien.
D. DIE. El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media hora
antes.
D.ª IRE. Sí, que hay mil chismes que acomodar.
ESCENA VI.
DOÑA IRENE, RITA.
D.ª IRE. Válgame Dios, ahora que me acuerdo... Rita... Me le habrán
dejado morir. Rita.
RITA. Señora.
(_Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo._)
D.ª IRE. ¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?
RITA. Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la
ventana del pasillo.
D.ª IRE. ¿Hiciste las camas?
RITA. La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca,
porque si no, como no hay mas alumbrado que el del candil, y no tiene
garabato, me veo perdida.
D.ª IRE. Y aquella chica ¿qué hace?
RITA. Está desmenuzando un bizcocho para dar de cenar á Don Periquito.
D.ª IRE. ¡Qué pereza tengo de escribir! (_Se levanta y se entra en
su cuarto._) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre
Circuncision.
RITA. ¡Qué chapucerías! No ha dos horas, como quien dice, que salimos
de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me gustan á mí
las mugeres gazmoñas y zalameras!
(_Éntrase en el cuarto de Doña Francisca._)
ESCENA VII.
CALAMOCHA (_Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y
botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta._)
CALAM. ¿Con que ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya, ya
conozco el tal número tres. Coleccion de bichos mas abundante no la
tiene el Gabinete de Historia natural.... Miedo me da de entrar...
¡Ay! ¡ay!... Y ¡qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia,
pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron
no podemos mas, que si no, por esta vez no veia yo el número tres, ni
las plagas de Faraon que tiene dentro... En fin, como los animales
amanezcan vivos, no será poco.... Rebentados están.... (_Canta Rita
desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose._) ¡Oiga!...
¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay!
que desvencijado estoy.
ESCENA VIII.
RITA, CALAMOCHA.
RITA. Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa y...
(_Forcejeando para echar la llave._) Pues cierto que está bien
acondicionada la llave.
CALAM. ¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
RITA. Gracias, mi alma.
CALAM. ¡Calle!... Rita.
RITA. Calamocha.
CALAM. ¿Qué hallazgo es este?
RITA. ¿Y tu amo?
CALAM. Los dos acabamos de llegar.
RITA. ¿De veras?
CALAM. No que es chanza. Apenas recibió la carta de Doña Paquita, yo
no se adónde fué, ni con quien habló, ni como lo dispuso; solo sé
decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos
centellas, por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á
las primeras diligencias nos hallamos con que los pájaros volaron ya.
A caballo otra vez y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos...
En suma, molidos los rocines y nosotros á medio moler, hemos parado
aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio
mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que cenar.... Esta
es la historia.
RITA. ¿Con que le tenemos aquí?
CALAM. Y enamorado mas que nunca, zeloso, amenazando vidas...
Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesion de su
Currita idolatrada.
RITA. ¿Qué dices?
CALAM. Ni mas ni menos.
RITA. ¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.
CALAM. ¿Amor?... ¡Friolera!.... El moro Gazul fué para él un pelele,
Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
RITA. ¡Ay cuando la señorita lo sepa!
CALAM. Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuando
llegaste? Que...
RITA. Yo te lo diré. La madre de Doña Paquita dió en escribir
cartas y mas cartas, diciendo que tenia concertado su casamiento en
Madrid con un caballero rico, honrado, bien quisto, en suma cabal
y perfecto, que no habia mas que apetecer. Acosada la señorita con
tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de
aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que estaba
pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto
lloró la pobrecita, que afligida estuvo. Ni queria comer, ni podia
dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular para que su tia no
sospechára la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer
susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios, no hallamos
otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su cariño tan
verdadero y de buena ley como nos habia ponderado, no consentiria que
su pobre Paquita pasára á manos de un desconocido, y se perdiesen
para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros,
estrellados en las tapias del corral. A pocos dias de haberle
escrito, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus
medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella: recogimos
á toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos
de aquellas buenas mugeres, y en dos latigazos llegamos antes de
ayer á Alcalá. La detencion ha sido para que la señorita visite á
otra tia monja que tiene aquí, tan arrugada y tan sorda como la que
dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una
todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Pero esta
casualidad nos...
CALAM. Sí. No digas mas... Pero... ¿Con que el novio está en la
posada?
RITA. Ese es su cuarto, (_Señalando el cuarto de D. Diego, el de
Doña Irene y el de Doña Francisca._) este el de la madre, y aquel el
nuestro.
CALAM. ¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mio?
RITA. No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo;
porque ayer, metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié,
ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.
CALAM. Bien... A Dios. (_Recoge los trastos que puso sobre la mesa,
en ademan de irse._)
RITA. ¿Y adónde?
CALAM. Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, amigos
ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?
RITA. Un criado viene con él.
CALAM. ¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque
está de peligro. A Dios.
RITA. ¿Y volverás presto?
CALAM. Se supone. Estas cosas piden diligencia; y aunque apenas puedo
moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga á cuidar
de su hacienda, disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Con que ese
es nuestro cuarto, eh?
RITA. Sí. De la señorita y mio.
CALAM. ¡Bribona!
RITA. ¡Botarate! A Dios.
CALAM. A Dios, aborrecida. (_Éntrase con los trastos al cuarto de D.
Cárlos._)
ESCENA IX.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
RITA. Qué malo es... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Felix aquí! Sí, la
quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de D. Cárlos,
y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por mas que digan, los hay
muy finos, y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene
remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que
está ciega por él? ¡Pobrecita! Pues no seria una lástima que... Ella
es. (_Sale Doña Francisca._)
D.ª FCA. ¡Ay, Rita!
RITA. ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
D.ª FCA. ¡Pues no he de llorar! Si vieras mi madre... Empeñada está
en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que
sabes tú, no me mandaria cosas imposibles... Y que es tan bueno, y
que es rico y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto,
y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no
miento, ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
RITA. Señorita, por Dios, no se aflija usted.
D.ª FCA. Ya, como tú no lo has oido... Y dice que D. Diego se queja
de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado
hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por
cierto, y reirme y hablar de niñerías... Y todo, por dar gusto á
mi madre, que si no... Pero bien sabe la Vírgen que no me sale del
corazon.
(_Se va obscureciendo lentamente el teatro._)
RITA. Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia...
¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel dia de asueto que
tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
D.ª FCA. ¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... ¿Pero qué me vas á contar?
RITA. Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella
cruz verde, tan galan, tan fino...
D.ª FCA. ¡Qué rodeos!... D. Felix. ¿Y qué?
RITA. Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
D.ª FCA. Y bien... Y luego volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas
veces... mal aconsejada de tí.
RITA. ¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo? Hasta ahora
nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las
puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos
una distancia tan grande, que usted la maldijo, no pocas veces...
Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como
aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita...
Mire usted que todo cuanto hemos leido á hurtadillas en las novelas,
no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de
aquellas tres palmadas que se oian entre once y doce de la noche, de
aquella sonora punteada con tanta delicadeza y espresion?
D.ª FCA. ¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva
conservaré la memoria... Pero está ausente... Y entretenido acaso con
nuevos amores.
RITA. Eso no lo puedo yo creer.
D.ª FCA. Es hombre al fin, y todos ellos...
RITA. ¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y
las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de
todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleva chasco
en la eleccion, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite
la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero
no es creible que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de
perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversacion á
obscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él
una accion descompuesta, ni oimos de su boca una palabra indecente ni
atrevida.
D.ª FCA. Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo
aquí... aquí... (_Señalando el pecho._) ¿Qué habrá dicho al ver la
carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! ¡Es
lástima!... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho
mas... nada mas.
RITA. No señora, no ha dicho eso.
D.ª FCA. ¿Qué sabes tú?
RITA. Bien lo sé. Apenas haya leido la carta se habrá puesto en
camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...
(_Acercándose á la puerta del cuarto de D.ª Irene._)
D.ª FCA. ¿Adónde vas?
RITA. Quiero ver si...
D.ª FCA. Está escribiendo.
RITA. Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer...
Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. D. Felix está
ya en Alcalá.
D.ª FCA. ¿Qué dices? no me engañes.
RITA. Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.
D.ª FCA. ¿De veras?
RITA. Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...
D.ª FCA. ¿Con que me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de
avisarle... ¿Pero ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?... ¡Correr
tantas leguas solo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué
agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de
mí. Para siempre agradecimiento y amor.
RITA. Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que
vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos
todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el
novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos
de perder en ella.
D.ª FCA. Dices bien... Pero no, él tiene resolucion y talento, y
sabrá determinar lo mas conveniente... ¿Y como has de avisarme?...
Mira que así que llegue le quiero ver.
RITA. No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome
aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?
D.ª FCA. Sí, bien.
RITA. Pues entonces no hay mas que salir con cualquiera excusa. Yo
me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de
sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si
está allí D. Diego...
D.ª FCA. Bien, anda, y así que llegue...
RITA. Al instante.
D.ª FCA. Que no se te olvide toser.
RITA. No haya miedo.
D.ª FCA. ¡Si vieras que consolada estoy!
RITA. Sin que usted lo jure lo creo.
D.ª FCA. ¿Te acuerdas cuando me decia que era imposible apartarme de
su memoria, que no habria peligros que le detuvieran, ni dificultades
que no atropellara por mí?
RITA. Sí, bien me acuerdo.
D.ª FCA. ¡Ah!... Pues mira como me dijo la verdad. (_Doña Francisca
se va al cuarto de Doña Irene. Rita por la puerta del foro._)
ACTO SEGUNDO.
ESCENA I.
TEATRO OSCURO.
D.ª FCA. Nadie parece aun... (_Acércase á la puerta del foro y
vuelve._) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una
simple, que solo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es
amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es
querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª IRE. Sola y á obscuras me habeis dejado allí.
D.ª FCA. Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no estorbarla
me he venido aquí, que está mucho mas fresco.
D.ª IRE. ¿Pero aquella muchacha qué hace, que no trae una luz? Para
cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como una
pólvora... (_Siéntase._) Sea todo por Dios... ¿Y D. Diego no ha
venido?
D.ª FCA. Me parece que no.
D.ª IRE. Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que no
gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido, y
con muchísima razon...
D.ª FCA. Bien, sí señora, ya lo sé. No me riña usted mas.
D.ª IRE. No es esto reñirte, hija mia, esto es aconsejarte. Porque
como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha
entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo
que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando...
Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de D. Bruno (Dios
le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por cada
papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un
casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que
á las oraciones de tus tias, que son unas bienaventuradas, debemos
agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué
dices?
D.ª FCA. Yo nada, mamá.
D.ª IRE. Pues nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En
hablándote de esto, no te ocurre nada que decir.
ESCENA III.
RITA, (_Sale de la puerta del foro con luces y las pone encima de la
mesa._) DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª IRE. Vaya, muger, yo pensé que en toda la noche no venias.
RITA. Señora, he tardado porque han tenido que ir á comprar las
velas. Como el tufo del velon la hace á usted tanto daño.
D.ª IRE. Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que
padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; si
no me sirvieron de nada. Con las obleas me parece que me va mejor...
Mira, deja una luz ahí y llévate la otra á mi cuarto, y corre la
cortina, no se me llene todo de mosquitos.
RITA. Muy bien. (_Toma una luz y hace que se va._)
D.ª FCA. (_Aparte á Rita._) ¿No ha venido?
RITA. Vendrá.
D.ª IRE. Oyes, aquella carta que está sobre la mesa, dásela al mozo
de la posada para que la lleve al instante al correo... (_Vase Rita
al cuarto de Doña Irene._) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será
menester recojernos presto para salir mañana de madrugada.
D.ª FCA. Como las monjas me hicieron merendar...
D.ª IRE. Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el
abrigo del estómago... (_Sale Rita con una carta en la mano, y hasta
el fin de la escena hace que se va y vuelve segun lo indica el
diálogo._) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodia,
y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luego que estén.
RITA. ¿Y nada mas?
D.ª IRE. No, nada mas... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.
RITA. Sí, ya lo sé.
D.ª IRE. Rita.
RITA. Otra. ¿Qué manda usted?
D.ª IRE. Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante...
Pero, no señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos
borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simon, que digo
yo, que me haga el gusto de echarla en el correo. ¿Lo entiendes?
RITA. Sí, señora.
D.ª IRE. ¡Ah! mira.
RITA. Otra.
D.ª IRE. Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luego me
saques de ahí al tordo y colgarle por aquí, de modo que no se caiga y
se me lastime... (_Vase Rita por la puerta del foro._) ¡Qué noche tan
mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios
rezando el Gloria Patri y la oracion del Santo Sudario!... Ello por
otra parte edificaba, cierto... Pero cuando se trata de dormir.
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª IRE. Pues mucho será que D. Diego no haya tenido algun encuentro
por ahí y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy
puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y
con que garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sugeto de
bienes y de posibles... Y ¡qué casa tiene!... Como un ascua de oro la
tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina!
¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que
atiendes á lo que estoy diciendo.
D.ª FCA. Sí, señora, bien lo oigo; pero no la queria interrumpir á
usted.
D.ª IRE. Allí estarás, hija mia, como el pez en el agua: pajaritas
del aire que apetecieras, las tendrias, porque como él te quiere
tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero
mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo
de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... Pues no
es cosa particular, señor.
D.ª FCA. Mamá, no se enfade usted.
D.ª IRE. No es buen empeño de... ¿Y te parece á tí que no sé yo muy
bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que
se te han metido en esa cabeza de chorlito?... Perdóneme Dios.
D.ª FCA. Pero... Pues ¿qué sabe usted?
D.ª IRE. ¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay hija! He vivido mucho, y
tengo yo mucha trastienda y mucha penetracion para que tú me engañes.
D.ª FCA. (_Aparte._) ¡Perdida soy!
D.ª IRE. Sin contar con su madre... Como si tal madre no tuviera...
Yo te aseguro, que aunque no hubiera sido con esta ocasion, de todos
modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido
que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí...
¡Mire usted qué juicio de niña este! Que, porque ha vivido un poco
de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja
tambien... Ni qué entiende ella de eso, ni que... En todos los
estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre,
asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la
primera obligacion de una hija obediente. Y sépalo usted, si no lo
sabe.
D.ª FCA. Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla á
usted.
D.ª IRE. Sí, que no sé yo...
D.ª FCA. No señora. Créame usted. La Paquita nunca se apartará de su
madre, ni la dará disgustos.
D.ª IRE. Mira si es cierto lo que dices.
D.ª FCA. Sí, señora, que yo no sé mentir.
D.ª IRE. Pues hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que
pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como
corresponde. Cuidado con ello.
D.ª FCA. ¡Pobre de mí! (_Aparte._)
ESCENA V.
D. DIEGO, (_Sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa
sombrero y baston._) DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª IRE. ¿Pues cómo tan tarde?
D. DIE. Apenas salí, tropecé con el padre guardian de San Diego y el
doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos
no me han querido soltar... (_Siéntase junto á Doña Irene._) Y á todo
esto, ¿cómo va?
D.ª IRE. Muy bien.
D. DIE. ¿Y Doña Paquita?
D.ª IRE. Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo
que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar solo en dar gusto á su
madre y obedecerla.
D. DIE. ¡Qué diantre! Con que tanto se acuerda de...
D.ª IRE. ¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren,
ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...
D. DIE. No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las
pasiones algo mas enérgicas y decisivas que en la nuestra; y por
cuanto la razon se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus
del corazon son mucho mas violentos... (_Asiendo de una mano á Doña
Francisca la hace sentar inmediata á él._) Pero de veras, Doña
Paquita, ¿se volveria usted al convento de buena gana?... La verdad.
D.ª IRE. Pero si ella no...
D. DIE. Déjela usted, señora, que ella responderá.
D.ª FCA. Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita Dios
que yo la dé que sentir.
D. DIE. Pero eso lo dice usted tan afligida y...
D.ª IRE. Si es natural, señor. No ve usted que...
D. DIE. Calle usted por Dios, Doña Irene, y no me diga usted á mí
lo que es natural... Lo que es natural es que la chica esté llena
de miedo y no se atreve á decir una palabra, que se oponga á lo que
su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mia, que
estábamos lucidos.
D.ª FCA. No señor, lo que dice su merced, eso digo yo, lo mismo.
Porque en todo lo que me mande la obedeceré.
D. DIE. ¡Mandar, hija mia!... En estas materias tan delicadas,
los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen,
aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... Y ¿quién ha de
evitar despues las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues
¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas,
verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que
no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada muger halla anticipada
la muerte en el encierro de un claustro porque su madre ó su tio se
empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no queria?... ¡Eh! No señor,
eso no va bien... Mire usted, Doña Paquita, yo no soy de aquellos
hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura, ni
mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he
creido imposible que una muchacha de juicio y bien criada, llegase á
quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á
la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices.
Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas
que viven en una decente libertad... Decente: que yo no culpo lo que
no se opone al ejercicio de la virtud. ¿Pero cuál seria entre todas
ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante mas
apetecible que yo? Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid... Lleno
de estas ideas, me pareció que tal vez hallaria en usted todo cuanto
yo deseaba.
D.ª IRE. Y puede usted creer, señor D. Diego, que...
D. DIE. Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago cargo,
querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña tan bien
inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar en
aquel inocente asilo de la devocion y la virtud; pero si á pesar de
todo esto la imaginacion acalorada, las circunstancias imprevistas la
hubiesen hecho elegir sugeto mas digno, sepa usted que yo no quiero
nada con violencia. Yo soy ingénuo: mi corazon y mi lengua no se
contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad.
El cariño que á usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre
de usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien que á
nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí prendas
que la inclinen, si siente algun otro cuidadillo en su corazon,
créame usted, la menor disimulacion en esto nos daria á todos
muchísimo que sentir.
D.ª IRE. ¿Puedo hablar ya, señor?
D. DIE. Ella, ella debe hablar, y sin apuntador, y sin intérprete.
D.ª IRE. Cuando yo se lo mande.
D. DIE. Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca
responder... Con ella he de casarme, con usted no.
D.ª IRE. Yo creo, señor D. Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué
concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo
escribió pocos dias há, cuando le dí parte de este casamiento. Que
aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere
muchísimo; y á cuantos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo
está, y contínuamente nos envia memorias con el ordinario.
D. DIE. Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O por mejor
decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?
D.ª IRE. Sí señor que tiene que ver, sí señor. Y aunque yo lo
diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto
una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la
niña... Y no es ningun catedrático, ni bachiller, ni nada de eso;
sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada con
un empleillo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para
comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia, y
escribe que da gusto... Casi toda la carta venia en latin, no le
parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella. Que no es
posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.
D. DIE. Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la
deba disgustar.
D.ª IRE. ¿Pues no quiere usted que me disguste oyéndole hablar
de mi hija en unos términos que?... ¡Ella otros amores ni otros
cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... La mataba á
golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables y que
yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenias
doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella
santa muger. Díselo para que se tranquilice y...
D. DIE. Yo, señora, estoy mas tranquilo que usted.
D.ª IRE. Respóndele.
D.ª FCA. Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.
D. DIE. No, hija mia; esto es dar alguna expresion á lo que se dice;
pero enfadarnos, no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.
D.ª IRE. Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los
favores que usted nos hace... Por eso mismo...
D. DIE. No se hable de agradecimiento: cuanto yo puedo hacer, todo es
poco... Quiero que Doña Paquita esté contenta.
D.ª IRE. ¿Pues no ha de estarlo? Responde.
D.ª FCA. Sí, señor, que lo estoy.
D. DIE. Y que la mudanza de estado que se la previene, no la cueste
el menor sentimiento.
D.ª IRE. No señor, todo al contrario... Boda mas á gusto de todos no
se pudiera imaginar.
D. DIE. En esa inteligencia, puedo asegurarla que no tendrá motivos
de arrepentirse despues. En nuestra compañía vivirá querida y
adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su
estimacion y su amistad.
D.ª FCA. Gracias, señor D. Diego... ¡A una huérfana, pobre, desvalida
como yo!...
D. DIE. Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna
todavía de mayor fortuna.
D.ª IRE. Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.
D.ª FCA. ¡Mamá!
(_Levántase Doña Francisca, abraza á su madre y se acarician
mutuamente._)
D.ª IRE. ¿Ves lo que te quiero?
D.ª FCA. Sí, señora.
D.ª IRE. ¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el de
verte colocada antes que yo falte?
D.ª FCA. Bien lo conozco.
D.ª IRE. ¡Hija de mi vida!... ¿Has de ser buena?
D.ª FCA. Sí, señora.
D.ª IRE. ¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!
D.ª FCA. ¿Pues que no la quiero yo á usted?
D. DIE. Vamos, vamos de aquí. (_Levántase Don Diego y despues Doña
Irene._) No venga alguno y nos halle á los tres llorando como tres
chiquillos.
D.ª IRE. Sí, dice usted bien.
(_Vanse los dos al cuarto de Doña Irene. Doña Francisca va detrás, y
Rita que sale por la puerta del foro la hace detener._)
ESCENA VI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
RITA. Señorita... ¡Eh! chit... señorita.
D.ª FCA. ¿Qué quieres?
RITA. Ya ha venido.
D.ª FCA. ¿Cómo?
RITA. Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo, con licencia
de usted, y ya sube por la escalera.
D.ª FCA. ¡Ay Dios!... ¿Y qué debo hacer?
RITA. ¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el
tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio. Y mire usted
que en el paraje en que estamos la conversacion no puede ser muy
larga... Ahí está.
D.ª FCA. Sí... Él es.
RITA. Voy á cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y resolucion.
(_Rita se va al cuarto de Doña Irene._)
D.ª FCA. No, no, que yo tambien... Pero no lo merece.
ESCENA VII.
D. CARLOS, (_Sale por la puerta del foro._) DOÑA FRANCISCA.
D. CAR. ¡Paquita!... ¡Vida mia! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa,
cómo va?
D.ª FCA. Bien venido.