OPINIONES
[Illustration:
OPINIONES
POR
RUBEN DARIO
[Illustration]
Volumen X de las obras completas. Administración: Editorial MUNDO LATINO
MADRID]
[Illustration: ES PROPIEDAD]
Al Dr. Fernando Sánchez
_Dedica este libro,_
_su amigo_
_RUBÉN DARÍO_
_En este libro, como en todos los míos, no pretendo enseñar nada, pues
me complazco en reconocerme el ser menos pedagógico de la tierra. Van
aquí mis opiniones y mis sentires, sobre cosas vistas e ideas
acariciadas. Todo expresado de la manera más noble que he podido, pues
no me avengo con bajos pensamientos ni vulgares palabras. No busco el
que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad!,
¡libertad!, mis amigos. Y no os dejéis poner librea de ninguna
clase.--R. D._
_París, 1906._
[Illustration] EL EJEMPLO DE ZOLA
Entonces, Lucas, en una última mirada, abarcó la ciudad, el horizonte,
la tierra entera, donde la evolución comenzada por él se propagaba y se
acababa. La obra estaba hecha, la ciudad fundada. Y Lucas expiró, entró
en el torrente de universal amor, de la eterna vida.» Así concluye el
segundo evangelio, _Trabajo_. Ahora antes de terminar la tarea, pero ya
con un mundo hecho, Zola descansa para siempre, llevado, arrancado a su
labor por la más estúpida contingencia. Acabo de regresar de su
entierro. Un pueblo en silencio, pueblo de pensadores y de trabajadores,
le acompañaba. Fué ceremonia imponente de recogimiento y de severidad.
Iban los hombres de la idea y los hombres del taller. Se extendían, en
el vasto cuerpo de la negra procesión, los grupos de eglantinas rojas.
Un minero iba, pies desnudos entre gruesos zuecos, con su uniforme de
trabajo. Un herrero, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesado
martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al sol opaco, sobre su
hombro, una hoz. ¡Esa es la gloria! Iban sabios y poetas. Iban obreros
de blusa, y niños y niñas con sus padres. Se llevaba al camposanto de
Monmartre al potente bondadoso, al creador de tanta obra robusta y
fecunda, al poeta homérico de la sociedad futura, al servidor de la
verdad, al profeta de los proletarios, al gran carácter de un tiempo sin
caracteres, a quien toda la tierra saludó un momento como una
encarnación de la virtud humana, de la eterna conciencia, de la
indestructible justicia y de la divina libertad de pechos de oro.
Estas grandes conmociones tan solamente las causan los que salen de las
aisladas torres, marfil, cristal o bronce, del arte puro. Hay, para
lograr tamañas coronas, que ser fuente y pan para los demás,
conformándose con el propio dolor, hermano de la gloria. Hay que
convencerse de que no se ha venido con el mayor don de Dios a la tierra
para tocar el violín, o el arpa, o las castañuelas, o la trompeta.
Tocarlas, sí, para universal gozo y danza dionisíaca, en paz y fiesta
común con todos. No la superhombría, no el neronismo, no la crueldad
orgullosa: antes el bien que se hace con la luz y en la luz el abrazo
fraterno. Mientras más alta es la catarata, más perlas tiene su agua
pura, y su voz dice la armonía de la naturaleza y el iris la corona.
Saltimbanquis de palabras o juglares de ideas, sin la bondad que salva,
muy pintorescos y bonitos, son de la familia de los pájaros; cuando
mueren, por el plumaje se les diseca; si no, van al muladar con los
perros muertos. Desventurado el que, teniendo el vino de la bondad y de
la fraternidad humana, no exprimió jamás su corazón en su copa cuando
vió pasar el rebaño de hermanos con sed, bajo los látigos de arriba.
Zola fué eso: el viñador copioso y generoso. No como Hugo, desde la
olímpica sede en que, como papa literario, con su tiara llena de gemas
líricas, vestido de orgullo, repartía sus dones; no como Tolstoï, tan
vecino de la clínica como del santoral; no como Ibsen, ceñudo, obscuro y
doloroso. Zola, que fué tan atacado, porque, se decía, buscaba los
afectos más viles de la vida, complaciéndose en la pornografía y en la
obscenidad, ha sido un enorme y puro poeta del amor, un músico órfico y
augusto de las multitudes, un cantor de la hermosura natural y de la
fecunda obra engendradora, un visionario de la humanidad que viene, de
la dicha de las naciones futuras, de la dignificación de nuestra especie
en la vía progresiva de su perfeccionamiento, en el ritmo divino.
Era un grande hombre de bien. No lo que se llama por la generalidad un
«hombre honrado». No conozco, decía De Maistre, la conciencia de los
criminales; conozco la de algunos hombres honrados, y es espantosa. Era
hombre de bien y buen gigante el último de los evangelistas. Fué
predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de
engrandecimiento y de deber, y a la muchedumbre señaló el rumbo de las
venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran
naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un
casto, el que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que
mostró la sombra roja del alcohol; un sonador, el práctico y concienzudo
arquitecto de tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral
director de ideas de estos últimos tiempos, y el tímido solitario, un
valiente que, al llegar la hora, se puso a arrostrar las ciegas turbas
furiosas que le insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como el
Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es soberbio y se entierra
en la historia para quedar como una estela moral inconmovible al paso de
los vientos de los siglos.
* * * * *
Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuerzo perpetuo desde los
años primeros de vacilaciones y de angustias, angustias y vacilaciones
que doran una juventud ardorosa y una esperanza radiante. Los problemas
de la vida, la práctica prosaica de la existencia de quien no ha nacido
en la riqueza, el pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus
espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; familia a cuestas; los
dolorosos préstamos a los amigos; las deudas de otra clase y los
embargos; alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que quedará
en su memoria inolvidable; la bohemia que se sigue sin sentirle apego,
esa bohemia obligatoria por la escasez y la falta de ambiente y medios
distintos que se desearían; la miseria. Ese mudar de casas, tan
indicador de que no se ha encontrado aún el asentado y reposado vivir
que necesita el trabajador para la realización de su obra--antes de que
llegue la posesión de Medan y el hotel de la calle de Bruxelles. Y de
todo triunfa esa voluntad acerada y templada: de las amarguras de la
necesidad y de las tristezas de más de una desilusión; de las absurdas
solicitudes de dinero y de los mezquinos obstáculos que se presentan a
los mejores deseos; del vivir como en el número 11 de la calle Soufflot,
pared de por medio con las más desastradas mujerzuelas, y de la soledad,
mala consejera de los débiles, cuando busca en París sus modos de
ascender--y primero de comer. Cuenta uno de sus amigos íntimos que sus
menús de entonces se componían de pan y café, o pan y dos sueldos de
queso italiano, o pan y dos sueldos de patatas fritas. Y que a veces
eran de sólo pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en un
reciente estudio sobre los artistas y el dinero: que los sufrimientos
del comienzo son precisos para hacer sentir lo que es la lucha humana
por la vida y pesar el dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas páginas
admirables en que las pesadumbres de los intelectuales están tan
profundamente manifestadas y tan sinceramente sentidas. El inmenso
peligro de la bohemia en el principio de toda vida de artista es para
los que no ven ni la seriedad del existir ni la obligación que viene
para consigo mismo, para con los hombres y para con la eternidad.
Preciso es que la juventud se pase, dice un proloquio francés que excusa
las locuras de los años frescos, en que para uno todo es aroma de
rosas, oro de sol, gracia y vibración de amor. Mas una vez pasada la
primavera, la estación exige el fruto, fruto de noble desinterés, de
conciencia, de servicio a la comunidad. Los que no se dan cuenta de esa
ley de lo infinito, caen, ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el
sentido moral se pierde, todo está perdido, pese a la habilidad, a la
intriga; saldrá de la bohemia, si sale, un arrivista tortuoso, un ágil
funámbulo en la sociedad, pero el artista ha muerto. Zola murgerizó
poco, y esto porque preciso era, ¡qué diablo!, en esos años amables
trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así, recuerda uno de sus biógrafos
que «una vez, habiendo recorrido en vano todo el barrio sin encontrar a
quien pedir prestados los pocos centavos de la comida, y teniendo en ese
momento del brazo a una mujer, la querida de algunas semanas, ¿qué hace
el futuro propietario de Medan? Se quita el sobretodo y se lo da a la
mujer.--¡Lleva eso al Montepío!--Y entró a su habitación en mangas de
camisa, con un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó la voluntad,
porque así debía ser, comiéndose pan de amor y bebiéndose vino de
esperanza. A buena hambre no hay pan duro; a buena juventud no hay
ásperas horas, por ásperas que sean. La salvación está en la sangre
noble que hierve, en el impulso consciente que hace saltar, volar, sobre
la dificultad y sobre el abismo. Es la estación perfumada en que florece
en toda alma artística un ramo de cuentos a Ninon, que es un ramo de
rosas risueñas de rocío.
Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla en versos aunque no los
haga. Antes que cuentos, por tales melodiosas razones, hizo Zola versos.
Los versos fueron después abandonados, pero el dón rítmico y orquestal
no dejó nunca al magnificente sinfonista de sus nutridas construcciones.
Y por ser sincero y consciente de su misión escribió estas palabras de
raro valor y de especial dignidad mental: «No puedo volver a leer mis
versos sin sonreir. Son muy débiles y de segunda mano; no más malos, sin
embargo, que los versos de los hombres de mi edad que se obstinan en
rimar. Mi única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad de
poeta y de haberme puesto valerosamente a la tarea del siglo con el rudo
útil de la prosa. A los veinte años es hermoso tomar semejante decisión,
sobre todo antes de haber podido desembarazarse de las imitaciones
fatales. Si, pues, mis versos deben servir de alguna cosa, deseo que
hagan volver en sí a los poetas inútiles, que no tienen el genio
necesario para librarse de la fórmula romántica, y que se decidan a ser
bravos prosadores, _tout bètement_.» Conociéndose extranjero entre los
para él improbables dioses, se decidió a entrar en la vocación que le
conducía a ser un guía, un pastor, un maestro entre los hombres, con un
idioma claro, abundoso, tupido, fatigante a veces, pero siempre poemal
en su arquitectura, a punto de que sus dos afinidades más cercanas están
en Homero y Wagner. Era un cuerdo. Así amontonó bloque sobre bloque
hasta formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres de ideas y de
símbolos como uno de los más colosales monumentos de la ciudad futura.
* * * * *
Ejemplo de dignificación personal en un hombre dotado con los mejores
brazos para asir al paso a la fortuna desde el principio, y expuesto a
claudicaciones y rupturas con sus propias ansias nobles y generosas.
Desde el _commis_ de la librería Hachette hasta el autor millonario, en
toda su vida se refleja una luz de honestidad viril que en pocos de los
contemporáneos de su talla puede encontrarse. El que tuvo el valor y la
entereza de retorcer el pescuezo a los cisnes de sus primaverales
jardines poéticos por no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los
demás y llevó el respeto a sus convicciones y la pasión de la verdad
hasta el sacrificio en el más tempestuoso y terrible de los momentos de
su vida. Es preciso conocer lo mefítico, lo venenoso del ambiente de la
vida literaria, para admirar por completo tanta energía, tanta
resistencia en ese cuello taurino y tanta pepsina en el estómago de
avestruz del heroico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos! Recordaréis con
qué tragicómica glotonería ha contado él cómo el horrible batraciano fué
su alimento de todos los días: el sapo del anónimo, el sapo del insulto,
el sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la envidia y de la
enemistad desleal, los multiplicados sapos de los periódicos, de las
malignas y feroces caricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre
yo los he visto a esos sapos ponzoñosos en formas inmundas. «¡El
testamento de Zola!», gritaba un camelot casi al lado de la procesión.
Pagué los diez céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzoso
pasquín contra un muerto, contra un muerto ilustre. No puedo citar nada
de él. Baste decir que conservo entre mis curiosidades otro «testamento
de Zola», publicado en 1898, cuando el proceso, y que el de ahora es más
infame, más estercolario. Y en el antiguo se lee: «Je lègue donc: La
totalité de mes œuvres aux chalets de nécessité qui en feront l’usage
qui naturellement s’indique. A madame de Boulancy un exemplaire de
_Nana_, relié en veau; a Joseph Reinach mon volume sur I’Argent. A Nana,
les petits millions que j’ai gagnés en exploitant la lubricité de mes
contemporains. A mes enfants, la défense absolue de lire mes œuvres.»
Del actual no se puede escribir una línea. Extraña que la policía no
haya impedido la venta de esas deyecciones de sucios cuervos. Y eso no
es todo; hay algo peor, indigno de París, indigno de la Francia culta y
valiente. Diarios, diarios ricos y mundanos como el _Gaulois_,
publicaban ese mismo día crueles epigramas, hirientes suposiciones,
amargas invenciones contra el que no había aún sido depositado en la paz
de la tierra. Zola no había muerto asfixiado; eso era una mentira, una
novela. Zola se había suicidado, entre otras cosas, porque ya no se
leían sus libros y estaba escaso de dinero... ¡Y ha dejado dos millones!
No se leían, no se vendían sus libros después del _affaire_, entre
ciertos grupos políticos franceses; pero en Francia mismo había muchos
lectores de Zola en todas las clases sociales, y en el extranjero, tan
sólo con lo que _La Nación_, en Buenos Aires, y otros periódicos de
Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia, España y Estados Unidos pagaban por
el derecho de publicación de sus obras, se suma una cantidad que no
supone la mayor parte de sus detractores. El diario de Drumont apareció
vergonzoso de odio; el de Rochefort ya se calculará cómo, y hojas
menores andaban por ahí impresas con hiel. «Ha muerto asfixiado, decía
una. ¡Así «los» matan en la _fourrière_!...» Estas cosas no se borrarán
hasta el día en que Zola sea conducido del cementerio de Montmartre al
Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. Blindado, con esas saetas de
caribe, tuvo que luchar en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que
resistir su constitución de hércules del pensamiento, de artesano del
deber. Y así no claudicó ni rompió nunca con sus propias ansias nobles y
generosas. Menestral de razón y de conciencia, se mantuvo sin descansar
en la buena tarea que ayudará al progreso de la Francia, su madre, y,
por lo tanto, de la humana estirpe. Otros se habían regodeado en mesa de
príncipes de la fortuna, habrían aprovechado su vigor para subir al
poder civil, habrían dado a sus vanidades toda suerte de pastos. El no
fué ni mundano siquiera. ¡No sabía estar en un salón! No sabía conversar
con las «gentes». Siendo tan grande, era tímido el Adamastor, era poco
_chic_ el Polifemo. Allá en Medan se vestía con traje tosco de campesino
y pesados zuecos; hablaba con los campesinos, amaba a sus perros,
observaba el campo, que dice su misterio en secreto; hacía en una islita
«su Robinsón». Por las noches, leyendo hasta muy tarde, oía pasar los
trenes bajo sus ventanas. Espiaba las horas al vuelo. Trabajaba siempre.
Como su mujer no fué fecunda, tuvo de un amor discreto dos hijos, a
quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento de la admirable
esposa. Ella sabía que él era bueno, que tenía un gran corazón su grande
hombre sencillo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Dicen que por
eso, por sólo eso, el ilustre laborioso era un profesor de perversidad,
un corrompido, un hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile Zola
estuvo con esos hijos naturales al lado del cadáver.
* * * * *
Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del desinteresado defensor de
Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo. No es aún,
ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un
traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me informan--y hay que
averiguar esto bien--que ha dado para el monumento que se levantará a
Zola trescientos francos... «¡Trescientos francos!» Si esto es verdad,
ese rico israelita, me atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen
que le llevó a la Isla del Diablo. Mas no se trata de una personalidad
mínima, que fué el pretexto de una gran batalla de justicia. Se trata
del poderoso y magnífico talento doblado de carácter que puso su nombre
ante la iniquidad supuesta como una bandera. «Zola’s name--a barbarous,
explosive name, like an anarchist’s bomb»--escribió un día el agudo
Havelock Ellis. Más que un estallido de bomba, me evoca ese nombre un
flamear de bandera, sobre todo si se pronuncia a la italiana: Zola. Ante
las pasiones rabiosas, ante los intereses del militarismo, esa bandera
flameó por la razón, por el derecho, por la conciencia humana. Estamos
en Roma:
Quis numerare queat felics prœmia, Galle,
Militiæ?...................................
................................ quorum
Haud minimum illud erit ne te pulsare togatus
Audeat; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec
Audeat excussos prætori ostendere dentes,
Et nigram in facie tumidis livoribus offam,
Atque oculos, medico nil promittente, relictos.
Vagelio fué poco cuerdo para Juvenal al exponerse ante los zapatos
ferrados de la milicia. Zola sabe con quién han de combatir y no es
Vagelio. El se presenta, ha abandonado su retiro de productor pensante
para entrar a la acción. Ir a la acción es el deber del verdadero
pensador de nuestro tiempo; ir a la acción por las sanas causas y servir
a su fe y a su convicción a riesgo de todo. Otros irían a los capones y
perdices, al gozo del capital adquirido, a cuidar lo que se ha acaparado
y a velar por el chorro de luises que viene de casa del editor
Charpentier. Zola lo arrostró todo; expuso, en efecto, su fortuna, su
nombre, antes infamado tan solamente por los peones de la literatura--y
por algunos maestros excomulgados--, lo fué por los sicarios de la
política. Mas él no tuvo vacilaciones en frente de ningún peligro. Hasta
con la muerte se le amenazó. Su bella sangre italiana, griega y
francesa, hirvió con vivo hervir latino. La marea popular subió en
contra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo en cuenta su
magnífica valentía, su heroísmo, su respetabilidad intelectual, su
soberano quijotismo. Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así
le ha pintado Henry de Groux en una tela dantesca. Mas ese quijotismo
estaba armado de potente lógica, de decisión, de fortaleza. Entre los
soldados y el populacho resistió, sosteniendo la verdad, la que él creía
la verdad. Todas las naciones de la tierra, desde el Japón hasta la
América del Sur; todos los pueblos de la tierra, de San Petersburgo a
Buenos Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago a Roma, desde las más
populosas ciudades hasta los más humildes villorrios, fueron conmovidos
por la actitud brava del capitán civil frente a los capitanes de la
espada. Su nombre se vió entonces como una bandera, representación y
signo de lo justo, de lo verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un
instante, pues ella desencadenó una tormenta en la patria francesa, que
todavía se presenta con más negros augurios. El porvenir de este gran
país será en mucha parte obra de la influencia del evangelista. Sus
palabras han sido alimento del pueblo. El también ha dejado su gran saco
de harina, el «saco de harina» de que habla en una de sus arengas
nuestro general. Los mismos que hoy le insultan mañana le celebrarán
mañana, cuando se haya destruído la miseria pasional de ahora, la
locura de las opiniones transitorias, la ceguedad de las masas vendadas.
Ese ejemplo de valor será saludable a las generaciones. Todo ello
entrará en la leyenda que es historia y será vestido de belleza por los
glorificadores que vienen. La gloria verdadera aguarda a quien poco se
preocupó de la gloriola. La gloria de los serenos combatientes de los
sublimes combates. La gloriola acaba con la persona; la gloria es del
alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el estupendo novelador
esté al lado del estupendo poeta, en el Pantheon.
No os extrañéis que junte a esas dos figuras gigantescas. Si Hugo fué
Genio, Zola fué Hombre. No, no fué genio el creador de los Rougon
Maquart, porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, sobre la
realidad. El genio es intuición, y Zola, con ser tan soberbio poeta, fué
un metódico, un inductivo, un matemático. El obró con la razón, con la
verdad cognoscible. El fué el esplendoroso idealista de sus últimas
novelas-poemas, por haber llegado ya hasta el territorio de Utopía,
después de compulsar el millón de documentos que afirmaron la exactitud
de su creación anterior. Creía en la perfectibilidad de la máquina
social. Iba hacia el oriente de su sueño con la fe invencible en la
Canaán venidera. Los pueblos tienen necesidad de los genios, pero quizá
más de los verdaderos hombres.
Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúnebre en que vi pasar el
carro negro en que iba aquel que resucitó en nuestra época, llenos de
nueva vida, al león, al águila, al buey... A Lucas, a Marcos, a Mateo.
Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron los letrados y el gobierno.
Los hombres que llevaban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron
sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había brotado de
repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!
[Illustration]
[Illustration] GORKI
He aquí un autor cuya boga es ciertamente justa; este ruso que viene
después de Gogol, después de Turgueneff, después de Tolstoï, después de
Dostoieuski. Su nombre, recién descubierto, resuena y va hoy por toda la
tierra civilizada, de otro modo que las recientes importaciones polacas,
ya en baja en la moda y en las librerías. Este autor es un exótico y un
sincero. Los críticos franceses se quejan del imperio del exotismo, del
triunfo de tantos nombres extranjeros en el público francés. La razón de
la preferencia por tantas obras de otras naciones, es clara. El público
de Francia está sujeto desde hace mucho tiempo a una alimentación
intelectual especial, que equivale a la cocina nacional; platos
exquisitos, demasiado bien hechos, muy pimentados y perfumados de la
trufa gala; pastelería de gastados o de gentes de demasiado alegre
vivir, en que se llega hasta el _gateaux_ a base de kola. Es el reino
de lo artificial. Cuando se importa un buen plato fortificante y
natural--las gentes del Norte los tienen muy buenos--, los consumidores
se regocijan y agotan el artículo. Así los _beefsteacks_ de reno de
Ibsen, o los _rostbeefs_ de oso de Tolstoï. Otra cosa son las en extremo
comerciales ensaladas de Sienckiewicz y compañía.
Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que lo que trae Máximo Gorki
es alimento fuerte y nutritivo; solamente semejante a una olorosa
barbacoa, o a una carne con cuero, o asado al asador--tanto la estepa
está en correspondencia fraternal con la Pampa--. La estepa sería la
hermana pálida.
Gorki es una voz que clama en la estepa; y el mundo le escucha porque ha
tenido la suerte de llegar en buena hora. Gorki es lengua de pueblo, y
se hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y como es hondamente
humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad. Es
vasto pensador brotado entre las muchedumbres como un alto pino en una
floresta. Observa en el mundo que ha rozado gestos y enigmas. Su
espíritu es el espejo baconiano: _speculumm quoddam incaotatum plenum
spectris et visionibus_. Su obra, que está repleta de vida, se siente,
por lo tanto, llena de misterio. Es uno de esos autores, muy raros por
cierto, que hacen comprender la divina afirmación de Shakespeare sobre
las muchas cosas que hay en la tierra y en el cielo incomprensibles para
nuestra filosofía. Es una alma inmensa que ha recogido y anotado los
gritos, las violencias y los sueños de sus hermanos que sufren y caen.
Es el San Juan de Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente,
comprenderéis que no se trata de un literato. No es «el distinguido
escritor», ni «el eminente novelista», ni «el célebre hombre de letras».
En efecto, se trata de un _atorrante_.
Entendámonos. Un atorrante argentino, un _tramp_ inglés o
norteamericano, un _gueux_ francés; es el feliz filósofo del arroyo, el
príncipe de la miseria, el hermano de los perros, el abandonado que
abandona, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. Gorki no ha sido,
pues, un atorrante; pero ha vivido la vida de un atorrante, de los
tristes, de los pobres, de los hambrientos que en la horrible miseria
rusa mascan tinieblas y beben aguardiente, el veneno nacional; luego, la
vida de los obreros, peor por otros motivos que la de los vagabundos; y
en esa enorme nación, cuasi oriental, en que ha nacido y sufrido, ha
sentido las palpitaciones y los suspiros de las masas pasivas, las
manifestaciones de esa enigmática alma rusa, tan propicia a la visión y
al misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre el país
extensísimo y frío, y bajo la opresión de un Gobierno semiteocrático, y
de una vida social abrumadora, extraña a la piedad, en un ambiente de
fatalismo. Gorki trata asuntos que otros escritores rusos han tratado, y
tiene algunas veces semejanza con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o
con Tolstoï; pero tiene más verdad que todos, puesto que extrae de su
propia carne, de su propia experiencia; ha escrito «con sangre», como
diría el gran loco del Zarathustra. En cuanto a Tolstoï, un escritor de
la penetración de Rachilde, dice con razón: «El conde Tolstoï es un gran
señor incapaz de juzgar las cosas de otra manera que desde lo alto.
Gorki, que casualmente ha visto de cerca la existencia misma de ciertos
rusos, dice verdades, pero no echa su maldición a nadie... porque los
verdaderos filósofos saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolstoï
puede muy bien ser un loco. Gorki es ciertamente un cuerdo, y, sobre
todo, un poeta ebrio de la naturaleza antes que de fanatismo.»
Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sabido lo que es la lucha por
la vida, por el simple pan, en la tierra de la miseria y de la nieve. Ha
podido observar todos los egoísmos y todas las infamias, y si no se
contaminó, fué por exceso de virtud natural; _virtud_, fuerza, valor. Si
no hubiese sido un intelectual genial, sería un gran bandido. La mano
del diablo de su suerte le puso todos los malos pasos a la vista, todas
las trampas para hacerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio
corrompido y alcohol... De todo triunfó el arcángel triste que lleva
adentro. Imaginaos un adolescente casi, lleno de sueños, con un enorme
corazón sensitivo y una admirable comprensión de las cosas y de los
hombres, obligado por la más dura pobreza a trabajar en los más ásperos
oficios y a comunicarse tan solamente con obreros esclavizados, con
pobres viciosos; a padecer la crueldad y la malignidad de los capataces
y de los patronos, panadero, herrero, vendedor ambulante, buhonero, y a
encontrarse a cada paso con el crimen, con el asesinato, con el robo; y
al mismo tiempo a comprender cómo la mayor parte de los criminales eran
principalmente obra del medio, víctimas ellos mismos del daño ambiente.
Así creció, así aprendió a leer y a escribir; así surgió de pronto un
colosal revelador de lados desconocidos y profundos del alma eslava, con
un verbo claro y neto, como los hechos, sin afeites de estilo; pero
fotógrafo maravilloso, que deja ver lo interior de las cosas, algo como
los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de sus imágenes
sorprendentes un vapor de luz piadosa, un noble amor humano y un respeto
por lo desconocido, por el grave misterio en que vamos a tientas. Dios
aparece, se hace presente, en lo vago, aunque no se nombre a menudo,
como en otras obras rusas en que los ímpetus místicos de esa gigantesca
raza pueril se muestran frecuentemente entre el sufrimiento y el miedo.
Mas surgen a cada paso las que él llama «las grandes y perturbadoras
cuestiones que se abren como abismos ante la razón humana y lo llevan
irresistiblemente hacia las tinieblas». El no asegura «esto es» ni «esto
no es». No tiene necesidad de las enseñanzas del pope, ni hace su
oración ante la panagia; pero sabe, como todo verdadero meditativo, que
en las manifestaciones de la naturaleza, y, sobre todo, en el hombre
mismo, hay oculto un secreto que pugna por demostrarse, y que en la
complicación de la existencia no hay un gesto inútil ni un movimiento
que no tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no se hacen
decisivas hacia una afirmación teológica, ni caen en el escepticismo; y
sus ideas de justicia están basadas en una moral superior, que sorprende
en lo inexplicado y fatal la causa de los hechos, de manera que, en
parte, la delincuencia es un mal cuya responsabilidad no recae toda en
quien viene a ser como un grano de trigo bajo la piedra triturante de su
destino. Una parte de la culpa no está entre los hombres.
Uno de sus principios es que algo de malo hay en todo hombre bueno, como
algo de bueno hay en todo hombre malo; es la antigua dualidad, que lucha
en el ser humano, elemento. La cordura de Gorki sabe que no debe nunca
ser osado a sobrepasar la lógica categoría. Su temperamento singular
obra adecuado en ese medio de su país, en que una especie de
sonambulismo colectivo parece que se uniese, en las pasivas
muchedumbres, a la oriental resignación de padecimientos seculares.
La organización social rusa ha herido con sus durezas y angulosidades la
delicadeza del espíritu superior, nacido para otra existencia que la de
la inacción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy vivamente. «Precisa
haber nacido--dice--en una sociedad civilizada para tener la paciencia
de vivir en ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de alejarse de
esa esfera de convenciones penosas, de venenosas mentiras consagradas
por el uso, de ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de
diversas formas de falta de sinceridad; en una palabra, de toda la
vanidad de vanidades que hiela el corazón, corrompe la inteligencia y
con tan poca razón se llama la vida civilizada. He nacido y me he criado
fuera de esta sociedad, y, por tal motivo, no puedo aceptar su cultura a
fuertes dosis sin experimentar en seguida la necesidad de salir de su
cuadro y olvidar las complicaciones múltiples, los refinamientos
enfermizos de tal existencia.» Estamos lejos del sentimentalismo de
Rousseau. Siguiendo los pasos de Gorki, a la orilla de los mares
natales, o entre las isbas de la campaña, por las calles de las pequeñas
ciudades, como a la entrada de las populosas, vemos, por fin, que entra
en el país Anarquía. Va llevado por amor y por odio, las dos fuerzas que
ritman los latidos de su inmenso corazón.
Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha visto, ha padecido, y
cuenta con una lengua desnuda, pero señalada de gestos, de ademanes
indicadores, iniciadores de hechos venideros o que traen reminiscencias
de hechos pasados. Y aunque la humanidad rusa es verdaderamente
especial, los signos son comprensibles y despiertan las correspondencias
en cualquier otra raza o en cualquier otro rincón del mundo, en donde se
sufra, se llore o se sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos,
obreros pacientes o malignos, o sus vagabundos; pero les cubre con un
velo de lástima, y si no los absuelve, como la naturaleza, indiferente,
tampoco los condena. De pronto suele señalar en el corolario de una
sucesión de acciones o en un hecho aislado los motivos cerebrales, las
perversidades congénitas, y de acuerdo con esto, con la conciencia
moderna, excusa la misma criminalidad. Todo aparece embebido en ese
vapor de vodka que flota sobre el pueblo ruso, ese alcoholismo
alucinante que ayuda a la eclosión de las malas fuerzas secretas en el
silencio de las noches espectrales y llenas de misteriosa complicidad.
La naturaleza atrae a este genial intelecto con su encanto y su libertad
salvaje, y sabe leer en ella, comprende más de un jeroglífico, pone el
oído a más de una voz del más allá. Es una especie de Novalis ingenuo
que ha caminado mucho tiempo teniendo hasta el pecho el lodo del camino
de la vida, pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgica y por la
mirada de las estrellas. Siente que las ideas entre las olas y el aire
pierden su acritud y hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez
consejos del ruido del mar, y se ha apaciguado su alma al soplo
infinito. Y ha soportado las lecciones del vivir ayudado por la bondad
del alma universal. Cuando alude a sucesos de su vida, cuando narra
cosas dolorosas de su existencia, las tempestades que han golpeado su
juventud, es de una simple elocuencia dominadora. Hay, entre otras, una
anécdota en uno de sus cuentos que abre una puerta de claridad sobre su
experiencia de bregas, de desconfianzas y de desconsuelos, en que sólo
ha podido triunfar a fuerza de perseverancia, de labor y de valor. Narra
su odisea con un príncipe georgiano, a quien por lástima tuvo que
acompañar y alimentar, él, pobre obrero, en un viaje largo y miserable
hasta Tifflis... «Le daba de comer, le explicaba los bellos sitios que
viera, y recuerdo que una vez, habiéndole de Baktchisarai, le cité
algunos versos de Puchkine. No le produjeron efecto alguno. «--¡Ah,
versos...! Mejores son las canciones. Conocía yo a un georgiano, Mato
Legeava, que sabía cantar... ¡Qué canciones! Gritaba mucho, mucho,
parecía que le clavaran un puñal en la garganta. Mató a un posadero y le
enviaron a Siberia...--» Cada vez que volvíamos a juntarnos perdía un
poco más de su estima, y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros
asuntos iban mal. Apenas podía ganar yo un rublo o un rublo y medio por
semana, y esto era poco para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos
procuraban grandes ventajas. (El príncipe prefería mendigar a
trabajar...) Su estómago era un abismo que todo lo sorbía: uvas,
melones, pescado salado, pan, fruta seca. El abismo parecía crecer y
exigir mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía que nos
marcháramos de Crimea, diciendo que estábamos ya en otoño y que aún nos
quedaba gran trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de Crimea y
nos dirigimos a Teodocia, con objeto de ver si se ganaba algún dinero.
Volvimos a mantenernos de fruta seca y de esperanzas. Veinte verstas más
allá de Aluchta nos detuvimos para pasar la noche. Decidí a Charko a
andar por la playa. El camino era más largo, pero yo quería respirar la
brisa marina. Encendimos una hoguera y nos tendimos junto a ella. La
noche era espléndida. El mar, de un verde obscuro, chocaba contra las
rocas a nuestros pies, y el cielo, estrellado, callaba sobre nuestras
cabezas. A nuestro alrededor suspiraban la maleza y las hojas de los
árboles olorosos. Aparecía la luna. Un pájaro cantaba, y sus trinos
resonaban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador de las ondas,
y cuando este ruido hubo cesado oyóse el agudo chirrido de un insecto.
Brillaba el fuego alegremente, parecido a un gran ramillete de flores
rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua estaba desierto, sin
nubes el cielo, y yo, en el borde de la tierra, soñaba con lo
infinito... Embriagado por la majestuosa belleza de la noche, me
desvanecí en una maravillosa armonía de colores, sonidos y perfumes; el
tímido sentimiento de una presencia augusta embargaba mi corazón, que
con fuerza de un júbilo extraño cesó de latir... De repente Charko se
echó a reir. «--¡Já, já! Vaya una cara que pones. ¡Pareces un carnero!
¡Já, Já!--» Me asusté como si un rayo hubiese caído junto a mí. Era
peor. Sí, mucho peor.»
He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha enseñanza, porque pone
de manifiesto la imposibilidad de conciliación entre el intelectual y
los elementos que desgraciadamente componen, tanto en Rusia como en el
resto de la tierra, la joven aristocracia. Esto es lo que provoca lo que
llama el Creador de valores nuevos, «la creciente del nihilismo».
El porvenir habla ya por mil signos; ese destino se anuncia por todas
partes; para escuchar esa música del porvenir todos los oídos están
atentos. «Nuestra civilización europea toda se agita desde hace largo
tiempo bajo una presión que va hasta la tortura, una tensión que crece
de diez en diez años, como si quisiera provocar una catástrofe:
inquieta, violenta, precipitada; semejante a un río que quiere terminar
su curso, que no refleja ya, que teme reflejar.» La filosofía de Gorki
es un substrátum de experiencia. Su escuela ha sido la desgracia en la
edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo cree y afirma: todos los
hombres que luchan por la vida, que están presos en su lodo, son más
filósofos que Schopenhauer, porque jamás una idea abstracta tomará una
forma tan precisa como la que el dolor arranca de un cerebro. Este
potente candoroso es un extranjero delante de los retóricos, delante de
los arregladores de fórmulas y de palabras. «Estos se
extasían--dice--para sostener su reputación de hombres que comprenden la
belleza, y no porque sientan el encanto sin par de la gran madre, fuente
de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso de los azares de su
vida algunas grandes almas han comunicado con él a través de los libros.
No es un letrado, no es un leído, mucho menos un universitario; pero de
cuando en cuando uno conoce, por una cita o por una comparación o
reminiscencia, sus autores favoritos o los que han dejado alguna huella
en su mente. Fuera de la literatura rusa se ve que ha leído a
Shakespeare y a Cervantes, y a este último se nota que le ama, gracias
al maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído también a Swift, y debe
haberle sabido áspero y fuerte como un trago de vodka. Mas su libro
principal es mucho más vasto y más repleto de verdades. Hablando de un
ingrato, dice:
«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en los más abultados libros
escritos por los sabios; porque la sabiduría de la vida es siempre más
profunda y más amplia que la sabiduría de los hombres.»
Los libros de Gorki pueden parecer demasiado secos a los lectores de
cosas bonitas, de libritos coquetos y sabrosos, hechos por desahogados
_diletantti_ o por industriales de la literatura; pueden aparecer
inmorales a los hipócritas que se regodean con las peores obscenidades
con tal que vayan disimuladas entre encajes de Francia o decoradas de
estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quienes van por el mundo
como dormidos o privados por ingénita estupidez del don de comprensión y
de meditación. _El matrimonio Orloff_ es una obra maestra en todas
partes; los cuentos de Gorki son diamantes en su género. _Los tres_ es
una novela de una fuerza y de un interés tales, que no puede abandonarse
una vez empezada. Es un estudio de fatalidad, una reproducción verídica
de una existencia atormentada y conducida al crimen por la violencia y
la inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y temeroso. La obra
interesa tanto a los sabios que buscan resolver el problema de la
justicia, basados en el estado de la máquina humana y de los medios
sociales, como a los que, espiritualistas esperanzados o convencidos,
juzgan que no se mueve la hoja del árbol sin el influjo de una potencia
suprema y secreta. ¿Le seguiremos llamando Dios, si gustáis?
[Illustration] EL POETA LEÓN XIII
«Ma gia morte s’appressa: ¡deh! in quell’ora
Madre, m’aiuta lene, lene allora
Quando l’ultimo di ne disfaville
Con la man chiudi le stanche pupille;
E conquisto il demon che intorno rugge,
Cupidamente, all’anima che fugge
Tu, pietosa, o Maria, l’ala distendi:
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.
Cuando _La Nación_, de Buenos Aires, me envió a Italia y comuniqué la
impresión que hiciera en mi ánimo el augusto Papa blanco que hoy
descansa en la muerte, citaba esos versos suyos, religiosos y pálidos
como cirios. Como cirios son los versos de León XIII, por la palidez y
por la llama, y porque, aun cuando en veces iluminasen cosas profanas,
se consumen por Dios. Admirad y alabad al teólogo tomístico, al político
progresista, al evangélico sociólogo, al sesudo autor de sus encíclicas.
Yo celebro al poeta; yo celebro al pastor de pueblos que se detiene en
sus paseos matinales a ver cómo crecen las flores del jardín de
Horacio; al tiarado frecuentador del Dante; al viejecito transparente y
delicado que se está muriendo y dice: «Escribid lo que voy a dictar»; y
lo que dicta son versos. Versos puros y clásicos, versos que brotan con
son castalio de una límpida fuente latina. Celebremos, los que guardamos
aún como un raro tesoro, el entusiasmo, la pasión de un ideal de
Belleza, la memoria del que, bajo el inmenso peso de su triple corona,
conservó ligero y alado el pensamiento, y armoniosa y dulce la palabra,
en relación apacible con las inmarcesibles musas. Pues el lírico que
acaba de dejar su jaula dorada del Vaticano sabía amar la vida y
celebrar sus dones, y en sus exámetros católicos oiréis un rumor de
abejas paganas.... Son abejas que se han posado en las rosas de Virgilio
y sobre los mirtos de Flacco... ¿Qué importa? Él llevaba a la pradera en
que las ninfas de rosadas carnes han sentido el frescor del rocío de la
aurora, sus pasos piadosos; junto a Filomela hacía revolar la blanca
paloma del Espíritu Santo, y el gran Pan veía pasar entre las verdes
hierbas, paciendo, maravilloso de candidez y de luz sublime, un
corderito cuyos mansos ojos reflejan el universo, y cuyo contacto
purifica la negra tierra: el Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo.
No _otium_, sino _ars cum dignitatem_... Se veía que se había refrescado
en el agua de Juvencia; la vida lo amaba.
El admirable Pontífice podía decir: «Entendámonos, una vez por todas.
Hay sentencias que aceptamos porque sí, sin razón alguna, porque han
sido dichas por personajes remotos, en una lengua muerta más o menos...
Así, creemos como una verdad, porque está en griego, lo de que los
amados de los dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa. Los amados de los
dioses mueren viejos... Y si, además de eso, son amados de Dios, mueren
más viejos aún, como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del mundo, León
XIII. Los que mueren jóvenes son los amados de los diablos...» Y a fe
que hubiera hablado con mucha razón.
Desde sus primeros versos hasta esa serena y sentida _Nocturna
ingemiscentis meditatio_ que, en los instantes mismos de su Extrema
Unción, pulía y repulía clásicamente, el favor apolíneo se revela, al
propio tiempo que el apego a las formas ilustres y a la lengua sabia,
que hacen del sagrado _scholar_ uno de los últimos cisnes que habría el
de Mantua acogido con placer en su lago sonoro.
No es de gran importancia saber si aquel canto nocturno fué el último, o
si lo fué su composición en honor de San Anselmo:
Puber Beccensi cupide se condere claustro
Patricia Anselmus nobilitate parat,
Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus
Sub patre Herluino crescit et usque pius;
Florentem ingenio juvenem ad cœlestia natum
Quem non perficiat tale magisterium?
Hinc pastor fidel divinæ, hinc munere doctor
Sublimi in superis vertice conspicuus.
Es el caso que supo morir líricamente, y en belleza, como un cisne.
Después lo descuartizó la Ciencia y lo expuso la Tradición...
* * * * *
Se le ha comparado con un águila, con un águila blanca, con una blanca
águila vieja. Chartran, que lo pintó orando; Laszlo, que revela sus
manos; Benjamín Constant, que quiere mostrar su pensamiento; los
pintores todos, que han dejado en el lienzo la venerable figura, parece
que tuviesen la obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica.
Cuéntase que, en un instante de buen humor, se quejó el Papa a uno de
esos artistas de que hubiese insistido tanto en su nariz... En la obra
de Laszlo, las manos semejan garras marfileñas... Ya os he dicho cómo
para mí la diestra de León XIII, al tenerla entre mis dedos, al
depositar en ella, sobre la gran esmeralda de la esposa, mi beso
sincero, me pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de cinco
pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una pequeña ave de fina
pluma... Ha habido diabólicos escritores de calumnias que han dicho que
con esas pálidas manos estrangulaba pajaritos que hacía cazar con redes
de seda en sus jardines. En cuanto a las grandes narices, ciertamente
son ellas la que patentizan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre
Santo debía haber sabido que, entre los poetas, de Ovidio a Cyrano, las
grandes narices han sido acariciadas por la gloria; y entre los
filósofos, Aristóteles, en el tratado de los Animales, hace su elogio.
No recordaré, por excesivamente profano, el de Lampridio; pero sí la
afirmación de un antiguo autor italiano: «Il naso grande da argomento
d’uomo da bene.»
La nariz, la faz toda, era de águila, como la de Dante, y como la de
Poliziano era de rinoceronte. Voltaire también la tenía de águila, y
cuando he vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en mi memoria la
máscara pontificia, he visto, en verdad, que César Zumeta y Hughes Le
Roux tienen razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de
Arouet... Nada quita esto a su alta potestad, a su fe celeste--_lumen in
cœlo_--, a su misión sagrada de representar sobre la faz de la tierra
al Divino Doctor de la Dulzura. Quiero fijarme, sobre todo, en su
carácter de intelectual; y a propósito de la sonrisa, certificar que el
poeta León XIII era cien veces superior, lira en mano, al admirable y
detestable autor de _La Pucelle_... Pero ambos no cazaban moscas.
Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo rey David, hasta Oscar de
Suecia y Carmen Silva. Eso es fácil y aun decoroso de ser, cuando no se
caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha visto menos, se ha
visto rara vez, y tan solamente vienen a mi recuerdo los nombres de
Gregorio el Magno, que inmortalizó el canto católico y que merece el
nombre de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y León XIII, que no temían la
compañía de las Piérides y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y
mágica música que celebró al pío Eneas o los encendidos labios de Cloe.
Los asustadizos tienen el sedativo antecedente de la homilía de San
Buenaventura, que no juzga pecaminosa la frecuentación de las liras
antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas, ¿qué han sido sino
almas artísticas los ministros de Cristo, que en lo antiguo como en lo
moderno han creído con justicia que honrar a Dios por la Belleza no es
más que honrarlo con creces? Como Gregorio, Agustín amó la música;
Ambrosio el milanés, la hermosura litúrgica; Gregorio el de Nasianzo, la
poesía, con toda la falange de los poetas místicos latinos de la Edad
Media; Marbodio el de las gemas, Paulino de Nola, Rústico, Juvenco,
Lactancio, Sedulio y todos los demás que tan bellamente ha exhumado en
nuestros días la noble erudición de M. de Gourmont. Así, dice el
venerable Beda hablando de los viejos poetas cristianos, sus versos
inspiraban el desprecio al siglo y avivaban en las almas el ansia de la
vida eterna.