Las pláticas del Padre Olano se celebraban, como se ha dicho, en la

capilla del colegio. Las maderas de los ventanales estaban entornadas.

Sobre el altar pendían negros paños y crespones. El ambiente era

lúgubre y medroso.

Al final de las meditaciones, cantaban á coro los alumnos, acompañados

del harmonio:

¡Perdón, oh, Dios mío,

Perdón, indulgencia,

Perdón y clemencia,

Perdón y piedad!

Luego, Lezama, el tiple, y dos fámulos, á tres voces:

Pequé; ya mi alma

Su culpa confiesa;

Mil veces me pesa

De tanta maldad.

El silencio, durante los cuatro días, fué absoluto; la comida, escasa.

Al tercer día, los tiernos corazones é inteligencias habían caído en un

á manera de torpor y ofuscamiento continuo, originado por los hórridos

sobresaltos que les metían en el pecho. Á mitad de las meditaciones,

algunos niños daban en tierra, presa de síncopes y soponcios. Al

concluir la plática del infierno aullaban, con indecible espanto, más

que decían:

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh! buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me separe de ti.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y manda que venga á ti,

Para que te alabe con los santos

Por infinitos siglos. Amén.

«¡Oh, Jesús mío! Yo no me quiero condenar... Me quiero salvar...

¡Cueste lo que costare!»

Bertuco padeció, todo el tiempo que duraron los ejercicios

espirituales, dolorosos desfallecimientos y agonías interiores. Dentro

de él despertábase un sentido crítico y de rebelión contra aquellas

verdades, pretendidamente inconcusas, que con tanto aparato escénico

intentaban inculcarle. Maravillábase de la burda estofa de un Dios

que cría al hombre como muñeco con que distraer infinito tedio, y lo

trae á la acerbidad de una vida miserable y breve por recibir de él

alabanzas, que, siendo Dios, no había de menester, no de otra suerte

que un monarca antojadizo y estólido forma cortesanos que lo recreen

con adulaciones y lisonjas. Pues si el hombre es cosa tan torpe y

hedionda, ¿cómo asegurar que Dios lo hizo á imagen y semejanza suya?

Cierto que es así, y no más perfecto, porque incurrió en el pecado del

paraíso; mas, ¿por qué se le amasó de barro tan frágil que al primer

soplo satánico hízose todo grietas y hendeduras? ¿Sabíalo Dios cuando

lo sacó del barro? Pues hizo mal en criar seres para el dolor. ¿No lo

sabía? Entonces, ¿dónde está la divina sapiencia y omnipresencia?

Bertuco se oprimía las sienes y trituraba los labios, murmurando:

«¡Jesús, Jesús bondadoso, ayúdame! Es Satanás que se introduce en

mi inteligencia. ¿Quién soy yo para desentrañar verdades tan altas?

¡Virgen mía, Virgencita blanca y guapina, madre de mi alma, no me

desampares! Ves que camino al infierno. ¡Dame la mano!» Pasó toda una

noche arrodillado en su camarilla. Fabricó á su modo unas disciplinas,

con la cuerda de hacer las palas de red para el juego de pelota, y

se azotaba hasta que los ojos se le anublaban y los sentidos se le

adormecían.

El Padre Sequeros, que por lo demacrado de la carita de Bertuco

adivinaba las cuitas y martirios del muchacho, le enviaba miradas

de ternura, dándole con esto algún alivio y fortaleza. ¡Oh, si él

pudiera conseguir algún día la seguridad interior de aquel varón santo

y sereno! Y, sin embargo, no era raro que se burlasen de Sequeros,

motejándolo de loco. ¡Cuánta injusticia! Bertuco entendía de claro modo

en aquellos momentos la rara virtud de su inspector, una virtud de

aplomo, por decirlo así, que le hacía caer del cielo perpendicularmente

hacia el centro de la vida temporal y médula de todas las virtudes,

como la plomada busca el centro de la tierra rigiéndose por la armonía

múltiple y unánime de las constelaciones. Y de esta suerte, el eje de

la vida de Bertuco, en lugar de correr á sumarse y entremecerse en el

gran curso de la humanidad, iba descentrándose, apartándose del cauce

hondo y materno, aspirando á huir aguas arriba, ó, no siendo esto

hacedero, á ser remanso.

La necesidad de la confesión general llegó á hostigar al niño con la

violencia de una comezón física. Pero el rubor de sus deshonestidades

le mantuvieron largo tiempo indeciso en la elección de Padre con quien

confesarse. Resolvióse por el valetudinario Avellaneda, conjeturando

que la propincuidad en que se hallaba de la tumba y los muchos años de

experiencia le ladearían á la indulgencia. En esto, la erró de medio á

medio. Cuando el anciano oyó la historia menuda y prolija de Bertuco y

Rosaura, encrespóse coléricamente; babeando, y con voz tartajosa, de

mandíbulas desdentadas, profería frases amenazadoras.

--¡Mereces morir aquí mismo, sin absolución, miserable! ¡Tentado estoy

de no absolverte, bestia maligna!

Bertuco se arrastraba por tierra, implorando:

--¡Absolución! ¡Absolución! ¡Por Dios, tenga caridad!

Y sus bellos ojos azules manifestaban el espanto de un cielo en donde

se apagase el sol para siempre. Aquella mano temblona de senectud le

absolvió. Bertuco salió de la celda con el alma leve y ágil; creía

llevar alas en los talones, como un dios pagano. Al día siguiente,

recibiendo la comunión, temió derretirse en un deliquio.

AMARI ALIQUID

I

Á LA...

Verificábase la _Distribución de premios y reparto de dignidades_,

junto con una _Concertación_ ó certamen científico de la clase de

Física, y declamación de odas. Los alumnos vestían el uniforme por

primera vez en el curso: un uniforme de traza militar, con gorra y

calzones galoneados, luenga y entallada levita de botones metálicos y

fajín de seda azul. Á los nuevos, el uniforme les traía extraordinario

contentamiento. Los antiguos, mayorcicos ya, avergonzábanse de él

como de una librea vilipendiosa, testimonio de esclavitud, y los días

señalados para vestirlo procuraban arreglárselas de suerte que sus

inspectores no los llevaran de paseo á la ciudad, sino al campo.

La ceremonia se celebraba en el gran salón de actos del colegio.

Comenzó á las diez y media de la mañana. Los alumnos de Física y los

recitadores ocupaban el estrado. Al pie de éste, y á su derecha, detrás

de amplísima mesa, aderezada con rico tapiz, donde se apilaban rimeros

de cartulinas, entorchados, cruces y otros objetos varios, enhiestábase

el seco torso del Padre Rector, entre dos Padres graves.

La orquesta del colegio ejecutó, en el riguroso sentido de la palabra,

la marcha de _Tannhäuser_. Don Manuel, profesor de música, cuyo rostro

era como una masa informe de _pudding_ de sémola, tal le habían roído

las viruelas, llevaba la batuta, entregándose á las más desatentadas

contorsiones, con lo cual daba á entender que sentía mucho la música.

Los alumnos de Física ostentaron su conocimiento en la materia é

hicieron diferentes experimentos, entre otros el de asfixiar en la

máquina neumática á un gorrioncillo.

Entremesó la orquesta con la serenata de Schubert, que cantó Lezama,

alardeando de aquella cristalina voz asexual con que Naturaleza le

había compensado de otras deficiencias.

Luego, uno por uno, los recitadores fueron adelantándose al proscenio.

Bertuco declamó una oda á _la Estrella Polar_, parto doloroso y

frigidísimo del Padre Estich. Comenzaba:

Reluciente lucero que sobre el Polo

Estás inmóvil, triste, plateado y solo.

Á tu lumbre, en tormentas rudas y graves,

La proa hacia la ruta ponen las naves...

Se le congratuló con aplausos repetidos. Los niños murmuraban: «La

escribió el Padre Estich», profundamente admirados, y el esquelético

jesuíta, autor de los versos, sentía como si la satisfacción se le

hiciese carne y cubriéndole los huesos le otorgara más espesor y

corpulencia.

Á seguida, se pasó á la imposición de _dignidades_, ó sea jerarquías

nominales con que se galardona la buena conducta. Duraban todo el

curso, como el dignatario no incurriera en demasías, y consistían en

entorchados y galones que se aplicaban á la bocamanga del uniforme.

Conejo, en pie, leía la proclamación:

--Brigadier: Don Segismundo Bárcenas de Toledo y Fernández Portal.

El niño se acercaba á la mesa del Rector, el cual prendía con alfileres

los entorchados, que después habían de coser los fámulos, y enderezaba

unos cuantos plácemes al recipendiario.

--Regulador: Don José Forjador y Caicoya.

Esta _dignidad_ era muy envidiada; su misión consistía en tañer la

campana que escande la distribución de horas, y, consecuentemente,

junto con los galones se le entregaba... ¡un reloj!

--Primera división. Subrigadier: Don...

Y así con los _bedeles de estudio_, _bedeles de juegos_ y _jefes de

filas_, para cada división.

Bertuco nunca había obtenido una _dignidad_, ni por ellas se le

daba una higa. Buena conducta y talento son incompatibles, pensaba.

_Dignidades_ eran siempre muchachos de inteligencia roma y prematuro

apersonamiento, para quienes las abundantes horas de estudio resultaban

escasas aún, y así, tras de voluntarioso machaqueo, llegaban al

aula con las lecciones á medio saber. Además, la buena conducta,

la quietud sin reproche durante todo el día suponía un esfuerzo,

y Bertuco consideraba que el esfuerzo estigmatiza con caracteres

asinarios. Á Bertuco bastábale y sobrábale, para ir á la cabeza de

sus compañeros, con la explicación previa que el profesor hacía

después de haber señalado la lección. Aun la demostración de los más

inextricables teoremas y fórmulas algebraicas, en oyéndola una vez,

la repetía seguidamente, con gentil desahogo y firmeza. En virtud de

esta vivacidad de su inteligencia las horas de estudio, siéndole

superfluas, le pesaban en términos que, por llevarlas más levemente,

no había travesura que no inventase. De ordinario le colocaban en

el último banco, por que no distrajera á los demás, y le consentían

satisfacer libremente sus inclinaciones: hacía versos, dibujaba, leía

libros de literatura que subrepticiamente el Padre Estich le daba.

Después de la imposición de _dignidades_ se otorgaron los premios de

aplicación. Bertuco ganó la _excelencia primera_, la cual acredita

el mejor aprovechamiento en un grupo genérico de asignaturas, y tres

primeros premios en las mismas. De consiguiente, le colgaron en el

pecho la cruz de _emperador_. Cuando el Padre Arostegui se la prendía,

le dijo:

--Bien está, Alberto; pero no olvides que el infierno está empedrado

de cabezas de hombres de genio. Por mucho que sepas, más tienes que

aprender de tus compañeros á quienes hemos hecho dignidades.

¡Bah! La dignidad... Harto adivinaba Bertuco que la dignidad no la da

el empleo, sino el mérito; no la otorga la voluntad ajena, sino que es

virtud inmanente: se tiene ó no se tiene; nunca se recibe.

El acto terminaba. Don Manuel conducía desaforadamente la desmedrada

orquesta en un himno final. Eran las doce menos cuarto.

Las divisiones bajaron á los patios de recreación. Antes de romper

filas, á la señal de unas palmadas de los inspectores, desglosábanse

los que sintieran necesidad de evacuarse, é iban á los lugares

excusados, los cuales, en el uso del colegio, se acostumbran llamar

_lugares_, á secas. Bertuco fué, entre otros. Bajo el brazo llevaba las

cartulinas. ¿Para qué las quería él? Su padre... Dios conocía por dónde

andaba... En todo el curso no había recibido noticias suyas. La vieja

Teodora no sabía leer. Años anteriores había enviado sus premios con

gran entusiasmo, y luego, en las vacaciones, había tropezado con ellos

en un desván, desdeñados, sucios, rugosos. ¡Puaf! Hizo un rollo y los

arrojó desdeñosamente por el agujero, al depósito excrementicio.

II

EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS

Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado en años, en cuerpo y en

fuerzas físicas:

--Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es comiendo...

--Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.

--Quita pa allá, hom.

--Quítate tú.

--Pues á verlo.

--Cuando quieras.

--¿Qué apostamos?

--¿Esta pala contra esa pelota?

--Apostao. ¿Á chuletas? ¿Á huevos? ¿Á cocletas? ¿Á tortilla?

--Á lo que se presente.

Coste y Pajolero comían en la misma mesa y frente á frente. De esta

manera, el singular y cavernario desafío podía celebrarse con algún

rito, oculares testimonios de jueces íntegros y garantías de probidad.

Lo primero que se presentó fueron huevos fritos, los cuales hinchan

harto rápidamente el bandullo y oponen tenaz indiferencia á los ácidos

estomacales. El espectro de la indigestión, denominada familiarmente en

el colegio _triponcio_, se cernía en el refectorio. Pajolero y Coste

pensaban en los aprietos de la noche, dentro de la camarilla; y en el

inexorable Mur, realizando investigaciones estercolarias y arrojándoles

el peso de la ley. No embargante esto, entrambos contendientes se

desplomaron sobre los indefensos huevos fritos, y, par por par,

deglutieron cinco cada uno. En lo engallado del cráneo y lo insolente

de la pupila echábase de ver que se hallaban en buena disposición

para ingerir otros tantos pares. Pero el abrutado fámulo Zabalrazcoa,

con malos modos y añadiendo una expresión torpe, les manifestó que se

habían acabado los huevos. El tribunal, atendida la carencia de armas

de combate, declaró tablas.

Presentáronse los huevos por segunda vez, á la vuelta de tres días.

Pala y pelota pasaron á poder de Pajolero. Después, con ocasión de unas

chuletas, pala y pelota retornaron á Coste. Á la cuarta vez surgieron

croquetas, una de las pasiones más ardientes del mofletudo gallego,

quien, contemplando con sorna á su adversario, parecía decirle: «¿Para

mí tú, con las _cocletas_ delante? Tendría que ver...» Y, en efecto,

tuvo que ver. Los vecinos estaban deslumbrados ante la delirante

celeridad con que Coste obligaba á las croquetas á escabullírsele,

gaznate adentro. Ya iba por las dos docenas, cuando Mur, atraído por la

expectación que se advertía en aquella parte del refectorio, acudió,

interrogó, y logró noticias cabales del heroico hecho. Á la salida,

llamó aparte á Coste, y luego á Bertuco, en calidad de ejecutor de

la _vindicta_ que meditaba; los condujo á una clase y allí les hizo

esperar unos momentos. Coste, abarrotado de croquetas, no osaba moverse

por temor de que se le extravasase el estómago. Reapareció Mur con un

libro abierto en las manos; dióselo á Bertuco. El niño conocía bien el

volumen: era la _Diferencia entre lo temporal y lo eterno, por el Padre

Juan Eusebio Nieremberg_.

--¿Sabes de qué se componen las croquetas, guarro, glotón?

Coste, congestionado, defendiéndose del sopor que le invadía, no

prestaba atención á Mur.

--Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?

--Yo creo que de gallina, cuando son buenas...

--Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo oyes, gorrino? Pues

bien; Bertuco, lee. Por aquí.

Las ventanas estaban entornadas. En el recinto había penumbra. Bertuco

se acercó á una rendija, de donde manaba la luz. Y leyó:

«Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y sucísimas? Por cierto, que

si se considera lo que es un capón ó gallina, que es el pasto más

ordinario de los ricos y regalados, que se había de hacer mil ascos de

ellos; porque si cociéndose la olla echaran dentro gusanos, lombrices

y estiércol de la caballeriza, nadie comiera de ella; pues la gallina,

¿qué es sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombrices y otras

cosas asquerosísimas que come, como son flemones, excrementos de las

narices, y otras más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el sonarse

el cocinero ó escupir un flemón en el guisado...»

En llegando á este punto, el pobre lector, lívido, estomagado,

desfalleciente, se dejó caer, arrojando cuanto había comido. Coste

roncaba, sentado en actitud canónica y profunda.

III

EL SISTEMA DEMOCRÁTICO

El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de Historia de España é

Historia Universal. Su bondad y candidez eran tantas, que así que un

alumno, sorprendido absolutamente _in albis_ acerca de la lección del

día sacaba el morrito simulando sollozar por salir con bien del trance,

ya estaba el Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar

disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasaba á otro alumno, y

luego á otro, hasta uno que atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no

daba con ninguno no se encolerizaba ni repartía denuestos y amenazas,

pero volvía á explicarles la lección, y en viendo gestos distraídos

ó de cansancio, les leía versos del duque de Rivas ó de Zorrilla,

y libros amenos. Se le burlaban en las narices, campaban por sus

respetos, ideaban los más caprichosos abusos, prostituían la austera

dignidad histórica; y el Padre Urgoiti, en su bienaventuranza perennal,

dulce y casi sonriente con aquel su rostro correcto de piel mate, como

tallado en marfil.

Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir por lo menudo curiosas

particularidades de la vida espartana, cuando á las pocas frases se

detiene, algo pálido, y recorre la casta y elevada frente con la

diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un desvanecimiento del

sentido. Al reanudar la plática, se advierte que la voz le tiembla un

poco. Nueva pausa, acompañada de más intensa palidez. Es evidente que

el Padre Urgoiti hace esfuerzos por seguir hablando de manera que no se

trasluzca cierta inquietud que le acosa. Tercer alto en el discurso.

Ahora se enjuga el sudor que constela su ebúrnea frente.

--¿No creéis sentir que la tierra oscila, hijos míos?

Los niños se ríen.

--Sí, sí; oscila, sin duda alguna. Quizá un terremoto. No; más bien es

el púlpito, que se mueve. Fijad la atención.

Los niños miran de hito en hito. Sí, el púlpito se estremece. Los

ensamblados tablones hacen: _crac, crac_. Desciende el Padre Urgoiti, y

abriendo la portezuela que hay en la base, descubre á Alfonso Menéndez,

_Patón_ de apodo, con los miembros ensortijados, cadavérica la faz. El

Padre Urgoiti retrocede dos pasos, santiguándose. Luego extrae al niño

de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían vaciado, tomándolo

por el pestorejo, á la manera maternal con que la gata transporta sus

cachorrillos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño permanece algún

tiempo enmadejado, inhábil para la moción. Algunos compañeros comentan

con vayas la extravagante estructura á que el tormento lo constriñó:

como manifiesta un perspicuo psicólogo: «La crueldad es connatural del

hombre; los niños son crueles, los salvajes son crueles.»

--¿Quién te ha metido aquí, infortunado?

--El Padre Mur.

--No puede ser.

--Pues es, sin embargo, Padre Urgoiti.

--¿En qué tremendo pecado has podido caer, Patón?

--Eso sí que ya no lo puedo decir.

--Tan vergonzoso es...

--No. Es que yo mismo lo ignoro.

--Imposible, Patón, imposible.

Entonces los niños desarrollan ante los espantados ojos de Urgoiti el

repertorio de temas penales inventado por Mur, sus infinitas variantes

y las innumerables infracciones leves á pretexto de las cuales

sobrevenían.

El Padre Urgoiti quedó aterrado. Al salir de la clase corrió en busca

de su amigo Ocaña.

--¿Sabes, Ocaña, lo que ocurre? El Padre Rector lo ignora, de seguro--.

Y le traslada, ce por be, las noticias que de sus alumnos ha recibido.

--Conocía algo--le respondió el Padre Ocaña--, sospechaba más aún,

pero nunca creí que llegase á tanto. Es indecoroso, no encuentro otra

palabra.

--Fuerza es que nos resolvamos á hacer algo.

--¿El qué?

--Decírselo al Rector.

--Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es su ojito derecho.

--También á ti te mira bien...

--Yo no me atrevo.

--Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros; de esta suerte nos

presentamos varios.

--¿Quién ha de hablar?

--Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me prestará alientos.

--Pues entonces, á ello.

En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al deforme Landazabal.

Convinieron en reunirse á la caída de la tarde é ir conjuntamente á

la celda de Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún síntoma de la

conspiración, adelantóseles Mur, y, cuando daban unos golpecitos en la

puerta del Rector, ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres

venía á él en son de queja, y en cuanto á los hechos y razones en que

la asentaban Arostegui aceptó como óptimos aquellos que su valido le

ofreciera.

--Tan, tatatán, tan...--los golpecitos.

En el silencio, los corazones batían sonoramente. Y el silbo, desde el

fondo de la guarida:

--Adelantee...

Á la cabeza de los quejosos caminaba el bienaventurado Urgoiti, todo

candor y mansedumbre. Como el pasadizo que la camarilla hace no

consentía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de modo que el

Superior pudo elevar su mueca de asombro hasta la quinta potencia, é

ir apartando en cinco veces las posaderas del asiento, según aparecía

un jesuíta más, hasta quedar en pie. Y ya cuando los tuvo á todos

presentes, afilando los sutiles labios, les envió estas someras

palabras, antes de que ellos pudieran hablar:

--¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la milicia de Ignacio nacen

los retoños primeros del sistema democrático... Y á ustedes cinco

corresponde la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios vivo,

y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema

democrático!

En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino que huyeron á su

rincón, ruborosos, abochornados.

IV

EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO

Bertuco llevaba quince días de malestar, disimulando. Estaba

inapetente, insomne, laxo y con fuertes jaquecas. Ahiló y empalideció.

Una noche, después de la cena, Conejo le ordenó que no se levantara al

día siguiente.

--Estás enfermo, Bertuco.

--No me encuentro bien.

--¿Por qué no lo has dicho?

--Creí que pasaría.

Á las seis de la mañana oyó cómo sus compañeros salían de la cama,

se lavoteaban, partíanse á las faenas habituales. Á poco de quedarse

solo llegó el Hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias

preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó

las sienes, por ver si tenía calentura, y, á la postre, introduciendo

la mano por debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre,

punto por punto, é interrogaba: «¿Te duele aquí? ¿y aquí?», bajando

siempre, con tendencia á la coyuntura de los muslos, hasta llegar á lo

que _Celestina_ denominó graciosamente el rabillo de la barriga, al

cual tomó por la base, así como al descuido y á manera de accidente en

el examen facultativo; entretúvose con él un buen espacio de tiempo,

que fuera de cierto más largo si la manifiesta inquietud y turbación

del muchacho no le hubieran obligado á abandonar la débil presa.

A.M.D.G. · 第 8 / 13 段