La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura;

pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga

del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar--«¿Quo resta buena

avatas salem pampas?»--es de la misma especie que el turco de cierta

farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el

Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya

prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos

hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había

llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl

inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o

en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona

en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de

l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del

Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el

día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el

hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense,

pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin

haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar

su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas

las memorias: una cara de _pain d’épice_; dos ojos negros, con el

movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo

la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente

poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo

pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de

damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la

América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en

cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de

los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar

su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en

Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena

de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata;

tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de

camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada

de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se

puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún

personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo

aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de

Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las

garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del

_Figaro_, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses

enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de

manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas

partes...»

Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rastacuero? ¿En ser exótico?

Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el calificativo a Krüger o a

Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras preciosas? Nadie se

atreverá a tachar de rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los

muchos anillos en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con

las suyas semejantes a las de un rey bárbaro. ¿En el tipo? El mismo

Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos parisienses tienen los ojos de

D. Iñigo. ¿En el color? _El pain d’épice_ no se le puede aplicar a todos

los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo? Los _petits-sucriers_

abundan en este maravilloso país.

A mi entender, el rastacuerismo tiene como condición indispensable la

incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen gusto. Desde lejanos

tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid a Carlomagno,

los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de riqueza han

venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que

viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o

arregladores de empréstitos para que la célebre figura representativa

surgiese. Puesto que de esos países vinieron, no los más cultos, sino

los más hábiles, con todos los defectos nativos sin barnizar. _Parvenus_

o señorones de aldea, creyeron que Lutecia era conquistable con exceso

de colorines y mala ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos

ricachos, como el personaje de una de las novelas del escritor chileno

señor A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su mujer y a sus

hijas, esas hijas que formarán lo que llamaba Juan Montalvo matrimonios

deslayados; jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. Por eso

el mismo Scholl se atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las

extranjeras sin marido son rastacueras.» En cuanto a los que no osan

presentarse en el café de la Paix sin encasquetarse un título

cualquiera, los hay de la manera más sonoramente grotesca. Millones

incásicos o aztecas compran títulos del Papa--y no en el café de la

Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza--, surgen los Iñigos

marqueses y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense

contra el hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y

levantinos que merecen el epíteto célebre, se explica por tales razones

y ejemplos.

* * * * *

Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre hay cueros en la

palabra, y como en donde de manera principal abundan los ganados y de

donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial del Río

de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M.

Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis,

comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y

derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por

derroches y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero.

¿Por qué? ¿Por la falta del color de _pain d’épice_ o de _forro de

bota_, como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame

rastacuero al más estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán

Blanco, que era culto, hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una

de sus hijas con el hijo del _arbiter elegantiarum_ del segundo

Imperio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros

entroncan hoy en árboles genealógicos de la nobleza europea por virtud

de los mismos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nuevo, que en su

latín lo decía ya en lo antiguo el maravilloso y rudo Juvenal:

Neu credas ponendum aliquid discriminis inter

Unguenta _et corium_. Lucri bonus est odor ex re

Qualibet. Ylla tuo sententia semper in ore

Versetur, Dis atque ipso Jove, digna, poetæ:

_Unde habeas quaerit nemo; sed oportet habere_.

No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo ni profesión, ni

necesita de fortuna para serlo--el rastacuero tal como se entiende en

París, una vez adoptada la palabra--. Buckinghan no era un rastacuero,

ni el duque de Osuna, ni Aguado el banquero. Pero sí tales tipos

singulares, cuyos nombres se olvidan, italianos, españoles, argentinos,

peruanos, chilenos, mejicanos, bolivianos; cuatro caballos, título

inesperado o desenterrado, pompa de encargo, propinas del chá, cuando no

juego sospechoso; _sport_ a la mala, matrimonio de agencia o

intermediario, castillo súbito, relaciones compromitentes.

La evolución del rastacuerismo se nota en su civilización. La

extravagancia exterior en la decoración personal, en las maneras de

derroche violento y copioso, han dado paso a una especie de

compenetración con la alta sociedad parisiense--nunca en el riñón del

Fauboug--, sobre todo después de que los millonarios yanquis han abierto

la mayor parte de las puertas antes cerradas herméticamente. El

«brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, sino corregido y

aumentado por la facilidad de relaciones.

Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado también. Se dice entre el

_demimonde_: «¡Qué «rasta» estás esta noche!», para alabar un lujo o una

elegancia. Y en ese mismo medio mundo no hace muchos años, cuando los

Prados y Pranzinis, la palabra «rastacuero» era un insulto... y una

alabanza. En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de Heredia,

y en el alto mundo a notables individualidades se les da la calificación

en diarios mundanos...

* * * * *

Los verdaderos están en todas partes...

...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles, vestidos de cueros...;

ellos van, ellos y ellas, bajo la noche fría, en los magníficos

carruajes, vestidos de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos de

sus riquezas, por todas partes, con los huevos de garza y las garras de

tigre de que hablaba el mosquetero Scholl.

Cueros y perfumes, los internacionales Guarangos: _Unguenta et

corium_...

[Illustration] EL ESCULTOR ARGENTINO IRURTIA

Monsieur Irurtia: La _concierge_ me conduce, en un patio en que se ve

mucho cielo y medran tupidas enredaderas, que el mes ha deshojado, a la

puerta del taller que busco.

--_Entrez!_

El artista argentino, con sus manos llenas de la tierra del trabajo, sus

cabellos revueltos, su barba crecida, su cuerpo robusto que envuelve la

larga blusa, el gesto amable, la sonrisa hospitalaria, me acoge.

* * * * *

La modelo no ha dejado la tarima. Su bella plástica, acostumbrada a la

visión de tantos ojos, queda tranquila ante la contemplación de un

artista más. Yo ruego al escultor amigo que no interrumpa su tarea, y

por largo rato gozo del espectáculo que no me cansaría nunca. Ver crear,

ver surgir la forma expresiva, alma inmóvil de la materia, entre las

manos de un obrero intelectual, es hermoso.

De cuando en cuando examino el recinto, que ya conozco. Es el mismo

estudio modesto en donde he visto nacer y morir, por la voluntad

descontentadiza de su autor, muchas obras que no alcanzaron el grado de

su deseo; el mismo modesto, modestísimo estudio, en donde he oído al

gran Rodin dar alabanza y estímulo al joven estatuario que sueña con el

día feliz en que a su patria llegue el triunfo del arte verdadero y

desinteresado, del arte sincero y noble de que los pueblos tienen

necesidad como del pan. En un rincón veo, envuelta en sus paños, la

nueva obra que he venido a visitar, la que ha satisfecho a su creador lo

suficiente para librarse del martillo iconoclasta.

En las paredes están las reproducciones de piezas anatómicas y

fragmentos de yeso, copias de trozos célebres. No lejos encuentro varias

_maquettes_ del ideado monumento de un héroe argentino. A un lado el

estante de los libros, que suple a los amigos en la vida cuasi ascética

de este solitario estudioso y serio, serio hasta la melancolía.

Puesta a un lado, después de largo rato de labor, la figura que está en

estudio actualmente, la modelo descansa. Luego se viste cerca de la

salamandra que da su sabroso calor, y se despide de nosotros sonriente,

con un apretón de manos y un sonoro _ arrivederci_ de su linda boca de

Italia.

Entonces veo la obra nueva «Las pecadoras».

Rogelio Irurtia es joven, pero su talento es de una fuerza sólida y

madura. Comenzó sus estudios en Buenos Aires, ha hecho el viaje a

Italia, indispensable para todo artista, y luego ha venido a París

pensionado por el Gobierno. De un carácter concentrado, retraído, tímido

como todos los vigorosos, ha vivido siempre dedicado a su arte, en esta

maravillosa metrópoli de las metrópolis, y ninguno de los halagos y

tentaciones de este ambiente de placeres lo ha arrancado a su meditación

y a su ensueño, defendido por una labor continua y una soledad discreta.

En las almas de los artistas existen las vírgenes cuerdas y las vírgenes

locas. La de Irurtia es de las cuerdas. Su cultura no es extensa, pero

es firme. No quiere hacer literatura de mármol o de bronce. Ha encarnado

simplemente y humanamente el problema de la vida. Ha puesto los ojos de

su espíritu y de su cuerpo en el espectáculo del sufrimiento humano.

Como Constantin Mennier, se ha sentido conmovido por el Trabajo, y como

Rodin, a quien admira, por la dominación del amor omnipotente que arde

en la tierra. Y ha visto directamente, sin lentes de preocupación ni

anteojos académicos. Con esto está ya significado que no existe en él la

tendencia a lo retórico y menos a lo bonito, ni la sujección a los fríos

cánones de los dirigentes diplomados. Es un talento leal consigo mismo.

Aunque tiene sus admiraciones, no juzga que tenga que sujetarse nadie al

yugo de los maestros, por grandes que sean, a la imitación de estilos o

maneras que cuando valen y vencen, es que son manifestaciones de

temperamentos, exteriorizaciones de potencias individuales. Así, siempre

ha sido hasta cruel con su propia producción. Ha intentado y vuelto a

intentar dar realidad a su pensamiento, y, como lo he dicho antes, ha

destruído lo que no ha satisfecho a su propósito. Entre otras, he

sentido la desaparición, el año pasado, de una «Maternidad» expresiva y

de singular ejecución. En verdad, el grupo actual, la creación reciente,

merece vivir, y vive por su propia razón. «Las pecadoras» afirman un

maestro de mañana y una innegable fuerza de ahora. Quien así sabe

representar uno de los más duros aspectos del dolor humano, merece el

aplauso de todos y el orgullo de los suyos. «Las pecadoras»--me

dice--son mujeres que, agobiadas por el peso de sus remordimientos,

vagan sin patria, sin otra esperanza que la Cruz, ¡su única

consolación!». En efecto, son las fatales máquinas de amor, el pobre y

terrible rebaño de prostitución, el animal de belleza y miseria, la

castigadora víctima, la hembra apocalíptica en cuya frente se lee la

palabra _Misterium_. Este concepto de la eterna Magdalena, y su fin de

esperanza, es raro en un artista que piensa en este formidable París

moderno en una época en que se proclama el endiosamiento de la

cortesana, y en que toda idea de cristianismo lucha contra gruesas

oleadas de positivismo, de sensualismo, de indiferencia y de crueldad.

La cortesana, la pecadora de hoy, sale significando la danza, con su

cuerpo deformado por el uso del corsé, pero admirable, del taller de

Falguiere, o deja, cuando muere, millones en joyas que se venden en la

casa de remates. Es el ídolo, es la tirana, es la dueña. Cierto es que

esos son tipos de cortesanas y no la cortesana. La pecadora de Irurtia

ha caído, y vaga luego como una sombra de duelo y de pena. Mientras

Popea tiene siempre litera, otras de sus infelices compañeras acechan

por las Suburras. En la obra de que me ocupo, la idea es cristiana, la

«obscura total idea», para emplear una frase de Schiller en su

correspondencia con Goethe. Si el autor, con un amor pagano, ha modelado

las formas, y con un cuidado antiguo ha tratado la _drapérie_, es

modernísimo en la expresión y en la comprensión del sujeto. ¿Hay alguna

reminiscencia en ese estilo que brega por ser personal? Es posible. El

autor no asiste al taller de Fidias en esta presente Atenas; pero, de

hacerlo, entre Agorácrito y Alcámenes, sería Alcámenes, por sus ímpetus

de independencia, por su anhelo incesante de libertad. Esa independencia

la ha demostrado no dejándose arrastrar por la moda o por el snobismo,

que hacen de la violencia rodiniana la única manera aceptable en

escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no existe, por ejemplo, un

Bartholomé?

Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy un culto praxiteliano.

Las hetairas son representadas como sacerdotisas de amor carnal; es el

tiempo en que en los Salones los maestros exponen, en esculturas

policromas, como en la antigüedad, el poema del cuerpo femenino, tan

solamente visto a la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en

que a esos escultores corresponden eminentes escritores paganizantes,

como M. Paul Adam y M. Pierre Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la

casa de Friné. Irurtia, cristiano, mira el más allá, sin limitarse

exclusivamente a oir las doctrinas de los seguidores de Epicuro. Su

visión es áspera y tenebrosa, pero tras esa tiniebla hay una luz para él

indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala y a las Marías de

Egipto. Yo no sé que otro, antes que él, haya extraído del negro tema de

la Trata de blancas una obra semejante. En este sentido, este trabajo

une a su mérito estético un valor moral. Digo moral, no moralizador...

Irurtia no es miembro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salvation

Army, ni amigo del senador Berenger. Es un artista.

¡Un artista!

Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las patrias deben a las

artes. Ya el lujo dejó para el cuerpo la ostentación, la riqueza. Ahora,

lo que al espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los Estados

Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a

sus artistas. «Somos, un país esencialmente agrícola y pecuario.»

Entendido. Hace miles de años una rama de la raza indogermánica, los

griegos, llegó al más admirable cultivo y gozo del arte; pero antes, en

Grecia, habitaban los pelasgos, que eran esencialmente agricultores. El

cultivo de la tierra, el pastoreo, fueron primero que la Lira, que el

carro de Terpis, que el mármol labrado por Policleto, que el triunfo

completo del arte en la tierra armoniosa y divina. Luego, el arte

ateniense, ¿dónde encuentra sus mejores seguidores? En el Peloponeso;

pero, sobre todo, entre los trabajadores, entre los activos e

industriosos argivos. El pueblo etrusco fué también primero un pueblo de

trabajo y de empresas prácticas: _filotecnon etnos_. Las grandes

ciudades artísticas italianas fueron ciudades industriosas y

comerciantes. ¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra al mundo

por sus progresos materiales y prácticos, no ha de llegar a brillar en

la civilización humana por sus artistas, sobre todo contando con

abundancia de «espíritu primo», de talento nativo? Dígase lo que se

diga, en la juventud argentina hay un tesoro colosal de porvenir. Para

lograrlo, hay que pensar en el toro nacional... ¿Cómo?

Hay un mito antiguo--recientemente tratado por M. Paul Adam, a propósito

de la obra de Franz Cumont, sobre los Misterios de Mithra--que parecería

inventado de propósito para el pueblo argentino. «Es un símbolo

maravilloso, dice, el venerado por el culto de Mithra, el joven dios

pérsico, cuyo culto secreto han propagado los legionarios romanos a

través de la Europa occidental desde los tiempos de César.»

La leyenda dice que el héroe nacido de la roca volcánica, con la

antorcha y la espada en las manos--tal la humanidad ya provista de

inteligencia industriosa--, persiguió al toro brutal que reinaba

entonces sobre la tierra, lo asió por los cuernos, lo montó, lo fatigó

durante una carrera furibunda, y luego, habiéndolo echado en tierra, se

lo llevó, arrastrándolo, a su caverna. Pero el búfalo no se resignó a

estar domado. Se escapó, atropelló, persiguió a débiles y pacíficos.

Entonces, «por orden del Sol», Mithra, mediador entre lo incognoscible y

el mundo sensible, corrió, ayudado por su perro, hacia el monstruo

destructor. Lo esperó a la hora en que volvía cerca de la caverna a

llevar la devastación. Lo agarró por el hocico, le torció el pescuezo,

lo venció, y el dios hundió su espada en el flanco de la víctima

jadeante. Entonces hubo este prodigio: «Del cuerpo del bruto moribundo

nacieron todas las hierbas y plantas saludables que cubrieron el suelo

de verdor. De su medula espinal germinó el trigo que dió el pan, y de su

sangre la viña que produjo el brevaje sagrado de los misterios. El

espíritu maligno quiso lanzar contra el animal agonizante las criaturas

inmundas, para emponzoñar en él la fuente de la vida; el escorpión, la

hormiga, la serpiente, intentaron inútilmente devorar las partes

genitales y beber la sangre del cuadrúpedo prolífico; pero no pudieron

impedir la prosecución del milagro. La simiente del toro, recogida y

purificada por la Luna, produjo toda especie de animales útiles, y su

alma, protegida por el perro, fiel compañero de Mithra, se elevó hasta

las esferas celestes, en donde, divinizada, llegó a ser, bajo el nombre

de Silvano, guardián de los rebaños.» La estela que decoraba los templos

del dios militar eternizaba la memoria de esta fecundidad bienhechora.

El tauroctono se mostraba allí bajo la apariencia de un joven robusto y

bello, en el instante en que, los ojos al cielo, inmola la salvajez de

la bestia. A la derecha y a la izquierda de la presa palpitante dos

pequeñas imágenes le representaban aún llevando antorchas, signos de la

luz espiritual en cuyo nombre se cumplía el sacrificio. Este perfecto

símbolo instruía a los soldados en su deber y los justificaba. Era para

abolir la barbarie destructora, era para permitir la obra del espíritu

sabio, legislador y pacificador, que los ejércitos de Roma podían, sin

crimen, atacar a las hordas y multitudes bestiales que pululaban en los

países sin cultura antes de invadir un día los países que las artes

fertilizan, antes de arruinar allí las fuerzas bienhechoras. Pero una

vez conquistadas, sometidas, educadas esas multitudes, a su vez cultivan

la tierra, edifican las ciudades en que se congregan los traficantes,

los ricos, los artistas, los pensadores. Y de esas nuevas fuentes de

inteligencia brota más luz para alumbrar las vías de la felicidad

humana. Matar el toro era así fecundar el mundo. M. Paul Adam

encontraría que en el país de las pampas, bajo el Sol de la patria

argentina, casi todo el mito se ha cumplido. Se combatió la barbarie, la

tiranía, la destrucción; se cultivó la tierra, Silvano protegió los

ganados; se fundaron las ciudades, llenas de industriosos y de ricos.

¿Qué falta? La llegada del Arte, la victoria de la inteligencia y del

espíritu. ¡Que llegue pronto! El Sol brilla. Mithra lo quiera.

Entonces no tendrán por qué desconsolarse o abatirse los talentos

jóvenes como Irurtia. La ciudad será lo que debe ser en la nobleza y

decoro municipales. Las ferias rurales tendrán su contrapeso en las

exposiciones intelectuales.

Me despedí del autor de «Las pecadoras» deseándole vida resistente,

voluntad perseverante, esperanza y valor. Tengo la conciencia de que en

este «nuevo» hay un gran artesano del ideal, que es lo que todo artista

plástico debe ser. Cuide la Argentina sus talentos, como hacen los

prácticos yanquis. No se proteja lo mediocre importado, pudiendo tener

lo sublime nacional.

[Illustration]

[Illustration] CLÉSINGER Y SU OBRA

Recientemente he tenido la grata oportunidad--en la amable compañía de

dos poetas argentinos, Angel de Estrada y Leopoldo Díaz--de visitar,

plaza Pereire, rue Guillaume Tell, el recinto en que se encuentra la

obra, puede decirse completa, del gran escultor Clésinger. Debí la buena

impresión de Arte a Mme. Berthe de Courrière, sobrina y heredera del

artista, a la cual tuve la honra de ser presentado por M. Remy de

Gourmont, el querido maestro y buen amigo. Es difícil encontrar reunida

toda la producción de un estatuario, de un pintor. De pintores sólo

recuerdo a Wiertz y a Gustave Moreau; de estatuarios a Thorwaldsen. En

este caso, la piadosa voluntad de Mme. de Courrière ha librado de ser

regadas aquí y allá las numerosas producciones de quien, con Rude y con

Carpeaux, forma, como muy bien dice M. de Gourmont, la trinidad de los

grandes últimos escultores franceses desaparecidos. Por otra parte, la

decisión de la heredera está apoyada por el voto escrito de los más

grandes nombres del arte francés contemporáneos, entre los cuales Puvis

de Chavannes, Carrière, Rodin, para no citar otros, los cuales han

dejado manifiesto su deseo de que no se venda separadamente la obra

clésingeriana, que constituye por sí sola un museo especial y que en su

unidad representa una vasta elección de belleza y es la manifestación de

un momento en la historia de la escultura francesa. ¿De un momento? «En

la historia de la escultura francesa en el siglo XIX, dice el insigne

escritor que he citado, Clésinger es un hombre; y más: una fecha; y más

aún: una época. El personifica, como tallador de mármol, el Arte

románico. ¿Es el Víctor Hugo? Ningún estatuario del siglo fué un Hugo.

¿El Alexandre Dumas? Eso y algo más, pues con la perpetua fecundidad,

Clésinger, tuvo el perpetuo estilo. Fué malo, a menudo, pero con fuga,

con locura». Es que Clésinger tenía lo que significaba antes con una

palabra hoy fuera de moda, tenía «inspiración.» Inspiración, esto es, la

sinceridad irreflexiva, el pensamiento voluntario e impetuoso que

explica y exhibe la libre alma. Romántico, tenía que serlo, por su

tiempo y por su ambiente. El también, cuando el siglo tenía catorce

años, nació en Besançon, «vieja villa española». No, no fué un Hugo;

pero él también esculpió fragmentariamente una su leyenda de los siglos;

él también se saturó de antigüedad; él también encarnó la Paz, la

Libertad y la Fraternidad; él también hizo su labor en la historia y en

la mitología; él también modeló una que otra «Oriental», él también

formó su Esmeralda, su Zíngara, que es la _Danseuse au tambourin_; él

también pagó tributo al Sátiro; y celebró en bronce y mármol a

Carlomagno, a Francisco I, a Napoleón el Grande... y a la República.

Su primera labor se ajusta a las tradiciones, sigue las ideas y

enseñanzas de maestros imbuídos en el clasicismo. Se hace al oficio

oficial, y no hay duda de que en ello aprende la gramática de la

estatuaria, la indispensable regla, las normas académicas que sirven

hasta a los más atrevidos, cuando son atrevidos que tienen genio.

Clésinger, si no era un genio, tenía genio. Su obra fecunda lo demuestra

hasta en sus trabajos más defectuosos. Estaba lejos de la chatura de

muchos de sus contemporáneos patentados, y en ciertas creaciones suyas

fué, puede decirse, un revolucionario, un «nuevo», y no sin razón tuvo

la simpatía y el aplauso de Gautier, y principalmente, en este caso, de

Baudelaire.

* * * * *

Clésinger tuvo una _travagliata vita_, como dice el admirable Benvenuto

de la suya. Mas, como el mismo, bravo y estupendo artista, gozó, en días

dichosos, de esplendores y de honores. Para mí es un espíritu igual al

de aquellos soberbios hombres del Renacimiento, de aquellos

cinceladores, pintores, arquitectos, escritores, poetas, que sabían

comprender el gozo de la vida y aprovechar para la propia exaltación de

la existencia sus dones de superioridad mental, su potencia comprensiva

y su vibrante hiperestesia.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 7 / 13 段