Hoy he mirado de nuevo la lenteja, sus hojitas y sus raíces. Me entró

una ternura muy grande, que casi me hizo llorar, y me acordé de que

había tenido pensamientos blasfemos. Los Padres hablan de milagros.

¿Qué mayor milagro que esta planta que yo tengo en el pote de pasta

dentífrica? ¡Perdón, Dios mío!

* * * * *

Abril.

_El Papa á los infiernos._

Hoy, en la plática, el Padre Numarte nos ha referido una cosa que me

ha dejado asustado. Predicaba un jesuíta en una iglesia; de pronto se

calló; luego dijo: «En este momento, Su Santidad Clemente XIII acaba

de descender á los infiernos.» Después se comprobó que á la misma hora

que lo dijo el jesuíta había muerto el Papa, que fué precisamente quien

suprimió la orden. Me parece demasiado. Es decir, que en la Iglesia, lo

único importante, son los jesuítas. Á veces creo que son unos farsantes.

* * * * *

Abril.

_La bandera misteriosa._

No tenemos clases. Estamos muertos de miedo y los Padres más todavía.

Ayer apedrearon el colegio y tiraron cohetes contra las ventanas. ¿Por

qué quieren tan mal á los jesuítas? Son los impíos.

Los soldados están paseando por los pasillos y colocados á las

entradas. Yo les he oído decir palabrotas y blasfemias. Según parece

vienen á protegernos por si atacan otra vez el colegio.

Á los niños nos dejan hacer en estos días lo que queremos. Esta mañana,

Bárcenas me llevó á uno de los desvanes. Fuímos á cencerros tapados y

llegamos á un cuarto obscuro. Estaba lleno de fusiles y otras cosas que

no sé lo que son. Luego abrió un envoltorio Bárcenas y me enseñó un

trapo que parecía una bandera, colorada y azul con rayas cruzadas. Me

aseguró que era el pabellón inglés y que poniéndolo en el tejado de los

Padres no tenían nada que temer. Se me figura que Bárcenas no sabe lo

que dice.

* * * * *

Mayo.

_El grillo._

Anoche oí un grillo cantando en las camarillas. ¿Quién lo habrá cazado?

Si lo averiguan buena la tiene.

Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.

La parra de mi casa en Cenciella está por el verano llena de cigarras

que chillan. ¡Ay, el sol del verano...! Á los grillos les gusta más

el prado liso que donde hay pomares. Los pomares de mi casa parecen

personas viejas, y las manzanas tienen todos los colores y son lisas

como de cera. Pero los grillos buscan el prado.

Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.

En el verano suenan tantos, tantos... hasta los montes de lejos. Por

los prados corre el río, aquel río tan quieto á donde van á lavar las

mujeres de Cenciella. Nuestra criada, la _Palomba_, era muy guapa. No

llevaba corsé y se le marcaba el pecho.

Cri, cri, cri; cómo me gusta el canto del grillo.

En los prados hay á veces amapolas, con hojas de raso. Soplábamos

Rosaura y yo y volaban las hojas. ¡Qué ganas tengo de irme á casa! Me

bañaré en el albercón y perderé de vista este colegio.

* * * * *

Mayo.

_La tuna de Coimbra._

Hoy nos ha dado un concierto la tuna de Coimbra. Lo que me ha

entusiasmado son los panderetólogos. Cómo brincan, y se revuelcan por

el suelo, y se retuercen, sonando la pandereta contra el codo, contra

el pie, contra la cabeza... Les aplaudimos á rabiar. Yo siempre quise

ser un gran poeta; pero hoy he comprendido que es mejor ser un gran

panderetólogo.

Voy á hacer el examen de conciencia para confesarme, que mañana es

primer viernes de mes.

MANU FORTI

El Padre Mur perseguía la oportunidad de satisfacer su venganza en

Bertuco, el cual, en cierta ocasión, había repelido coléricamente las

asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuíta.

Mur inspeccionaba las filas de alumnos que á la puerta de los

confesores aguardaban, cruzados de brazos, la vez de ir descargando

la conciencia. Á la puerta del Padre Arroyo había ocho niños. Bertuco

estaba el séptimo, y, aun cuando apercibía sus potencias espirituales

para postrarse ante el santo tribunal con el recogimiento debido,

no lograba impedir que en su memoria bullesen danzantes imágenes

de panderetólogos: la impresión había sido muy intensa y estaba

demasiado reciente. Entre las muchas artimañas y máculas ladinas con

que Mur cazaba á los enredadores, una de ellas consistía en volverles

la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el momento,

verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de

Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal,

bastábale subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola

detrás de los vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo

lo que detrás de él acontecía. Por no traicionarse y prolongar en lo

posible la astucia, no daba á entender por el momento los resultados de

su espionaje, sino al cabo de algún tiempo, con lo cual, los díscolos,

creían haber sido acusados por algún compañero fuelle.

Volvióse de espaldas Mur; Bertuco, á quien le sonaban en los oídos las

sonajas de mil panderetas, y en cuyos nervios parecía infundirse la

energía y agilidad de una falange de panderetólogos, como se viese á

salvo de la mirada rapaz de Mur, sopló al oído de su vecino en la fila:

--Mira tú que aquel pequeño, el rubio... ¡canario!--Y comenzó á

retorcerse y descoyuntarse, remedando al artista del pandero, y con los

ojos pendientes de Mur, en previsión de que se pudiera volver de pronto.

Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas; pero no supo

interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que dió

por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo

y desvergüenza. Arrebatado de iracundia, giró sobre los talones y

puso en las mejillas de Bertuco una sonora y recia bofetada. En las

infantiles pupilas había una mezcla de estupor y de odio. Á seguida,

Mur se aferró con su diestra, huesuda y truculenta, á la oreja de

Bertuco, arrastrándolo por el tránsito, y luego escaleras abajo,

después de haber ordenado á los otros siete niños que vinieran de

testigos, hasta un estrecho y breve pasadizo, enladrillado de rojo,

que abre una comunicación entre el claustro central y los patios

exteriores, por la parte de los lugares excusados.

Los niños hicieron corro; Mur y Bertuco en el dentro.

--¡Arrodíllate!

Bertuco obedeció.

--Vete haciendo una cruz con la lengua en el suelo. Primeramente, desde

aquí hasta aquí--. Señalaba con el pie una extensión como de tres

palmos.

Bertuco permaneció inmóvil. Sus ojitos azules parecían de acero,

bruñido en la piedra de afilar. Los tiernos espectadores estaban

consternados.

--¡Á la una! ¡Á las dos...! ¡Á las tres!--Y dió al niño vehemente

puñetazo en la nuca, con intención decidida de derribarlo de bruces,

y lo hubiera logrado si las manos alertas de Bertuco no se hubieran

apoyado en tierra.

--¡Haz la cruz con la lengua!

Bertuco, que había vuelto á colocarse de rodillas, no hizo movimiento

alguno.

--Á la una, á las dos... ¡á las tres!--Segundo golpe, con redoblado

vigor.

Juanito Prendes, de pusilánime corazón, se echó á llorar, y entre

acongojados hipos balbucía:

--Por Dios, Bertuco, obedece. ¿Qué más te da?

Á Bertuco no le repugnaba lo repugnante del castigo, sino la

humillación que entrañaba. Adivinaba confusamente que aquello que

sentía dentro de sí como espina dorsal de su espíritu, la dignidad,

en siendo violada y partida, no era posible rehacerla y enderezarla.

Hendíasele el corazón de espanto.

--¡Máteme, máteme por Dios!

--La muerte merecías, infame. Haz la cruz, arrástrate, asqueroso

reptil--. Y de un puntapié lo envió rodando contra el muro.

Y ya, no Juanito Prendes, que también los seis restantes le suplicaban

que se doblegara, sabiendo que el Padre Mur no perdonaría nunca.

Y en un momento de suprema desesperanza y abrumadora vergüenza y asco

de sí propio, casi aniquilado por el temor y la amargura, Bertuco

se dispuso á obedecer, y sacando la lengua la aplicó al suelo. Dos

lágrimas ardientes como la punta de un puñal enrojecido en la lumbre le

taladraron los ojos, anublándolos. Dentro del pecho experimentaba el

furor de una garra que le rebañase las entrañas.

--¡Lame la tierra!--rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe

fruición.

El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo,

formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco

estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el

suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado,

que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.

--¡No puedo más...!--articuló con esfuerzo.

Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión,

quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre.

--Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis algo á alguien os hago lo

mismo á vosotros.

Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando á solas, el jesuíta

arrastró el cuerpo exánime de Bertuco hasta un grifo que hay contiguo á

los lugares excusados, y chapuzándole la cabeza le devolvió el sentido.

--Lávate bien esas narices. Cuidado con que nadie entienda nada de

esto, porque te arranco el alma negra que tienes, canalla. Hoy no te

confiesas, porque eres un sacrílego, ni cenas. Te pondrás en el centro

del refectorio, en donde todos vean tu cara maldita de criminal, y no

probarás bocado hasta que me repitas de memoria la elegía triste de

Ovidio. Por la noche, no cerrarás la puerta de la camarilla; te pones

de rodillas en el umbral hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al

estudio.

Á la hora de la cena, convergiendo á él las miradas de todos los

alumnos que le abochornaban, procuró desentenderse de todo y aprender

cuanto antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida; las mallas

de la memoria, tan sueltas que dejaban escapar los versos á ellas

confiados. Al final de la cena sabía tan sólo una pequeña parte:

Cum subit illius tristisima noctis imago

quae mihi supremum tempus in urbe fuit,

cum repeto noctem quae tot mihi cara reliquit,

labitur ex oculis nunc quoque guta meis.

En la camarilla se arrodilló como le habían ordenado. El dolor y el

cansancio le rendían. Pasaba el tiempo; oíase el suave ronquido de

algún alumno. La luz era escasa y medrosa, á propósito para poblarse

de aquellas formas infernales con que los Padres aterrorizaban el

cándido corazón de los niños. Aunque la frente le abrasaba, sus

miembros estaban ateridos y sus mandíbulas trepidaban de miedo. Cada

ruido ó susurro le detenía la circulación; cerraba los ojos, por no

ver la cabra ó el cerdo endiablados. Allá, muy avanzada la noche, se

le apareció Mur de pronto. Venía envuelto en una manta de Palencia

y descalzo. Sin decir palabra, arremetió sobre Bertuco á puñadas y

rodillazos, estrujándolo contra los hierros de la cama. Con el furor

de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros, dejándolo

en ropas muy menores y descuidadas, á través de las cuales mostraba

velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas. Cuando tuvo al niño

bien molido, se fué, cerrando la portezuela de golpe.

Bregaba aún Bertuco, antes de conciliar un reposado sueño, entre la

vigilia y un sopor plúmbeo, henchido de incoherencias y desatinos,

cuando la frigidez de un chorro de agua y unos sañudos pellizcos,

aplicados con mano férrea, le hicieron lanzar un grito y abrir los

ojos. Mur estaba en pie, junto al lecho, envuelto en la manta.

--Vístete de prisa, y ponte de rodillas.

Era noche aún. Bertuco siguió el curso del tiempo, por el reloj del

observatorio. Le habían hecho levantarse hora y media antes que los

demás.

Cuando bajó á la capilla, con sus compañeros, sentía el cráneo lleno de

humo turbio y ardiente; los miembros le obedecían apenas; la tierra era

muelle y se balanceaba en un vaivén amplio. En el estudio de la mañana

temió caer desplomado en dos ocasiones. No desayunó, porque Mur le hizo

continuar estudiando á Ovidio. Al fin, en la clase del Padre Ocaña,

prorrumpiendo en un alarido desgarrador, escurrióse entre el banco y

la mesa y fué á dar en tierra, poseído de frenesí. Sus compañeros se

apartaban, sobrecogidos. Ocaña descendió ágil del púlpito y acudió en

auxilio de Bertuco.

--Rielas, Benavides, vosotros que sois fuertes; ayudadme á sujetarlo.

Benavides, de rostro de chimpancé, solapado enemigo por envidia de

Bertuco, se excusaba.

--No me atrevo... Parece un endemoniado.

--Te digo que vengas; no seas cernícalo. Es un ataque de nervios.

En esto, Bertuco recobró la calma. Yacía sobre el piso, de cemento,

sin dar señales de vida. Mirábanse unos á otros, sin osar acercársele,

cuando el niño se incorporó, sentándose. Emitía profundos, trágicos

gritos de terror; adelantaba los brazos, como deteniendo invisibles

agresiones; sus ojos se abrían desmesurados, casi blancos, á causa de

la extremada contracción de la pupila, como la máscara antigua del

espanto. Cayó de nuevo; cerró los ojos; conducía las pálidas manecitas

tan pronto al corazón como á la cabeza, suspirando con leve y desolada

quejumbre.

El Padre Ocaña trajo su sillón, del púlpito á la parte baja del aula, y

en él acomodó al enfermo.

--Ahora, ayudadme vosotros dos: vamos á subirlo á la enfermería.

Allí, lo tendieron sobre una cama, desmayado aún. Acudió el Hermano

Echevarría y se avisó á Conejo.

El caso era alarmante. Temerosos de la nesciencia del enfermero, los

Padres acordaron llamar al doctor Cachano con toda urgencia.

Presentóse el doctor, un hombre enjuto, cetrino y alto, cuyas patillas

piramidales y rucias eran como claudicantes orejas de borrico. Se armó

de doradas gafas, apoyó la oreja sobre la caja torácica de Bertuco y

auscultó recogidamente, frunciendo las cejas de manera sombría.

En aquel punto, á Bertuco le atacó una gran convulsión epileptiforme;

agitaba desesperadamente brazos y piernas, arqueaba el cuerpo,

apoyándose en los talones y en la nuca, ó pretendía arrojarse del

lecho. Á la postre quedó postrado, inerte.

Ya en el pasillo, el doctor Cachano comunicó á Echevarría el plan

terapéutico que había de seguir: baños templados, infusión de tila con

azahar, bromuro y cloral.

--¿Es grave la cosa, doctor?

--Como puede que sí, puede que no. Á mí me inspira serios temores.

Á este niño han debido darle un susto muy grande. Conviene que no

le dejen solo un momento, y, sobre todo, yo, en el caso de ustedes,

querido Padre Ministro, avisaba á la familia para sacudirme de encima

responsabilidades--; y al sacudir, acordadamente, la cabeza, ondulaban

las patillas, espolvoreadas de rapé que le había ofrecido Conejo.

Así que don Alberto recibió la carta con las tristes nuevas del mal de

su sobrino, emprendió la marcha acompañándose de Trelles, un médico

joven, inteligente y clerófobo furibundo. Llegaron á Regium en el tren

de la tarde; á la media hora estaban en el colegio. Encontraron á

Bertuco animoso y sonriente; viendo á su tío se sorprendió. Conejo dijo:

--Gracias á Dios, ya está bien. Pero nos ha dado un susto...

--¿Cuándo ha caído enfermo?--preguntó don Alberto, y acariciaba al niño

en la mejilla.

--Ayer, en la clase de la mañana. No damos con la causa, porque él no

dice nada. Ha sido un ataque nervioso muy violento. Sin duda, como

están próximos los exámenes, el estudio excesivo...

--¿Podrá salir del colegio para reponerse? Lo encuentro muy pálido y

flacucho.

--Como usted guste; pero no lo creo necesario.

--Sí, mejor será que me lo lleve mañana.

Bertuco oprimió alborozadamente la mano de su tío.

--Supongo que no habrá inconveniente en que el señor Trelles y yo nos

quedemos esta noche velándolo aquí.

--¡Oh! ¿Inconveniente? Ninguno. Pero, ¿para qué?

--Sí, nos quedaremos.

--Como usted determine.

En estando á solas, pretendieron sonsacar á Bertuco la verdad de lo

ocurrido; pero el muchacho no confesó nada.

Á las diez de la noche, Bertuco cayó en intenso sopor; su respiración

era muy lenta y apenas perceptible; el pulso irregular, los ojos se

iban hundiendo y sus extremidades enfriando.

--¡Trelles, Trelles, que se nos muere!--exclamó don Alberto, con la faz

desencajada.

--No hay tiempo que perder... Frótele fuerte con el puño sobre el

corazón, en tanto yo busco á ese idiota de enfermero.--Gritó á la

puerta:--¡Enfermero, enfermero de los demonios!

--¿Qué quiere, pues?

--Éter, ¿hay éter?

--Ya, ya hay.

--De prisa, papanatas. Y botellas de agua caliente; de prisa, de

prisa... ¡caracho!

Gracias á la inyección de éter, al calor del agua y á los masajes

precordiales, el niño se reanimó.

--No puedo más, tío: hace dos días que no como.

--¡Ave María Purísima! Enfermero, una copa de Jerez y bizcochos;

corriendo, hombre--. Y de que hubo salido el lego:

--Bertuco, á ti te han dado una paliza tremenda. No lo niegues, porque

acabo de verte todo el cuerpo magullado.

--No, no; sería cuando me caí en la clase. Dicen que me daba golpes

contra las patas de la mesa.

Hasta las once fueron llegando Padres, de vez en vez, que subían á

interesarse por la salud de Bertuco. El Padre Atienza, gran amigo de

don Alberto por haber sido compañero de niñez en el colegio de Orduña,

subió el último. Los dos hombres se abrazaron con mucha cordialidad.

--¡Voto al chápiro! Entonces, ¿qué? ¿Te llevas al niño?

--Mañana, como no ordene otra cosa el amigo Trelles. ¿Podremos marchar?

--No hay inconveniente.

--¿No le parece á usted mejor, Trelles, ir en coche desde aquí?

--Lo apruebo.

Una pausa.

--Oye, Alberto; voy á decirte una cosa en secreto, regorgojo.

El jesuíta cogió de las solapas al caballero y lo condujo junto á la

ventana.

--Me voy con vosotros.

--¿Eh?

--Que me voy con vosotros.

--¿Y eso?

--Para no volver más, qué recuerno. Lo he pensado mucho y ahora se me

presenta la ocasión: es providencial. ¿Qué dices?--Don Alberto abrazó

á su amigo; éste continuó:--Figúrate que no quieren publicarme mi gran

obra sobre la evolución, en la cual he consumido mi vida. El tribunal

encargado de juzgarla ha dictaminado que no tenía mérito bastante para

ser publicada por un hijo de la Compañía, ¿habráse visto mastuerzos?

Mira, te traeré de mi celda un paquetito, que sacaréis como cosa

vuestra; son mis manuscritos. Mañana, á pretexto de acompañaros un

momento, me introduzco con vosotros en el coche y luego, ¡viva la Pepa!

Don Alberto soltó la carcajada.

El resto de la noche se deslizó en paz. Cada vez que despertaba

Bertuco, Trelles lo alimentaba con leche, Jerez y bizcochos,

restituyéndole de esta suerte las perdidas fuerzas.

Y á la mañana siguiente, el Padre Atienza, don Alberto, Bertuco y

Trelles, iban camino de Pilares, en un arcaico landó que con fatiga

arrastraban tres caballejos de evidente y descarnada senectud. En la

cuesta del Pedroso el mayoral gritó:

--¡Si no se baja alguno, los caballos no suben!

Descendió, con un salto alegre y muchachil, el Padre Atienza; siguióle

Trelles. Bertuco se obstinó en imitarlos. Todos echaron pie á tierra.

Era una mañana primaveral y florida. Cubría la mocedad del campo un

bozo de verde tierno. Los más vetustos troncos reflorecían de juventud.

En los nidos brotaban las primeras voces. El señor malviz tañía su

flauta. La vaca matrona rumiaba al pie del roble; temblaba la esquila,

y el humo aldeano y azul sujetaba el cielo á la tierra. Luego, el

caballero grillo rascaba su averiado violín en el umbral de la covacha.

--¡Hay grillos!--suspiró Bertuco.

--¡Cuánta hermosura, Dios mío, cuánta libertad!--El Padre Atienza abría

los brazos y se ponía cara al firmamento.

Don Alberto comenzó á recitar, sonoramente:

«¿Por qué habláis de un milagro?

No conozco otra cosa que milagros;

si recorro las calles de una urbe,

ó paseo con pie desnudo junto al mar,

ó permanezco bajo los árboles del bosque,

ó contemplo las abejas en torno de la colmena al mediodía,

ó los animales que se nutren en los campos,

ó los pájaros, ó la maravilla de los insectos en el aire,

ó la maravilla de la puesta solar,

ó las estrellas,

ó la exquisita, delicada, fina curva de la luna nueva en primavera.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Para mí cada hora de luz y sombra es un milagro;

cada pulgada de espacio y de tierra,

... las briznas de hierba...

inefables y perfectos milagros. ¡Todo, todo, todo!»

Los otros tres le oían mudos, fascinados.

--¡Bendito sea Dios!--comentó el Padre Atienza, así que hubo concluído

don Alberto.

Después de una pausa, con transición absurda, Trelles preguntó en seco

al Padre Atienza:

--¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?

--¡De raíz!

A. M. D. G.

_Pontevedra._

_Baliñas.--Caldas de Reyes, Octubre 1910._

POSTDATA

_Al Sr. D. Enrique Amado._

Querido Enrique:

Este pobre libro mío, que sale al mundo con la arriscada pretensión

de mejorarlo un poco, sería incompleto si tu nombre y el recuerdo de

tu amistad, que tan obligado me tiene, no aparecieran asociados á

él. Gracias á ti se escribió. Si yo mereciera reconocimiento de los

hombres de buena voluntad, á ti se te debe en igual medida que á mí.

Tú me diste afecto leal y raro en que me apoyara y me proporcionaste

asilo adecuado en donde realizara mi obra. Nunca olvidaré la rústica y

repuesta casita en donde convivimos; la paz aldeana de que me rodeaste,

que tan grande bien me hizo. ¡Aquietantes robledas, mansos maizales,

collados revestidos de vides! Si bajo tan docta tutela no acabé empeño

de mayor fuste, culpa es de mi flaqueza, no de mi intención ni de tu

diligencia.

Te abrazo,

RAMÓN.

_En Madrid, Noviembre 1910._

ÍNDICE

Páginas

Dedicatoria. 5

Ab urbe condita. 7

Ianuis clausis. 21

A maximis ad minima. 43

Consejo de pastores. 97

Pedagogía laxa.--Rara avis. 103

La pedagogía de Conejo. 115

Mur, pedagogo. 123

Vive memor lethi. 135

Amari aliquid. 155

El libro de Ruth. 175

Fronti nulla fides. 205

Acta est fabula. 219

Mirabile visu. 239

Hortus siccus. 245

Manu forti. 253

Postdata. 267

NOTAS

[1] Padre mío; es un gran día.

[2] Una de las torturas dadas por Mur consistía en obligar al

niño á que se mantuviera con las piernas en flexión, los tacones

y la espalda contiguos á la pared, de manera que el equilibrio

era difícil y los calambres que se originaban muy penosos.

[3] Á guisa de escolio, creo oportuno agregar algo que me acaeció

hace cosa de cinco años. Habíame ido á pasar el mes de Agosto en

un lugar costero del Cantábrico. En compañía de un amigo, paseaba

largamente, discurriendo y dialogando acerca de todas las cosas.

Solían ir con nosotros algunos niños, hermanos de aquél, los

cuales se holgaban de ordinario á su manera alejados de nuestra

conversación. Cierta tarde explicaba yo á mi amigo las aficiones

táctiles del Hermano Echevarría (que tal es su verdadero nombre),

del cual hube de ser yo frustrado sujeto paciente en el colegio

de Gijón, cuando hete aquí que uno de los niños, alumno á la

sazón de los jesuítas, comienza á reir alocadamente. Volvímonos á

él, preguntándole la causa de tanto regocijo. El muchacho nos dió

á entender que había oído mi cuento. Cuando pudo hablar, dijo:

«Lo mismo que ahora.»

Es decir, que si mis cálculos no yerran, este laborioso lego

lleva diez y seis años dedicado á estudios de organografía

comparada. ¡No está mal! Tengo entendido que continúa en el

colegio de Gijón.

[4] --Entonces, lo que usted debe hacer es ir inmediatamente al

convento. ¡Qué alegría! Es usted un ángel.

--Pero, querida Aurora; no es cosa fácil. ¿Cómo voy á ir si no

conozco á nadie?

[5] Quién, qué, en dónde, en favor de quién, cuántas veces, por

qué, de qué manera, cuándo.

[6] --Padre mío, Padre mío.

--Hermana mía, querida hermana, hermanita.

[7] --De cantar mejor.

[8] --Pues, ¡Aleluya!

[9] --Quiá. Qué amable es usted...

[10] --Imposible.

[11] Adiós, para siempre. Te amé, Ruth, más que á todas las

cosas. Te amé, corazón mío.

[12] --Oh, no. No es cierto. ¡Horrible! Te fuí fiel. Te amé.

Perdóname, querido.

[13] --Puta, maldita puta.

[14] --Dios mío.

[15] --Pobrecita, tan hermosa... Venga usted conmigo.

--¿Es usted... Gonzalfáñez? Quiero ver mis hijos y morir.

--Todavía no. Venga usted conmigo.

[16] Se supone que un jesuíta no peca. Faltas son, por ejemplo:

andar de prisa, mirar á una mujer, beber agua sin necesidad...

A.M.D.G. · 第 13 / 13 段