Por entonces, una proxeneta de ínfima estofa que había apilado algún

caudal en pecaminosos tratos de tercería, estableció una casa de mal

vivir en un sitio céntrico; una morada de construcción reciente, y á lo

que se decía, con mucha decencia, entendiendo por decencia ¡oh, pícara

elasticidad del vocablo! lujo indecoroso. En los círculos canallescos y

entre gente libertina, se conocía á la proxeneta referida por el apodo

de _Telva les burres_. Esta mujer implantó el negocio sin perdonar

sacrificio. Era voz pública que sus pupilas ostentaban provocativa

belleza, que hacían dulcísimo el pecado, exornándolo con no pocas

complicaciones de gran novedad en Regium; que acostumbraban bañarse á

diario, ó cuando menos un día sí y otro no, y, en suma, que estaban

reclutadas entre la flor y nata de las falanges del vicio. Las había

andaluzas, madrileñas, catalanas, ¡hasta una portuguesa! Con esto, los

umbrales de Telva se elevaron en dignidad. Á los antiguos visitantes

(mozarrones zafios y cazurros, chalanes, obreros, marinerazos de toda

laya y procedencia) se les dió con el postigo en las narices. Ahora,

los contertulios y parroquianos pertenecían á las clases acomodadas

de la sociedad: tenderos, consignatarios de buques, empleados de

fábricas y almacenes, propietarios, etcétera, etc. Con lo cual, Telva

se enorgulleció grandemente. Hízose vestidos de rica tela y severo

colorido, compró una mantilla negra, y así ataviada, á lo señor, salía

á ostentar su cinismo, paseando las calles más concurridas, visitando

iglesias y poniendo en un brete á las señoras honradas.

Las orgías de la casa nueva fueron tan frecuentes y locas, que todo

Regium murmuró del asunto, manifestando púdico estupor. Andando el

tiempo, las orgías degeneraron en violencias y báquicas necedades.

Señoritos y horterillas, así que se embriagaban, acudían en horda á

casa de Telva, tomaban el edificio por asalto si se les negaba permiso

para entrar, y ya dentro, daban al traste con personas y cosas,

convencidos de que con esto conseguían heroico renombre. Y así fué como

una pandilla de bárbaros sacaron á rastras á la portuguesa desnuda,

tirándole de la cabellera, y con tan poca cortesanía, que le desollaron

las nalgas, le magullaron un seno, la acardenalaron y la dejaron con

vida por inexplicable antojo de la providencia.

Aquella morada de escándalo y abominación tenía consternadas á las

almas sencillas de Regium. Intentaron influir cerca de los poderes

públicos, por ver de suprimirla y hasta derruirla; pero fracasaron tan

santos propósitos.

Una mañanita, la señora del vista de aduanas, Aurora Blas de Enríquez,

hija de confesión del Padre Olano, se presentó en la portería del

colegio. La acompañaba Maruja Pelayo, hija también del mismo Padre

espiritual, y, en cuanto á la carne, de un reputado ortopédico.

Venían de oir la misa del Padre Anabitarte, muy ligerita y simpática.

El traje que traían era sencillo; el rostro, empenumbrado bajo la

flotante mantilla. Las dos lindas, las dos rubias, las dos gazmoñas;

más gordezuela la casada. Recibiólas el hermano Santiesteban, con su

pútrida sonrisa.

--Venimos á ver al Padre Olano. Tenemos precisión de hablarle hoy

mismo--manifestó con mucho garbo Aurora.

--Ay, señoras mías; no sé si estará ó no. Pasen, pasen al salón de

visitas entretanto--. Y se fué.

No tardó en aparecer el Padre Olano, grande y sencillo como una

montaña, como la montaña nevado también en la cumbre, pero de caspa.

--Siéntense, hijas mías. Vamos, vamos, ¿qué ocurre?--Estaba con las

manos escondidas dentro de las mangas del balandrán. Aguzaba la mirada

por desentrañar el misterio y penumbra de las mantillas.

--Venimos á concluir esa enojosa cuestión de la congregación para el

alivio de la trata de blancas, ó como se llame. Le juro, Padre Olano,

que yo no sirvo para esto--. Con la mano se arreglaba los ricillos de

la sien derecha, levantando la mantilla y mostrando la lechosa frente.

--Ni yo tampoco--agregó Maruja.

El Padre Olano reía con benevolencia, echando atrás la cabeza. Aurora

continuó:

--Así que terminemos con esa... esa...

--Sí, _Telva les burres_. Bonito nombre--. El Padre Olano dijo estas

palabras impregnando de severidad el acento.

--Precioso--continuó Aurora--. Pues bueno; así que demos este primer

paso, yo no doy otro. Vaya, que no lo doy, Padre. La idea es muy santa

y muy buena, como de usted; pero yo no doy otro paso. Este sí, ya lo

creo, porque nada se puede hacer más grato al Señor, me parece.

--Así es, hija mía.

--¡Buen trabajo me cuesta, Padrecito! Imagine: tener que hablar, que

oir, que rozarme con una mujerota de esas...

--¡Ay, es horrible!--suspiró Marujina, frunciendo el morrito

deliciosamente--. Pero el Sagrado Corazón nos lo premiará. Por

supuesto, papá no sabe nada.

--Ni mi marido.

--Ni falta que hace, hijas mías. Esta es una gestión que hemos de

llevar á cabo con absoluta reserva. Sor Florentina ha convencido á la

superiora, que está ya en ello. Así, pues, el jueves, de anochecida,

nos veremos en el locutorio del convento.

--¿Y usted cree que acudirá esa mujerona, Padre Olano?--preguntó la

señora, con ansiedad.

--¿Por qué no, Aurora?

--¿Y se dejará tocar de la gracia?

El Padre Olano apartó los ojos que tan gratamente se hallaban apoyados

en las lindas interlocutoras y los elevó hacia el cielo raso.

--¡En Dios confío! Además, según mis referencias, es mujer que no tiene

abandonados sus deberes religiosos...

--Insolencia, Padre, insolencia.

--En Dios confío, hijas.

II

El día señalado y á la hora convenida, se hallaban en el locutorio

de las Siervas de Jesús, el Padre Olano, la señora de Enríquez, la

señorita de Pelayo y sor Florentina. La monja era una mujer como de

treinta años, rechonchita, bella, graciosa y desenvuelta, con mucho

trato de gentes y un ligero estrabismo en la mirada, que le caía muy

bien. El locutorio daba al jardín. De fuera de los vidrios de las dos

ventanas caían temblando vástagos tiernos de enredaderas. De un pasillo

llegaba un vaho denso, olor á cera y á potaje, á pobreza y santidad.

Temblaban de expectación las cuatro personas. El Padre Olano estaba

hundido en sí mismo, como si impetrase la ayuda del Todopoderoso,

orando en silencio. Sor Florentina tenía los carrillitos arrebolados

y bizqueaba más que de ordinario. Aurora y Maruja revolvíanse en las

sillas, muy excitadas y poseídas de bélico ardor. Creíanse poco menos

que Juanas de Arco, y la conquista que iban á emprender de más fuste

que una cruzada. Al fin y al cabo, aparte de la gloria de Dios y la

pureza de las costumbres, á ellas les importaba singularmente el buen

éxito de la aventura, porque en casa de la Telva adivinaban un vago y

grande peligro.

--¡Oh, si quisiera Su Divina Majestad que extirpásemos esta hedionda

llaga que infesta á Regium...!--murmuró sor Florentina.

Pasaba el tiempo. Aurora y Marujina Pelayo se miraban con desaliento.

Por fin apareció la vieja celestina. Entró fingiendo gran timidez

y desconcierto, como si no supiera qué hacerse, ni qué decir, ni á

dónde mirar. Pero, con solamente examinarle la cara, llena de burla y

desenfado, pudiera echarse de ver que era una redomadísima sinvergüenza

y más dueña de la situación que quienes la recibían. Á favor del

aturdimiento que le tenía cuenta aparentar, fuése derecha á abrazar al

Padre Olano, sollozando más que diciendo:

--¡Ay, santo varón! ¿Cómo le voy á agradecer...? Yo no sé cómo

decirle...

El Padre Olano hubo de recibir, por sorpresa, el primer abrazo de la

infecta anciana. Pero, recobrándose pronto, la apartó de sí con tanta

mansedumbre como energía, de manera que Telva abordó á Aurora, que era

la que estaba más cercana, con idénticas muestras de agradecimiento y

efusión. La señora de Enríquez dió un grito y retrocedió dos pasos.

Marujina huía también, temblando, y fué á guarecerse detrás del

jesuíta. La descarada vieja se detuvo entonces, y humillándose bajo un

infinito abatimiento, balbuceó, con voz quebrantada:

--¡Ay, Dios! Es cierto... ¡Dispénsenme! ¡Ay, señoritas! ¿Cómo me van á

saludar si yo soy una mala mujer, si estoy condenada, si para mí no hay

salvación...?

--De eso se trata--añadió el Padre Olano--. Siéntese, buena mujer, y

hablemos.

Sor Florentina miró asombrada al jesuíta, en oyendo aquello de buena

mujer. La celestina replicó:

--¿Yo buena mujer? ¡Ay! No se burle, señor...

--Siéntese, siéntese y hablemos. Siéntense, hijas mías.

Sentáronse todos. Aurora y Marujina tiritaban de miedo y de asco.

La alcahueta sacó un gran pañuelo tan cargado de esencia, que el

Padre Olano creyó desmayarse. Hubo un largo silencio enojoso que sor

Florentina interrumpió afirmando:

--La misericordia de Dios es infinita.

El jesuíta se agarró á este cabo y asegundó:

--La misericordia de Dios es infinita. No está usted condenada, mujer,

ni se ha perdido para siempre; pero, ¡ay de usted si no escucha la voz

de quien dispone en cielos y tierra y que en este momento suena en sus

oídos! ¡Te llamé y me rechazaste! No olvide, hermana, que si la muerte,

en todo caso llega de pronto y cuando menos se piensa, y troncha

esperanzas y siega juventudes, en la edad de usted...

--¡Ay! señor; yo no soy tan vieja como parezco. Los malos tratos

de aquel... Iba á decir una atrocidad. Usted ya me entiende. Estas

señoritas, no; son unas palomas, las pobres. Treinta años, señor,

viví con él, chupándome el dinero y cuanto había que chupar. Era un

verdadero... bueno, usted ya me entiende.

--No, no la entiendo, ni falta que me hace--contestó el jesuíta,

visiblemente malhumorado. Hizo una pausa y continuó:--Á lo que vamos.

Confío en que no está usted por entero dejada de la mano de Dios y en

que se ha de dejar mover á arrepentimiento por mis palabras. El oficio

que usted sigue es el más aborrecible, porque ha de saber, hermana,

que esto que hace es pecado mortal, pues se opone al sexto precepto de

la ley de Dios; de manera que, después de matar, no hay pecado mayor

contra el prójimo, como lo observará si se para un poco en el orden de

los mandamientos. En el quinto se nos prohibe matar, y en el sexto,

hacer cosas indecentes. (_Las damas bajan la vista. Telva sigue al

orador atentamente. Este ha ido levantándose poco á poco; ahora está

en pie._) Por favorecer este pecado, hermana mía, por intervenir en

sucios tratos zurciendo libidinosas voluntades, se ha hecho usted reo

de las penas del infierno. Á fin de que conozca mejor la malicia de

este pecado, me valdré de la razón natural. Ha de saber, hermana, que

ha dado el Creador al hombre una inclinación tan fuerte á esas cosas,

porque si el hombre fuese como estatua, dentro de poco ya se habría

acabado el género humano. Mas viéndose impelidos los hombres á esto,

toman el estado del matrimonio, se casan, y entonces pueden hacer lo

que las leyes del matrimonio permiten, y pueden desahogar legítimamente

su pasión, sin que de ello resulte ningún desorden, antes bien, es

como las pesas de un reloj, que hacen andar con buen orden y concierto

la propagación del género humano. Mas si usted, por antojo ó codicia

hace gastarse al hombre, es ciertísimo que Dios nuestro Señor, estará

muy agraviado de usted, que le gasta inútilmente y por antojo esa

sustancia, medio de conservación y propagación del género humano, y que

le impide, destruye y mata aquellos seres que con el tiempo existirían.

Si usted toma una naranja y la estruja, ¿cómo queda? ¡Ay, Dios mío!

Toda enjuta, árida, seca, y no es buena para nada. Pues lo mismo pasa

con los hombres que usted toma entre sus manos, y los estruja de manera

que no les quede blanca en los bolsillos, y los deja áridos y disipados

de suerte que ellos mismos se abren la puerta á todas las enfermedades

y al infierno. Considere cuánto cargo pesa sobre su conciencia,

hermana, por favorecer y alentar este hediondo vicio que Séneca llama

mal máximo, y Cicerón peste capital. Piense que si la misericordia de

Dios es infinita, no lo es menos su justicia, y que las iniquidades que

usted promueve van llenando la copa de la divina paciencia. Y entonces,

¡ay de usted y de sus infames asiladas! (_Aquí la voz del Padre Olano

se hace recia y tonante. Telva simula suspirar._) Se ha visto perecer á

personas repentinamente en medio de los goces venéreos, y á una vieja

de Alejandría que se ocupaba en prostituir mancebos y doncellas, como

usted, la devoraron cierta noche los diablos en forma de feroces perros

negros. (_Telva se estremece. Sor Florentina hace guiños á sus amigas,

dándolas á entender que tiene buenos presentimientos. El Padre Olano

endulza el tono, lo hace confidencial._) Y bien, hermana: aparte de

estas consideraciones que le he hecho, ¿no siente usted el espíritu

fatigado con una existencia tan azarosa y triste? Digo triste, porque

convienen respetables doctores en que siempre es triste el vicio, y más

que ningún otro éste de que se trata y de que usted hace profesión.

_Omne animal post coitum tristatur._ Lo propio que á las bestias les

acontece á los hombres; como que en este caso no son sino bestias del

peor linaje, y usted, hermana, puede sernos testigo de mayor excepción

por las muchas bestialidades de que ha sido víctima y malos tratos que

la han inferido. Pues, ¿y qué diremos del pecado de escándalo en que

usted cae de lleno sustentando esa casa de mal vivir? ¡Ay, hermana!

Retírese del vicio, cierre esa aduana de Satanás, y guíese por las

personas que solamente su bien procuran, como somos nosotros, si quiere

salvar el alma y hasta el cuerpo.

Telva escondió el rostro, abrujado y socarrón, entre los pliegues del

pestífero pañuelo y rompió á llorar amarguísimamente. Como su llanto se

prolongase con exceso, acudieron los presentes á consolarla, pensando

para su sayo, «esto es hecho». Alentáronla con palabras amigas; le

hacían ver los errores y peligros del pasado y cómo, de continuar al

frente del burdel, la asesinaría cualquier día un libertino beodo;

daban por sentado que tendría algún dinero con que vivir honestamente,

alejada de tratos de tercería, y por si no lo tuviese la prometían

favorecerla. En esto, Telva se levantó de su asiento, dispuesta á

marcharse. Los otros cuatro la miraron, llenos de ansia, aguardando una

contestación concreta. La vieja celestina enjugó sus ojos y arregló el

mantón con mucha parsimonia.

--Vaya, yo me voy, que ustedes tendrán que hacer y mis mujeres andarán

todas revueltas. ¡Ay, señor! ¡Ay, señoritas! Ustedes, ¡qué buenos son!

¡Qué santinos! ¿Cómo les voy á agradecer? ¡Qué razón tienen! ¡Qué razón

tienen, en eso de los maltratos! Parece que los inspira Dios... ¡Si

ustedes vieran...! Aquello no es vivir, es un infierno: tiene razón

el señor cura. ¡Ay!--dirigiéndose á la señora de Enríquez--. Si todos

fueran como el su marido. ¡Qué hombre tan formal, tan simpático! Allí

llega todas las noches; tráenos dulces, siéntase en el comedor, y

cuándo con la Portuguesa, cuándo con la Pepa, cuándo con Loreto... En

fin, mejor no cabe. Ni un grito, ni una bofetada nunca. O como su padre

de usté, el señor Pelayo--dirigiéndose á Marujina--. ¡Ay, qué señor!

Es un bendito. Antes se seca el mar que él falte por las tardes. ¡Y

qué cariñoso! Que pañuelos, que faldas, que blusas, que cadenas, que

peinetas; á las niñas no les falta nada. ¡Lo queremos tanto...! Vaya,

que será tarde. Adiós, señora. Adiós, señorita. Adiós hermana--á sor

Florentina--, ya sabe dónde está su casa, Munuza, 5. Lo mismo le digo,

señor cura, y no deje de ir para que concluyamos de hablar de estas

cosas.

La proxeneta salió majestuosamente. No había llegado á la calle

cuando caían en tierra, tomadas de sendos berrinches ó desmayos,

sor Florentina, Aurora y Maruja. El Padre Olano estaba aterrado,

maldiciendo la hora en que se le había ocurrido la liga para la

supresión de la trata de blancas. Á sus pies, Aurora mostraba las

piernas, macizas y gentiles, cuya blanquísima carne trasparecía por el

punto de seda. El Padre Olano no pudo menos de considerar cuán bellas

eran, y con esto sintió que el pecho se le aliviaba de la contrariedad

sufrida.

ACTA EST FABULA

I

En la puerta del refectorio, los inspectores primeros aguardaban

la salida de sus grupos respectivos. Aquel día, después de comer,

los mayores echaron de menos al Padre Sequeros. En su lugar, la

temerosa é ingente nariz de Mur avanzaba por el claustro, de salida

del comedor, trayendo en pos, casi escondido, al citado jesuíta. Se

originó un movimiento de sorpresa y expectación. Cada niño construía

una hipótesis, que aclarase la ausencia del Padre Sequeros. Aun cuando

desde el refectorio hasta el patio de recreación había muy corto

trecho, Caztán, el mexicano, no supo reprimir su impaciencia y susurró

al oído de Coste, que iba delante de él en filas:

--¿Qué será del Padre Sequeros?

Coste, con aquella liviana inconsciencia que de ordinario le inclinaba

al desatino, respondió:

--Estará durmiendo la siesta con la inglesita.

Y no volvió á acordarse de la réplica. Pero estas palabras aventuradas

no se derritieron en el aire, sino que avanzaron por una ruta fatal

hasta los oídos de Manolito Trinidad, y luego hasta los de Mur y luego

hasta los del Rector.

El mismo día, en el estudio de la noche, sonaron tímidos golpes de

nudillos á la puerta. Salió á informarse Ricardín Campomanes, por

orden de Mur; subió al púlpito, bajó al pupitre de Coste y le dijo:

--Te llama el Hermano Santiesteban.

Coste salió del estudio, campechanote y descuidado, creyendo que alguna

visita insólita le reclamaba. Silenciosamente se encaminaron á la

ropería.

--Quítese la blusa.

Coste se desvistió el blusón.

--¿Quién viene á verme?

--Nadie por ahora.

--Entonces...

--Sígame.

El niño frunció cejas y morro; los carrillos se le distendieron hasta

adquirir alarmante inflazón, como le ocurría cuando sospechaba alguna

contrariedad. Echaron á andar en silencio; escaleras arriba, al último

piso; luego, á través de oscuros tránsitos, á la enfermería. El

Hermano empujó una puerta, y con el brazo derecho invitó á Coste á que

penetrase en la celda. Ardía un quinqué, colgado del techo. Por todo

atalaje, la cama, una mesa y una silla. Sobre la cabecera del lecho una

estampa mala del corazón de María. En la mesa, un libro de devoción.

Coste creyó que le tomaba un desmayo.

--Es el caso, Hermano--suspiró--, que usted se debe de equivocar. Yo...

yo no me he quejado; no me siento mal; estoy sano.

--No creo equivocarme, señor Coste: cumplo las órdenes del Reverendo

Padre Rector.

Salió de la celda, cerrándola con llave. Y quedó Coste á solas,

víctima de lúgubres ideas. No acertaba á ver claro en las causas de su

confinamiento. «¿Por qué me encierran? ¿Qué lío es éste?» Recorrió su

cárcel impulsado por la vehemencia á que aquella sinrazón le arrojaba;

cayó, abatido, sobre la silla; lanzó contra la pared el libro devoto;

se precipitó después sobre el lecho, y repitió la suerte, cada vez

desde mayor distancia, muy complacido al ver que los muelles del

colchón le hacían botar; abrió la ventana, que daba al campo; y al cabo

de ensayar todas las formas lícitas de la desesperación, reposó un

momento y creyó advertir que el estómago estaba en buena coyuntura para

soportar algún lastre. En esto, juzgó lo más sensato revestir de forma

audible sus propios pensamientos, desdoblarse, conversar consigo mismo.

--Coste, tú tienes apetito. No me lo niegues.

--Un apetito bárbaro.

--¿Lo ves? ¿Y si no te bajaran al refectorio?

--Mejor. Comida me habían de traer bastante y aquí comería más á mi

gusto.

--Puede que te castiguen sin vino.

--¡Bah!

--Quizá, sin postre.

--Esas son _caxigalinas_. Pero, vamos á ver, ¿por qué me van á castigar?

--Eso digo yo.

--Como que es una machada.

Sonó la campana del regulador, llamando á la cena. Coste se puso en

pie, con el rostro inflamado de júbilo. La ansiedad le llevó de muro

á muro, en agigantados paseos. Oyóse el estridor de la llave; giró la

puerta; surgió Santiesteban con una bandeja y, adelantándose hasta la

mesita, la despojó del mantel de hule y dejó al aire el tablero de

mármol, en donde depositó un panecillo francés y una botella de agua.

Coste sonreía, bañado en saliva el paladar. Pensó: «al parecer me

dejan sin vino. Paciencia». El Hermano Santiesteban no se fué en busca

del resto de la comida, sino que, tomando la botella de agua, empapó

convenientemente el pan, hasta casi dejarlo convertido en papilla.

Las piernas de Coste flaquearon visiblemente; los mofletes se le

volvieron flácidos. El Hermano Santiesteban desapareció, cerrando la

puerta. Coste, vacilando, llegó hasta el lecho, se desplomó sobre él,

hozó rabiosamente en la almohada, y á la postre, estalló en hipos y

sollozos. Á poco se incorporó, enjutándose el llanto y domeñando el

hipo.

--Ya soy un hombre; no puedo llorar.

Apretó los puños, amenazando al corazón del monasterio. Sus carrillos

atacaban la nota más aguda del invisible cornetín. Escarbó en la

memoria, por buscar el vocablo carreteril ó marineril ajustado á las

circunstancias, y gruñó con sordo acento:

--¡Cabrones, daos pol tal; me lo habéis de pagar!

Desnudóse y se acostó. No quiso probar el misérrimo alimento que le

ofrecían. Antes de que se durmiese, entró el Hermano Echevarría, y le

envolvió en una ojeada cariciosa.

--¡Márchese, márchese pronto!--amenazó el muchacho.

--Calla, hombre, que vengo á apagar el quinqué.

Á media noche, despertó, roído por el hambre; fué á tientas á la

mesilla y devoró el pan, húmedo aún. Sentía fuego en las fauces y apuró

toda el agua de la botella.

Á la mañana siguiente, faltáronle materias sólidas con que quebrantar

el ayuno del día; es decir, que no desayunó. Como la sed le hostigase,

hubo de beber de bruces en la jofaina que de mañanita le había

entrado el Hermano enfermero. Permaneció en el lecho, contemplando

á través de la ventana los agros renacientes, tendidos al sol, y

reconstruyendo, por los toques de la campana, las etapas de la vida

de sus compañeros. Cuando se levantaba, calculó que sería cosa de las

diez y media. Sus amigos estarían en clase, esto es, más aburridos que

él en aquel momento, y desde luego más temerosos. «Si hubiera moscas

por aquí--pensó--; pero, no es tiempo. O arañas...» Examinó bien los

ángulos, debajo de la cama; se puso en pie sobre la mesilla hasta casi

tentar el cielo raso; no había bicho viviente. Tampoco tenía papel

con que plegar pajaritas y gabarrones. Se acodó en el alféizar de la

ventana y su ruda imaginación campesina voló hacia el pueblo natal,

asentado en la orilla de aquel mismo mar que á su derecha se veía. Se

acordó de su padre, navegando quizá á tales horas por las alturas de

océanos distantes en el barco velero de casco verde y nombre bello,

_Las Tres Marías_.

Á las once y media, Conejo penetró en el cuarto.

--¿Está el gavilán en la jaula? ¿Hemos acorralado á la

fiera?--interrogó de chanza.

Volvióse Coste, quedando de espaldas á la luz. Conejo no era de temer.

El jesuíta añadió:

--Conque, ¿qué te parece esto?

--Yo qué sé.

--Ya, ya. Como que estarás en la gloria, sin estudiar, sin clase...

Pues bien; el Padre Rector ha acordado expulsarte del colegio.

Coste disimuló su alegría.

--¿Por qué?

--¿Qué has dicho ayer en las filas á Caztán, al salir del comedor?

--Maldito si me acuerdo.

--¿No? ¿No fué algo del Padre Sequeros y de la inglesa? ¿Eh, galopín?

¿Quién te ha enseñado esas abominaciones?

--Ahora ya sé. Pero, ¿Caztán es fuelle también?

--No se trata de eso.

--Y bien, Padre Ministro, si me expulsan, ¿por qué me tienen sin comer?

--¿Sin comer?

--Sí, señor. Anoche el Hermano Santiesteban me trajo sólo una bolla

mojada en agua. Ya ve usted, Padre, yo soy de mucho alimento. Y si me

echan, ellos ya no tienen que ver.

--Ya lo creo que eres de mucho alimento. Canario; yo no sabía... Á

otra cosa. Como la expulsión es tan vergonzosa, he intercedido con el

Rector, y por último, ha resuelto perdonarte, contando con tu enmienda,

ya sabes. Y de aquí en adelante procura hacerte simpático al Padre Mur.

Ni la expulsión le parecía vergonzosa á Coste, ni la intercesión de

Conejo le hacía ninguna gracia. Disponíase á partir el Prefecto.

--Padre Ministro, Padre Ministro. ¿Me van á tener mucho tiempo

encerrado?

--No sé. Allá veremos.

--Si usted quisiera que me mudasen á otro cuarto, desde donde pudiera

ver á los compañeros durante la hora de la recreación...

--¿Para hacer telégrafos?

--No, Padre; para verlos. Así, solo á todas horas, me da tristeza.

--Allá veremos. Adiós, galopín.

A.M.D.G. · 第 11 / 13 段