Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental, y deleitó con
sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo también
algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza.
«Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de
son esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout»,
dice en su biografía Mme. Perrier. La _petite_ Pascal publicó, como la
_petite_ Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba lo
mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y comprar
hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline,
por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran,
puesto que compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti
de son enfant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse
après ses poupées». Se buscan en los primeros intentos las primeras
revelaciones del alma. Le dió la viruela y quedó horrible. Digna hermana
de su profundo hermano, sufrió con paciencia. Doce años tenía cuando
desempeñaba, a pesar de su cara picada, un papel en el _Amour
tyrannique_, de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, que decía
de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de grand». Luego
se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor composición sobre
la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que con
Corneille.
Entre los grandes nombres femeninos de la historia no es la precocidad
un común distintivo; sin embargo, para saber en su tiempo lo que una
Oliva Sabuco de Nantes, hay que haber sido un prodigio de estudio y de
comprensión desde muy tierna edad. En Santa Teresa todo es más
intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay ejemplos admirables.
Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de quien el
canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos
datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A
los once, conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua
un tratado de mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil
voces escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el alemán. Como
Cornelia Piscopia era un «oráculo _settilingue_». De Brosses, que la
conoció, escribía a su amigo el presidente Bonhier en una carta estos
párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo darle noticia, mi
querido presidente, de una especie de fenómeno literario de que acabo de
ser testigo, y que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que el Duomo
de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se me ha hecho entrar en
un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta personas de
todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita Agnesi
sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte
años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos
han traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen
augurio. No esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con esa
señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido
hacer una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa
jovencita una bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el
mundo. Ella le ha contestado muy bien; después de lo cual se han puesto
a disputar en la misma lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las
causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen algunas. Ella ha
hablado como un ángel sobre estas materias; yo nada he oído sobre eso
que me haya satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó que
disertara lo mismo con ella sobre el asunto que quisiese, con tal que
fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto al ver
que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una
lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un
hermoso cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo
con que el alma puede ser impresionada por los objetos corporales, y
cómo éstos se comunican con los órganos del cerebro; y en seguida sobre
la emanación de la luz y sobre los calores primitivos. Loppin ha
disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre las
propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he comprendido
nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para contestarle en
latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de recordar
en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre los
cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la
filosofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una persona de su edad
comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho que me haya
asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua que
seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y
corrección. Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y
la conversación se hizo general. Cada persona hablaba con ella en su
lengua propia.»
Ya se ve que ésta supera a todas nuestras cultilatiniparlas de la
actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas marisabidillas, y aun a
nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el caso de
Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos
volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional,
obra cuyo título es: _Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici
d’ogni secolo_, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos
de 250 poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio,
prosista, autora de versos, traductora de Terencio. «Doctissiman
fœminam Terentianis versionibus celebrem; et comico opere Italicorum
excellentissime»--; dice de ella el entusiasta Barbieri. Eran, sin duda,
tiempos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, flirt y otras
disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin ridículo se le
permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.
* * * * *
A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscutible humorista, se
pudo leer en Londres, en el siglo antepasado, el anuncio teatral
siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y de Enrique
VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que ha
desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en
Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la
precocidad toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de
Montesquiou, al contrario, cuenta de una su amiguita y pariente,
niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas singulares. Si el caso
particular es verdaderamente raro--dice--, el hecho no lo es en sí. «La
infancia es poeta»--ha dicho Mme. Valmore--. Y Víctor Hugo ha escrito
estos versos, que son una noble explicación del precoz milagro:
Il est, ou ne sait quel nuages de figures
Que les enfants, jadis vénérés des augures,
Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
Ce petit voit peut-être un œil étinceler...
La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido exacto de su
etimología _in spirat_, y sopla en el virginal y delicado instrumento
como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce
Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es a
menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños
contienen ese _infandum_ que nos hace estremecer como algo de no
humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no
se encuentra sino en algunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña poetisa
no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en apariencia--y
en realidad--de toda preocupación literaria. De repente se verificaba el
prodigio.
Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa chiquilla de la
nobleza francesa--hoy ya crecidita y bella como un astro--. Estos, en
prosa, que parecen sacados de antología china:
LAS TRES PERLAS DEL MAR
Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos, como tres perlas.
Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más bellos, como si los amase.
Las montañas parecían flores a los barcos; y los barcos parecían a las
montañas chorros de agua.
Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya no se vió nada...
SOBRE EL AGUA
Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo color veía obscurecerse a
través de su esmeralda. El rosa de la carne surgía como un fruto en ese
verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada por la uña, rodeaba
el dedo, formando un globo a través del cual aparecía como un objeto
precioso.
EL INSECTO
El niño abrió lentamente su pequeña mano. El escarabajito estaba vuelto
de espaldas, como una minúscula tortuga. Después se levantó, se puso a
correr con toda ligereza de sus patas de hilo. Eleonora hizo un puente
con su mano; la coccinela recorrió los dedos, dió vuelta al más chiquito
y subió sobre la perla de un anillo, en donde se quedó un momento.
Luego, extendiendo sus alas que se reflejaron en la perla,
enrojeciéndola, voló».
Esta es una verdadera perla, digna de una verdadera niña y de un
verdadero prodigio.
Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda pena esas compañías
infantiles que suelen recorrer los países representando piezas hechas
para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas postizas
de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a jovencitas
en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar esa
especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de
esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia
lectores de la _Justina_, del «divino» marqués o de la _Antijustina_,
del Retif.
Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por manejos y artes de
horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al paladar. En las
almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como en crimen,
no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre ante el
espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los
paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus
maneras y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si
no con el espíritu pervertido, con una idea muy especial de la
existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de la carta
que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años
se piensa así, ¿qué será a los veinte?
[Illustration]
[Illustration] ROSTAND, O LA FELICIDAD
Monsieur Edmond Rostand, el célebre autor de _Cyrano_, el benjamín de la
Academia Francesa, es, indudablemente, un hombre feliz. Sus muchas
docenas de admirables camisas son las camisas del hombre feliz. Tiene
millones, tiene una linda mujer que le comprende dos veces y que se
llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar y gozar en Cambo,
lugar meridional y florido. Cada paso que ha dado ha sido un triunfo.
París y las parisienses se han enamorado del rey Rostand. Su entrada al
palacio Mazarín ha sido un acontecimiento nacional. Si viene una
emperatriz, él es quien la saluda en verso. Los _reporters_ publican sus
menores gestos y comentan sus menores deseos. En el Museo Grevin tiene
su estatua de cera. La fotografía le ha popularizado en todas las
posturas. En las ilustraciones se le ve kodakeado en el campo,
ilustremente, al lado de su esposa, como antes a Daudet con la suya. El
día de su recepción de inmortal, Sarah llevaba el compás de las frases y
Coquelín le besó. Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más que
para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, naturalmente, de la
elegancia y del lujo, y en ellos vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta
salud. Cada vez que escribe un verso se gana un luis, si no más:
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux,
Bretteurs et menteurs sans vergogne
Ce sont les cadets de Gascogne...
Diez luises por lo menos. _L’Aiglon_, _La Samaritaine_, la mar de
luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde quiere. Su pegaso
tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de cierta novela
de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama parisiense,
es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera
disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de
los Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a
ser rey de la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta
universal.» Ninguna exageración le sienta mal. Su gloria es gascona.
Tiene la suerte de hablar en una lengua que todo el mundo entiende. Sus
piezas son representadas y aplaudidas en todos los teatros de la tierra.
El poeta Mendès escribe de la Francia: «La patria de Corneille, Hugo y
Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica
a admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante
incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el
César de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe,
la sabiduría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la
felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir
una casa en un sitio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo
el agua del gentil Nive, tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí
mi vida. ¿Para qué recargarla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de
trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de trabajo que se quiere
imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de
trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace nacer a su
_Cyrano_ en una cuna de oro y a su _Aguilucho_ en un nido de marfil. Y
luego él mismo se da a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de
sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. _¡Veinard!_:
Rostand, o la Felicidad.
* * * * *
Todo no está, en la lógica de la existencia, muy puesto en razón. Es un
caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar
su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello uso sabe
hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al contrario,
al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos
que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando concluyó el _Quijote_;
que Homero fué un mendigo; que muchos grandes poetas vivieron y murieron
en el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me decía una vez un
amable hotentote: «Dios quiera que nunca le sonría a usted la fortuna»,
y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría al pato y
al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado que ha de ser
paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para que su
canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien
mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin
los miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba
hermosamente en su quinta, colmado de los oros del César; Lamartine
nunca tuvo más melodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica
ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor de los millones. ¿Qué
no hubieran hecho Laforgue con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con
rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es pactolizada. Y el talento
innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se sabe muy bien, no
hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus dramas
han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand
habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre
todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que
Dios no da, ni Salamanca ni el Banco de Francia lo prestan.
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más que ineptitud y
mediocridad, a pesar de cuantas maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo
primero es ser pescador de luna; si se pesca desde un puente de plata,
la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe valorar y amar los bellos
espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el
lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer, entre el gozo
irrazonado y el fastidio...
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna manera. El mérito del
portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato jardín, como el
«Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la _réclame_ con un
monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por
Dios! Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El
verbo de la Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M.
Rostand, que sucede a M. de Bornier en su sillón de la Academia
Francesa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un poeta elegante,
delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente rimador; y como teatral, como
poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! No se
burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay otros que
son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan los
arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de
la muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier
de l’Isle Adam hay su distancia...
* * * * *
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que
se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan
solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la
bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El
clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y
entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul
del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin
embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias
protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en
cualidades diferentes al autor del _Aiglón_, inferior a Banville, a
Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del
Mediodía--no hay peor cuña que la del mismo palo--, Jean Carrère, que
es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria
resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y
mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac
en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace
un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué
amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los
autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida
interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia
Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional;
parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla
se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que
no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas
rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años
recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre
cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se
mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en
nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas,
del éxito de nuestros actores, de las _tournées triomphales_, de
nuestras grandes _vedettes_. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra
sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de
conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en
América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y
emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la
«misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con
cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo,
absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia
situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores
que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia
del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la
escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los
actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de
desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad
teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a
los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y
guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como
representante de la Francia, a su ilustre _valet de comédie_!» Monsieur
Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional;
pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para
este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los
galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco
representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió
expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a
las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand
defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay
sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su
vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano
invisible que baja el telón.
[Illustration]
[Illustration] LA PRENSA FRANCESA
I
Los diarios.
Uno que otro día suelo comprar la _Gazette de France_, el venerable
diario que casi nadie lee, salvo los abonados monarquistas. Lo compro
por honrar la memoria de Théophraste Renaudot, que no era ningún Gordon
Bennet, y por leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Maurras. Esa
vieja hoja, la primera que salió de las prensas francesas, está hoy
decaída, como las ideas que representa. Su figura no luce, sus hábitos
no van con la nueva vida periodística de este París que se ayanquiza,
que ha cambiado, que se ha transfigurado, en cuerpo y alma, desde los
tiempos en que Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en la
enseña del _Grand Coq_. Hay algunas publicaciones que permanecen fieles,
hasta donde les es posible, al pasado; pero la evolución del periodismo
francés tiene etapas demasiado marcadas en su historia. Los tiempos han
cambiado; y, desde la aparición del primer periódico, la prensa ha
correspondido a su tiempo.
* * * * *
Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni. En ellas hay un
capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra ya de
«l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El
hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas,
dice, aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes.
El _Journal de Paris_, célebre a la sazón por un _canard_ ruidoso. Este
periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar
sobre el agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La
afirmación no era cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación
que tres años después un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con
unos zapatos de su invención. El _Journal de París_ no quedó ya como
mentiroso... Goldoni habla también de la _Gazette de France_. Aparecía
entonces dos veces por semana, «y si no da las noticias más frescas, las
da en cambio más seguras».
El _Journal Europeen_ era «una gaceta inglesa traducida al francés». Muy
dedicada a cosas parlamentarias, y muy buscada por el público. El
_Mercure de France_ había dejado de publicarse mensualmente y aparecía,
más pequeño, cada sábado. Cita con elogio el _Año Literario_, de Freron.
El _Journal des Savants_ «non e fatto per tutti». La _Gazette des
Tribuneaux_, útil para empleados y curiales, y el _Journal de
l’Agriculture_, para los cultivadores. El más afortunado era la
_Bibliothéque des Romans_. Merecía ser leído el _Journal de
Litterature_, «benissimo scritto e molto giudizioso nelle sue critiche».
Solamente hay en ese tiempo dos diarios: el _Journal de París_ y el
_Journal de France_. «Objeto principal de este último es el anunciar los
bienes muebles e inmuebles que se venden o alquilan, de las cosas de que
querían deshacerse los posesores», etc., etc. En cuanto al _Journal de
Paris_, «algunas veces el público lamenta que no sea bastante rico de
noticias». Y el buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico
de noticias todos los días? Y luego, ¿se puede decir todo, escribir
todo, imprimir todo? No sospechaba por cierto en lo porvenir la
información actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, se
escribe todo, se imprime todo.
En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó sino con la
Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez; Desmoulins, con
su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas activas. Las
luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja con su
noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza su
_Ami du Peuple_; y el periodismo furioso y sanguinario tiene iniciadores
como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto
istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su _Journal de
la Liberté de la Presse_. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino
libertinaje.
Bajo el poder del emperador no hay expansión para la prensa. Después
nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier, precursores
de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y compañía.