a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en escucharlos.
La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio de
Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la
encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su
resurrección del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu
Santo, la iluminación de los apóstoles y la maravillosa conquista del
mundo por la doctrina de Jesús, eran alternativamente el objeto de sus
cantos. Describían también a grandes rasgos el terror del juicio futuro,
los horrores de la cárcel eterna y el dulce reposo del reino celestial;
pero la pintura de la bondad de Dios y de su justicia les servía mucho
más a menudo para hacer volver a los pecadores al amor del bien y a la
práctica de la virtud. En parte, pueden aplicarse esas palabras a las
poesías de Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos que turban,
de repente, la tranquilidad de la poesía ungida en el seminario. No en
vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos
domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples recreos
académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas
italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la
señal del aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila
blanca!
* * * * *
«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...» Un Papa es quien dice
esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en
lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de altas
vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y
baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo
Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a
la ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a
relativas victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad
de la historia libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de
decir cuando se le observó que cierto célebre francés protestante
revolvía y anotaba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no
oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando en la peligrosa cuestión
social, de manera que traía a su verdadero origen y justicia el deber
del rico y del proletario? Artista de armiño y púrpuras papales, como
Gregorio, se complacía en la audición de los cánticos eclesiásticos;
como Julio, gustaba de la arquitectura y de la pintura; como Clemente,
de la escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y
de las magnificencias decorativas, y más artista que todos, en sí mismo,
tenía el secreto del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del
verso. Bien sentiría el ambiente de paganismo que en la basílica de las
basílicas dejaron tantos antecesores suyos que alegraron la tristeza
católica con la resurrección de griegos esplendores, y colocaron la
concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila de agua
bendita.
De todos modos, los dioses ministraban a Jesucristo: Baco, el vino de la
consagración; Ceres, la harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio
y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos del órgano
basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán los dioses,
porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han
ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el
universo y aplicando su influencia sobre el hombre.
El espíritu de León se despertó a la vida artística desde que, en su
Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza vivaz y
palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes
aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en
donde el pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema
vegetal, y las alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul
de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.
Y luego, cuando pasados los años de fatigas estudiosas y de sucesivos
triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los tronos, no hay duda
que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que nunca. Tiene en
la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de los césares
y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas superpuestas que
irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles labrados por
todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta Miguel
Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos
melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el
anillo del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores;
es una de las dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de
Velletri y la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que
decoran su jardín, cuando en sus paseos va a repetir un exámetro al son
del chorro de la fuente, o a ver representar un antiguo misterio, o a
meditar en la suerte del mundo, o a evocar la llama del Santo Espíritu,
o del _deus_, o del daimon que le inspiraba. Ardiente pompa
cardenalicia, uniformes que traen al presente la grandeza y el decoro de
edades más estéticas, frescos en que los más maravillosos pintores de la
tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las visiones de antiguos
iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al
cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin armonía, en una época
sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma armónico, su
poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se confunde con
el divino pastor de Galilea.
¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has perdido en el
desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un copo
de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante;
la humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena
voluntad van en la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán
nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incensarios del demonio;
las naciones se miran con el recelo de los individuos; los reformadores
claman sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue en la misma
altura solar, todo de luz y de intuición sagrada, mirando las obras
humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando
sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la _Summa_; sois
teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro
pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois
justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun
cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y
discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos
italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.
«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Segnatura, Rafael, a quien
llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos
cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de
la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la
Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la
armonía; la Teología, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de
esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo
visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y
así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella
de acompañaros y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en
donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, no
entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá acontecido, ¡oh,
santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas
dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el Paraíso
que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis
siempre en compañía de vuestro breviario?
[Illustration]
[Illustration] LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA
Me he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis
viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo
higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d’Orsay hasta más
allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo
pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con un chambergo
semejante al del general Mitre, al sabio Mommsen. Por allí he encontrado
al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una vez al
Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su
masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Omnibus y automóviles pasan
veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto.
Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el
atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos,
bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también
junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la
cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen
tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.
Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas sobre el parapeto.
Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras. Y entre las
cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los
aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas
prohibidas, vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para
colegiales y gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de
Aldo Manucio, o de las memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el
tiempo en que se podía encontrar una ganga por casualidad, la joya
bibliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba treinta o
cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores estacionados a lo largo de
los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas de
los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No obstante, la
baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable. La obra
rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.
Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de
libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa
vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la
nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y
aguardar al cliente o al transeunte que se siente atraído por la fila
de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son
variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los
primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía,
de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado
Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores,
sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión
encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M.
Anatole France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y
socialismos como está, él, el más aristocrático de los escritores
franceses, que desaparece de repente de París y aparece en los palacios
de príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, o a Atenas... No
tiene ya tiempo de ir a las deleitosas correrías del bibliófilo, que en
un tiempo fueron su placer. Junto a los respetables profesores, al lado
de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada
de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas
indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas
de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho.
Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran
recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que
el vendedor les compra con seguridad, a un precio relativo, sus
volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas
comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen
salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los
«magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes
del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay
pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a
eminentes académicos, con sendas y elogiosas dedicatorias.
Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas, novelas de todas
clases y de infinitos autores, desde los del siglo XVIII hasta los de
nuestros días, ejemplares de libros que «acaban de aparecer», a 3,50
francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay rimeros de gloria fallida,
arrobas de ingenio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas de musas
trashumantes que trabajaron para el olvido, esfuerzos inútiles... Allí
yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»:
¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas novelas...! ¡Nada,
nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía de nombres
desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de talento
encontráis siempre. Es el muladar de los _ratés_ y el cementerio de los
mediocres.
Impresos en elegantísimo papel, en formatos artísticos, con magníficas
ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que han pagado bien caro
una tentativa de consagración literaria. Poetas francorrumanos y franco
brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la princesa de
Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están representados
por tomos de versos, momias de poemas, marchitos homenajes, exhumadas
galanterías, adornadas generalmente con el retrato de los autores...
Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las vanidades. Allí duermen
arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su sueño de mañana.
En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de esos cajones
de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una
«plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece
la baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de
terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula
_Humbles Mousses_. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues
veréis que el caso merece la pena:
LOS VERDADEROS RICOS
Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día
Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,
Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,
O bajo la cabaña, humilde morada;
Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda
En donde pensáis que estaríais mejor,
Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:
¡Sois vosotros los felices de este mundo!
Los pórticos de mármol y los artesonados
Ocultan el cielo, las corrientes aguas;
Cuando se tiene la idea de acumular rentas,
¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?
Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida
Se da por el dinero;
La luz serena y el aire, el azul cambiante,
El sol, de alma encantada,
El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,
El césped, el perfume de las rosas,
La embriagante dulzura de las innumerables cosas
Bellas de formas o de colores,
Vienen a ofrecerse, sin pedir nada
Al más modesto de los transeuntes,
Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,
Bosteza el dueño del dominio.
Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,
Está sin necesidades y sin goce:
Saturado de todos los placeres que da el oro,
No desea nunca nada más.
¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?
El hombre afligido de tesoros,
Se halaga esperando un amor compartido:
Una dote lo atrajo a él mismo.
Su corazón está lleno de sospechas adormidas,
Y mientras que el pobre diablo
Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,
El duda de todos sus amigos.
¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,
Y sin cuidado del mañana
Le véis, caminando, la mano en la mano,
Su palacio hecho a la soberbia,
Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría
De admirar la simple Naturaleza,
Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!
Comprarlos con su oro.
El autor de eso se llama François Haussy, pero ese es el pseudónimo que
oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame Humbert; que
hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas que
conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un
poeta a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...
Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos lugares importantes
lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he comprado unas
_Prosas profanas_, con la dedicatoria borrada, a treinta céntimos. Los
que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos «queridos
maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de
libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras
de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven
hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los
cuales estudios hay uno del susodicho maestro, ditirámbico,
ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro
del libro, y en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y
humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni le importó
un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos hice
el rescate... Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado vender en
_tas_ gran número de autores editados por el _Mercure_, sin cuidarse de
borrar bien dedicatorias como las que he hallado en las _Ballades_, de
Paul Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de las orillas del
Sena se recogen lecciones de... filosofía, y valiosísimos granos de
experiencia? Si no, os lo certifico ahora.
Más allá del Instituto hay un intermedio entre libros y libros, el que
llenan las cajas de vendedores de medallas, de curiosidades, monedas
antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una especie de
museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los que
venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras
preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a
Santiago Rusiñol, asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de
todos los siglos, desde fragmentos de objetos de la época cuaternaria
hasta escarapelas del tiempo de la Revolución. Y más allá, continúa la
serie de cajas de libros, custodiados por sus taciturnos vendedores.
Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un
franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una _Nuestra Señora de
París_, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los
malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba
de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en
tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por
sesenta céntimos.
[Illustration] UN CISMA EN FRANCIA
Malos vientos soplan sobre la barca de Pedro, que _Mumen in cœlo_
dejó en tempestad y que _Ignis ardens_ comienza a dirigir. El
catolicismo pasa por una gran crisis; mejor dicho, el cristianismo; mas
contra el catolicismo, contra la iglesia romana, se amontonan las más
negras nubes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca sagrada el
_non prevalevunt_... No hay hoy profetas. Apenas M. León Bloy acaba de
resurgir rugiendo contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas
columnas: Coppée, Didon, Brunetière, Huysmans, Bourget y otras menores,
¡cuán menores! Los rugidos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado
ocupado con otros asuntos. Entre tanto, en la España católica, la
enemiga contra Cristo cunde; en la Francia cristianísima se expulsan las
Congregaciones y el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y
demócrata, en la Sede suprema, hace perder su brillo y su misterio a la
Tradición. Cosa singular. Es en los países no católicos donde el
catolicismo se expende y avanza tranquilo. Y un César protestante y
fantasioso hace pensar, por su actitud, si no estarán próximos los
tiempos en que, como en la Edad Media, se vea la formidable liga entre
las dos mitades de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el
Emperador.
Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre bajo el auspicio de
los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios
que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la parte
que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las
tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas
revueltas de esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido,
por tan largo tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de
decadencia, y a pesar de las faltas llevadas al extremo con una
obstinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un asombroso vigor!
¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad! ¡Cuántas almas excelentes
entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que leche y miel,
dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas tiendas,
ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se
desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir
y decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus
moradas!» A pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a
ciertos lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que,
sin las fundaciones religiosas hubieran permanecido sepultados en la
vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde
encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de
las antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde
se da la mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?
Aun en esa asociación, a veces un poco inocente, entre el catolicismo y
los restos de la vieja sociedad francesa; en ese neocatolicismo, a
menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera pura y
honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer
que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá
como el águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el
fuego la depure, que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta
de haber esperado demasiado en la tierra, que borre de su orgullosa
basílica: _Christus regnat, Christus imperat_, que no se crea humillada
cuando ocupe en el mundo una posición que no será grande sino a los ojos
del espíritu.» ¿Quién ha escrito tales palabras, si no completamente
ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no
es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que hoy pronunciase ese
discurso en las Cámaras francesas sería calificado de clerical. Lo que
hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe ha
sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los cuales
las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido
simplemente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos literarios.
Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la religión padeció una
verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración elegante
hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el mediocre
cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de toda
creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán,
que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el
manicomio.
Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables que los que la simple
política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los que lanzarle
pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las pasadas
flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de
la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la
resurrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias
de afuera, y que enciende, después de largos siglos, fuegos que pueden
producir un verdadero incendio en la romana basílica de las basílicas.
Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor español--he nombrado a D.
Edmundo González Blanco--demostraba, en un artículo admirable de vigor,
la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que no tenemos en
nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al
formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para
constituir nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente,
nuestro catolicismo patriótico. Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y
esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo
sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe
conmovería, ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero
español partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia
independiente nacional, hasta con el detalle de su misa propia, de la
vuelta al uso del antiguo rito muzárabe.