Cuando he vuelto a París a establecerme--por siempre--no he procurado

buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de

impertinente la admiración intempestiva y la solicitud irrazonada. Por

otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta es una mala condición de

mi carácter en mis tareas. No he sido hecho para la visita ni fabricado

para la _interview_. Tanto peor para mí, que no he gozado de la

familiaridad de los _chers maîtres_. No obstante, a Moreas le he vuelto

a ver. Triste, con su melancolía altiva y con sus canas. Allí, en el

café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a Courteline y otros

señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y Moreas,

notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo--¡un

Carrillo cuán otro!--con Duplessis--¡un Duplessis cuán cambiado!--hemos

solido recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos

Aires, cargado de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras

verdes a los mercados, una mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.

La _Iphigénie_ actual estaba ya empezada en aquellos días. En tal

ocasión dije que el poeta preparaba una pieza para la Comedia Francesa,

y que, dados sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella pieza

es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua memorable escena

del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de Francia.

Gloria sea dada al severo ordenador de admirables escenas y al siempre

magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es exageración

deciros que los versos de Moreas--los mejores de Moreas--son superiores

a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa. Este

descendiente de los Píndaros y de los Sófocles se expresa con singular

majestad en el verbo de los Racine y de los Chenier, y he aquí también

uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el

decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.

Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y de sabia armonía.

Esto es del coro del quinto acto:

Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête

Où couléront des pleurs

Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête

D’un chapelet de fleurs

Telle, en riche apparat, victime couronnée,

Pour désarmer le ciel,

Une pure génisse à la peau tachetée

S’approche de l’autel,

Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie

Près des courantes eaux,

Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie

Au son des chalumeaux.

Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,

Avec un soin jaloux,

T’élevait pour te voir dans le palais prospère

D’un prince ton époux.

Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!

Une brutale main

Avec le fer aigu fera de la poitrine

Jaillir ton sang humain.

Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage

D’un charme virginal.

Et la fierté décente et la fleur de ton âge

Sauraient vaincre le mal,

Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,

Le vice injurieux

Ont fait que les mortels sont livrés sans défense

A la haine des dieux!

Y esto de Ifigenia al coro:

Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets

Vous ferez retentir des chants qui seront dignes

D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits

Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.

Où sont les vases d’or et les libations?

Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.

O rapide Artemis qui règnes sur les monts,

Je donne sans trembler le sang que tu demandes.

Voici ma chevelure et mon front virginal;

Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.

Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal

En célébrant ma mort comme un heureux présage.

Je triomphe de Troie et fais tomber à bas

Sa forte citadelle et sa muraille antique,

Et pour fixer enfin la chance des combats,

J’efface de mon sang l’oracle prophétique.

O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,

Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,

Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont

Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?

La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo

saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación

de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a

Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain,

y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron

campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias

blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue

su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don

divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta,

poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!

[Illustration]

[Illustration] A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES

Acabo de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama

francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula _L’Ombre des jour_,

y viene después de otro: _Cœur innombrable_. Este flordelisado

volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro

de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con

la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente

por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de

Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no

le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una

media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de

rosa--a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda

malla, húmeda aun de su preferida fuente.

La condesa de Noailles no es una _basbleu_. Es una bella flor humana

llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es

una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de

figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven

exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra

simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un

automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y

soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa

apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los

bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su

naturaleza:

Car dans ce temps, haute et paisible

La Nature, ses bois, ses eaux,

N’avalent pas cette ame sensible

Qui plus tard fit pleurer Rousseau.

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a

coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama

aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué

dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del

desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La

condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto

natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que

el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia

de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y

que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él

se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular

poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo,

dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda

de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas

primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de

los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria

y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se

singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su

patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de

atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra

al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente.

Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su

juventud y su sed de amor:

Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,

Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.

Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,

Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.

Ronsard se consolaba con ser leído _a la chandelle_ por la amada

envejecida; y Ponsard--¡hay distancia!--dijo la misma cosa en un soneto

a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada

después de la muerte», y dice:

Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,

Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,

Ayant tout oublié des compagnes réelles,

M’accueille dans son âme el me préfère à elles.

Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre

los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a

asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de

las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del

espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la

ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta

hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo.

La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza

que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos

contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El

público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor

blasonado--en nuestros países el rico autor--como labor de _dilettante_,

como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele

haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se

atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La

sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones

mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el _flirt_

moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la

agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de

una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse

a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha

habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me

refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras _viragos_ del

feminismo militante.

Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo

no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese

que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la

sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se

llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos

delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados

científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay

hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.

A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la

marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo

alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la

antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en

ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando

se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y

digamos con el excelente Chrisale:

J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,

Elle accommode mal les noms avec les verbes,

Et redise cent fois un bas et méchant mot,

Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,

Je vis de bonne soupe et non de beau langage.

Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas, buen lenguaje y

buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que las

bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de

los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver

con los puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda

verdadera alta dama de antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que

no por el cuidado de su belleza y por la distinción de su jerarquía ha

dejado en abandono el capítulo importante y clásico de los asuntos

caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Victoria. Y luego, se

puede escribir el _Heptameron_ y hacer los ricos platos de dulce que

sabía confeccionar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga serie

de madamas que han dejado muy buenas obras y que han sido muy

hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa

famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma

señora. La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon,

la de Sevigné, la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les

faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, economía y ojo

listo, eso no.

* * * * *

Lo que no es aceptable son las ridículas impertinentes, las excesivas

Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y quieren abrazar a Vadius

por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que el griego hay

muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la _snob_, la decadente, la

wagnerista, la partidaria del amor libre, la Eva nueva, la doctora

escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso

que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con

Armanda.

No hay en Francia la cantidad de _authoresses_ que en Inglaterra y los

Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que escriben,

autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha muerto

hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera

de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los

raros salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin,

o, más recientemente, Mme. Adam.

Unas cuantas personalidades se destacan en el copioso grupo. Cierta

revista muy mundana--_Femina_--ha propuesto como tema de un concurso, a

sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres francesas,

paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión fué

actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en

plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna,

Jeanne Chauvin, Judith Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith

Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin, Henry Greville, Gyp, Manœel de

Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean

Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne Mayrel,

Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret, Mesureur,

Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand, Clémence

Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux, Marcel

Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían

llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de

los mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias

humanas. Ya hay bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre

la de «inmortales» varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de

la mayor estimación y aun admiración, y los hay medianos y casi

desconocidos. No puede haber parangón alguno entre, por ejemplo, Judith

Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así

sucede bajo la Cúpula!

Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante todo, las de esas dos

admirables luchadoras que van a la acción, que ponen voluntad y talento

al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pacificadora

_Severine_. Luego vienen las de puro intelecto, las imaginativas y

ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme.

Vallete, o sea _Rachilde_, aparece como el cerebro femenino más

complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos.

Hace unos diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis

entusiasmos de entonces iban hacia la parte extrañamente diabólica y

misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya

a la escritora sadista--_Sade toujours_--, a la juglaresa incendiaria,

sino a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable destructora, a la

Sybila de la anarquía, cuyas ideas, hoy manifestadas en nuevas novelas,

o en críticas singulares, se puede no seguir, pero no se puede dejar de

admirar.

* * * * *

Después están las estudiosas, como Lucía Félix Faure; las «maestras»,

como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el pensamiento

femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida entre

la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su

marido ha vertido, esas _Mil noches y una noche_, de los que parece

emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el

autor de _Cyrano_; la señora de Mendès, bella, que hace versos

hechiceros, y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que

no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento especial de esa temible _Gyp_?

Hay, por último, una novelista de actualidad, alabada por los

periódicos, y que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la

Vaudère. Aseguran que sus libros se venden mucho, y que está de moda en

los salones. No hay nada más intencionalmente obsceno, ni más

desprovisto de arte, que las lucubraciones de esta distinguida joven de

letras.

[Illustration]

[Illustration] NIÑAS-PRODIGIOS...

Se han descubierto recientemente en Francia algunas niñas-prodigios; dos

de ellas poetisas. Una, Carmen d’Assilva, aun siendo de nombre

«portugais» y aun estando en Francia, da tristeza: tiene diez años, una

carita pálida, de grandes ojeras, y ha escrito cinco volúmenes de

cuentos, un volumen de monólogos y de versos y siete piezas de teatros,

que ha representado ella misma... Es miembro de la «Societé des gens de

lettres» y de la «Societé des auteurs dramatiques» desde los nueve años.

Sardou le escribió: «Sois el autor más joven que se conoce, hija mía; os

felicito y os estimulo a que sigáis produciendo mucho, respetando

también los estatutos de nuestra Sociedad, que os remito.» Es de tenerle

lástima... La otra es Mlle. Antoni Coullet, de diez años también, y de

un talento indudablemente superior al de la anterior, aunque no haya

producido tanto. Coppée está encantado de ella y ha hecho que Lemerre

le publique un tomito de versos, entre los cuales los hay lindos. Citaré

los siguientes, sin traducirlos, para que se pueda apreciar mejor la

facultad poética de esta niña:

SUR MON PORTRAIT

O vous! ne cherchez pas en ces trais la beauté.

Il est des fleurs qui sont moins belles que la rose,

Mais comme un papillon un court instant se pose,

L’espoir des joies d’autruil sur elle est arrêté.

He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente a la autora no le han de

haber permitido conocer a Verlain:

VIEUX CARROSSES

Aux temps lointains, où vos banquettes de velours,

Frolaient le frais volant des blanches mousselines,

Tandis qu’un chant sereint et doux de mandolines,

Descendait lentament du faîte blanc des tours;

Vous en avez tant vus, de satins et d’atours...!

Le marchepied, usè par la haute bottine,

Caresse, en souvenir, la mante incarnadine

Et fait gémir le sable roux des vieilles cours...!

Quand, au retour du bal, sous la mantille blanche,

Et sous le grand col blanc, la large et plate manche,

Une veine poudrée ouvrait vos rideaux clairs;

Elle jetait au loin son evantail, et lasse,

Fâle, elle s’étendait, noble et pleine de grace,

Posant sur le velours sa main de rose chair.

Y este otro soneto:

A LA JEANNE D’ARC, DE CHAPU

Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,

Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?

Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,

Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!

Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami

Te montre, en vision, cette tombe embrasée

Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,

Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.

Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,

Et sur ton front brillait une lueur si douce,

Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!

Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,

Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu

Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.

Ved la opinión del poeta de _Les Humbles_: «Cuando el padre y la madre

de Antonine Coullet me mostraron los versos de su niña y me dijeron que

la _authoress_ tenía diez años, quedé estupefacto, como quedarán todos

los lectores. Pero a mi encantada sorpresa sucedió en seguida un

sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en el

pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un rostro

melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo

antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia

obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no

ha aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su

ortografía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado intacta la

ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita.

Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario

los ha hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un

rosal da sus flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda,

reminiscencias, palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que,

ciertamente, no comprende. Pero probadlos esos versos por la lectura en

alta voz, como se prueba la calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y

reconoceréis que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, llenos de

imágenes, en donde se estremece también muy a menudo una sensación

verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal precocidad. La palabra

«vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me viene

espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después

de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño

sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don

poético de esta niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus

primeras sonatas. Ese hombre de genio principió también como

niño-prodigio. Ante esta _mignonne_ Antonine pienso en el pequeño

Wolfang, sentado al piano.»

Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. Ante un caso semejante

al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que recordar que los

niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las promesas de su

infancia. Los demasiado amados de los dioses mueren brutos... todos

hemos visto a esos maravillosos compañeros de colegio que dejan

asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos

industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más

peligrosa aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de

pensar... El _record_ de la precocidad femenina creo que lo ha ganado

cierta niñita que, con motivo de una _enquête_, envió a una gran revista

mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de

casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os

confío a vos esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me

atrevería a decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si

no tienes más que doce años!» ¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no

se puede ser razonable a los doce años y adorar u ocuparse de un hogar y

de sus hijos? La edad no tiene nada que ver con el asunto; y tengo en mi

familia una tía de setenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la

vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego de los

caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el _petit Noël_, ni en

las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me

dejara ponerme _en menage_, y... comprar niños, se haría mucho mejor que

obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar

verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán

apreciarla. Es un caso que hace pensar en la posibilidad de la

transmigración de las almas... Es un caso de teratología psíquica.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 4 / 13 段