Todos los alumnos creían en la santidad de Sequeros; le consideraban

adornado con ese don especialísimo que Dios otorga raras veces: la

previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los hechos

lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones

íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos

cabales que su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos

que le habían durado; había visto con los ojos del alma, pero tan

claramente como con los de la carne, el sitio que le estaba asignado

en el cielo, á corta distancia del amadísimo Padre Riscal y de la

favorecida Alacoque; había retumbado en sus oídos mortales la voz

áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con el signo de la

cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los alumnos

de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte

les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo maravilloso, les

aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del

amor. Pero, desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las

malas compañías, disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta

diligencia alimentaba en las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del

diablo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón empedernido. Y

aquel año más que nunca. Sequeros se mostraba atribuladísimo, extremaba

sus narraciones milagrosas, quedábase algunos momentos como en arrobo,

llevaba la mano al pecho y compungía el rostro, dando á entender

horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente cuando menos se

pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no pasase

inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los

deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas

devotas parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El

primer sábado, á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo

tribunal cuatro alumnos: Abelardo Macías, aquel muchachete anémico,

acosado de alucinaciones y con pretensiones de santidad; Manolito

Trinidad, el lánguido hipócrita, desconfianza perdurable de sus

camaradas; Casiano López, _bodoque_ de remoquete, candoroso mancebo

y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de haber rotulado el

engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de calzado, muy

boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de lúbricos

labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el

estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre

Sequeros. Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur,

se encaminaron á la celda del confesor elegido. Dijérase que fué una

cuchillada que le asestasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de

lívido, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos

niños se sintieron pesarosos y á punto de querer confesarse; pero pudo

más en ellos la timidez de evacuar en el seno de un confesor leves

torpezas de los amables meses libres.

Las oraciones, al comienzo y final de los estudios, las rezaban

contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz endeble.

Un día, el Padre Sequeros comenzó como de costumbre:

--En el nombre del Padre, del Hijo, del...

Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre los bancos,

permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de brazos, los

más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la

fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:

--En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...

Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran amplitud al movimiento

del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez. Hubo un silencio

enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz entrecortada:

--En el nombre del Padre...

Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en sollozos, los cuales, á

causa del acento fuertemente masculino, eran conmovedores. Abrió los

brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y congestionada. Los

niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á llorar. Bertuco

pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste

susurró á Bárcenas:

--¡Está chiflado!

Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo que dejó sin sentido

al pobre gallego. Y, al fin, espontáneamente, la división entera,

aullando con frenética devoción y arrepentimiento, se santiguó.

--¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén!

Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propósito de enmendarse. Sin

embargo, á los dos ó tres días el entusiasmo se congeló por entero.

En los paseos, cuando después de romper filas vagaban los niños por

algún pradezuelo ó bosque aldeano, el Padre Sequeros solía ensayarles

en himnos corales; el de San Ignacio, el del Padre Riscal, que él mismo

había compuesto:

¿Quién dió á la España la nueva alegre

de los amores del Salvador?

Riscal ha sido, que en San Ambrosio

del mismo Cristo la recibió.

Este año ¡ay! los cantos eran inútiles; ningún alumno estaba para

músicas celestiales. Otro paso de tortura para Sequeros.

El segundo sábado, el número de confesandos subió á seis; número

misérrimo.

* * * * *

Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é ingrato. Llovía

acerbamente. La noche salió de su escondrijo antes que de costumbre.

Los recreos hubieron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el estudio

de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya todo. Los alumnos

se hallaban con desgana para el estudio, díscolos é inquietos como

nunca, especialmente Ricardín Campomanes, á quien el Padre Sequeros

amaba señaladamente, á causa de su inocente condición: era un azogue.

Le reprendió varias veces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda

la división. La voz se le fué calentando y haciendo conminatoria. Los

ojos le despedían flechas de luz; la sangre huyó de sus labios.

--¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo y amorosísimo

Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo apuñaláis con saña, con frenesí,

cobardemente...! Habéis cerrado los oídos á sus mansos requerimientos.

Le tenéis á vuestro lado y no le queréis ver. Os quiere envolver

en misericordia y le rechazáis... Pues bien; ha llegado la hora de

la justicia. ¿Os reisteis? Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora

imploraréis. ¿Fuisteis duros? Ahora os ablandaréis, mal que os pese. La

mano de Dios está sobre vuestras cabezas. ¡Ay de vosotros si descarga

su justo enojo!

¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las beatas viejas, pero

no para aquel vivero de mocetes que se creían ya hombres, de la

cabeza á los pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestábanse

consternadísimos. Bertuco estaba serio, reconcentrado. El resto,

atendía á la lluvia tanto como al machaqueo terrorífico del inspector.

Ricardín andaba atareadísimo en cazar moscas. Había hecho una plaza

de toros de papel, con sus toriles, en donde aprisionaba las moscas,

habiéndoles mutilado las alas, y luego las sometía á torturas

inenarrables, rematándolas á descabello con una pluma de corona.

Escuchó vagamente las amenazas del Padre Sequeros, más por frivolidad

que por despego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á pararse

sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que es bueno! El niño adelanta

la mano, con toda precaución, doblando los dedos en forma de cáscara

marina, hasta ponerla próxima al aterido animalucho; la imprimió rápido

movimiento transversal, en sentido del moscardón, rasando el pupitre,

y ¡oh triunfo! lo aprisionó. Pero ¿en dónde lo guardaba? Se acordó de

un alfiletero para barras de lápiz automático que estaba dentro del

pupitre. Disimuladamente, con infinitas combinaciones y una mano sola,

que la otra guardaba la presa, logró apoderarse del alfiletero sin que

el inspector parase en él la atención. El bicho, con el calor de la

mano, revivía y se agitaba desesperado; pasó á su nuevo alojamiento

sin peripecia digna de mención. Y ya en este punto, Ricardín se aplicó

á componer un dístico jocoso, que había de colocar á manera de rabo

y banderín en la trasera del moscardón. Cortó una tira de papel y

escribió esta singular y enigmática aleluya:

Al fuelle Trinidad le da el azteca

un buen pitón de lavativa seca.

Arrolló la tira de papel, aguzándola en un extremo, que hundió en el

vientre del bichejo, y lo echó á volar, lleno de orgullo por la hazaña.

Siendo el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con toda su fuerza,

de manera que movía un gran zumbido, el cual hubo de poner alerta al

estudio y dar ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por el

aire la bandera de papel, de insólitas dimensiones. Las traicioneras

miradas denunciadoras indicaron en seguida al inspector quién fuese el

culpable. Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como le había salido...!

¡Malditos fuelles!

--Veo que no tienes enmienda, Ricardín. Ponte de rodillas en el centro

del estudio.

El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compungido. Á los dos minutos

ya estaba en cuclillas, revolcándose por el suelo, gateando bajo las

mesas, pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que por su mala

fortuna llegó á la femenina pantorrilla de Manolo Trinidad, á quien

pellizcó de la propia suerte que á los otros; pero fuera por la más

aguda sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo propósito

de poner en evidencia al enredador, ello es que Trinidad lanzó un

alarido de parturienta, adredemente prolongado durante medio minuto; y

justo es decir que la segunda parte del lamento tuvo causa bastante,

porque Coste, que había sufrido heroicamente varios pellizcos con

retorcimiento por no comprometer á su compañero, viendo que el dulce

Trinidad se dolía tan de pronto y con escándalo, no pudo reprimirse,

y le aplicó tal pisotón, que á poco le quiebra los huesos de un pie,

convirtiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le dijo colérico:

--¡Calla, marica!

El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de oraciones en oyendo

el alarido. Ricardín salía de debajo de las mesas, corriendo á todo

correr, en cuatro patas.

--Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio, señor Campomanes.

--¡Si no fué él! ¡Si no fué él!--suspiraba Manolo Trinidad.

Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes hipócritas y rastreras de

Trinidad, le hizo callar sin más averiguaciones. Coste respiró, y en

la primera coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el libro, de modo

que aparentaba estar absorto en el estudio, envió á Trinidad estas

palabras, lentas y cortantes:

--¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco, fuelle!--Y le

lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar de tañer el invisible cornetín.

El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía la lluvia, emperezada

y rumorosa. Bertuco pensaba en su émulo poético, Ricardín, que en aquel

momento estaba á la intemperie, en el patio central del colegio, al

cual dan los estudios.

Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor, no sabía qué hacerse.

Ahora se acurrucaba contra el quicio de la puerta, como oveja rezagada

que, fuera de la majada, busca el calor del hato; luego corría

tiritando, la mano sobre los ojos, por guardarse del flechazo de los

relámpagos.

La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga desazón invadía el pecho

de los niños. La luz de los velones parecía amortiguarse, asustada.

Por los resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez en vez,

la fosforescencia de las exhalaciones, trayendo á la zaga formidables

estampidos.

Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó de rodillas sobre los

bancos; los otros cuatro en el asiento, para volver á arrodillarse en

la letanía. Abelardo era el guía; respondían todos fervorosamente.

--Vas spirituale.

--Ora pro nobis.

--Vas honorabile.

--Ora pro nobis.

--Vas insigne devotionis.

--Ora pro nobis.

El recinto se inflama con una cegadora luz azulina. Horrísono tableteo

de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta violentamente é

irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos abiertos,

demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles, híspido

el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los

niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando

que es el fin del mundo, el desatarse de la cólera divina, según había

predicho Sequeros, imploran angustiadamente:

--¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!

El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, inacabables, en espera de

la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y escombros el universo.

Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago braman cada vez más

lejos.

Los niños van recobrándose lentamente; se miran unos á otros con

extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse en el

acto. El Padre Sequeros les disuade.

--El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide esta lección.

Pero los niños tienen memoria de pájaros. Á los dos días, si

se acordaban del medroso paso, era para avergonzarse de tanta

pusilanimidad. Le echaban la culpa á Campomanes por haberlos

sobresaltado con su aparición súbita y la caída, que lo tomaron por

muerto. Y Ricardín contestaba:

--Sí, sí; quisiera yo haberos visto afuera.

CONSEJO DE PASTORES

(Celda del Padre Rector. Una pieza cuadrangular, de muros blancos,

mates. La puerta que la da acceso desde el tránsito, muy cerca de una

esquina. De cabecera al muro de la puerta, la camarilla, cerrada por

tabiques cuya altura promedia la de la estancia, y de manera que mata

otra esquina y hace un pasillo pequeño y obscuro, en cuyo fondo está

la dicha puerta. Una cortina oblitera la entrada de la camarilla. Una

mesa; un sillón de enea; un crucifijo en la pared, sobre el sillón; un

reclinatorio; un comodín con algunos libros, al pie del ventanal. Todas

las celdas son iguales; pero la del Rector caracterízase por cierta

desnudez hosca, hermética, que corresponde justamente con el carácter

del Padre Arostegui.)

INTERLOCUTORES

PADRE RECTOR.

PADRE PREFECTO de disciplina.

PADRE SEQUEROS.

PADRE MUR.

AROSTEGUI

(_Sentado. Los otros tres en pie, frente á él._) Según eso, Padre

Sequeros, la disciplina de la primera división... Yo no digo nada.

SEQUEROS

Deja bastante que desear, reverendo Padre.

AROSTEGUI

¿Explicaciones?

SEQUEROS

Las conocidas. Los primeros pasos son los más difíciles de dar. Añádase

que, siendo los alumnos todos mayorcitos, la obra destructora de estos

meses disipados de vacaciones llega muy hondo.

AROSTEGUI

¿Qué dice usted, Padre Prefecto?

CONEJO

(_Dando saltitos._) Me parece muy cuerda la observación del Padre

Sequeros.

AROSTEGUI

¿Y tú, Mur?

MUR

¿Yo qué voy á decir, reverendo Padre...?

AROSTEGUI

Lo que pienses.

MUR

Estoy poco tiempo con los alumnos: una hora en los estudios y el

tiempo de las recreaciones. No sé si atreverme... Desde luego, en

principio, lo que dice el Padre Sequeros es acertado; pero eso es

precisamente lo que hay que corregir, y sin blandear, inexorablemente.

Mi insignificante opinión es que hay tolerancias funestas. ¿Merece

tolerancia el error ó la rebeldía?

(_Conejo, algo nerviosillo, interviene._)

CONEJO

Claro que no; pero no se trata de eso.

AROSTEGUI

Déjesele hablar.

MUR

No tengo otra cosa que decir, y, por lo que veo, no he acertado.

AROSTEGUI

Padre Sequeros, ¿qué remedio ó medicina...?

SEQUEROS

Adelantar los ejercicios de San Ignacio este curso. (_Eleva los ojos

al cielo._) ¡Oh, santos y divinos ejercicios hechos de luz especial de

Dios! ¡El maná guardáis, la médula del Líbano y el granito de mostaza

del evangelio!

(_Conejo le mira sorprendido; Mur, con aspereza y despego._)

AROSTEGUI

Bueno, bueno; todo eso ya lo hemos oído muchas veces. (_Sequeros

se encoge de pronto, como caracol al cual trincan un cuerno;

indudablemente ha pisado en falso al sacar su alma al sol del

entusiasmo._) Habíamos dicho que adelantar los ejercicios este curso;

bien. Los adelantaremos. Y hasta entonces, ¿qué remedio ó medicina...?

SEQUEROS

(_Con timidez._) Aumentar la dosis del único que está en mi mano, el

que hasta ahora vengo administrando: el amor. Decir tratamiento de

amor, es decir tratamiento de indulgencia. Nuestro Padre San Ignacio,

en sus _Constituciones_...

AROSTEGUI

(_Frío._) Sí, sí; recomienda la indulgencia; pero es en teología moral,

en los ministerios, que en el magisterio y disciplina fué siempre

inflexible. ¿Y usted, Padre Prefecto?

CONEJO

Sí, sí, la disciplina; una disciplina militar, ¿qué duda tiene? Pero

con su cuenta y razón. Lo primero, probar á la división, baquetearla,

apretarla las clavijas, de modo que se atemorice y considere lo que

se le puede echar encima. Luego, llegada la hora de la sanción...

hablo tal como pienso, me inclino al Padre Sequeros, esto es, á la

indulgencia. Desde hoy en adelante, y le ruego al Padre Inspector no

crea que con esto pretendo desacreditar su conducta, pienso tomar una

acción más inmediata sobre la división.

AROSTEGUI

¡Bien, bien! Tú, Mur, ¿qué dices?

MUR

¿Quién soy yo, reverendo Padre?

AROSTEGUI

Pues que te pregunto, señal de que me importa tu opinión y la juzgo de

peso.

MUR

Aun cuando mi experiencia es corta, me basta para saber que el hombre

es naturalmente malo. Pero ¡qué la experiencia propia! ¿No nos lo dice

la sabiduría eterna? El corazón humano es seco, pedregoso, y no lo

ablanda si no es el temor de las penas venideras ó el recuerdo de las

pasadas, y muchas veces, ni aun eso. Amor... Sí, amor á todo y á todos;

es cosa debida. Amor, señaladamente á nuestros santos fines, de los

cuales son medios de mucho fuste estas criaturas que se nos encomiendan

y en las cuales apuntan ya todos los malos instintos: la sensualidad,

el orgullo, la rebeldía; _la rebeldía_. Amor... No en balde la ciencia,

que la tradición elabora, afirma: Quien bien te quiere, te hará llorar.

(_Una pausa._)

AROSTEGUI

Procuren la enmienda de la división. (_Salen Sequeros, Eraña y Mur.

Conejo piensa_): «Este viborezno no escatima su ponzoña».

PEDAGOGÍA LAXA

RARA AVIS

El estudio de la tarde era el más pesado; dos horas y media de

inacción y recogimiento, desde las cinco y media hasta las ocho, sin

otro respiro que la media hora de rosario y lectura espiritual, los

cuales solían comenzar á las siete. Terminada la lectura, entraba el

Padre Mur á sustituir al Padre Sequeros, promoviendo entre los alumnos

cierto malestar medroso. Tras de la aridez del largo día y monótonas

faenas de clases y estudios, aquellas dos horas pesaban con abrumadora

gravedad. Algunos se dormían sobre los libros, pachorrudamente,

contando con que el Padre Sequeros no les había de traer á la vida

consciente. Les consentía dormir, que es una manera de guardar

compostura, siempre que no roncasen. El pobre Coste estaba incapacitado

para este dulce y acomodaticio reparo del tedio, porque, debido á la

curiosa configuración de sus carrillos, lo mismo era caer en blando

sopor que convertirse en un instrumento que exhalase los sonidos más

descompuestos y risibles. Un día ensayó á obturarse la boca con el

pañuelo; el remedio le fué fatal, porque si ya en estado de vigilia la

exuberancia gaseosa de los intestinos le ponía en feroces aprietos, así

que se zambulló en las linfas del sueño, teniendo cegado el desahogo

de la boca, las flatulencias de que adolecía se acumularon, buscando

otro escape por donde insinuarse libremente, lo cual hicieron con

magníficas explosiones. El escándalo fué mayúsculo. Coste despertó,

rojo hasta el blanco de los ojos, bien á causa de la vergüenza en que

su flaco le puso, bien porque anduviese á punto de ahogarse, faltándole

la respiración. Las manifestaciones de sonoridad que caracterizaban á

Coste eran de ordinario bastante inoportunas. Por ejemplo, rezábase un

día el rosario. Iba conduciéndolo Trinidad, con su voz de contrahecha

devoción. Terminada la letanía se llegó á las oraciones finales, que se

rezan en silencio.

--Un Credo al sacratísimo Corazón de Jesús.

Y todos oraban en voz baja.

--Una Salve al sacratísimo Corazón de María.

Reanudóse el silencio, y cuando más grave y profundo era, retumba un

bárbaro estampido que se alonga un trecho, cantante y juguetón. Las

válvulas de Coste se habían relajado bajo la presión desesperada de

una espantosa procela visceral. Todos rompieron á reir, inhábiles para

mantenerse en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró entristecido

por el desacato, pero no amonestó á Coste, ni le impuso pena ninguna.

Era su procedimiento. Decía á los alumnos: «Cada falta que cometéis

es una puñalada que me dais. Compadeceos de mí». Y como en su rostro

transparecía paladinamente el dolor, los niños le conmiseraban é iban

absteniéndose poco á poco de pecar.

El disparo de Coste se propagó en ecos numerosos, algunos de los

cuales fueron á repercutir en el oído de Conejo y también de Mur:

ecos físicos, no, ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de

Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos supletorios de los

_fuelles_. (Llámase _fuelle_, en la vida de colegio, á los chismosos,

acusones, correveidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer término,

de Trinidad, que era el _fuelle_ más acreditado en la ínsula.

--¡Vaya, hom, vaya!--le rugió, torvamente--. No es mal oficio el tuyo:

llevar en la boca las ventosidades que yo suelto. ¿Qué tal sabía?

He de pagarte el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien--.

Los carrillos, con la cólera acumulada, se le expandían, amenazando

desgarrarse.

Ricardín Campomanes, que andaba por los alrededores del frenético

gallego, se le acercó.

--Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á ahogarlos?

--¡Ay, no, no!--suspiró Manolo Trinidad, dengueando de tal manera, que

no daba paz al trasero--. ¿Quieres que nos mate por asfixia?

--¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tragado, porque todos los

días ahogo más de dos docenas.

--De todas suertes, el otro día no has sido oportuno.

--Otro día lo seré más, Campomanes.

Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronunciaba Conejo su

acostumbrada plática hebdomadaria en el estudio de la primera división.

Era un comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil es que pase

un camello por el ojo de una aguja, que no un rico por las puertas del

Cielo.» Conejo, esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba

las comparaciones pintorescas y hasta cómicas. Los niños le seguían

atentamente.

--Porque ¿me queréis decir--gritaba--de qué le sirve al rico su riqueza

cuando le llegue la hora de su último juicio? Le servirá para ir al

infierno en coche, ó si queréis en tren especial, ó si queréis en una

bala de cañón.

¡POM! Coste había sido el artillero. La propiedad onomatopéyica del

estallido fué tan acendrada, que á todos dejó maravillados y suspensos

durante un minuto, después del cual se siguió un desenfreno de

risotadas, justa ovación á la maestría de Coste. El mismo Conejo anduvo

á pique de soltar el trapo. Por el momento no dijo nada, guardándolo

para mejor coyuntura; más que otra cosa experimentaba cierta envidia,

como de todos aquellos que movían la risa ajena con simplicidad de

medios. ¡Lástima que la austeridad de la sotana no le consintiese las

mismas expansiones!

* * * * *

El Padre Sequeros contaba para sus fines con la tierna coacción que

la Naturaleza ejerce sobre las almas, constriñéndolas, por decirlo

así, á meditativa seriedad y grave melancolía. Conociendo los parajes

más apacibles, insinuantes y hermosos de las aldeas circunvecinas,

los elegía para los paseos de la división, jueves y domingos, y según

la sazón del tiempo y circunstancias del sitio, narraba historias de

piedad, edificantes ejemplos que ajustasen en el fondo, en el ambiente.

--¿Veis ese puente? Es un puente romano.

--Parece un dromedario con gualdrapas de seda verde--habló Bertuco.

--Ya salió éste con sus metáforas--interpuso Campomanes, avinagrado--.

Deja que cuente el Padre Sequeros.

Estaban en una pradera, al margen de un remanso y no lejos de un puente

en ruinas, de giboso lomo, vestido de hiedra.

--Sentémonos--. El jesuíta se acomodó al pie de un roble, y en tanto

algunos niños retozaban, otros se asentaban á la redonda del inspector,

apelmazándose por mejor oirle.--Pues hay un puente en Francia, entre

otros muchos puentes, no vayáis á creer. Pero este puente, que se llama

el de Saint-Cloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis quién lo

hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto que el maestro de obras

se veía negro para concluirlo, porque, según parece, sus planos no

estaban bien y no había forma de darle remate. Se hundió varias veces

y hubo que comenzarlo de nuevo. En esto que se le aparece un personaje

embozado al maestro de obras. Comenzaba la noche. «Señor Dubois--porque

se llamaba así el maestro--, yo soy Satanás.» «Muy señor mío.» «Yo te

hago el puente.» «No caerá esa breva.» «Te lo hago; pero...» «Sepamos

el pero.» «Con una condición, y es que lo primero que pase, persona

ó cosa, sea para mí. Tú has de apoderarte de ello y hacerme entrega.

¿Hace?» «Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca, tiqui, taca, el

puente crecía asombrosamente por arte de Satanás. El maestro, que era

un galopín, pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla al oído á

su mujer. Cuando amanecía, el puente estaba ya concluído. «Ya sabes: lo

prometido es deuda.» «Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un momento,

dice el maestro: «Por allí me parece que viene algo.» ¿Y sabéis lo que

era? El gato del maestro. Este lo cogió por el rabo y se lo dió al

demonio, el cual huyó avergonzado y confuso.

--¡Bah!--advirtió Bertuco--. Ese es un cuento de niños.

Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre Sequeros proseguía:

--¡De niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventura? ¿No os hablo á todas

horas de cosas serias, de asuntos que interesan á la salvación de

vuestra alma? ¿Qué hacéis, entonces? También suponéis que son cosas de

niños. Pues bueno; yo os cuento cosas de niños por ver si lo tomáis en

serio.

Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna esquila trémula, voces

campesinas; veíase el remanso sorbiendo en su dormida transparencia

toda la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la frente; la

magistral circunspección del campo cohibía la frivolidad de aquellos

espíritus en flor. Sequeros sabía colegir muy bien de la hondura de

la mirada cuándo las almitas se agrietaban en surcos, anhelando la

semilla. Y en aquel punto comenzaba á caer de sus labios la mansedumbre

del milagro y la luz de la leyenda.

Ante la tersura diamantina del remanso, evocábase el prodigio de San

Blas, San Jacinto y San Francisco de Asís, caminando con paso leve y

pie enjuto sobre las aguas.

Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase bajo la ramazón de los

poblados robles y aprendía cómo un águila, abiertas las alas luengas,

cobijaba contra el azote de la lluvia á San Medardo.

Presumíase en el horizonte una tormenta; y era la historia de San

Sátiro, hermano de San Ambrosio, que en lo más recio de un naufragio

átase la hostia consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar y

logra salvarse. O de San Maló, que celebra su misa sobre el lomo de una

ballena que tomó por isla.

Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y es el peregrino milagro

de San Antonio de Padua, el cual, por convencer á un incrédulo,

presenta la hostia á un mulo; húndese el animal de rodillas y baja la

cabeza en señal de adoración.

A.M.D.G. · 第 5 / 13 段