al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...
--Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance
es serio. La Compañía pierde.
--Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se
hacen?
--Si no es eso, Padre.
--¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á _La
Reconquista_?
--¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.
--¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te
parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es
que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua.
¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos
jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.
--¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el
sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.
--Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.
--¿Todos?
--Evidente.
--¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal
contados ya tenían una beata delante de las narices.
--¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está,
santín? Si paez que está gordo y arrecachao...
--¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y
no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?
--Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
--Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.
De que se apartaron de la beata, resolvieron encaminarse al muelle,
siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba conseguido; doña Ramona
sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y robustez de
Atienza.
Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más saliente, que en
Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el alto pretil
de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el vasto
y cantante mar.
--¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina? Allí podremos
tumbarnos sobre la hierba...
--Muy bien, Padre Atienza.
Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace de una parte el
puerto, y más hacia el mar un fuerte. Desde allí dominaban la villa;
la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre verde veronés
de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era como
rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado.
Más allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban;
al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el
serraniego, por encima. Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de
vuelta al seguro; humaredas tenues de invisibles buques; una gaviota,
cerniéndose.
El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y oró en silencio.
Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el joven
atrevióse á decir:
--Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis escrúpulos.
--Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi consejo, mas...--Su
voz era grave--. Volveremos rodeando, de manera que nos dé tiempo.
--Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces intento recogerme
dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo que fuí.
¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es
artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin
alma en donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si
yo hubiera sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle
todo el jugo y luego la empaparan en un líquido turbio. El jugo
es mi infancia, es mi pasado, era mi yo, como dicen los filósofos
de ahora, y todo lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el
noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las incertidumbres
que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de
aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es,
con qué crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que el
_distributario_ apagaba la luz, como es de rigor! Oía el runrún de
mis compañeros, y con el rumor mi brazo adquiría nuevos bríos. Al día
siguiente, en los recreos, escuchaba á otros novicios con gran asombro,
porque se jactaban de fingir los disciplinazos, que denominaban
_guitarreo_. Y éstos precisamente son los que suben y son considerados
y objeto de mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el latín,
el griego, retórica y humanidades, y más tarde las ciencias y la
filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino por
anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí
estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho,
me contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos,
éramos considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no
lo soy. No sé nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á
tientas, entre zozobras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de
ser así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de vivir en una
fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran su voz y todas las
almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí
que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con
todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es
que aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya
en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo
dan lustre á la Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la
persecución es algo visible, y propiamente no se puede asegurar que
se les persiga á usted y á Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está
aquí la niebla, la turbiedad, que es lo que me enajena. ¿Qué seres
ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan todo á su antojo? ¿Es la
voluntad de Dios?
--Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted. Nada mortal es
perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía. Sin embargo, por
las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las fundamentan,
de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección á
nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo
de pajas, sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados
se puede alcanzar un buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos
ellos traen en pos, entre noventa y nueve malas, una consecuencia
provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por naturaleza de tal
índole que contribuye como ningún otro á conservar y enaltecer en la
consideración ajena tanto á los individuos, como á las comunidades y á
los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo, y al
orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el
orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo
está repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así
los merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde
deducirá usted que para justificar el orgullo se requiere, lo primero,
dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún
prestigio, al Padre A., que es un gran filósofo; al Padre B., que es
un gran filólogo; al Padre C., que es un gran novelista; al Padre D.,
que es hijo de un duque con grandeza; pero, comprenderá usted que si
se mantuviese siempre ante el juicio público á estos cuatro ó cinco
privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos
y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces,
y á riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal
caso sería risible, pues tan breve número de eminencias no es para
gloriarse. Por el contrario, apenas se ha pasado la miel del arte,
de la ciencia, de la virtud ó del nacimiento por el paladar público,
sirviéndose de este ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le
retira al proviso de la circulación, de suerte que los de fuera no han
tenido respiro para detenerse á pensar que el virtuoso ó el sabio era
el padre Tal, sino un jesuíta, _in genere_. Añádase que si por azares
de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos de nosotros viven
obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte: «Cuando á ese
que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con desdén y
él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es
astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió
una novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á
Dickens; porque éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano
con la Santísima Trinidad; porque aquél surgió del vientre de una
marquesa, todos somos azules por la sangre, en el trato exquisitos y
dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando la mayor parte hayan
nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo tomamos en
serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué
terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son
así yo juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente.
Instinto, puro instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo
la mano de Dios en esto. ¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor
transparencia á Dios á través de los animalucos y en los elementos
naturales, es decir, en todo aquello que obra inconscientemente, que
en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y
efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando,
ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me
hablabas y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día
de mi tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de
la Compañía... ¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme.
Ahora, hablando de otra cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo
lo amo entrañablemente. Ten en cuenta que sumadas la viuda de Zancarro
con la Villabella, son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da
un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso parecido, echamos
mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta el orgullo;
entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo que
la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa
natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado
de los ministerios...
Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra, destacaba anguloso el
colegio.
--¿Nos habremos retrasado, Ocaña?
Y ya en el portal, por lo bajo:
--Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre Sequeros...!
Atravesaron el umbral santiguándose.
VI
_¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en idolatría...!_
Habiéndose separado el joven Ocaña del autorizado Atienza no se le
apagaba aquella frase en las mientes, como si continuase oyéndola.
De buena gana hubiera acudido á la celda del recluso voluntario en
demanda de una aclaración. Con toda prudencia contuvo de momento las
solicitaciones de la curiosidad.
Á la noche, en el refectorio, el Padre Superior definió su acostumbrado
gesto equívoco resolviéndolo en sonrisa de evidente complacencia
enderezada á Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero él
andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y loco presunto. Por
algo chiflado siempre lo había tenido; pero _idólatra_... Esto era
grave.
Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguísimo retórico,
vocalizando exageradamente de manera que sus oyentes pudieran coger
al punto consonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y otros
defectos de la prosa, porque frecuentando de continuo las obras
satíricas de Valbuena, había caído en la presunción de poseer mucha
agudeza crítica. El libro era _Varones ilustres de la Compañía de
Jesús_, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg. En los intersticios
alimenticios, de plato á plato, la atención crecía. Encomiaba
Nieremberg á un santísimo varón tan amante de la pobreza, que en los
muchos años que vivió en la Compañía no había gastado sino un sombrero.
Puntualizaba luego las otras virtudes del bendito Padre. «Era tan
recogido que nunca salió de casa.» Y aquí se levantó un bisbiseo de
risas, ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué candor el de Nieremberg!
--¿De qué se ríen?--preguntó por lo bajo Ocaña á su vecino.
--Calle, hermano; luego se lo diré.
En el recreo de la noche, paseando por el tránsito del piso principal,
todo se les volvía acosar á preguntas á Ocaña. Mur lo tomó aparte unos
segundos.
--Creo, Padre Ocaña, que no estaría de más repetir otro día la cosa.
Segunda salida de don Quijote. La de hoy ha tenido mucho éxito. El
Padre Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la cara.
Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con Atienza; pero, no
atreviéndose á tomar la iniciativa, dió gracias á Dios por venir los
acontecimientos tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el viernes y
el sábado impaciente. El domingo á la tarde, así que se alongaron un
trecho de la casa, Atienza propuso:
--¿Qué le parece ir hoy hacia la aldea?
--No se lo apruebo, Padre. Aunque la comparación parezca dura, yo
no soy más que el gitano, y usted el osezno con argolla en la nariz
que yo voy mostrando por las calles para que las gentes admiren su
domesticidad.
--¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las calles á divertir á la
gente. Pero te advierto que tengo pocas ganas de andar, así es que
volveremos pronto al cubil.
--Como usted resuelva. Y ahora voy á preguntarle algo que me importa.
Y le espetó lo de la idolatría.
--¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocurren... Idólatra y
fetichista, y todo lo que quieras, pero sin herejía, no vayas á
imaginar. No des nunca mucha importancia á las palabras gruesas que
yo diga. Me explicaré. Quería referirme á la devoción exagerada
y absorbente que Sequeros rinde y propaga al Corazón de Jesús, y
señaladamente al venerable Padre Crisóstomo Riscal. Sabes que en la
Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro y San Pablo, se manifiestan
dos porciones, como las valvas de una concha, una espiritualista y otra
materialista. Nuestra Sociedad, no la dudes, trajo nueva substancia
á la valva materialista. Atiende á los ejercicios de San Ignacio, á
la manera que tiene de hacer intervenir las potencias del alma en la
meditación; la composición de lugar, ó sea la materialización del
espíritu, es lo primero y es el todo, en rigor, porque de esta suerte,
en lugar de elevarnos de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á
las huecas y cristalinas regiones de lo inefable, permanecemos asidos
á lo sensible, á lo tangible y concreto. Y esto es de manera tal, que
trabajando el entendimiento sobre cosas casi palpables, en fuerza
de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad y se robustece y
determina el propósito. Con lo cual no parece sino que San Ignacio
se propuso dar un gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de
acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del grave peligro de
aletazos inútiles en la abstracción pura, en cuyo vientre vacío han
germinado la mayor parte de las herejías y sandeces sin número. Pero,
así como se incurre en anatema y error por aletazo de más del lado
del espíritu, no se yerra menos revolcándose en la parte material
y de cándido sensualismo. Esto es muy delicado. Si el hombre fuera
más perfecto y de más firme inteligencia, no dudo que la religión se
iría purificando de gran parte del rito y del culto, á lo menos en
aquello que no es sino incentivo de la contemplación y vestidura de
verdades que desnudas cegarían la flébil razón de las muchedumbres.
Dios habló en el Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al caletre
de quienes le habían de oir; las verdades fundamentales de la creación
y la historia milagrosa del pueblo elegido se guardan bajo la suave
sombra que, como si fuera tupida ramazón, tiende el estilo, pintoresco,
imaginativo, al gusto oriental, sembrado aquí y acullá de ocasionales
errores, á los cuales se han agarrado los sabios chirles con ridículo
regocijo. ¡Infelices! No comprenden que tenía que ser así... Por eso
conviene, más que conviene, es de razón y necesidad distribuir en toda
propaganda religiosa un atinado pasto de los sentidos, promoviendo
el culto á ciertos idolillos inocentes y adobando la ceremonia con
magnificencia, pompa y arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al ejemplo
bíblico antes citado, ha hecho derivar la adoración teológica de
la Trinidad, de suyo harto metafísica y á propósito para suscitar
telarañas bizantinas, hacia la de una trinidad más moderna y de fácil
comprensión, la de Jesús, María y José, matematizados, por decirlo así,
en la fórmula JMJ. ¿Quién sino nuestra Compañía ha logrado que los
Pontífices Pío IX y León XIII elevasen á San José al rango de patrono
de la Iglesia católica, por encima de San Pedro y San Pablo? Hay que
dar á Dios lo que es de Dios, y al vulgo lo que es del vulgo; pero,
aquí de la cautela, del tacto, de la serenidad para mantenerse siempre
fuera de esas nimiedades tristemente necesarias y exclusivamente
externas, de trámite como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se
ha hundido de hoz y coz en ellas. Con toda reserva voy á comunicarte
una cosa. No soy partidario del culto al Sagrado Corazón de Jesús,
con parecer ello una cosa tan característica de nuestra Sociedad para
ojos extraños, como el fajín que ceñimos. No me sorprende que Roma,
en un principio, se opusiera á este culto de _latría_. El trueque de
corazones entre la Alacoque y Jesucristo me parece una torpe y burda
superchería. Sin embargo, nuestro Padre La Colombière y sus cofradías
de _cordiocolismo_ se impusieron. Él sabría lo que se hacía. Pero ahora
ya no estamos en el siglo XVII. Este culto, puramente simbólico, del
amor divino, es de condición tan frágil, en su forma sensible, que las
gentes de poco seso al punto lo adulteran, convirtiéndolo en devoción
á una víscera, sagrada por haber pertenecido al cuerpo de nuestro
Salvador, pero no en mayor grado que otras vísceras de Cristo, porque
¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á creer, á estas alturas,
que, orgánicamente, el corazón es la residencia de los afectos?
Revestir un concepto de carne simbólica es empresa de mucho fuste,
como que no se requiere menos que abundar en genialidad poética; y
en nuestra Sociedad, en donde relumbran varones conspicuos en muchos
órdenes, no ha habido ningún poeta, ni malo ni bueno, porque supongo
que no los reputarás por tales á nuestro amado, pero grotesco, Padre
Alarcón, y mucho menos á Estich. ¿Eh?
--¡Qué cosas tiene! Siga, siga, aun cuando me sature de confusión; es
como si al hambriento le embutiesen manjares recios y amostazados con
toda violencia. Pero, siga, siga...
Atienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á cuadros, exoneró con
estrépito la nariz, carraspeó y se dispuso á continuar su disquisición.
--Te hablo desordenadamente, sin método, y de aquí nace quizá tu
confusión. Pero esta confusión es aparente; á medida que tu espíritu
trabaje en reposo (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás cómo
cada idea tiende á su justo plano y se superponen adecuadamente
formando el pequeño universo de un sistema. Creo que por hoy tenemos
bastante...
--No, no. ¿Y Sequeros?
--¡Recuerno! Te he dicho todo lo que tenía que decirte. Sequeros es un
alma de cántaro: bueno, bueno, bueno, mejor no puede ser; pero cargado
de flato y de visiones á tanta presión, que el peor día estalla. Sí,
hijo mío. Ya sabes que en las constituciones de San Ignacio se prohibe
que sean admitidos en la Compañía aquellos individuos que propenden
al ensueño. ¿Conoces á nadie que propenda más determinadamente que
Sequeros? ¿Cuál es la teogonía y teología de Sequeros? ¿De qué manera
concibe la región de los bienaventurados? Helo aquí: un puchero rojo,
ceñido de una guirnalda de juncos y espinas, coronado por una llama que
surge de su seno, del propio modo que de una tortilla al ron...
--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...
--¡Voto al chápiro! Que no hay de qué horrorizarse... No es culpa mía,
sino de los malos artistas, como el Hermano Ortega, como el Padre
Quevedo, que con sus pecadoras manos han traído á tan baja condición
una cosa tan alta. Examina, examina atentamente las imágenes y lienzos
devotos que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira Sequeros.
Bien. Esta cosa que te he dicho, en el centro y sitio más eminente del
cielo. Al lado, su administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal,
con la imagen de la cosa en cuestión, grabada en el pecho, sobre la
sotana, y del cacharro sale una voz que dice: «Reinaré en España y
con más veneración que en otras partes». Luego ya, todo lo que hay en
el empíreo, es secundario para Sequeros. Ahora, serénate y atiende.
Como Sequeros tiene vehemencia, sinceridad, efusión, y es honesto
y buen mozo, comienza á hacer sus propagandas de _cordiocolismo_
y _riscalismo_, y todas las _madreselvas_ se vuelven locas. Es
natural. Pero, una vez que ha traído á casa todo lo que tenía que
traer, ¿conviene que su fuego apostólico siga propagándose á otras
esferas de la sociedad con aquella puerilidad inconsistente que es
su característica? ¡Líbrenos Dios! Hasta ahora se nos ha escarnecido,
injuriado, perseguido; nunca se ha intentado ponernos en ridículo. Y
¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso Sequeros está que ni pintado
para los chicos: en casita, sí, en casita...
Aquel día no se dijeron más cosas que importen.
VII
EL PROFETA