He ahí lo que es este buscador de infinito y analizador de lo que cae

bajo la lente de su criterio: un sabio del siglo XX, que corresponde a

lo que era un amante de la sabiduría en la Grecia antigua, a un profesor

en Sorbona en la Edad Media: para resumir en una comparación las faces

de ese espíritu habría que buscar nombres que no son tampoco de nuestro

tiempo. He nombrado a Pascal: no estaría de más nombrar a Descartes. Un

Descartes que no se interesa demasiado en el pasaporte de la verdad y un

Pascal sin el abismo.

Su erudición está aparte de la de los simples eruditos de biblioteca y

academia. En la inmensa selva de la producción humana ha herborizado con

una atención pasmosa y un gusto supremo. Estudio de religiones y estudio

de lenguas; estudio de poéticas y estudio de dramáticas; estudio de

razas y de costumbres, fisiología, etnología, _folk-lor_. Estudia

después de lo que hay en los libros, en las palabras, en las doctrinas,

lo que hay en la naturaleza. Se baja a ver una hormiga después que ha

examinado una teoría. Escribe un capítulo de experimentación científica,

un escolio, una apostilla, una nota, luego un verso. Yo no sé de qué

rincón de su estancia, de qué cajón de su biblioteca, saca un caballo de

ébano y marfil, como el de Kamaralakmar del cuento árabe. Se monta y se

va al azul. Aparece el «conquistador» de la armonía lírica, mágica.

Porque habréis comprendido que ese caballo extraordinario es,

complicadamente, Pegaso. ¿No es verdad, Simona? Al menos si tú no lo

sabes, la nieve lo sabe, el molino lo sabe, los árboles y la tierra lo

saben. Su poesía es ardientemente concentrada, amorosamente serena. Su

bucólica es misteriosa, su paganismo es religioso; mas después de todo,

_Nunc in Aristippi furtim precepta relabor._

Más que el Gourmont de hoy--¿por qué no decirlo?--me place aquel

Gourmont de antaño--¡de ese antaño no tan lejano!--que convenía a mis

mirajes de juventud. Leyendo una página de la _Física de amor_, por

ejemplo, tengo nostalgia del ambiente de las _Letanías de la Rosa_, de

las _Prosas morosas_... Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus

frutos, y de ese robusto árbol mental la savia siempre es la misma.

En alguna ocasión he de realizar un verdadero ensayo sobre la obra de M.

de Gourmont: _Sixtine_, novela de la vida cerebral; el _Latin mistique_,

que tanto alabara Huysmans, y que es labor de concienzudo sabio al par

que poeta; _Lilith_, poema dialogado de una extraordinaria concepción y

de una purísima forma; _Le Fantôme_, en que está entrevisto el enigma de

la mujer a través de un extraño ceremonial de ideas y de sensaciones, en

un rito a la vez carnal y cuasi religioso; _Théodat_, la pieza dramática

que dió tanto que decir cuando se representó, en el Théatre D’Art, en

los floridos días del simbolismo; el admirable ensayo sobre _Idéalisme_;

las joyas verbales de _Fleurs de jadis_; la secreta hermosura del

_Château singulier_, y de las _Proses moroses_; la _Historie tragique de

la princesse Phenisa_, los _Hieroglyfes_ y las _Histoires magiques_, que

en realidad lo son; _Phocas_, prodigiosa resurrección; y luego su obra

de crítica, las decisivas y famosas _Masques_, que ilustró tan

originalmente Valloton; su profunda y sólida _Esthetique de la langue

française_, la _Culture des idées_, _Le probleme du style_, que destruye

los sueños de inmortalidad de los que juzgan que todo se hace por

recetas, y ese _Chemin de Velours_, de una filosofía tan nueva y de un

tan agudo interés. Y luego las novelas, como _Les Chevaux de Diomeds_,

en que el psicólogo seguro se une al celebrante de las glorias

sensuales, o _Le songe d’une femme_, castillos en el aire y placer

animal, ensueño y abrazo. Y después sus cuentos y tal o cual creación

perfecta, como ese shakespeareano _Vieux Roy_, que la América latina

conoce en castellano gracias a la versión de nuestro armonioso y soñador

Díaz Romero.

* * * * *

Y, por último, la obra poética, corta, pero de especial riqueza de

calidad, la cual, sí, no puede ser gustada sino por entendimientos

escogidos. Así, _Les saintes du Paradise_, las _Oraisons mauvaises_ y

tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin contar con la vasta

labor de las ediciones de ciertos autores antiguos que este bibliófilo

entre los bibliófilos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que

harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo Gillis. Y con los

incomparables _Epilogues_, reflexiones, consideraciones, concreciones

filosóficas, que, reunidos a la manera de algunos libros de Nietzsche,

forman un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo su ligera

apariencia.

Su último libro, la _Fisique de l’Amour_, es un admirable estudio sobre

la función sexual en la naturaleza; hay un deleitable maridaje de

ciencia y de arte. El pensador y el artista son en este caso--como en el

de Maeterlink--uno mismo. Y los que logran absorber el sutil vapor de

ideas que se desprende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de

ese maestro meditabundo, son recompensados con la íntima voluptuosidad

de comprender y admirar.

[Illustration] HENRI DE GROUX

Los diarios de París dieron la noticia. «El pintor de Groux ha

desaparecido.» Me llamó la atención que los diarios se ocupasen del

pintor de Groux, desaparecido o no... A poco se aumentó la noticia: «El

pintor de Groux, que había desaparecido, ha estado encerrado en una casa

de locos en Italia; de allí se ha fugado y no se sabe en dónde está.»

Luego: «El pintor de Groux ha parecido y está en Marsella. Es cierto que

se ha fugado de una casa de locos.» ¡Mi pobre amigo de Groux!

A éste es al único intelectual de por aquí que he podido llamar

verdaderamente «amigo» durante un tiempo, en este ambiente en donde cada

día me siento más extranjero... Me lo presentaron la admiración, el

arte, la pobreza. Le he tratado íntimamente, en compañía del poeta

Amado Nervo. Era allá en la época de la Exposición. Los tres nos

juntábamos en casa de un músico iluminado, teósofo y swedemborguiano,

que nos quería convertir... No duró mucho su tentativa, sino sospecho

que todos hubiéramos ido a parar a la casa de Italia que ha hospedado a

de Groux, a menos que no nos metiesen aquí cerca, en Charenton.

Mas ¿ha habido verdaderamente motivo para aprisionar como orate al

desventurado artista? No hay duda de que su aspecto, su indumentaria,

sus maneras, acusan cierta excentricidad...; ¡pero entonces habría que

encerrar al ochenta por ciento de las gentes!... Además, para los que

siguen al pie de la letra las teorías y los decires de los señores

Lombroso, Nordau y compañía, el autor del «Cristo de los ultrajes» no

es, ni puede ser, una persona normal y sana... Si se le trata, el

diagnóstico se confirma, y si se le oye juzgar a los hombres, y

especialmente a los artistas de su tiempo, se le declarará digno de la

ducha y de la camisa de fuerza. Su figura es igual, según León Bloy, a

la de Ernest Hello. Bloy también ha escrito en alguna parte que de Groux

lleva consigo el daño y la desgracia, que es _jetattore_..., y esto

después de ponerlo a la altura del sol y de la luna como artista...

«¡Buen servicio le debo!», me decía _en ricanant_ el pobre pintor.

Alguien me ha afirmado que éste tuvo una parte de su vida en auge y

ganancia; que entonces ayudó a todo el que lo solicitaba. Mas la perra

suerte, la mala sombra, como dicen en España, la _guigne_, como dicen

aquí, le ha perseguido toda su vida. A tal grado, que me explico

aseguren que se halla atacado del delirio de la persecución.

No se pueden recibir tantos palos de lo desconocido; no se puede ser la

cabeza de turco de lo invisible sin sentirse una natural inquietud, que

acaba por desencuadernar los sesos. Y luego, en la dolorosa esclavitud

de un artista selecto que, tiene que padecer horribles promiscuidades y

la tiranía del industrialismo, las injusticias de la crítica, que no

señala el éxito sino al que la paga; y en las durezas de la vida de

necesidad de quien no quiere prostituir su talento, en el aislamiento de

su orgullo, con los nervios vibrantes a cada paso, con la sangre

revuelta de rabia ante las imprudencias de la _réclame_, no encontrando

sino sonrisas de desdén en unos, conmiseración ineficaz en otros,

dificultades para trabajar, penas íntimas y la rebusca cotidiana de lo

preciso..., no sé quién, estoicamente, pudiera resistir. Pues aquí la

lucha es enormemente mayor que en ninguna parte, y las dificultades y

los inconvenientes para un artista, para un hombre de pensamiento se

multiplican más que para nadie. Así son de numerosos los naufragios. Así

es infinito el número de los desaparecidos en la tormenta de París. De

miles no queda ni el nombre ni el recuerdo. El arrivismo ha traído

después el más funesto de los males, el crack de la gloria y el imperio

de la gloriola. Es el momento para los prestidigitadores de la fama. Es

el momento para los amantes del instante, del éxito, del _succés_. Los

espíritus aislados, los que no entran en la corriente, son señalados. Y

aun de esos, hay quienes aflojan.

* * * * *

En verdad, si algún pecado atrae el misterioso castigo de la «fuerza

enemiga» en Henri de Groux, o es el de la carne, o es el del orgullo. Su

obra no es, ni con mucho, casta; pues en sus desnudeces más olímpicas y

paganas aparece una concepción del encanto femenino completamente

católica; es decir, lujuriosa. La antigua Venus imponente y sencilla,

impulsora de las fuerzas naturales, tiene poco que ver con esas figuras

ambiguas nacidas al influjo de preocupaciones teológicas y soplos

demoníacos. Hay mucho de dantesco en el conjunto de sus pinturas, y

mucha semilla medioeval, que ha hecho brotar a través del tiempo, en

medio de las intranquilidades y exacerbaciones de los fines del siglo

pasado, una extraña vegetación de cactus y orquídeas infernales. A pesar

de las conquistas de la eternamente perfeccionable y corregible

corporación de los sabios, el Diablo, como el Dios del famoso director

de periódico, será «siempre de actualidad.»

En cuanto al orgullo del artista, es enorme, ciertamente, aumentado por

los injustos triunfos de la mediocridad y por el inconcebible

rebajamiento del gusto general en nuestra época, tan llena de

indiferencia por las altas cosas mentales. El sustenta su categoría,

abomina a los predicadores de la igualdad, cara a los pequeños, y mira

sus semejantes tan solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo

perdonan los acomodaticios fabricantes y los que aceptan la imposición

de la chatura común. El no figura en la cáfila de pagadores de

biografías y autorretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no

se echa por la calle del medio a hacer retratos mundanos; dice, donde

quiera que le pongan atención, lo mal que piensa de los Carolus Durán y

otros del Instituto; ríe con risa maligna; tiene la ocurrencia

corrosiva, la broma ácida; agregad a esto el no ser propiamente un

Adonis, antes bien un «tipo» singular, el soñar continuamente, el

fracasar en cuanta tentativa de mejorar de fortuna ha hecho, y el

monologar a veces por la calle... decidme si no es muy explicable que

buenos burgueses florentinos y mal intencionados compatriotas, de

consuno, le hayan hecho ir a parar al manicomio... De donde, felizmente,

logró escaparse, y en donde encontró tema para otro de sus poemas

pictóricos extraordinarios... El también, como el Gibelino, a quien

admira y ha interpretado, puede decir que vuelve del infierno.

Es de todas maneras una existencia trágica la suya, y su obra es como su

existencia. El conflicto estalla por la hostilidad del medio y su

ninguna voluntad de adaptación. Es un desarraigado de un lejano siglo,

un extranjero en la humanidad que presencia la lucha rusojaponesa... Un

día he visto en su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: Dante,

Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Baudelaire, entendidos a su modo

extraño, misterioso... Un libro había por allí: las _Fleurs du mal_...

¡Eso ha sacado de las malas compañías! Y si al primer llegado se le

preguntase qué piensa de la carrera fatigosa y de la vida de de Groux,

de seguro que os saldría con el eterno recurso de la bohemia. De Groux,

sin embargo, es cabalmente algo muy distinto del tipo tradicional del

bohemio. Desde luego, y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus

frecuentaciones del café, es sobrio. Es casado, tiene familia. Es triste

y serio, como no toque en la conversación un asunto que haga estallar su

bilis en carcajadas hirientes. Como todo hombre de su intelecto, tiene

una leyenda, que se yuxtapone a la realidad de su trabajado pasar. Ha

sufrido días muy duros, temporadas harto amargas, que su ex amigo Bloy

ha dejado ver de manera bien transparente en su _Mendiant ingrant_ y en

su reciente _Mon Journal_. Ha intentado cien veces el seguir un trabajo

ordenado que le diese la realización de tanto cuadro en proyecto como

tiene ideado; mas hay algo, sin duda alguna, algo que le acosa y le hace

siempre desmayar en medio de la tarea: es un perseguido de la miseria.

No le han faltado mecenas temporarios, cuyos apoyos no le han servido

sino para reposar un tanto en su carrera de fatigas y penurias. El

primero fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, según él

mismo me lo contara hace como un año, la princesa de

Wolkenstein-Trotzburg, esposa del embajador austriaco en París, dama que

se distingue por su entusiasmo por Wagner y que ha sabido apreciar el

mérito de de Groux.

En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños de salas de exposición

han sido para el asendereado artista, según su impresión y experiencia,

feroces. Los usos y gestos de ese temible grupo han sido denunciados más

de una vez por escritores valientes, desgraciadamente no en la prensa

diaria, que por más de una razón no aceptaría tales claridades, sino en

revistas de circulación reducida. Allí han hablado los Mauclair y los

Peladan. Allí se han expuesto las criminales maniobras de los lanzadores

de renombre en provecho propio; de los que preparan sus stocks de telas

para pregonar el mérito de tal o cual impresionista vivo o muerto; de

los mantenedores de la crítica simoníaca; de los explotadores del

talento; de los martirizadores del desconocido genial; de los usureros

de la fama y asesinos de la necesidad.

Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y cómo desuellan a los

pobres artistas que llegan a sus puestos, y cómo se hacen pagar

enormemente el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su vez,

lanzan, es la palabra, y ponen de actualidad tal talento averiado, tal

_amateur_ con fortuna o tal olvidada mediocridad, a la que se hace el

_boniment_ para engañar a las gentes.

* * * * *

Si los turiferarios de la falsa gloria le han evitado, de Groux ha

tenido en cambio la aprobación de ciertos excelentes. Remy de Gourmont,

Heredia, han sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile Lemonnier,

Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, han escrito sobre él páginas

brillantes de entusiasmo. El último, en su apocalíptica fuga, ha

clamoreado la grandeza del genio de de Groux a los cuatro puntos

cardinales. De pocos pintores de estos tiempos, y de todos los tiempos,

se han dicho palabras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte

Lemonnier: «Ese joven Henri de Groux, ese espíritu impermeable y virgen

sobre el cual se ha deslizado sin penetrarle la corrosiva educación de

un tiempo propicio a los malignos y funestos, a los instintivos, de

repente se denuncia épico, afiebrado de cataclismos, torturado de

imágenes sangrientas, sin parentesco con ninguna escuela, sin analogía

con sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix, hambriento de

destrozos y carnicerías, todo empurpurado de sus flujos bermejos». Y

Jules Destree: «Al lado de ese temperamento de colorista que le acerca a

Delacroix al punto que se le pudiera aplicar muy adecuadamente los

versos de Baudelaire:

Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges,

Ombragé par un bois de sapins toujours, verts,

Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges

Passent, comme un soupir étouffé de Weber.

Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su parentesco con los

primitivos es muy cierto. Como ellos, tiende sobre todo a ser sugestivo.

Su realismo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, pero es

evocador del ensueño, se lanza más lejos que la realidad, con

proyecciones de más allá, en el infinito del pensamiento, de misterio y

de sueño por todas partes esparcido y flotante alrededor de nosotros,

realismo con brotes de alma, sobrenaturalismo que es la expresión más

alta del arte verídico y grande.» «Es únicamente un artista, un

filósofo», afirmaba André Fontainas. El diálogo entre el rey Leopoldo y

el pintor, contado por Charles Buet, es curioso: «--Monsieur de

Groux--dijo el rey visitando el Salón--; conocía ya la obra de vuestro

padre. Es la primera obra vuestra que veo. Habéis hecho una cosa muy

_extraña_, pero es una página notable. Quisiera haceros algunas

preguntas.--Tengo la certeza, sire,--respondió Henri de Groux--, de

haber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y seguramente intolerable

para el _philistin_. Así me siento feliz de que haya tenido la fortuna

de gustaros.--Sí; pero ¿por qué _los_ habéis hecho a todos tan

obstinadamente feos?--Sire, pensé que los sentimientos que _ellos_

expresaban no debían embellecerlos.--Pero el Cristo mismo, ¿por qué es

tan feo? ¿Por qué expresa el pavor, el espanto?--La tradición le

representa bello y lleno de esperanza.--He pensado que el Cristo, siendo

Dios que se ha hecho hombre para asumir todos los dolores y todas las

miserias humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza vulgar, y

que en esa circunstancia había debido asumir el miedo, el miedo físico,

y aun la apariencia, el aspecto de la culpabilidad».--Lo que decís es

interesante, pero muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, pues Henri de Groux

no es heterodoxo pintando a Jesús feo, que los primitivos han siempre

representado así, según un texto de Tertuliano, del tratado _De carne

Christi_, y según también la palabra del salmista: _Ego sum verneis et

non home, opprobrium hominum et abjetio plebis_.» Y sobre ese mismo

cuadro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William Ritter: «¡Y bien!

El «Cristo de los ultrajes», que sólo la música había osado por el genio

fulgurante de Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos lo ha

dado, y nos lo ha dado tal, que el suplicio de Matho, entregado a la

plebe de Cartago en Salambó, no es nada al lado de esta espantable

pena.» Y Octave Mirbeau: «Bajo su aparente ingenuidad de primitivo, M.

Henri de Groux es un pintor consumado; es maravillosamente hábil en el

juego de los colores. Sus telas tienen el aspecto de objetos preciosos,

de materia lujosa que deben, ante todo, mostrar las obras de arte. Hay

en él una mezcla de tapicero persa y de imaginero gótico, con todo un

golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas son meticulosamente

compuestas; desde el punto de vista del color, es el color el que guía y

dirige. En su aparente desorden es minuciosamente lógico, y su

imaginación, que es viva, que es desbordante de verbo, no va sino hasta

donde el color le indica ir. Su «Moisés salvado de las aguas», así como

sus bohemios, son puras obras maestras de colorista. La alegría de esas

telas estalla en sonoridades soberbias», Y Charles Morice: «¡La vida, la

verdad de la vida! Es ella la que de Groux, en los ojos de los músicos y

de los poetas y de otros héroes, y en las obras por su pincel

comentadas, ve y nos muestra con el gesto imperioso de una voluntad

orgullosa de no ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista violento,

tumultuoso, conmovedor, siempre original, que llega a una intensidad de

realización y de evocación que se impone a la imaginación y fuerza a la

memoria, tal se afirma», dice Charles Salunier. «Es, ante todo, un

poeta», señala Ivanoe Rambosson. Su nombre es célebre en el arte

contemporáneo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este mismo

crítico italiano ha estudiado en una de sus más bellas obras el talento

y la producción de Henri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro

terrible: «Les trainards, rêve aprés la bataille»; «Rappresentava un

campo dopo la bataglia: in alto della tela scorgevansi le case del

vicino villagio; in primo e secondo piano v’ra una confusione

raccapricciante di cadaveri e di carrogne sbudellate e sanguinolenti, di

ferilli in agonia, di sconquassati ordegni guerreschi e, in mezzo a tale

cuenta rovina, avanzavansi, a passi cauti, cinque o sei losche figure di

depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tirate da grossi cani di

Terranovae sovraccarricho di spoglie.

Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettrale e, ad acrescere

l’orrore, contribuiva tanto la voluta mancanza anche del più piccolo

lembo di firmamento quanto le deficienze di prospettiva e l’uniforme

tinta verdastra, evocante il colore della putrefazione. Como esprimere

con parole la terribilitá di quei cadaveri aggroviagliati, affastellati

l’uno sull’altro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le budella

serpeggianti fuori dal ventre? ¿Come esprimere il supremo orrore di

quegli occhi vitrei e spalancati, che nessuna mano pietosa aveva

chiusi?»

Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista de horror y de misterio.

Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios ciclos: el ciclo dantesco,

el wagneriano, el napoleónico, fuera de variados y alucinantes

espectáculos de imaginación y enigma que se ha complacido en trasladar a

la tela.

Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan logrado evocar los

extraños ambientes y percepciones de los sueños, y esas cosas raras e

inexplicables que supiéranse de otras existencias y que se encuentran en

tales páginas de extraordinarios escritores, como Poe, Mallarmé,

Quincey.

Sus páginas de sombra y espanto llegan a la angustia de ciertas

pesadillas. Su visión tenebrosa hace pensar en los bajos fondos de la

demonología, en tormentosos terrores milenarios, signos y conjunciones

astrales, lluvias de sangre, presagios y apariciones funestas. Es un

prodigioso expresador de pavores y un fatal evocador y comentador del

fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la Muerte cabalgante

sobre la desolación de la campaña llena de cadáveres; en sus «Vendanges»

traduce la irrupción de las cóleras siniestras populares en el corazón

de la noche; su Napoleón no es el dios dueño del Aguila como Júpiter,

sino un Napoleón de desolación, de meditación, de triste humanidad. Es

el espectro de los espectros, ya en la vida retirada de Rusia, ya en la

caída de Waterloo o en Santa Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo,

miserable, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los ultrajes»

nadie ha hablado como el tonante Bloy: «Es el sufrimiento del Cristo,

tal como lo han contado los santos visionarios en libros de diamantes

que sobrevivirán al juicio final de las literaturas; tal como lo han

certificado los testigos que se hacían «degollar» para obedecer a la

orden de ser «configurados en su muerte»; tal, en fin, como la Iglesia,

no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su pavorosa

Liturgia. Es el huracán de las torturas imaginables, sin el contrapeso

de ninguna eficaz piedad para el agonizante voluntario, cuyo último

suspiro extingue el sol y turba las constelaciones.»

Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de la _Divina Comedia_, son

telas poemales que trasponen la idea del poeta a la concepción del

artista. Lo propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas en lo que he de

insistir es en su don milagroso de revelador, o, mejor dicho, recordador

de otros planos psíquicos, de otras rememoraciones de confusas

existencias, misterioso siempre; misterioso en su orientalismo

insinuante de detalles y perspectivas, misterioso en sus figuras de

mujeres ultraturbadoras y de un más que humano secreto; ni la Eva

dormida, o la Palas sentada, o la carnal Jezabel, o la acre y almizclada

adolescente del frontispicio diabólico del «Pehor», de Gourmont;

misterioso en sus aglomeradas muchedumbres, en la manifestación del alma

baja y feroz de los populachos, de la erupción de instintos crueles y

bestiales de las heces humanas; misterioso en las actitudes y miradas de

sus héroes y hasta de sus animales y larvas, sus leones, sus águilas,

sus caballos, sus buhos, sobre todo sus buhos; o ya en sus mitologías, o

en las reminiscencias de malos sueños; en su cultura macabra de las

facies cadavéricas, en las alusiones satánicas y relentes de ultratumba,

en la traslación de la atmósfera sensible de «cuento», de leyenda, de

delirio o de locura.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 9 / 13 段