Aquel día, cuando los alumnos salían del estudio de la mañana para ir á

desayunar, en mitad del claustro se dieron de cara con un espectáculo

repugnante. Había una mesilla de noche con la tapadera abierta; en

el agua turbia de la palangana flotaban excrementos; el hedor se

prolongaba espesamente, atacando el sentido. Detrás de la mesilla de

noche estaba en pie Abelardo Macías, con los brazos cruzados y los ojos

puestos en la techumbre, como ofreciéndose en holocausto á una justicia

invisible.

¡Cuán inocente estaba Coste de sospechar el riesgo que había corrido,

y cómo aquella deshonrosa exhibición á él estaba destinada! Á Mur no

le apesadumbró gran cosa el inesperado error de Zabalrazcoa. Como

quiera que tenía por la más necia presunción la de santidad, agradeció

al capricho de la suerte que le colocara en coyuntura de infligir á

Macías público correctivo. Y ya satisfecho en este punto, aplicóse á

sorprender á Coste en alguna falta flagrante y á inventar nuevas penas,

del linaje de las infamantes y aflictivas, que eran las únicas que le

parecían saludables. La empresa no presentaba dificultades; la conducta

de Coste tenía tantos lunares como pulgas un gozque aldeano.

Á los pocos días de haber evitado Coste milagrosamente las asechanzas

del purgante, en la postrera media hora de estudio de la noche,

encomendada á la vigilancia de Mur, cayó dormido y dióse á roncar en

forma que simulaba con cierta propiedad los tanteos preliminares del

rebuzno. Le despertó Mur, le alabó sus aficiones y le prometió cumplida

satisfacción para el siguiente día, como lo hizo. Para ello, presentóse

en el recreo con una cabezada en la mano, que aplicó al cráneo de

Coste, conduciéndole luego, entre la alborotada chacota de los alumnos,

á la cuadra de _Castelar_.

_Castelar_ era el burro de que se servía el Hermano cocinero para traer

las provisiones de la plaza. El acto de caracterizar al animal con

un nombre había sido asunto de seria deliberación entre los Padres.

Convenían todos en que fuese el de algún hombre célebre, hostil á

la Iglesia. Se pensó en Voltaire, en Renán; luego, la preferencia

se inclinó hacia los nacionales. Salmerón, era sonoro y expresivo;

pero hubo de rechazarse porque así se apellidaba un compañero de San

Ignacio. Pí, demasiado breve y anfibológico. Pí Margall, no sonaba

bien. Entonces, el Padre Estich, que á la sazón leía una diatriba

contra D. Emilio Castelar, escrita por el Padre Alarcón, propuso el

nombre de este glorioso tribuno. Se aceptó al punto, con gran algazara.

Y, desde aquel instante, el pollinejo fué _Castelar_.

_Castelar_ era rucio, sociable, bondadoso y melancólico. Sobre la

frente le caía, con mucha gracia, espeso flequillo. No incurría

en vanagloria, y rara vez alborotaba sus hermosas orejas, suaves,

velludas, como de terciopelo.

Mur introdujo á Coste en la cuadra, y lo ató corto al pesebre, de

manera que le fuera imposible distraerse cabalgando el asno, y en tal

guisa, que la cabeza del niño quedaba en una alarmante vecindad con la

del pollino. Estando todo dispuesto, los dejó solos. En un principio,

Coste permaneció mustio y receloso, con la vaga sospecha de una coz ó

de una dentellada. Luego, mirando de reojo, tropezó con las pupilas

afables y meditabundas del burro, que parecían darle la bienvenida. Á

los pocos minutos se habían familiarizado por entero; reía el niño y

reía el asno, á su manera.

Aquella tarde, Coste comunicó á Bertuco un grato secreto.

--Bertuco, ¿sabes? _Castelar_ es una gran persona. Si vieras...

VIVE MEMOR LETHI

I

El Conductor de los ejercicios espirituales fué aquel curso el

Padre Olano. Eran privados, para los alumnos solamente y se

celebraban en la capilla particular del colegio. El Superior

había aconsejado á Olano:

--Conviene que disponga bien su plan, Padre. Tome de la

biblioteca los libros necesarios: enciérrese en su celda y

trace punto por punto el modo en que las meditaciones han de

distribuirse, adornándolas con las comparaciones, ejemplos y bien

urdidas composiciones de lugar que han de ilustrarlas, de manera

que no quede nada confiado á la improvisación. ¡Oh, de cuánta

importancia es esto!

El Padre Olano tenía asco á la letra de molde, la cual solía

inducirle á laberínticos embrollos; confiaba en las fuerzas

propias y en su larga práctica de orador tremebundo. Así,

prefería lanzarse á la elucubración espontánea.

Se precipitó en el currículo; se cerró en el cuarto, con un

librito aforrado en roja piel labrada, y un buen abasto de papel.

Caviló, plumeó, tachó, rasgó pliegos sin cuento. En las etapas

de indigencia mental acudía en demanda de luces á un grabado

en acero que el librito aquél tenía en la anteportada: allí

estaba San Ignacio, en lo hondo de una cueva, los ojos en alto,

la siniestra mano sobre el esternón, suspendida la diestra en

el aire y con una pluma de ave; delante de él un considerable

guijarro, á manera de bufete, con un libro abierto y un tintero

con su pluma de repuesto; arriba y naciendo de nebulosas vedijas,

la Virgen, con el niño en brazos, que señala imperativamente

hacia el libro; más arriba y en la clave del grabado una hostia

reverberante, en cuyo centro campea una cifra J H S sobre tres

clavos; en el ángulo inferior derecho, caídos al desgaire sobre

los pedruscos, un bastón, una capa y un chambergo con pluma al

costado. Debajo de la estampa dice.

S. IGNATIUS LOYOLA S. J. FUNDAT

Manresal Spiritualia Exercitia

dictante Virgine scribit

Y en lo más alto de la página, sobre flotante cinta, una leyenda

del salmo 138 que alude á la ciencia infusa.

¡Ay! El Padre Olano estaba huérfano de ciencia infusa. De aquí

el que padeciera inenarrables tormentos y sudores antes de dar

cima al plan que el Padre Arostegui le encomendara, y del cual

transcribimos algunos fragmentos, con las mismas acotaciones que,

al estilo de las comedias, el propio Olano puso.

[Ilustración: J [+H] S]

«Los maestros espirituales dividen la materia de las meditaciones en

tres órdenes, según los tres estados de los que meditan. Unos son

pecadores que desean salir de sus pecados, y éstos caminan por el

camino que llaman vía purgativa, cuyo fin es purificar el alma de todos

sus vicios, culpas y pecados. Otros pasan más adelante y aprovechan en

la virtud, los cuales andan por el camino que llaman vía iluminativa,

cuyo fin es llenar el alma con el resplandor de muchas verdades y

virtudes, y alcanzar grande aumento de ellas. Otros son ya perfectos,

los cuales andan por la vía que llaman unitiva, cuyo fin es unir y

juntar nuestro espíritu con Dios en unión de perfecto amor. Para los

niños basta la vía purgativa. San Ignacio divide la materia en cuatro

semanas, que nosotros reduciremos aquí á cuatro días. Para los niños

basta y sobra.»

* * * * *

«MEDITACION PRIMERA. PRELUDIO PRIMERO, ó sea composición de

lugar.--Tenéis que imaginaros que veis al glorioso San Ignacio con el

libro de los Ejercicios en la mano, y que á su alrededor tiene á un

sinnúmero de justos confirmados en gracia, de pecadores convertidos

y de tibios enfervorizados; y que, dirigiéndoos la palabra, dice:

«Tomad, hijos, este libro y meditad seriamente las verdades que están

en él contenidas.» (Es preciso pintar bien la cara del fundador, según

el retrato de Pantoja, que revela penitencias, y que desentrañen en

la cojera una reliquia de su vida mundanal, por donde tuvo siempre

presentes los riesgos que corrió, estando si se condena ó no se

condena. ¡Ah, si Jesús os señalara á todos al primer mal paso que

dais!) Luego imaginaos que veis aquella gran muchedumbre que nadie

puede contar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que

están ante el trono y delante del Cordero, revestidas de un ropaje

blanco, con palmas en sus manos, con que simbolizan la victoria que

han reportado, ya de los tiranos, ya de sus propias pasiones, y que

aclamando á grandes voces, dicen: «La salvación la debemos á nuestro

Dios, que está sentado en el solio, y al cordero, y sobre todo á los

ejercicios de San Ignacio. (Apoc., cap. VII, versículos 9 y 10.) Que

entiendan los alumnos cómo tanto esta sentencia del Apocalipsis como

otras varias de las Escrituras, dictólas el Santo Espíritu pensando en

nuestra Orden.»

«Los niños tienen especial precisión de los Ejercicios, porque si no

grandes pecadores, suelen ser grandes tibios. ¡Ojalá, te dice el mismo

Dios, fueses tú caliente por la gracia ó frío por el pecado! Mas,

porque eres tibio empezaré á vomitarte de mi boca, _quia tepidus es,

incipiam te evomere de ore meo_.»

«_Afecto de gratitud._ ¡Bendito seáis, Dios mío, de haberme llevado á

esta probática piscina en que se cura de toda enfermedad, no al primero

que entra, sino á todos cuantos se presentan con deseo verdadero de

curar!»

«_Disposiciones y modo de hacer bien los santos ejercicios..._ Estará

muy recogida la capilla; sólo se permitirá entrar aquella luz que se

necesita para no tropezar, y que en lo demás esté muy obscura. Esto es

muy importante para que los niños mediten, examinen y rumien mucho.

Tener cuidado con los fámulos, que son unos gaznápiros, para que no

se olviden de este requisito... Cuidarse de que los niños tengan la

vista muy mortificada y mortificarán también toda curiosidad, y así

sólo atiendan á los cuadros que yo les trace. Han de mortificar la

lengua y el oído, para lo cual no habrá recreos en los cuatro días, que

serán todos de silencio... Si queréis aprovechar muchísimo en estos

ejercicios, entregaos y dejaos enteramente en las manos de Dios para

que haga de vosotros y de todas vuestras cosas lo que quiera, á la

manera que el barro en manos del alfarero, ó el leño en las manos del

escultor. En todos estos días repetiréis con mucha frecuencia y de todo

corazón alguna de estas jaculatorias: _Hágase tu voluntad y no la mía.

Señor, ¿qué queréis que haga?_ etc., etc.... No estará de más que por

las noches, en el tránsito de las camarillas, algún Padre ó Hermano

haga ruidos raros y rumores temerosos. Esto dispone muy bien el corazón

de los niños para el día siguiente.»

* * * * *

«MEDITACION II. _Del fin del hombre. Principio y fundamento de todas

las meditaciones._--Persíguese que los niños vean cómo el hombre, por

grandezas que llegue á alcanzar, no es nada. Hágaseles claro la vanidad

de todas las ilusiones que puedan tener y lo necio de las esperanzas.

Este es el principio y fundamento de los ejercicios: _principio_, como

en las ciencias; _fundamento_, como en los edificios.»

«_Composición de lugar._--Se imagina ver á Dios lleno de majestad y

grandeza, sentado en su trono. Barba luenga, hasta medio pecho. Ojos

que ciegan. El trono, de púrpura. Muchas piedras preciosas. Más rico

que lo más rico del mundo. (Ademanes solemnes; voz profunda y reposada;

brazos al cielo, de vez en cuando. Se puede uno poner de puntillas,

poco á poco...) Luego, dice Dios: _Yo soy el principio y el fin: Ego

sum principium et finis_. También se puede ver un mar grande, grande,

inmenso, de donde salen muchos ríos y que todos vuelven á él.»

«_Petición..._ Dios y señor mío, os suplico me concedáis gracia para

hacerme superior á mí mismo y vencer todos los obstáculos que me lo

puedan estorbar.»

«_Proposición_ (son palabras del santo). El hombre fué criado para

alabar, reverenciar y servir á Dios nuestro Señor, y mediante esto

salvar su alma.»

Vienen ahora largos desarrollos de estos puntos, y, á modo

de corolarios, dos _afectos_ que se han de sacar; un acto de

acusación de sí mismo; y un acto de dolor.

«Hágase revivir en la memoria de los alumnos las faltas ó pecados

que hayan cometido. Empléanse palabras y términos repugnantes para

denominar los pecados. Son llagas asquerosísimas; son postemas y

manaderos de pus; son pústulas y lepra que infestan el aire que se

respira é imprimen al alma que los comete una horrible fealdad.

¡Vosotros no lo veis; pero el ángel de la guarda, que está á vuestra

diestra, lo ve, y sufre, y llora, y tiene que taparse el rostro con

el ala, para no contemplar tanta suciedad! (Esta meditación debe

hacerse á la tarde, después de la comida. Al hablar, se hacen gestos

de repulsión, como si uno tuviera delante las nauseabundeces que

describe.) Como todo lo temporal está unido á pecado, dedúcese, como

_afecto_, el desprecio de lo temporal. ¡Para en adelante prometo,

quiero y propongo amar lo eterno y celestial!»

«El fin de Dios es su mayor gloria, y esto os ha de servir de norma en

la vida. ¿No queréis entenderlo? ¿Seréis capaces de olvidarlo andando

el tiempo, é incurrir en la blandura del mundo? Haced enhorabuena lo

que os agrade; pero siempre será verdad que serviréis á la gloria de

Dios, porque Dios logrará siempre é infaliblemente su fin. Sirviendo á

Dios en la tierra, alabarás eternamente su misericordia en el cielo;

no sirviéndole, glorificarás eternamente su justicia en el infierno.

Píntase de un lado el cielo y de otro el infierno; pero esta pintura

no es todavía más que un esbozo. Más adelante se añaden las tintas

necesarias. Sácase el _afecto_ de temor é incertidumbre.--¡Qué diré

yo, oh, Dios mío! ¿Iré yo al cielo ó al infierno?--Quien ama su vida

en este mundo, la perderá; y el que la aborrece en este mundo, la

conservará para la vida eterna.»

«_De la indiferencia con que se deben mirar las cosas sensibles._

(Palabras del santo.)... tanto ha de usarse de las cosas sobre la faz

de la tierra cuanto ayuden para el fin...»

«Breve consideración acerca de cómo todas las cosas que no son Dios

merecen indiferencia. Hacer reconocer el supremo dominio de Dios y

sáquese como _afecto_ la confusión de uno mismo, la humillación.»

De otra meditación, _sobre el Pecado de los Ángeles y de nuestro

padre Adán_.

«Son palabras del Santo. El primer punto será traer á la memoria sobre

el primer pecado, que fué de los ángeles; y luego, sobre el mismo,

el entendimiento, discurriendo; luego la voluntad, queriendo todo

esto memorar y entender por más se avergonzar y confundir, trayendo

en comparación de un pecado de los ángeles, tantos pecados míos; y

donde ellos, por un pecado, fueron al infierno, cuántas veces yo lo

he merecido por tantos... El segundo es hacer otro tanto, es á saber,

traer las tres potencias sobre el pecado de Adán y Eva, trayendo á la

memoria cómo por el tal pecado hicieron tanta penitencia, y cuánta

corrupción vino en el género humano, andando tantas gentes para el

infierno. Digo traer á la memoria el segundo de nuestros padres, como

después que Adán fué criado en el campo Domaceno, y puesto en el

Paraíso terrenal, y Eva ser criada de su costilla, siendo vedado que

comiesen del árbol de la Ciencia, y ellos comiendo, y asimismo pecando;

y después, vestidos de túnicas pellíceas, y lanzados del Paraíso,

vivieron sin la justicia original que habían perdido, toda su vida

en muchos trabajos y mucha penitencia... Se describe el Paraíso, sin

frío, calor, lluvias ni vientos; flores, frutos sabrosísimos, pájaros

y animales dóciles; la felicidad del cuerpo de Adán y Eva... y cómo se

pierde todo por un pecado.»

«Derívase el afecto del arrepentimiento. El cielo y la tierra me dan

testimonio de que Dios tiene un odio infinito al pecado. ¡Ah, si cayese

una sola gota de ese santo odio en mi corazón! ¡Cuánto mejor hubiera

sido para mí haberme podrido bajo tierra antes que pudiese pecar!»

* * * * *

De la MEDITACION V, también acerca del pecado. «No hay cosa más

vergonzosa que el pecado, ni más infame que el pecador. Figúrate, alma

mía, que Dios abre los ojos á todos de modo que puedan ver claramente

en tu corazón todos los vicios y todos los pecados que has cometido en

tu vida en pensamientos, palabras y obras. ¡Oh, Dios, qué rubor y qué

vergüenza sería la tuya! ¿No irías antes á esconderte en las grutas y

cuevas de los desiertos, que comparecer delante de los hombres?»

* * * * *

«MEDITACION VI. _De las penas del infierno, y singularmente de la pena

de daño._ Con grande acuerdo propone San Ignacio la meditación de las

penas del infierno inmediatamente después de las del pecado, para que

así más lo deteste y llore quien por desgracia lo cometió, viendo el

reato que trae como consecuencia necesaria.»

«_Son palabras de San Ignacio:_

«_Primer preámbulo, composición de lugar_, que es aquí ver con la vista

de la imaginación la longura, anchura y profundidad del infierno.»

«_El segundo_, demandar lo que quiero; será aquí pedir interno

sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor

del Señor eterno me olvidare por mis faltas, á lo menos el temor de las

penas me ayude para no venir en pecado.»

«El primer punto será ver con la vista de la imaginación los grandes

fuegos y las ánimas como en cuerpos ígneos.»

«El segundo, oir con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias

contra Cristo nuestro Señor y contra sus santos.»

«El tercero, oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas

pútridas.»

«El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas,

tristeza, y el verme (¡oh, gusano!) de la conciencia.»

«El quinto, tocar con el tacto, es á saber, cómo los fuegos tocan y

abrasan las ánimas.»

Á continuación de estas frases de Ignacio, aparecen en el

manuscrito sendas amplificaciones de los puntos siguientes: _el

condenado pierde la fruición de Dios; el condenado perdiendo

á Dios, pierde también el afecto con que era amado de las

criaturas; después que el condenado ha perdido á Dios, y con

él todas las cosas, entra además bajo la potestad del demonio_:

originales del Padre Olano. Luego:

«La repugnancia de uno mismo, que hasta ahora se ha ido acumulando

como enorme abceso que vierte ponzoña y pus de fetidez atroz, hará que

los alumnos sientan con toda instancia la necesidad de la confesión

general, como no sean unos almas de cántaro.»

Hay unas notas marginales;

«San Ignacio veía el demonio á manera de forma serpentina,

acariciadora, ó semejante á una muchedumbre de ojos brillantes y

misteriosos. Para niños me parece demasiado sutil. Dibújese á Satanás

como hombre, con patas de cabrón, el cuerpo del color de la langosta

cocida, rabo largo, cuernos feroces y labios apestosos. También en

forma de cabra, y cómo á veces anda por las camarillas, y se lleva á

los pecadores, de suerte que no incurran en torpezas ó tocamientos.»

* * * * *

«MEDITACION VII. _De la pena de sentido._ Tiene por objeto asegundar

el afecto de la anterior. Refiérase la parábola del rico avariento y

de Lázaro, y de cómo aquél pide á Abraham que Lázaro, mojando en agua

uno de sus dedos, fuese á refrescarle la lengua. _La pena de sentido

es universal y atormenta todo el cuerpo y toda el alma._ El condenado

yace en el infierno siempre en aquel mismo sitio que le fué señalado

por la Divina justicia, sin poderse mover, como en un cepo: el fuego de

que está, como el pez en el agua, todo circuído, le quema alrededor,

á diestra, á siniestra, por arriba y por abajo. La cabeza, el pecho,

la espalda, los brazos, las manos y los pies, todo está penetrado de

fuego, de manera que todo parece un hierro hecho ascua, como si en

este momento se sacase de la fragua; el techo, bajo el cual habita el

condenado, es fuego; el alimento que toma, es fuego; la bebida que

gusta, es fuego; el aire que respira, es fuego; cuanto ve y cuanto

toca, es fuego. Mas este fuego no se queda sólo en el exterior, sino

que pasa también á lo interior del condenado: penetra el cerebro,

los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre,

corazón, venas, huesos, médula de éstos, sangre (_in inferno erit ignis

inextinguibilis, vermis inmortalis, foetor intolerabilis, tenebrae

palpabilis, flagella cedentium, horrida visio demonum, confusio

peccatorum, desperatio omnium bonorum_); y lo que es más terrible, este

fuego, elevado por divina virtud, llega también á obrar contra las

potencias de la misma alma, inflamándolas y atormentándolas.»

Prosiguen abundantes disquisiciones sobre la eternidad, sin

interrupción y sin alivio. La octava meditación versa sobre

la parábola del hijo pródigo, reposorio grato después de las

lóbregas jornadas anteriores, porque:

«Esta parábola anima de un modo admirable al pecador para que no

desespere del perdón, por grandes y muchos que sean sus pecados.»

Concisa y elocuente insinuación de la benevolencia de los padres

confesores:

«El padre confesor te oirá con toda dulzura y caridad.»

Sucédense algunas meditaciones de apacible naturaleza, las

cuales, por contraste, sirven para templar la aguda tensión de

espíritu. La _Meditación XII_ es como la clave del arco. Su

asunto, la muerte.

«No hay cosa que tanto contenga al hombre de pecar como es el pensar en

la muerte.»

En una apostilla.

«Así como una vez desvanecida la doncellez de la hembra no es posible

que se recobre, si se sabe inculcar bien en el espíritu el torcedor de

la muerte, no hay modo ya de recuperar la espontaneidad y descuido de

los goces terrenos. _Vive memor lethi._»

«_Nequaquam morte moriemini._ No seas tonta, no seas boba, dijo

la serpiente á Eva, no moriréis. ¡Ay! Quitada esa barrera, cayó

miserablemente en el pecado.»

«_Composición de lugar._ Imaginaos que os halláis y veis enfermos

en una cama, con el aviso de confesaros y de recibir el santísimo

Viático y la santa Unción; luego os halláis moribundos, que os dicen

la recomendación del alma, que vais perdiendo los sentidos, y que,

finalmente, morís...»

«Morir es sacar de casa á ese tu cuerpo y llevarlo al campo santo, y

allí dejarlo solo, de día y noche, rodeado de calaveras y huesos de

otros muertos. Morir es dejar á tu cuerpo, solo, muerto, cadáver, para

que lo coman los gusanos, que esto es lo que quiere decir _cadáver_,

_ca_ro _da_ta _ver_mibus, carne dada en comida á los gusanos.»

Nada tan fecundo como la muerte. El Padre Olano aprovecha muy por

largo dicha fecundidad en su manuscrito. Síguense diferentes

meditaciones, hasta llegar al celebérrimo símil ignaciano de _las

dos banderas_ ó divisas enarboladas respectivamente por Jesús y

Satanás. Satanás predica á sus huestes, ambición, entusiasmo,

confianza en sí propio: Jesús, penuria cordial, perfidia,

rebajamiento. O, dicho con palabras del santo:

«...Considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace á sus siervos,

encomendándoles que á todos quieran ayudar en traerlos primero á suma

pobreza espiritual; segundo, á deseo de oprobio y menosprecios, porque

de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres

escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio

ó menosprecio contra el honor mundano; el tercero, humildad contra

soberbia...»

En las meditaciones sobre la vida de Jesucristo resplandece aquel

estilo llanote y vernacular del Padre Olano, que es la elocuencia

suma, á juicio de las madreselvas. Tomamos algunos ejemplos:

Dice Satanás á Jesús: «Pasaremos al desierto, si usted gusta. Allí

estaremos solos.»

Después de haber vencido la tentación del desierto «la Santa Virgen

envióle comida, que ella misma había condimentado con sus purísimas

manos: berzas, sopa, espinacas y quizá sardinas (_caules, vel brodium

ut spinaria et forte sardinas_)».

La túnica de Jesucristo, según el Padre Olano: «Era de color de

ceniza, redonda lo mismo por arriba que por abajo, con mangas también

redondas; en la orilla, bordados, á la usanza judía. Habíala cosido la

Virgen, y así como Cristo crecía, la túnica crecía también y no sufría

deterioro.» Detalle enternecedor: «Un año antes de la pasión, Jesús

se había acostumbrado á llevar una camiseta de abrigo, debajo de la

túnica.»

«Durante la flagelación diéronle 6.000 golpes. De ellos fueron 5.000

en el cuerpo y 1.000 en la cabeza. La corona de espinas componíase de

1.000 puntas, y estaba tejida con junco marino.»

Ya en las últimas meditaciones, persíguese el fin de alentar en

el pecho de los ejercitantes la confianza en María y alguno que

otro santo. Los ejemplos que el Padre Olano cita en su manuscrito

son muchos. Tomaremos uno de muestra:

«Bonfinius, en su _Historia de Hungría_, cuenta que tres años después

de la batalla de Nicópolis oíase una voz en la llanura pronunciando los

nombres de Jesús y María. Encontróse ser la cabeza de un cristiano,

muerto sin confesión, que honraba á la Virgen con particular devoción.

Esta habíale preservado de las penas del infierno, conservando con vida

su cabeza. Trajéronle un sacerdote, quien le confesó y dió de comulgar,

no muriendo hasta este punto.»

II

A.M.D.G. · 第 7 / 13 段