Clésinger tuvo una _travagliata vita_, comió un tiempo el pan de miseria

preciso a todo victorioso futuro, y cuyo seco y áspero gusto hace

saborear mejor los champañas del triunfo. No sé si, como el autor del

Perseo, tuvo la suerte de contemplar una salamandra entre las llamas y

de tener la inmunidad contra los escorpiones; mas, sí, cuentan sus

biógrafos y narran sus amigos que la enemistad y la envidia no lo

perdieron nunca de vista, ni aun cuando desapareció de la competencia

por la puerta negra del sepulcro. El otro día, un joven escultor

hispanoamericano, de fuerte talento, me contaba sus duras penas; y no

hice sino leerle un fragmento de carta de Clésinger para que se fuese

consolado. «Si me hubieseis visto, escribía a un amigo, estos días

últimos, trabajando, sin fuego, en un desván, hubierais tenido compasión

de mí; mi padre hubiera llorado al ver mi miseria y mi hambre, porque

tenía hambre, y siempre esa palabra: nada, nada, me hacía trabajar más

que dormir; en fin, después de haber concluído mi dibujo, lo he

expuesto: un inglés lo ha encontrado de su gusto y me lo ha comprado por

cincuenta francos (cincuenta francos, ¡qué fortuna!); haré otros». En

las notas de Mme de Courrière, como en detallado y lujoso volumen de

Estinard, se hace resaltar esa época de sufrimiento y de capricho que

forma la parte más interesante de la vida de Clésinger. Sufrimiento y

capricho, ¿no aparecen siempre en toda existencia de intelectual? Es el

_whim_ del pensador anglosajón y la dolorosa y misteriosa venganza de

las potencias ocultas que se sienten divisadas o rozadas. Este escultor

buscó la libertad desde la adolescencia, combatió de cien maneras, y

tuvo la pasión de Italia, y fué correspondido. Ella le enseñó el secreto

de sus _pierres de jadis_, y si no le dió un León X, por culpa del

tiempo, le ofreció un excelente Pío IX la amistad de grandes señores

descendientes de los protectores de Leonardo y de Miguel Angel y la

hospitalidad vaticana, al favor de la púrpura cardenalicia. Allí refinó

su paganismo; allí pudo soñar y evocar épocas de belleza libre y de

mística resurrección. Allí aprende y comprende el arte cesáreo que debe

crearle simpatías en la corte francesa del segundo Imperio, el que ha de

hacerle rememorar en su estatua de Napoleón I al dorado caballero que

está ante el Capitolio. Allí ama a Cleopatra.

* * * * *

La milagrosa reina que, a la par de la de Saba, todavía hacer sentir al

mundo el perfume de su voluptuosidad, tuvo en Clésinger un magnífico

adorador. La _Femme piquée pour un serpent_, quizá la más bella

representación escultórica de la soberbia y sensual fascinadora. Me

explico, cuando su aparición, el éxito, los ataques, la defensa del

crítico Thoré y la tragedia de Delphine Gay, y después, ¡hasta la

bacante de Moreau-Vautier, del Luxembourg! Carne admirable, forma

vencedora, en la última palpitación, plasmada en mármol para la

inmovilidad de las cosas eternas. Lo que apenas recordaba en una piedra

grabada del museo Florentino un artista de la antigüedad, lo renovó

espléndidamente el gran romántico de Besançon. Luego surgirá,

hierática, su Cleopatra del loto, la reina ante César, trabajo que se

cuenta entre las obras maestras de todos los museos de la tierra. Luego,

¡la Cleopatra moribunda! Clésinger dejó una armoniosa teoría de figuras

llenas de gracia, musas, estaciones, danzarinas; pero no hay que olvidar

que era un vigoroso, que era dueño de la fuerza, que era el maestro de

los leones y de los búfalos. Domaba la soberbia leonina, poéticamente,

colocando sobre los lomos de la bestia fiera amores o mujeres. El había

comprendido la belleza de los países pastoriles, donde en los vastos

llanos, en las inmensas pampas, se alza la orgullosa figura de la vaca,

sagrada en la India; del toro, que se quedó con la soberbia de Júpiter.

El sabía adornar los palacios, o las entradas de esas grandes fiestas

pecuarias, de esas exposiciones que son el lujo de la ganadería inglesa,

yanqui o argentina, y que saben contar los Whitman y los José Marti. Su

«Toro romano», como el farnesio, dice la imperiosa salvajez de la bestia

noble; sus búfalos tienen en su testuz la familiaridad del huracán; son

hermosos y monstruosos... _Deformis scapulis torus eminet..._ dice en

alguna parte Plinio. Mugen. Viven. Se les aplicaría el epigrama clásico

a la vaca de Mirón.

Otro lado en que se revela la impetuosidad del estatuario, es en su amor

por la escultura militar, lo que él llamaba sus «hombres de hierro». «No

tengo más confianza que en ellos, decía. Espero que esas estatuas

militares, Hoce, Kléber, Carnot, Marceau, me traerán buena suerte, a mí

que no he dejado de ser nunca soldado y patriota». «En efecto, había

intentado, dice uno de sus biógrafos, hacer revivir a los generales de

la Revolución y había logrado encontrar un acento muy personal para sus

evocaciones militares. Su tarea quedó inacabada.»

Como muchos intelectuales irreflexivos no supo tener en cuenta la parte

práctica de la vida. Fué siempre un joven, y esto fué una virtud y un

defecto. El sol y la luna del país de Bohemia no se apagaron jamás para

él. Pero era también, como él se complacía en decirlo, un soldado.

Gustaba de las bellezas terribles de la guerra que hacen la gloria de

los grandes «hombres de hierro».

En el manejo de la línea, en la lucha con la expresión, en la creación

de la forma soñada, encontró un campo de acción y de descanso la

tempestad de sus nervios, la tempestad que lleva en su interior todo

intuitivo, todo creador, todo poeta, todo artista. Sus retratos no

revelan el padecimiento, aunque la boca y los ojos digan más de una

melancolía; la que tradujo en «Perseo y Andrómeda».

Un día pasó la muerte, estúpidamente como a menudo, y se lo llevó. Dejó

una larga herencia de mármoles, de bronces, de yesos, bustos, estatuas,

obras monumentales. La política le fué fatal, pues se enterró al mismo

tiempo que Gambetta, y, como a otros grandes artistas, la muchedumbre lo

pospuso en su atención al tribuno. Luego, llegó el olvido; y hoy hay un

despertamiento, el despertamiento que antecede, en los vedados ilustres,

a la cierta resurrección en la gloria, en la posteridad.

[Illustration] MISS ISADORA DUNCAN

¡Canta, oh musa, a Isadora, la de los pies desnudos, y sus danzas

ultra-modernas de puro arcaicas, y sus piernas de Diana, y las músicas

antiguas que acompañan las danzas, y los veinticinco francos que hacían

pagar en el teatro Sarah Bernhardt por una butaca! Pues es en realidad

digna de mucho entusiasmo esa rítmica yanqui que hace poesía y arte con

la gracia de su cuerpo, ninfa, sacerdotisa y musa ella misma, en un

impudor primitivo y sencillo, digna de las selvas sagradas y de las

paganas fiestas. París no ha correspondido a la novedad, porque la

prensa estuvo seca por culpa, dicen, del empresario. Mas no faltaron los

novedosos de siempre, los snobs, tales princesas y tales artistas, amén

de la colonia, que siempre está dispuesta a apoyar todo lo que viene del

país poderoso en donde, si hay gigantes Morganes y Rockefellers, surgen

hadas Loïs e Isadoras.

Antes de aparecer en el teatro, Miss Duncan había danzado en la

intimidad, para regalo de señalados amigos, como en los salones de la

princesa Polignac, y en una fiesta dada en honor de Rodin, en pleno

aire, en la amable campaña, hizo la gracia de un espectáculo único,

digno de poetas y de artistas. Faltaba allí tan solamente D’Annunzio,

para decir en un _laude_ el retorno de los dioses, _vía_ Nueva York.

* * * * *

Es nuevo y es bello, de encantadora belleza, ese resucitar de viejas

visiones. Y natural es que sea una norteamericana la que realice el

prodigio, porque si hay un país en donde el cultivo del cuerpo y de la

euritmia humana hace modernos los días pindáricos, ese país es el gran

país de los Estados Unidos. Debo advertir que en nuestros centros

latinos y católicos las danzas de Miss Isadora tienen que aparecer

perfectamente inmorales: «Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais

marchando»; y siendo Miss Isadora una filósofa danzante que proclama

como sus principales maestros--¡de baile!--a Darwin y a Haeckel, predica

la libertad de la naturaleza, la desnudez, como Pierre Louys, y predica

con el ejemplo: su cuerpo está apenas cubierto con una especie de kiton;

otras veces usa las túnicas botticellescas, y siempre la fina tela

parece como si estuviese húmeda. No hay malla ninguna, y se necesita una

despreocupación completamente artística, o un esfuerzo de

intelectualidad de que no son capaces todos los espectadores de un

teatro, para no ver en la armoniosa anglosajona otra cosa que la

Primavera de Sandro o Ariadna perseguida por Baco.

Pero, repito, el espectáculo es bello, da un positivo deleite estético,

y un estatuario como Rodin es justo que se haya sentido feliz al ver

encarnadas y con movimiento las figuras de los bajorrelieves, de las

pinturas de las ánforas. ¿Habrá podido esa mujer joven, vigorosa,

robusta, llena de vida, impregnada de literaturas, filosofías y artes

libres; habrá podido esa pagana mantener su ideal artístico libre de

contaminación en la región de las ideas, en la castidad cerebral de una

vestal del ritmo, de una sacerdotisa de Terpsícore? La bailarina de los

pies desnudos, que es elegantemente pedante y muy de su tierra, ha

escrito páginas curiosas que desenvuelven su teoría de la danza del

porvenir, y a propósito de sus brazos blancos, de sus clásicas zapatetas

y de sus lindos hallazgos, ya habéis visto cómo se proclama discípula

del autor del _Origen de las Especies_. Podía agregar al inevitable

Nietzsche, catedrático de gozo dionisiaco, que mira en el baile la mayor

manifestación de la libertad de la vida, como una acción enérgica y

sublime. La danza para Miss Isadora no debe tener ningún artificio y

debe ser nada más que una transposición o concentración del ritmo

universal en el ritmo humano. Más que danza, la suya, es mímica; es la

animación de la escultura femenina, y sus ademanes y pasos son renovados

de los kernóforos, ándema, kaladismos, etc., que se pueden hallar en

Laborde. Ella ha pasado largas horas en los museos, y ha visto animarse

los mármoles; y a la actitud fija de las figuras escultóricas ha

agregado el gesto anterior y el gesto posterior, completando así el

poema de la forma, por el movimiento armonioso que cambia bellamente las

líneas.

La iniciadora de esta danza, que ella dice del porvenir, es, pues, una

descubridora del pasado. En todo caso es una creadora de belleza que

amaría Fidias y que halagaría Barnum... Miss Isadora no es hermosa, pero

quizá de tanto contemplar las figuras de los museos se parece a ciertas

estatuas y a ciertas mujeres de los pintores primitivos. El cuerpo es

soberbio, y cuando se presenta triunfa de algo verdaderamente delicado:

la dificultad, la rareza de encontrar un pie perfecto. La impresión

helénica se siente. Para apreciar en su valer las danzas de esta mujer

original hay que tener indispensables nociones de cultura clásica.

Imaginaos en un sencillo decorado una figura casi alada, en una

turbadora semidesnudez femenina, pero que os evoca en seguida las

creaciones de la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es

Euridice, ya Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el rostro, con el

movimiento cambiante, dulcemente lento o ágilmente vivo, se explica el

dolor de Orfeo o la expectativa al son de la flauta pánica que produce

luego el gozo de la ninfa o la fuga ante la persecución de Baco

enamorado, el temor y el temblor, todo lírico, espléndido y sensual. Hay

saltitos y cambios de lugar que parecerían por un instante ridículos en

ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; pero la magia de la evocación

vence del momento peligroso y el _deus_ que posee a la danzarina mima

se manifiesta de manera incontrastable y estupenda. Ahora, un buen señor

de negocios, que va al teatro a hacer su digestión, quizá encontrará

todo eso absurdo o se fijará en cosas que no son propiamente el sutil

hechizo de esta obra y de ese acto de arte. Yo de mí diré que ante la

sugerente _performance_ sentí venir a mis labios la lírica invocación.

«Oh, vosotras, que reinais sobre las ondas del Cefiso, cuyas riberas

nutren generosos corceles, ¡oh, Gracias!, a quienes no se canta lo

bastante, diosas de la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua

raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si hay en la vida de

los mortales algún encanto y adorno, lo deben a vosotras; vosotras

dispensáis la cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos no

presiden jamás ni danzas ni festines sin llamar a las augustas Gracias;

son ellas las que regulan todo en el cielo, y sentadas al lado del dios

que lleva un arco de oro, del vencedor de Python, adoran eternamente la

gloria del dios del Olimpo. Amable Aglae, Eufrosina que te complaces con

los cantos de la lira, hijas del más potente de los dioses, escuchadme;

y tú, Talía, que sonríes a nuestros himnos, lanza una mirada sobre esas

danzas ligeras que celebran una feliz victoria; pues vengo en mis versos

a cantar a Asópico, con el modo lidio; a Asópico, por quien la ciudad de

Minias triunfa en Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías moradas

de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa noticia; dile que tú has

visto combatir a su hijo, y que la victoria de alas de oro ha puesto

sobre su joven frente la corona de las luchas gloriosas.» E Isadora ha

sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y Eco, siendo la misma Terpsícore;

y por ella he creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, niño

vencedor en la carrera del estadio, y las danzas que lo celebran, y la

divina Hélade, con su sol de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo

que gozaría mi ilustre amigo Guido Spano ante esta Gracia danzante,

antigua griega de carne viva.

* * * * *

Lo pagano de Miss Isadora viene también de los pintores del

Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli la

habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una

de sus _canzone a ballo_, por ser su danza una _consolatio grossisima_,

como diría el viejo Antoine Arène.

Mas, entendámonos: la palabra danza no es propiamente aplicable a la

representación de la Duncan. Danzas son las de las bayaderas, y

_ouled-nail_, las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y la

polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan son más bien

actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más

que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la

naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey

coreográfico David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que

canta Leconte de L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la

cabellera de jazmines, no sé si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela

Gorriti, según testimonio del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss

Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico,

está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según

su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas,

el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico

movimiento, al impulso musical de su espíritu. Esto, como véis, es un

poco más complicado que los _entrechats_ de la Cleo de Merode o de

Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la definición del

barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la danza es el

gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es

demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se

compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de

los desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard,

Bernay, Mauri; su alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan

Blasis y Lemaître y Noverre. Su inspiración no se encuentra en el

diccionario de Compan; mas Luciano la reconocería discípula de Thea,

frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su

desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el bosque por un

fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra civilización un

velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama la

decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de

que los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los

griegos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después que se

representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y

eso, siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había

representado. Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que

esos bailarines fueron siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una

intriga, conducirla, sostener los caracteres y llegar a un buen

desenlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla monstruosa de

tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza afeitada y los

pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que hay

diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y

hace admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte

se aplica la definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de

ideas y sentimientos. Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin

que de Mariquita.

Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota que los antiguos

griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este prodigio:

baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el _clair-de-lune_

con su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los

veinticinco francos de la butaca.

[Illustration]

[Illustration] REMY DE GOURMONT

Me apresuro a escribir estas líneas porque una grave preocupación me

inquieta: M. Rémy de Gourmont, autor para pocos, escritor de una

_élite_, de una aristocracia mental internacional, está amenazado de la

atención de todas las gentes... La prensa le solicita, el reporterismo

le busca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo sea, si no

popular, vulgar, como el de Nietzsche... Vulgar en las citas, en las

afirmaciones de la mediocracia escribiente: «M. de Gourmont por aquí; M.

de Gourmont por allá...»; y eso es terrible... Fuera de que, como según

parece, mi especialidad es la de lo «raro», mi admiración y mi afección

por el autor de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad de su

vida, en su aislamiento severo, en su monasticismo intelectual. Hace

como unos diez años que, con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y

admirables, las de su campaña del idealismo, sus prosas del _Mercure_,

sus _plaquettes_ exquisitas, su sabio _Latin mistique_; y nos

complacíamos el poeta y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición,

en lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en encontrar un

erudito que fuese un poeta. Escalígero entre los lirios. Baluce entre

las esfinges. Lipsio bajo los laureles. Después nos comunicamos por

asuntos literarios, y cuando llegué a París era su amigo. Pasé aquí

cinco años y no le fuí a visitar. Respetaba mucho su silenciosa y

retirada labor, su misterio. Sabía que era, en esta capital

americanizada por la _réclame_ y por el industrialismo de la publicidad,

lo que son los especiales diamantes y los especiales espíritus: un

solitario.

Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle de Saint-Péres, en su

casa de libros. Una casa de libros, viejos tapices, obras de arte. Se

pasa antes por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. Pierre de

Querlon, un alma singular, describió eso en páginas sutiles y amables.

Esas páginas eran hoy más bellas, porque él era joven y acaba de morir.

He visto primero a una prima y a un hermano de M. de Gourmont. Ella es

la sobrina y heredera del escultor Clésinger, de quien os he hablado en

otra vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que encierra un

gran talento. M. Jean de Gourmont, cuyos pensares y decires sobre

literatura son en el _Mercure_ un buen regalo. La morada es silenciosa y

triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud y de ensueños, apenas

turbado, según parece, por uno que otro demonio, entre otros el demonio

Elzevir, diría Hugo.

Yo entré con cierto temor y timidez. No he podido--y ya estoy al medio

del camino de la vida--llegar a ser familiar, confianzudo con el talento

superior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy de Gourmont. París

no me ha inficionado de su bulevardismo igualitario, y en un maestro que

es verdaderamente un maestro no veo yo a mi «querido colega».

M. de Gourmont es uno de los pocos maestros que aún hoy merezcan ese

nombre. Yo, al estar sentado frente a él en su gabinete de estudio, al

verle con su ropa monacal de labor entre libros y libros, junto a un

soberbio Clésinger dorado de penumbra, apoyado en su mesa cargada de

manuscritos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la suya, y al oirle

hablar poco y difícil, hondo y seguro, pasé a otra época y a otro

momento. Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que

fuese un Lulio. Sé bien que estos nombres no quedan bien para nuestro

siglo y para nuestras costumbres; pero recordad siempre que os hablo en

la sinceridad de mi conciencia, y que Pascales y Erasmos no existen

muchos actualmente para la comparación. Así, pues, llegué tímido; salí

encantado. Agradecido lo estaba antes, puesto que he merecido a M. de

Gourmont juicios demasiado benévolos y defensas demasiado justas. Cuando

por ahí se asombraban de que mis _Prosas profanas_ fueran versos, el

autor del _Latin mistique_ me escribía del título: «_C’est une

trouvaille_», para asombro de ciertas ignorancias. Encontré en él, bajo

su indumentaria de fraile, una nerviosidad inquietante revelada por

cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor admirado: un odio

profundo a lo vulgar, a lo mezclado, a lo híbrido, al socialismo, al

nacionalismo, al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la moral de

regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo profesor, a todo

doctor diplomado, a toda disciplina, a toda obligación. Y, sobre todo,

el odio a lo estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. ¡Cuando yo

decía que no es para todas las gentes! Y cuando yo os decía mi inquietud

por la irrupción del Kodak y de la _interview_ a su celda, a su

refugio...

* * * * *

¿Qué importan las genealogías? _Stemmata quid faciunt?_ Importan mucho,

sobre todo, en este caso. Pierre de Querlon dice: «Desciende de la

familia de los pintores, grabadores, tipógrafos, de los siglos XV y XVI,

a que perteneció aquel Gilles de Gourmont a quien se deben las primeras

impresiones hechas en París en caracteres griegos y hebreos.» Además,

por parte de madre, Malherbe es uno de sus antecesores. Pero yo sé de

uno más, que ninguno de sus biógrafos ha nombrado, y que explicaría

ciertas conquistas mentales y actitudes audaces de este perfecto

pensador y libre filósofo: Hernán Cortés. La combatividad ancestral se

ejerce en otros planos y elementos; pero, como el antepasado, como el

_ancêtre_, ante el problema de la vida, una vez llegado a una convicción

en el océano de las sofías, ha quemado sus naves.

El que hubiera sido en otras épocas benedictino sapiente y creyente, el

que ha creado tanta figura y castillo de ideal y de ensueño, tiende cada

vez más a la explicación de la existencia fuera de toda teología. Yo

admiro, pero no aplaudo; dado que, después de todo, no estoy por lo de

quedarse en una costa desconocida con la ceniza de los únicos bajeles.

Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una

_navicella_, una _parva navis_, si no completamente católica, muy

cristiana. Eso sí; los remos son de marfil y las velas son de púrpura. Y

ella conduce a alguna parte.

En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se creería primero

influído de un soplo platónico, se junta más, en su madurez, a la

observación y al criterio aristotélico, por su investigación sobre el

secreto humano, por su manera de encarar el enigma de nuestro ser.

Solamente que se basa en lo que Aristóteles no comprendía: la libre

acción del hombre en el universo.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 8 / 13 段