--No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me viene--exclama el Superior,

dilatoriamente, enarcando los ojos.

Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana: «¡Á que nos quedamos

hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio afianzándose en

las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al café en

Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo

que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta

atención. El infeliz y deforme jesuíta pone en libertad un sollozo. Al

llegar aquí, Olano se planta de por medio.

--Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El café tiene la virtud,

virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo toma lo

mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no

incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos

de esta grata mixtura--. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que

cruza á corta distancia:--¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo!

¡Me ha salido perfecto!

Á lo cual replica el navarro, garbosamente:

--Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no han llegado

noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero sin

su inspiración.

--Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para herir.

--No seas mameluco, Olano, que nadie trata de herirte.

El Padre Arostegui corta la disputa.

--No haya discordias entre hermanos por tan liviano empeño como es el

café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!

Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo Zabalrazcoa y el fámulo

Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con tazas de café.

--¡Ah, ah! Había conspiración...--dice el Rector, como si le tomara de

sorpresa.

Esto ocurría un día sí y otro no.

Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El valetudinario

Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar. Atienza

insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia

característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer

agua de fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y

la conversación corre más animada que antes. Atienza expone ante sus

amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de

una tristeza disimulada.

--¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho? ¡Aprovéchate!

Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser que

quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en

Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de

Valladolid, explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con

esto se ahorra rezos, y cuando quiera salir no está comprometido.

--¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!--Al responder, el joven Padre

Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que Mur

los puede oir. Atienza se encoge de hombros.

Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara bajita con el

Superior.

--¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado bueno y demasiado

franco. No quieren entenderle--susurra Ocaña.

--Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al Superior. ¿Á mí

qué se me da?

Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el derrotero de

su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando,

acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el

Padre Superior le aguardaba.

--¿Á mí?--preguntó con las cejas arrugadas, estupefacto--. Vamos á ver

qué tripa se le ha roto.

El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa. Atienza llegó á

los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos, contemplando

amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los

nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: _Adelante_.

Atienza penetró, llanamente. Sus ojos tenían un resplandor

interrogante. El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa.

Atienza permaneció en pie, al otro lado, frente á él.

--Le extrañará que le haya llamado á estas horas.

Atienza asintió con la cabeza.

--En realidad de verdad, no tengo queja de usted en materia grave...

--Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que me conduzco lo

mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia, sino por

ignorancia. Dígame para qué me llama.

--Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al ingresar en la

Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello que

fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros,

indica el germen de un mal que debemos extirpar en seguida.

Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de palabras--se

decía--¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz alta

y serena:

--Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por excelencia. Pero yo

quisiera saber para qué me llama.

--¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué acusarse?

--De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que, como no soy un

prodigio, como lo fué San Roque, que ya en mantillas era devoto y no

había quien le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no soy

un prodigio, claro está que tendré muchas cosas de qué acusarme en

penitencia, ante Dios. ¿Y quién tira la primera piedra?

--¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de mal gusto y hasta

crueldad á un hermano que es la timidez y la inocencia misma? ¿Y le

parece bien pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata de

hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada que merezca su aprobación ó

su respeto dentro de la Compañía, é ir derramando desprecios en torno

suyo? Que es usted muy sabio... Peor para usted si lo acompaña de

diabólico orgullo. No está mal la ciencia humana, pero siempre arropada

en humildad.

Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que derrama el vaso,

la paja precisa que quiebra el espinazo del camello, abrumado bajo la

carga. Recogió su energía y con aquella llaneza bondadosa que era su

cualidad preponderante, contestó al Padre Arostegui:

--Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no desprecio á mis hermanos,

que los amo muy de veras, y por eso no puedo llevar con bien ciertas

cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me las dicen? Usted

mismo las califica: _cuchufletas_. No es herir, no enojar, sino

reprender levemente bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos,

los castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces. Luego, lo del

orgullo... ¡Anda, morena!

--¿Qué es eso de anda, morena?--El Superior dió un puñetazo en la mesa

y se puso en pie--. Y además, ¿qué autoridad tiene para reprender?

Atienza se puso pálido.

--¿Me consiente retirarme, Padre Superior?

--Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto se terminó, se

terminó, se terminó. ¿Estamos?

Al día siguiente el Padre Atienza escribió una carta al Provincial,

poniendo de claro su propósito de salir de la Compañía.

El negocio era difícil. El Padre Atienza era conocido por sus obras de

ciencia en todo el mundo; estaba emparentado con personas nobilísimas y

había cebado los tesoros de la Compañía con un peculio de quinientas

mil pesetas. ¿Cómo apechugar con el escándalo? Fueron y vinieron

cartas. Atienza se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era jesuíta

por vocación; pero declaraba al propio tiempo que le era imposible

convivir con la mayor parte de sus compañeros. «Permaneceré--escribía

al Padre Provincial--en la Compañía, y aun en este colegio, si usted

lo juzga necesario, para evitar tantos males de que me habla y que yo

alcanzo cumplidamente; pero, ¡por Dios Santo, Padre mío!, déjeseme

solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin mezclarme con nadie, á

no ser que yo lo juzgue oportuno.» Suplicaba, luego estaba entregado.

Concediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que allí era menos

peligroso. Intentaron rebajarlo haciéndole profesor de «Psicología,

Lógica y Ética». ¡Ligera y secundaria labor de _maestrillo_ impuesta á

una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva con alegría y buen

humor.

--Me parece que lo haré con más provecho que el pobre Padre Numarte,

ese paquidermo filosófico--exclamó.

Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía; en él daba la clase,

y desde él oía, de tarde en tarde, ecos remotos de un vals de Strauss.

* * * * *

Á raíz de confinarse el Padre Atienza en su rincón, ningún jesuíta

pensaba que el arrechucho durase largo tiempo. Conocían lo expansivo

de su carácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va á hacer á

solas--preguntaban--, sin blanco cerca á donde enderezar las saetas

de su malignidad burlona? Contados eran los que se aventuraban á

visitarle, por no atraerse la ojeriza del Superior. Pero los días

pasaban, y el turbulento navarro no salía de la covacha como no fuera

para ir á la biblioteca, de donde volvía cargado de volúmenes.

Encerrado en su celda, rey de sus acciones, se encontraba á las mil

maravillas y extraía de la caduca amarillez de los libros viejos un

goce inenarrable y tranquilo.

Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran más, de Psicología,

Lógica y Ética, subían á su celda á recibir sus enseñanzas, las

cuales de ordinario no eran materia relacionada con la asignatura,

sino porción de cosas varias y amenas á propósito para robustecer

el temperamento antes que para apesadumbrar la inteligencia con

noticias inútiles. Se conversaba no pocas veces, en tono familiar,

de los asuntos interiores del colegio; se hacían comentarios á las

noticias que desde fuera llegaban; se reía y se decían chancetas, y, en

resolución, para los niños eran unas horas de cordialidad y saludable

frescura. Adoraban al maestro.

Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin la enojosa presencia del

desenvuelto Atienza. Aun cuando no se ignorase que la reclusión era

voluntaria, considerábase como un triunfo del Superior y prueba patente

de la habilidad política de Arostegui, porque ésta no es otra cosa

que maña y astucia con que se coloca á los demás en ocasión de hacer

de grado lo que uno desea que se haga. Claro está que el que más y el

que menos, mirando para su fuero interno, se veía como sujeto posible

de esa misma habilidad política y por lo tanto juguete de una fuerza

muda que nunca daba el rostro claramente, y de aquí la punta de odio,

casi siempre vago é inconsciente, que unos jesuítas, los nacidos para

ser mandados, sentían contra otros, aquellos que, sin proferir la voz

de mando, mandaban de hecho, moviendo sin plan conocido y arcanamente

las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al cabo de este

odio latente; pero se le daba un ardite. Como Calígula, él también lo

reputaba por señal cierta de su soberanía; ódienme en tanto me teman,

_oderint dum metuant_. Aquel temor, arraigado y permanente, porque lo

infundía el misterio, era la fuerza de cohesión de la comunidad, y

merced á su eficacia Arostegui mantenía organizadas sus huestes con

suma disciplina.

Se ha dicho de la Compañía de Jesús _épée dont la poignée est à Rome et

la pointe partout_; por lo que se refiere á aquellos parajes en donde

radica el Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse de la influencia

jesuítica que era una espada cuyo puño estaba en la diestra del Padre

Arostegui, y su punta donde menos se pensase.

El Padre Arostegui había diferenciado netamente las funciones de cada

uno de los confesores y predicadores, de manera que la dirección

espiritual de los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta

incumbencia de la Compañía. Olano corría con las señoras, en general,

y con los capellanes de monjas. El Padre Cleto Cueto cultivaba á

los políticos de la derecha y, poco á poco, había logrado hacer

hijas de confesión á la mayoría de las mujeres de los políticos de

las izquierdas, á las cuales tenía muy bien adoctrinadas en punto

á la conducta doméstica. También era cargo suyo asistir con alguna

frecuencia al Seminario Conciliar de la diócesis, á fin de dar pláticas

y visitar asiduamente al señor Obispo, de suerte que no se les fuera

de la mano. Era el único Padre que leía periódicos liberales. Á su

modo, estaba al tanto de la situación política del país y de algunos

de nuestros problemas capitales. Si salía de misión no pronunciaba

sermones, sino conferencias para hombres, que se anunciaban como

científicas, versaban sobre materias profanas y merecían grandes

elogios de la estulticia asinaria de la prensa local. En fuerza de

ir y venir, más en aire de conquista que apostólico, había llegado á

tomar un continente absolutamente bélico; accionaba levantando en el

aire el brazo derecho, cual si blandiese una lanza ó pendón imaginario;

se movía pesadamente, como si gravitara sobre su cuerpo la recia

armadura de un guerrero medioeval; ante el altar, recordaba aquellos

sacerdotes de otras edades que celebraban misa con la espada al cinto y

las espuelas calzadas, hasta que León IV prohibió el marcial aparato;

tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le miraba al talón, en

busca del sonoro acicate. Atienza lo llamaba Pentapolín del arremangado

brazo.

El Padre Anabitarte, además de ser ministro, tenía á su cargo la

paternal curatela de los bandoleros de levita, salteadores de fortunas

y vampiros del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se requerían

muchos sesos ni fina ductilidad. En este punto, la moral jesuítica

ostenta una rara y sapientísima previsión de cuantos artilugios,

sonsacas, socaliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir los hombres

con el fin de apropiarse los bienes ajenos á favor de resquebrajaduras

legales; estudia los casos de conciencia y los resuelve deliciosamente

sin que la restitución sea menester en ninguno de ellos. Un libro

hay que es un tesoro. En él Escobar compiló, con orden sumo y en

apartados convenientes para la facilidad de la compulsa, la teología

moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir, soles del firmamento

de la Compañía. En el prefacio se hace un cotejo alegórico de este

libro y del Apocalipsis. «Jesús--dícese--lo ofrece de esta suerte

sellado á los cuatro animales Suárez, Vázquez, Molina y Valencia,

ante los 24 jesuítas que simbolizan á los 24 ancianos.» Animales, en

un alto sentido místico, se entiende. En esta obra excelente abundan

sentencias del más alto valor para la vida. Véase, por ejemplo, la

siguiente, del gran Padre Molina: «En conciencia no hay obligación de

devolver los bienes que, por frustrar á sus acreedores, otra persona

nos haya confiado en custodia.» ¡Con qué expedita holgura, gracias á la

ciencia de estos ilustres é iluminados varones, penetra la rapacidad

por las puertas del paraíso! La virtud de atar y desatar que Cristo

otorgó á sus apóstoles mantúvose como en rudimento y á tientas en la

cristiandad hasta tanto que no sobrevino Íñigo de Loyola y reclutó

su milicia. ¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no deshagan con

celeste garbo y presteza? ¿Qué lóbrega conciencia que no alumbren?

¿Qué corazón tormentuoso que no apacigüen? ¿Cuántos no les deben

fácil fortuna junto con el sosiego del alma? Oid lo que el Reverendo

Padre Cellot pone en su libro _De la Jerarquía_: «De uno sabemos que

llevando crecidísima suma de dinero á fin de restituirla por orden de

su confesor, húbose de detener en la tienda de un librero. Preguntóle

qué tenía de nuevo (_num quid novi_), á lo cual el librero le mostró un

libro reciente de teología moral, escrito por uno de nuestros Padres.

Comenzó el hombre á hojearlo con negligencia y sin pensar en nada, mas

fué á caer en un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y allí

aprendió que no estaba obligado á restituir. De esta suerte descargóse

de la pesadumbre del escrúpulo y permaneció con la del dinero, que no

le impidió volver ligeramente á su morada.»

Como Anabitarte era un zote, si los hay, y berroqueño de mollera, el

ejemplar en donde había de beber la ciencia penitenciaria concerniente

á las restituciones, ó sea extracto de teología moral á través del

séptimo mandamiento, estaba subrayado y glosado de puño y letra del

Padre Arostegui, y, bien que el latín, tanto de Escobar como de los

demás Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equívocas tenían

al margen la traducción castellana, hecha también por el Superior.

De las innumerables glosas, apostillas y connotaciones se deducía

paladinamente que la muchedumbre de casos de conciencia cuyo origen

es el hurto y el robo, se compendian en esta máxima: _no es necesario

restituir_, teniendo siempre en cuenta que el empleo de esta máxima no

sea nocivo para el Estado, que entonces no se la permite; _tunc enim

non est permittendus_. (Padre Lessius.) De aquí el que los jesuítas,

fieles guardadores de verdades peligrosas, no pongan la posesión de

ésta en cualesquiera manos, por temor á que gentecillas sandias se

dediquen al latrocinio desembozadamente, lo cual perjudicaría sin duda

y de modo notable la buena marcha del Estado, y así, sólo á los que

hubieran amasado pingüe fortuna se les hace sabedores de la máxima en

cuestión, y las razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen

juicio. La materia era de tan claro simplismo que hasta el propio

Anabitarte llegó á dominarla al punto y á ser confesor y consejero

íntimo de cuantos banqueros, industriales, comerciantes y prestamistas

puercos había en la provincia. Le traían en palmitas, se hacían visitar

de él, le alojaban con magnificencia y molicie, y por su intermedio,

disimulada en honestos arbitrios, pasaba una comisión prudente á las

cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía sobre aquellos cráneos

de rapiña, roídos antes por cuidados sin cuento. No es de extrañar

que don Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido, dijera

frecuentemente de sobremesa á su padre espiritual:

--Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que pueden vivir sin

religión.

Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado bandullo, con la otra

levantando en alto una copita de benedictino, respondía distraídamente

en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:

--No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.

--Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos, que al vulgo...

Usted me entiende.

--Hasta un autor profano, don Anacarsis...--Un sorbo--. Hasta un

autor profano lo dice--. Otro sorbo--. ¿Cuál es su nombre, don

Anacarsis?--Otro sorbo--. ¿Á que se me ha olvidado?--Otro sorbo--. No,

no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted:

_Si je tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de

garde de l’ouvrir aux hommes_. ¿Me entiende usted?

--Está muy bien, caracho--. Y don Anacarsis se reía, sin entender una

sola palabra.

Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho estudiar de memoria,

con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.

Con esta división tripartita de funciones, encomendadas respectivamente

á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la resaca latente de

la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada Concepción y se

soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos impulsos,

porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines

que componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó

espontaneidad en sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos

á la norma circunstancial impuesta por el Superior.

Por eso el puño de la espada estaba en la diestra del Padre Arostegui.

V

Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso

del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los

amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse

cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los

plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre

jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con

el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad

que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar

y de puebluco en puebluco, por la región.

Un periódico anticaciquil y anticlerical, _El Pulpo_, arremetió

contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener

secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo

opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado

en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara

expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura.

_El Pulpo_ requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran

y dieran fin inmediato al secuestro, _baldón de nuestra hermosa villa_.

Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el

deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas

frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres _milanos_

y _estupradores_.

En vano el insidioso Benavides, director de _La Reconquista_,

aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar

á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y

soeces apóstrofes de _El Pulpo_, asegurando que si el Padre Atienza

guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación

cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa

cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les

aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y

tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros

sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y

despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores.

El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:

--Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.

Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin

conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.

Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado

la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.

--¡Vaya con Dios!--le dijo, sin ánimo de detenerse.

Mas, el valido del Superior se le plantó delante.

--Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á

solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde

iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.

Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.

--Pase, Padre Mur.

--¿Qué más tiene? Entre hermanos...--Y luego, riéndose--: Reliquias de

la falsedad del mundo.

--¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está

mal, ni entre hermanos--. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.

--Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué

quiero hablarle?

--No se me ocurre...

--Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como

todos, estará consternado.

--Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.

--No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No

digo que la tenga el Padre Atienza...

--Desde luego.

--Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para

nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la

misma transigencia.

--Dicen que quiso salir de la Compañía.

--¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de

vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver

de las gentes?

--Usted ya sabe que nunca salía de paseo...

--Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.

--Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo

ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.

--¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí

que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso...

Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que

ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre

Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos

ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No

le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen

los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones

con _madreselvas_ y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted?

¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.

--Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.

Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre

Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro

mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.

--Pero ¿qué me dices, Ocañuela?

Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que

se habían urdido.

A.M.D.G. · 第 3 / 13 段