preciso a todo victorioso futuro, y cuyo seco y áspero gusto hace
saborear mejor los champañas del triunfo. No sé si, como el autor del
Perseo, tuvo la suerte de contemplar una salamandra entre las llamas y
de tener la inmunidad contra los escorpiones; mas, sí, cuentan sus
biógrafos y narran sus amigos que la enemistad y la envidia no lo
perdieron nunca de vista, ni aun cuando desapareció de la competencia
por la puerta negra del sepulcro. El otro día, un joven escultor
hispanoamericano, de fuerte talento, me contaba sus duras penas; y no
hice sino leerle un fragmento de carta de Clésinger para que se fuese
consolado. «Si me hubieseis visto, escribía a un amigo, estos días
últimos, trabajando, sin fuego, en un desván, hubierais tenido compasión
de mí; mi padre hubiera llorado al ver mi miseria y mi hambre, porque
tenía hambre, y siempre esa palabra: nada, nada, me hacía trabajar más
que dormir; en fin, después de haber concluído mi dibujo, lo he
expuesto: un inglés lo ha encontrado de su gusto y me lo ha comprado por
cincuenta francos (cincuenta francos, ¡qué fortuna!); haré otros». En
las notas de Mme de Courrière, como en detallado y lujoso volumen de
Estinard, se hace resaltar esa época de sufrimiento y de capricho que
forma la parte más interesante de la vida de Clésinger. Sufrimiento y
capricho, ¿no aparecen siempre en toda existencia de intelectual? Es el
_whim_ del pensador anglosajón y la dolorosa y misteriosa venganza de
las potencias ocultas que se sienten divisadas o rozadas. Este escultor
buscó la libertad desde la adolescencia, combatió de cien maneras, y
tuvo la pasión de Italia, y fué correspondido. Ella le enseñó el secreto
de sus _pierres de jadis_, y si no le dió un León X, por culpa del
tiempo, le ofreció un excelente Pío IX la amistad de grandes señores
descendientes de los protectores de Leonardo y de Miguel Angel y la
hospitalidad vaticana, al favor de la púrpura cardenalicia. Allí refinó
su paganismo; allí pudo soñar y evocar épocas de belleza libre y de
mística resurrección. Allí aprende y comprende el arte cesáreo que debe
crearle simpatías en la corte francesa del segundo Imperio, el que ha de
hacerle rememorar en su estatua de Napoleón I al dorado caballero que
está ante el Capitolio. Allí ama a Cleopatra.
* * * * *
La milagrosa reina que, a la par de la de Saba, todavía hacer sentir al
mundo el perfume de su voluptuosidad, tuvo en Clésinger un magnífico
adorador. La _Femme piquée pour un serpent_, quizá la más bella
representación escultórica de la soberbia y sensual fascinadora. Me
explico, cuando su aparición, el éxito, los ataques, la defensa del
crítico Thoré y la tragedia de Delphine Gay, y después, ¡hasta la
bacante de Moreau-Vautier, del Luxembourg! Carne admirable, forma
vencedora, en la última palpitación, plasmada en mármol para la
inmovilidad de las cosas eternas. Lo que apenas recordaba en una piedra
grabada del museo Florentino un artista de la antigüedad, lo renovó
espléndidamente el gran romántico de Besançon. Luego surgirá,
hierática, su Cleopatra del loto, la reina ante César, trabajo que se
cuenta entre las obras maestras de todos los museos de la tierra. Luego,
¡la Cleopatra moribunda! Clésinger dejó una armoniosa teoría de figuras
llenas de gracia, musas, estaciones, danzarinas; pero no hay que olvidar
que era un vigoroso, que era dueño de la fuerza, que era el maestro de
los leones y de los búfalos. Domaba la soberbia leonina, poéticamente,
colocando sobre los lomos de la bestia fiera amores o mujeres. El había
comprendido la belleza de los países pastoriles, donde en los vastos
llanos, en las inmensas pampas, se alza la orgullosa figura de la vaca,
sagrada en la India; del toro, que se quedó con la soberbia de Júpiter.
El sabía adornar los palacios, o las entradas de esas grandes fiestas
pecuarias, de esas exposiciones que son el lujo de la ganadería inglesa,
yanqui o argentina, y que saben contar los Whitman y los José Marti. Su
«Toro romano», como el farnesio, dice la imperiosa salvajez de la bestia
noble; sus búfalos tienen en su testuz la familiaridad del huracán; son
hermosos y monstruosos... _Deformis scapulis torus eminet..._ dice en
alguna parte Plinio. Mugen. Viven. Se les aplicaría el epigrama clásico
a la vaca de Mirón.
Otro lado en que se revela la impetuosidad del estatuario, es en su amor
por la escultura militar, lo que él llamaba sus «hombres de hierro». «No
tengo más confianza que en ellos, decía. Espero que esas estatuas
militares, Hoce, Kléber, Carnot, Marceau, me traerán buena suerte, a mí
que no he dejado de ser nunca soldado y patriota». «En efecto, había
intentado, dice uno de sus biógrafos, hacer revivir a los generales de
la Revolución y había logrado encontrar un acento muy personal para sus
evocaciones militares. Su tarea quedó inacabada.»
Como muchos intelectuales irreflexivos no supo tener en cuenta la parte
práctica de la vida. Fué siempre un joven, y esto fué una virtud y un
defecto. El sol y la luna del país de Bohemia no se apagaron jamás para
él. Pero era también, como él se complacía en decirlo, un soldado.
Gustaba de las bellezas terribles de la guerra que hacen la gloria de
los grandes «hombres de hierro».
En el manejo de la línea, en la lucha con la expresión, en la creación
de la forma soñada, encontró un campo de acción y de descanso la
tempestad de sus nervios, la tempestad que lleva en su interior todo
intuitivo, todo creador, todo poeta, todo artista. Sus retratos no
revelan el padecimiento, aunque la boca y los ojos digan más de una
melancolía; la que tradujo en «Perseo y Andrómeda».
Un día pasó la muerte, estúpidamente como a menudo, y se lo llevó. Dejó
una larga herencia de mármoles, de bronces, de yesos, bustos, estatuas,
obras monumentales. La política le fué fatal, pues se enterró al mismo
tiempo que Gambetta, y, como a otros grandes artistas, la muchedumbre lo
pospuso en su atención al tribuno. Luego, llegó el olvido; y hoy hay un
despertamiento, el despertamiento que antecede, en los vedados ilustres,
a la cierta resurrección en la gloria, en la posteridad.
[Illustration] MISS ISADORA DUNCAN
¡Canta, oh musa, a Isadora, la de los pies desnudos, y sus danzas
ultra-modernas de puro arcaicas, y sus piernas de Diana, y las músicas
antiguas que acompañan las danzas, y los veinticinco francos que hacían
pagar en el teatro Sarah Bernhardt por una butaca! Pues es en realidad
digna de mucho entusiasmo esa rítmica yanqui que hace poesía y arte con
la gracia de su cuerpo, ninfa, sacerdotisa y musa ella misma, en un
impudor primitivo y sencillo, digna de las selvas sagradas y de las
paganas fiestas. París no ha correspondido a la novedad, porque la
prensa estuvo seca por culpa, dicen, del empresario. Mas no faltaron los
novedosos de siempre, los snobs, tales princesas y tales artistas, amén
de la colonia, que siempre está dispuesta a apoyar todo lo que viene del
país poderoso en donde, si hay gigantes Morganes y Rockefellers, surgen
hadas Loïs e Isadoras.
Antes de aparecer en el teatro, Miss Duncan había danzado en la
intimidad, para regalo de señalados amigos, como en los salones de la
princesa Polignac, y en una fiesta dada en honor de Rodin, en pleno
aire, en la amable campaña, hizo la gracia de un espectáculo único,
digno de poetas y de artistas. Faltaba allí tan solamente D’Annunzio,
para decir en un _laude_ el retorno de los dioses, _vía_ Nueva York.
* * * * *
Es nuevo y es bello, de encantadora belleza, ese resucitar de viejas
visiones. Y natural es que sea una norteamericana la que realice el
prodigio, porque si hay un país en donde el cultivo del cuerpo y de la
euritmia humana hace modernos los días pindáricos, ese país es el gran
país de los Estados Unidos. Debo advertir que en nuestros centros
latinos y católicos las danzas de Miss Isadora tienen que aparecer
perfectamente inmorales: «Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais
marchando»; y siendo Miss Isadora una filósofa danzante que proclama
como sus principales maestros--¡de baile!--a Darwin y a Haeckel, predica
la libertad de la naturaleza, la desnudez, como Pierre Louys, y predica
con el ejemplo: su cuerpo está apenas cubierto con una especie de kiton;
otras veces usa las túnicas botticellescas, y siempre la fina tela
parece como si estuviese húmeda. No hay malla ninguna, y se necesita una
despreocupación completamente artística, o un esfuerzo de
intelectualidad de que no son capaces todos los espectadores de un
teatro, para no ver en la armoniosa anglosajona otra cosa que la
Primavera de Sandro o Ariadna perseguida por Baco.
Pero, repito, el espectáculo es bello, da un positivo deleite estético,
y un estatuario como Rodin es justo que se haya sentido feliz al ver
encarnadas y con movimiento las figuras de los bajorrelieves, de las
pinturas de las ánforas. ¿Habrá podido esa mujer joven, vigorosa,
robusta, llena de vida, impregnada de literaturas, filosofías y artes
libres; habrá podido esa pagana mantener su ideal artístico libre de
contaminación en la región de las ideas, en la castidad cerebral de una
vestal del ritmo, de una sacerdotisa de Terpsícore? La bailarina de los
pies desnudos, que es elegantemente pedante y muy de su tierra, ha
escrito páginas curiosas que desenvuelven su teoría de la danza del
porvenir, y a propósito de sus brazos blancos, de sus clásicas zapatetas
y de sus lindos hallazgos, ya habéis visto cómo se proclama discípula
del autor del _Origen de las Especies_. Podía agregar al inevitable
Nietzsche, catedrático de gozo dionisiaco, que mira en el baile la mayor
manifestación de la libertad de la vida, como una acción enérgica y
sublime. La danza para Miss Isadora no debe tener ningún artificio y
debe ser nada más que una transposición o concentración del ritmo
universal en el ritmo humano. Más que danza, la suya, es mímica; es la
animación de la escultura femenina, y sus ademanes y pasos son renovados
de los kernóforos, ándema, kaladismos, etc., que se pueden hallar en
Laborde. Ella ha pasado largas horas en los museos, y ha visto animarse
los mármoles; y a la actitud fija de las figuras escultóricas ha
agregado el gesto anterior y el gesto posterior, completando así el
poema de la forma, por el movimiento armonioso que cambia bellamente las
líneas.
La iniciadora de esta danza, que ella dice del porvenir, es, pues, una
descubridora del pasado. En todo caso es una creadora de belleza que
amaría Fidias y que halagaría Barnum... Miss Isadora no es hermosa, pero
quizá de tanto contemplar las figuras de los museos se parece a ciertas
estatuas y a ciertas mujeres de los pintores primitivos. El cuerpo es
soberbio, y cuando se presenta triunfa de algo verdaderamente delicado:
la dificultad, la rareza de encontrar un pie perfecto. La impresión
helénica se siente. Para apreciar en su valer las danzas de esta mujer
original hay que tener indispensables nociones de cultura clásica.
Imaginaos en un sencillo decorado una figura casi alada, en una
turbadora semidesnudez femenina, pero que os evoca en seguida las
creaciones de la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es
Euridice, ya Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el rostro, con el
movimiento cambiante, dulcemente lento o ágilmente vivo, se explica el
dolor de Orfeo o la expectativa al son de la flauta pánica que produce
luego el gozo de la ninfa o la fuga ante la persecución de Baco
enamorado, el temor y el temblor, todo lírico, espléndido y sensual. Hay
saltitos y cambios de lugar que parecerían por un instante ridículos en
ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; pero la magia de la evocación
vence del momento peligroso y el _deus_ que posee a la danzarina mima
se manifiesta de manera incontrastable y estupenda. Ahora, un buen señor
de negocios, que va al teatro a hacer su digestión, quizá encontrará
todo eso absurdo o se fijará en cosas que no son propiamente el sutil
hechizo de esta obra y de ese acto de arte. Yo de mí diré que ante la
sugerente _performance_ sentí venir a mis labios la lírica invocación.
«Oh, vosotras, que reinais sobre las ondas del Cefiso, cuyas riberas
nutren generosos corceles, ¡oh, Gracias!, a quienes no se canta lo
bastante, diosas de la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua
raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si hay en la vida de
los mortales algún encanto y adorno, lo deben a vosotras; vosotras
dispensáis la cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos no
presiden jamás ni danzas ni festines sin llamar a las augustas Gracias;
son ellas las que regulan todo en el cielo, y sentadas al lado del dios
que lleva un arco de oro, del vencedor de Python, adoran eternamente la
gloria del dios del Olimpo. Amable Aglae, Eufrosina que te complaces con
los cantos de la lira, hijas del más potente de los dioses, escuchadme;
y tú, Talía, que sonríes a nuestros himnos, lanza una mirada sobre esas
danzas ligeras que celebran una feliz victoria; pues vengo en mis versos
a cantar a Asópico, con el modo lidio; a Asópico, por quien la ciudad de
Minias triunfa en Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías moradas
de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa noticia; dile que tú has
visto combatir a su hijo, y que la victoria de alas de oro ha puesto
sobre su joven frente la corona de las luchas gloriosas.» E Isadora ha
sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y Eco, siendo la misma Terpsícore;
y por ella he creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, niño
vencedor en la carrera del estadio, y las danzas que lo celebran, y la
divina Hélade, con su sol de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo
que gozaría mi ilustre amigo Guido Spano ante esta Gracia danzante,
antigua griega de carne viva.
* * * * *
Lo pagano de Miss Isadora viene también de los pintores del
Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli la
habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una
de sus _canzone a ballo_, por ser su danza una _consolatio grossisima_,
como diría el viejo Antoine Arène.
Mas, entendámonos: la palabra danza no es propiamente aplicable a la
representación de la Duncan. Danzas son las de las bayaderas, y
_ouled-nail_, las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y la
polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan son más bien
actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más
que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la
naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey
coreográfico David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que
canta Leconte de L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la
cabellera de jazmines, no sé si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela
Gorriti, según testimonio del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss
Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico,
está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según
su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas,
el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico
movimiento, al impulso musical de su espíritu. Esto, como véis, es un
poco más complicado que los _entrechats_ de la Cleo de Merode o de
Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la definición del
barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la danza es el
gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es
demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se
compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de
los desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard,
Bernay, Mauri; su alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan
Blasis y Lemaître y Noverre. Su inspiración no se encuentra en el
diccionario de Compan; mas Luciano la reconocería discípula de Thea,
frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su
desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el bosque por un
fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra civilización un
velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama la
decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de
que los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los
griegos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después que se
representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y
eso, siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había
representado. Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que
esos bailarines fueron siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una
intriga, conducirla, sostener los caracteres y llegar a un buen
desenlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla monstruosa de
tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza afeitada y los
pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que hay
diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y
hace admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte
se aplica la definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de
ideas y sentimientos. Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin
que de Mariquita.
Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota que los antiguos
griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este prodigio:
baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el _clair-de-lune_
con su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los
veinticinco francos de la butaca.
[Illustration]
[Illustration] REMY DE GOURMONT
Me apresuro a escribir estas líneas porque una grave preocupación me
inquieta: M. Rémy de Gourmont, autor para pocos, escritor de una
_élite_, de una aristocracia mental internacional, está amenazado de la
atención de todas las gentes... La prensa le solicita, el reporterismo
le busca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo sea, si no
popular, vulgar, como el de Nietzsche... Vulgar en las citas, en las
afirmaciones de la mediocracia escribiente: «M. de Gourmont por aquí; M.
de Gourmont por allá...»; y eso es terrible... Fuera de que, como según
parece, mi especialidad es la de lo «raro», mi admiración y mi afección
por el autor de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad de su
vida, en su aislamiento severo, en su monasticismo intelectual. Hace
como unos diez años que, con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y
admirables, las de su campaña del idealismo, sus prosas del _Mercure_,
sus _plaquettes_ exquisitas, su sabio _Latin mistique_; y nos
complacíamos el poeta y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición,
en lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en encontrar un
erudito que fuese un poeta. Escalígero entre los lirios. Baluce entre
las esfinges. Lipsio bajo los laureles. Después nos comunicamos por
asuntos literarios, y cuando llegué a París era su amigo. Pasé aquí
cinco años y no le fuí a visitar. Respetaba mucho su silenciosa y
retirada labor, su misterio. Sabía que era, en esta capital
americanizada por la _réclame_ y por el industrialismo de la publicidad,
lo que son los especiales diamantes y los especiales espíritus: un
solitario.
Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle de Saint-Péres, en su
casa de libros. Una casa de libros, viejos tapices, obras de arte. Se
pasa antes por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. Pierre de
Querlon, un alma singular, describió eso en páginas sutiles y amables.
Esas páginas eran hoy más bellas, porque él era joven y acaba de morir.
He visto primero a una prima y a un hermano de M. de Gourmont. Ella es
la sobrina y heredera del escultor Clésinger, de quien os he hablado en
otra vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que encierra un
gran talento. M. Jean de Gourmont, cuyos pensares y decires sobre
literatura son en el _Mercure_ un buen regalo. La morada es silenciosa y
triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud y de ensueños, apenas
turbado, según parece, por uno que otro demonio, entre otros el demonio
Elzevir, diría Hugo.
Yo entré con cierto temor y timidez. No he podido--y ya estoy al medio
del camino de la vida--llegar a ser familiar, confianzudo con el talento
superior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy de Gourmont. París
no me ha inficionado de su bulevardismo igualitario, y en un maestro que
es verdaderamente un maestro no veo yo a mi «querido colega».
M. de Gourmont es uno de los pocos maestros que aún hoy merezcan ese
nombre. Yo, al estar sentado frente a él en su gabinete de estudio, al
verle con su ropa monacal de labor entre libros y libros, junto a un
soberbio Clésinger dorado de penumbra, apoyado en su mesa cargada de
manuscritos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la suya, y al oirle
hablar poco y difícil, hondo y seguro, pasé a otra época y a otro
momento. Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que
fuese un Lulio. Sé bien que estos nombres no quedan bien para nuestro
siglo y para nuestras costumbres; pero recordad siempre que os hablo en
la sinceridad de mi conciencia, y que Pascales y Erasmos no existen
muchos actualmente para la comparación. Así, pues, llegué tímido; salí
encantado. Agradecido lo estaba antes, puesto que he merecido a M. de
Gourmont juicios demasiado benévolos y defensas demasiado justas. Cuando
por ahí se asombraban de que mis _Prosas profanas_ fueran versos, el
autor del _Latin mistique_ me escribía del título: «_C’est une
trouvaille_», para asombro de ciertas ignorancias. Encontré en él, bajo
su indumentaria de fraile, una nerviosidad inquietante revelada por
cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor admirado: un odio
profundo a lo vulgar, a lo mezclado, a lo híbrido, al socialismo, al
nacionalismo, al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la moral de
regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo profesor, a todo
doctor diplomado, a toda disciplina, a toda obligación. Y, sobre todo,
el odio a lo estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. ¡Cuando yo
decía que no es para todas las gentes! Y cuando yo os decía mi inquietud
por la irrupción del Kodak y de la _interview_ a su celda, a su
refugio...
* * * * *
¿Qué importan las genealogías? _Stemmata quid faciunt?_ Importan mucho,
sobre todo, en este caso. Pierre de Querlon dice: «Desciende de la
familia de los pintores, grabadores, tipógrafos, de los siglos XV y XVI,
a que perteneció aquel Gilles de Gourmont a quien se deben las primeras
impresiones hechas en París en caracteres griegos y hebreos.» Además,
por parte de madre, Malherbe es uno de sus antecesores. Pero yo sé de
uno más, que ninguno de sus biógrafos ha nombrado, y que explicaría
ciertas conquistas mentales y actitudes audaces de este perfecto
pensador y libre filósofo: Hernán Cortés. La combatividad ancestral se
ejerce en otros planos y elementos; pero, como el antepasado, como el
_ancêtre_, ante el problema de la vida, una vez llegado a una convicción
en el océano de las sofías, ha quemado sus naves.
El que hubiera sido en otras épocas benedictino sapiente y creyente, el
que ha creado tanta figura y castillo de ideal y de ensueño, tiende cada
vez más a la explicación de la existencia fuera de toda teología. Yo
admiro, pero no aplaudo; dado que, después de todo, no estoy por lo de
quedarse en una costa desconocida con la ceniza de los únicos bajeles.
Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una
_navicella_, una _parva navis_, si no completamente católica, muy
cristiana. Eso sí; los remos son de marfil y las velas son de púrpura. Y
ella conduce a alguna parte.
En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se creería primero
influído de un soplo platónico, se junta más, en su madurez, a la
observación y al criterio aristotélico, por su investigación sobre el
secreto humano, por su manera de encarar el enigma de nuestro ser.
Solamente que se basa en lo que Aristóteles no comprendía: la libre
acción del hombre en el universo.