crecido número de familias, con mujeres, hijos y esposos. Se
sientan pacíficamente al lado de una mesa, beben su
indispensable cerveza, hablan, rien, cantan en coro, pero jamas
disputan. Importa muy poco que la cerveza, con su accion
inflamable, pueda calentar el cerebro, importa muy poco que en
una misma pieza, y en diferentes mesas, haya á veces reunidas
trescientas personas que fuman, cantan y beben, no importa,
ninguna botella se rompe, ninguna silla se estropea, nadie
disputa, todos se retiran habitual y tranquilamente á sus casas
para volverse á reunir el próximo domingo.
Aplíquese esta costumbre á nuestra raza latina, ora sea
francesa, italiana ó española; á la media hora de estar reunidos
se han roto la cabeza algunos de los convidados, y cada vez que
se encuentren juntos bebiendo habrá disputas. Esta diferencia
característica, aplicándola en sentido mas alto é importante,
explica en algun modo la facilidad con que se gobiernan las
razas germánicas y la causa de los trastornos casi continuos de
los pueblos latinos.
El año de 1855, segun datos oficiales, se celebraron en Suiza
16,270 matrimonios: el número de niños nacidos en dicho año fué
de 363,40, y el de niñas el de 33,660, lo que forma un total de
70,000 nacidos. Sabido es, y en otro lugar lo decimos, que la
poblacion total de la antigua Helvecia no llega á tres millones.
Las defunciones acaecidas en el mismo año de 1855 fueron en
número de 55,500 personas. Los matrimonios pueden calcularse á
razon de uno por cada 147 habitantes, un nacido por cada 34, y
una defunción por cada 43 personas. El sexo masculino, contra lo
que generalmente sucede en otros climas, vive en Suiza ménos que
el femenino; tampoco hay muchos ejemplos de longevidad en
ningun sexo.
Con respecto á su industria, de la que en otro lugar nos
ocupamos, tenemos que añadir datos muy preciosos sobre el
comercio que ha hecho en 1856 con los Estados-Unidos de América.
En los doce meses de 1856, la Suiza ha remesado á los
Estados-Unidos de América las siguientes partidas: en relojes,
por valor de 2,404,575 dollars; en tejidos de seda, por valor de
4,875,636 dollars; en artículos de algodon y bordados, por valor
de 641,927 dollars; en sombreros, cintas de seda, por valor de
444,135; total de sus remesas 8,368,074 dollars; cada dollar son
20 r., 20 mrs.
Esta crecidísima suma para un pais pequeño como la Suiza, y
producto de su comercio con una sola nacion, demuestra
palpablemente cuan grande es el progreso de su industria, que
vende con ventaja sus artefactos en todos los paises y que
fomenta tan grande comercio. En relojería, el canton de
Neuchatel solo, segun datos oficiales, ha construido en 1856
1,600,000 relojes: añádase á esta extraordinaria cifra el
inmenso número de relojes que en Ginebra se fabrican, y se
comprenderá la importancia immensa de su relojería.
La casa de Echer Wyss y compañía en Zurich, cuyos
establecimientos industriales ocupan medio barrio de la ciudad,
da trabajo á 3,000 operarios, y de la citada casa salen todos
los dias magníficas máquinas de vapor y excelentes aparatos de
todo género. La sedería tambien es otra industria floreciente
que prospera en el mismo canton.
En 1855 se contaban en Suiza quince establecimientos de banco, ó
giro, con un capital de 64 millones de francos: la circulacion
de billetes en el referido año fué por valor de 10 millones
francos y el giro total ascendió en todo el año á 1,354,111,309
fr., suma muy respetable y muy elevada atendiendo á la poblacion
y riqueza social de la Suiza. El crédito de que goza la nacion,
merced á sus sabios gobiernos y excelentes é inmejorables
instituciones, es el mas envidiable; y prácticamente se ha visto
con motivo de la cuestion con la Prusia, habiéndose ofrecido á
la Suiza por banqueros de todos los paises cuanto dinero pudiera
necesitar.
La industria se encuentra tambien en Suiza floreciente y en un
estado de prosperidad envidiable: allí todo se mejora, todo
progresa, á la sombra de buenas leyes fielmente ejecutadas.
Conocida es en Europa y América la admirable relojería de
Ginebra, que despues de surtir á todo el mundo con sus acabados
productos, aumenta todos los dias la riqueza de la ciudad,
embellece sus magníficas tiendas y aumenta la riqueza de la
ilustradísima y sabia Ginebra, que ve levantarse al rededor de
su prodigioso lago soberbios edificios de moderna construccion,
que nada tienen que envidiar á los mejores de cualquiera otra
capital de Europa. Ginebra, que sobresale en Europa por sus
academias y sus sabios, que tiene una vida literaria, que guarda
sus tradiciones, que está poderosamente hermoseada por la
naturaleza con su Monte Blanco, su lago, y su admirable
decoracion, tiene, ademas de su brillante relojería, otras
muchas y avanzadas industrias, sobresaliendo tambien en toda la
Europa en el arte de montar diamantes y en todo lo que se
refiera á joyería.
El canton de San Gall[14] cuenta con sus celebradas blondas y
encajes, industria avanzadísima, que cada dia prospera mas.
El canton de Zurich ocupaba en 1855 en la manufactura de seda
30,000 trabajadores, contando 24,000 telares.
El canton de Basilea, industrioso tambien por excelencia y muy
comercial, es uno de los mas ricos de la Suiza. Su capital,
Basilea, tiene muchas y respetables casas de comercio, caminos
de hierro á Francia, Alemania y centro de Suiza, bancos y
establecimientos industriales, muchas relaciones comerciales y
riqueza y prosperidad siempre crecientes. Excelentes fábricas de
papel y seda: se fabrican instrumentos de música.
El canton de Soleure, católico en su mayor parte, se distingue
tambien con sus fábricas de gas, de algodon, tabaco, y
papeles pintados.
El canton de Glaris descuella y sobresale por sus excelentes
fábricas de paños; es muy industrioso como tambien el de
Neuchatel.
Los principales rios de Suiza son el Rin, el Aar, el Reuss, el
Orbe, y el de Sane: entre los lagos de recuerdos está el de
Bienne, cerca de Berna, en el cual estuvo Rousseau.
El canton del Tesino, agricultura floreciente, fábricas de
sombreros de paja, mucha riqueza, católico. Tiene tambien, como
todos los cantones de la pintoresca Helvecia, sus tranquilos y
poéticos lagos, entre los que descuella el _Mayor_, que tuve el
gusto de admirar sentado largo tiempo á sus orillas con un libro
en la mano.
El canton de Soleure, cuya capital baña el Aar, es muy
comercial, tiene fábricas de algodon, de gas, tabaco y otras
industrias: el de Turgovia, industrial y fabril; muchas fábricas
de tejidos de seda: Schaffhouse, capital del canton del mismo
nombre, y patria del grande historiador Muller, tiene tambien
mucho comercio por el Rin.
En Lausana, uno de los cantones que sobresalen por sus
establecimientos literarios y piadosos, existe un colegio de
ciegos digno de ser visitado y objeto de admiracion merecida.
Fundado con el alto y cristiano pensamiento de educar y recojer
á los infelices privados del esencial órgano de la vista, no
pregunta á ninguno de sus patrocinados cual es su nacionalidad:
admite y recoje á todos los ciegos que se presentan, de
cualquier pais y religion que sean; tiene esa magnífica
circunstancia.
El año de 1855, época en que yo residia en Suiza, entraron en el
establecimiento de Lausana 207 ciegos: de este crecido número
solo 47 pagaron su asistencia, siendo educados y alimentados
gratuitamente por el establecimiento los 160 restantes del
número de los que entraron en el año.
El colegio cuenta con un magnífico local, excelentes profesores,
muy buena alimentacion, sabio sistema, condiciones de higiene,
prácticas admirables, y en fin, cuanto desearse puede. Los
ciegos aprenden música é idiomas, entre las diferentes
asignaturas que componen la enseñanza; el colegio cuenta con muy
buenas máquinas para enseñar la música, siendo verdaderamente
una institucion admirable.
El pueblo suizo es majestuoso, sencillo, patriarcal, pastor,
laborioso, cultivador, piadoso, patriota, soldado, y por encima,
y como sirviendo de corona, libre, eminentemente libre, ¡dichoso
pueblo! ¡Dios vele eternamente por su santa independencia! Un
pueblo que tiene tan magnífica historia debe ser libre y tiene
indisputable derecho á serlo. Voy á consignar aquí en mi libro
una página de oro de tu libro historial; esa página se abre el
17 de noviembre de 1307, fecha memorable, fecha eterna.
El dia 17 de noviembre de 1307 se reunieron los treinta
patriotas eminentes fundadores de la Suiza: el sitio que
escojieron para celebrar su asamblea fué el pintoresco
promontorio de Grutli, que con veneracion piadosa he visitado, y
allí, con los corazones fuertes, en presencia de Dios, y
resueltos á crear un pueblo, pronunciaron el siguiente
juramento:
«Nosotros juramos en presencia de Dios, delante del cual los
reyes y los pueblos son iguales, de luchar y morir por nuestros
hermanos, de obrar y sentir en comun, de no sufrir violencias ni
tampoco cometer nosotros mismos injusticias, de respetar los
derechos y propiedades del conde de Hapsbourg, de no hacer
ningun mal á los vireyes, pero sí de poner un término á
su tiranía.»
¡Sublime y noble juramento que cumplieron! fundando la
independencia de esa magnífica Suiza, que plegue á Dios
conservar siempre libre. Los primeros que prestaron ese
magnífico juramento tan elocuente, tan moral, tan patriótico,
fueron los insignes patricios Walter, Furst, Stauffacher,
Melchthal, Werner, nombres augustos que la Suiza reconocida
guarda y guardará eternamente en su memoria.
En la reunion del 17 de noviembre de 1307, se acordó que el dia
del levantamiento general fuese el 1° de enero de 1308.
En la aldea de Altorf, que he visitado dos veces, tuvo lugar la
tremenda escena con Gesler y Guillermo Tell, que tuvo precision
de apuntar y tirar su flecha á la manzana que colocaron sobre la
cabeza de su hijo ... uno de los suplicios mas bárbaros que
jamas han sido impuestos á padre alguno.
En la misma aldea de Altorf, hay una fuente de piedra coronada
con la estatua de Tell tirando su flecha.
La Suiza es la moderna Arcadia; Guillermo Tell era pescador, su
pueblo pertenece al canton de Uri, que con los de Schwitz y
Unterwald componen los tres primeros cantones que formaron la
liga y el fundamento de la nacionalidad suiza. A estos tres
cantones se unieron los primeros, Lucerna, Zurich, Glaris, Zug y
Berna: al terminar el siglo XV, entraron á reforzar la liga los
cantones de Soleure y Friburgo: Basilea, Apenzel y Schaffhouse
fueron admitidos en ella al comenzar el siglo XVI.
Estos trece cantones confederados constituyeron la célebre liga
helvética, que por espacio de mas de trescientos años
combatieron con gloria para todos, y vergüenza para el Austria,
que nada pudo conseguir, á excepción de las muchas derrotas que
soportó, no obstante sus ejércitos y recursos, mayores que los
de los suizos.
El año 1798, se cambió la constitución de la Suiza: las
repúblicas de Ginebra y de Mulhouse, en union con el obispado de
Basilea, se incorporaron, mejor dicho, fueron incorporadas a
Francia. En tiempo de Napoleon, y despues de una gloriosa
revolucion, se redactó el acta de _mediación,_ por la cual la
Suiza formó una confederacion compuesta de diez y nueve
cantones. A la caida de Napoleon, por una acta del congreso de
Viena (1815), recobró la Suiza las cesiones hechas á la Francia,
á excepción de Mulhouse; adquirió parte del territorio de Gex y
de la Saboya, con lo cual quedó mas completo el nuevo canton de
Ginebra. Desde entónces formó una confederacion de veinte y dos
cantones que hoy por ventura existe, libre y próspera.
En 1848, se ha redactado una nueva constitución mas conforme con
el estado actual de la Suiza, y mas beneficiosa para su
organizacion política [15]. El principal redactor de esta
constitución, que fué presidente de la Asamblea en 1848, es el
coronel Ochsenbein, persona dignísima y de eminentes cualidades,
y á la cual he tenido el gusto de conocer y tratar.
En mayo de 1855, el tribunal cantonal de Obwald, en Suiza,
pronunció la siguiente sentencia, original por mas de
un concepto.
Un ciudadano suizo, culpable de un robo verificado en una
iglesia de Samen, ha sido condenado á lo siguiente: «Un cuarto
de hora de argolla, vigilado por el verdugo, á 60 palos dados
públicamente por el ejecutor de la justicia, á tirar durante
cinco años de un carretón, á diez años de internacion en su
distrito natal, á no poder casarse jamas, á la pérdida de sus
derechos civiles y políticos, á ejercicios piadosos, á hacer
penitencia en la iglesia, con un báculo en la mano, y una cuerda
al cuello, á daños y perjuicios y á los gastos del juicio.»
Los establecimientos penales de la Suiza, están en perfecta
consonancia con su admirable estado de progreso. Un régimen
interior ejemplar y religioso, los trabajos del campo, el buen
sistema de alimentacion, la enseñanza que reciben, los ejemplos
morales que se les ofrecen, las prácticas religiosas á que
tienen que consagrarse, todo en una palabra es admirable y no
deja nada que desear. He visitado los de Berna, Friburgo,
Ginebra, Lucerna y algunos otros, y en todas partes he
encontrado el mismo órden, la misma exactitud.
La instruccion pública, que es la estadística de la
inteligencia, la que con plena verdad patentiza con sus cifras
el estado de un pueblo, está en Suiza á una altura superior á la
de los demas estados de Europa. Sus datos consoladores, sus
riquísimos anales, que componen el verdadero libro historial de
la Suiza, manifiestan la apremiante necesidad en que se
encuentran los demas gobiernos de Europa de difundir y propagar
la instruccion, sin la cual los pueblos no pueden ser libres,
sin la cual los pueblos no prosperan, sin la cual no hay vida
posible: porque el embrutecimiento del pueblo es la razon de ser
de las tiranías, es el apoyo de los despotismos.
He tenido complacencia en comparar la estadística de la
instruccion publica en Suiza con la de Francia, Inglaterra,
Austria y Prusia, y la diferencia notabilísima que hay en favor
de la libre Suiza, proclama en voz alta y con la
incontrovertible elocuencia de los números, el próspero estado
de la Suiza bajo el aspecto intelectual, y la superioridad con
que aventaja á los demas pueblos en la propagacion de lo que á
todos se debe, de la instruccion, que al ver como la regatean
los gobiernos de algunos pueblos, diríase que no pertenece de
derecho á todo hombre, á todo ciudadano.
Los gobiernos al propagar la instruccion, al educar á todas las
clases, y á todos los individuos, no hacen mas que cumplir con
su deber; para algo se han reunido los hombres en sociedad: no
es solamente con el objeto de pagar los impuestos y soportar las
cargas de la nacion; el estado por su parte, les debe
proteccion, defensa de sus derechos si son atacados, instruccion
gratuita; es un deber imprescindible, y faltan á todo lo pactado
los gobiernos que no lo práctican, y cometen una usurpacion, y
autorizan á los pueblos á no reconocer su autoridad.
Volviendo ahora á Suiza de la que una digresion necesaria me ha
apartado un momento, basta consignar que existen en la
Confederacion Suiza 5,500 escuelas, á las que concurrieron en el
año de 1855 430,107 discípulos. Esas dos cifras admirables, en
un pueblo de ménos de tres millones de ciudadanos, bastan para
colocarla en un alto y envidiable puesto: esos datos relevan de
todo comentario, hablan por sí solos mejor que todas las frases.
Los hospitales y demas establecimientos de beneficencia, están
en relacion con sus instituciones y adelantos: la caridad
cristiana, la primera de las virtudes, está magistralmente
entendida y prácticada en los establecimientos piadosos de
la Suiza.
Cuéntanse tambien muchas y admirables casas de enagenados; á
media legua de Berna, se levanta un majestuoso edificio
destinado á la asistencia y curacion de los pobres locos: es
admirable bajo todos conceptos, y como él son los demas que he
visto en diferentes cantones; el de los alrededores de Berna
está magníficamente situado; delante se ostentan verdes y
lozanas praderas, un abundoso y pintoresco bosque le rodea, y le
circuyen los Alpes, con sus elevadas cumbres.
El gobierno de la Suiza es el único que puede llamarse
verdaderamente libre, eminentemente popular. Segun la
constitución de 1848, que se venera y se práctica, que no es una
ley escrita, sino una verdad realizada, los pueblos son los que
hacen todo interviniendo, como es lógico y de pleno derecho, en
todos los asuntos del Estado.
Los negocios locales los dirije y resuelve el consejo de cada
canton, cuyos individuos elige el pueblo: los asuntos generales
de la confederacion están del mismo modo encomendados al pueblo:
la asamblea federal, compuesta de los diputados de toda la
nacion, elige el presidente y los ministros de la confederacion;
y como los diputados son los genuinos representantes del pueblo,
la gobernacion es siempre popular, como debiera serlo en
todas partes.
Los presidentes de la confederacion son elegidos por solo un
año: al terminar su magisterio, ponen de manifiesto todos sus
actos, son juzgados por la opinion pública, y se retiran
tranquilos, entrando su sucesor cada año á ejercer la suprema
magistratura.
La eleccion de ministros la hace tambien la asamblea federal:
los poderes de los ministros duran seis años, ejercen sus cargos
bajo la presidencia del primer ciudadano de la confederacion,
presentan sus actos dos veces por año al juicio de la asamblea,
y terminados sus poderes, vuelven á su condicion anterior ó son
reelegidos si se han hecho dignos.
Las elecciones de presidente y ministros se hacen del modo mas
patriótico y tranquilo: la Suiza no conoce esa libertad
tumultuosa que otros pueblos proclaman equivocadamente: en Suiza
es pública la vida de todos los ciudadanos: el que mas ama la
justicia y la libertad, el que mas se acerca al buen ciudadano,
es elejido y votado por la Asamblea, que representa el pueblo.
De este modo, la gobernacion del Estado reune todas las
condiciones de acierto deseables: todos los ciudadanos, desde el
primero al último, intervienen en la gestion de la cosa pública,
de este modo están perfectamente garantidos los derechos del
pueblo. Los sueldos modestísimos de los empleados públicos
aligeran las cargas públicas, y hacen que la Suiza se vea libre
de esa enfermedad que se llama empleomanía, y que tan funestos
resultados produce en algunos pueblos de Europa.
El presidente de la confederacion, magistrado supremo, de igual
categoría que cualquier soberano, tiene _seis mil francos de
sueldo al año_ que es todo el tiempo que dura su cargo: vive
modestamente, sin criados, sin carruajes, sin fausto: y su
autoridad es tan respetada como la del primer soberano de
Europa, porque la autoridad en Suiza es la ley. He conocido dos
presidentes, el coronel Frey-Herosée, y el doctor Furrer, ámbos
probos, rectos, ilustradísimos, modestos.
En Suiza tienen tambien la inmensa dicha de no conocer los
ejércitos permanentes, carga pesadísima que en los demas pueblos
de Europa aumenta los presupuestos, hace imposible la economía y
dificulta el reinado de la libertad. Todo suizo es soldado, y
cuando la patria lo necesita, se levanta en veinte y cuatro
horas un poderoso ejército, que no está asalariado, y que solo
combate por la patria.
Este es el cuadro exacto de la confederacion suiza, consolador
para los que amamos la libertad, consolador para el filósofo,
para el estadista, para el político.
Dos son los problemas difíciles que yo encuentro actualmente en
Suiza, y los únicos que pueden ofrecerse en contraste á sus
grandes progresos y admirables instituciones: el pauperismo, y
el indiferentismo religioso que trabaja sus sectas innumerables
de protestantes.
La crudeza del clima, la poca extension del territorio, y la
modesta riqueza pública de la Suiza, explican el pauperismo, que
existe, no por las leyes, de ninguna manera; no á causa de su
organizacion, sino porque la Suiza es pobre, y porque el clima
es duro. No está en sus defectos sociales el pauperismo, no; es
una fatal consecuencia que puede irse amenguando, como se hace,
pero que no puede extirparse de repente. No obstante su grande
número de mendigos, y su popularizada instruccion, la
estadística criminal es la mas corta de Europa, no solo
comparada con los estados grandes, sino tambien con los de ménos
é igual poblacion. De todos modos el pauperismo en Suiza es un
difícil problema.
El otro es mas general, y de grande importancia para el porvenir
de un pueblo. He penetrado en todos los templos de las
diferentes comuniones protestantes que hay en Suiza, he asistido
á sus ceremonias, he presenciado sus solemnidades, y en todos
los templos y por todas partes, solo he encontrado un terrible
indiferentismo, peor que la falta de creencias: un pueblo
indiferente en religion podria concluir por serlo en política y
en moral, y ese pueblo se perderia. La filosofía panteista
alemana, tan popularizada en Suiza, es la causa originaria de la
indiferencia religiosa.
Esperemos que esa enfermedad desaparezca; yo así lo espero, y
así lo quisiera, pues un pueblo tan grande y tan sabiamente
gobernado, necesita para conservarse, creer en Dios, dispensador
de todo bien, y Padre de todos los pueblos.
Y aquí termina mi capítulo sobre la Suiza, pueblo de mi
predileccion y en cuya prosperidad tanto me intereso. ¡Dios vele
por la independencia de su suelo!
#INGLATERRA#.
La impresion que el viajero recibe dirijiéndose á Lóndres desde
Paris, como yo lo hice, es triste, verdaderamente triste.
La bulliciosa alegría que rebosa por todas partes en la animada
capital de Francia, contrasta de un modo singular con la fria y
reservada gravedad de Lóndres. En el momento de llegar á Calais
ó Boulogne, comienzan á divisarse las nebulosas costas
de Albion.
La travesía de Paris á Lóndres, que se verifica en el brevísimo
término de doce horas, es agradable y fácil. Al reflexionar
sobre la corta distancia que separa ámbas naciones, parece
mentira que se encuentren tan marcadas y profundas diferencias:
nada mas cierto sin embargo: las doce horas de distancia,
significan otra religion, otra lengua, otras costumbres, otro
carácter, otras leyes, otra familia, otra manera de vivir.
Para el que ama el estudio y procura recoger con cuidado las
observaciones que la vida de un pueblo ofrece, es sumamente útil
el viaje á Inglaterra.
El pueblo ingles solo tiene en el continente apologistas ó
detractores: unos condenan su civilizacion, otros la encomian y
preconizan, sin que acierten á formular un juicio imparcial que
condene lo malo y aplauda lo que sea bueno.
Yo no abrigo la pretension de juzgar con entera exactitud la
Inglaterra: ni la índole de este libro se acomoda á un detenido
estudio de su civilizacion, ni he vivido bastante tiempo en su
seno para poderla apreciar con pleno conocimiento de causa.
A pesar de todo, y sin contar para nada con las opiniones
emitidas hasta hoy sobre Inglaterra; prescindiendo de toda
prevencion, y limitándome á exponer en un breve capítulo las
observaciones que yo he tenido lugar de hacer, expondré mi
juicio sobre la Inglaterra con la misma imparcialidad que he
usado al ocuparme de las demas naciones que conozco. Ni emplearé
calificaciones duras ni emitiré elogios apasionados; contaré lo
que he visto y nada mas.
Es una opinion casi recibida generalmente, la de creer que la
Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion; no admitiendo
yo semejante teoría, es de suponer que mis apreciaciones no sean
por todos admitidas: yo las expondré sin embargo, con la
seguridad de que son fundadas.
Lo primero que yo me apresuro á consignar con satisfaccion, es
el admirable estado de la familia en Inglaterra. Esta
institución social, tan eminente, principal fundamento de un
pueblo, se halla sabiamente comprendida y organizada del otro
lado del canal de la Mancha.
La familia inglesa, seguro cimiento de la moral pública, vive en
el órden y en las afecciones: con sus excelentes circunstancias
educa buenos hijos para la sociedad, y buenos ciudadanos para la
patria. El legislador que organice un hogar doméstico con sabia
economía, trabaja en pro de la sociedad, que es su reflejo. En
la familia inglesa hay algo que yo no quisiera ver; como por
ejemplo las leyes que hacen un tanto dura la condicion de la
mujer, pero á pesar de todo, no puedo ménos de admirarla.
Sentadas estas breves apuntaciones que he creido necesario
consignar, ántes de conducir al lector á Inglaterra, vamos á
ponernos en marcha.
Salí de Paris á las ocho de la noche en tren directo. A la una
de la madrugada llegué á Calais, embarcándome por la vez
primera: la travesía hasta Douvres la hice en dos horas, sin
haber sentido la mas leve incomodidad.
En Douvres nos registraron apénas el equipaje, nos dieron un
documento para poder salir de Inglaterra, vieron nuestros
pasaportes, recobramos el camino de hierro, y á las cuatro horas
entramos en Lóndres.
Deliciosa es ciertamente la campiña que el viajero encuentra
desde Douvres á Lóndres. Verdes y abundantes prados donde pastan
numerosos rebaños de ganado lanar, adornan y embellecen el
paisaje. Al entrar en la colosal ciudad, es decir, al llegar al
embarcadero de London-Bridge el tren que nos conducia, pasó por
en medio de otros cinco que en diferentes direcciones marchaban,
todos con grande número de coches, henchidos de gente.
Tan portentosa actividad, tan grande número de líneas férreas
arrancando de un solo punto, dan una excelente idea del
movimiento industrial del pueblo ingles.
Tocóme por casualidad entrar en domingo en la nebulosa ciudad, y
la impresion que recibí fué la que experimentan todos los
extranjeros que llegan por la primera vez en semejante dia;
tristísima, de aburrimiento.
La iglesia anglicana, que desde la época de la reforma se
gobierna de un modo especial, prohibe en su _libre_ fanatismo
toda vida y todo movimiento en el dia del domingo. Ciérranse los
comercios y oficinas de todo género, ciérranse los
establecimientos públicos, ciérrase todo, á excepción de los
clubs y tabernas, donde desde cierta hora de la tarde se
destapan las botellas y se abren los labios.
Contrastes como los que he visto en Lóndres, no los ofrece
pueblo alguno del mundo. El domingo, dia de silencio y de
recojimiento, en el que todo está cerrado, en el que no hay
espectáculos, en el que á nada puede jugarse en los cafés, ese
dia he visto en los jardines de Cremorne-Gardens la procacidad
la mas descarada: en ese mismo sitio de recreo no habia música
ni habia baile porque era domingo, pero no es ménos cierto, que
á pesar de la _religiosidad oficial_, las mujeres públicas
paseaban á centenares, ofendiendo escandalosamente la moral
pública. En Lóndres, el domingo, es preciso comer pan de la
víspera porque no puede cocerse en semejante dia.
Durante mi permanencia en Lóndres en julio de 1855 tuvo lugar la
famosa escena de Hyde-Park, nueva en su género. La policía
disolvió los grupos repartiendo muchos golpes y haciendo
prisiones: el pueblo por su parte, se contentó con silbar á los
_policemen_ y resistir un poco. El bill que se habia presentado
al parlamento, prohibiendo las bebidas al pueblo en el dia del
domingo, único de la semana en que descansa, y en el cual tiene
cerradas las bibliotecas y el mismo palacio de cristal, donde
pudiera aprender algo, el bill que negaba al pueblo lo que la
aristocracia se concede profusamente[16], ese bill digo, que
produjo las reuniones del pueblo en el parque[17], las escenas
con la policía, y el miedo de los nobles, fué retirado ántes de
discutirse.
La nobleza de Inglaterra, que tiene el escandaloso monopolio de
la riqueza, del poder, el bienestar y las regalias todas, empezó
en ese dia á conocer que su reinado puede terminar. La
organizacion social del pueblo ingles, su _vida práctica_ que he
visto, las mil y mil barrerás que le separan de la aristocracia,
esas desigualdades insultantes que allí se ven, esos
privilegios-leyes que destruyen la igualdad social, atacan la
dignidad humana y adulan el orgullo de unos cuantos, todo ese
viejo edificio ingles, casi feudal, á pesar de todos los
discursos que se hacen por todo el mundo, diciendo que la
Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion, puede caer un
dia en astillas, á impulsos del hacha revolucionaria, á impulsos
de un movimiento, quizá mas próximo é inevitable que lo que casi
todos creen.
El que quiera hablar de la orgullosa Albion, que se venga á
Lóndres á visitar las clases, _á ver la vida_, á escuchar la
respiracion social.
He tenido la satisfaccion de ver confirmadas las opiniones que
por escrito habia yo formulado ántes de viajar por Inglaterra.
La libertad en Inglaterra es como todo lo que allí existe,
_nueva, sui generis_: hay mil fenóménos y contradicciones casi
indescifrables; pero por encima de todo, dominando todos los
ruidos, sirviendo de punto culminante y resolviendo todo, la
Inglaterra para tratar los asuntos de fuera es _comercial,
negociante, inglesa_, ni conoce paises, lenguas ni religiones,
suma, resta, y multiplica. Dentro, en su casa, es despótica para
con el débil, el ignorante y el pobre ... y yo quiero la
libertad general, que empieze por comprender al pobre, al
ignorante y al débil: dentro es aristocrática, orgullosa, tiene
_clases_[18], y esa sola palabra insulta.
Por ventura la revolucion moral está próxima, y nada en verdad
mas necesario, nada mas lógico, nada mas legal. La Inglaterra
necesita aun reformas: el pueblo necesita un cambio radical,
profundo; Cromwell ni supo ser ni fué nunca revolucionario; era
un fanático de mas ambicion que talento, y ántes que amigo del
pueblo lo fué de la hipocresía religiosa que le movia: y basta,
vengamos á nuestro viaje.
El aspecto de las principales calles de Lóndres es magnífico: el
movimiento de los miles de carruajes de todas especies que
inundan la poblacion, el inmenso gentío que pulula siempre en
todas direcciones y por todas partes; sus millares de tiendas,
todo el conjunto de tanta vida comercial, ofrece algo de
maravilloso é imponente.
Los miles de ómnibus, porque se cuentan por miles los que
circulan por todas las calles, ofrecen algo de nuevo para el que
guste de hacer observaciones, enfermedad que yo tengo en sumo
grado; puede decirse con toda propiedad que los habitantes de
Lóndres están viajando todo el año sin salir de la capital de
Inglaterra: vense en todos los ómnibus señoras que entran y
salen con sus pequeños sacos de noche, lo mismo que en las
diferentes líneas de caminos de hierro que dentro de Lóndres
hay, para ir de un barrio á otro.
Las distancias son enormes, colosales, esto se comprende
fácilmente con solo hacer una observacion. La mayor parte de las
casas de Lóndres, casi todas, están ocupadas por una sola
familia; los habitantes ascienden á mas de dos millones y medio;
figúrese pues el lector si la extension de la ciudad
será grande.
El Támesis, que separa el Lóndres industrial del comercial y
elegante, ofrece tambien un portentoso cuadro de animacion, con
los colosales edificios que bordan sus riberas, con los
elegantes puentes que le interrumpen, con el grande número de
vapores que llenos de gente le cruzan á todas horas.
Atolondra y pasma la ruidosa animacion de Lóndres: el tumulto y
agitacion de Paris es agradable, es animado, es de otro género:
en la ciudad inglesa todo es carbon de piedra, fardos de telas;
todas las casas de Inglaterra tienen el mismo color sombrío, los
tejados están henchidos de chimeneas, todas están ennegrecidas,
no hay una sola casa de fisonomía alegre, el humo de la
fabricacion y la tristeza de la atmósfera, siempre viuda del
sol, han pintado con sombra toda la construccion inglesa.
La casa mas modesta de Lóndres vista interiormente es linda y
curiosa: todo está ordenado y limpio. Un pequeño jardinito, de
dos varas de extension, se tiende como una alfombra delante de
la puerta, que capítulo está cercada por una verja de hierro.
Las plazas de Lóndres son magníficos jardines que abundan con
lujosa profusion por todas partes: la vista de tanto jardin, el
gran número de parques que existe, y el rico y verde arbolado
que llena todos los sitios, embellece extraordinariamente la
poblacion, distrae la vista de la monotonía de las casas y
purifica y mejora sin duda alguna el estado de la atmósfera,
siempre cargada de carbon.
Los teatros de Lóndres no valen lo que debieran ni corresponden
á la grandeza de la ciudad. En _Covent-Garden_ oí á la Grisi, á
Mario, Tamburini, Lablache, etc., y á decir verdad no me
emocionaron, eran celebridades históricas, nada mas: el teatro,
que tiene su paraíso como el Real de Madrid, es grande, pero
pobre, esterior é interiormente.
El de _Drury-Lane_, donde tambien habia ópera, y de cuya
compañía formaba parte el tenor español Puig, es oscuro, con
incómodas localidades y un público excéntrico.
Los jardines públicos del otro lado del Támesis, y los de
Cremorne-Gardens en el barrio de Chelsea, son muy buenos;
profusion de alumbrado de gas, profusion de flores y verdura,
música, circo, fuegos artificiales. Las calles mas hermosas de
Lóndres son la del Regente, la de Oxford, y Portland-Place.
Picadilly y Bond-Street son los sitios mas elegantes.
¡Espectáculo repugnante! todos los dias se ven en las calles
hombres y mujeres ébrios.
Las iglesias de Lóndres, desde que existe el protestantismo, han
perdido toda su belleza y magnificencia: nada en verdad mas
triste y frio que penetrar en la soberbia iglesia de San Pablo,
de igual forma que San Pedro de Roma; la desnudez absoluta del
templo, en el cual no se ve un solo altar ni imágen alguna de
santo, el vacío prosáico de aquellas inmensas naves que nada
dicen, la ausencia completa de la solemnísima pompa que acompaña
á la ceremonia católica, todas estas circunstancias reunidas
hacen de San Pablo un esqueleto frio, que solo despierta dos
emociones: la de la grandeza del sentimiento que le dió vida, la
de la pequeñez del que le ha disecado, que le ha muerto.
Lo mismo sucede con la famosa abadía de Westminster, llena, como
San Pablo, de objetos profanos, estatuas de marinos, bustos de
hombres de estado, tumbas de reyes y literatos.
Como escribo mi libro guiado por los recuerdos, necesito el
desórden con que la memoria me cuenta; ántes que se me olvide,
quiero consignar que en la abadía de Westminster hay un rincon
que se llama de los _poetas_, donde están los ilustres
trovadores de Albion, faltando, que me chocó mucho, pues al
momento lo noté, la tumba de Byron.
Un sentimiento de hipocresía ha negado al ilustre poeta el
consuelo de dormir entre Shakespeare y sus dignos compañeros.
La iglesia es una soberbia creación gótica, en toda la pureza de
su imponente gallardía: Westminster es, sin duda alguna, uno de
los mejores templos que he visto. En frente está el famoso
Parlamento, magnífico y colosal edificio, gótico todo, purísimo,
admirable.
La fachada que mira al rio, cuyas aguas le lamen humildemente,
es rica de arte y decoracion. Las obras que se han hecho y
continuan haciéndose, son prodigiosas; van gastados millones de
libras esterlinas. Las dos torres colosales y altísimas, una de
las cuales está concluida, colocadas como están formando un
lienzo, el que da frente á la Abadía, son por sí solas dos
monumentos de arte, admirables y magníficos, llenos de un
riquísimo manto de adornos góticos, del mas delicado trabajo.
Esto solo las torres; despues, el edificio es colosal, augusto,
sorprendente. Para entrar en él, el primer salon bajo que se
cruza, es el mismo en que fué juzgado Cárlos I°, el mismo en que
se reunia el largo Parlamento, el mismo que Cromwell desocupó de
la manera que todos saben.
Es un soberbio salon, cubierto de labores de arte y con una
lindísima techumbre. Al cruzarle en toda su extension se
presenta una escalera, al fin de la cual se ofrece un saloncito
de forma circular; á la derecha, la cámara de los lores, á la
izquierda, la de los comunes.
Las dos son pequeñas, pero magníficas: mucha semejanza con el
coro de una iglesia católica: soberbias maderas, profusion de
molduras y dorados, gusto sajon-gótico.
El interior de las cámaras, en medio de una sesion, es un
espectáculo curiosísimo. Excepto el que habla, todos tienen sus
sombreros puestos, túmbanse en los cojines, muchos duermen
cómodamente, otros hablan; la tribuna destinada para el público
es pequeña: todo es lo mismo en Inglaterra, formas, apénas se da
participación al pueblo en las sesiones de las cámaras: en el
centro del salon y sobre una mesa, está la corona y el cetro de
la Albion; el canciller, ó presidente, viste un traje
ridículamente extraño: cubre su cabeza la histórica peluca
blanca con que se vienen adornando los presidentes desde el
orígen del Parlamento.
La sala de sesiones de la cámara de los Comunes es mayor que la
de los Lores: ámbas están elegantemente vestidas con el
ornamento gótico mas escojido. Frente al Parlamento hay una
estatua del célebre Canning.
La moda de las estatuas ha llevado á los ingleses hasta el
extremo: Wellington, que sin la oportuna ayuda de los prusianos,
es derrotado en Waterlóo: Wellington, que vuelto á Lóndres
despues de esta batalla, se ha dormido al compas de los vítores
que le han dirijido, sin cuidarse para nada del ejército ingles,
cuya organizacion por él descuidada ha producido los desastres
de Oriente, ese Wellington, digo, tiene en Lóndres tres ó cuatro
estatuas, cinco ó seis calles con su nombre, y otros tantos
_squares_ ó plazas, en donde se lee Wellington.
Todos los extremos se tocan: en nuestra España las escaseamos
hasta el punto de negárselas á muchos que las merecen: en
Inglaterra las prodigan hasta el abuso.
El sentimiento monárquico tambien, ó al ménos su apariencia, se
halla escrito por todas partes en Lóndres: aparte de los
infinitos establecimientos nacionales, que allí se llaman
_reales_, todos los carruajes públicos llevan una corona, y
debajo escrito _Victoria reina_.
En el paseo de Hyde-Park, no puede entrar en carruaje mas que la
aristocracia; los coches de alquiler, siquiera conduzcan al
hombre mas virtuoso é ilustre del mundo, no tienen entrada en el
paseo ... juzguen esto los que declaman tan alto en loor de esa
nacion....
Entre las plazas de Lóndres que merecen ser vistas, descuellan
las de Trafalgar y Waterloo: ámbas son grandísimas, con
soberbios edificios, y sus correspondientes estatuas de Nelson y
Wellington.
La Cité, que por sí sola es una verdadera ciudad, llama
poderosamente la atencion del viajero: ella encierra en su seno
la Bolsa, el Banco, el Correo, San Pablo y mil otros
establecimientos de giro mercantil, que hacen de su recinto el
punto mas animado del globo sin duda alguna.
A una de sus calles sale el puente de Lóndres[19], cubierto
eternamente por encima de carruajes y peatones: por debajo, de
vapores. A la izquierda del fin del puente está el embarcadero
de la línea de hierro de Paris, Southampton y otras seis
ó siete.
El centro de la Cité necesita verse para llegar á comprender la
posibilidad de un movimiento tan enorme: millares de carruajes
cubren el suelo en todas direcciones, es imposible cruzar de un
lado de la calle á otro; solo marchando con estraordinaria
precaucion se libra uno de ser atropellado; no por la torpeza de
los cocheros, que sea dicho con verdad tienen mas destreza que
en parte alguna, sino por el increible número de coches que en
círculo y en confuso torbellino se confunden y aprietan.
El lord corregidor es el rey de la Cité; para entrar en su
recinto la reina, necesita la venia de aquel funcionario: los
polizontes de la Cité se diferencian de los de Lóndres en los
vivos de las mangas: á propósito de policía, recuerdo que solo
para el Támesis hay en Lóndres una policía especial.
Los ómnibus que circulan por la Cité como por toda la capital de
Inglaterra, son como diligencias: de trecho en trecho y á horas
precisas renuevan los tiros; eso solo prueba las distancias de
la colosal London.
Lo que seguramente posee Inglaterra de mas valor, es sin duda
alguna el famoso palacio de cristal. Ni Lóndres, ni todas las
provincias del Reino-unido, tienen cosa mas admirable: es un
monumento prodigioso, es la realizacion brillante de una grande
idea, es un título de gloria, es una página de oro.
Para ir á visitar el famoso templo de la industria, hay trenes
de diez en diez minutos: la travesía se hace en un cuarto de
hora poco mas. El embarcadero parte del centro de un barrio, y
los vagones vuelan por encima de los tejados al tiempo de salir:
la vista de Lóndres desde los carruajes en semejante momento,
ofrece algo de curioso y de nuevo que no puede ménos de llamar
la atencion.
Al llegar al palacio, se presentan al viajero dilatados y
espléndidos jardines, que son como la alfombra que se tiende al
pié del edificio: fuentes y estanques en abundancia hermosean el
lienzo que la vegetacion ofrece, siempre lozana en Inglaterra.
Cerrando el cuadro se levanta el majestuoso palacio, todo de
cristal, soberbio y admirable. Tres grandes y anchas rampas, con
graderías y estatuas de piedra y mármol, dan entrada al pié del
palacio. Tres cuerpos colosales forman el frente; cierran los
flancos otros nuevos, recientemente levantados.
El palacio tiene, ademas del bajo, otros tres pisos. Abundan en
profusa riqueza los espléndidos salones, entre los que
descuellan el del patio de los leones de la Alhambra, fielmente
copiado. El salon egipcio, con decoracion pura de jeroglíficos y
estatuaria egipcia: el asiático, con pomposa elegancia, y otros
muchos de que yo no me acuerdo.
Dentro del palacio, y en medio de los salones, hay lo que en
Paris he visto copiado, fuentes abundosas y elegantes, árboles
de todos los climas, flores en profusion.
Las infinitas columnas que mantienen el palacio, todo de
cristal, y que parece sustentado en los aires, son de hierro,
esbeltas, finas, elegantes. La brillante claridad de todo el
edificio, como de cristal que son sus lienzos, el perfume de las
flores que en sus salones crecen, el canto de los abundantes
pájaros que allí viven, la rica decoracion que viste todo, el
murmullo de las copiosas fuentes que brotan en medio de los
salones, la vista de la campiña, que sin obstaculo alguno se
ofrece por todas partes, rodeando el edificio, todo este
conjunto reunido, me causó una gratísima emocion.
Al pié del edificio una banda militar ejecuta todos los sábados
escogidas piezas de música. Inútil es añadir que para que nada
falte, dentro del palacio hay un hotel, abundantemente surtido,
con su correspondiente cocina inglesa.
Los palacios que la Reina tiene en Lóndres no valen ciertamente
la pena: son buenos edificios, cercados de elegantísimos
parques, con ganados y estanques, como el de Whitehall cerca de
la Abadía, pero no son monumentales. Los lores tienen muy buenos
hoteles casi todos en _squares_, plazas que son fragantes
bosques de árboles y jardines, que por todo Lóndres se
encuentran.
La torre de Lóndres, célebre por las catástrofes de que ha sido
templo, solo á traves del prisma histórico de los recuerdos,
ofrece interes. Hállase situada á la izquierda del puente de
Lóndres, desde el cual se goza un magnífico panorama, con una
ciudad á cada lado del rio, con vapores elegantes que sin cesar
cruzan, con templos y palacios en abundancia á derecha é
izquierda, con Richmond al fin de un lado, y con la torre de
Lóndres al otro.
Lóndres es solo agradable para los ingleses: así como Paris es
la ciudad de todos los extranjeros del mundo, la capital inglesa
no puede gustar mas que á los hijos del pais. La sociedad es la
mas difícil é innaccesible: si un extranjero no es _introducido_
no hará una sola relacion aunque permanezca un año, pero una vez
_introducido_, la sociedad es agradable y fácil. La cocina
inglesa, que no todos los extranjeros aman, es la única que hay,
porque escasean los hoteles y restaurants de Paris, y escaseando
hay que someterse.
El carácter de la ciudad es serio y grave, los domingos
horriblemente tristes, solo el comercio, y nada mas que el
comercio, constituye la vida inglesa: aunque hay teatros y
diversiones, excepto los domingos, es inútil buscar la alegría,
no se halla en parte alguna: es difícil, sino imposible, comer á
gusto del individuo: en una palabra, Lóndres no hace nada por
los extranjeros; Paris, todo: en la capital de Francia encuentra
el viajero la realizacion de todos sus gustos, su manera de
vivir; en la capital inglesa, es preciso plegarse al ajeno
estilo, renunciar á lo conocido y agradable: en Paris se olvida
uno si ha salido de su patria, en Lóndres nunca se deja de ser
extranjero.
La razon se explica fácilmente: son dos pueblos antípodas en
todo: hábitos, antecedentes, carácter, modo de vivir, todo
diferente, todo distinto: esto en cuanto á los extranjeros en
general: yo de mí sé decir que aunque en Lóndres recorrí y gusté
cuantos placeres ofrece la capital, aunque viví en una buena
casa, y estuve constantemente obsequiado, salí de su recinto no
con pena, como me sucede al abandonar Paris, sino sin trabajo:
contento, sí, muy contento, de haber visitado la curiosa capital
de los ingleses, satisfecho del viaje que juzgo necesario para
el que quiere estudiar la sociedad inglesa, pero sin el
sentimiento mas pequeño, sin violencia alguna.
Lóndres, en 1856, ha dado al mundo un espectáculo repugnante: la
propiedad y la vida amenazadas é inseguras; los ciudadanos, en
medio de las calles, apaleados; los robos y los insultos hechos
de dia en medio de la metrópoli; los caminos todos de los
alrededores de Lóndres cubiertos de mendigos, que se ocupaban en
acometer y maltratar á las mujeres desvalidas.
Esto en cuanto á la seguridad individual: la higiene pública ha
tenido los enemigos siguientes: aparte de sus nieblas, frios y
lluvias, se han adulterado en Lóndres, segun datos oficiales,
todos los artículos alimenticios. Estos mismos géneros se han
vendido con pesos falsos, de suerte, que ademas de falsearse con
perjuicio de la salud pública todos los artículos de primera
necesidad, se vendian con pesos y medidas falsas ... esto no
necesita comentarios, y estos hechos son oficiales, publicados
por el gobierno ingles, para enseñanza de los que atribuyen á
Lóndres una civilizacion pujante, avanzada y llena de vida.
Con respecto á la moral pública, los tribunales de Lóndres se
han ocupado en 1856 de un inmenso número de procesos que
traducen una corrupcion general de costumbres.
Las cárceles han recibido un contingente extraordinario, cuyo
número desconsuela; se han cometido robos escandalosos por
empleados públicos, así como por agentes de compañías de caminos
de hierro; los nombres de Robbson Redpath, y otros, cuyos actos
criminales tanto han escandalizado á la moral pública; las
catástrofes de Dean Paul, Sadler y otros; los suicidios, los
actos de embriaguez; los 36,000 obreros que pasearon las calles
de Lóndres, hambrientos, miserables, sin trabajo; los 1,200
millones de libras esterlinas gastados en la guerra de Oriente,
que han aumentado enormemente la deuda pública, que como una
losa de mármol pesa sobre la Inglaterra, todos estos
acontecimientos reunidos forman un conjunto poco envidiable para
un pueblo que se llama libre y civilizado.
Los divorcios, que ultrajando la moral y el pudor, se _arreglan
con dinero_, rebajando la dignidad humana y escarneciendo á la
mujer, son otro cuadro tremendo que ningun pueblo debiera
ofrecer á la consideracion pública.
Lo que ha salvado hasta hoy á la sociedad inglesa, el timbre mas
alto que tienen, su gran dote, es el respeto que todos los
ingleses profesan á la ley, y su acendrado amor patrio. Sin
estas dos condiciones, en especial la primera, la revolucion
hubiera llamado ya imponente á las puertas de Inglaterra, y la
sociedad entera se hubiera conmovido hasta en sus cimientos.
En 1856, nacieron en Lóndres 44,159 niños, y 42,674 niñas:
fallecieron del sexo masculino 28,894 personas, y 26,892 del
femenino; el número total de habitantes que contaba Lóndres en
diciembre del mismo año, era de 2,616,246, cifra crecidísima, y
la mayor de todas las capitales de Europa.
Segun una memoria publicada en Lóndres en enero de 1857, las
personas que viajaron por el Támesis en todo el año de 1856
fueron en número de cuatro millones. Esta crecidísima cifra, que
parecerá exagerada al que no ha visitado Lóndres, no sorprende
en modo alguno al que ha visto el número extraordinario de
vapores que durante todo el dia cruzan el Támesis, conduciendo
generalmente cada uno cuantas personas cojen sobre los puentes.
Marchan con gran velocidad, y al pasar por debajo de los puentes
del rio, bajan instantáneamente sus chimeneas sin detener la
marcha, volviendo á levantarlas inmediatamente despues de cruzar
el arco por donde atraviesan.
El golpe de vista que ofrece el Támesis, en un dia claro del mes
de julio, es magnífico y grande: el rio imponente y anchísimo,
con sus magníficos puentes, y surcado por innumerables vapores;
y cercando el rio, por ámbas riberas, dos grandes lienzos de
palacios, iglesias, monumentos: es un admirable sitio de recreo
la vista del Támesis.
Los establecimientos penales de Lóndres, que hace pocos años se
hallaban en un estado lamentable, han recibido últimamente
grandes mejoras, y su situacion actual es digna de ser estudiada
por los viajeros.
Cuéntanse en Lóndres diferentes bibliotecas públicas
perfectamente organizadas y servidas: los museos de historia
natural, escultura, artes y pintura, son dignos de visitarse con
detenimiento por las riquezas que contienen: en el de pinturas
hay obras portentosas que admirar de las diferentes escuelas que
conocemos.
Otra de las grandes conquistas que el pueblo ingles ha hecho
desde que está gobernado constitucionalmente, es el respeto que
se profesa á la seguridad individual.
Es magnífico y admirable; y al consignarlo aquí, tengo una
verdadera satisfaccion, y desearia que los demas gobiernos de
Europa imitaran en este punto á la Inglaterra. Lo mismo se puede
decir de sus sabias leyes sobre imprenta, institucion alta,
augusta y civilizadora, á la que deben los pueblos cuanto bueno
poseen, tribuna pública de la sociedad, defensora de los
oprimidos; sí, la Inglaterra ha comprendido mejor que nadie el
gran poder de la imprenta, por eso le acata y le respeta, por
eso la prensa inglesa es libre. ¡Ojalá lo sean pronto todas las
prensas de Europa!
Manchester, Liverpool y Southampton, son las ciudades que
conozco de Inglaterra ademas de Lóndres.
Una vez que ya hemos escrito todo lo que de la capital de
Inglaterra nos ha llamado la atencion, vamos á apuntar unas
breves noticias relativas á las ciudades industriales arriba
mencionadas.
Liverpool, que en muy pocos años ha aumentado su poblacion de un
modo fabuloso, y que en la senda de los adelantos fabriles
marcha con paso resuelto y en continuo progreso, cuenta hoy con
una poblacion de 250,000 habitantes.
Sus líneas férreas, que la ponen en rápida comunicacion con
Lóndres, Manchester, y otros muchos puntos, aumentan su
importancia. La ciudad es grande y hermosa; pertenece al condado
de Lancaster; su situacion favorable, como punto intermedio
entre Irlanda é Inglaterra, la proporciona grandes ventajas
comerciales.
El rio Mersey baña sus alrededores, y la inmensa fabricacion que
ocupa la actividad industrial de la ciudad, engrandece todos los
dias su importancia y significacion.
Hay hoteles excelentes, bastantes edificios de consideracion y
algunas calles muy buenas.
Lo que el viajero debe visitar en Liverpool, como en todas las
poblaciones industriales de la Albion, son los establecimientos
fabriles, verdaderos centros del poder ingles, teatros de su
grandeza, monumentos de su civilizacion.
La mecánica con todos sus prodigiosos adelantos, la industria,
con sus progresos, el órden admirable que reina, los productos
que ofrecen, todo es digno de ser visto, todo merece estudiarse.
Los alrededores de Liverpool son tambien deliciosos, y para
recorrerlos hay mucha facilidad, valen la pena de ser vistos.
De Liverpool me dirijí á Manchester, perteneciente como
Liverpool al condado de Lancaster, y centro principal de la
industria; cuenta con una poblacion de 200,000 almas, cuando
hace un siglo era una pequeña é insignificante ciudad de
cuarto órden.
La industria, floreciente y poderosa como en Liverpool, es la
que ha dado tan rápido vuelo á la ciudad. Está situada sobre el
rio Irwell, y cuenta con mas de trescientas máquinas de vapor,
cuyo crecidísimo número parece increible: funcionan en
Manchester mas de 30,000 telares, y prestan vida y movimiento á
su actividad prodigiosa. Sus líneas férreas á Liverpool, Lóndres
y otros puntos aumentan todos los dias su riqueza.
De esta ciudad, diré lo mismo que de Liverpool, que es preciso
visitar los establecimientos fabriles con preferencia á todo;
son en Inglaterra las grandes obras nacionales, los monumentos.
Tiene Manchester edificios majestuosos, hoteles, paseos,
hermosas calles, y una animacion industrial pujante. Tambien son
dignos de visitarse, como en Liverpool, los deliciosos
alrededores de la ciudad.
Si el extranjero tiene intencion de permanecer bastante tiempo
en Manchester ó cualquiera otra ciudad de Inglaterra, necesita
absolutamente, si no quiere aburrirse, hacerse presentar á algun
_club_, único medio de conocer la sociedad y de distraerse en
algun modo. Una vez presentado lo pasará bien.
Como Manchester es visitado por muchos extranjeros, y como su
fabricacion y comercio le prestan mucha importancia, hay
bastante animacion en sus calles y paseos: los hoteles son
regulares; cuéntanse muy pocos edificios notables, como arte.
Y aquí terminan nuestros ligeros apuntes sobre Manchester y
Liverpool. De Southampton hablaré despues; ahora nos trasladamos
á _Italia_.
#ITALIA#.
El viaje á Italia le hice desde Suiza. Salí de la capital
federal en la diligencia de Lucerna, travesía corta y deliciosa
que se verifica en once horas. Llegado á Lucerna me trasladé á
Fluelen por el lago de los Cuatro Cantones.
Nada mas poético, nada mas agradable que cruzar la distancia
intermedia entre Lucerna y Fluelen: el tiempo que se emplea es
el de dos horas y media.
Los pequeños vapores que viajan de un punto á otro, ofrecen
comodidad y aseo.
Al comenzar la travesía, el viajero contempla admirado las
encumbradas montañas de Riggi y Pilato, coronadas de nieve, que
esconden su cabeza en las nubes. A medida que el vapor avanza,
surcando las azuladas ondas del lago, que rodean montañas de
córtes y perfiles caprichosos, los recuerdos históricos de
Guillermo Tell van presentándose á la vista, el interes crece y
se dispierta, la travesía se hace corta y agradable.
Recuérdase con placer que en ese mismo lago se libró el ilustre
Tell de los sicarios de Gesler que preso le conducian á Lucerna,
despues del tremendo castigo á que le condenó el tirano,
obligándole á tirar sobre la cabeza de su hijo.
Los sitios todos que recorrió Tell ínterin permaneció escondido;
la capilla donde los fundadores de la Suiza se congregaron,
todos esos recuerdos agradables renacen en el ánimo del viajero
con toda la fuerza y verdad de un acontecimiento de la víspera.
Las cordilleras de montañas que en forma de graciosos
anfiteatros rodean el lago, el cielo que se refleja en las olas,
la armonía del conjunto, todo habla al alma.
A las dos horas y media estábamos en Fluelen[20].
Al llegar á este último punto, tomé billete hasta Milan, y como
Fluelen se encuentra al mismo pié de los Alpes, por el lado de
San Gotardo, cuya carrera era la que yo seguia, empezamos desde
el momento á subir.
La diligencia nos condujo por una admirable y soberbia carretera
hasta llegar á una legua del San Gotardo, convento que, como el
de San Bernardo, se halla situado en la cima de los Alpes.
Solo víéndolo, puede uno formarse idea exacta de lo que voy á
referir: el que no ha hecho ese camino duda.
Desde Fluelen hasta el Hospital, sitio en que tuvimos que
abandonar la diligencia, para marchar del modo que mas adelante
diré, subimos constantemente las infinitas pendientes de esos
centenares de montañas que puestas las unas sobre las otras
forman lo que llamamos Alpes.
Cascadas estupendamente atronadoras y magníficas que descienden
impetuosas de lo alto de los Alpes; rios tormentosos, que corren
gritando entre peñascos, salpicados de espuma, blanquísima como
la plata; precipicios de mayor extension que la que puede medir
el ojo humano; puentes como el del Diablo, perfectamente
designado con ese nombre, por debajo del cual ruge con la
poderosa voz de su cólera el impetuosísimo Reuss, que rompe
entre piedras, con un espantoso ruido; abismos de profundidad
espantosa; montañas de nieve del grueso de veinte y tres varas
que amagan desplomarse: todo esto, reunido, forma el camino
desde Fluelen hasta el Hospital.
Al llegar á este punto tuvimos que dejar la diligencia, porque
la nieve, no limitándose como ántes á cubrir los costados,
llenaba la carretera.
Seis pequeños cajones de madera, llamados trineos, sin ruedas,
sin cubierta, de media vara de altos, y lo mismo de anchos,
fueron los encargados de recibir á todos los que veníamos en la
diligencia. En cada cajoncito, nos colocamos dos viajeros, en
otros nuestros equipajes; y cada cajoncito, arrastrado por un
caballo, empezó á resbalar con trabajo por aquella carreta
henchida de nieve.
A derecha é izquierda lienzos de grandísimo espesor de nieve
congelada amenazaban cubrirnos de un momento á otro:
cuatrocientos hombres con hachas, tendidos á lo largo del
camino, iban abriéndonos paso.
Antes que se me olvide, voy á consignar el efecto de aquella
inmensa blancura; deslumhra, y no puede soportarse: todos los
hombres que allí trabajan tienen anteojos verdes: nosotros
tuvimos precision de mirar siempre á un punto fijo, á la ropa de
nuestros gabanes negros.
Rodando con dificultad, con precipicios espantosos á los lados,
incómodos en los estrechos cajones, llegamos á la cima de los
Alpes, á una altura de que solo víéndolo se cree possible
llegar; tanto habíamos subido.
Allí, sobre la cima, se levanta el San Gotardo, muchas veces ya
cubierto por la nieve, y vuelto á reedificar; solo quedan dos
monjes: la casa estaba casi toda cubierta de nieve, era en el
mes de junio....
En diciembre nadie pasa, ni los pájaros. No hay voces
bastantemente entusiastas con que pregonar la grandeza de los
Alpes: el Océano como los Alpes dan la idea del infinito,
traducen Dios, inspiran el recojimiento. ¡Bien haya mi viaje á
Italia, que tan grande emocion me produjo con la presencia de
sus Alpes!
Una vez allí era preciso bajar, por supuesto en los mismos
vehículos: rodando lentamente y con un exquisito cuidado, fuimos
descendiendo por un estrechísimo sendero, por encima de la
carretera, pero con un fondo de treinta varas de nieve.
Una tras otra bajamos doce colosales montañas, creyendo
encontrar en cada falda la suspirada llanura: ¡vana esperanza!
para descender de aquella prodigiosa elevacion, donde están las
fuentes del Rin, del Tesino, del Reuss, y de otros muchos
rios, lo cual solo prueba la tremenda altura que será, era
necesario bajar, bajar, y bajar siempre.
Puedo asegurar que no sentí ningun frio á pesar de aquella
temperatura, las emociones me mantuvieron el calor: nada mas
portentoso que semejante viaje; pueden con gusto aceptarse los
riesgos que se corren, á trueque de verlo una vez.
Millares de cascadas blanquísimas, valles inmensos atestados de
nieve, rios que se despeñan, montañas de córtes y perfiles
sorprendentes, rios que corren por debajo de una espesa y
petrificada capa de nieve; una carretera portentosamente
soberbia, que basta para inmortalizar al ingeniero que la
dirijió por en medio de aquellos altísimos montes de nieve
eterna; todo es admirable, todo es grandioso, todo es sublime.
A as seis horas de tan penosísimo y espuesto viaje, y con gran
contentamiento de todos, encontramos la diligencia que nos
esperaba. Ocupamos nuestros respectivos asientos, y despues de
seis horas, siempre bajando, llegamos á Bellinzona, capital del
Tesino[21], donde descansamos una hora.
Todo el camino es admirable: de Bellinzona á la frontera de
Italia se encuentra el Lago Mayor, con sus cristalinas y
azuladas ondas: la campiña está bien cultivada, recuerdo que el
víñedo está plantado con mucho gusto, abrazadas las vides,
formando pabellones.
En todos los pueblos del canton del Tesino, se ven en las
paredes imágenes de santos, en especial de la Virgen. Como
pueblo italiano que es, en todo se ve la mano del clero: aunque
forma parte de la Confederacion Helvética, conserva toda la
fisonomía italiana.
El dia 1° de junio, á medio dia, llegué á la frontera lombarda,
sitio llamado _Ponte Chiasso._
Al momento ví los austríacos que tanto debian hacerme sufrir en
el resto del viaje por Italia, con sus medidas sobre pasaportes.
Me bastó ver su dominacion en Venecia y Lombardía para sentir y
llorar la suerte de Italia. En fin, sigo mi viaje; de otro modo,
escribiria muy largo contra los austríacos.
Registraron minuciosamente los equipajes, ojearon los
pasaportes, los embadurnaron con sellos y visas, y seguimos en
la diligencia.
A los quince minutos de la frontera, se presenta el célebre lago
de _Como_, lindísimo y poético como todos los lagos, que tanto
me encantan.
La campiña de _Como_ es riquísima, semeja un paraíso: todo está
cultivado, y la vegetacion mas hermosa engalana todos los
términos. Muchos y elegantes palacios se levantan al rededor del
delicioso lago: muchos y elegantes jardines completan el cuadro
de _Como_.
Chocóme y me gustó ver la mantilla española en la mayor parte de
las mujeres: la peina que en Valencia llevan las mujeres del
pueblo adornaba tambien las cabezas de las italianas. _Como_ es
un lugar encantador: desde allí seguimos á _Camerlata_, que está
tocando, y allí tomamos el camino de hierro hasta Milan, pasando
por Monza, donde estaba Radetzky.
El tiempo que se emplea desde Camerlata á Milan, es el de una
hora poco mas: el movimiento es desigual é incómodo, la
nivelacion no está bien hecha: los coches son buenos, soberbia
la campiña.
Los vagones, en Milan y Venecia, tienen todos puertas de
comunicacion entre sí: no se ha hecho para comodidad del
público: es para dar paso á la policía, que recorre todo el
tren, pidiendo y recojiendo los pasaportes: dan un documento con
el cual se recoje en Milan. Le preguntan al viajero á que hotel
va á hospedarse, cuanto tiempo piensa permanecer, etc.,
etc., etc.
No quiero dejar correr la pluma porque la paciencia se acaba.
Entré en Milan el dos de junio hospedándome en el _Hotel de la
Ville_, en el Corso, frente por frente á la iglesia de San
Cárlos Borromeo.
La Catedral es lo primero que debe visitarse: blanquísima como
una paloma, como de mármol que es toda, gallarda y esbelta, con
su rica arquitectura y su prodigiosa decoracion de estatuas, que
se cuentan por miles.
La catedral de Milan, soberbio y magnífico monumento que el
cristianismo ha levantado, es una obra colosal que solo la fe de
nuestros mayores pudo construir. Monumentos de la importancia de
esta iglesia, traducen altos sentimientos de verdadero amor á
las artes y de portentosa fe cristiana. Es un pensamiento muy
generoso el de emprender una obra que no puede verse terminada
por los mismos que la empiezan: hay patriotismo y abnegacion en
acto semejante. Todas las catedrales góticas que cuenta la
Europa, son otros tantos poemas que afirman la grandeza de los
siglos que las levantaron.
La catedral de Milan, principiada en 1276, no está hoy mismo
terminada: tan colosal es su plan. Napoleon hizo concluir la
fachada principal en la cual hay diferentes gustos y
arquitecturas. El conjunto del edificio, sorprendente y
magnífico, produce una grata emocion en el ánimo: tiene la forma
de una cruz, gallarda, esbelta, blanquísima, deslumbrante.
El espléndido ropaje gótico que viste, su prodigiosa decoracion
de estatuas, sus atrevidas flechas, sus elegantes detalles, sus
formas galanas, todo hiere la imaginacion, todo admira y seduce.
Coronando el edificio, y sobre la aguja mas alta, se destaca
impalpable y aérea la estatua de la Virgen, fundida en bronce,
esbelta y admirable; su actitud atrevida revela un gran
pensamiento, apénas tocan sus delicados piés el ligero pedestal
que la sustenta; se lanza á los aires, toca apénas la tierra y
esconde su cabeza en las nubes, es la corona del templo.
Lo que causa verdadera pena al ánimo, es el observar las
mutilaciones horribles que los viajeros, en su mayor parte
ingleses, han prácticado con un grande número de estatuas de las
infinitas que coronan el templo. Es un verdadero sacrilegio
maltratar las obras del genio y dejar atras á los bárbaros, que
sin duda las respetarian. Nosotros desearíamos que se adoptasen
medidas severas para impedir que los que visitan la Catedral
tocasen á objeto alguno.
Es un prodigioso espectáculo el que ofrece al espectador que se
coloca en lo alto del Domo, el poblado bosque de estatuas que
coronan las gallardas agujas que suben hasta perderse en las
nubes; su número parece fabuloso, pasan de seis mil las
que existen.
La fachada principal se compone de cinco cuerpos elegantes, con
sus soberbias puertas de entrada. Solo por el lado de la fachada
principal se presenta el edificio en su majestuosa grandeza; los
demas lienzos de su elegante construccion aparecen ocultos entre
las apiñadas casas que le cercan, lo cual produce una verdadera
pena, pues la Catedral merecia presentarse sola y despejada á la
admiracion del viajero.
El interior del templo es tambien suntuoso é imponente: cinco
naves inmensas cruzan la iglesia en toda su longitud, y otra
nave lateral, tan grande por sí sola como una iglesia, forma una
elegante cruz. Detras del altar mayor se abren tres grandes
rosetas de ciento cuarenta y cuatro cristales cada una, pintadas
con la mayor riqueza de colores imaginable.
El coro, unido al altar mayor, es magnífico: adornado con
primorosos bajos relieves; debajo está la tumba de San Cárlos,
que merece verse.
La mejor calle de Milan es la del Corso, especie de boulevard,
aunque sin árboles y sin grande anchura; le adornan algunos
palacios y buenos edificios, muchos y elegantes comercios,
cafés, y hoteles (albergos).
Cerca de la catedral, á su izquierda, está el palacio imperial,
donde habitó Napoleon: merece verse; encierra algunos buenos
cuadros y hay una magnífica capilla, soberbios salones y
objetos de arte.
La plaza de armas, donde está el arco de la Paz, es colosalmente
grande: no dejó de chocarme en el acto que lo ví, el castillo y
las fortificaciones vecinos del arco de la _Pace_: al pié del
arco, que es magnífico, y sobre el cual se levantan ocho enormes
caballos de bronce formando una alegoría dedicada á Napoleon, se
tiende el camino del Simplon.
La plaza de San Fedelle, aunque pequeña, es muy linda, la
adornan buenos edificios.
San Cárlos Borromeo, frente por frente del _Hotel de la Ville_
es una iglesia nueva, de forma circular y elegante. Tocando con
la iglesia hay un pasaje, único que ví en Milan.
La Bolsa tiene tambien su palacio correspondiente.
Los cafés son buenos, se sirven baratos y excelentes sorbetes.
Hay muchos y buenos coches de alquiler; por las calles de Milan
se va en carruaje con mucha comodidad, hay en todas las calles
dos listones de baldosa por donde resbalan las ruedas, de modo
que el movimiento es suavísimo, y la celeridad grande. En el
Corso hay jardines públicos á imitacion de los de Mabille de
Paris, pero no tan buenos.
El Museo de pinturas está en un gran palacio donde se halla la
Biblioteca, y donde habia exposicion de artes cuando le visité.
Es preciso dirijirse á la iglesia de Santa María de la Gracia,
cubierta como está su bizarra arquitectura, con el color
histórico del tiempo, y una vez en la iglesia y aun sin ir á
Santa María es necesario ver á todo precio el famoso cuadro de
Leonardo de Vinci, que representa la cena de Jesucristo con los
Apóstoles: este magnífico cuadro que los frailes mutilaron
bárbaramente, y los profanos al arte restauraron de un modo
torpe, se encuentra en una habitacion del claustro de Santa
María, que hoy sirve de cuartel: está pintado en la pared, y es
una inspiracion sublime del célebre Vinci.
En Milan como en todas las poblaciones de Italia, existe un
número grande de iglesias, algunas notables, sin incluir la
catedral, que es un prodigio del arte.
En materia de comunicaciones tiene Milan caminos de hierro á
Camerlata y Treviglio: este último, que es el de Venecia, estará
muy pronto terminado completamente: hay diligencias para casi
todas las ciudades de Italia: las carreteras, en general, son
magníficas.
El célebre teatro de la Scala, donde oí á nuestro compatriota
Echebarria en la ópera _El Profeta_, es majestuoso en el
interior, sin llegar, como ninguno de los que he visto en todos
mis viajes, á la grandeza de nuestro coliseo de Oriente. El
exterior de la Scala es pobre y de muy mal gusto: tiene la
apariencia de una casa particular, y una entrada reducida, de
tan pésimo gusto como la del teatro de Oriente de Madrid por el
lado de palacio, cuya forma es la misma.
La escena está muy bien servida en la Scala, no deja nada que
desear; excelente y numerosa orquesta, mediana compañía.
No dejaré de consignar, ya que me acuerdo, que durante la
representacion guardan sus sombreros todos los espectadores que
hay de pié en el parterre y que se situan á derecha é izquierda
entre la pared y las butacas: costumbre que no me pareció
extremadamente galante.
Hay en Milan muchos y buenos coches públicos, regulares hoteles,
gabinetes de lectura, teatros, paseos, buenos cafés y muchas
mujeres hermosas.
Los austríacos, de quienes hablaré poco, porque me exalto al
solo recuerdo, patrullan dia y noche por la ciudad, hacen sonar
sus sables en la primera fila de butacas de la Scala, que les
pertenece, impiden pensar y hablar, etc.
De Milan, me dirijí á la poética, desgraciada y heróica Venecia.
Salí de Milan en línea de hierro hasta Treviglio, una hora de
camino: allí tomé un ómnibus que me condujo en tres horas á
Cucallo, y de allí á Venecia en camino de hierro, empleando
nueve horas.
Las estaciones de las líneas férreas que arrancan de Milan, son
pobres y están mal hechas: al subir á los carruajes es necesario
enseñar el pasaporte que piden en el camino diez ó doce veces
dentro de los mismos vagones, segun se va marchando.
Los alrededores de Milan son admirables: les he visto por tres
líneas distintas, y por todas partes la campiña se ostenta
lozana, y enriquecida con una vegetacion profusa. De Milan á
Treviglio no se encuentra ningun pueblo de importancia: de
Cucallo á Venecia, se encuentran las ciudades de Brescia,
Verona, Vicenza y Padua: todas, excepto la última, á la
izquierda yendo á Venecia desde Milan.
La primera que se encuentra es Brescia, ciudad de cuarenta mil
habitantes, situada al pié y sobre una montaña: solo la ví de
paso; tiene muy lindo aspecto, y muchas y elegantes torres.
Entre Brescia y Verona, se presenta el lindísimo lago de Garda,
de treinta millas de extension, el mayor de Italia, desde el
cual por medio de excelentes vapores se hace el viaje á Trento,
al Tirol y otros varios puntos.
Verona, ciudad importantísima, tiene sesenta mil habitantes, una
agricultura floreciente, industria de sedas y otros ramos de
riqueza pública, á la cual sacan los austríacos el 25 por
ciento, segun tuve lugar de observar enterándome por medio de
algunos contribuyentes. Verona como Brescia está situada tambien
sobre una montañita, se presenta en forma de anfiteatro, tiene
muchas y buenas iglesias entre las que descuella la catedral,
edificios, paseos, un caudaloso rio con elegantes puentes,
buenos hoteles y cafés.
La mejor calle de Verona es la Nueva; siguiendo hasta su fin se
encuentra el palacio de Radetzky, al cual da entrada un patio
sombrío. En la misma calle se ve el palacio donde en 1815 se
reunió el congreso en que se conjuró contra la
libertad española.
La gran plaza de Verona es muy notable por contener todavía
dentro de su recinto un soberbio coliseo, construido por los
Romanos: se conserva casi completo, con sus anfiteatros: hoy en
vez de las luchas, se ejecutan comedias durante el dia.
Hay tambien en Verona, considerada como monumental, un arco
romano, de triunfo, que sirvió para la entrada de un emperador:
en la calle en que está este arco se conservan todavía los
listones de baldosas de la via que conducia á Roma, para cuya
ciudad, á pesar de tan grande distancia, habia como desde todas
excelentes caminos.
Ví tambien, porque con interes lo busqué, una piedra que queda
ya solamente de la tumba de Julieta, la apasionada de Romeo.
El rio Adige rodea casi toda la ciudad. Hay por de contado, pues
están allí los austríacos, murallas, fosos, cañones,
fortificaciones.
Al lado del camino de hierro, se encuentra el Campo Santo.
Hay siempre en Verona, como punto céntrico entre Milan y
Venecia, 30 á 40,000 tudescos.
Despues de Verona se pasa por Vicenza, ciudad de treinta mil
habitantes: un poco ántes de llegar, y situados sobre una
elevacion, se ven los restos de los castillos mismos que
habitaron los célebres Montecchi y Capuleti. Vicenza tiene, como
es indispensable en Italia, muchas iglesias; aunque no ví la
ciudad, conté al pasar mas de treinta torres, entre las que
descuella una altísima.
La campiña, desde Milan hasta cerca de Venecia, es soberbia y
admirable: el cielo azul, sereno, bellísimo; el aspecto de las
ciudades que salen al paso, encantador.
Despues de Vicenza sigue Padua, con cincuenta mil habitantes, un
crecidísimo número de iglesias, buenos y muchos edificios: entre
los templos descuella el titular de San Antonio de Padua, donde
se conservan reliquias del mismo.
Despues de Padua, se llega á la mágica Venecia, donde entré á
las ocho de la noche. Momentos ántes de penetrar en la encantada
ciudad, se cruza, en el ferrocarril por supuesto, un soberbio
puente de piedra de media legua de largo, compuesto de 222 ojos,
obra que costó veinte millones de reales: se llama puente de San
Segundo. Le han construido para que el camino de hierro pudiera
llegar hasta dentro de Venecia, como llega, pues el embarcadero
está á la entrada del gran canal.
Se cruza por medio de él, y conducido por el vapor, el conjunto
de lagunas que cercan la ciudad por el lado de Padua: como el
puente no tiene mas anchura que la necesaria, y desde los
vagones no se ve, el viajero se figura atravesar el mar con un
ferrocarril que resbala por su superficie.
Yo, aunque la obra es notable, hubiera deseado que no la
hicieran, pues con él han quitado á Venecia su fisonomía de
flotante y poética, aislada como está entre las aguas que la
cercan por todas partes.
Al apearme en Venecia, entré con los demas viajeros en la sala
de equipajes, en la cual todo el mundo tiene obligacion de
descubrirse; no por cortesía, sino porque están allí los
austríacos, mas insolentes que en parte alguna. Antes de llegar
y en el mismo camino de hierro, nos recogieron los pasaportes;
al apearnos, nos preguntaron nuestros nombres, nos hicieron
designar el hotel adonde nos dirigíamos, y los dias que
pensábamos permanecer en su recinto. Nos registraron los
equipajes, y despues tuvieron la bondad de dejarnos seguir á
nuestros hoteles....
Una góndola me condujo desde el desembarcadero del camino de
hierro, al hotel de la Luna, donde permanecí.
Era de noche, habia luna; para llegar á mi hotel, cruzamos
muchas calles, es decir muchos canales: el movimiento, las luces
del cielo, los recuerdos que se agolpaban á mi imaginacion del
poderío antiguo de la república veneciana, los infinitos
palacios de mármol que ví hasta llegar al hotel, el número de
góndolas que se cruzaban, las palabras dulces que mi gondolero
cambiaba con otro de su oficio cada vez que doblaba una esquina,
para evitar un choque; las músicas que oí al pasar por enfrente
de la soberbia plaza de San Márcos, todo este conjunto
hiriéndome poderosamente la fantasía, hizo que oyera yo con
disgusto la voz del gondolero, anunciándome que habíamos
llegado al hotel.
Inmediatamente que me dieron un cuarto en el hotel y guardé mi
equipaje, me lancé á la calle, y á los dos pasos, pues el hotel
de la Luna está tocando, me encontré de improviso en la plaza de
San Márcos.
Describir mi emocion no es posible; diré si puedo lo que ví, y
lo diré como todo lo que va escrito, ayudado solo por los
recuerdos, sin querer consultar un libro, mis recuerdos y mi
cartera; allí apunto siempre mis impresiones.
La plaza de San Márcos, mas larga que ancha, tiene la sin rival
basílica de San Márcos, formando la fachada principal: á la
izquierda un palacio que ocupa todo el lienzo de las antiguas
procuradurías; á la derecha el Palacio del Emperador, todo el
lado, y da vuelta á la Piazzetta: y en frente de la basílica
otro cuerpo majestuoso; hé aquí los cuatro frentes de la
gran plaza.
A la izquierda de la iglesia, se levanta aislada una alta torre
que llaman Campanella.
Arcos prodigiosos, de gusto, de arte, de belleza, de formas, dan
vuelta á las tres fachadas de la plaza. Debajo de ellas se
ofrecen entre un profuso alumbrado de gas centenares de
elegantes tiendas y cafés.
La plaza de San Márcos, como toda Venecia, sin exceptuar una
sola calle, está muy bien embaldosada.
A las doce del dia, es curioso ir á la plaza de San Márcos á ver
dar de comer á las palomas: centenares de ellas, que pasean
constantemente en medio de la multitud, y á las cuales nadie
molesta, comen su racion en medio de la plaza. Un veneciano rico
dejó en su testamento una manda con este objeto.
El Palacio Ducal, que está unido á la basílica de San Márcos, es
uno de esos palacios que sueña una fantasía acalorada, es la
realizacion de un sueño: es una grande obra monumental, á cuyo
pié hay dos columnas traidas de Asia, un grupo de Alejandría,
con cuatro antiquísimas figuras pegadas á la pared; describo sin
órden, segun mis apuntes taquigráficos, segun me
acuerdo, adelante.
La fachada principal del Palacio del Dux se construyó á mediados
del siglo XIV, bajo la direccion del maestro Buono, aunque
algunos pretenden que fué Calendario el arquitecto.
De cualquiera modo, es un edificio mágico y admirable, de estilo
gótico, y uno de esos prodigios del arte que tanto abundan
en Italia.
La osadía de la construccion del Palacio Ducal tiene algo de
verdaderamente temerario: el inmenso cuerpo superior, mole
pesadísima y abultada, tiene por todo fundamento y base dos
series de ligeras y esbeltas columnas. El material le componen
exclusivamente los mármoles blanco y rojo: todos los chapiteles
de las columnas son obras maestras de arte.
Las fachadas de este mismo palacio que miran al canal y á la
iglesia de San Márcos, son mas modernas que la principal: son
obra del renacimiento: los estilos de ellas son diferentes,
hábilmente combinados; los arcos ogivales juegan con los arcos
redondos resultando una miscelánea pintoresca y magnífica; los
mármoles de diferentes colores que componen su material, son de
los mejores, y la vista se recrea contemplando tan
soberbio palacio.
A su poderosa belleza se agrega la excelente situacion que
ocupa: unido á la portentosa basílica de San Márcos, con fachada
admirable sobre la _Piazzetta_, con lienzos soberbios del lado
del canal, con grandes edificios en frente, con la plaza de San
Márcos al lado.
Esto en cuanto á su exterior: ahora vamos á penetrar en sus
inmensos salones, ricos de arte y elegancia: pero ántes de
llegar á su cuerpo principal tendrémos ocasion de detenernos á
admirar la espléndida escalera de los Gigantes.
La escalera de los Gigantes, construida en el siglo XV, parece
una mentira: un artesonado brillante, unas labores que no se
ejecutan en cera; al pié hay dos colosales estatuas de mármol,
Neptuno y Marte. La escalera de oro propiamente llamada tal con
tallados del metal de su nombre, con un lujo de decoracion de
que no hay ejemplo, con un prodigioso gusto artístico, con
artesonados y techumbres de maravillas, con gradas de mármol y
pórfido, con tallados de estatuas de maestros, en una palabra,
con milagros.
El Palacio Ducal se compone de muchos salones: el del Gran
Consejo, donde se reunian 1,500 miembros, contiene todos los
retratos de los duxes que han presidido la república: falta el
de Marino Faliero que fué decapitado; en lugar del retrato, hay
un cuadro que cuenta el trágico suceso.
La techumbre, vestida de molduras, está cubierta de cuadros
magníficos de Pablo Verones, Ticiano, Tintoreto, etc.
En la pared principal del salon, hay un cuadro portentoso de
Tintoreto, el mayor de los conocidos; llena la pared, representa
el Paraíso; es un modelo de dibujo, colorido, pensamiento y
ejecucion; es una obra maestra tiene, mas de cuatrocientas
figuras: es admirable.
En el centro del salon hay dos inmensos globos; á la izquierda,
entrando, hay en un estante de libros varios manuscritos de
Petrarca, Catulo y otros escritores ilustres.
El salon del senado, magnífico como todos los del Palacio Ducal;
hay dos inmensos cuadrantes que en vez de minuteros tienen los
signos del zodíaco para señalar las horas: cuadros de los
primeros artistas, techo de molduras, puertas de ébano.
El salon de mapas contiene grandes y excelentes grabados que
designan todos los viajes y descubrimientos que hizo el famoso
veneciano Marco Polo, que fué de los primeros que visitaron
la América.
El salon del Consejo de los inquisidores de estado, que se
componia de tres miembros, está poblado de lienzos del Verones,
soberbios, como todos los que brotaron de su paleta: el
pavimento de este salon, como el de todos, es de mosáico el mas
precioso de mármoles incrustados.
El salon de embajadores, donde el presidente de la república, el
Dux, recibía á los ministros de las cortes extranjeras, tiene
puertas de ébano y cedro, traidas de la iglesia de Santa Sofía
de Constantinopla, sillería admirable, cuadros.
El salon del Consejo de los Diez con lienzos tallados
maravillosamente.
Salon de delaciones, con cuatro puertas y un buzón, por donde
sin ser visto se denunciaba á los conspiradores; y ahora que
hablo de conspiradores, bueno es añadir que las prisiones, de
estado están separadas del Palacio Ducal solo por un canal
estrecho, que salva un puente de piedra, por el cual pasaban los
presos desde el palacio ducal á la prision.
Este puente que une ámbos edificios se llama puente de los
Suspiros, llamado oportunamente así, por los lamentos que
naturalmente exhalaban al cruzarle todos los que se veian
privados de su libertad.
Los escritores franceses, que tienen el buen talento de
equivocar todo, y de juzgar ligeramente, han descrito las
prisiones con negros y románticos colores: yo las he visitado,
están en el mismo estado que cuando las construyeron: no son
alegres como no lo es calabozo alguno, pero nada tienen de
lúgubres; el Gran Canal está delante, por el lado las baña otro
canal, algunos morian ahogados con solo abrir la puerta de su
calabozo, eran rarísimos.
En el salon del gran Concilio, colocándose en el balcon
principal, el que está enfrente del Gran Canal, se goza de un
punto de vista de que no hay ejemplo; el canal de San Márcos á
los piés, en frente los soberbios edificios de la Aduana y la
iglesia de la Salud; á la derecha el Palacio del Emperador;
jardines, canales, góndolas, el mar, buques, palacios.
Todo el cuadro del balcon por fuera está adornado de estatuas;
entre ellas hay una que el sublime Canova hizo á la edad de
catorce años.
Todo el exterior del Palacio Ducal presenta el aspecto mas
pintoresco, gallardo y artístico posible: sus elegantes arcadas,
sus esbeltas columnas, sus millares de ogivas, sus calados
maravillosos, sus diferentes estilos entre los que domina el
árabe, todo es soberbio, todo es magnífico.
No he visto palacio alguno en Europa mas admirable, bajo todos
aspectos, como riqueza, como arte.
La razon se comprende: Venecia ha sido por espacio de catorce
siglos una poderosa y pujante república: ella ha hecho las
conquistas de San Juan de Acre, de Constantinopla, de parte de
la Grecia: Venecia ha sido por mucho tiempo el pirata ilustrado
de los mares; sus hombres de estado, sus marinos, sus pintores,
sus generales, sus conquistadores, no tenian otra ciudad que
engalanar mas que Venecia, y de aquí el que esta ciudad sea una
sultana oriental, engalanada como una reina: sus conquistadores
la han traido de Grecia caballos de bronce, estatuas, columnas
de Constantinopla; ébanos, cedros, ágata, mármoles, columnas; de
todas partes han traido atavíos á su ciudad querida, que sentada
sobre las aguas, rodeada de lagunas, y pobre en su orígen, pues
solo contaba una docena de pescadores, ha ido creciendo y
brillando, con los talentos y conquistas de los esforzados hijos
que ha engendrado.
Aparte de sus generales y conquistadores ilustres, ella ha dado
nacimiento al Ticiano, á Tintoreto, á Canova, á mil y mil
celebridades, que la han llenado de cuadros y estatuas, de
cuadros y estatuas modelos; solo así se cree ser cierto lo que
el viajero ve en Venecia; solo recordando su historia, se
explica y comprende su magnífica grandeza.
La basílica de San Márcos, que solo tiene en el mundo un rival,
San Pedro de Roma, aunque le supera en algo, es otro de los
portentos de Venecia: cuanto mas se ve, mas crece el asombro,
cuanto mas se examina mas necesidad hay de acordarse de la
historia, para admitir como cierto lo que se ve; tantos son los
prodigios que contiene.
En todo el templo no hay un solo átomo de madera comun: oro,
mármol, pórfido, ébano, cedro, ágata, plata, estos son los
elementos: la iglesia tiene tres naves; todas las tres naves,
todas las paredes, todo el pavimento, se compone de cuadros y
alegorías estupendas de mosáico de mármol: este prodigioso
trabajo, verificado en el siglo XIII, cuando apénas se conocia
en el mundo artístico el mosáico, haria honor á nuestros dias.
No dejo correr mi entusiasmo porque deseo que el lector se
emocione por sí mismo con la sola descripcion.
¿Qué puede decirse de una iglesia que tiene paredes, techo y
pavimento, sembrado de preciosos mosáicos en mármol? ¿Qué puede
decirse de los ilustres venecianos que comprendieron y
ejecutaron obra tan magna?
El altar mayor, sencillísimo y elegante, se compone de cuatro
columnas de pórfido, robadas á Santa Sofía de Constantinopla:
las cuatro asombrosas columnas están coronadas de una cúpula de
pórfido tambien: todas las puertas del templo son de bronce,
incrustadas de estatuas, diríase es el templo de Salomon. El
oratorio de la cruz, que segun se entra está á la izquierda, en
el centro de la iglesia, fué traido tambien de Constantinopla;
la cupulita elegante que le cubre, es de ágata, de pórfido, de
oro, no hay mármol, allí seria vulgar, comun; cuatro columnitas
esbeltas de pórfido de brillantes colores, un Cristo divino.
Tiene el templo dos órganos, un soberbio coro lleno de
portentosos mosáicos, abundancia de estatuaria, canónigos con
traje de obispos, millares de columnas de mármoles, y jaspes los
mas preciosos.
La basílica cuenta con cinco cúpulas vestidas de mosáicos: la
puerta de la sacristía, toda de bronce con el retrato del
Ticiano, todas esas maravillas reunidas y otras muchas de que no
hago mencion, porque de todo no puedo acordarme y porque mis
apuntes, tomados en la misma iglesia, son cortos, forman el
interior de San Márcos.
En cuanto al exterior, no tiene nada que no sea tambien
prodigioso. Encima de la puerta principal de la iglesia, por la
parte de fuera, hay tres enormes caballos de bronce traidos de
Aténas: sirvieron en Roma para adornar un arco el dia de la
entrada de Neron. Napoleon se los llevó á Paris, despues han
sido devueltos y colocados de nuevo donde están. Delante de la
iglesia, se levantan tres altísimas astas de cedro donde se
izaban las banderas de la república ... ahora el pabellón
austríaco.
En la _piazzetta_ de San Márcos, tocando con la Plaza y dando el
frente al Gran Canal, dos gigantes columnas de granito, traidas
de Alejandría, coronadas la una por una estatua de San Teodoro,
primer patron de Venecia, la otra por un leon, símbolo de la
fuerza: son de una sola pieza, admirables.
La fachada de San Márcos, que da frente al reloj llamado de los
leones, porque hay dos de mármol, tiene en la pared, entre
millares de mosáicos, un adorno persa, quizá el único en Europa;
representa Ceres, en un carro tirado por dos leones.
Todas las fachadas de la basílica, sin contar la principal con
sus pórticos elegantes, sus estatuas á centenares, su exquisito
gusto, su fisonomía admirable y nueva, su lujo arquitectural,
son obras maestras, son museos.
Volviendo al Palacio Ducal donde tantos portentos se esconden,
nadie salga de su recinto sin ver el museo de escultura que hay
en uno de sus infinitos salones.
El museo de escultura que existe en el Palacio Ducal de fenecía,
depósito de tesoros artísticos, se halla en uno de sus
bajos salones.
Aparte de la belleza artística del salon, de sus elegantes
ornamentos, y de su lindísima techumbre, cuéntanse entre las
muchas obras, modelo de escultura que le enriquecen, dos
estatuas originales del rey de los escultores, de Fidias mismo.
La pureza de las formas, la suavidad de los contornos, la finura
prodigiosa de las líneas, todo revela el cincel griego: Canova,
digno rival de Fidias, ha enriquecido tambien este delicioso
gabinete de escultura con obras brotadas de su mente: cuéntanse
cinco ó seis bustos acabados de este maestro.
La escultura egipcia está tambien allí dignamente representada:
Roma y Aténas han dado tambien su contingente. La antigüedad,
presente allí bajo el prisma histórico, artístico, reprende en
elocuente silencio la esterilidad de tantos siglos como se han
hundido en el rio de las generaciones sin llegar á su altura.
El arte moderno, poderosamente inspirado, se afana noblemente
por vengar con sus adelantos el atraso de los siglos pasados:
allí está Canova, gloria de nuestros dias, allí está Sansovino,
moderno tambien, que ha llenado á Venecia de prodigiosas
estatuas: allí están Victoria y otros muchos: aconsejo á todos
los viajeros que no salgan del Palacio Ducal sin visitar
el museo.
El muelle de Venecia es verdaderamente pintoresco: cuando la
ciudad tenia vida propia y era una respetada república que
contaba con una valiente y poderosa armada, debia fascinar de
encanto. A sus orillas están los artísticos lienzos del palacio
que llaman del Emperador: la admirable fachada del Palacio Ducal
que mira al Gran Canal; el lindo puente de la Paja; las
prisiones, unidas, segun he apuntado ya, al Palacio Ducal por
medio del Puente de los Suspiros; el Adriático; enfrente, las
admirables iglesias de la Salud, la de San Jorge, el bello
edificio de la Aduana, el canal de la Judea, rodeado de iglesias
y palacios; infinidad de góndolas que á manera de coches de
plaza aguardan, arrullándose dulcemente, al que primero se
llega: las embarcaciones del comercio extranjero á la embocadura
del Adriático: todo, todo es admirable.
¡Plegue á Dios que la dominacion austríaca concluya pronto y
para siempre! Plegue á Dios que los italianos sacudan ese
espíritu de provincialismo que ha hecho imposible su unidad
nacional, matando su independencia! ¡Plegué á Dios que yo vuelva
á Venecia, la encantadora, pero sin ver á los austríacos!
Me acuerdo en este instante del nombre del general que mandaba
en Venecia cuando estuve; llámase Gorgoski, de nacion polaco, y
á propósito me ocurre una reflexion.
El emperador de Austria, que tiene súbditos de tan diferentes
paises, lenguas y costumbres, sigue la táctica de mandar á
Italia guarnicion de húngaros, á Hungría italianos y tudescos, y
así en las demas provincias de su imperio. Oprime con los
oprimidos ... ¿Porqué no se ponen de acuerdo los húngaros de
Italia, y los italianos de Hungría, para dar la libertad y la
independencia á sus respectivos paises? ¿porqué sirven de
instrumento á la tiranía del mismo que á unos y otros ha
sometido y esclavizado? ¿Porqué?... triste es decirlo, pero
figúrome no equivocarme si encuentro la respuesta con solo
consultar el corazon humano.
Somos propensos á oprimir, amamos la libertad y nos place
dominar: ese mismo húngaro, ese mismo italiano que han combatido
con denuedo, cada uno en su casa, para sacudir el yugo y
conquistar la independencia, se prestan fácilmente á tiranizar
en el extranjero, sirven de guardia pretoriana al que con gloria
combatieron, y se vejan y esclavizan entre sí, con grande
contentamiento del que los impera....
¡Miseria humana! ¡adelante y basta! me olvido de mis viajes y de
todo en recordando á los austríacos.
Hay en Venecia muchas y maravillosas iglesias: la de San
Nicolas, próxima al Campo de Marte, junto al embarcadero del
camino de hierro, es uno de los templos mas antiguos de la
ciudad; su color histórico, si se me permite la expresion, hace
su fachada interesante. Es pequeña, pero muy linda, es la
parroquia de los pescadores, primitivos fundadores de Venecia.
San Sebastian, situada tambien junto al Campo de Marte, tiene un
aspecto muy gallardo, corona el edificio una elegante cúpula, y
á los lados de esta, se levantan pomposamente dos esbeltas
torres. La Salud, templo erigido por los venecianos al
terminarse una peste que diezmó la ciudad, se ostenta magnífico
enfrente de la _Piazzetta_ de San Márcos, tocando con la Aduana:
consta de cinco fachadas elegantes, adornadas cada una con
graciosas columnas que coronan los órdenes jónico y corintio
confundidos, con muchas y admirables estatuas.
Es increible el número de estas que hay en Venecia: cada iglesia
es un museo propiamente dicho, cuadros y estatuas, pero nada
vulgar, todo obras del genio, por todas partes están Tintoreto,
Verones, el Ticiano, por todas partes se encuentran Canova,
Sansovino.
La iglesia de la Salud, cuajada de estatuas, tiene su torre, su
cúpula, sus cinco fachadas; el interior, con monumentos y
adornos de arte exquisitos.
La iglesia de San Juan y San Pablo, en el Campo del mismo
nombre, admirable; estilos gótico y bizantino: á la puerta del
templo hay un monumento de mármol dedicado á un general: la
iglesia consta de tres naves, la enriquecen estatuas de Canova y
Vitoria, cuadros de Pablo Verones, Ticiano y Tintoreto: el
pavimento es de mármol; hay diferentes tumbas de duxes; entre
ellos está la de Steno, miembro que fué del Consejo de los Diez,
y uno de los que condenaron á muerte á Faliero; hay tres
estatuas de bronce debidas al cincel de Sansovino, un cuadro de
José, el Españoleto. En una capilla magnífica de la misma
iglesia, está el portentoso cuadro de la Crucifixion, por
Tintoreto: la batalla de Lepanto, por el mismo. En esta capilla
está el altar del Rosario, erigido inmediatamente despues de la
célebre batalla naval de Lepanto; está rodeado de cuadros y
estatuas maravillosas, las paredes que rodean el altar están
elegantemente vestidas de bajos relieves admirables, con
estatuas de Torreti, maestro que fué de Canova: las tres naves
del templo son altísimas.
Tocando con la iglesia se halla el Hospital civil, con fachada
de mármol y cedro.
La iglesia de los Jesuitas, del otro lado del Gran Canal, con
fachadas ricas de estatuas de mármol que apoyan columnas
corintias: el pavimento del interior, mármol; la techumbre de
frescos. Entrando, el primer altar de la izquierda, un cuadro
inimitable del gran Ticiano; representa el martirio de San
Lorenzo, obra maestra, como todo lo que brotó de su inspirada
paleta. Las paredes de la iglesia, mosáico; el púlpito,
esculpido en mármol griego, de forma gallarda, de ejecucion
asombrosa: próximo al altar mayor, á la izquierda, un divino
lienzo del Tintoreto representa el Paraíso: el presbiterio tiene
un pavimento de mármol incrustado, tan maestramente hecho que es
necesario, indispensable, tocarlo con las propias manos para
persuadirse de que no es una alfombra. El tabernáculo es de
lapiz lazuli; por todos lados hay estatuas de Sansovino; la pila
de agua bendita es de mármol de Egipto.
¿No es verdad que parece mentira tanto arte, tanto genio
reunido? ¿No son museos, y museos admirables, las iglesias de
Venecia? ¿No es ciertamente notable que en una sola iglesia haya
todo lo que brevemente he apuntado?
¡Ah! nada como Venecia, su impresion me durará siempre, el arte
está allí en todas partes, ¡y qué arte! ¡qué arte!
Y aquí solo se leen los apuntes de mi cartera, no todo lo ví,
hay mucho mas, es admirable.
Recorriendo mis apuntes veo que hay todavía algo que decir de la
iglesia de la Salud: en su sacristía, hay cuatro cuadros del
Ticiano, gloria del arte; uno de ellos representa San Márcos:
hay en la misma iglesia de la Salud una capilla separada
dedicada á la Virgen, dos elegantes columnitas, estatuas de
mármol; se edificó en 1670 despues de una asoladora epidemia; la
peste está allí representada por una vieja, excelente idea. En
todo el templo no se ve otra cosa que mármol, jaspes preciosos,
Ticianos, Sansovinos; la forma de la iglesia es circular,
soberbia cúpula, cuadros de Jordan.
Este desórden es el que á mí me place; despues de haber descrito
la iglesia de la Salud en una de las anteriores páginas, he
vuelto á ocuparme de ella; la razon es muy sencilla, hojeando la
cartera de viajes he encontrado nuevos detalles: los traslado á
este libro, precipitadamente escrito. Con este método, el lector
sigue el mismo rumbo, el mismísimo itinerario que yo seguí en
Venecia: si describo en dos sitios un mismo lugar, prueba de que
le visité dos veces.
La iglesia del Redentor, situada del otro lado del canal de
_Giudecca_, de la Judea, es soberbia como todas, y ántes de que
se me olvide, séame permitido referir ligeramente una escena que
me conmovió al ir á visitar la iglesia.
Era el 18 de junio si no me equivoco: habia procesion en el
barrio de los pescadores, San Nicolas. Yo, al llegar en mi
góndola al pié de la iglesia del Redentor, pregunté á un hombre
que se aproximó, como hacen siempre que las góndolas tocan en la
orilla, le pregunté, digo, cuál era la funcion que se celebraba
aquel dia. El hombre á quien me dirijí era un venerable anciano,
pobremente cubierto con un raido traje.
Al oir mi pregunta dobló la cabeza, y despues de un silencio
religioso de algunos minutos, me dijo con acento emocionado:
«Antiguamente, en tiempo de la república, cuando yo era un
muchacho, se celebraba una gran fiesta: todos los pescadores,
ataviados con sus mejores galas, venian en procesion á esta
iglesia, habia mucha animacion, mucho contento, mucha alegría:
hoy ... no hay nada, señor, silencio y tristeza ... la patria no
existe....»
Mi carácter, que ávido busca estas emociones por todas partes,
mi opinion respecto á los austríacos, la ancianidad respetable
del veneciano que tenia delante de mí, su acento tierno y
sentido, todo me penetró en el alma, todo me conmovió.
Como no hay nada á mis ojos mas sagrado que el amor de Dios, la
familia, la patria y la libertad, como ví profundamente triste
al hombre anciano que acababa de hablar, como supuse que le
seria dolorosa la idea de morir, él, tan anciano, dejando á la
patria en poder de los tiranos, quise consolarle, quise
consolarme á mi mismo, augurando la próxima emancipacion de la
heróica y abatida Venecia, le hablé con calor, con pasion, segun
mi costumbre, segun mis creencias: y su entusiasmo, nunca
muerto, se despertó, y su fisonomía, plegada por el tiempo y el
sufrimiento, se dilató animándose, y me tendió una de sus
trémulas manos que yo me apresuré á estrechar, y juntos llamamos
á Venecia en apoyo de Venecia, y juntos pedimos á Dios la
emancipara, y juntos desahogamos el corazon; yo tan
emocionado como él.
¡Pobre Venecia! esto me pasó, no he podido ménos de contarlo;
continuemos nuestro paseo á la iglesia del Redentor.
Tiene, como todas, bellezas de arte, cuadros y estatuas,
elegantísima fachada, gusto arquitectónico, formas y estilo.
A la entrada del Gran Canal, las iglesias de San Simeon y Cármen
Descalzo: ámbas de mármol, en su mayor parte, sabor monumental,
primorosos adornos, fisonomía artística.
El templo de San Eustaquio, próximo al elegantísimo palacio de
Pésaro, en el Gran Canal, admirable tambien.
Visité por de contado, al dia siguiente de llegar á Venecia, las
célebres é históricas casas que habitaron Canova, Ticiano, y el
Petrarca. Ví tambien en el Palacio Ducal el cuarto en que estuvo
preso el immortal Silvio Pellico.
La casa que habitó Canova tiene una inscripcion sobre la puerta
que lo indica; está en una plazuelita que se llama de
San Márcos.
La del Ticiano es de pobre aspecto, cuatro ventanas y un
jardinito: hállase situada en una callejuela sin salida, próximo
á la calle del Aguardiente.
Venecia tiene 150 canales, que son sus calles; están cruzados
por 340 puentes, entre los cuales descuella el de Rialto[22] á
la salida del Gran Canal.
Todas las calles de Venecia, sin exceptuar una, están
embaldosadas, de modo que se marcha con la mayor comodidad:
abundan los comercios y tiendas elegantes; el número de ellos
que cuenta la ciudad, segun observé en una estadística que
busqué en Venecia, es el de 5,200.
Hay, segun los datos de la municipalidad, 20,000 casas, y
160,000 habitantes.
En materia de teatros públicos solo ví tres, y no creo que haya
mas: el de Fenice, que es el principal y muy bueno; el de Apolo,
y el de la Malibran: no habia compañía de ópera cuando
yo estuve.
En cambio se oyen músicas todas las noches en la bellísima plaza
de San Márcos: de los muchos cafés que allí se encuentran, y de
los cuales el de _Florian_ es el mejor, sacan mesas y sillas á
la plaza, que toda está perfectamente embaldosada. Allí acude
mucha gente, y los delicados sorbetes que se sirven se toman
agradablemente oyendo diferentes cuadrillas de músicos y
cantantes que se suceden en el órden de sus conciertos al aire
libre. Por lo regular, mejor dicho de seguro, cada grupo de
músicos tiene por postulante una encantadora veneciana, de ojos
negros y perfecta hermosura. Inútil es añadir que recoje
bastantes _esbancigas_, moneda austríaca que allí circula, del
valor de una lira italiana.
Ya que por incidencia he hablado de las venecianas, bueno será
decir que son arrogantemente hermosas: las mujeres mas bellas
que he encontrado en todos mis viajes. No es extraño pues que el
Ticiano adorne sus inspirados lienzos con tan raras y
sorprendentes bellezas que nos parecen ideales: los originales
de sus seductoras mujeres los hallaria por todas partes, se
paseaban á su lado, no hizo mas que copiar. Son verdaderamente
admirables las venecianas: sabido es que nuestras arrogantes
españolas son celebradas en toda Europa por su belleza; pues yo,
todo lo que puedo decir, á pesar de mi inmenso amor patrio, es
que no sobrepujan á las hijas de la un tiempo poderosa y temida
república reina del Adriático.
Vamos ahora á los encantados palacios de Venecia.
El famoso Gran Canal, teatro de tanto recuerdo, por cuyas
serenas ondas han cruzado tantos valientes capitanes, tantos
inspirados artistas, tantas hermosas mujeres, tantos arrojados
marinos, todo el senado y aristocracia veneciana en sus
elegantísimas góndolas: ese celebrado canal, que ha escuchado
tantas palabras de amor, tantas serenatas de trovadores, que ha
presenciado tantas citas, que ha servido de palenque á la
bulliciosa alegría de sus animadísimos carnavales, ese lindísimo
canal, que víó cercar sus riberas por ámbos lados de estupendos
palacios de mármol, que se víó surcado, sin quejarse, por tantos
centenares de lujosísimas góndolas; ese histórico canal, que
crecia en magnificencia y hermosura todos los dias á compas de
las conquistas venecianas que le adornaban de mármoles y jaspes
preciosos; ese canal, digo, contemporáneo de la grandeza de la
república, es hoy testigo tambien de su postracion y
abatimiento.
Parecióme al recorrerle de un extremo á otro, las diferentes
veces que le crucé, que solo me paseaba por en medio de ruinas y
escombros: su rica historia de conquistas y aventuras hablábame
con el silencio y la soledad.
En vano dirijí mis afanosas miradas á los innumerables palacios
que bordan el canal; cerrados están todos sus balcones y
ventanas: las góndolas no están como en lo antiguo ancladas á
las puertas de los palacios esperando á los venecianos que con
sus elegantes vestimentas le cruzaban sin cesar: todo es
silencio y tristeza, todo es soledad y ruinas ... ¡tanto mejor!
así es como debe estar la patria el dia que ha perdido su
independencia ... vestida de luto, llorosa, afligida.
Yo me alegro que los austríacos busquen inútilmente la histórica
animacion de Venecia: el silencio los rodea, viven solos,
enteramente aislados, ni un solo paisano se reune jamas con el
tudesco, viven con el arma al brazo; el silencio de la ciudad
que en su desgracia llora, les reprende su cobarde usurpacion.
¡Ah! ¿cuándo será libre? siempre me llevan los recuerdos, no lo
puedo remediar, iba á hablar de los palacios y no sé cuanto he
escrito en un minuto: vamos atras.
Entre todos los bellísimos palacios del Gran Canal, descuella y
sobresale el de Pésaro: se compone de tres cuerpos, cada uno
enriquecido con esbeltas columnas de los mas preciados mármoles,
vestido con el brillante ropaje de las arquitecturas gótica y
árabe: con un opulento lujo de preciosos ornamentos que léjos de
hacerle degenerar en churigueresco aumentan la belleza de su
severidad.
Tres grandes puertas en forma de arco le dan entrada por el lado
del Canal Grande: hállase como todos rodeado de agua, novedad
deliciosa para el viajero. Para llegar á sus puertas es preciso
ir en una góndola: las primeras gradas de la escalera que le dan
acceso, hállanse cubiertas por el agua: se atracan las graciosas
embarcaciones á unas astas que á las puertas de los palacios se
encuentran, y se penetra con toda comodidad en el vestíbulo.
Los patios, con elegantes columnas de mármol; la regia escalera
principal, embellecida con magníficas estatuas; todo el interior
en una palabra, aunque silencioso y triste, correspondiendo á la
admirable fachada del canal.
Nada ciertamente mas artísticamente bello que el palacio de
Pésaro, situado al centro del Gran Canal y unido al de Catalina
Cornaro, reina que fué de Chipre. El palacio de Pésaro, como
todos los del Gran Canal, está solo y triste, deshabitado y en
abandono; hanse ya casi extinguido las familias de los senadores
y de los duxes: como falta la patria falta todo: los palacios
portentosos que allí abundan se venden por insignificantes
cantidades: la célebre Taglioni posee tres en el Gran Canal: con
lo que la han costado apénas podrian pagarse los cimientos
de uno solo.
El palacio de Catalina Cornaro es hoy oficina del Monte de
Piedad ... es un gallardo y majestuoso edificio, que, como todos
los del Gran Canal, costó millones; fué animadísimo teatro de
bailes, reuniones y aventuras; hoy ... recuerdo triste de un
pueblo que fué nacion, y al presente _provincia_ de Austria.
Frente por frente al de Catalina Cornaro se levanta el palacio
de Cadoro, admirable y bello: á su lado el de Marcello, donde
existe un opulento depósito de antigüedades de arte muy digno de
ser visitado; conócese en Venecia bajo el nombre de coleccion
_Riccheti_: hay muchos y buenos cuadros, estatuas, mosáicos,
pedrería, tapices, molduras, cuanto puede desearse: allí compré
un reloj que me dijeron haber pertenecido á Catalina Cornaro,
figura que yo he tratado de dibujar en mi primer ensayo
dramático.
El palacio de Gritti, próximo al puente de Rialto, en su mayor
parte de mármol, admirable. Este palacio, como otros muchos que
hay hácia el fin del Gran Canal, tiene por fuera, en sus
paredes, nada ménos que frescos del inmortal Ticiano: las
lluvias, el tiempo y la incuria, han medio borrado los sublimes
toques del gran maestro.
Así es todo Venecia: maravilloso y sorprendente, pues sorprende
y maravilla ciertamente ver que lo que ningun palacio de las
grandes ciudades de Europa tiene apénas en su interior, frescos
del Ticiano, los palacios de Venecia, la oriental, porque así es
preciso llamarla corrigiendo el mapa, los tienen por fuera.
Tocando tambien con el puente de Rialto, el palacio bellísimo de
Manin[23], último dux, que por su sobra de buena fe y falta de
energía fué causa del triunfo de Napoleon. Los estilos de este
palacio, los de casi todos los del Gran Canal, son gótico,
corintio, árabe y paladio, felizmente combinados, sin mezclarse.
Otro de los mas elegantes palacios del Gran Canal es el de
Foscari, triste como está, mas seductor aun: es todo gótico,
soberbio, admirable. Se encuentra á la revuelta ó recodo del
Canal, da frente á los cinco palacios de Mocénigo y al de la
familia Cornaro.
Tocando con el de Foscari, el palacio Balbi, donde habitó
Napoleon: el de enfrente, uno de los cinco de Mocénigo, sirvió
de morada al ilustre Byron; allí escribió los primeros cantos de
su _Don Juan_.
Palacio del Hotel de la Villa, allí cerca, frente al palacio que
fué Embajada de España: al lado un elegante puente de hierro que
hace poco han construido.
Entrando en el Gran Canal, por el desembarcadero del camino de
hierro, á la izquierda, frente á una iglesia, un medio palacio,
de historia original. Perteneció á Francini, noble veneciano que
tenia dos hijos: al morir, dispuso que heredasen por iguales
partes, y no habiéndose convenido de modo alguno, en razon á la
perversidad del uno, se demolió exactamente la mitad del hermoso
palacio, quedando dividido por el medio segun se ve hoy todavía.
Hácia el centro del canal, los palacios de la duquesa de Berry,
de Don Juan, el hermano de Montemolin, y del duque de Burdeos.
El palacio de Bellas Artes, tambien en el Gran Canal, encierra
milagros de arte; nadie salga de la encantada ciudad sin
visitarlo.
La sala de la Asuncion, llamada así por el cuadro del Ticiano
del mismo asunto, es verdaderamente una joya de inmenso valor.
Aparte del lienzo que da nombre á la sala, y que por sí solo
puede enriquecer cualquier museo de Europa, hay Tintoretos y
Veroneses divinos á derecha é izquierda: allí están tambien la
primera y la última de las obras del gran Ticiano, cinco
soberbias telas en la techumbre, cuatro de Verones, otro del
inmortal veneciano, incrustados entre preciosas molduras.
Un portentoso prodigio del Tintoreto, dando frente al cuadro de
la Asuncion.
En otra sala que hay contigua, es preciso permanecer un par de
horas por lo ménos: la coleccion de diseños de Rafael que allí
se ofrece á la admiracion, es por sí sola un precioso museo: al
lado de los diseños se ostentan inimitables ocho ó diez cabezas
del Ticiano: no hay nada mas admirable; y en esta misma sala
tambien, para que nada falte al interes del arte, poderosamente
sobreexcitado y satisfecho ya, se encuentra perfectamente
conservada en una caja de cristal la mano derecha del gran
Canova: la misma que manejó el cincel que ha producido tan
asombrosas estatuas.
A propósito de hombres célebres, y ahora que me viene á la
memoria, tambien visité la casa que habitó Goldoni, el autor de
tan buenas comedias.
Otra visita indispensable en Venecia es la del Seminario
Patriarcal, próximo á la iglesia de la Salud.
Allí abundan, como por toda la ciudad encantada, las obras de su
mas distinguido hijo, cuadros del Ticiano: el Verones ha escrito
tambien su inspirado nombre en soberbias telas que allí brillan.