_¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro!_
_Á mí me gusta la niña_
_Con zapatitos de terciopelo._
Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto Bertuco. Imaginólos
en el acto, á manera de cimientos de una rica hembra desnuda, más
rellenica que Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna parte. Por
evitar la tentación abrió los ojos. La luz era mortecina y amodorrante.
Volvió la pupila llorosa hacia las estampas de la cabecera, y con
determinada dilección la puso en la imagen de San José, aquel varón
manso que había sido puro y sencillo. Incorporóse y besó la florecida
vara del santo.
El sereno, con pie inaudible, se acercó á la camarilla de Bertuco,
habiendo oído dentro algún rumor. Espió á través de la mirilla y
penetró repentinamente en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando
besaba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló malhumorado:
--¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? ¡Ah! Tú, Bertuco, que te eres...
Dispensa. ¿Qué majadería es esa? Duérmete, pues, de seguida.
A MAXIMIS AD MINIMA
I
Y empezó el curso.
Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado mecanismo, cuya operación
consiste en tejer la hilaza de la historia humana, de manera que
Dios se gloríe de ella en la mayor medida posible, gracias á los
hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan de lo futuro,
aportaba abundante é informe materia que bregar en las innumerables
y quebradizas ruedas y engranes del maravilloso mecanismo. Comenzó
á funcionar; pero marchaba torpemente aún, con rémora y pesadumbre,
á causa del desuso é inacción de los meses estivales. Hacíale falta
un pronto lubrificante, y ninguno más á propósito que el suavísimo
aceite de la _gracia_, del cual son representantes sobre la haz de
la tierra los jesuítas, como se sabe, y apercibían ya las aceiteras,
desobstruyendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie de
frotación.
II
Y empezó el curso.
Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su modo inteligencias
infantiles y á enderezar almas al fin de la gloria divina. Los
primeros pasos eran difíciles. Las vacaciones habían destruído en
gran parte la cauta edificación espiritual de otros cursos. Volvían
los niños disipados, tibios, melancólicos, con la frente tostada de
sol y libertad, el corazón lleno de añoranza y la voluntad rendida
al desmayo. Á las horas de recreación volvían á ser fácilmente los
antiguos alumnos; empeñábanse en duras partidas de balón y pelota, ó
medían en la maroma el esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha y
el entusiasmo del ejercicio, purpúreo el rostro y la mirada tranquila,
eran de nuevo criaturas dóciles para quienes el pasado no existe. Pero
llegaban á los estudios, á las clases... hundíanse en recogimiento...
Entonces, á tiempo que el cansancio iba cediendo y el sofoco de la
cara apagándose, el inspector, desde la atalaya de su púlpito, podía
observar cómo aquellas pupilas se iban poblando de visiones lejanas
y las cejas se fruncían con ahinco, como solicitando más energía
y vivacidad en la imagen que se intentaba evocar, y las frentes,
pensativas, apoyábanse con desaliento en las palmas, y el mundo--toda
su claridad infinita, todo su armonioso bullir y sus sabrosísimos
señuelos y sus halagüeñas futilidades--venía á alojarse en las tiernas
mentes, y, aunque invisible, estaba allí, allí dentro.
Á los pequeñuelos, á los recién llegados, no era empresa ardua
saturarlos presto de espíritu religioso, moviéndolos, á voluntad,
por el asa del temor de Dios, cultivado sabiamente con narraciones
de interés sumo y tales aciertos trágicos, que las carnes de los
chiquitines se estremeciesen y el cuero cabelludo se les erizase. Los
pipiolos de la tercera división, la mayor parte de ellos en los albores
de la vida consciente, no ofrecían dificultad alguna pedagógica ni de
otro linaje. Sus profesores é inspectores eran los Padres de más pobre
inteligencia y breve ilustración.
En la segunda división, compuesta de niños de diez á doce años, no era
tampoco difícil imbuir la resignación claustral, al propio tiempo que
se cercenaban leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones. Al
fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y ligeras como la arcilla
en manos del alfarero.
El hueso estaba en la primera división. En ella había mozalbetes,
había hombrecillos, los más eran púberes ya. Los primeros brotes del
carácter, de la personalidad, se levantaban impetuosamente á la vida,
en cada individuo. La poda de estas vegetaciones espontáneas no era muy
hacedera, antes al contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos.
De la forma de realizarla dependía el fruto que, andando el tiempo,
habían de rendir aquellos arbolitos en flor. Para alguno de ellos era
el último año de invernadero, de plantel, de calor artificioso y de
cultivo amañado. Los troncos habían adquirido cierta reciedumbre y
fortaleza; aspiraban á explayarse en giros fantásticos, y ya no cedían
blandamente á la mano del jardinero que pretendía enderecharlos al
cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como cipreses.
Á las horas de estudio eran contadísimos los que estudiaban. Unos, con
exterior muy formal y los ojos fijos en el libro de texto, paladeaban
memorias, vencidos de nostalgia. No era posible castigarlos, porque
guardaban la debida compostura y aparentemente se aplicaban. Otros,
aprovechando un descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los
vecinos, ó les transmitían recados escritos, ó hacían telégrafos de
señales. Estos, aspirantes al laurel de Apeles, á pretexto de resolver
cálculos algebraicos ó delinear figuras geométricas, componían
minuciosos dibujos, con escenas de la vida de colegio. Bertuco
era el más hábil en las artes del dibujo, así como en la poesía.
Porque también había en la división unos cuantos poetas en canuto,
que mantenían enconadísima lucha de rivalidades, como si ya fueran
literatos hechos y derechos. Con todo, la opinión muchachil, casi en
pleno, concedía la supremacía á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín
Campomanes, en lo jocoso. Entrambos tenían fácil vena; pero el carácter
de las musas respectivas era opuesto. Así, con ocasión del santo del
Padre Sequeros, uno y otro tañeron la lira. La oda de Bertuco comenzaba
de esta suerte:.
¡Santo varón á quien la gracia ungiera
por la virtud propicia de Riscal...!
Las estrofas de Campomanes concluían con esta deprecación:
Pido al Padre Sequeros, que es gran petate,
nos regale pastillas de chocolate.
También había quienes _enredaban_ en el estudio, sin disimulo ni
cautela, especialmente estando presente el Padre Sequeros, cuya
tolerancia y benevolencia eran proverbiales; no así en cuanto el odioso
Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda nariz, inquisitiva
y husmeante, que, en lo más avanzado de su punta, se complicaba
manifestando turgente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que era
ministro, tenía en jaque también á los alumnos. Inopinadamente y con
pie tácito se filtraba en los estudios, y, andando de puntillas, iba
de un lado á otro escudriñando lo que se hacía, metiendo el morro
por encima del hombro de los chicos, afanoso de sorprender alguna
acción punible, más que por castigarla por darse el gustazo de haberla
descubierto, por dar á entender que era hombre á quien nadie engañaba,
y, á última hora, por mostrarse, magnánimo y perdonar. Envidiaba á
Argos, á causa de su centenar de ojos, y aun á la espléndida cola
del pavón, á donde, luego de haber sido asesinado por Mercurio, Juno
trasladó las cien pupilas metálicas del hijo de Arestor, porque Conejo
era también muy fanfarrón, pero perfectamente ingenuo. Tenía, además,
el instinto de lo grotesco y apayasado, que ejercitaba en cuanto veía
coyuntura, y muchas veces sin haberla. Con su cuerpecillo diminuto
y sus zancas exiguas, de manera que las asentaderas levantaban un
palmo escaso de la tierra, hubiera llegado á emular la gloria bufa de
Little-Tich, el celebrado _clown_, si en lugar de haberse adscrito á
la milicia ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del títere.
Sentado, pasaba por persona, porque el cuerpo todo se le volvía torso,
si bien le mermaba prestancia la cortedad de los brazos, á modo de
fantoche. Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente, su
ineptitud para la enseñanza y su carácter probo, que le hacía simpático
á los alumnos, todas estas circunstancias reunidas habían hecho que el
Padre Arostegui, Rector, le nombrase Prefecto de disciplina, ó sea jefe
de la jerarquía compuesta de inspectores, profesores é internos. Sobre
él, en lo atañedero á la vida de los alumnos, no había otra autoridad
de apelación que la del propio Rector. Los chicos llamaban al Padre
Prefecto Padre Ministro, impropiamente.
III
El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó Rector del Colegio
de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el jesuíta
vasco. Su cuna fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido,
sobrio ó más bien nulo en el ademán. Constante en un mismo gesto,
veíasele por primera vez y para siempre; perdurable y hermético como
un destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca
muy sutil y contraída, componiendo una expresión en que complacencia
y desdén se entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo
sordo y cauto, no con el bélico ardor de los corazones sencillos. Su
máxima era el dicho del estratega antiguo: Σπευδε βραδεως, apresúrate
lentamente. En palabras tan corto que de seguida quebrantaba
locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba raras veces;
pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes á
su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas vinieran á
confiarle chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de
agradecerles el servicio ó de inducirles claramente á ello, sino que
los alentaba con disimulo y por otros medios, estableciendo, por
ejemplo, distinciones y privanzas á favor de los más celosos en las
delaciones. Su valido era el Padre Mur, á quien exentaba de no flojos
deberes, y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de su inclinación
se guiara; pero se lo impidieron, primero, los cortos años que Mur
llevaba en la orden, y, segundo, la odiosidad que este joven jesuíta
determinaba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que no va en
prestigio de la Compañía que los muchachos se duelan de los maestros,
ó que, andando el tiempo, guarden recuerdo esquivo de sus años de
internado.
Los jesuítas de Regium, antes que respetarle, temían á su Superior, con
ese temor mezcla de angustia que ocasionan las perspectivas vagas y de
arcana solución.
Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento: el Padre Urgoiti,
aquel santo varón para quien no existía la realidad externa; el Padre
Atienza, aquel varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y en
virtud, en la elocuencia único y el más alto en talentos, que pagaba
con desprecio la envidia de sus hermanos y la malquerencia con el
alejamiento de su trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre Sequeros
temiera á su Superior; tan perseguido como el Padre Atienza, pero de
ánimo más dúctil, había concluído por replegarse sobre sí propio en una
actitud resignada, aguardando á cada minuto el mal cierto que sobre su
cerviz había de caer; mas, no medrosamente.
IV
_Children are excellent physiognomists
and soon discover their real friends._
SIDNEY SMITH
El Padre Atienza vivía hundido en el misterio de su celda. En ella
comía; en ella explicaba su cátedra. Unos chicos aseguraban que lo
tenían preso los demás Padres; otros, que estaba así porque le daba
la gana; á casi todos asombraba que le hubieran hecho profesor de
_Psicología_ aquel curso, coincidiendo con la prisión ó lo que fuese.
Le recordaban de otros años, descendiendo á los recreos y mezclándose
en las diversiones de los alumnos, regalándoles confites y estampas
alemanas, dándoles cariñosos _capones_ y azotainas paternales. ¡Qué
gracioso y qué bueno era!
* * * * *
Si se hubiera convocado un plebiscito entre los muchachos, con el
fin de averiguar á qué Padre ó Padres preferían en sus cariños, es
indubitable que la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y Sequeros.
Y eso que los menores no los conocían sino de vista y por referencia.
¿Qué importa? Bien dijo Sidney Smith: «Los niños son excelentes
fisonomistas; al punto averiguan quiénes son sus verdaderos amigos».
Más aún: si entre las gentes de Regium y de la provincia se hubiera
hecho el propio ensayo que con los alumnos, el resultado hubiera sido
idéntico. ¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la respuesta, los
demás Padres y Hermanos del colegio al observar la muchedumbre de
visitas de toda índole que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran
caudal de misas encomendadas con la voluntad expresa de que habían de
celebrarlas Sequeros ó Atienza, los continuos requerimientos que de
los pueblos venían solicitando un predicador para tal ó cual fiesta, y
añadiendo á guisa de _vale_, que se vería con placer fuese Atienza ó
Sequeros; las gustosas y abundantes golosinas que las beatas enviaban
á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa é insultante preferencia
fué la causa, que no otra, de que ninguna visita se realizase, cuándo
por estar delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo por estar de
oración Sequeros y Atienza; de que sus misas las dijeran siempre en la
capilla particular y no en la iglesia pública; de que no volvieran á
salir á predicar ni á misiones; de que las golosinas fuesen rechazadas
á pretexto de la endeblez estomacal de Atienza y Sequeros, y, en
suma, de que, al cabo de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se
hallasen acordonados, desgajados por entero del orbe, como pestíferos
ó leprosos. Pasándose el uno de listo y no teniendo el otro nada de
tonto, claro está que no ignoraban la traidora labor de aislamiento
que sus dulces Hermanos ponían en práctica, sin cejar un momento.
Cierto día, á la hora del recreo, halláronse, solos y juntos, paseando
Sequeros y Atienza; muy raro en verdad, porque la Providencia quiso
siempre que no les faltasen testigos presenciales un solo minuto.
Paseaban por el tránsito de las celdas; era unos días antes de comenzar
el curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si pretendiera
colocarse á la par del gigantesco Sequeros, y procurando solemnizar la
voz, dijo:
--¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?--Primero alargó el morro de
una manera cómica, y luego rompió á reir abiertamente, mostrando sus
grandes dientes, blancos é iguales. Añadió:--¿Pero ves qué gaznápiros?
Sequeros se encogía de hombros y sacudía la cabeza tristemente.
--Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda, voto al chápiro. ¡Cómo
te han cambiado!... Nunca dices nada...--continuó el impetuoso y vivaz
Atienza.
--¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios... No me hacen ningún
mal. Yo no deseaba otra cosa.
--¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees que me callaba,
canario? Te digo que estaba de madreselvas hasta aquí--poniendo la
mano dos cuartas por encima del bonete--. Y luego, mira que son feas.
¡Chápiro, rechápiro!--y reía de nuevo con aquella cara miope que era
tesoro de alegría honesta y espejo de hombría de bien.
--Vamos, Atienza...--Sequeros hablaba blandamente, así como si quisiera
reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón para hacerlo--.
Cualquiera que te oyera...
--¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más pintado. Y esto,
¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me estomagan.
Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la cabeza. Sequeros
murmuró rápidamente:
--No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á mis hijitos.
--Y yo á mis librazos, carape.
El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al intruso, y con tono
campanudo lo interpeló:
--¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta usted esa verruga?
Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La
verruga te afea bastante.
--¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su edad...--rezongó muy mohino Mur.
--Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te aventajo en ocho ó
diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que
es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?
--Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni tampoco entré en
la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted tomada
conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me
defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía.
Si el Padre Superior entendiera en estas minucias...
--Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu mamá! Vaya, me voy á mi cuarto
por no oir á este joven Catón.
Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.
* * * * *
Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su celda, y tan zambullido
en la lectura que, cuando la campana sonó para la cena, el jesuíta dió
un salto de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la sotana por
la cintura; vistiósela de prisa y se ciñó el fajín. La poca luz que
había marchábase raudamente. Desde la ventana de Atienza se avizoraba
la compacta espesura del parque de Regium, llamado los Campos Elíseos.
Había entonces fiestas en la villa; una banda de música latía bajo las
frondas lejanas; era un vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con
él sus diez y seis años de niño rico. Apagábanse las últimas brasas
del crepúsculo. Los ecos amortiguados del vals venían á hundirse en
el silencio del colegio sin alumnos. Atienza llevó el compás sobre
los cristales un minuto, maquinalmente: luego, suspiró. Salió, á buen
paso, á través de pasadizos y escaleras cargados de penumbra, hasta el
refectorio de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar mientes
en ello, el vals de Strauss; los últimos peldaños los bajó haciendo
zapatetas al compás de la música. Llegaba muy cerca del refectorio
cuando se acordó de las gafas, olvidadas, entre libracos, en la celda.
Volvió á buscarlas, corriendo y saltando inocentemente, como chicuelo
á quien dan suelta después de larga reclusión. Llegó al refectorio,
muy retrasado. La comunidad sorbía en aquel momento, moviendo fuerte
rumor, las últimas cucharadas de un puré de lentejas, y era tal y tan
sonora la aplicación de los Padres, que apenas si se oían los amplios y
castizos períodos latinos de la «_Historia Societatis Jesu_», _auctore
Cæsare Cordara_, que Ocaña, el jesuitilla quisquilloso y guapito, leía,
á pleno pulmón y casi congestionado, desde el púlpito.
El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el bienaventurado Urgoiti
y el valetudinario Avellaneda, el cual, con sus accesos de asma y
aquello de babear en el plato, era una tortura para sus vecinos. No
lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio, con su cara aguda,
bermeja y alegre, siempre en alto, y también al disforme apéndice
nasal de Mur veíasele vibrar entre el vaho y husmillo de los manjares
presuntos.
El Superior recibió á Atienza con una mirada agria que el recipendiario
no advirtió, porque el buen apetito que traía le hizo lanzarse
vivamente al plato de puré que le presentó el abrutado fámulo
Zabalrazcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con deleitación
y sorpresa; después, volvióse á sus vecinos, como diciéndoles:
¿qué novedad es ésta? En efecto, era una novedad que á todos tenía
asombrados. Como el vapor del hervoroso puré le empañara las gafas,
Atienza las levantó hasta la frente, sin desasirlas de las orejas, y
dió comienzo á su refección, luego de haberse santiguado y orado en voz
baja.
El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es, encargado del material
y de los Hermanos, conserje y _maître-d’hôtel_ en una pieza, paseaba
por el centro del refectorio, con ampuloso aire de hombre de cuya
pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los fámulos, examinaba
las fuentes, en ocasiones penetraba sigilosamente en la cocina próxima,
á fin de activar el servicio.
Y he aquí que el Padre Arostegui susurra con su voz de silbo: _Deo
gratias_. La comunidad permanece un minuto suspensa y en silencio.
¿Habían oído bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de aire y se enjuga
el sudor. Arostegui repite: _Deo gratias_. Y todos rompen á hablar á un
tiempo. Anabitarte se pasea triunfalmente, mirando á uno y otro lado.
--Pero, hombre--interroga Atienza, que ha ingurgitado ya su puré--, ¿á
qué obedece esto? ¿Cómo nos han servido hoy caldo espartano? ¿Por qué
han consentido que nuestras lenguas se desaten en dulces palabras?
Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del Padre Anabitarte.
--¿Pues qué día es hoy?
--San Nicolás.
--¡Ah, sí! San Nicolás de Tolentino.
Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil parabienes.
--Pero, ¿y el caldo espartano?--insiste Atienza, quien, como buen
navarro, es tozudo.
Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares, alojándose en casa del
marqués de San Roque Fort, en donde le dieron caldo ó puré, que allí
llamaban _consommé_, antes de la cena; era la gran moda.
--¡Ave María Purísima!--exclama Atienza, santiguándose. Y luego á
Ocaña, frontero á él y, como él, de buena familia:--¿Tú ves, Ocañita?
Estos hermanos nuestros, que vienen directamente de la rusticidad á
la Compañía, son tremendos. Luego dirán por ahí afuera que todos los
jesuítas son hombres de mundo... ¡Vaya por Dios!
Hay santa alegría y hay vino y un postre más. Anabitarte se ha portado
con magnificencia; ha sabido recabar de Arostegui refinamientos
sardanapálicos.
--¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte!--clama Atienza cuando el
ministro pasa cerca--. Nadie lo esperaría de tu reducida cholla.
Ocaña celebra el desparpajo.
--Este Padre Atienza tiene el hablar escita--. Porque, como influido de
Atienza, sumo helenista, es él también algo helenizante, recuerda que
la libertad de Anacarsis en el decir dió motivo, en Atenas, á la frase
_hablar escita_, según aseguran historiadores graves.
Mur y algunos otros reprueban con el gesto la procacidad del Padre
Atienza. De chancero, lo convierten en cruel y orgulloso.
Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en que ha logrado renombre
el obeso Hermano Calvo, cocinero. Mas ¡ay!, que las indecorosas
chuletas abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso y de
invencible dureza específica. Vanamente y en repetidas ocasiones,
el bienhumorado Atienza determina hincarlas el diente con redoblado
ahinco, á fin de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasividad
heroica de los mártires de la fe. Atienza traduce su contrariedad en
palabras someras:
--Este cocinero se ha empeñado en ponernos suelas de zapato y
estragarnos los estómagos.
La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz á la parte de Atienza,
como si todos sus sentidos radicaran en el olfato.
Conejo, á la diestra del Rector en razón de su nuevo cargo, se refocila
discretamente y ensaya tímidas payasadas, que algunos Padres comentan
con risas.
Á los postres hay unas copas de Jerez generoso. Se reza la acción
de gracias y todos suben al pasillo de las celdas. Se distribuyen
en grupos, según sus inclinaciones personales. Comienzan á pasear:
los unos, hacia delante, conforme á lógica racional; los otros, de
espalda, haciéndoles frente á los anteriores. Es preciso recabar café
de la condescendencia del Superior. Un buen golpe de Padres pone
cerco á Arostegui; lo envuelven en anfibologías y circunloquios, no
atreviéndose á pedir derechamente el café, que los legos ya tienen
apercibido.
Landazabal, el deforme, misionero que fué en tierras de América,
desviado de la espina en términos que para andar ha de sujetarse las
posaderas con entrambas manos, inicia el asalto.
--Veamos, Padre Superior: San Nicolás de Tolentino es un hermoso
nombre. Tolentino... Tolentino es asonante de caracolillo, ¿verdad?
--Indudablemente--responde Arostegui, desentendiéndose de la indirecta,
por dar vaya á sus amados hijos--. Digo, me parece á mí. ¿Estoy
equivocado, Padre Estich?
El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poetastro de la comunidad
y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama Roanza, pudiera
enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.
Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al oído: «Anda tú,
hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.
--Caracolillo es una clase de café. Me parece entender que es el que
tenemos en el colegio...