Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jiménez, he dicho en otra

ocasión lo que pensaba. Hablaba yo de su don musical. Decía de él...:

«lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha

aprendido a ser él mismo--_être soi même_--, y dice su alma en versos

sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está

enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así, en su poesía no busquéis

salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una

sonrisa de convaleciente,

Convalescente di squisitti mali...

pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida».

* * * * *

Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de todas las formas, seguidor

de todas las maneras, hasta que se encontró él mismo, si es que se ha

encontrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su mundo interior de

modo que, ciertamente, seduce y encanta. También es cierto que ha

sufrido mucho, y que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro

Maestro el Dolor.

* * * * *

En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado desde hace algún tiempo y

ha producido ya los mejores frutos. No puede negarse que hoy impera una

influencia extranjera, cosmopolita, pero principalmente francesa e

italiana. Mejor dicho, d’annunziana. (Villaespesa, Pujol--un joven poeta

que comienza con los mejores bríos, muy sentimental, muy musical, muy

elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que ha expresado sus quereres y soñares

con modos refinados, dando a veces un tono menor que traduce sus

prematuras melancolías contagiosamente.)

No dejan de encontrarse--sobre todo, en los sujetos a las ordenanzas

académicas--gestos pasados, libreas mentales, poesías «a la manera

de...», o a _l’instar_, como se diría en París. Mas los que imperan son

los otros.

Hay, por ejemplo, uno de los más nuevos, Andrés González Blanco, que se

ha impuesto desde los comienzos. Sus versos revelan una gran cultura,

una gran mentalidad, y, como antes se decía, una gran «inspiración». En

estas líneas olvido, seguramente, a otros buenos poetas, gentiles

adoradores de las musas. Mas hay que ver que aquí indico únicamente mis

preferencias.

[Illustration]

[Illustration] EN ASTURIAS

I

Desilusión del milagro.

Por Palacio Valdés y el difunto _Clarín_ sospeché la vida ovetense, en

tierra de Asturias. La existencia ciudadana, como en nuestras antiguas

villas hispano-americanas, aún tibias de la empolladura colonial, con

sus curas, bachilleres, señoronas y chismes. Las iglesias siempre

triunfantes, la alta sociedad untada de _sports_ por el contagio de los

viajes. En el ambiente universitario, aún rancio, invasión de cosas

nuevas que llegan del extranjero. Para ver bien todo eso, ahí tenéis _El

Maestrante_ y _La Regenta_. Y en las revistas podéis saber que es aquí,

en Oviedo, donde tiene su asiento principal esa ciencia internacional y

periódica que posee sus mejores representantes españoles en los

profesores Posada, Buylla, Dorado y Altamira.

Yo voy a lo que más puede interesar vuestra curiosidad y halagar vuestra

fantasía. Os ofreceré un poco de maravilloso.

Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un tesoro de reliquias más

rico que el de cualquier basílica italiana o que el de Nuestra Señora de

París; y que entre las cosas que aquí se encuentran las hay

extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de ellas a través de

cristales de poesía. Saludé, pues, la torre esbelta y labrada, la

plazoleta antigua y estrecha, y me encontré en el ambiente oloroso a

incienso de las vastas naves ojivales. Era la hora del coro y los

canónigos celebran el oficio. Resonaba el canto llano. Un órgano se

hacía oir de tanto en tanto. Y como vibrantes chirimías, las voces de

los monagos se unían a los agudos del instrumento. Uno de esos levitas

en miniatura andaba por ahí con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A

una seña se me acercó. Le pregunté por el lugar de las reliquias, y el

duende, no exento de gravedad, me dijo que tuviese paciencia por unos

instantes. Y fué a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto al

facistol. Algunos minutos después salió acompañado de dos canónigos. A

una indicación les seguí.

Entramos por una puerta cercana a la sacristía. Subimos una escalera;

bajamos otra corta. Henos ante otra puerta junto a la cual hay una

campana que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tanto, los

canónigos rezan. Uno de ellos, algo encorvado, misterioso, de ojos

agudos, llama mi atención. Mientras le miro me instruye en voz baja un

poeta del país que me acompaña: «--Ese es un bravo y terrible

sacerdote... Ha sido periodista de combate, hombre de empuje... Le

llaman El Angelón...»

La puerta se había abierto, y tanto El Angelón, semejante a un Claudio

Frollo, como el otro canónigo, nos precedieron al entrar al Relicario,

sin dejar de mascullar sus rezos. Entraba claridad por la puerta y no

recuerdo si por algún ventanillo; mas el monago encendió un cirio, y con

el tono y manera de un cicerone que se respeta, comenzó a pronunciar su

sabida lección y a mostrar a mi intranquila curiosidad un cúmulo de

sacras maravillas. Poco me faltó del «Breve sumario de las santas

reliquias que en la cámara santa de Oviedo se veneran manifiestas, fuera

del arca santa, después que por la misericordia divina, por el año de

mil setenta y cinco, a instancia del señor Rey Don Alfonso el VI, fué

abierta con asistencia de varios de los prelados de España, que por la

general devastación del reino se hallaban refugiados en dicha ciudad; y

asimismo de las indulgencias concedidas a este santuario, que ganan los

que visitan y asientan cofrades en virtud de esta bula». Poco me faltó,

digo; pero con lo que percibí tuve para copiosa provisión de ensueños en

una exploración de invisible por espacio y tiempo.

Mas antes os he de decir la historia milagrosa de estas riquezas

benditas, tal como consta en episcopales documentos. Reinaba Cosroes de

Persia sobre Jerusalem, dominada por sus ejércitos, cuando por

disposición divina fué llevada de la ciudad superilustre a tierras

africanas una caja, hecha en «madera incorruptible», por cristianos que

habían recibido la doctrina de los apóstoles mismos. Siempre

prodigiosamente, la caja erró de Africa a Cartagena de España, de

Cartagena a Sevilla, de Sevilla a Toledo, de Toledo al Monte Sacro de

Asturias y del Monte Sacro a la iglesia de San Salvador, de Oviedo,

«donde dicha arca fué abierta, y hallaron en ella los fieles muchos

cofrecitos de oro, de plata, de marfil y de coral, los cuales, abiertos

con suma veneración, ciertas cédulas atadas a cada reliquia de las que

dentro estaban, manifiestamente declaraban lo que cada una era». El arca

estaba central ante mí, mas cubierta de antiguas chapas y bien labrada

orfebrería. Y dentro del arca, algunos de los objetos venerados que no

se muestran sino en señalados días del año, con ocasión de fiestas

especiales y con gran aparato ritual y manifestaciones de fe.

* * * * *

La vocecita dijo:--«Esta es una pequeña parte de la sábana santa en la

cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.»

Yo sentía una vaga emoción, con un vago perfume de infancia..., a pesar

de que un mal diablillo me andaba por lo interior diciéndome: «¡Muy

bien, muy bien! ¿Qué van a decir, si usted cuenta esto, ciertos amigos

suyos que saben tanto del protoplasma?» Dejé murmurar al diablillo, y vi

en frente de mí, bajo un fanal en un marco de oro, un trozo de tela

blanca, que me pareció demasiado blanca para tantos siglos, y muy

semejante a ciertos tejidos manchesterianos. Mas luego abandoné las

influencias razonadoras, y con el admirable poder imaginativo pude

agrandar el pedazo de tela y ver el inmortal cuadro del descendimiento,

y el del lavado del santo cuerpo, y la piedad del vecino hierosolimitano

que primero que todos los celebrantes de la misa colocó sobre el

Corporal la misteriosa y carnal Hostia antes de la transubstanciación.

Continuaba el rezar de los canónigos, y la fina vocecita casi no se daba

tiempo:--«Estas son ocho espinas de la Corona Sagrada, de la Corona

cruel que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro Redentor.» Y vi,

en una a modo de custodia, las negras espinas, que más bien se me

representaron clavos. Recordé una que antes viera en ya no sé cuál

templo romano, y la corona despojada de sus espinas que se muestra el

Jueves Santo a los fieles en la basílica parisiense, corona que parece

un círculo de secos mimbres... Mas surgió en la lejanía de lo pasado, en

la tarde lívida y eléctrica del Calvario, la dolorosa y portentosa

Figura, con la frente ceñida por la diadema de martirio, sangre y

palidez, amargura humana y desconsuelo divino.

--«He aquí--prosiguió la lengua infantil--un pedazo de la caña que los

judíos pusieron a Cristo por burla.» Recordé a las iluminadas, a las

videntes Emerich y Agreda. Lo que pude ver fueron unas a manera de dos

hojas de palma resecas, de amarillento color. Mas se apareció la

indestructible canalla burladora e insultadora de las majestades

espirituales, y el triste Cristo, vestido de melancolía, soportando la

tortura de las risas miserables.

--«Un pedazo de la túnica inconsútil...» no logro verla en el relicario;

«de su sepulcro», tampoco; «de los pañales en que estuvo envuelto en el

pesebre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. Me hace pensar

en los panes encontrados en las ruinas de Pompeya. Y después me entra un

pueril deseo... Si pudiera probarse esa supernatural pasta, en la cual,

antes que por las palabras de la consagración, estuvo la carne simbólica

de la divinidad, simbólica y efectiva para el creyente... ¡Y si probando

esos relieves del ágape de los 13 no conseguiría uno la visión de lo

inmortal, la potencia de lo infinito, los dones que traen las lenguas de

fuego del Santo Espíritu...!

Mas el monago no da paz a la palabra:--«He aquí uno de los treinta

dineros porque Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por Judas.»--¿En

dónde está? «Dentro de esa caja.»--Lo creo.--¡Judas, desastrado Judas,

precioso chivo emisario del cristiano triunfo, pobre cabeza de turco de

la Redención! El libro de Petruccelli della Gatina es un curioso

libro... Mas, sobre todo, hay que meditar, ¡oh creyentes mis hermanos!,

en que Judas cumplió las disposiciones del Padre; y en que sin la obra

inconsciente suya _no se hubieran cumplido las profecías_.

En cuanto a este dinero, uno de los treinta famosos, creo que debería

sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral ovetense, y

llevarse a París, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a otra

parte cualquiera del mundo, a la casa de otro congénere, donde pudiera

devengar los racionales intereses.

Ocultos también están los que canta la boca del eclesiástico gnomo

«preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen; lienzos

humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no fué

sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la

inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo

mortal sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen,

completa e intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio

están cometiendo los canónigos que conservan y se glorian de poseer algo

de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, en San Salvador de

Oviedo. Yo opino que habría que sacar a la luz esos cabellos. Y si son,

en efecto, ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo en la mano

del sayón, tornarse éstos hebras de luz sobrenatural; notar los sabios

una descomposición en la máquina del día, y la humanidad sentir

entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse las almas

en un deseo de amor universal y de fe profunda.

Después, aquí están un lignum-crucis, que no me interesa tanto después

del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de Notre-Dame; un

pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los

apóstoles después de la Resurrección--cosas que no me mostraron--;

tierra sobre que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y

tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el sepulcro

del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la entrada

en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una

redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los

cristianos habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos,

obstinados por su antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y

con una lanza hirieron el costado derecho, del cual salió sangre y

agua.» No veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. Pero

_credo_.

* * * * *

Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el monaguillo: algo de

la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan

Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!; la suela

de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de

un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del

pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la

cartera, ¡sí, la cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que

los gauchos guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la

Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos y reliquias de todos los

que vais a oir: San Juan, San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos

Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, Primitivo, Justo,

Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano, Mamés, Verísimo,

Máximo, Vedulo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio,

Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el Exorcista, Eugenio,

otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías, Martino, obispo

Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda, Justa,

Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona,

Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa

Catalina.

¡Ah, no!

Y El Angelón y su compañero siguen rezando.

* * * * *

Y luego me muestran «una parte de la vara con que Moisés dividió las

aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un lápiz, yo, que

soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire pondría

espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!

Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo, labrada por mano de

los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos; y se me dice

que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual ayunó

Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto

del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia,

Ananías, Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió

el agua en vino; los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de

Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y los de San Julián y

de San Serrano, y la espaldilla de San Pedro Regalado y otros huesos

más...

¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El Angelón y su colega me

están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis

cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.

Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios... Pero, ¡idos al

diablo!

II

A la orilla del mar.

Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino

que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos--ante el

caprichoso Cantábrico.

Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso de Oviedo, junto a la

desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago. En frente se

divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano caserío; y

más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no

debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita

nueva y fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está

al pie de una pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de

conservas marinas y un restaurant que se ve bullicioso y se siente

sonoro los domingos. La Arena es lugar de pescadores, y por el lado de

la costa tiene una que otra casita pintoresca que alquilan las pocas

familias que vienen durante el verano.

Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en construcción que

avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro, la costa

abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.

Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma, son tranquilas y

serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado,

y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo cargado de

frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de

panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no

muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos

cantaban su melopea, un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda

y unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo.

Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los

pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las

embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras

antiguas en desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la

suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el

retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces

la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando

se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que

aguardan.

Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un

huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no

les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia

chica y triste, en donde los más devotos forasteros retroceden ante el

formidable ejército de pulgas, que sin duda el rey de las moscas, o sea

Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes.

Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y

emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones» botella.

Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.

* * * * *

El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y

amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos

y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en

días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que

les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y

esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde

están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.

Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en

esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas

épocas, dramas tremendos. «Por allí--me dice un pescador, señalándome el

extremo del rompeolas--, por allí murieron el invierno pasado catorce

hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor

con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la

espuma. Recuerdo ya viejos versos:

Claudicante, viejo, solo.

Viene del Polo el Invierno.

Eolo sopla en su cuerno

Saludando al rey del Polo.

Al son del cuerno de Eolo

Lanza el gran mar su clamor.

Sobre el oceánico hervor

Da el tritón su canto extraño,

Y con su crespo rebaño

Pasa el terrible pastor...

Como todas las gentes de mar, como las de Normandía, como las de

Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su patrón celeste, su

representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro de los

huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el

bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los

árboles de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión

anual, va vestido de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos

y músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según se me informa, se

verificará pronto, y ya tendré entonces ocasión para describírosla.

No han progresado mucho que digamos estos lugares desde el año de 1794,

en que se publicaron las _Memorias históricas del principado de Asturias

y obispado de Oviedo_, por el Dr. D. Carlos González de Posada, canónigo

de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor Pedro Cavals.

Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena: «Puerto de

mar a la boca del río Nalón, dos leguas y media distante de Avilés, y

de corta población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 vecinos en la misma

boca del Nalón y frente a La Arena, sin más distancia que el río en

medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inmediaciones

se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las maderas que

bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo, Cangas,

Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos

puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo

nombre, corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»

Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza, ha

de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a

España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios comerciales

y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y cuya

riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha

de cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá

aquí veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros

automóviles que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes

_petits-chevaux_, y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que

dan estas cosas primitivas, se irán con la música y los sueños a otra

parte. Aunque pronto no habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La

unificación del planeta será absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros

mártires se estremecerán en la eternidad, y sobre el globo uniforme

prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.

Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño. La clientela no es

numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los visitantes

que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se ve

pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio

minúsculo hacia las olas.

A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco graves, el imaginarse a

Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado algo más tremendo

al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas costas. He

advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la guapa

y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las

envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón

más salaz _recule épouvanté_. Mas no percatan las pudorosas damas que

las tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se

pegan al cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro

en los talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una

realidad irónica y flagrante.

He notado que las puestas de sol no son aquí, al menos por estos días,

prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he visto libre de

nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se muestra sino

a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de

viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una

como cordillera de montañas obscuras, cuyos filetes bruñía de un fuego

vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no se veía. Fué más

tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se abrió una

tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro

solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y

se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones

amontonados. La cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando

blandamente aquella aglomeración de masas enormes y obscuras. El mar,

que fué primero gris, luego plateado, luego violeta, luego verdoso,

luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente en el último

momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de las

aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos

algodones sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la

llegada de una vela latina, de una rezagada barca pescadora, con la

aparición, siempre enigmáticamente luminosa, del milagro de las

estrellas.

III

San Telmo.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 11 / 13 段