Doña Lupita, achamizada, zalamera, servía en un rayo de sol el iris de
los refrescos. Niño Santos, alternativamente, ponía los labios en el
vidrio de limón y fisgaba a la comadreja, sartas de corales, mieles de
esclava, sonrisa de Oriente:
--¡Chac! ¡Chac! Doña Lupita, me está pareciendo que tenés vos la nariz
de la Reina Cleopatra. Por mero la cachiza de cuatro copas, un puro
trastorno habéis vos traído a la República. Enredáis vos más que el
honorable Cuerpo Diplomático. ¿Cuántas copas os había quebrado el
Coronel de la Gándara? ¡Doña Lupita, por menos de un boliviano me
lo habéis puesto en la bola revolucionaria! No hacía más la nariz de
la Reina Faraona. Doña Lupita, la deuda de justicia que vos me habés
reclamado ha sido una madeja de circunstancias fatales: Es causa
primordial en la actuación rebelde del Coronel de la Gándara: Ha
puesto en Santa Mónica al chamaco de Doña Rosa Pintado: Cucarachita
la Taracena reclama contra la clausura de su lenocinio, y tenemos
pendiente una nota del Ministro de Su Majestad Católica. ¡Pueden
romperse las relaciones con la Madre Patria! ¡Y vos, mi vieja, ahí os
estás, sin la menor conturbación por tantas catástrofes! Finalmente,
cuatro copas de vuestra mesilla, un peso papel, menos que nada, me
han puesto en el trance de renunciar a los conciertos batracios del
Licenciadito Veguillas.
--¡Cua! ¡Cua!
Nachito, por congraciarse hostigaba la befa, mimando el canto y el
compás saltarín de la rana. Con cuáqueros vinagres le apostrofó el
Tirano:
--No haga el bufón, Señor Licenciado. Estos buenos amigos que van
a juzgarle, no se dejarán influenciar por sus macanas: Espíritus
cultivados, el que menos ha visto funcionar los Parlamentos de la Vieja
Europa.
--¡Juvenal y Quevedo!
El ilustre gachupín se acariciaba las patillas de canela, rotunda la
botarga, inflado el papo de aduladores énfasis. Se santiguaba la vieja
rabona:
--¡Virgen de mi Nombre, la jugó Patillas!
--¡Pues hizo saque!
--¡De salir siempre tan enredada la madeja del mundo, no se libraba ni
el más santo de verse en el Infierno!
--Una buena sentencia, Doña Lupita. ¿Pero su alma no siente el
sobresalto de haber concitado el tumulto de tantas acciones, de tantos
vitales relámpagos?
--¡Mi jefecito, no me asombre!
--Doña Lupita, ¿no temblás vos ante el problema de nuestras eternas
responsabilidades?
--¡Entre mí estoy rezando!