publicado ayer por _Le Figaro_: «El cardenal Richard, arzobispo de
París, acaba de prohibir, por carta, a los alumnos de todos sus
seminarios la asistencia a los cursos que el señor abate Loisy enseña en
la Sorbona, en la Escuela de Altos Estudios. En la misma carta exhorta a
todos los seminaristas que posean las dos últimas obras del señor abate
Loisy a que las entreguen a sus superiores. Creemos saber que la
comisión de Estudios Bíblicos instituída por León XIII no tardará en
pronunciar su juicio sobre los libros acusados.» ¿Cuál es la doctrina
que se condena del abate Loisy? Yo no he leído los libros de este
sacerdote; pero sí sé que no es un _défroqué_ más o menos sonoro, a la
manera del padre Jacinto, del abate Charbonnel. M. Jean de Bonnefon, que
es ducho en la materia, nos dice que la condenación o la absolución del
abate Loisy es en realidad el fin o la transformación de la iglesia
romana. «Es la conclusión de diez y nueve siglos de fe o el prefacio de
un culto futuro.» Por mucho menos se quemó a Savoranola. La reforma que
se desea en España es sencillamente de forma, y tiene razonables
antecedentes; la tentativa del cismático francés va al fondo de la
creencia, mina la base dogmática. El abate, que es persona de mucha
ciencia humana, comienza por afirmar viejas herejías: Que Jesucristo no
afirmó que fuese Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el Pentateuco no
es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de Tobías, el de Job, el
de Judith, son simple literatura; que «todo el Antiguo Testamento está
escrito sin ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más que un
objetivo arqueológico de edificación religiosa». Eso, dicho por Renan,
por Strauss, por Max Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es
de un sacerdote, sacerdote que no abandona ni la tonsura ni el hábito, y
que cree servir así a la verdad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia
entera sea de su opinión. Lo principal está en lo referente al Nuevo
Testamento: «La divinidad de Jesucristo no está escrita en el Evangelio.
La Resurrección, la institución de los Sacramentos, la jerarquía de la
Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si se tiene fe. El cuarto
Evangelio no tiene ningún valor histórico; la resurrección de Lázaro es
un símbolo.» ¡Cómo debe estremecerse, en lo invisible, la sombra de
Torquemada! Con la Nueva Jerusalem swedenborguiana, con las mil y una
sectas del cristianismo yanqui, con el flamante profeta Elías y su
productiva Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Iglesia no
tiene nada que temer. Pero el abate Loisy es un dulce y piadoso enemigo
íntimo que, si no se anula pronto, causará trascendentales perjuicios,
y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal Richard, el fuerte
viejecito que quiso confesar a Hugo. Es una nueva aparición de la
incompatibilidad entre el progreso y la fe, entre la religión y la
ciencia, entre la razón terrestre y la razón celeste. León XIII y su
Santo Tomás no dejarán de tener culpa en la valentía del osado abate.
_Lumen in Cœlo_ no quiso iluminar en la ocasión; veremos si _Ignis
ardens_, que aparece tan benigno, quemará, así sea metafóricamente.
En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspecto moderno y
superescolar, no es nueva. A través del océano del tiempo es un mugrón
del arrianismo, llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha sido
el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los suyos niegan su divinidad,
Eutiquio le suprime toda humanidad, aboliendo así la redención, y
Nestorio, estableciendo la división entre la parte divina y humana,
destruía la unidad que constituye teológicamente el Hijo, ¿cuántos
heresiarcas más se han atrevido con el más sagrado de los misterios
cristianos? Sin embargo, entonces se discurría en el terreno de la
filosofía religiosa, de la ciencia divina, de las doctrinas que dieron
nacimiento y desarrollo a la patrología.
El abate Loisy es de última hora. Viene con la ciencia de hoy, es
profesor «en Sorbona» y sabe lenguas orientales, arqueología, todo lo
que sabía Renan. «--¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar--dice el
formidable profeta, y alguien que muy poco tenía de cura, Büchner,
escribe en su libro, no religioso por cierto: «La fe tiene raíces en
indisposiciones del alma inaccesibles a la ciencia.»
El cardenal Richard se preocupa grandemente del caso. Lo que debe hallar
más grave su eminencia, y con él todos los católicos, es que el abate no
renuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y cree servir al
«más grande de los hombres», en su calidad sacerdotal y profesoral.
Demás decir, que ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la
Iglesia. El abate Loisy, simplemente, en el concepto católico, es un
excomulgado. En él están contenidos todos los antiguos heresiarcas,
desde Arrio hasta Berenger. Su exegesis renaniana, por el caso de su
ministerio, no puede menos de causar el mayor escándalo entre los
sinceros y firmes creyentes. Y su condenación o absolución por Pío X
será la continuación de la normal doctrina católica, apostólica, romana,
o el krack del Espírito Santo.
[Illustration]
[Illustration] LAS TINIEBLAS ENEMIGAS
Los profesores, los sabios oficiales, los doctores de la ciencia humana
que creen haber asido la verdad con cuatro pinzas y cuatro estadísticas;
los que ven hasta dónde alcanza lo que saben, los explicadores novísimos
del alma, los que han escamoteado a Dios, os podrán hablar largamente y
en términos semigriegos, que complacían ya a Molière, de las causas más
o menos probables que han llevado a una horrible muerte a un poeta
maldito que estaba casi olvidado: Maurice Rollinat. Yo procuraré deciros
sucintamente la pesadilla de su vida y el espanto de su fin. Porque aquí
una vez más se cumple _Talis vita, finis ita_. Todo es uno en el hombre:
existencia, obras, impulsos; la fatalidad, que tiene muchos nombres,
rige la vida, desde el espermatozoario hasta la podredumbre. Y así hay
la fatalidad del bien, como hay fatalidad del mal, fatalidad angélica y
fatalidad demoníaca. Y tal hombre desde la cuna va para el altar, y tal
otro para la batalla, y tal otro para mirar pensativo las entrañas del
mundo. Allí están los instintos y las vocaciones. Vocaciones, es decir,
llamamientos, llamamientos de voces inaudibles que están en lo profundo
del misterio y de la eternidad. Y la eternidad y el misterio estarán
ante las cosas humanas cuando no exista ni el polvo de recuerdo de la
sabiduría de hoy, y como estaban en los tiempos en que se levantó la
Esfinge egipciaca y en que había pensadores y sacerdotes en la Atlántida
y en Palenke.
* * * * *
Maurice Rollinat fué un poeta de talento, ni mayor, ni menor; en todo
caso, en las antologías entrará como un poeta menor, a causa de ser su
obra casi toda reflejo y eco; reflejo lejano de Poe, eco de Baudelaire.
Su poética no alcanzó al simbolismo ni se quedó completamente en el
Parnaso. Su alma fué la de un romántico puro, exacerbado, pues hasta en
su licantropía tuvo un antecesor en el antiguo batallón huguiano.
Apareció su nombre repentinamente y se apagó de pronto, como un fuego
fatuo o de artificio. Era en los tiempos de la impasibilidad parnasiana
por un lado y de la sequedad naturalista por otro. Apenas Richepin había
puesto por un momento agitación con sus _Chansons des Gueux_. El
ambiente era propicio para otra cosa. Rollinat apareció como cultivador
de «flores del mal», rimador y músico macabro. Cantaba en _cabarets_ y
salones versos baudelerianos con música suya, y canciones propias,
aullantes, gimientes, con una voz lúgubre y un aire más lúgubre aún. Era
en los tiempos en que Sarah Bernhardt, entre cuatro cirios, se complacía
en dormir en un ataud... Sarah Bernhardt se encantó con el nuevo lírico,
que tan bien sentaba a sus nervios. Era en los tiempos en que aquel mal
sujeto, que se llamaba Albert Wolf, hacía y deshacía reputaciones en las
primeras columnas de _Le Figaro_, y Albert Wolf dedicó un elogioso
artículo al lírico que agradaba a Sarah Bernhardt, y París reconoció en
seguida que Maurice Rollinat tenía genio. La moda estaba por las
neurosis, verdaderas o falsas. ¿Rollinat era sincero, o era un _poseur_?
La tragedia lamentable de sus últimos días, después de tantos años de no
variar de actitud, aun lejos de París y sus literaturas, fuerzan a creer
que el pobre poeta era sincero. Cuando más, podría suceder que el hábito
de estar agitado y la obligación estética de la desesperación le hayan
al fin perturbado el cerebro y acabado por lanzarle en el abismo a que
tantas veces se asomó. Luego los venenos del carácter, los modificadores
del pensamiento, los paraísos artificiales que no son sino infiernos
verdaderos, llámense alcohol, morfina, cloral, le acabaron de empujar en
el reino temeroso de las tinieblas enemigas. Una vez más se hace
palpable la verdad que encierra un decir que se encuentra entre los
principios de la antigua Cábala: «No hay que jugar al fantasma, porque
se llega a serlo.» Ese más allá tan desconocido hoy como en los más
recónditos siglos, contiene todo lo que hay de profundamente misterioso
en el universo, la esencia del pensamiento, el secreto de la locura, la
verdad del ensueño, la razón de la muerte. Claro es que los que tenemos
una creencia religiosa cualquiera, no contamos con la última hipótesis
del último estudioso y con la última suposición del más flamante
descubridor de absoluto. Rollinat en otras épocas habría sido tratado
por el exorcismo y, posiblemente, quemado; por menos se quemó a otros.
Hoy ha muerto en una clínica, gracias a que los antiguos teólogos están
sustituídos por los modernos psiquiatras, lo cual está reconocido como
una ley del progreso.
* * * * *
Uno solo de los libros del desventurado os dará una idea de la caja de
Pandora y urna de los demonios que era su pobre cráneo: _Las neurosis_,
dividido en cinco partes: «Las almas», «Las lujurias», «Los espectros» y
«Las tinieblas». Un médico os dirá: «Delirio de la persecución,
lipemanía, parálisis general»; un doctor de la Iglesia os declararía
francamente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas de la persecución
del fantasma del crimen, el superaguzado instinto del daño: los vagos
estremecimientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañezas de la
música, el alma de Chopin y de Poe, los horrores de la pasión carnal,
las crueldades de la carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las
torturas, los gatos, las serpientes, los tísicos, el suicidio, el gusano
de tierra, la «leche de serpiente», los lagartos verdes, el idiota, el
miedo, el amante macabro, la señorita esqueleto, la muerta embalsamada,
el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, el bohemio, el enterrado
vivo, el soliloquio de Troppmann, el verdugo monómano, el monstruo, el
loco, la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipocondríaca, la
quimera, la locura, el mal de ojo, la navaja de barba, la vilanela del
diablo, la rabiosa, los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías
lentas, el ataud, la Morgue, la putrefacción, el silencio de los
muertos, el infierno, el epitafio, _De profundis_... Todos esos son
títulos o temas de sus poesías, y las poesías corresponden al tema...
Todo eso se recitaba y se sabía de memoria en los salones parisienses...
Platos especiales, versos _faisandès_, complemento del estremecimiento
nuevo traído por el otro maestro infeliz, Baudelaire. Mas en la
suposición de que en Rollinat fuese natural esa manera de mirar la
existencia por su parte obscura, fúnebre y diabólica, en el público no
podía durar lo que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no se
volvió a hablar más del féretro de Sarah Bernhardt ni de las canciones
tenebrosas del sombrío melenudo «que se parecía a un lobo».
Se dijo que se había ido al campo a llevar una vida de campesino. Otros
libros de versos suyos, en que hasta el sentimiento de la naturaleza
está expresado con su preocupación, con su obsesión eterna, llegaron,
pero ya no tuvieron el éxito que los primeros poemas de sombra, de
noche, de miedo y de sangre. El pintor sueco Allan Osterlind, que fué de
sus íntimos, ha narrado algo de su vida en la campaña. Osterlind
recordaba las largas noches de invierno, en Fresselines, en que el poeta
pasaba al piano, cantando con su voz potente y singular, que iba de bajo
a tenor, las melodías originales inspiradas en sus versos campestres:
«La canción de la perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los
cuervos». Contaba su vida entre sus perros y gatos, y el gozo del poeta
en recibir a sus amigos, en retenerlos hasta por la mañana a la hora en
que la poción de cloral le procuraba un sueño pesado, surcado de sueños
fantásticos... Casado, en la paz del campo, adonde cuentan que solía
salir con gruesos zuecos, de pesca, de excursión, no pudo, sin embargo,
encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado las regiones del miedo:
harto provocó el terror en sus libros y en su vida. Solía errar entre
ruinas y lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la enfermedad, le
había agarrado con sus uñas potentes. La vida se vengaba de él
entregándole por completo a lo que está más allá de ella, a los
delirios, a los terrores, al imperio de las tinieblas enemigas.
* * * * *
Veinte años después de su separación de París, ciudad de su éxito y de
su perdición, volvió. Hace como tres meses... ¿A qué viene Rollinat? ¿A
traer un nuevo libro en que renuncia a las sombras y saluda el bien que
hay bajo el cielo azul? ¿A cantar un alba de paz, de felicidad humana,
de amor entre los pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armonía?
No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su mujer, que ha sido
mordida por un perro rabioso. Y días después el amargo hombre, todo
nervios y terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, que ha
muerto de la más horrible muerte: de rabia.
En seguida, en su desesperación, vuelve al campo, en donde no puede
estar un sólo momento tranquilo; recurre a los narcóticos, a los
brevajes de olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la locura
llega, violenta, y hay que traerlo a una casa de salud, a las cercanías
de París, a Ivry, a la clínica del doctor Moreau, de Tours. Allí muere,
y mañana lo entierran.
Esta noche, después de escritas las líneas anteriores, he abierto el
volumen de _Las neurosis_ y me he quedado ciertamente estupefacto al
encontrarme con un poema, que es extraño que a ninguno de los necrólogos
de Rollinat haya llamado la atención... Es algo que espanta... Para
coincidencia es demasiado... Luego, la casualidad, es algo tan
misterioso... La poesía, «escrita hace veinte años», es la siguiente,
que traduzco literalmente:
LA RABIOSA
¡Quiero morder! ¡Retiraos!
¡La noche cae sobre mi memoria
Y la sangre sube a mis ojos locos!
¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
Babea a través de mis cabellos rojos.
Ya he hecho horribles hoyos
En mis dos pobres manos de marfil,
Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
¡Quiero morder!
Calmaría mi sed en vuestros cuellos
Si pudiese todavía beber.
¡Oh! Siento en mi mandíbula
Una rabia abominable:
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
¡Quiero morder!
Se comprende que, después del horroroso desenlace del accidente de que
fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed ardiente de sus
nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el suicidio,
que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes
que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el
manicomio.
Oh! comme je comprends l’amour de Baudelaire
Pour ce grand Ténébreux qu’on lit en frissonnant!
dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los malos maestros», diría con
razón Jean Carrère. En otra parte escribe:
A force de songer, je suis au bout du songe;
Mon pas n’avance plus pour le voyage humain,
Aujurd’hui comme hier, hier comme demain.
Rengaine de tourment, d’horreur et de mensonge!
Il me faut voir sans cesse, où que mon regard plonge,
En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin,
Satan fausse mes yeux, l’ennui rouille ma main,
Et l’ombre de la Mort devant moi se prolonge.
El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus dedicatorias... a Barbey, a
Bloy, a Rops, a Charles Buet, al doctor Julien... Seguramente Rops
pintó su «Bebedora de ajenjo» por los versos que Rollinat dedicara a
aquel médico. Quisiera traduciros el rondel de «La locura»,
profético..., como el «Mal de ojo»... o el «Horóscopo», en que
... soudain, de dressant dans la brume
Devant mes pas,
Un long Monsieur coiffé d’un chapeau haut de forme
Me dit tout bas
Ces mots qui s’accordaient avec la perfidie
De son abord:
--Prenez garde; car vous avez la maladie
Dont je suis mort.
Pero no dejaré de transcribir íntegro el «Epitafio», que es de una
horrible actualidad y que hará meditar a los reflexivos:
Quand on aura fermé ma bière
Comme ma bouche et ma paupière,
Que l’on inscrive sur ma piérre:
--«Ci-git le roi du mauvais sort.
»Ce fou dont le cadavre dort
»L’afreux sommeil de la matière,
»Fremit pendat sa vie entière
»Et ne songea qu’au cimetière.
»Jour et nuit, par toute la terre,
»Il traina son cœur solitaire
»Dans l’epouvante et le mystêre,
»Dans l’angoisse et dans le remord.
»Vive la mort! Vive la mort!
Sin embargo, en la última página de su tremendo libro se le escapa, a
pesar de su obsesión malsana, un clamor que pide piedad: _Mon Dieu_...
Dios haya, por fin, en la eternidad, libertado del dolor el alma del que
fué condenado en vida, y salve a los poetas de buena voluntad del
imperio de Las tinieblas enemigas.
[Illustration]
[Illustration] ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS
En el antiguo teatro de Orange, junto a los viejos muros que el Rey Sol
llamaba los más bellos de su reino, al amparo de las divinidades
antiguas que protegieron la civilización helénicorromana, Jean Moreas,
poeta francés, de sangre griega, hace en estos momentos renacer la
gloria de los ilustres coturnos, renovando en sonoros y soberbios versos
a su antepasado Eurípides, y cumpliendo una vez más, en la fuerza de su
otoño, la promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas de Grecia
libarían una miel francesa.
* * * * *
Hace diez años tuve el honor de hablar por primera vez en nuestra
América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos
Aires, como cónsul general de Colombia, _vía_ París... En este soñado
París había recogido las impresiones espirituales que más tarde fueron
_Los Raros_. Iba con cosecha de ilusiones y amables locuras... Mi
sueño, ver París, sentir París, se había cumplido, y mi iniciación
estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y me entusiasmaba...
Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno
Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas. ¡Amigo
de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había
nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques,
adonde iba a soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados
de ramas nudosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores!
¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba entonces en casa del
temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El
era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la entonces
hirviente bohemia intelectual de _La Plume_. Conocía a casi todos los
miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con
Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo:
«Esta noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy
vivamente.
Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a buscarme. Encontramos al
poeta del _Pelerin Passionné_ en un café del barrio, creo que en el
Vachette. Estaba a su lado su entonces compañero menor y ayudante en sus
líricas campañas, Maurice Duplessis. Y encontré a un Moreas sereno,
sonoro, admirable parlante, amable, noblemente fraternal, sin buscar ni
admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a los insensatos. Y
como le dijese que el holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en
que se trataba de la leyenda moreana--vanidad cómica, frases
asustadoras, autolatría--, me dijo simplemente con su voz de bronce, del
profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos toda esa
noche de arte, de ideal, de belleza--es decir, él habló... Como cerraron
el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la
mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es
el pasado--¡ah!, como mi fresca juventud.
Las páginas que publiqué en _La Nación_ sobre Moreas fueron hechas en el
mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes
y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad. Confieso que
jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más poseída de
la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir la
vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y
piadosa de Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su
diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excepción en esta ciudad de
las duras intrigas, de las crespas batallas; los roces ásperos no han
hecho más que abrillantar sus facetas, como a las piedras finas. Primero
sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le atacaron la rivalidad y
la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor
siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la _réclame_. Desdeñó cetros
de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras
que desaparecen... Y modificándose, mejorándose, siempre siendo el
mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un lado confina con la
selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde están sus
abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos. Y
así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes,
fué simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal
de sus poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su
íntimo consejo su más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa
que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales _Stances_ y ha
concluído su _Iphigénie_, la desde hace tanto tiempo anunciada e
incubada tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su
retiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy,
con el triunfo de Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos
en la historia de las letras francesas los buenos combates de los
simbolistas y decadentes, aclarado el campo intelectual, surge
definitiva la figura del lírico resucitador de las hermosuras clásicas,
del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a decir en pleno
siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de la
Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de
heroísmo y de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de
recordar por los siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.
Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni menospreciar sus
primeras victorias. No hay que renegar de la juventud. Las _Syrtes_, el
_Pelerin_, las obras primigenias, inician la obra por venir, la obra
presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras decisiones futuras.
Mejorarse no es contradecirse. Simplificarse no es desdecirse. Cada
momento tiene su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la
naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no hay mejor
certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan--o la hostia.
Paris, je te ressemble; un instant le soleil
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
Au vent septentrion si tu te fais pareil,
Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
Et le sombre destin sourit sur mon visage.
Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, pues, que es necesario
que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París,
que se parezcan a París y que de repente digan palabras universales,
sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad: «Hélas! que
le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan
sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es
en la trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.