es San Telmo, el de los fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre
estas buenas gentes, la superstición queda. En Dios se puede tener poca
fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la mañana, temprano,
sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles del
pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos
vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo
misa con sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en
una intempestiva Marcha Real cuando el sacerdote alzó.
Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante, que es de D. Edmundo
Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista y escritor
ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde debía
pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que
llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro
kodak en finas manos.
La procesión fué después del almuerzo. Desde donde yo estaba pude
dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor de una
fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí,
casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de
«preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del
Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover
de barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el
«Brillante» en fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada,
argentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, manchado de
pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis
apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y
estudioso que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas
blancas, con un jardincillo en que hay verdores apacibles, flores e
higueras.
Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la procesión. El cielo se
ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua está como el
cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis hanté:
Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente
reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el
acento con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me
asomo me parece veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me
antoja ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión
en barcas. Entre las pequeñas de los pescadores viene, como un
Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que está el santo. Y en el
vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las barcas de los
pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros, todo es
una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España!
¡España!
Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presencio, no es el triunfo
marino del Bucentauro; es una fiesta española y asturiana. Son los
buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran el día de su
patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de función
imponente por sus lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de las
góndolas señoriales, paños de seda flecados y bordados de oro. La
obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas sobre el
cristal especular.
Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son dulce de la provincia,
de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las
aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan, pues es el
día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En la
procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de
banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la
embarcación en que pasa el santo, van vecinos notables, autoridades,
curas con sus roquetes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedumbre
que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de plata. Y hay por todas
partes alegría, la alegría de un día de regatas.
¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar, de las terribles
rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y cordial con tus
gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos ásperos,
van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del
calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la
racha de mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que
va el trabajador de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos
eléctricos, a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras
telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. Dales buen tiempo, mucha
pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor,
beberán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un
diablo rojo que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses
y descabezando santos!
IV
San Telmo se porta bien.
... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi barquero. El cual es un
marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las
da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante, me dijo en
medio de la conversación:
--Yo creo haber visto al diablo, señor.
--¿Cómo, Evaristo?
Y me contó una su nocturna aventura, complicada con un caso telepático
que complacería al duque de Argyll.
--Melo de la Morena--me dijo--era un pescador como yo. Nos conocíamos
desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la sardina.
Una noche--de esto hace poco tiempo--volvía yo por la ría, del lado en
que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros... Era como la
media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme en la
lancha un tanto hacia la ribera, oigo:--«¡Evaristo! ¡Evaristooo!--Y la
voz era tan espantosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. No
obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre, reconocimos juntos
la voz de Melo de la Morena.--Es Melo de la Morena, dije yo.--Es la voz
de Melo de la Morena, afirmó mi padre--. Pero, ¿qué andará haciendo a
estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían
pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es
superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del
lugar, y de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por
la mañana vi a Melo de la Morena:--Melo, ¿qué andabas haciendo anoche
tan lejos, por el puente de Muros, como a las doce?--Yo estaba en mi
cama, dijo Melo.--Pues mi padre y yo hemos oído tu voz que nos
llamaba--. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo--. Y lo terrible del
caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a la
sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.
--A todo esto, Evaristo--le dije--, no ha aparecido el diablo.
--Es verdad--contestó--. Eso fué otra noche. Y digo sería el «diaño»;
aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me narró sus
aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las
ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una
barca para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca,
de pie.--Vamos, padre; dijo Evaristo.--Ya voy--respondió la figura
blanca--. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de llamar, y la figura
seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que aquello era cosa
diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la figura. La cual
se deshizo como un humo.
--Evaristo--le dije--, indudablemente era el «diaño».
En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer llorando, que corría
hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:
--Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres. Allá por la punta del
muelle.
Fuimos a ver lo que pasaba.
El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un fuerte viento nordeste que
había causado el desastre. A la vista de los que estábamos, en la costa,
una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba volcada. Se
notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas. ¿Cuántos
pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos.
Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos
hacia las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas,
lloraban también. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la
concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se escuchaban lamentaciones:
«¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una
Hécuba. «Aquélla--me dijeron--tiene un hijo en la pesca; aquella otra
tiene dos hijos; aquella otra su marido y un hijo.» Así era la
desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón
más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena era
para conmover a un hombre de bronce.
Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir: «¡San Telmo, señor
San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de nuevo las
lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero. Todos
nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?
¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a escuchar entre el
grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros y diesen
cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a remolque,
y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin
doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca
de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a
reconocer a los que venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.»
«Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.» Y venían voces de ellos: «¡No hay
cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»
Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados los náufragos. Uno de
ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la
muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San Telmo:
--¡San Telmo, te has portado bien!
V
Un eclipse.
Siendo España un país favorecido por los «eclipses»--desde que se pone
el sol en sus dominios...--he aquí que la reciente manifestación solar
ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención del mundo. De
todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en los
asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos
astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se
aleja el pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen
el patriarcal, con su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con
sus ojos meditativos y profundos entre la nieve de su senectud; vino
Rayet sonriente con su corona de invierno, y otros cuantos más, con los
más jóvenes, con los coroneles de la artillería óptica, y con las
ayudantas, la inevitable compañía femenina, las cantineras de las
batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá
y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando anda
por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e
inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica
de la corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con
Cahen, que compite con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos
brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman Lockyer,
dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia llegaron
Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un
cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De
Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De
Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann,
Dugan, y más alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece
astralmente el gran Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más
notorios y más eficaces cazadores de secretos celestes, y de Estados
Unidos un batallón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, director del
californiano observatorio de Lick. La América latina estaba felizmente
representada por Méjico, con un excelente cuerpo de astrónomos
mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio de Santiago.
Confieso que me sorprendió no encontrar un representante argentino, uno
de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en Córdoba y
en La Plata.
Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno español y las
autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones con
cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más
literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los
lugares adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra
civilizada, fué saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, y
paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su
excelente señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de
sabia consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron
los campamentos astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo
científico, el turismo europeo invadió por esos días la Península; y,
como sucede en ocasiones semejantes, todo se puso por las barbas del sol
y los cuernos de la luna: hoteles, habitaciones en casas particulares,
alimentación y cuanto se hubo menester. Lord inglés hubo que pagó dos
mil pesetas diarias el departamento para su familia. Y era como en el
cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los comestibles y las
habitaciones? No, señor; lo que son raros son los lores y los eclipses.»
Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Sigüenza, en
Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios para
sus observaciones, el negocio fué pingüe.
En España fueron grandes el movimiento y la curiosidad. Los trenes, la
víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de gente a los lugares
estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de todas clases de
curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que aquí llaman
«botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico precio.
Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey de su tiempo y de su
edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué, con su
agilidad y bizarría de siempre, en su automóvil, y la Reina y las
Infantas también fueron, desde el palacio de Miramar de San Sebastián,
en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias del veraneo. Y tras
el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre
elegante que se desprendió de sus nidos de _villegiatura_ para ir a la
ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril.
Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia
para poner la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid,
y para inaugurar una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó
conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir en seguida a cazar
rebecos a los picos de Europa. Visitó las instalaciones astronómicas
nacionales y extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas
diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa a
hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó
de todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar
por él la función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el
mejor punto para contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el
firmamento.
El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuando reapareció la luz
del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No lo entiendo.
Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el célebre autor del
_Escándalo_ y del _Diario de un testigo de la guerra de Africa_,
presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de 1860, y en las
impresiones que de él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba
sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio,
animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y monótonos
zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de
un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las
aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos
al deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora
anunciada y esperada hace tiempo por los astrónomos...
... El eclipse había principiado, pero aún no se percibía alteración
ninguna en la luz del sol.
A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer las nubes, mientras el
mar se ponía cada vez más sombrío.
La luz del sol era blanca como la de la luna, y la sombra de los cuerpos
intensamente negra, pero de vagos contornos.
El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana. ¡El sol se hallaba en
el mediodía, y, sin embargo, se aproximaba la noche! Nuestros semblantes
se iban poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no era
semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba
fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro. Las nubes tomaban
un color gris, como el de la ceniza. El mar continuaba
obscureciéndose... ¡En esto (todo lo que yo digo sucedió en menos de un
segundo), en esto expira instantáneamente el último fulgor, cambian de
aspecto todas las cosas, vense lucir las estrellas cerca del astro
agonizante, levántase un espantoso viento, hace frío, corren las nubes,
ennegrece el mar, camina la sombra a nuestros pies, parece ser que se
desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro;
muere el sol... y sustitúyelo un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y
grandioso; más bello que todo lo imaginado por el hombre! Un grito de
terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen
indudablemente que se ha acabado el mundo. Pero al ver que el sol ha
sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo
alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso,
en un viva, en un «bravo», en una aclamación frenética y entusiasta.»
Don Pedro Antonio de Alarcón explica, pues, el motivo del aplauso; lo
explica como poeta y como creyente. Yo supongo más bien semejante
explosión de entusiasmo teatral una manifestación vulgar, no del pueblo,
sino del público, de la concurrencia semileída, que celebra el hecho
como el final de una función pirotécnica, o del ensayo de una nueva
lámpara de luz eléctrica...
* * * * *
Ahora, he aquí mis impresiones personales.
... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña terraza, o más bien
jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del Cantábrico. La
mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o menos,
desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había
caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba
fresco. Las olas formaban gran movimiento. No había, en lo que la vista
alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las casas
vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban
en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros
diminutos y grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos,
afanosos; saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el
mundo miraba el cielo con un vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el
mundo, y apunté hacia Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero
Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman el primer contacto.
En la bola incandescente del sol noté la intrusión de la luna. Varias
veces observé, a medida que lo negro iba aumentando sobre la superficie
solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué una bolsa de oro, ya
una raja de melón, ya una hoz.
La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba sobre el mar y sobre la
tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse
total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió una noche
súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno como
temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las
gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines»
dejaron de merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse
a las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último
se acurrucaron junto a un muro. Habían salido unas pocas barcas. La
obscuridad no me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la
Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el comentario de un
misterioso coro.
En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá en busca de los
nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un verdadero
malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban
allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios. Yo no
había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo
había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era
el mismo sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos
hipnagógicos. Y pensé luego en las ancestrales angustias, en los
terrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No habría gran verdad
en el espanto de la humanidad antigua, que veía yo reflejado en el
inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se destacaba un
sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca, un
nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos
tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de
sombra rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía
temblar a los hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes,
el precursor de las catástrofes.
Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y fatales, brilló por un
momento, maravilloso, el diamante de Venus.
A un viejo criado que está cerca de mí, y que se consterna, le preguntó:
«¿Qué tiene usted?» «Tengo miedo», me dice. Y esa era la palabra; había
miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo
en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la tierra conmovida.
Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. Y los andarines
anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron
manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como
llena de súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva
mañana, y el día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su
tranquilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí
este párrafo de la «Crónica de los Reyes Católicos», de Bernáldez, en
que habla «del espantoso eclipse que el sol fizo: «...El dicho año de
mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve días del mes de
julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol un eclipse, el más
espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se
cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el
cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a
poco a poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a
las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día
esclareció como en los días de antes solía estar, y así se puso el sol
muy caliginoso». Buen Bernáldez, que no sospechaba el _coronium_, pero
que vivía en una época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien
no es hoy de buen gusto nombrar.
ÍNDICE
_Páginas_
El ejemplo de Zola 7
Gorki 23
El poeta León XIII 35
Libros viejos a orillas del Sena 47
Un cisma en Francia 55
Las tinieblas enemigas 63
Algunas notas sobre Jean Moreas 73
A propósito de Mme. de Noailles 83
Niñas-prodigios 93
Rostand, o la felicidad 107
La prensa francesa:
I. Los diarios 115
II. Las revistas 125
La evolución del rastacuerismo 133
El escultor argentino Irurtia 141
Clésinger y su obra 151
Miss Isadora Duncan 159
Rémy de Gourmont 167
Henri de Groux 175
Lo que queda de Heredia 191
Nuevos poetas de España 201
En Asturias:
I. Desilusión del milagro 211
II. A la orilla del mar 220
III. San Telmo 226
IV. San Telmo se porta bien 230
V. Un eclipse 234
[Illustration:
ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID, EN LA TIPOGRAFÍA YAGÜES EL DÍA
X DE MAYO DEL AÑO MCMXVIII]
* * * * *
Editorial “MUNDO LATINO”
APARTADO 502.--MADRID
Extracto del Catálogo general
_Pesetas_
OBRAS COMPLETAS
DE RICARDO DE LEÓN
(de la Real Academia Española)
Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º,
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut
Valera y retrato del autor, por Vacqué 50,00
A plazos 60,00
DE FRANCISCO VILLAESPESA
I.--Intimidades.--Flores de Almendro. 3,00
II.--Luchas.--Confidencias. 3,00
III.--La copa del Rey de Thule.--La musa enferma. 3,00
IV.--El alto de los Bohemios.--Rapsodias. 3,00
V.--Las horas que pasan. (Veladas de amor) 3,00
VI.--Las joyas de Margarita: Breviario de amor.--La
tela de Penélope.--El milagro del vaso de agua. 3,00
VII--Doña María de Padilla.--La cena de los cardenales. 3,00
VIII.--El milagro de las rosas.--Resurrección.--Amigas
viejas. 3,00
IX.--Las granadas de rubíes.--Las pupilas de Almotadid.--Las
garras de la pantera.--El último Abderramán. 3,00
X.--Tristitiæ rerum. 3,00