desconsolación. ¿Qué otra cosa persigo si no es tu bien? ¡Ay, que las
veredas del bien son ásperas, Ruth! ¿Piensas que no te amo? ¿Cómo no
he de amar tu alma de armiño, alma blanca y suave en la cual la mía se
recrea? ¡Ruth, Ruth, corderilla mimada de mi rebañuelo, la más linda,
la más graciosica y débil, la que más amo, por habérseme extraviado!
¡Si supieras, Ruth, cuánto te amo, cuánto, cuánto...!»
En esto, el astuto Hermano Cervino, lego visitador, esto es, encargado
de ir espiando de celda en celda á la hora de meditación, abrió la
puerta súbitamente, insinuó la cabezota en el cuarto de Sequeros y
cazó al vuelo las últimas frases del soliloquio. Cuando Sequeros
volvió los ojos á la entrada, atraído por el ruido audible del mundo
efectivo, el visitador había desaparecido ya. Á través del ventanal se
infundía la bruma argentífera de la matinada. Los muebles de la celda
se concretaban en la naciente luz de Dios. Fuera, la campiña empezaba á
manifestarse entre tules de suma levidad. Sequeros consultó el reloj.
--¡Dios me valga! Van á dar las seis y media. No he sacado el fruto de
la meditación ni he hecho examen de conciencia. ¡Jesús! ¡Jesús, ayúdame!
Besó el crucifijo y subió raudamente á las camarillas de los alumnos.
Los acompañó, según era su deber, durante la misa, hasta las siete
y cuarto; durante el estudio de la mañana, hasta las ocho, hora de
desayunar.
Desayunó en el refectorio de los Padres y volvió á la recreación de los
niños, hasta las ocho y media, en que comenzaban las clases. Subió á su
celda y distrajo el tiempo, hasta las nueve, leyendo libros devotos.
Bajó á su confesonario, en la iglesia pública del colegio. Desde el
comienzo de la catequización de Ruth, el Padre Arostegui le había
ordenado reanudar su ministerio penitenciario, lo cual le originaba
estúpidas molestias que Sequeros ofrecía á cambio de culpas veniales.
Las _madreselvas_ bloqueaban su confesonario y hasta se enredaban
en querellas ruidosas, disputándose la vez que habían de seguir en
el turno. Luego, en habiéndose adherido á la rejilla, en fuerza de
escrúpulos y sandias menudencias que traían para desembuchar, no había
expedienté fácil y piadoso con que dar por terminada la confesión.
Á las diez y media, Sequeros daba su clase de francés, segundo curso,
hasta las once. Eran discípulos suyos, Bertuco, Campomanes, Rielas
y Rodríguez. Á las once salían los niños á recreo, acompañados de
Sequeros, hasta las once y media. Entonces, los alumnos iban al
estudio, con el inspector segundo. Sequeros subió á su habitación,
en donde hizo examen de conciencia, durante quince minutos. Á las
doce menos cuarto asistió á las letanías de los Padres, rezadas en
la capilla íntima. La comida era á las doce, y se prolongaba hasta
la una menos cuarto. Los Padres subían á los tránsitos, á solazarse
platicando, y los alumnos á los patios de recreación. El Padre
Sequeros, con los alumnos. Duraba el recreo de los niños hasta la una y
media, y á continuación venía un estudio de media hora, preparatorio
de las clases de la tarde, presidido por Sequeros. Al final de este
estudio Sequeros quedó libre; consentíasele dormir hasta media hora de
siesta. Se tendió en la cama; elevó la mirada al cielo raso; sobre la
tediosa tersura de la techumbre dióse arte con que esbozar visiones é
ilusiones. Dentro de unos instantes llegaría Ruth al salón de visitas.
Quizá venía ya de camino. ¡Cuán dócil y bondadoso el espíritu de Ruth!
¡Con qué santa celeridad se alimentaba de las verdades fundamentales
de la religión católica, convirtiéndolas en sustancia de su sustancia!
¡Cómo aderezaba con imágenes preñadas de divina luz los místicos
arrebatos de su corazón! Los adelantos conseguidos eran sorprendentes:
estaba adoctrinada ya en todos los extremos que importan, porque á las
veces viene el Señor muy tarde; pero paga tan bien y tan por junto como
en un punto da á otros. «¡Oh, mi Jesús y venerable Riscal; qué regalo
tan sabroso me hacéis!» Al día siguiente se bautizaría Ruth en la
iglesia pública del colegio. Los alumnos en pleno asistirían. El Padre
Sequeros iba á verter las aguas lustrales del simbólico Jordán sobre la
aurina cabeza de Ruth... «¡Qué regalo tan sabroso me hacéis!» Descendió
del lecho y dióse á pasear. De minuto en minuto, sacaba el reloj. «Las
tres menos cuarto. No me explico...» Púdole la impaciencia y bajó al
recibimiento. Santiesteban, de la sonrisa pútrida, salió á su encuentro.
--Subía á llamarle, Padre Sequeros. La señora está en el locutorio.
Vestía de negro, lo cual sutilizaba su natural sutilidad. Á través del
velo, flotante y translúcido, la cabellera tomaba reflejos de metal.
Levantóse, así que vió asomar á Sequeros, y corrió hacia él.
--_Mon Père, mon Père._
--_Ma sœur, ma chère sœur, ma petite sœur..._[6].
Se estrecharon las manos, contemplándose con regocijo infantil.
La obligó á sentarse luego y se acomodó al lado de ella. «Hoy,
verdaderamente, no tenemos de qué hablar; es día de callar...» decía
Sequeros.
--_De chanter plutôt_[7].
«De rezar, hermanita.» «No, no de cantar. Soy feliz.»
--_Donc, ¡Aleluya!_[8].
Rieron, alborozados. Tenían los ojos resplandecientes. Ruth refirió que
ya tenía terminado el traje, blanco y muy elegante. «Siempre le dije
á usted, Ruth, que el blanco y el negro es lo que mejor le va. Mañana
parecerá usted un ángel. Y lo es...»
--_Mais non, mais non. Que vous êtes gentil_[9].
«Repito que sí. Soy su padre espiritual, y no hay pecado de orgullo en
creer lo que digo.» Luego, meditabundo: «¡Qué lástima que no puedan
bautizarse mañana los niños! Sería un espectáculo conmovedor. Y su
marido, ¿vendrá?» «¡Ay! No lo sé. Ya sabe, Padre mío, lo fríamente que
vivimos. ¡Padezco mucho!» «¡Pobre hermanita!» Platicaron sin tasa.
Santiesteban vino á dar la hora: las cinco y media.
--_Pas possible_[10]--exclamó Ruth.
¡Cómo había volado el tiempo...! Despidiéronse tiernamente hasta el
siguiente día.
Los alumnos salían de las clases. En el claustro unióseles el Padre
Sequeros; merendaron; salieron á la recreación, en donde, rodeado de
un pequeño grupo de adictos y devotos, el inspector les hizo menuda
cuenta de varias circunstancias edificantes que habían concurrido
en Ruth para ser elegida de la gracia, ponderando la extraordinaria
virtud, candor y belleza de esta señora y otras muchas curiosidades que
deleitaban á los niños; siguióse el estudio, entreverado de rosario y
lectura espiritual; á las ocho, la cena, y Sequeros fué al refectorio
de los Padres; condujo luego á los muchachos al dormitorio y retornó
al pasillo del piso principal. Los jesuítas paseaban en pequeños
grupos, quiénes de frente, quiénes de espalda, platicando sobre nonadas
y baladíes rencillas, de muros adentro. Sequeros se sumó al primer
pelotón que halló al paso. Lo formaban Landazabal, titubeante y con las
manos clavadas en lo mollar del trasero; Estich, ajirafado y redicho;
Numarte, panzudo y estólido como un trompo, y Ocañita, minúsculo y
murmurador. No había entre ellos ningún profeso, ó jesuíta propiamente
dicho, esto es, que además de los tres votos simples hubieran hecho el
cuarto, de obediencia al Papa. Numarte y Landazabal eran coadjutores
espirituales, Padres graves; Estich y Ocaña, maestrillos. Cuando se les
acercó Sequeros conversaban precisamente de las intrigas y favoritismos
con que se elegían, contra justicia y caridad, los individuos que
habían de hacer el último voto, ideal supremo de todo el que ingresa en
la Orden.
--Y usted, Padre--preguntó Ocañita á Sequeros--, ¿por qué no llegó á
hacer el cuarto voto?
--Sin duda porque después de mi tercera aprobación los superiores
hallaron que yo no era eminente en ciencia ó virtud, como quiere San
Ignacio. Pero desde todas las partes se puede servir á Dios.
--Ya lo creo; y mucho más desde nuestro sitio--afirmó Landazabal,
deforme.
Pasáronse á hablar del dinero de la Compañía. Las aseveraciones de
Numarte, muy amigo del Padre Iturria, procurador, tenían gran fuerza:
--Iturria me aseguró que este colegio es un negocio excelente. Hechas
las tres partes de los ingresos, una para el General, en Roma, y otra
para el Provincial, queda mucho dinero aún en la tercera, para los
gastos de la casa. Según me dice Iturria, lo sobrante lo tiene el
Rector, y dispone de ello á su manera, en labores de propaganda, etc.
Creo que se piensa hacer un periódico en Pilares y varias reformas en
el colegio.
--La verdad es que--interviene Estich--cuando nuestros adversarios
propalan que somos ricos, no se equivocan. Y vamos á ver, ¿qué hacen
del dinero, tanto en Roma, como en la provincia? ¿Dónde lo guardan?
--Mira este bobo...--replica Numarte--. En un banco de Londres. Eso lo
sabemos todos. Según parece, Inglaterra es un país en donde hay cierta
seguridad. Es curioso, ¿verdad? Entre protestantes... Ya veis, aquella
condenada Isabel...
Y expone Landazabal:
--Sí; porque mira tú que aquí, á cada paso, ¡zas! Hay una algarada de
verduleras y terminan apedreando nuestras casas.
--La culpa la tiene el liberalismo--interpone Numarte.
--Pss... ¿Qué más da que la canalla, la hez, la cloaca nos odie?--se
pregunta Estich, con inflexiones oratorias--. Con nosotros están los
buenos, las clases acomodadas y los ricos. Es fuerza reconocer que,
en esto, nuestros Superiores han demostrado siempre una rara habilidad
para captarse las voluntades de los que mandan.
El coloquio era perfectamente pueril; los interlocutores exteriorizaban
su prurito de opinar á la manera de atolondrados mancebos que ignoran
por entero las cosas de la realidad.
Á las nueve y media terminóse el recreo. La comunidad acudió á la
capilla. Cada Padre hizo su examen de conciencia y breve oración,
retornando individualmente á sus celdas, según iban concluyendo.
Sequeros, luego de quedar en ropas menores, apagó su quinqué y,
á tientas, se orientó hacia el lecho. Arrebujábase en las ropas,
dispuesto á dormir, cuando, al introducir la mano debajo del cabezal
buscando fácil postura, halló un papel, cuidadosamente doblado. Saltó á
tierra, encendió el quinqué, leyó:
«Aun cuando nunca logré favorecerle con mi confianza, por
sospechar que usted transige harto fácilmente con flaquezas de
la carne, nunca pude imaginar que se dejara corromper con tanta
prontitud por las pasiones, y mucho menos que las expresara con
escándalo de sus Hermanos y del mundo. Se conocen de público
muchos de sus pecaminosos diálogos con la señora inglesa. ¡Dios
le perdone! Las gentes generalizan su desenfreno atribuyéndolo
á todos los hijos de la Compañía. Así, he resuelto disponer que
desde mañana no salga usted para nada de su celda. Para nada. El
aislamiento le es necesario; labrará usted en su pasado y quizá
Dios le toque de arrepentimiento. Por no dar más que decir no
suprimimos la ceremonia de mañana, y el Padre Olano bautizará á
esa señora, la cual me temo mucho que no esté en disposición por
culpa de usted. Repito que no salga usted de la celda para nada.
Obedezca la voluntad de su Rector, que en este caso es la de Dios
mismo.
P. AROSTEGUI, S. J.»
El Padre Sequeros empalideció atrozmente. Estrujó la esquelita azul,
la arrojó al suelo y la escupió. En el formidable biceps de su brazo
derecho un nerviecillo comenzó á palpitar. Sin acordarse de que estaba
casi desnudo, se lanzó á la puerta, con ánimo de asaltar al Superior y
saciar en él su furia; pero le tomó un desfallecimiento de la voluntad
y se detuvo secamente en el centro de la estancia. Era la segunda vez
que le acometía una iracundia homicida. La primera fué en Loyola,
siendo muy mozo, contra el ayudante del maestro de novicios.
--Me viene una tentación, Padre--había dicho Sequeros.
--¿Cuál, hijo mío?--respondió el ayudante, sonriendo fríamente.
Y Sequeros, frenético, arrebatado:
--La de tirarle ahora mismo por el balcón y que le salten los sesos
contra las piedras.
El ayudante, inmóvil, con sonrisa gélida, había exclamado:
--¡Ah! ¡Cosas del demonio!
--El demonio es usted. Yo soy generoso y abierto, no puedo con ese
carácter de usted, torcido, hipócrita, malicioso, cruel, empedernido...
¿Es usted representante de Dios? ¿Son como usted los hijos de San
Ignacio? ¡Dios mío, Dios mío! No puedo más...
Ahora, Sequeros reanimaba aquella triste escena. Volvió los
extraviados ojos hacia una estampa del venerable Riscal. El rostro se
le fué empurpurando. Rompió á llorar y á sollozar, y, arrodillándose,
besó el suelo:
--_¡Fiat voluntas tua!_
III
Á Ruth, el día de su bautizo, la dijeron que el Padre Sequeros había
enfermado repentinamente la noche antes. Lo creyó, y se dejó bautizar
por el casposo Olano. Ruth acudió ávidamente al colegio, interesándose
por la salud de su catequista. El Padre Sequeros no mejoraba; Ruth
sintióse invadida de melancolía y zozobra. Al tercer día escribió una
carta al jesuíta; los trazos temblaban de solicitud. No hubo respuesta.
Sucediéronse las cartas, aumentando el quejumbroso desconsuelo de
ellas conforme la mudez del confesor permanecía inquebrantable. «Le
necesito--llegó á escribir, con angustia--. Mi espíritu no está aún
plenamente fortificado en la nueva fe. Tengo desmayos y pensamientos
horribles. No sosiego. ¡Ayúdeme, por Dios! Póngame siquiera una línea
por donde vea que no debo desesperar de que el Señor se apiade de mis
sufrimientos.» Y, en verdad, Ruth sufría de continuo; la fiebre de
sus cavilaciones la iba devorando, poco á poco, y empañando aquella
tersura translúcida--leche y rosas--de su tez. Apartábase del curso
del tiempo, durante largas horas, recostada en un sillón, ó vagaba
fantasmagóricamente por sus habitaciones, sin contacto con el mundo
sensible. Villamor y Pirracas espiaban atribulados los progresos
del mal; creían entender, pero no hallaban la medicina. La creciente
consunción de Ruth consumía igualmente al esposo.
Una noche, la _nurse_ hubo de restituir á Ruth á la realidad. Villamor
acababa de pegarse un tiro, bien asestado. Murió al instante. Ruth se
precipitó sobre el cuerpo, caliente aún, de su marido, amortajándolo
con delirantes besos. Había dejado dos cartas, una para Ruth, otra
para Pirracas. La _nurse_, después de vestir, en silencio, á Gracia y
Lionel, los condujo á casa de la señora de Blas, llevando al propio
tiempo la epístola de Pirracas. La de Ruth era rotunda y misteriosa:
«_¡Farewell for ever! I loved you, Ruth, above all. ¡I loved you, my
sweet, my sweetest heart!_»[11].
Ruth no lloraba; sus ojos estaban áridos; el corazón, yermo, amenazaba
quebrarse. Arrodillóse junto al cadáver de Villamor, y le miraba con
desvarío, los finos brazos en cruz. Así pasó un tiempo, hasta que
Pirracas se precipitó en el despacho, con gesto soez, lanzando al
rostro de Ruth un papel arrugado. Ordenó á la mujer que leyese. Esta,
maquinalmente, le obedeció:
«Amigo de mi alma: no puedo más. Tú comprendes, como yo
comprendo; quizá sabes. De tus torturas de amigo fiel deduce las
mías de marido engañado. No he querido enterarme. ¿Para qué? ¿Me
robó la honra ese jesuíta y luego abandonó á Ruth? ¿Qué más da?
Lo cierto es que ella está enamorada de otro, y yo sin el amor de
Ruth no puedo vivir. Cuida de ella y de mis pobres hijos. ¡Adiós!
CÉSAR.»
Ruth exclamó embravecida:
--_¡Oh, no! That is not true. ¡Tremendous Thing!_--Y luego,
derritiéndose en llanto, sobre la frente del marido--. _I was faithfull
with you. I loved you. Forgive me, dearest_[12].
En la frente de Pirracas se inflaban dos lóbregas venas; estaba
congestionado; sanguíneos los ojos y la mano derecha en el bolsillo
de la americana. Intentó hablar y rugió. Violentos escalofríos le
sacudían, de arriba á abajo. Asiendo á Ruth por un hombro la zarandeó
brutalmente. La mujer se puso en pie á tiempo que Pirracas enarbolaba
un revólver.
Ruth empuñó las muñecas de Pirracas, obligándole á permanecer con los
brazos en alto. La mujer parecía endeble y el hombre nervudo; los
brazos de Ruth, como de espuma; los de Pirracas, roblizos; la carita
de ella, de un blanco irreprochable; la de él, púrpura. Pero aquel
cuerpo sutil no se doblegaba, y sus manecitas apresaban aceradamente
las muñecas del agresor, y éste, fuera de sí, la escupía, la pataleaba,
desollándola los tobillos, bramando:
--_¡Whore, damned whore!_[13].
Al rumor, acudieron los domésticos, y entre ellos Celestino el
delineante. Sujetaron al energúmeno. Ruth se envolvió la cabeza en un
chal y salió á la calle.
Eran las ocho de la noche. Los transeuntes de Regium vieron con
asombro la silueta rauda y fina de Ruth atravesando calles con rumbo
al colegio de los Padres jesuítas. Algunos la siguieron. Curiosearon
cuando zarandeó vertiginosamente el alambre de la campana. En viéndola
entrar, volviéronse, forjando historias picarescas.
Ruth se adentró por la portería, sin decir nada; apoyóse un momento
contra un muro, sorbiendo aire, la mano sobre el corazón. Luego, con
voz ahilada y moribunda, suspiró:
--El Padre Sequeros... Yo necesito ver... ¡por Dios!
Santiesteban, de la sonrisa pútrida, estaba boquiabierto. Respondió, á
gritos, de manera que su castellano fuera inteligible:
--Padre Sequeros, enfermo. Demás Padres, refectorio. Imposible
ver--. Con esta construcción telegráfica suponía llegar más derecho
á las entendederas de Ruth, la cual, comprendiendo la negativa,
levantó el busto arrogantemente y penetró al patio con decisión.
Quiso interponerse el lego, mas Ruth, de un manotazo, le constriñó
á apartarse, haciéndole bailar de camino un aurresku rudimentario.
Santiesteban salió, dándose con los zancajos en la rabadilla de tanto
correr, disparado, hacia el refectorio de los Padres; fué á la vera del
Superior y le puso al tanto de la insolencia femenina. Arostegui llamó
á Olano; le dijo al oído:
--Vaya á ver la tripa que se le ha roto á esa individua y procure
hacerla tomar las de Villadiego cuanto antes.
Olano dispúsose á obedecer las órdenes del Rector, repapilándose de
placer y quizá un algo nerviosillo. Desde el patio oyó gritos en el
tránsito del piso primero; era Ruth, clamando por el Padre Sequeros.
Subió Olano las escaleras con cuanta agilidad le consentían sus fofas
facultades, llegando al tránsito jadeante, sin resuello. Á los pocos
pasos topóse con Ruth.
--Padre Sequeros... ¡Yo necesito ver!
--Vamos, tranquilícese, hija mía. Acompáñeme á la celda.
--¡Padre Sequeros!
--Sí, ya entiendo. Un momento de calma. Acompáñeme.
Exhausta de energías y casi inconsciente, la viuda de Villamor siguió
al jesuíta, el cual la había tomado de la mano, y de esta suerte la
condujo á su celda, dejándola en la habitación, en tanto él se ocultaba
detrás de la cortineja que hay á la entrada de la camarilla. El Padre
Olano tenía la boca seca, el corazón acelerado y las manos temblonas,
por obra de la emoción é incertidumbre, á tiempo que se desceñía el
fajín y se desvestía la sotana porque era muy cuidadoso de no incurrir
en necias infracciones, cuya manera de burlar conocía al dedillo.
Así, Olano no ignoraba que el religioso que se despoja de sus hábitos
se hace _ipso facto_ reo de excomunión; pero, el mismo aligeramiento
indumentario se trueca en acto meritorio cuando, por no profanar
las santas vestiduras, se realiza para fornicar, por ejemplo, ó ir
de incógnito á un prostíbulo, según concretamente se asegura en los
_Veinticuatro Padres_, en la _Praxis ex Societatis Jesu scola_, y en el
Padre Diana: _Si habitum dimitat ut furetur occulte, vel fornicetur. Ut
eat incognitus ad lupanar._
Ruth Flowers, en una butaca de enea, permanecía con la cabeza caída
sobre las manos y los codos en las rodillas. Olano asomó en la puerta
de la camarilla; avanzó con sigilo hasta sentarse á la izquierda de
Ruth. La señora murmuró, sin alzar los ojos:
--¡Padre Sequeros! ¡Padre Sequeros!
--Por ahora... es imposible... hija mía--. La concupiscencia le
quebraba la voz.
Ruth se puso en pie y Olano hizo lo propio, aprisionándola entrambas
manos. Hasta aquel instante, la cuitada mujer no había parado atención
en la traza inconveniente del jesuíta: el plebeyo rostro, torturado de
furor venusto; el bovino pestorejo, de color cárdeno; la camisa, burda
y con mugre, abierta por el pecho y mostrando una elástica fuerte y
áspera pelambre; los calzones azules, remendados, con fuelles y sin
botones en la pretina; las pantorras, de extraordinario desarrollo,
embutidas en toscas medias, agujereadas á trechos; sin zapatos. En
cualquier otro trance hubiera sido grotesco, risible sobre toda
ponderación. En aquel caso resultaba terrible, como un sátiro brutal,
embriagado de mosto y de lujuria. Ruth creyó perder el sentido y con él
la razón. El dolor de los tobillos, que aumentaba por momentos, apenas
la consentía sustentarse sobre los pies. Deseaba la muerte. Los ojos se
le nublaban.
Mas he aquí que, como entre sueños, advierte que la torpe y embotada
mano del jesuíta explora sus senos, aquellos dulcísimos senos cuya
delicadeza eréctil la maternidad había respetado, y, luego unos labios
calientes y blanduchos sobre su boca casi exangüe, que el terror
helaba. Por un prodigio de fortaleza, nacida de tanto horror, Ruth
pudo sacudirse de encima aquel fardel de libidinosidades furiosas.
Olano retomó á la presa; Ruth le contuvo aplicándole un puñetazo sobre
un ojo, y aprovechando el aturdimiento del hombre, huyó de aquella
estancia maldita, y luego de aquellos tránsitos penumbrosos y hostiles,
y luego de aquella casona negra, alucinante. Y salió á las veredicas y
pradezuelos que hay tendidos al pie del colegio; sus pasos vacilaban;
su razón se ensombrecía. Cayó sobre la hierba, exhalando un lamento:
--_¡My God!_[14].
Unos brazos tímidos y afectuosos se posaron sobre sus hombros; luego la
ayudaron á que se incorporase. Una voz buena, dijo:
--_¡Poor beautiful creature! ¡Come to me!_
--_You... Gonzalfáñez. Let me see the children, and die._
--_Not yet. Come to me_[15].
* * * * *
Desde aquella noche, Ruth, con sus hijos y la _nurse_, se instalaron en
casa de Gonzalfáñez.
FRONTI NULLA FIDES
I
Secuestrado en su celda el Padre Sequeros, desgajado de su prole
infantil y de su prole espiritual, del estudio y del confesonario,
¿quién había de ser el pastor preferido de las damas devotas, sino el
dulcísimo, casposo y oleaginoso Padre Olano? Veíasele de continuo en
juntas femeninas, de visiteo y conferencia con mujeres, enredado de
_madreselvas_ temblorosas, á la manera de un bravo roble antiguo, y,
sin embargo, ¡cuán entera su reputación! ¡Cuán pulquérrima su fama!
¡Su prestigio, cuán en creciente! Cierto que era muy madurico de años,
poco agraciado de rostro y nada aseado de su persona; mas, no por
estas nimias circunstancias se ha de entender que se mermase en un
ápice su virtud y fortaleza, que para la opinión de sus confesadas y
amigas no le cedía en belleza y encanto á un querubín. Habiendo hembra
próxima, el Padre Olano se transfiguraba. Un hombre de mundo y poco
versado en achaques de cosas santas quizá dijese que los ojos se le
inflamaban, que la boca le rezumaba lascivamente y que las mejillas
se le congestionaban. ¡Oh, qué dañoso error! Ello es que nadie osó
decir semejante dislate é impiedad. ¡Celo, puro celo de las almas! No
había sino verle predicando. ¡Cuánta energía interior! ¡Qué manera
de doblegarse á las insinuaciones del Espíritu Santo, que bajaba á
infundírsele! Las contorsiones que hacía, ¡qué inspiradas! Los gritos,
¡qué patéticos! Los lloriqueos, ¡qué hondos y contagiosos! Seguíanle al
punto las beatas, lagrimeciendo y moqueando, que no había cuadro más
edificante y gustoso á los ojos de nuestro Señor y del santo Padre San
Ignacio.
Pues ¿y en obras de caridad, de labor social, propaganda y
beneficencia? Innumerables son las cofradías, archicofradías,
congregaciones, sociedades y centros que en Regium nacieron gracias
á la diligencia del Padre Olano, todos los cuales existen todavía,
á pesar de vicisitudes largas, como si un especial favor divino las
rigiera.