carnívoro. Tras de veinticuatro horas de abstinencia el alimento le
pareció gustoso como maná, pero lamentable por la escasez. Á la tarde
le mudaron de habitación. Desde el nuevo encierro, aunque á mucha
altura, podía contemplar los juegos de sus amigos. Observó que el
Padre Sequeros no bajaba á los patios, ni se le veía nunca, y atando
cabos y soldando murmuraciones y cuchicheos de los alumnos, dedujo
evidentemente que también el primer inspector sufría la pena de
reclusión temporal.
Llevaba Coste ocho días de encerramiento. Con la inacción, las mantecas
se le habían dilatado; sentíase torpe y perezoso. Era una mañana
transparente y risueña. Por detrás de los vidrios, espiaba el bullicio
que movían sus compañeros en el recreo matinal, después del desayuno.
Vió á los inspectores agitando la campanilla; á los niños, abandonar
sus diversiones y acudir á las filas, y á éstas moverse pesadamente,
con derrotero á la clase. De pronto hubo un alto. Apareció el Padre
Rector; dijérase que hablaba, ante la prole infantil. ¿Qué ocurre? Las
filas se deshacen súbitamente; los niños parten á la carrera, en todas
direcciones, brincan, profieren alaridos, lanzan las boinas al aire;
un frenesí. Coste comprende; es _día de campo_. Y á él, ¿lo dejarán
preso? El corazón se le alborota, angustiado; enternécensele los ojos;
aguza los oídos hacia el tránsito, en espera de pisadas venturosas. Más
tarde, ve cómo se forman de nuevo las filas, y desaparecen, y se oye,
alejándose, la charanga del colegio que toca la acostumbrada diana:
[Ilustración]
Después, la pesadumbre de un silencio infinito cae sobre la inmensa
casa vacía. Coste se ha tumbado en el camastro. Está rabioso,
rechinando los dientes. Se incorpora; ha tenido una idea. Prorrumpe en
una risotada, y dice, en voz alta: «Luego, luego.» Se pasea, discurre,
robustece su plan.
Á mediodía, Santiesteban se presenta con unas viandas fiambres. Coste
investiga ladinamente.
--¿Por qué me traen comida fría?
--El cocinero no está en la casa, señor Coste.
--Pero alguno habrá que las caliente.
--Nadie hay, señor Coste.
--Pero ¿se han ido también los Padres de campo?
--Estamos solos usted y yo, señor Coste, y algún fámulo.
--Pues déjeme aquí la comida. Hoy tengo un hambre tremenda.
--¿Hoy, señor Coste?
Y Santiesteban se va, después de haberle ofrecido su pútrida sonrisa.
Así que ha comido, el muchacho guarda en el pañuelo las sobras y las
esconde debajo de la almohada. Permanece sentado hasta que Santiesteban
vuelve á retirar el cubierto. En estando nuevamente á solas, arranca el
tirador de la mesilla, endereza la argolla y va á la puerta con ánimo
de forzar la cerradura, lo cual consigue á los pocos tanteos. Extrae
una frazada del lecho, y se la carga al hombro; torna en la diestra el
pañolico de la comida y sale decidido. Desciende hasta el tránsito en
donde están las celdas de los Padres; recorre varias puertas hasta una
en cuyo umbral deposita el cobertor y el hatillo. Llama. «Adelante»,
responden desde dentro. El niño penetra y se hinca de rodillas á los
pies del Padre Sequeros.
--Padre, vengo á despedirme de usted, porque me escapo, y á pedirle
perdón por el mal que le haya hecho, ó que de usted haya dicho. Le juro
que nunca tuve mala intención.
--¿Cómo? ¿No ves que no puedo dejarte huir? Sería un remordimiento, un
cargo...
--Si no me dejara, Padre, no sé lo que haría, no sé..., no sé. Ya no
puedo más.
--Pues que Dios te ampare, hijo mío--. Y le bendice.
Coste toma al salir su bagaje y viático; baja escaleras; atraviesa
pasadizos; se enhebra en la angostura de un tendejón sombrío, húmedo;
se detiene, vacila, zozobra, murmura; «¿se lo habrán llevado?» Decídese
al fin y éntrase por la cuadra. _Castelar_ relincha; Coste grita,
abraza á su amigo, lo besa y le dice expresiones tiernas: «¡Queridiño,
queridiño! Vamos á Ribadeo. Ya verás allí. Te haré una albarda guapiña,
con madroños; te compraré lo que quieras, para comer. Vamos, vamos,
queridiño, no sea que nos pesquen.» Y, luego de sujetarle la frazada
con una cincha, á manera de montura, sale á los patios exteriores,
conduciendo al asno del ramal. Cruzan el patio de la segunda, hasta
el cobertizo nuevo; en una rinconada hay un portón. El chicuelo hace
saltar el candado con una piedra. No sabe si tirar á campo traviesa ó
deslizarse junto á los muros hasta la espalda de la casa; resuélvese á
favor de la última manera. Camina con tiento, pisando sobre las matas
á veces. Ahora ha dado un traspié por haber tropezado con un objeto
incomprensible. «¿Qué es esto?» Y saca del matuco unas almadreñas y un
enorme paraguas de seda roja. Como no tiene el sentido de la propiedad
individual, muerto de risa, se apodera del raro paraguas y atribuye
su hallazgo á la merced divina que se lo coloca á los pies, quizá por
valimiento del Padre Sequeros, para el caso en que, durante su huída á
la dulce patria, se abran en agua las nubes.
Ya está, á rebalgas sobre _Castelar_, en campo abierto. Lo tupido
de la población queda á la izquierda; detrás el colegio y la tierra
montuosa; al frente, una rala prolongación de la ciudad y más al fondo
el mar; paisaje de costa, rocas en acantilado, pinares, á la derecha.
No cabe duda que siguiendo la orilla del mar todo el tiempo se llega
á Ribadeo; pero, ¿de qué costado?, ¿del derecho?, ¿del izquierdo?
Coste, dejándolo á la libre determinación de la cabalgadura, como hizo
San Ignacio en parecido trance, ya no piensa en otra cosa que en su
libertad reconquistada. _Castelar_ toma, sin vacilación, un camino con
derrotero á la derecha. Aquella parte la conoce bien Coste, que han
venido allí de paseo con frecuencia; sabe que detrás de la robleda hay
praderías, y luego unos pinos, y más luego arenal, y el río Piles y la
playa, y el mar...
--¡Sooo, _Castelar_! Sooo... Párate.
Coste, densamente pálido, escucha. Sí; se oye muy cerca gran gritería.
Son los alumnos del colegio. De seguro están en los prados del lado de
allá de la robleda.
--Riá, riá, _Castelar_. Á escondernos, no sea el diaño que nos atrapen.
Se sumen en lo más intrincado y espeso del bosque de robles. Luego, el
niño ata su borrico á un tronco, y con paso furtivo, reptando entre
tojos, avanza hasta la linde de la arboleda. La tentación es más recia
que sus temores. «Si pudiera ver á Bertuco y á Ricardín, despedirme de
ellos... Siempre me han querido.» Ya ve las praderías, parceladas por
seto vivo de zarzamoras; y ahora á un grupo de Padres, sentados en la
hierba, leyendo el breviario; y á los niños, que han traído los balones
y juegan sin reposo. «Si un balón cayera del lado de acá de aquella
sebe y viniera á recogerlo Ricardín ó Bertuco...» Pensado y acaecido.
La pelota de cuero traza en el aire una gentil parábola, gana al caer
la sebe y rueda por la grama con tanto impulso que anda á punto de
entrar en el bosque. Un niño salta el seto, corre en seguimiento del
balón. El atribulado Coste apenas se atreve á asomar el hociquito. «Si
fuera un fuelle...» No, no es un fuelle; es el beatífico Rielas.
--¡Chissst! ¡Chissst...! Rielas...
Rielas alza los ojos y retrocede sorprendido.
--Oye, Rielas, ven aquí; como que tropiezas el balón con el pie y se
mete por aquí. Oye.
Obedece Rielas.
--Pero, Coste... Jesús.
--Me he escapado, ¿sabes?
--Jesús, Jesús.
--Quiero despedirme de los amigos; de Bertuco, de Ricardín, de ti,
¿sabes? Á ver si os podéis escabullir un momento. ¡Ah! Oye. No me
acusarás...
--Calla, hombre. Tú, aguarda más dentro, por si acaso nos ven--. Y
salió corriendo pradera abajo, menudeando los gritos.--¡Ahí va! ¡Ahí
va!--Dió un puntapié á la pelota y la proyectó á una altura excelsa.
Coste se internó en el bosque, sentóse sobre un gran guijarro y
aguardó. Pasaba el tiempo y nadie venía. Á la vuelta de media hora,
onduló un silbido cauteloso. Respondió Coste, silbando de su parte.
Entre los árboles avanzaban Ricardín, Bertuco y Rielas. Ricardín venía
con claras señales en el rostro de no traerlas todas consigo; Bertuco,
muy sereno. Se abrazan los niños.
--Adentro, más á la espesura--dice Bertuco.
--¡Por Dios...! ¿Y si nos echan de menos?--pregunta Ricardín.
--Ya daremos cualquier disculpa.
--¿Sabéis? Me escapo. El Padre Mur me odia, todos me odian. Yo no puedo
vivir así. Sólo vosotros sois buenos...--explica, de camino.
--¿Y cómo te las vas á componer?--inquiere Bertuco.
--Allá veremos. Este debe de ser el camino de Ribadeo. Tú sabrás,
Ricardín.
--Yo no sé. Además eso está muy lejos. ¿Vas á pie?
--¿Á pie? ¡Quiá! ¿Á que no sabéis con quién escapo? No acertáis, de
seguro.
Callan.
--Con el Padre Sequeros--se atreve á decir Rielas.
--Arrea. Con... con _Castelar_.
--Entonces lo has robado--observa Ricardín.
--¿Robarlo? Si es más mío que de nadie...
--¿Dónde lo tienes? Yo quiero verlo--añade Bertuco.
--Ahí cerca está atado á un árbol.
Descubren al burro, el cual recibe á los niños alegrando los ojos y
entiesando las orejas. Bertuco pregunta:
--¿Qué es esto, Coste?
--Un paraguas, me parece.
--Que encontraste escondido en unas matas, detrás del cobertizo de la
segunda--. Y se echa á reir.
--¿Y cómo sabes?
--¿Acierto?
--Sí que aciertas.
--Pues basta. ¿Llevas dinero?
--¿Cómo dinero?
--Naturalmente. ¿Piensas viajar como Don Quijote?
--Puedes vender el burro.
--¡Vamos, hombre! Tú estas loco, Ricardín--replica Coste, indignado.
--Entonces...
--Entonces, yo qué sé. Dios me ayudará.
Ricardín se desabotona el chaleco, investiga entre los forros, extrae
un papel mugriento y lo desarrolla hasta manifestar una pieza de dos
pesetas.
--Toma; las pude esconder á principio de curso. De algo te podrán
servir.
--No, no las quiero. Guárdalas tú.
Bertuco se interpone.
--Tómalas, Coste; á ti te hacen más falta. Yo no tengo nada que darte.
Rielas atraviesa empeñada lucha interior, en la cual la victoria
corresponde á la munificencia. Revuelve en la faltriquera de la
cazadora y expone á la luz del día una cajetilla que entrega á Coste.
--Son de emboquillados de Valencia. La puedes vender, ó te la puedes
fumar.
Han enmudecido á causa de la emoción. Bertuco, temblándole el acento,
reanuda la charla:
--¿Dónde vas á dormir esta noche? Es ya tarde. Viene la noche.
--Sí, es ya muy tarde. Dormiré aquí, en el bosque.
--¿No tendrás miedo?--Ricardín está estremecido.
--¿Á qué?
--Reza, por si acaso.
--Eso ya se sabe. ¿Crees que soy un hereje?
Tiemblan unas voces en la distancia: «Bertucooo... Campomanes...»
--Bueno, adiós.
--Adiós.
--Adiós, Bertuco, Ricardín, Rielas... adiós. Ya no os volveré á ver.
Se abrazan; se besan; lloran. Los tres alumnos van á perderse entre la
columnata de robles enyedrados. Coste, casi lelo, se desdobla é inicia
un breve coloquio.
--Coste, tienes mala pata.
--Muy mala, me c... en diez.
_Castelar_ sacude las orejas con tanto garbo que, al ruido que mueve,
Coste vuelve la cabeza. El burro le mira, diríase que amorosamente.
Se oye la charanga del colegio y cómo se apaga, según retorna al cobijo
del casón.
La negrura se filtra dentro del bosque. Levántanse mil rumores. Grazna
un cuervo.
El muchacho arregla á tientas un lecho de hojas secas; se cubre con
la frazada; invoca al sueño. _Castelar_ se acomoda al lado de su
amigo, como velándole. Rinde el cansancio al prófugo, que cae dormido
murmurando:
Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios...
II
Al día siguiente se despertó con los sentidos ágiles y animoso el
pecho. Cabalgó por una carretera durante toda la mañana. Comió en un
_chigre_; bebió sidra; fumó dos emboquillados y salió del antro con dos
reales en el bolsillo.
Carreteros, jinetes y peatones le miraban al paso con leve
estupefacción.
Á media tarde dejó pacer á _Castelar_ de la hierba de las cunetas,
aguardándole sentado en un montón de caliza picada. Preocupábale no
ver el mar cerca; pero le habían dicho que aquélla era la carretera de
la costa. Reputaba como de buen augurio no haberse tropezado con una
horda de gitanos, que roban niños y burros. Pero, luego, pensándolo
más despacio, consideraba que acaso fuera dulce la vida entre aquellas
gentes de bronce, y hembras hoscas y melancólicas que, apoyando
el codo en la cintura, tienden la diestra al caminante, como si
solicitasen amor.
Cabalgó nuevamente. El cielo se anublaba. Las nubes se fundían,
formando una techumbre pizarrosa. Comenzó á gotear. Luego á llover
torrencialmente. Fué á guardarse debajo de un árbol, siendo ineficaz
el gran paraguas bermejo; pero, como la noche avanzase demasiadamente,
resolvió seguir en busca de un mesón.
El terreno era quebrado y estéril; cañadas y montes vestidos de tojo y
de esmirriados pinos.
La obscuridad era mucha y el agua más. Oíase un raro retumbo próximo.
Á la izquierda del camino, lindando con la tenue blancura de la
carretera, las tinieblas se espesaban en una masa angulosa. «Debe de
ser una casa de aldea», imaginó Coste, asiéndose á esta esperanza.
Acercóse, encendió unas cerillas. Era un tinglado de palitroques,
cubierto de paja; asilo de caminantes ó pastores. Dentro no llovía.
Coste descendió del asno y se acomodó en el suelo. Á poco, caía dormido.
Soñó con pesadillas espantables, y despertó porque la angustia le
atenazaba la garganta. Tendió las manos en la sombra, solicitando la
compañía de su leal camarada. Buscó de un lado, de otro, medio muerto
bajo la losa de presunciones horribles. _Castelar_ no estaba. «¡Sueño
aún! ¡Sueño aún!» Se golpeó con furia la frente, se mesó los cabellos,
por volver al estado de vigilia. Rostro abajo le corrían hilos de
líquido calentuzo, los cuales se le entraron por la comisura de los
labios, desparramándose en densidad acre. «Es sangre. Me he hecho daño.
Estoy despierto.» Iba á gritar, á orar á voces, suplicando misericordia
del cielo; mas la voz se le disipó antes de salir de los labios y
los pulsos se detuvieron. Por la carretera, muy cerca de él, pasaban
seres fantásticos. Iban en silencio y llevaban una luz. Enloquecido,
corrió monte arriba. Caía entre espinas, se arrastraba, volvía á
correr. Sonó una detonación. Los oídos le zumbaban. Y corrió, corrió,
hasta que se derrumbó, sin aliento ni sentido. Recobróse; tenía las
ropas embebidas en agua; tiritaba. La cerrazón era completa. La lluvia
azotaba y el viento se revolvía frenético. Aquel vago retumbo de antes
se exacerbaba, era ensordecedor.
Un lanzazo de luz hendió las negras entrañas de la noche tormentosa.
«Es un faro. Estoy al lado del mar. ¿Andará cerca Ribadeo? ¡Padre
Sequeros, Padre Sequeros, ayúdeme!
Divina Pastora,
Dulce, amada prenda,
Dirige los pasos
De estas tus ovejas.
¡No me dejes, Madre mía! ¡No me dejes, Madre mía!» Ante las pupilas del
niño, que el delirio dilataba, mil fugaces lucecillas urdían diabólica
zarabanda. En los oídos le retiñía un campanilleo mareante. Fantasmas
sutiles le rozaban, mosconeando, las sienes. Una voz cantó junto á su
oreja:
Lucifer tiene muermo,
Satanás sarna,
Y el diablillo Cojuelo
Tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
Sarna y ladillas,
Su mujer se las quita
Con tenacillas.
Esto mismo lo había leído Coste, de escondite, en un libro que tenía el
Padre Estich, el literato.
La voz repitió la indecorosa copla. Coste sollozaba:
«Mírame con compasión.
No me dejes, Madre mía.»
Concentró las flacas fuerzas que conservaba; se puso en pie; dió dos
pasos... y caía desde el acantilado al embravecido mar. En un picacho
cortante se le partió la cabeza, haciéndole perder la vida, no sin
antes bisbisear, con débil y delgado soplo: «No me dejes, Madr...»
MIRABILE VISU
Uno que otro velón, de largo en largo, colocados de manera que el
postrero y más débil resplandor del uno se encadenaba con el del
siguiente, abrían por entre las sombras del tránsito de los Padres
una ruta equívoca y melancólica. El silencio era hondo, de infinita
vacuidad, como si habiendo perdido su vida el Criador, porque era
aquella noche la del Viernes Santo, el universo se hubiera desplomado
en sorda y definitiva inercia, y alumbraban los velones como expirantes
pavesas de un mundo pretérito.
Nació un rumor latebroso de la aparente nada; la sombra se espesó en un
punto, á modo de cuajarón de tinieblas, cauto y semoviente. Así como
se acercaba á la luz de un velón podía advertirse en que era un Padre,
arrebujado en el manteo, y como su alzada fuese poca y fachendease
mucho, ¿quién había de ser sino Conejo?
Germinaron nuevos bultos en las entrañas de la sombra. El resplandor
de las lámparas, aunque escaso, los definía. Envolvíanse todos en los
manteos. Y pasaron: el larguirucho y adamado Estich; el vivaracho
Ocaña; el jesuitófobo Atienza; el imponderable apéndice nasal de
Mur, de donde como de una percha pendían los arreos talares; el
valetudinario y expectorante é ijadeante Avellaneda; Arostegui,
tetinhiesto y solemne; Olano, oblongo y carnal; Landazabal, de las
nalgas en asidero; Numarte, vulgar y tosco; Sequeros, rígido y pausado;
toda la comunidad. Caminaban acuciosos, con pie desnudo é inaudible.
Los manteos revolaban á veces sobre los talones. Parecían bestias
negras y traidoras, hijas de la lobreguez y de la inmundicia, ratas ó
murciélagos enormes.
En las escaleras se adensó el negro torrente, porque á los Padres se
les incorporaron los legos; Santiesteban, de pútrida sonrisa; Calvo,
el cocinero, de imposible obesidad, en términos que, al igual de aquel
obispo francés, parecía haber venido al mundo á fin de demostrar hasta
qué punto puede dar de sí la piel humana; Echevarría, nostálgico del
cetro adolescente, y todos los otros.
Los Padres penetraron en el refectorio; los Hermanos permanecieron
junto á la puerta. Se verificaba una de las dos disciplinas en común
que hay durante el año (la víspera de San Ignacio y el Viernes Santo).
Sobre la mesa de la cabecera, en donde acostumbraba á comer el Rector,
había una vela encendida. Arostegui se arrodilló; todos siguieron su
ejemplo. Dejaron caer á tierra los manteos, manifestando, por las
trazas, el torso desnudo; mas no era así, sino que á favor de la poca
luz hacían pasar como propio pellejo (¡inocente fraude!) el tejido
de la camiseta, en lo cual no andaban muy errados, porque, además
de ser el color originario de un tono crudo y moreno, semejante al
de la carne, con la cochambre y exudaciones sebáceas que trasudaban
aquella prenda, había llegado á convertirse en algo consustantivo al
propio cuerpo. Anabitarte apagó la vela, de suerte que el refectorio
lobregueció por entero. El Rector dijo con acento jaculatorio:
--Reverendos Padres y carísimos hermanos; por orden de la santa
obediencia decimos nuestra culpa. Por todas las faltas[16] cometidas
durante el año. Por lo cual, y en honra de San Ignacio, tomamos esta
disciplina.
Oíase el manso y meticuloso _guitarreo_ de los padres previniendo muy
cuerdamente cualquier desperfecto de las respectivas camisetas, y el
vehemente zurrido de los legos aplicándose furiosos lapos en los lomos,
recios y rústicos, á propósito para la afrenta del látigo y de la
servidumbre.
Á los diez ó doce segundos, Anabitarte tocó en un vaso con un cuchillo.
Como por ensalmo cesó el rumor de penitencia. Tan sólo, junto al
postigo, algún lego montaraz se aplicaba unos zurriagazos de propina.
Y se fueron todos tan frescos á sus celdas. Avellaneda estornudaba. Los
legos llevaban las costillas largueadas de verdugones.
Aquella noche, Sequeros recibió otra esquelita azul:
«Desde mañana puede usted bajar á la división. Queda desobligado
del retiro.
P. AROSTEGUI, S. J.»
HORTUS SICCUS
Estos son retazos de unas memorias íntimas de Bertuco. Los
transcribimos tal como aparecen de mano del niño.
Noviembre.
_Sicut cinamomo._
Yo no soy congregante, porque, al parecer, soy bastante enredoso. Lo
fuí una vez, y en seguida me echaron. Me acuerdo del oficio de la
Virgen, que cantábamos. ¡Qué hermoso es! La música da mucha tristeza.
La letra no la entiendo toda, porque está en latín; pero hay dos
versículos que no los puedo apartar de la cabeza. Uno sobre todo.
_Sicut cinamomo._
Verdaderamente, yo no sé si es cinamomo ó cinamomus. ¿Qué más da? Lo
tengo pegado á la memoria, y el repetirlo con el pensamiento me produce
mucha alegría y me emociona; vamos, no sé explicármelo. ¿Por qué será?
Como el cinamomo... La Virgen es como el cinamomo. En el parque de
San Francisco, mi tío Alberto me enseñó una vez una mata de cinamomo.
Las flores eran muy blancas, muy ligeras, olían muy bien y tenían el
corazón de oro... ¡Qué guapa debía de ser la Virgen!... Y la señora
Ruth, de seguro, es también como el cinamomo. Desde que se mató el
marido, no hemos vuelto á verla en los paseos. Si yo no fuera un niño,
me casaba con ella, ahora que está viuda. ¡Cómo llorará la pobre!...
Hoy, que es lunes, han salido los congregantes para hacer sus oficios.
Nos hemos quedado aquí en el estudio unos pocos, los informales. El
Padre Sequeros nos ha dicho que, de todos los que quedamos aquí, sólo
se salvará uno. Cuando él lo dice... ¿Quién será? ¿Ricardín? ¿Yo? Y
como llegan los ecos de los cánticos, _sicut cinamomo_, me han entrado
ganas de llorar.
* * * * *
Diciembre.
_El temor de Dios._
Yo quiero á la Virgen porque es muy buena y hace milagros con los que
son sus devotos. En cambio, Dios, tal como nos lo pintan los Padres,
es muy malo. ¡Perdón, Dios mío! Quiero decir que castiga mucho y no
perdona nunca. ¡Qué horror! Ya veis, la Virgen sólo quiere que se
la quiera; Dios quiere que se le tema, que uno se maltrate y haga
penitencias para salvar el alma. Yo quiero salvarme. Al parecer, ningún
jesuíta se ha condenado. Seré jesuíta. Vamos, me asusta el que suelen
ser muy sucios. Ese Padre Olano... Pues ¿y Conejo? No digamos Mur.
Yo hago muchas mortificaciones, para que Dios se apiade de mis pecados,
y porque me lo ordena el Padre Espiritual.
Anoche me dijo Conejo que por qué me arrodillaba en los tránsitos y
besaba el suelo, lo que le parecía una majadería. Yo no supe explicar
por qué lo hacía, y me dijo que me iba á prohibir que confesara y
comulgara. ¡Virgen mía; yo no sé qué pensar ni qué hacer! Tú eres guapa
y buena...
Ayer, el papá de Pelayo lo sacó del colegio. Un día vi á Marujina, su
hermana; cómo me gusta...
* * * * *
Marzo.
_Solo._
Cuando me acuerdo de mi papá creo volverme loco. No me quiere, ni me ha
querido nunca. ¿Por qué será? Yo soy bueno. El único que me quiere es
mi tío Alberto y la pobre Teodora...
Hoy me escribe el tío: la infeliz Teodora, después de pasar muy mal
invierno con sus achaques reumáticos, ha fallecido. Como de tu padre no
se sabe nada y se acercan las vacaciones, lo más probable es que las
tengas que pasar en mi compañía. ¿No te alegras?
Pues, sí, señor; me alegré, y no sentí remordimiento por haber matado
á Teodora, que yo fuí quien la mató. Pero después, sin saber cómo, me
sentí muy solo, muy solo.
No conocí á mi madre, Virgen mía.
En su regazo nunca me dormí,
Ni su mirada se posó en la mía.
¡Sé tú mi madre; ten piedad de mí!
No he conocido maternal regazo,
Ni un cantar amoroso me acunó,
Ni he gustado su beso, ni su abrazo.
Sin ti, Virgen guapina, ¿qué haré yo?
Mira qué triste ha sido mi fortuna
Y cómo el vendaval secó la flor,
Que fuese aroma y luz sobre mi cuna
Huérfana. Yo no sé lo que es amor.
Ve que lloro perdido y al tirano
Yugo de la tiniebla me rendí.
Tiéndeme tu divina y blanca mano.
Muera ya y vaya al cielo en pos de ti.
* * * * *
Marzo.
_La estampa y la lenteja._
Yo tengo una estampa alemana de la litografía de Benziger, y representa
á San Estanislao de Kostka. También tengo una planta muy pequeñina de
lenteja. La lenteja la encontré en un patio; llené de tierra un pote
vacío de pasta para los dientes y planté la lenteja. Prendió. La llevé
á la camarilla. Ya tiene unas hojitas muy delgadas. Algunas noches
escarbo la tierra y veo las raíces. Son blancas como lombrices. ¡Qué
cosa!
Pajolero es el que tiene más fuerza de la división. Me robó la estampa,
así, porque le dió la gana, y cuando se la pedí se rió de mí. Me entró
una rabia que me hice sangre en los labios. ¿Es que porque tiene más
fuerza puede hacer lo que quiere? Me quejé al Padre Mur y no me hizo
caso; al Padre Sequeros, pero Pajolero negó. Me quedé sin la estampa.
Esto es una injusticia. Yo no sabía, no entendía bien lo que era
injusticia. No sé lo que pasa por mí. Si hubiera tenido un cuchillo
se lo hubiera clavado á Pajolero en el corazón. Estoy rabioso. ¿Cómo
consiente Dios esto? ¿Por qué inventó él la injusticia, una cosa tan
horrible? Porque claro está que todo viene de Dios. Eso está muy mal.
Á mí no se me hubiera ocurrido nunca que en el mundo cupieran estas
atrocidades habiendo providencia. No, no puede ser.