Buen artista, de Groux es compasivo con los humildes de abajo, con el

pueblo que sufre la tiranía de la estupidez triunfante. Mas no se mezcla

con los brutales elementos. Quiere «sólo un déspota, el Genio», como

dice brava y aristocráticamente ese cantor de las rojas esperanzas que

tiene por nombre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la burguesía

ostentosa e ignara de la nobleza decadente y rebajada, del

igualitarismo, tan odioso como imposible. Baudelaire ha sido uno de sus

peligrosos guías en su senda de tinieblas y de espantos. De tanto

frecuentar el reino de lo desconocido, en donde no se camina sino

tanteando el lado de los abismos y negros despeñaderos, y en donde no

puede prestarle sus ojos nictálopes su amigo el buho, es probable que su

cerebro no se encuentre completamente fácil para el diario comercio de

los hombres. Es posible también que en el imperio de las tinieblas

enemigas cuente con más de una animosidad. Y si, como asegura Bloy, se

ha olvidado por completo de Dios, todo él está vulnerable para los

puñales invisibles.

El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de cosas misteriosas, y de

su contacto con la locura en el manicomio italiano ha de sacar nuevas

apariencias de horrores visionarios. Si de la nocturna confabulación de

contrarias fuerzas sale su fatal sentencia, será una pérdida para el

alto arte, un duelo para el pensamiento. Será el golpe final para quien,

desde la cuna, fué señalado a la desgracia y al dolor como víctima de un

influjo saturnino, de una influencia maligna, diría el pobre Lelian.

Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las ásperas luchas,

cobrando aliento después de las sacudidas de la hostil suerte, halle en

la labor metódica un consuelo y una salvación.

Aunque, ¡la pobreza es tan infame!

[Illustration]

[Illustration] LO QUE QUEDA DE HEREDIA

José María de Heredia está ya enterrado en el cementerio de Rouen,

adonde fué a hacer compañía a su mujer. Tras sus despojos iban tres

poetas, sus tres yernos: Henry de Regnier, Maurice Maindron y Pierre

Louys.

Se presentan ya muchos candidatos al puesto de bibliotecario del

Arsenal. Se habló un poco de la desaparición del célebre artista del

soneto. Se escribieron unos cuantos artículos. Después, ha venido el

silencio sobre el que partió en lo gris del otoño. No obstante, queda de

él mucho, en poco. Un libro. Ese libro vivirá. Mil hay que dejan cien

volúmenes para el olvido y para los ratones.

* * * * *

Fué, como es sabido, cubano de nacimiento, pero esto es un accidente que

apenas advertís en tal reminiscencia de uno o dos sonetos. El fué poeta

francés, completamente francés, a pesar de sus pergaminos de

«conquistador», a pesar del «ancêtre», del fundador de ciudades. Nació

en Cuba, como su maestro Leconte de Lisle nació en la isla Borbón, o

como Julio Laforgue nació en Montevideo. Mas su gloria es absolutamente

francesa, porque su alma se nutrió en Francia, sin conservar casi nada

del perfume de las islas natales. Vagamente ese perfume le llega una

vez, a la orilla del mar... No es el mismo caso el de otro José María

que hoy comienza a engarzar en hermosos collares perlas de Francia: José

María Cantilo. Si llega el triunfo futuro, será gloria argentina, a

pesar de la lengua de adopción en que exprime sus líricos pensares.

Hay la idea común de que los parnasianos fueron simples artesanos del

verso, fabricantes de piezas de orfebrería. «Nosotros, que cincelamos

los versos como copas», decía uno de los más grandes entre ellos. El

verbo humano y el ritmo divino tienen tal virtud, que no le es posible

al artífice más impasible labrar una copa que no esté siempre llena de

algo. La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el vino de poesía

diluído un sentimiento, un pensamiento. Y en las urnas de José María de

Heredia se conserva un licor precioso que ganará calidades envejeciendo.

Ciertamente fué un orfebre como todos los del Parnaso. Tenía el cuidado

de la rima, la preocupación de la palabra y, naturalmente, el orgullo

del pensamiento. No hay uno solo de los «impasibles» que no tenga en su

estrofa, en la apariencia, fría, un estremecimiento emocional, pues

emoción hay hasta en las más profundas especulaciones mentales.

Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del mármol y del metal,

materiales de su labor. La dedicatoria a su madre en «Les Trophées» es

una lápida romana. La mayor parte de sus sonetos son casi epigráficos,

dignos de una estela. Heredia no escribió una sola línea que no fuese

monumental. De allí esa augusta disposición de los conceptos, esa noble

euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de sus pequeños templos de

catorce columnas.

Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único. ¿Se habría preferido

que amontonase en las librerías volúmenes sobre volúmenes, a la manera

de tanto fecundo multíparo de la literatura cuya prole, sin dolor

creada, servirá tan sólo por su inanidad y número para hacer más pesada

y más invisible la losa del más justificado de los olvidos?

* * * * *

A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar de la cita que en una

ocasión me dio el maestro por medio del poeta Angel de Estrada, nunca

fuí a verle, ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de que era

administrador, después de Nodier, de Alexandre Duval, del bibliófilo

Jacob, de Loredan Larchey, de Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas

sé que todos los que a él se acercaron quedaron encantados de sus

afabilidades señoriles, de su fondo hidalgo, de su generosidad

espiritual. No creo que le agradase mucho hablar el español, el cual,

según tengo entendido, pronunciaba con acento francés. Estaba, por otra

parte, un poco sordo; así es que la entrevista que tuvo con Núñez de

Arce, hace años, debe haber sido curiosa, dado que el poeta español

hablaba muy poco y muy mal el francés.

Heredia era amado de la juventud, de esa juventud acusada tantas veces

de iconoclasticismo y de irrespeto para con los maestros. A esta

acusación contesta con mucha justicia un claro y valiente espíritu,

André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, y demasiado pronto numerosos,

Verlaine, Mallarmé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad en que

se os abandonaba?, y vos, magnánimo superviviente de una época valiente,

León Dierx, ¿quién os rodea de fervor y de afección mas que nosotros?

¿Quiénes, pues, José María de Heredia, desde los primeros años

literarios venían con un orgullo tímido a consultaros, a entregaros sus

esperanzas y a confiaros sus dudas?» Y es que el carácter acogedor y la

noble confianza que inspiraba el perfecto lírico daban a los

principiantes un amable calor de entusiasmo, un seguro estímulo, un

deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era el alma misma de ellos

la que sentía la espuela de oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos

amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José María de Heredia,

ningún _aîné_ supo acoger, lleno de una bondad igual, a los

principiantes, a quienes prodigaba con simpatía sus consejos

fraternales. ¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes su casa fué

abierta, ha podido perder el recuerdo de los primeros minutos de su

primera visita? Cuando desfalleciendo casi de temor y de respetuosa

incertidumbre el recién llegado era introducido a un vasto y claro

gabinete cuadrado, sonoro de voces vibrantes y alegres, se habría

sentido presa de un vértigo extraño y temeroso, si el Poeta,

suspendiendo con un ademán alguna disertación tumultuosa, no acorriese

casi de un salto a él, a darle la bienvenida, con abundancia y precisión

que daban al espíritu ansioso y encantado a la vez el tiempo de

reponerse, de admirar, y de comprender a un tiempo, y amar a ese hombre,

que se revelaba completamente en su movimiento de cordialidad franca y

de calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproximaron. Mi proverbial

condición ursina no me permitió poder apreciar personalmente la

gentileza hospitalaria del hidalgo.

La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya sabéis que sus tres hijas

se casaron con escritores. Hasta la hora actual, parece que son felices,

y ningún rumor de divorcio se ha oído. Una de las jóvenes, la casada con

Henry de Regnier, es mujer de gran talento, y se ha hecho notable por

sus poesías, publicadas casi todas en la _Revue de Deux Mondes_, y,

sobre todo, por las novelas que ha firmado con el pseudónimo de Gerard

d’Houville, nombre de un abuelo maternal de brava y pintoresca vida. Su

salón era uno de los pocos que quedan exclusivamente literarios, y allí

se reunía mucha parte de la _élite_ de la mentalidad francesa

contemporánea.

* * * * *

En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único artículo que conozco en

que se decrete y anuncie la desaparición en el olvido de la obra

herediana. «Les Trophées» de Heredia! Cuando hoy hay quien exhume y

comente los seccionales del lejano y encriptado Du Bartas. Se ignorará

en lo porvenir a Heredia si se borra por completo la historia de la

poesía francesa en el siglo XIX, en la cual él es ciertamente un

«antillano»; tiene su isla.

Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y por el material _aere

perennius_, esa «Leyenda de los siglos» en miniatura, ese museo _di

camera_, esa labor cuyo defecto sólo es la casi completa perfección. Tal

la de su maestro Leconte de Lisle, y la de su antecesor Chenier. Poesía

pura y lengua pura. Y tanta confianza había en el alma del poeta en lo

futuro, que el primer soneto de la colección está dedicado al Olvido:

Le temple est en ruine au haut du promontoire...

* * * * *

Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux

Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines,

La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.

Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la historia, supo

concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán

admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su

cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes,

los dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la

gran figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago

de Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a

Neso, cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de Epiro»; la

centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»; la

admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de

centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une

odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y

Medea aparecen como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto

dedicado a ese pintor. En el «Termodonte» véis pasar a los potros

blancos, rojos de la sangre de las Vírgenes. En «Artemis», la diosa se

presenta como llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego pasará,

cazadora, saltando entre sus molosos; y la flauta pánica resonará en una

ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador de ninfas desnudas». Su

risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso cincelado, en cuyos

flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y

Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en

rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador,

triunfa a las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los

funerales de Adonis; Circe siente los perros sagrados que la siguen

aullando. En un soneto dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que

habría podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, «Marsyas»,

hace recordar el Marsyas de mármol del Louvre.

Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue sobre la mar su grande

sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le ciel ebloui de ses

ailes de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlacés font un tiède

berceau».

En los epigramas y bucólicas es un admirable evocador de la vida

antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones votivas; clamores

de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten; esclavos,

sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un

corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce;

un cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o

bien estas palabras que hoy son para dichas por sus propios labios

fríos:

Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse,

Et maintenant habite, hélas! A pour jamais,

L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.

En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de Virgilio. Conoceréis al

discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en labios de un pastor.

El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida es breve, como

cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las sombras».

He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una

sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un

triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:

Grave-les dans la frise et dans les bas-relief

Profondement, de peur que l’avenir te frustre...

Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a un gran pájaro de oro que

espía a lo lejos su presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre

soneto en que Antonio ve en los ojos puntuados de oro de Cleopatra:

Toute une mer immense ou fuyaient des galères.

Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos epigráficos suceden la

Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en su terreno de

labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que decora

las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En

«l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió

Verlaine, y en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués

de Bradomín.

Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, Petrarca y Ronsard; y es

un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que contribuyen a la gloria

fraternal de Claudis Popelin.

En los conquistadores, puede decirse que se recrea en la gloria del

Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por

el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con «une

Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los

Trópicos, se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo.

Es allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen

cubano del poeta.

* * * * *

Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia una traducción de Bernal

Díaz del Castillo, un «Romancero», inferior a lo que en este sentido se

encuentra en la «Leyenda de los Siglos», y «Les Conquérants de l’Or»,

fragmento épico que poca cosa puede agregar a su gloria.

Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves, las estatuetas, los

templetes, las logias que construyó con amor y pasión de artista. Y

vivirán, sobre todo, porque puso en ellos su vida y su alma, su

constante esfuerzo y su adoración a la Belleza pura.

Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la sociedad ni cambiar el

mundo. No se dedicó a la pistonuda carrera de apóstol. Era un cuerdo.

[Illustration]

[Illustration] NUEVOS POETAS DE ESPAÑA

Mi distinguido compañero Enrique Gómez Carrillo ha venido a verme, en su

calidad de redactor de la sección de letras españolas en el _Mercure de

France_, y me ha dicho: «Necesitamos que me conteste esta pregunta: ¿Qué

piensa usted sobre el estado actual de la poesía en España?» La pregunta

es compleja, porque no hay una poesía actual española, sino muchos

poetas españoles. Pocos excelentes, algunos buenos, y los demás...

Lo que sí se advierte en el primer momento es que la manera de pensar y

de escribir ha cambiado. La liberación de la intelectualidad es un

hecho, y más que la europeización, la universalización del alma

española. En mi «España contemporánea» he hablado del movimiento mental

que por la influencia del simbolismo francés transformó las letras

hispano-americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a España, y

dió nueva vida a las letras españolas. Se acabaron el encantamiento, la

sujeción a la ley de lo antiguo académico, la vitola, el patrón que

antaño uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer versos de

determinada manera, a lo Fray Luis de León, a lo Zorrilla, o a lo

Campoamor, o a lo Núñez de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la

libre manifestación de las ideas, el vuelo poético sin trabas, se

impusieron. Y eso trajo una floración nueva y desconocida. Y el nivel de

los espíritus subió. Hasta hace pocos años, apartando al gran Zorrilla,

los poetas castellanos estaban en segundo o tercer término entre los de

Europa. Ahora, entre los poetas jóvenes de España, los hay que pueden

parangonarse con los de cualquier Parnaso del mundo. La calidad es ya

otra, gracias a la cultura importada, a la puerta abierta en la vieja

muralla feudal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas.

* * * * *

Antonio Machado es quizá el más intenso de todos. La música de su verso

va en su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es la de

un filósofo estóico. Sabe decir sus ensueños en frases hondas. Se

interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo

sobre la tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo inmenso,

neroniano y diogenesco. Tiene la admiración de la aristocracia

intelectual. Algunos críticos han visto en él un continuador de la

tradición castiza, de la tradición lírica nacional. A mí me parece, al

contrario, uno de los más cosmopolitas, uno de los más generales, por

lo mismo que lo considero uno de los más humanos.

Su hermano Manuel, que ha permanecido en París durante varios años, es

muy diferente. Este es fino, ágil y exquisito. Nutrido de la más

flamante savia francesa sus versos parecen escritos en francés, y desde

luego puedo asegurar que son pensados en francés. Es en muchas de sus

poesías--por ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco--un verleniano

de la más legítima procedencia. Con los elementos fonéticos del

castellano ha llegado a hacer lo que en francés no han logrado muchos

seguidores del prodigioso Fauno. Sus «arietas» son perfectas. En cuanto

a sus resurrecciones de viejos metros y sus tentativas de versolibrismo,

indican un gran virtuoso y un artista de la palabra.

Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta asturiano, pero que es

castellano, pero que es cosmopolita; joven, luego rico en primavera,

luego sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador de la libertad,

luego soñador. D. Ramón Pérez de Ayala tiene un nombre que trasciende a

líricas vejeces, a pergaminos venerandos, a flores secas halladas en un

breviario de arcipreste enamorado de las musas. D. Ramón Pérez de Ayala

es un poeta absolutamente del siglo XX, con igual educación estética que

nuestros mejores poetas hispano-americanos actuales, y con una hermosa

independencia de espíritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la

manera más sencillamente posible. Mas hay que advertir que la sencillez

es en este caso lo más dificultoso. Ahora todos queremos ser

sencillos... Todos nos comemos nuestro cordero al asador después que lo

hemos tenido encintado en el _hameau_ de Versalles. El Sr. Pérez de

Ayala se expresa a veces con reminiscencias clásicas, arando en el

antiguo y fecundo campo con los apacibles bueyes de Berceo y de Juan

Ruiz; y su arado, de modernísima fábrica, hiere la tierra con igual

virtud que los venerables y rudos hierros viejos. He leído «La paz del

sendero», manifestación primigenia de esta fragante alma. Tiene el autor

demasiado talento para que sonríamos ante la premura de un dolor fatal

apenas entrevisto. Desde esos primaverales años clama una voz de hondo y

meditabundo poeta, animado por el infuso saber, amargo don del destino.

Con sayal de amarguras, de la vida romero,

Topé tras luenga andanza con la paz del sendero.

Fenecía del día el resplandor postrero.

En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.

Parecía que Dios en el campo moraba.

Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba,

Morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,

Vertía en el crepúsculo olores celestiales.

Veíanse blancos brotes de silvestres rosales,

Y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila iba besando el son

Al canto del jilguero, mi pobre corazón

Sintió como una lluvia buena de la emoción;

Entonces a mi vera vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,

Y este ganado era por seis vacas formado;

Lucidas todas ellas, de pelo colorado,

Y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón:--Dios guarde al señor forastero.

--Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero

Rapaz.--Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero.

En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía.

Y quedó dulcemente otro algo que nacía.

En la paz del sendero se anegó el alma mía.

Y de emoción no osé llorar. Atardecía.

Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta fragante alma en su

más amable estación. Es una primavera sentimental color de otoño. Hay

después sensaciones rurales y familiares que tan solamente pueden

compararse a las de Francis Jammes. Son de una modernidad intensa, y en

su manera clara y en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que complica

en nuestro espíritu el acendrado cultivo mental. ¡Cuán extraordinario es

encontrar en las almas nuevas de todos los puntos del mundo la alegría!

Pérez de Ayala no es una excepción. De la tristeza principesca e

hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la casi rústica de «La paz del

sendero», no hay gran diferencia. Es una diferencia de decoración, de

ambiente, de música. El sutil veneno es el mismo. Hay amor,

naturalmente; amor de verdad, a la antigua, amor de _clair-de-lune_ y de

adoración romántica. Lo sexual no tiene gran importancia cuando la

primera ilusión llega con sus manos llenas de jazmines. Cuando el poeta

de los «Jardines lejanos» ve que sus princesas de ilusión tienen blancos

y rosados senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha hablado

al oído.

He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de Ayala, de abolengo

literario que obliga, es en la generación a que pertenece de los poetas

que piensan. Las nuevas influencias que han transformado la poesía

castellana han traído con la renovación de la forma un grande amor a las

ideas. Un escritor de gran valer y de extrañas violencias, el Sr.

Unamuno, se enreda en eso de las ideas, desdeña las ideas, sin ver que

ellas son nuestra única manifestación, el único fruto que da constancia

de la existencia del árbol humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía,

y el sabio no halló sino una gran verdad con lo de «pienso, luego soy».

Pensemos, pues, y que el sentir no se excluya, pues el sentimiento mismo

se produce en nuestra máquina cerebral. El palacio de Psique está entre

las paredes del cráneo, allí donde Cajal y compañeros van encontrando

desconocido en la mina misma de los pensamientos.

* * * * *

Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es un señor. Continúa la

tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos,

prendados de nobleza, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con

todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su

pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces «con pensamientos nuevos

hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos hace versos nuevos.

El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos

versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos

libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un

ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay

magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II que en cualquier

literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma

española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus

«sonetos» se resienten de heredianos algunos: los escritos en

alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de

los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.

* * * * *

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 10 / 13 段