En el salón estaba Coste, mocete desmadejado y bermejo, de o

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final

del libro.

A. M. D. G.

OBRAS DEL MISMO AUTOR

LA PAZ DEL SENDERO (poesía).

TINIEBLAS EN LAS CUMBRES (novela).

EN PREPARACIÓN

TROTERAS Y DANZADERAS.

FE Y ENCARNACIÓN.

A. M. D. G.

POR

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Aucune secte, aucune société

n’a jamais eu et ne peut avoir un

dessein formé de corrompre les

hommes.

VOLTAIRE

La lengua ha jurado; el alma no

ha jurado.

EURÍPIDES

[Ilustración]

MADRID

BIBLIOTECA RENACIMIENTO

V. PRIETO Y COMP.ª, EDITORES

_Pontejos, núm. 8_

1911

Es propiedad.

Queda hecho el depósito que

previene la ley.

IMPRENTA ARTÍSTICA ESPAÑOLA, SAN ROQUE, 7

DEDICATORIA

Á D. Benito Pérez Galdós

_Venerado Maestro: La premura con que hube de realizar esta obra no era

muy á propósito para lograrla en cumplida sazón y madurez, de manera

que temo mucho adolecer de osadía poniendo tan menguado fruto á la

sombra inmortal de tan alto nombre. Mi empeño era arduo: las fuerzas,

pocas. Considero que si hay algo digno de estimación en mi libro no

es sino pretendido reflejo de aquella admirable serenidad, decoro

y nobleza con que, en obras de linaje semejante al de la presente,

vistió usted de carne artística y de hermosura inmarcesible el austero

principio de la justicia_: suum cuique tribuere. _Porque si atinamos á

encarecer sin envidia y á censurar sin veneno, participando la alegría

de hacer el bien de la pesadumbre de causar tristeza, nos será otorgado

el equilibrio interior._

_Le ruego acepte con benignidad esta muestra, harto profusa, de mi

ingenio._

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Caldas de Reyes, 23 de Octubre de 1910.

AB URBE CONDITA

I

Tierra adentro y cara al mar, asentado sobre una loma de los aledaños

de Regium está el _Colegio de segunda enseñanza de la Inmaculada

Concepción_. Lo regentan los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús.

Es una mole cuadrangular, cuyas terribles dimensiones hácenla medrosa;

la desnudez de todo ornato, inhóspite, y la rojura viva del ladrillo

de que está fabricada, insolente. No tiene estilo. Su fachada lisa,

de meticulosa austeridad, abierta por tres ringlas de ventanales, se

ofrece á la mirada inquisitiva del viandante con la tristeza sorda

y hostil de los presidios, de los cuarteles y los establecimientos

fabriles. Sábese que es casa de religión porque hay una gran puerta

ojival rematada por una cruz, al extremo siniestro del frente, según

se mira, á la cual conduce una escalinata de piedra; un campanario

voladizo de hierro, á manera de jaulón de micos, en el tejado y á

plomo sobre aquella puerta, y unas letras de oro contiguas al alar,

promediando el casón: _A. M. D. G._

El edificio está á cosa de un tiro de piedra de la carretera real,

que conduce á tierras de Castilla. Entre el camino y el colegio, así

como aislador de paz que aquiete y embote el tráfago del siglo y sus

pecaminosas estridencias, hay pradezuelos mullidos, muy rapados y

verdes; los cortan aquí y acullá unas veredas de arena pajiza, las

cuales, reptando y curvándose con cierta blandura jesuítica, van á

meterse en el convento, por debajo de las puertas. Véase cómo por medio

de un sencillo expediente nos inculcan provechosa lección á tiempo

que se nos pone al cabo del espíritu de la Orden; porque veredicas y

pradezuelos, lo mismo que la propincuidad con la carretera, todo ello

obedece á plan y concierto. Quiere decirse que no lejos del camino de

perdición está el cobijo de la gracia, y que para entrar en el reino

de S. M. Divina, de la cual son ministros tan irresponsables como el

propio soberano los Reverendos Padres de la Compañía, es menester

trocar las holgadas y prósperas vías del mundo por pequeños y tortuosos

senderitos, abajarse, rastrear, humillarse.

II

En los alrededores de Regium está la aldea de Arriares, y en ella una

casita de campo, flamante y de rusticidad arquitectónica adredemente

rebuscada; ventanucas, tejadillos, cuerpos adosados al principal,

á modo de establos, cuadras ó cubiles. Los huecos están siempre en

ceguedad, obturados por cortinas inmóviles de tela blanca. Un jardín

sombrío, húmedo, aprisiona á la casa, y una alta cerca, enrejada por

uno de sus costados, guarda el jardín. Es una casita que vive de sí

misma, que tiene un alma misteriosa y activa. Su dueño, constructor y

habitante es Gonzalfáñez.

Gonzalfáñez nació en Regium. De niño tuvo sólo un amigo, Dorín, el de

Pedreña, garzón de cuna baja, paupérrima. Adolescente, Gonzalfáñez

desapareció de Regium. Fueron cayendo los años en la sima de lo

pretérito; murieron los padres de Gonzalfáñez; el pueblo olvidó al hijo.

Cierto día llegó á Regium un señor cenceño, rasurado, con esclavina

de capucha, gafas negras y un bastón tremendo de gordo. Preguntó por

Dorín, el de Pedreña; fuése á Arriares, en su busca; se aposentó en

casa del aldeano, que tal era Dorín; estúvose allí hasta que vió

terminada la rústica casita de arbitraria apariencia, y, entonces,

Gonzalfáñez y Dorín se acogieron al nuevo nido.

Los dos amigos salían á vagar por el campo, preferentemente carretera

adelante, rostro á Castilla, siempre que hubiese buen tiempo.

Gonzalfáñez llevaba, en toda ocasión, colgando de sus hombros próceres

y un poco claudicantes, aquella esclavina de capucha que era como el

trasunto de un manto; lo mismo en invierno que en estío. Caminaban en

silencio, de ordinario. Retenían el paso con frecuencia. Una vaca, un

mirlo, un regato, una flor de genciana; todas las cosas y seres de

Naturaleza ejercían tanto imperio sobre Gonzalfáñez que, reclamándole

hacia sí, le hacían permanecer largo rato suspenso y como ajenado.

En Regium se sustentaban diferentes hipótesis acerca de Gonzalfáñez.

Quiénes aseguraban que era demente, habiendo sido su padre alcohólico.

Cuáles que sufría de infortunios amorosos, habiéndose casado en

Circasia con una princesa de extraordinario ardor é insaciable

venustidad. Estos, que las complicaciones de cierto horroroso atentado

le mantenían recoleto en su fortaleza agreste. Aquéllos, que era un

idiota, atacado de misantropía. Lo cierto es que ninguno sabía nada

y que Gonzalfáñez, después de su vuelta á Regium, no se había dignado

cruzar la palabra con ninguno de sus convecinos y paisanos, como no

fuera Dorín.

Desde que se puso la primera piedra de los cimientos, Gonzalfáñez

y Dorín seguían, día por día, la diligente erección del colegio

jesuítico. El maestro de obras era un lego congestivo, agigantado, de

pestorejo y cogullada inmensos, maneras de cómitre y empecatado acento

vasco; el hermano Aurrecoechea.

Aurrecoechea intentó en veces diferentes trabar plática con

Gonzalfáñez; mas la pertinaz cerrazón de éste hizo desistir al

vizcaíno. Afortunadamente, si el uno le negaba este parvo sustento de

la palabra, otorgábanselo, con creces, mujeres que conducían la comida

á canteros, carpinteros y albañiles, y las mozas labriegas. No era raro

verle en apretada cháchara con alguna rapaza pulida y fresca, alongados

un trecho de las obras y guardándose bajo los árboles. No tardó en

señalarse evidente favoritismo. La preferida fué Teresa, de la aldea

de Cabeñes, rubia de miel, encendida y gustosa como un fruto. ¡Cuán

pronto hubo de marchitarse _su buena color_! Lo que perdió en carmín

la neña, fué compensado en vientre. El bárbaro Aurrecoechea la rechazó

entonces. Cierta tarde hubo una llantina de Teresa, con manifestaciones

dramáticas; fueron testigos, á distancia, Gonzalfáñez y Dorín. El de la

esclavina rezongaba: «¡Mala bestia! ¡Mala bestia!»

Un día amaneció Aurrecoechea muerto, al pie de un muro en construcción.

Tenía la cabeza hecha añicos, por obra de un garrotazo. Á la tarde, así

que llegó Gonzalfáñez, por inspeccionar las obras como de costumbre,

interrogó á un pinche:

--¿Y el lego grande?

--Matáronlo, señor, en la noche última.

--¿Del todo?

--Del todo, como á una rata.

Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.

El colegio medraba por horas. En corto plazo quedó rematado y en su

punto. El lóbrego enjambre ignaciano lo invadió, distribuyéndose por

las celdas, á llenar arcanas actividades. Y luego otro enjambre más

numeroso, el de la cándida infancia, brotes de futura humanidad.

Y por la tarde, consintiéndolo el tiempo--á las horas postmeridianas

en época de otoñada ó invernal, al levantarse la noche en verano

y primavera--, Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su paseo y

contemplaban el colegio de la Concepción. Cuándo, tañía en la penumbra

hermética de los claustros la campana del regulador, escandiendo la

medida espaciada de la existencia comunal. Cuándo llegaban de patios

y cobertizos la algarabía conmovedora de la infancia en asueto; el

_chaschás_ seco de la pelota contra el frontón; el _bum_ cóncavo de

los grandes balones de cuero, que á intervalos surgían en el aire, por

encima de los muros...

Y Gonzalfáñez interrogaba:

--¿Te gustan los niños, Dorín?

--Según; cuando son guapos...

--¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?

--Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?

--Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia! ¿Sabes lo que

es un parque de puericultura, Dorín?

--Mal rayo me parta...

--Que no te parta, Dorín. Me quedaría yo solo.

Dorín sonreía, con su rostro benévolo y bobalicón.

¡Nunca te olvidaré, Gonzalfáñez; hombre extraño y nombre de romance

antiguo! En los paseos nos sorprendías á la vuelta de una calleja,

en la linde de un bosque, en la margen de un río, donde menos lo

pensáramos. Recuerdo tu esclavina, y tu capucha, y tu bastón enarbolado

cual si fuera un báculo, y tu rostro ceñudo y bíblico, cuando repetías

infinitas veces según pasábamos y á tiempo que hundías tu pupila

torva en los inspectores: «¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia santa!» Los

inspectores bajaban los ojos y nosotros nos apelmazábamos en las

ternas, como rebaño pusilánime, porque los padres nos habían dicho que

eras ateo. ¿Qué habrá sido de ti, Gonzalfáñez, nombre alto y sonoro,

deidad esquiva de las encrucijadas rústicas?

III

¿Cómo y con qué recursos se edificó el colegio?

Dios, que viste de piedra, cuando no de ladrillo, las buenas

intenciones, y de hermosura el lirio de los valles, y da alimento al

pajarillo, y pajarillos al milano, dispuso la marcha de los días de

manera que en Regium se alzase un cuartel de su amada milicia.

La Compañía de Jesús tiene por norma indeclinable no comenzar la

construcción de una nueva casa si no se cuenta de antemano con todo el

dinero preciso para darla fin. Lo contrario redundaría en deshonra del

instituto, poniéndole quizá en pie de pedigüeñerías y mendigueces.

Las primeras avanzadas de batidores, en este fornido ejército

ignaciano, llámanse residencias. Son las residencias pequeñas

delegaciones que andan desparramadas por capitales de provincia y

pueblos ricos, viviendo de la misa y de la predicación y explorando

el terreno por si fuera á propósito para hacer una magna sementera de

gracia.

En las últimas décadas del pasado siglo llegó á Regium una de estas

delegaciones. La componían los Padres Anabitarte, Olano, Lafont y Cleto

Cueto, con el Hermano Mancilla. Los enviaba el cacique de la región,

don Nicolás Sol é Il, aquel célebre y ridículo político de la barba

enmarañada y esponjosa, de la elocuencia enmarañada y esponjosa, del

intelecto enmarañado y esponjoso. Alojáronse en un segundo piso de la

plaza de Sol é Il, improvisaron una capillita, y con esto rompieron ya

el avance hacia la conquista de la _madreselva_, que es como ellos, en

la intimidad, llaman á la beata.

Las primeras jornadas fueron duras. Hubo noche en que los cinco

religiosos se acostaron con las tripas horras.

Apenas si se decían misas, á causa del estipendio de cinco pesetas

que la Compañía tiene señalado. Las gentes de Regium murmuraban: «¡Mi

alma, cinco pesetas! Están locos. ¿Si pagamos una á don Rebustiano,

y cuando muncho dos?» En su nesciencia teológica olvidaban que las

misas oficiadas por jesuítas logran mayor eficacia que ninguna otra

misa. Abundan razones que lo abonan. El Eterno nos ha patentizado,

en el curso de lo temporal, su afición á la lengua del Latio. El

arameo no lo eligió, ni el griego, ni el sanscrito, ni el hebreo,

ni el catalán--nobilísimas lenguas todas--, para lengua litúrgica,

sino el latín; infundió en Virgilio el soplo profético y en Ovidio

la complejidad y sutileza amatorias que, andando el tiempo, habían

de ostentar los casuístas. La prosodia latina de los jesuítas es más

pura que la de todos esos infelices curas de chicha y nabo; bien lo

saben y no se recatan para decirlo. Claro está que en el Cielo, así

que celebra misa un Padre de la Compañía, el Eterno y su Estado mayor

central se vuelven locos de contentos, porque le entienden todo lo

que dice, y, naturalmente, le hacen caso. Además, los jesuítas tienen

muy buenas formas. Esto es, no que resplandezcan en urbanidad ó que

sus miembros se caractericen por cierta turgencia escultórica, sino

que las partículas que emplean para consagrar son de clase _extra_

y de mucho tamaño, con lo cual, en el punto curioso y sublime de la

transubstanciación, Jesucristo encuentra holgado alojamiento, y lo

agradece mucho. Todo lo que antecede ha sido revelado á un venerable

de la Compañía, y como se supone, fué revelándose con toda cautela,

á las personas piadosas de Regium, las cuales, habiéndose iniciado,

satisficieron fervorosamente las cinco del estipendio.

Y, sin embargo, la residencia no prosperaba. El Padre Olano había

llegado á formar frondoso cerco de _madreselvas_ en torno á la viña

del Señor; de ellas, carcamales y fétidas momias; de ellas, también,

lindísimas muchachas y muy bellas casadas. El Padre Cleto Cueto

mantenía comercio cotidiano con los politicastros católicos del pueblo;

logró fundar un periódico nocedalino, _La Reconquista_. Anabitarte y

Lafont cultivaban de su parte sendos círculos de relaciones masculinas

y femeninas. Ninguno de los cuatro daba paz al zapato, recorriendo de

continuo la provincia. Pero el dulcísimo y fecundísimo dinero acudía

con parquedad y dolorosas intermitencias. En vano asediaban la casa

de los ricachos santurrones de Pilares, la capital, insinuándoseles

con dulzura oleaginosa y sahumerios de palabras suaves; cuándo, cerca

de don Anacarsis Forjador, el multimillonario de semítica traza,

bandolero de asalto en guarida, que no era otra cosa su banca; cuándo,

sobre el marqués de San Roque Fort, por la gracia de Su Santidad León

XIII, forajido sacristanesco más que marqués, que de lo uno llevaba

cuatro meses mal contados y de lo otro algunos lustros poniendo á

parir caudales ajenos, en amorosa complicidad con un su hermano,

canónigo, incurso en simonía. Se les acogía bien, se les proporcionaba

lastre para la andorga, hasta se les socorría, á pretexto de ciertas

devociones; pero ¡con cuánta miseria! ¡con qué torpe y mal celada

avaricia!

Recibióse en la residencia una carta del provincial. Decía: «Miren que,

á lo que entiendo y por lo que se me dice, esa tierra es rica y va para

más; que se abren nuevas minas y muchas fábricas cada día; que los

tiempos son de impiedad, de peligro para la Compañía y para la Iglesia

de Cristo; que toda esa parte la tenemos en barbecho, porque si se

quitan las Provincias, puede asegurarse que el Norte nos ignora; que

un colegio ahí paréceme que urge, etcétera, etc.» Luego: «Dícenme que

hay una viuda de un tal señor Zancarro, mujer delicada de salud, pero

de mucha fortuna. Infórmense con discreción, amadísimos Padres, que el

asunto es de mucha monta para el servicio de Dios. Probablemente les

enviaremos al Padre Sequeros. A. M. D. G.»

Al leer el anuncio del envío, siquiera fuese de un hermano en religión,

los de la residencia arrugaron el morro, vejados y hostiles. Luego

cambiaron una ojeada, en silencio. Sequeros gozaba de mucho renombre

dentro de la Compañía por haber socaliñado, en París, unos millones de

pesetas á la vieja duquesa de Villabella, hallándose la dama en trance

de muerte.

Llegó Sequeros á Regium. Era un mozarrón de erguida testa y modesto

ademán; sanguíneo, hermoso, abierto de corazón y de carácter, candoroso

y leal; sus ojos miraban siempre al suelo ó al cielo; la voz, clara

y masculina, ignorante de inflexiones capciosas é hipócritas; en el

espíritu, voraz fuego apostólico y amor divino sin medida.

Á poco de llegar á Regium se le tenía por santo. La mayoría de las

_madreselvas_ se pasaron á Sequeros; le besaban la sotana y el fajín, y

le decían: «¡_Santín de Dios_!» Á lo cual, el joven religioso sonreía,

apartándolas dulcemente de su camino, porque él tenía una alta misión

que cumplir: buscar los materiales para la ciudad de Dios.

Los vecinos de Regium echaron de ver muy pronto la ventaja que Sequeros

hacía á sus hermanos. Por lo pronto, no llevaba los hombros constelados

de caspa, como Olano y Anabitarte; ni tenía los dientes podridos,

como Lafont; ni se dejaba la barba de cinco días, como Cleto Cueto.

Se puede ser santo sin ser puerco. Sequeros era un _jesuíta verdad_,

según la leyenda que el vulgo de ellos ha creado. Las _madreselvas_

daban por descontada la aristocracia de su cuna. Todas las puertas se

le abrían. Se le abrió, por ende, la de la viuda de Zancarro. Había

sido el tal un desapoderado bandido que, con ocasión de las guerras

coloniales, apilara su fortuna en la administración militar. Negáronle

el trato los de Regium, lo persiguieron y afrentaron con tanta saña

que él, acorralado, determinó suicidarse. Su viuda cayó en maniática

religiosidad; no tenían descendencia.

Los jesuítas, con caritativo desinterés, se aplicaron á consolarla.

La viuda rehuyó semejantes consuelos. Cuando Sequeros apareció fué

otra cosa. Á poco de conocerlo, no podía pasar la vida sin requerir su

presencia una vez cada dos días, por lo menos. Fiaba en él y creía en

su santidad. Sequeros repartía sus horas entre la oración y la viuda.

Habiéndose agravado la enfermedad de la señora, las visitas pasaron á

ser diarias.

Una mañana llegó Sequeros á la residencia atropellando con todo y las

pupilas en ignición. Se precipitó en la capilla y cayó de hinojos ante

un cromo de San Ignacio. Sus compañeros curioseaban desde la puerta del

oratorio; pellizcábanse y se hacían guiños. Salió el Padre Sequeros.

La lumbre de los ojos se había atenuado. El Padre Cleto preguntó,

balbuciendo:

--Bueno, ¿qué?

--Ha fallecido.

--¿Testamento?

--Hecha una santa.

--¿Testamento?

--Testamento.

--¿Cuánto?

--Seis millones de reales.

--Collegium habemus.

Y se abrazaron todos.

Á la hora de comer, hubo pollo, de extraordinario. Terminados los

postres, sorbían plácidamente el café, cuando el Padre Lafont arremete

contra el Padre Anabitarte, superior provisional.

--¡_Ah, mon Père_! ¡_C’est un grand jour_![1]. Yo creo que sería bien

oportuno una pequeña copa de ron.

--Sí, Padre. Yo también creo que merece la pena celebrar el día con

honesto regocijo.

--Sea. Mancilla, danos acá la botella de ron.

Sequeros se niega á beber. Los demás porfían. Al fin, accede. Levántase

con la copita en alto. Síguenle los otros; chocan las copas. Sequeros

tiene el rostro bañado en luz interior:

--¡Ad Majorem Dei Gloriam!

IANUIS CLAUSIS

I

El 21 de Septiembre comenzaba el curso en el colegio de Regium; era el

cuarto, desde su apertura á la enseñanza.

El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido familiarmente por un

diminutivo, Bertuco, salió de Pilares en el primer tren de la mañana.

Acompañábale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extremada sencillez,

la cual había llenado cumplidamente para con Bertuco maternales

menesteres desde la prematura orfandad del muchacho. Teodora iba

aderezada con sus más ricos arreos y prendas; monumentales arracadas de

aljófar, que le pendían hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia

y gayos colorines, anudado debajo de la barbeta; gran mantón negro,

de seda también, con muchos bordados y luengos flecos torzales; falda

muy fruncida, de merino; una docena de enaguas que abombasen y diesen

buen aire al cuerpo andando, porque en esto consiste el toque del

vestir de lujo y á lo señor; almadreñas, y un paraguas rojo. Bertuco,

que comenzaba á prever atisbos del arte indumentario, consideraba

que semejante acompañamiento le ponía en ridículo. Intentó ir solo á

Regium, á lo cual Teodora acudió espantada:

--¿Tú qué dices, mi nenú?

--Voy para catorce años.

--¿Yo dejate solo?... ¡Non lo premita Dios!

Teodora pretendía tomar billetes de primera clase; mas Bertuco se

obstinó en que habían de ser de tercera, y, á lo sumo, á lo sumo, de

segunda. Asustábale pensar que las gentes de su propia condición le

sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.

En las calles de Regium los miraban con asombro, mofándose

discretamente de aquella vieja, ataviada á usanza de tiempos remotos.

Visitaron el bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo

necesario para el aseo personal durante el curso; llegaron hasta el

puerto, por contemplar el mar, que andaba muy enfurruñado en aquella

ocasión, y, poco antes del mediodía, tomaron el camino del colegio.

--¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á una fonda? Tiempo tienes de

encerrate. Otros años, cuando venías con tu padre, ¿entrabas también pa

comer? ¡Ay, Joasús!

Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole malamente, enjugaba los

ojos en un pañuelo á cuadros. Poco antes de llegar al colegio, Bertuco

se plantó delante de la anciana.

--Oye, Teodora: no quiero que vayas con madreñas y con paraguas. Ya lo

sabes. Tendrían risa los compañeros para todo el curso; no quiero que

me tomen el pelo.

Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa, exclamaba, haciéndose cruces:

--¡Joasús, Joasús!

Su consternación era tanta, que Bertuco sintió remordimiento de haber

sido cruel.

--No seas boba. Es que los niños son muy malos; no me gusta que digan

cosas de ti.

--Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío alma?

Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la espalda del colegio, al

pie de cuyas tapias había unas tupidas matucas.

--Escóndelos aquí.

Teodora dudaba.

--¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los praos, pingando

mismamente. Tó coger un ruma con estos zapatos de satén; Dios m’ampare.

Volvieron á las vereditas que se hacen al frente del edificio. La

aldeana detúvose y contempló recogidamente la grave y cejijunta mole.

--¡Joasús! Paez un maricomio.

--Teodora, se dice manicomio.

Penetraron en el portalillo, angosto y desnudo, como cosa inútil que

es, pues los jesuítas saben no perder espacio ni tiempo en futilidades.

Les abrió un fámulo de aborregado semblante. Desde el vestíbulo se

columbra, á través de la puerta del fondo, el patio de la tercera

división, preso en un claustro de arcos de medio punto, por donde

discurrían, con paso presto, cuándo un pelotón de niños, cuándo una

pareja de Padres. Teodora se mantenía inmóvil, tomada de religioso

terror. De la ropería, que está, según se entra, al costado derecho

del vestíbulo, salió el Hermano ropero, Santiesteban de apellido,

esmirriado y amarillento; sonreía con expresión epicena, mostrando la

sima lóbrega de una boca letrinal. Saludó á Teodora y Bertuco, acarició

al niño y les condujo al salón de visitas, frontero á la ropería. Es el

salón una pieza rectangular, muy vasta y severa, amueblada con sillas y

sillones de enea; en las paredes penden fementidas copias de Murillo,

pintadas por el Hermano Urbina, aquel prevaricador de insolente brocha

que infestó de mamarrachos los colegios de la Orden.

En el salón estaba Coste, mocete desmadejado y bermejo, de ojos

montaraces, carrillos tan rotundos y boca tan fruncida, que se dijera

estaba tañendo de continuo un invisible instrumento de viento.

Acompañábale su padre, un marino de sotabarba á la británica, hirsuta

y entrecana, boca breve y ojos de lejanía. Llevaba un traje nuevo, de

paño tan rígido que le embarazaba todo movimiento. Tenía la pipa en la

boca; sin rechistar, seguía atentamente el discurso del Padre Eraña,

Conejo de remoquete entre la grey de los alumnos.

En entrando Bertuco, los dos chicos corrieron á abrazarse. Coste traía

ya la blusa puesta, un mandilón de dril agarbanzado, con orillas

blancas. Conejo acudió también.

--Vienes más delgado, Bertuco. Vamos á ver, ¿se te han olvidado las

progresiones aritméticas y geométricas? ¿Sabes que soy Padre Ministro

este año?--y le halagaba con suaves toquecitos en las mejillas.

Teodora, haciendo extraordinario acopio de energía, se decidió á besar

la mano de Conejo. Mas éste se la apartó con ademán campechano y risa

franca. El marino continuaba en su puesto, como clavado en tierra.

Aportó Santiesteban una blusa, que se vistió Bertuco. Luego pidió los

envoltorios á Teodora.

--Padre, ¿me permite que lleve á la camarilla las cosas del aseo?

--¿Qué camarilla tiene, Santiesteban?--preguntó el Padre Ministro.

--La del año pasado.

--¿Ya no vuelves?--se atrevió á decir Teodora, con la voz quebrada.

--¿Es tu madre?--añadió Conejo.

Y Bertuco, secamente:

--Es una criada vieja.

Teodora, sin haber oído á su Bertuco, murmuraba entre sollozos:

--¡Probín! ¡No tien madre!

--Cierto, cierto, no recordaba--repuso el jesuíta--. Y bien, señor

Coste, ¿quiere usted que el niño continúe aquí ó que vaya á preparar

sus cosas?

El marino extendió el brazo en dirección á los senos misteriosos de la

santa casa, como indicando que estaba dispuesto á la separación.

--Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco--ordenó Conejo.

Pero todos continuaban quietos, cortados, sin saber cómo afrontar

el trance. Teodora fué la primera en precipitarse sobre Bertuco,

estrujándolo, besuqueándolo, chillando é hipando con infinito

desconsuelo. Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló la ropa,

apretó el entrecejo y refunfuñó, poseído de cólera:

--¡Vaya, vaya! Es ya mucho.

El señor Coste besó á su hijo en la frente.

--Adiós, Romualdo; sé formal, rec...--(Conejo bajó la cabeza)--siquiera

un año. Adiós, Padre.

Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso, con los ojos empañados

y la voz femenina en fuerza de emoción. Echó á andar hacia la puerta,

pero como tropezase con Teodora, se detuvo.

--¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga conmigo, que yo la

acompañaré hasta donde sea.

Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo recogería sus adminículos

yendo en compañía de aquel señor tan serio? La pobre mujer interrogaba

angustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivinando el aprieto, no

pudo disimular la gracia que le hacía.

--Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá de Coste va á comerte?

Vaya, ¡adiós!

Retozándole la risa en el cuerpo y á impulsos del cariño que allá en el

fondo le inspiraba aquella cándida criatura, fué á abrazar á Teodora

por última vez.

--No se atribule usted, señora--manifestaba el marino, por hacerse el

fuerte, y, tomando del brazo á Teodora, salieron los dos al mundo.

Coste frunció los labios más que de ordinario, como si se esforzara en

dar una nota aguda, y los ojos azules de Bertuco adquirieron helado

fulgor.

II

Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él, por especial permiso

de Conejo. Tomaron la escalera del torreón.

Los dormitorios ocupan un ala entera del piso tercero, la del Mediodía,

y una buena parte de las de Levante y Poniente. Es una sala profunda,

en cuya lontananza los ojos se extraviaban entre penumbra. Altas como

cosa de dos metros y á lo largo de la sala, van en cuatro filas las

camarillas, haciendo dos cuerpos, de manera que, de sus portezuelas, la

mitad da á un pasillo central y la otra mitad á otros dos pasillos más

angostos, los cuales corren siguiendo los muros laterales del recinto.

Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un ventanal. Pensaba en

Teodora: «¿Se habrá atrevido? ¿No se habrá atrevido?» Llovía

copiosamente. El paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de ceniza.

--¿Qué haces? Paeces fato--advirtió el carrilludo Coste, con mal humor.

--De buena gana abría esta ventana.

--P’ro hombre, con lo que llueve...

Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas las demás, era un

mechinal diminuto, con cabida para una cama infantil y una mesa de

noche, que hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda techumbre,

una tela metálica. Á los pies, una percha; á la cabecera, estampas

y una pila; en un ángulo, una rinconera, en donde Bertuco depositó,

alineándolos, sus avíos de tocador.

Los dos niños se sentaron en el borde del lecho. Coste preguntó:

--Estás triste.

--¿Yo?... ¿Y tú?

--¡Psss!... Pienso escaparme en cuanto pueda. (Pausa.) ¿Te gozaste

mucho este verano?

--Hombre, la verdad: yo no me gozo nunca mucho. Ya ves, en la aldea...

Sin amigos... Tuve un seminarista de preceptor.

--¿Y de mozas?--Coste clavó sus ojos en Bertuco, el cual, muy

encendido, guardaba silencio--. ¡Anda, ea...! ¿Á que resulta que no

sabes gramática parda?

--Sí... ya... ya tengo malicia--balbuceó confuso.

--¿Y de mozas? ¿No estuviste con nenguna moza?

--Tú ya eres mayor...

--Sí, es verdad; yo soy mayor. Verás; un día fuimos desde Ribadeo á

Lugo. Estuvimos en una casa de mujeres... Andan desnudas y con cintas

de colores por aquí.

--¡Calla, calla...! Si nos oyeran...

--¡Bah! Se acababa antes todo. ¿Tú crees en el pecado?

--¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!

Coste, que aunque se las daba de hombre terrible era en la entraña tan

infeliz como patrañuelo, empalideció densamente ante la posibilidad

de la expulsión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó el pito de

una fábrica; á poco, la campana del regulador conventual, llamando á

la refección meridiana. Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro

brincos se plantaron en el refectorio.

III

El refectorio es una pieza alongada, de aire ceniciento; el piso,

embaldosado de losetas grises; las paredes, grises y desnudas; al pie y

adosados á ellas, bancos de pino; delante de los bancos, largas mesas

con tablero de mármol gris; por fuera de las mesas, pequeños escabeles

de pino. En la cabecera del refectorio, un crucifijo grande. De una

banda, ventanales, y, promediándolos, un púlpito, desde donde el lector

complementa y ensalza la torpe función de la comida material derramando

sazonado y provechoso alimento para los espíritus.

Aquel día, como primero de curso, la refección se hacía sin el ritual y

solemnidad establecidos en el reglamento. No hubo lector, porque apenas

si había oyentes; Bertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó cinco nuevos, los

cuales, en las mesas destinadas á la última división, hundían la nariz

en el plato, emperrándose en no comer. Los demás alumnos, apurando los

postreros y perentorios instantes de libertad, aguardaban la caída del

día para venir á recluirse. De frente á frente del refectorio paseaban

los que habían de ser, durante todo el curso, vigilantes de comidas: el

nuevo Padre Ministro (Conejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la

primera división.

Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias», esto es, permiso para

hablar, y él mismo entabló, á seguida, conversación con sus amigos de

años anteriores, enderezándose preguntas chuscas y haciendo payasadas

y facecias, á que era muy inclinado. La carcajada muchachil, sincera

ó hipócrita, puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosidades y

contorsiones, le originaba satisfacción tan plena como á un general

romano la ovación.

Coste trasladaba al estómago los colmados platos, y al plato las

colmadas fuentes. El Padre Mur lo aborrecía sin disimulo y lo asaeteaba

con ojos fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de tanta

glotonería.

El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El muchacho, que en el instante

aquel hacía presa en un trozo de carne, se quedó paralizado.

--Pero, hombre--susurró el jesuíta, frunciendo la boca como si se

sintiese acometido de una náusea--, comes como un gorrino. Da asco

mirarte. ¿No te han dado de comer, durante el verano, en tu casa?

El mofletudo Coste miró al Padre Mur; primero, con la dolorida dulzura

de un can á quien sin razón maltratan; luego, con la agresividad

admonitoria de la bestia que se apercibe á hincar el diente en la mano

que la hiere.

--Si le molesta mirar, no mire--gruñó, y al punto devoró la carne.

El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el único incidente de la

comida. Terminada ésta, salieron á la recreación. Como llovía, se

acogieron al cobertizo. Los contados alumnos fueron divididos en

varios grupos, según la división á que pertenecían, y entregados á la

tutela de sus inspectores correspondientes. Habiéndose ido á comer Mur,

los de la primera división quedaron con el Padre Sequeros, su inspector

primero. El Padre Sequeros no parecía el mismo que había llegado

á Regium tiempo atrás, con el cráneo alto é imperativo, en son de

conquista religiosa. Su cabeza, ahora, propendía á la humillación, como

si el perseverante yugo de la adversidad la hubiera impreso una actitud

sumisa; había enmagrecido y perdido la turgencia juvenil del rostro,

bien á causa de una enfermedad, acaso por obra de morales sufrimientos,

quizá en virtud de penitencias excesivas; tal vez por las tres cosas

juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre y timidez constantes

de los seres inofensivos que viven en un medio hostil, sometidos á

caprichosas vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chicos,

se afirmaba en sí propio, desentumeciánsele las alas del corazón y

comenzaba á esponjarse, á reir, á retozar... La cabeza tornaba, poco

á poco, á adquirir noble imperio; los ojos se caldeaban; la voz se

hacía tierna y velada; los brazos, larguísimos, según correspondía á su

aventajada estatura, se desplegaban como una gran cruz que cobijase la

infantil muchedumbre. En esto llegaba el Padre Mur, aquel drope gélido

y narigudo. Repentinamente, el Padre Sequeros perdía toda animación,

todo fervor, todo entusiasmo; volvía á ser el hombre ahuyentado,

receloso, encogido.

El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo, llevando á sus lados á

Bertuco y á Bárcenas, segundón del marquesado del Santo Signo. Coste se

entretenía jugando á solas con el balón. El jesuíta apoyaba sus manos

en los hombros de los dos niños, atrayéndolos hacia sí al tiempo que

les dirigía dulces palabras de afecto y bienvenida, junto con preguntas

referentes al empleo del verano.

--Vamos á ver, ¿habéis conservado la devoción al venerable Padre

Crisóstomo Riscal?

Los niños asentían tibiamente.

--¿Habéis contribuído á propagar su devoción?

--Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea y los aldeanos no

entienden mucho de eso...--dijo Bertuco.

--Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Amalia y Enriqueta, son ya

muy devotas--aseguró Bárcenas.

--¿Y la Piísima?--interrogó el jesuíta--. ¿La habéis hecho todos los

días?

Respondieron que sí. El Padre Sequeros se inclinó á mirarles, con

expresión dubitativa y severa. Los niños se ruborizaron, considerando

descubierto su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba dotado

de sobrenaturales dones adivinatorios, y que no hacía sino mirar á

una persona para leer en el más replegado y lóbrego rincón de su

pensamiento. Al cabo de unos minutos de silencio, el jesuíta indicó que

jugaran un rato, por bien hacer la digestión. Bárcenas fué á empeñarse

en singular y desaforado combate con el mofletudo Coste. Bertuco,

pretextando cansancio á causa del viaje y del madrugón, continuó

paseando con el jesuíta. Eran muy aficionados el uno al otro. El Padre

Sequeros gustaba de la riqueza sentimental y avispado juicio del

muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que había de ser carne de

libertinaje y espíritu de impiedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almita!

¡Tan sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del enemigo malo le

arrancasen una música de infernal fascinación! Bertuco, á su vez, amaba

al Padre Sequeros con un amor que participaba del respeto que nos

inspiran las cosas grandes y misteriosas.

Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le presentaban, escudriñaba

la fisonomía del amigo y maestro; ahora, con el rabillo del ojo; ahora,

franca y descubiertamente, aprovechando que el Padre Sequeros caminaba

abstraído. Era patente, en opinión de Bertuco, que el jesuíta recibía

á sus alumnos con alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven

prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han sufrido detrimento y

mal daño.

Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los grandes patios de

recreación, vacíos y fangosos. Luego, el Padre Sequeros tomó á Bertuco

dulcemente por las sienes, elevándole un poco el rostro, de manera que

lo podía contemplar á su sabor, como lo hizo.

--Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Por qué no levantas los

ojos? ¡Ay, Bertuco! ¡Has perdido la pureza: estás en pecado mortal!

--No, padre. Por esta vez se equivoca--. Pero no lograba reirse, como

pretendía.

--Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con la mentira--. En sus

palabras no había acritud, sino infinita amargura.

Comenzaron á llegar los alumnos, lentamente. Los nuevos, de la tercera

división, lloraban casi todos. Los antiguos se saludaban y abrazaban,

con cierta timidez y encogimiento, como si los tres meses de separación

les hubiera extrañado á unos de otros. Á las seis de la tarde estaba el

hato completo, en la majada jesuítica.

IV

Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus respectivas salas de

estudio ó _estudios_, á secas, según el estilo vernacular del colegio.

Son los estudios grandes salas, de muros blancos y desguarnecidos;

mesas de pino barnizado, cada una con cuatro pupitres ó _cajones_,

que así se llaman, los cuales se abren en dos hojas laterales, de

suerte que al ser usados no oculten la cabeza del alumno; miran todas

las mesas en un sentido, y están repartidas en dos bandas, dejando

en el medio angosto pasadizo; dominándolas, se levanta el púlpito

del inspector, con acceso de uno y otro lado; en la pared, sobre el

púlpito, un doselete y la Inmaculada Concepción.

Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual... Llegó el Padre

Eraña, interrumpiendo la lectura, y fué á colocarse en la mesa de

cabecera, vuelto hacia la división. El alto cargo que le habían

conferido le tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba en

la sonrisa satisfecha y en cierta arrogancia pretendida, incompatible

con la desmedrada humanidad del buen Conejo. Era hombre sencillo, de

cortísimas luces y su rostro plebeyo. Usaba, como todos sus compañeros,

bonete sin borla, de puntas desmesuradas, que á media luz y algo á lo

lejos remedaban las erectas orejas de un asno. Se ignora la génesis

del remoquete con que era caracterizado el Padre Eraña; veníale ya de

Carrión de los Condes.

Conejo paseó su mirada sobre los muchachos; le bailaba siempre en

los ojos la alegría de vivir, y ahora con harta razón. Hubo un gran

silencio, que el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose en él

como en una lisonja. Un hipo descomunal resonó en el estudio.

--¿Quién es el marrano?--preguntó Conejo, aparentando severidad.

Los vecinos del culpable, con esa baja intención característica de la

infancia, y que los jesuítas cultivan con mucho esmero, en fuerza de

miradas y gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella misma hubo

de delatarle. Era Marcialito, hijo del heroico general Pandolfo.

--¿Es esa la educación que te dan en tu casa? ¿Te parece éste sitio

para regoldar?--y Conejo fruncía las cejas de una manera tan ridícula,

que todos rompieron en una gran carcajada.

Á seguida comenzó el reparto de libros de texto. Los niños pasaban, uno

por uno, recogiendo los que le correspondían. Á Bertuco le entregaron

la «Psicología, lógica y ética», de Ortí y Lara; la «Geometría»,

de Rubio, y el segundo de Francés, de Goicoechea. Concluída la

distribución, Conejo preguntó quiénes querían inscribirse en las clases

de adorno. Bertuco se matriculó en violín y dibujo. Coste, aterrorizado

ante el hastío tremebundo de las interminables horas de estudio que

tenía por delante, juzgó cómodo expediente solicitar alguna clase de

adorno, ya que éstas se seguían hurtando el tiempo al estudio.

--Padre, yo quisiera...

--¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisiera el señor Coste?

Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:

--Pues yo quisiera tocar algo...

--Pero, hombre, si parece que lo estás tocando siempre...

Carcajada unánime.

--No, si digo... vamos, algún instrumento.

--¿De viento?

--Bueno; tocar algo.

--Ya estás tocando el violón.

Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz aguda de Manolo Trinidad,

el hipócrita alfeñicado y casi femenino que se pasaba el curso haciendo

la pelotilla, adulando y llevando chismes á los Padres. Coste se sentó

furioso, y con disimulo hizo señas á Trinidad, dándole á entender que

pensaba romperle algo, hacia la cabeza.

Conejo salió del estudio con aire marcial y exagerado contoneo.

El inspector, desde lo alto del púlpito, enderezó breves frases de

salutación á los alumnos, y terminó diciéndoles que podían hojear los

libros de texto en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse entonces

un revuelo sordo, y, á poco, la muchedumbre de cabecitas se inclinaba

atentamente sobre el pupitre.

V

Unos pasaban y repasaban con afán las páginas; otros meditaban, la

cabeza hundida entre las manos; algunos cayeron dormidos. Había un

religioso silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia mirada de

misericordia sobre todos ellos; los escrutaba luego con ahinco, como si

se esforzase en descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué

será de ellos?», se decía. Su destino humano no le inquietaba, sino la

eterna solución de aquellas vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se

condenarán?» Y le tomaba un temblor de espanto.

La solución de ultratumba no queremos aventurarla. Pero como de esto

han corrido muchos años, algo podemos decir del destino terrenal que

pesaba ya sobre aquellos cráneos candorosos.

Sumidos en el triste recogimiento del estudio estaban: Luis Felipe

Ríos, que había de morir frenético, de parálisis general; Rielas,

que había de morir alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían

de recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su hermano Enrique,

Celedonio Pérez, Caztán y Borromeo Gusano, que habían de morir

tuberculosos; Manolo Trinidad, que había de llegar á ser bardaje;

Forjador, jesuíta, y Ricardín, alcalde de Regium. Nada queremos

adelantar de Bertuco y Coste.

Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose el para él magno

problema: «¿Quiénes se salvarán? ¿Quiénes se condenarán?»

Á las ocho menos cuarto asomó por la puerta del estudio el temible

morro del Padre Mur, un morro puntiagudo y vibrátil como el de las

ratas de alcantarilla. El Padre Sequeros le dejó el púlpito y salió del

estudio, á fin de tomar su refección vespertina.

El Padre Mur creyóse también en la obligación de pronunciar unas

palabras. Hízolo muy secamente, mirando á los alumnos con manifiesto

desdén y agrura. Insistió repetidas veces en lo saludable y provechoso

de los castigos para quien los recibe, y, á guisa de epílogo,

advirtióles que lamentables benevolencias de otros Padres tendrían

necesaria compensación en su justa severidad (la de Mur). Los niños

vieron en sus últimas frases una clara alusión al Padre Sequeros, á

quien odiaba, y no era preciso ser muy listo para echarlo de ver.

Luego de terminar tan sucinta y rotunda plática, les conminó á que

inmediatamente le fueran entregando relojes, monedas, cortaplumas y

cualesquiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de distracciones

en clases y estudios. Así lo hicieron todos.

Á las ocho comenzó la cena. Á las ocho y media había terminado. Después

de una breve oración en la capilla particular, los colegiales subieron

al dormitorio, yendo cada cual á guardarse en su respectiva camarilla.

VI

Bertuco fué despojándose pausadamente de sus vestidos. Contempló algún

tiempo el camastro, pequeñuelo y blanquísimo, amable ensenada á donde

se recogía después de los diurnos afanes, entregando su espíritu

en brazos de los ángeles por que lo recreasen con dulces ensueños

y anticipaciones de la gloria venidera. Había sido el lecho de su

virginal candor; ya no podía volver á serlo. No se atrevía á acostarse,

cual si fuese una profanación. Cruzó los brazos y abatió la cabeza.

Estábase así cuando el Padre Sequeros le sacó de su ensimismamiento

tocándole el hombro con blandura.

--¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos, acuéstate.

Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.

--Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo--. Salió, cerrando por fuera la

portezuela.

Bertuco hundió el rostro entre la almohada, solicitando el sueño

ahincadamente, por huir de sus propios pensamientos.

Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales y algunos sollozos,

saliendo ahogadamente de camarillas remotas.

Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses que no hacía sus

oraciones antes de dormirse; comenzó á bisbisear sin lograr aplicarse

á infundirlas un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente,

expandiéndose, expandiéndose como si amenazase quebrarle el cráneo. Era

la idea de tener que confesarse y descorrer ante un sacerdote el velo

de sus pudores mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya malicia! El

demonio le había iniciado en el gran secreto que rige al mundo.

Se le hacía presente la escena y el supremo minuto en que su infame

preceptor le había sugerido inmundas verdades, induciéndole á

pecaminosos actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería oir;

huyó aterrorizado. El seminarista, riéndose, corrió á darle alcance.

Luego, había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No,

no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre.

«Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?» había suspirado roncamente.

Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el

instante adquirieron cabal sentido.

Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe cayó, y entre la

confusión ruinosa corrían los lagartos de los malos pensamientos

y deseos, calentándose al sol interno de una lujuria meditativa,

creciente, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo y

alimento. Se retrajo á los parajes esquivos de la aldea y á los

rincones apartados de la casa. Su espíritu modelaba en todo punto

fantasmagóricas esculturas de carne femenina y rectificaba las formas,

aspirando á la realidad desconocida. Bertuco devoraba á las mujeres con

ojos ardorosos, imaginando la desnudez plena por las sugestiones que

le ofrecían pliegues, caídas y adherencias del ropaje; acechaba una

pierna que en fugitivo movimiento se mostrase, un brazo arremangado,

la hendedura y suave henchimiento de un descote... Comenzó á dudar de

la sabiduría del omnipotente, que había dispuesto para la propagación

de la especie acto tan torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso

y amable. Sintió repugnancia de sus progenitores y desprecio de sí

propio, considerando su bajo y vergonzoso origen. Llegó á mirar con

odio á sus semejantes. Cada vez que tropezaba con una madre amamantando

al pequeñuelo, con una señora encinta, con un matrimonio, volvía

el rostro, asqueándose y reconstruyendo, á pesar suyo, hipotéticas

intimidades é inmundas complacencias. Pero todo su ser aspiraba hacia

la hembra. Una mano soberana é ígnea le asía por la nuca, lanzándole

vertiginosamente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de los

primeros tanteos, en los cuales una ignorancia frenética se ayuntaba

con otra ignorancia pasiva, incapaces de consumar el incógnito acto!

Rosaura, la hija del jardinero, aquella _rapacina_ pelirroja y tímida,

fué la compañera de pecado: era una adolescente informe y glabra aún.

Después, las torturas de ver cómo el curso se le echaba encima,

su despego de los deberes religiosos, su horror al tribunal de la

penitencia, la aridez y tenebrosidad de corazón...

Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz angustiada hendía la paz

del dormitorio: «¡Mamá! ¡Mamá!» De fuera del colegio llegó, apagado y

suspirante, un canto campesino:

A.M.D.G. · 第 1 / 13 段