Hicieron suyas también las ideas de la Escritura y dieron tanto encanto

a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en escucharlos.

La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio de

Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la

encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su

resurrección del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu

Santo, la iluminación de los apóstoles y la maravillosa conquista del

mundo por la doctrina de Jesús, eran alternativamente el objeto de sus

cantos. Describían también a grandes rasgos el terror del juicio futuro,

los horrores de la cárcel eterna y el dulce reposo del reino celestial;

pero la pintura de la bondad de Dios y de su justicia les servía mucho

más a menudo para hacer volver a los pecadores al amor del bien y a la

práctica de la virtud. En parte, pueden aplicarse esas palabras a las

poesías de Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos que turban,

de repente, la tranquilidad de la poesía ungida en el seminario. No en

vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos

domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples recreos

académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas

italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la

señal del aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila

blanca!

* * * * *

«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...» Un Papa es quien dice

esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en

lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de altas

vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y

baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo

Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a

la ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a

relativas victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad

de la historia libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de

decir cuando se le observó que cierto célebre francés protestante

revolvía y anotaba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no

oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando en la peligrosa cuestión

social, de manera que traía a su verdadero origen y justicia el deber

del rico y del proletario? Artista de armiño y púrpuras papales, como

Gregorio, se complacía en la audición de los cánticos eclesiásticos;

como Julio, gustaba de la arquitectura y de la pintura; como Clemente,

de la escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y

de las magnificencias decorativas, y más artista que todos, en sí mismo,

tenía el secreto del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del

verso. Bien sentiría el ambiente de paganismo que en la basílica de las

basílicas dejaron tantos antecesores suyos que alegraron la tristeza

católica con la resurrección de griegos esplendores, y colocaron la

concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila de agua

bendita.

De todos modos, los dioses ministraban a Jesucristo: Baco, el vino de la

consagración; Ceres, la harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio

y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos del órgano

basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán los dioses,

porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han

ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el

universo y aplicando su influencia sobre el hombre.

El espíritu de León se despertó a la vida artística desde que, en su

Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza vivaz y

palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes

aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en

donde el pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema

vegetal, y las alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul

de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.

Y luego, cuando pasados los años de fatigas estudiosas y de sucesivos

triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los tronos, no hay duda

que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que nunca. Tiene en

la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de los césares

y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas superpuestas que

irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles labrados por

todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta Miguel

Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos

melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el

anillo del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores;

es una de las dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de

Velletri y la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que

decoran su jardín, cuando en sus paseos va a repetir un exámetro al son

del chorro de la fuente, o a ver representar un antiguo misterio, o a

meditar en la suerte del mundo, o a evocar la llama del Santo Espíritu,

o del _deus_, o del daimon que le inspiraba. Ardiente pompa

cardenalicia, uniformes que traen al presente la grandeza y el decoro de

edades más estéticas, frescos en que los más maravillosos pintores de la

tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las visiones de antiguos

iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al

cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin armonía, en una época

sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma armónico, su

poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se confunde con

el divino pastor de Galilea.

¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has perdido en el

desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un copo

de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante;

la humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena

voluntad van en la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán

nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incensarios del demonio;

las naciones se miran con el recelo de los individuos; los reformadores

claman sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue en la misma

altura solar, todo de luz y de intuición sagrada, mirando las obras

humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando

sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la _Summa_; sois

teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro

pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois

justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun

cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y

discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos

italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.

«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Segnatura, Rafael, a quien

llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos

cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de

la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la

Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la

armonía; la Teología, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de

esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo

visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y

así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella

de acompañaros y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en

donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, no

entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá acontecido, ¡oh,

santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas

dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el Paraíso

que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis

siempre en compañía de vuestro breviario?

[Illustration]

[Illustration] LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA

Me he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis

viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo

higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d’Orsay hasta más

allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo

pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con un chambergo

semejante al del general Mitre, al sabio Mommsen. Por allí he encontrado

al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una vez al

Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su

masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Omnibus y automóviles pasan

veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto.

Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el

atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos,

bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también

junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la

cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen

tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.

Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas sobre el parapeto.

Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras. Y entre las

cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los

aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas

prohibidas, vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para

colegiales y gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de

Aldo Manucio, o de las memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el

tiempo en que se podía encontrar una ganga por casualidad, la joya

bibliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba treinta o

cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores estacionados a lo largo de

los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas de

los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No obstante, la

baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable. La obra

rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.

Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de

libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa

vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la

nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y

aguardar al cliente o al transeunte que se siente atraído por la fila

de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son

variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los

primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía,

de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado

Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores,

sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión

encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M.

Anatole France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y

socialismos como está, él, el más aristocrático de los escritores

franceses, que desaparece de repente de París y aparece en los palacios

de príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, o a Atenas... No

tiene ya tiempo de ir a las deleitosas correrías del bibliófilo, que en

un tiempo fueron su placer. Junto a los respetables profesores, al lado

de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada

de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas

indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas

de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho.

Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran

recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que

el vendedor les compra con seguridad, a un precio relativo, sus

volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas

comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen

salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los

«magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes

del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay

pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a

eminentes académicos, con sendas y elogiosas dedicatorias.

Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas, novelas de todas

clases y de infinitos autores, desde los del siglo XVIII hasta los de

nuestros días, ejemplares de libros que «acaban de aparecer», a 3,50

francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay rimeros de gloria fallida,

arrobas de ingenio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas de musas

trashumantes que trabajaron para el olvido, esfuerzos inútiles... Allí

yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»:

¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas novelas...! ¡Nada,

nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía de nombres

desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de talento

encontráis siempre. Es el muladar de los _ratés_ y el cementerio de los

mediocres.

Impresos en elegantísimo papel, en formatos artísticos, con magníficas

ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que han pagado bien caro

una tentativa de consagración literaria. Poetas francorrumanos y franco

brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la princesa de

Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están representados

por tomos de versos, momias de poemas, marchitos homenajes, exhumadas

galanterías, adornadas generalmente con el retrato de los autores...

Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las vanidades. Allí duermen

arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su sueño de mañana.

En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de esos cajones

de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una

«plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece

la baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de

terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula

_Humbles Mousses_. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues

veréis que el caso merece la pena:

LOS VERDADEROS RICOS

Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día

Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,

Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,

O bajo la cabaña, humilde morada;

Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda

En donde pensáis que estaríais mejor,

Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:

¡Sois vosotros los felices de este mundo!

Los pórticos de mármol y los artesonados

Ocultan el cielo, las corrientes aguas;

Cuando se tiene la idea de acumular rentas,

¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?

Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida

Se da por el dinero;

La luz serena y el aire, el azul cambiante,

El sol, de alma encantada,

El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,

El césped, el perfume de las rosas,

La embriagante dulzura de las innumerables cosas

Bellas de formas o de colores,

Vienen a ofrecerse, sin pedir nada

Al más modesto de los transeuntes,

Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,

Bosteza el dueño del dominio.

Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,

Está sin necesidades y sin goce:

Saturado de todos los placeres que da el oro,

No desea nunca nada más.

¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?

El hombre afligido de tesoros,

Se halaga esperando un amor compartido:

Una dote lo atrajo a él mismo.

Su corazón está lleno de sospechas adormidas,

Y mientras que el pobre diablo

Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,

El duda de todos sus amigos.

¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,

Y sin cuidado del mañana

Le véis, caminando, la mano en la mano,

Su palacio hecho a la soberbia,

Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría

De admirar la simple Naturaleza,

Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!

Comprarlos con su oro.

El autor de eso se llama François Haussy, pero ese es el pseudónimo que

oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame Humbert; que

hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas que

conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un

poeta a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...

Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos lugares importantes

lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he comprado unas

_Prosas profanas_, con la dedicatoria borrada, a treinta céntimos. Los

que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos «queridos

maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de

libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras

de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven

hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los

cuales estudios hay uno del susodicho maestro, ditirámbico,

ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro

del libro, y en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y

humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni le importó

un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos hice

el rescate... Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado vender en

_tas_ gran número de autores editados por el _Mercure_, sin cuidarse de

borrar bien dedicatorias como las que he hallado en las _Ballades_, de

Paul Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de las orillas del

Sena se recogen lecciones de... filosofía, y valiosísimos granos de

experiencia? Si no, os lo certifico ahora.

Más allá del Instituto hay un intermedio entre libros y libros, el que

llenan las cajas de vendedores de medallas, de curiosidades, monedas

antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una especie de

museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los que

venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras

preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a

Santiago Rusiñol, asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de

todos los siglos, desde fragmentos de objetos de la época cuaternaria

hasta escarapelas del tiempo de la Revolución. Y más allá, continúa la

serie de cajas de libros, custodiados por sus taciturnos vendedores.

Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un

franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una _Nuestra Señora de

París_, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los

malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba

de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en

tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por

sesenta céntimos.

[Illustration] UN CISMA EN FRANCIA

Malos vientos soplan sobre la barca de Pedro, que _Mumen in cœlo_

dejó en tempestad y que _Ignis ardens_ comienza a dirigir. El

catolicismo pasa por una gran crisis; mejor dicho, el cristianismo; mas

contra el catolicismo, contra la iglesia romana, se amontonan las más

negras nubes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca sagrada el

_non prevalevunt_... No hay hoy profetas. Apenas M. León Bloy acaba de

resurgir rugiendo contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas

columnas: Coppée, Didon, Brunetière, Huysmans, Bourget y otras menores,

¡cuán menores! Los rugidos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado

ocupado con otros asuntos. Entre tanto, en la España católica, la

enemiga contra Cristo cunde; en la Francia cristianísima se expulsan las

Congregaciones y el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y

demócrata, en la Sede suprema, hace perder su brillo y su misterio a la

Tradición. Cosa singular. Es en los países no católicos donde el

catolicismo se expende y avanza tranquilo. Y un César protestante y

fantasioso hace pensar, por su actitud, si no estarán próximos los

tiempos en que, como en la Edad Media, se vea la formidable liga entre

las dos mitades de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el

Emperador.

Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre bajo el auspicio de

los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios

que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la parte

que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las

tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas

revueltas de esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido,

por tan largo tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de

decadencia, y a pesar de las faltas llevadas al extremo con una

obstinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un asombroso vigor!

¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad! ¡Cuántas almas excelentes

entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que leche y miel,

dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas tiendas,

ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se

desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir

y decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus

moradas!» A pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a

ciertos lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que,

sin las fundaciones religiosas hubieran permanecido sepultados en la

vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde

encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de

las antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde

se da la mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?

Aun en esa asociación, a veces un poco inocente, entre el catolicismo y

los restos de la vieja sociedad francesa; en ese neocatolicismo, a

menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera pura y

honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer

que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá

como el águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el

fuego la depure, que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta

de haber esperado demasiado en la tierra, que borre de su orgullosa

basílica: _Christus regnat, Christus imperat_, que no se crea humillada

cuando ocupe en el mundo una posición que no será grande sino a los ojos

del espíritu.» ¿Quién ha escrito tales palabras, si no completamente

ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no

es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que hoy pronunciase ese

discurso en las Cámaras francesas sería calificado de clerical. Lo que

hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe ha

sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los cuales

las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido

simplemente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos literarios.

Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la religión padeció una

verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración elegante

hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el mediocre

cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de toda

creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán,

que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el

manicomio.

Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables que los que la simple

política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los que lanzarle

pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las pasadas

flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de

la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la

resurrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias

de afuera, y que enciende, después de largos siglos, fuegos que pueden

producir un verdadero incendio en la romana basílica de las basílicas.

Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor español--he nombrado a D.

Edmundo González Blanco--demostraba, en un artículo admirable de vigor,

la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que no tenemos en

nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al

formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para

constituir nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente,

nuestro catolicismo patriótico. Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y

esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo

sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe

conmovería, ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero

español partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia

independiente nacional, hasta con el detalle de su misa propia, de la

vuelta al uso del antiguo rito muzárabe.

Opiniones Obras Completas Vol. X · 第 2 / 13 段