sala de convalecencia, una habitación clara, con dos luces y diferentes
juegos en que pasar distraídamente las horas los enfermitos. De los
muros pendían carteles en colores, explicando la nutrida variedad de
hongos y setas, comestibles y venenosos. El deforme Padre Landazabal
solía acompañar á los niños convalecientes; era uno de sus mayores
placeres. Les narraba historias curiosas y milagreras de sus años de
misiones; describíales ridículas costumbres de los países salvajes
y mil amenas curiosidades. Otras veces jugaba con ellos al asalto,
á las damas ó al billar romano. No era raro tampoco que se hiciera
servir sus modestas refecciones junto con sus amiguitos. Á eso de las
once llegaba á la enfermería, después de muchas peripecias, porque á
tal hora los fámulos barrían los tránsitos y el Padre Landazabal no
pisaba las barreduras por nada del mundo. Era una reliquia de su vida
de misionero; él evangelizaba á los salvajes, y los salvajes, á trueque
de esto, le infundían innumerables supersticiones. En el colegio
barrían con aserrín húmedo, y Landazabal había aprendido en el Perú
que pisar aserrín ó despojos de madera es causa de desgracia. Saltaba
por encima de las barreduras; mas, como según sabemos, este excelente
jesuíta no se sostenía en pie si no era afianzándose en las propias
nalgas, acontecía que por el aire olvidaba el equilibrio y venía á
tierra sonoramente. Era un espíritu débil y candoroso. Los demás
Padres no se cuidaban de él; vivía vagando por la casona inmensa con
la timidez y el apocamiento de una criatura de tres años. Cuando había
algún niño convaleciente Landazabal se consideraba feliz. Á Bertuco
le inició en varios curiosos enigmas de la Naturaleza; por ejemplo:
matando una golondrina se originan lluvias durante cuatro semanas; los
huevos de gallina puestos los días de Jueves y Viernes Santo extinguen
el incendio en donde se arrojen; cuando un grano de polvo entra en el
ojo, sale por sí mismo, escupiendo tres veces en el brazo derecho; no
se deben romper á la mesa cáscaras de huevo, daría fiebre; no se debe
señalar con el dedo al cielo, á la luna ó á las estrellas, es ponerlo
en los ojos de los ángeles.
Landazabal era singularmente dado á hacer la apología del tabaco,
viniera ó no en oportunidad.
Una tarde de domingo hablaban Bertuco y el deforme jesuíta, apoyados
en el alféizar de una ventana. Caía el sol, dorado y melancólico. Los
alumnos estaban de paseo. Veíanse al pie de la ventana los senderitos
que conducen al colegio. Iban y venían devotas enlutadas.
--Tú no sabes, Bertuco... Aquello es gloria. Cuba ha sido el país que
más me gustó. ¡Qué cigarros! Si vieras... Aquellas mulatazas se dan un
arte para hacerlos... Te advierto que andan desnudas.
--Ave María Purísima. ¿Usted qué dice, Padre?
--Son como demonios: no te exagero.
--¡Calla! ¿Usted ve?
--¿El qué?
--Ruth.
--¿Ruth?
--Sí, señor.
--¿Quién es Ruth?
--Aquella señora que viene hacia el colegio... Ahora entra.
--Bueno, ¿qué?
--Pero ¿usted no sabe?
--¡Yo qué he de saber, Bertuco!
--Es una señora guapísima, inglesa, no se sabe si protestante ó judía,
casada con Villamor, el ingeniero. El Padre Sequeros nos profetizó que
se convertiría...
--Eso son cuentos.
--Entonces, ¿á qué viene?
--¡Yo qué sé!
Un silencio.
--Á propósito, Bertuco: ¿no fumas?
Bertuco oprimió instintivamente con el codo una cajetilla que guardaba
oculta.
--Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido como está...
--Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Confiesa...--El jesuíta
amabilizaba la voz, una voz extraña, vacilante.
Bertuco pensaba: «Quiere tenderme una añagaza. ¡Pobre hombre!»
--¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo? ¿Crees que soy malo?
Me gustaría que dijeses la verdad. De seguro tienes pitillos. Y si no
los tuvieras y yo sí, te los ofrecería de buen grado...
Bertuco pensaba: «Para quien te crea, viejo.»
--Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres mi amigo. Supón que yo
te pido un pitillo, que quiero fumar...--La voz era por momentos más
vacilante.
Bertuco pensaba: «Nunca pude imaginar que fuera tan astuto este Padre.»
--Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera del colegio ¿y quiere que
fume dentro?
--¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay. El tabaco y el café.
El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y evidentemente triste.
Bertuco enviaba volando el pensamiento hacia Ruth. ¿Qué haría? ¿Á qué
vendría? ¿En dónde la habrían recibido?
El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de nuevo en la monótona
disciplina escolar. En la recreación, sus amigos acudieron á saludarle.
--Una semanita así nunca viene mal--dijo Ricardín Campomanes.
--¿Fué maula?--preguntó el carrilludo Coste.
--Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á daros una noticia
tremenda. La señora de Villamor estuvo ayer en el colegio.
--¡Bah! Noticia fresca--exclamó Ricardín--. Ayer, cuando volvimos del
paseo, nos la encontramos en la portería. El Padre Sequeros asegura que
viene á convertirse.
Formaban grupo Campomanes, Coste, Rielas y Bertuco, apartados un trecho
de la división.
--Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal?--Rielas guiñaba el ojo, afanándose
en apicarar el gesto.
--Es un gran médico. Examina con mucho cuidado á los enfermos--afirmó
Campomanes, socarronamente.
Coste acudió á opinar.
--Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que, cuando me disloqué el
pie, empezó á palparme la barriga y...--Los carrillos se le arrebolaron.
Los mancebos enmudecieron unos minutos. Estaban cohibidos luchando
entre el deseo de descubrir algo y la dificultad de expresarlo en
términos convenientes. Bertuco se adelantó:
--Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que á mí.
--¡Reconcho! Has acertado.
--Y á mí.
--Y á mí.
--¡Qué bárbaro!
Muequeaban de asombro y proferían risotadas.
Añadió Bertuco:
--Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre Landazabal. El muy pícaro
quería sonsacarme si fumaba ó no. Hasta un pitillo llegó á pedirme...
Qué tal, si me dejo engañar...
--No te hubieras engañado, es decir, no te hubiera engañado.
--¿Qué quieres decir, Ricardín?
--Que el pobre jorobeta se perece por fumar. Los demás Padres lo
reputan idiota, no le hacen caso y lo dejan abandonado á su suerte. El
infeliz no se atreve á pedir de fumar al Rector, como hace el Padre
Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no de otros. Un día salí
yo á _lugares_, en el estudio de la tarde. Pues bien, me encontré al
Padre Landazabal buscando por los retretes las colillas que nosotros
dejamos. Cuando lo sorprendí se echó á temblar y me rogó que no contara
nada á nadie. Luego me pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le dí
los que tenía.
--¡Jesús!
--¡Jesús!
--¡Pobre corcovado!
Llegó en esto el Padre Sequeros.
--¿Qué concilios hacéis? ¡Á jugar, á jugar!
Y dispersó á los niños, dando palmadas, como se hace con las aves de
corral[3].
EL LIBRO DE RUTH
Quae respondit: ne adverseris mihi ut relinquam te et abeam;
quoqumque enim perrexeris, pergam: et ubi morata fueris, et ego
pariter morabor. Populus tuus populus meus, et Deus tuus Deus
meus.
(Libro de Ruth. Cap. I. v. XVI.)
I
Ruth Flowers había nacido en una de las islas del Canal, en Jersey.
Por la traza corpórea pertenecía al tipo angélico de la mujer inglesa:
figura espigada y fusiforme; equívoca sexualidad de efebo; el
continente, virginalmente tímido; la _complexión_ ó matiz del rostro,
según aquel terceto de Isabel Barret Browning:
_And her face is lily-clear,_
_Lily-shaped, and dropped in duty_
_To the law of its own beauty._
Un rostro embebido en luz, como la azucena, y en forma de azucena,
y rociado de una á manera de gravedad que no era sino la conciencia
del respeto debido á la propia hermosura; azules los ojos, dulce
oración bajo el relicario de la nevada frente; rubio lino cardado, la
cabellera. En lo espiritual, era soñadora, sensitiva y dócil á todo
linaje de quimeras. El mar múltiple y Shakespeare múltiple habían
envuelto su infancia. Su casita, sobre la playa de Saint Helier,
enfrentábase con la fortaleza, ya en ruinas, que la Reina Virgen
levantara, mar adentro. Desde su isla alcanzábase á ver, del lado
allá de las olas, en los días serenos, una mancha lechosa de tierra
francesa, en donde está la tumba de Chateaubriand. Y no lejos de su
cuna yérguese la mole bélica del castillo de Mont Orgueil, sobre el
acantilado rudo que multiplicó el canto de Childe Harold peregrino.
En Jersey conociera á Villamor, quien, reposándose de los estudios que
le habían llevado á la Gran Bretaña, veraneaba en Jersey. Á poco de
relacionarse contrajeron matrimonio.
Ruth pensaba en España como en una tierra encendida de rosas y poblada
de aventuras, el país de la novela cotidiana.
Cruzó, en su viaje nupcial, la llanada francesa, amable y riente, y
desde San Sebastián, siguiendo la costa del Cantábrico, llegó á Regium,
húmedo y melancólico. Villamor había alquilado una casa en la calle de
Zubiaurre, frente al mar; un mar verdinegro y hosco, como el de Ruth.
¡Y ella que había soñado con un mar latino, color de añil, tachonado de
velas purpúreas...!
Al año de matrimonio llegó una niña, Grace, y dos años más tarde un
varón, Lionel.
Villamor amaba á Ruth con tan delicado rendimiento que no gustaba
ni atinaba á decírselo, experimentando cierto pudor de la palabra
como de cosa fútil, vestidura de ficciones y tosco remedo del amor.
Acordábase de sus breves aventuras con damas galantes, y la herida que
le hacían en el sentimiento con charlas mimosas de encarecido afecto,
moviéndole á apartarse de ellas con repugnancia. Muchas veces era tan
caudalosa la crecida de su pasión que se hubiera arrojado á los pies
de Ruth murmurando mil locuras que se le atropellaban en los labios y
pidiéndole caricias, como un niño; pero el temor de caer en liviandad
á los ojos de su esposa, le contenía. Ni aun osaba mirarla con amorosa
insistencia, por miedo al ridículo ó á que en sus ojos adivinara Ruth
alguna vislumbre de torpeza. Era de un exterior frío, reconcentrado,
impasible: como los líquidos bullidores y expansivos, necesitaba un
continente muy recio. Hasta con sus hijos parecía adusto.
El corazón de Ruth, tierno y nacido para el halago, no comprendía al
esposo, y juzgaba como desamor lo que no era sino amor acrecentado.
Esclavos los dos de la propia dignidad, una timidez y frialdad aparente
se había unido á otra timidez fría en la superficie, de suerte que en
el trato familiar se les interponía una terrible y opaca oquedad. Y así
vivían mano á mano, alejándose por momentos; ella cada vez más triste y
más ausente del hogar con el pensamiento; él cada vez más enamorado y
más triste, comprendiendo que su Ruth dejaba de quererlo.
Las continuas cavilaciones y melancolías de Ruth--tras de los vidrios
del mirador, cara al mar; el artístico volumen de Longfellow ó de
Shelley, caído en el regazo--trajeron por obra una gran alteración
nerviosa. La linda azucena del Norte se mustiaba. Observábala
cautelosamente Villamor, atribulado y sin saber cómo acudir con el
remedio. Al fin, temiendo serias complicaciones del mal, se atrevió á
decir:
--Querida, me parece que Regium no te sienta. Es preciso que pases una
temporada de campo, de montaña á ser posible. Si quieres ir á Jersey,
no te contrarío. Pero, en mi opinión, te conviene un clima de altura.
Mi madre vive en Agnudeña, ya sabes, una región abrupta y solitaria;
se parece á los _highlands_ escoceses. Te gustará. Mi madre aún no te
conoce; te querrá mucho. Creo que tú también la querrás. Es una mujer
sencilla... aldeana... pero...
--Eso ¿qué importa?
--Gracias, Ruth. ¿Te gustaría ir?
--¿Por qué no?
--Llevarás á los niños y á la _nurse_. Para todos será muy saludable.
Os acompañaré una corta temporada, porque las obras del puerto... ya
sabes...
--Como quieras.
--¡Ah! Perdóname. No quisiera ofender tus creencias; pero es preciso
que mi madre piense que eres católica, y hasta... No me atrevo.
--Habla.
--Hasta que asistas á misa. En este caso sólo podremos ir. De otra
suerte, imposible.
--Como quieras.
Se fueron al arriscado Agnudeña. Ruth, la niña y la _nurse_ hablaban
inglés, y contadas frases en castellano. El niño comenzaba á chapurrar
la lengua paterna. Villamor les sirvió de intérprete en la montaña.
Á Ruth le gustó la braveza del paraje y la buena gracia pastoral de
sus moradores. La vieja estaba encantada con su nuera y sus nietos.
De la una decía que Dios no hace cuerpos tan _guapos_ si no es para
infundirles un alma buena, y que parecía _talmente_ un querubín. De los
nenes que eran _pintiparaos_ los angelotes de las estampas. La que no
le entraba enteramente era la _nurse_, á causa de lo acecinado de su
semblante y de lo doctoral de sus lentes.
Ruth asistía los domingos á misa. El santuario era una ermita
montañesa, rodeada de castaños patriarcas, y con un esquilón de acento
inocente y díscolo. Los santos, toscamente entallados en madera, tenían
esa rigidez bizantina que sin duda conviene á la bienaventuranza.
Dentro del recinto olía á monte y á fortaleza. Y Ruth comprendió que
aquella sed que alteraba sin tregua su alma podía satisfacerse en las
aguas de la religión católica. La fiesta del patrono acaeció estando
Ruth en Agnudeña. Sobre el pavimento de la ermita los montañeses
amontonaron un tapiz de espadaña, juncia, romero y rosas carmíneas.
Los incensarios borbollaban fragancias de Oriente. En el coro, seis
cornamusas vertían sin reposo guturales y halagadoras canturrias. Ruth
sintió á modo de una ebriedad; era su tierra de promisión, lo emotivo
y lo pintoresco de la novela cotidiana que había soñado frente á la
fortaleza de la Reina Virgen.
Allí mismo, sin salir de Agnudeña, hubiera entablado conversaciones
piadosas con el párroco; pero éste, aparte la agria cerrazón de su
dialecto, era un bárbaro que vivía sólo para la caza y otros ejercicios
violentos y crueles.
De vuelta en Regium, Villamor buscó un preceptor que enseñase correcto
castellano á sus hijos.
--Es un amigo íntimo mío, Ruth, que por especial favor accede á mi
deseo. Ha viajado mucho, hasta el Japón, y habla correctamente el
inglés y el francés; de suerte que contigo puede entenderse en tu
propio idioma, y, hasta si lo deseas, darte lecciones de castellano.
Tiene gran talento y elocuencia; no será raro que lo elijan diputado en
la próxima legislatura. Se llama Luciano Pirracas. Espero que, por su
educación y particularidades, no te cause enojo, antes te sirva para
conversar y distraerte.
Don Luciano Pirracas apareció en casa del ingeniero. De primera
intención, á Ruth no le fué simpático. Andaba por la treintena y era
adiposo y locuaz. Su charla, como la atmósfera, envolvía todas las
cosas existentes sobre la haz de la tierra. Dijérase que nada podía
vivir como no fuera alentando en su palabra profusa. Á fuerza de
perspicacia daba en superficial; tocaba los asuntos en la costra y los
creía ya resueltos. Describiendo tierras exóticas lograba poner en sus
frases vivos colores y evocaciones repentinas. En tal caso, Ruth le
escuchaba con atención. Era anticlerical furibundo, é induciendo de la
religión de Ruth que ésta le prestaría aquiescencia, disparábase en
vituperios contra la clerecía y muy particularmente contra la Sociedad
de Jesús. Pero Ruth, que vivía en crisis religiosa, le vedó con
delicadeza que la hablara de este extremo.
Insensiblemente, Pirracas se fué enamorando de Ruth, y como no era
hombre de vida profunda, la mujer del ingeniero lo comprendió en
seguida, agradeciéndole la nobleza con que procedía esforzándose en
acallar aquel fuego, por respeto al amigo y á su esposa.
Cada vez que en sus paseos dominicales pasaba el matrimonio por delante
del colegio de la Inmaculada, á Ruth se le iban los ojos hacia el
caserón. Deseaba entrar y desentrañar su vida oculta. Conocía á todos
los Padres, habiéndose cruzado con ellos tantas veces; pero ignoraba
sus nombres. Los conceptuaba eminentes en santidad y únicos en ciencia
divina. Comprendía que sólo ellos eran á propósito para otorgarla la
luz de la gracia y un cabezal de sosiego en que adormecer el espíritu.
Sin saber cómo, sus ansias iban hacia aquel jesuíta alto, fuerte y
austero que regía á los niños mayores. No le había visto nunca los
ojos, y, sin embargo, sabía que eran pardos y penetrativos, de esos
ojos desnudos, tristes y castos que saben leer en las almas.
Otro individuo que le atraía singularmente era Gonzalfáñez, del
cual Villamor le había hecho breve relato acerca del misterio en
que se arrebozaba. Los dos esposos lo habían sorprendido en guisas
extravagantes: una vez, conversando con las hierbas, tumbado en el
prado; otra, encaramado en un pomar, cebando los bichejos de un nido.
La única relación que en Regium mantenía Ruth era con la señora
del vista de aduanas, Aurora Blas. Visitábanse de tarde en tarde y
con mucha etiqueta. Aurora andaba muy metida por los jesuítas y no
perdonaba ocasión de pronunciar un ardoroso elogio de los benditos
Padres. Y así fué cómo Ruth confió un día á Aurora sus inquietudes
espirituales y su resolución de acogerse á una religión que la
satisficiera.
--_Mais, alors vous devez aller tout de suite au couvent des Jésuites.
Oh, combien ça me plait! Vous êtes un ange._
--_Ma chère Aurora: ça c’est bien difficile. Comment pourrais-je aller
moi toute seule? Je n’y connais personne_[4].
Aurora se prestó, al proviso, á servir de correveidile. No faltaba más.
Fué á visitar al Padre Olano, su confesor; éste acudió á Arostegui;
Arostegui manifestó que le placía mucho el caso, y á los dos días,
Aurora y Ruth entraban en el colegio, un domingo, al caer la tarde.
Olano las aguardaba en el salón de visitas. La primera dificultad con
que tropezaron fué que Olano no sabía inglés, ni francés, y Ruth no se
enteraba cumplidamente del castellano. Aurora sintióse perpleja:
--Padre, yo creí que todos ustedes sabían al dedillo el francés.
--¿Para qué, hija mía?--respondió el Padre Olano, ruborizándose--. Lo
estudian los que tienen necesidad de él. En los otros sería vanidad.
Pero, en fin, esto no es un impedimento absoluto. La señora, por lo
que veo, entiende español. Yo la hablaré despacio, y cuando no me
comprendiera, le repetiré lo que sea cuantas veces sea preciso. De
este modo las verdades se le inculcarán con mayor fuerza. De aquí en
adelante puede venir á la hora que mejor le convenga, y hablaremos aquí.
--_Six heures du soir, si ça vous plait._
--¿Qué dice?
--Que á las seis de la tarde, si no le molesta.
--Muy bien. ¿Quedamos en eso?
Así se hizo.
Ruth acudió puntualmente, aun cuando le repelía el aspecto del Padre
Olano y cierta manera crasa y adherente que tenía de mirarla.
Convencida á la postre de que no avanzaba nada en el camino de
perfección, escribió un billete al Padre Olano despidiéndose, y
achacando su determinación á la dificultad insuperable del idioma. Con
la esquela en la mano y sombrío abatimiento en el rostro, el catequista
encaminóse á la celda del Rector.
--Pero, hombre, ¿por qué no me ha dicho usted el primer día que esa
señora no sabía castellano?
--Yo creía...
--Usted creía que el Espíritu Santo le iba á soplar á usted el don de
lenguas, ¿no es eso?
Aquel mismo día, la señora de Villamor recibió una carta, en correcto
francés, rogándola que tuviera á bien continuar por el camino
emprendido, y que volviera al colegio, en donde hallaría un Padre con
quien poder entenderse á su gusto. El Padre resultó ser Conejo, que
además de Prefecto de disciplina era profesor de francés, primer curso.
Á los pocos días, Conejo renunciaba á la empresa de adicionar un alma á
los rebaños del romano pontífice.
--Reverendo Padre Rector, lo lamento mucho, pero no me es posible hacer
nada, porque... ó yo no sé francés ó es la señora esa quien no lo sabe.
No podemos interpretarnos recíprocamente.
--Lo más probable, Padre Eraña, es que usted lo ignore, y en esto no
hay ofensa.
--¡Por Dios, Padre Rector! Ni por pienso...
--Acaso el Padre Sequeros... ¿Usted qué opina?
--Yo...
--Sí, usted; puesto que le pregunto...
--Que lo habla como Fenelón, eso ya se sabe.
--Pues dígale esta tarde á esa señora que desde mañana bajará á
recibirla otro Padre. Y como no estaría bien hacer esta distinción
á favor de una solamente, bueno es que, con cautela, vayan ustedes
informando á otras beatas de que el Padre Sequeros vuelve á los
ministerios.
Cuando Sequeros recibió la orden, no pudo celar la alegría que le
daban. Vió el dedo de Dios eligiéndole, y por la noche se revolcó sobre
la tarima de su celda, humedeciéndola de llanto y besándola, y luego se
zurraba los lomos con las disciplinas, y murmuraba:
--¡Corazón santo, yo no soy digno! ¡Amado Padre Riscal, yo no
merezco...!
En las recreaciones de los Padres hubo comidilla abundosa. La nueva
llegó hasta la manida de Atienza, el cual, en la primera ocasión, le
sopló á Ocaña en el oído:
--¿Qué te he dicho yo, Ocañita? Que echarían mano de Sequeros cuando
lo necesitasen. ¿No te lo he dicho yo? Mira, lo tengo muy bien
organizado--. Y daba un golpecito con el índice en la carnosa nariz.
II
Un repique de nudillos en la puerta le despertó. Levantóse en paños
menores y salió á la celda. Encendió el quinqué, miró instintivamente
el reloj, que había dejado sobre la mesa, al acostarse. Eran las cinco
de la matinada.
Sequeros volvió con el quinqué en la mano al camaranchón en donde
estaba su yacija, y lo colocó en el suelo. Enderezó los ojos hacia
el crucifijo, colgado del muro, sobre la cabecera del lecho,
santiguándose. Calzóse luego las medias, de lana y hasta más arriba de
la rodilla, se vistió los calzones, de mahón azul, desteñido ya, no
más largos de la corva y acuchillados de remiendos, insistentemente
en la culera; se puso los zapatos; arremangó los puños de la camiseta
y comenzó á lavotearse en un cacharro que había sobre un sillete. En
habiéndose enjutado, tal como estaba y sin ponerse más prendas de
vestir, hizo la limpieza del cuarto. Con una escobilla fué barriendo
la suciedad del entarimado y la apiló en un montoncito, á la puerta.
Sacudió violentamente el fementido colchón; aireó un momento las
sábanas luego que hubo abierto el ventanal; batió el cabezal, y con
mucha destreza, dejó lista la cama. Se le ocurrió: «¡Vamos, que si Ruth
me sorprendiera en esta traza...!» Avergonzado, se llevó las manos al
rostro; en seguida se empinó y golpeó el tillado con el pie, como si
espantase un gato, diciendo: _Fugite, Satana_, y trazó una cruz en el
vacío. Vistióse la camisa, la sotana, única que tenía, y se encasquetó
el bonete. Giró la vista en torno, contemplando su ajuar indigente;
después de vestido no le quedaban otras prendas que el balandrán, el
manteo, una teja despeluchada, raída, lamentable, y luego un rosario,
el crucifijo que le habían entregado al hacer los votos y con el cual
le enterrarían, _El Tesoro_ y el breviario.
Sonrió, envanecido de lo que él creía tanta pobreza. Marchábase ya,
cuando, arrepintiéndose de camino, penetró en el zaquizamí nuevamente y
salió con el balandrán puesto.
En los tránsitos, otros Padres caminaban en la misma dirección,
silenciosamente. Estich se estrujaba las manos, haciendo sonar los
huesos, por ahuyentar el frescor de la madrugada. Penetraron en la
capilla reservada, en donde hicieron las oraciones en común. Oíase, de
vez en vez, el canto de un gallo campesino. Sequeros celebró su misa y
se restituyó á la celda, para hacer la oración y meditación matinales.
Sacó el crucifijo de sobre la cabecera al cuarto exterior, suspendiólo
en un clavo é hincóse de rodillas, orando vocalmente. Púsose en pie y
trajo á la memoria el punto elegido la noche anterior en el libro del
Padre Luis de la Puente, durante el penúltimo cuarto de hora antes
de acostarse: _Del primer milagro que hizo Cristo nuestro Señor en
las bodas de Caná, de Galilea_. Imaginóse en la presencia de Dios,
trayendo en ayuda de sus propósitos la interpretación que San Bernardo
da del pasaje bíblico aquel en que Abraham, subiendo á sacrificar su
hijo, deja en la falda del monte impedimenta y servidumbre; una y otra
representan cuidados y pensamientos terrenales. Por recogerse en el
punto de la meditación se esforzó en que sus potencias contribuyeran,
como quiere San Ignacio, de manera que trabajando el entendimiento en
las varias circunstancias que encierra el conocido versículo _quis_,
_quid_, _ubi_, _cui_, _quoties_, _cur_, _quomodo_, _quando_[5], se le
inflamase la voluntad, y, enfervorizada el alma, luego de cavar, rumiar
y ahondar en la meditación, entrarse por el coloquio. Aderezaba con
meticulosa solicitud la composición de lugar. Su imaginación plasmaba
prestamente realidades apetecidas. _Hubo unas bodas en Caná de Galilea,
en las cuales se halló la madre de Jesús, y él fué convidado con sus
discípulos; y como faltase el vino, díjole su madre: No tienen vino._
Sequeros veía la gran cuadra del festín; columnas de alabastro, al
fondo; fragancias espesas; colgaduras, y á través de una que la brisa
alzaba, colinas de oro, palmeras y un lago terso; los comensales, con
túnicas abigarradas; vasijas de plata bruñida; manjares condimentados
con especias; la desposada, embellecida por el rubor; el marido, con
ojos como tizones; Cristo, corpulento y dulce, la cabeza inclinada
sobre la túnica inconsútil de lino blanco; la Virgen... con el propio
rostro de Ruth.
«¡Oh, Jesús mío!», sollozaba Sequeros, «apartad de mi mente imágenes
temporales.» Pero la Virgen permanecía con el rostro ebúrneo y angélico
de Ruth.
«_Ponderaré la confianza tan amorosa y resignada con que hizo la Virgen
aquella brevísima petición_: VINUM NON HABENT, _no tienen vino, como
quien estaba certificada de las entrañas de piedad de su Hijo. Á esta
demanda respondió Cristo nuestro Señor: ¿Qué tienes que ver conmigo,
mujer? No ha llegado mi hora. Ponderemos las causas de esta respuesta,
al parecer tan desabrida..._»
Y Sequeros, arrastrado enteramente por la existencia imaginativa que
había provocado, continuó en voz alta: