Recalaba sobre el camino la mirada Tirano Banderas:
--¡Chac! ¡Chac! El que tenga de ustedes mejor vista, sírvase
documentarme y decirme qué tropa es aquella. ¿El jinete charro que
viene delante no es el ameritado Don Roque Cepeda?
Don Roque, con una escolta de cuatro indios caballerangos, se detenía
al otro lado del seto, sobre el camino, al pie de la talanquera. La
frente tostada, el áureo sombrero en la mano, el potro cubierto de
platas, daban a la figura del jinete, en las luces del ocaso, un
prestigio de santoral románico. Tirano Banderas, con cuáquera mesura,
hacía la farsa del acogimiento:
--¡Muy feliz de verle por estos pagos! A Santos Banderas le
correspondía la obligación de entrevistarle. ¿Mi Señor Don Roque, por
qué se ha molestado? Era este servidor quien estaba en el débito de
acudir a su casa y darle excusas con todo el Gobierno. A este propósito
ha sido el enviarle uno de mis ayudantes, suplicándole audiencia.
Y usted, no más, extremando la cortesía, que se molesta, cuando el
obligado era Santos Banderas.
Abría los brazos con encomio amistoso el Tirano. Apeábase Don Roque.
Largas y confidenciales palabras tuvieron en el banco miradero de los
frailes, frente al recalmado mar ecuatorial, con caminos de sol sobre
el vasto incendio del poniente:
--¡Chac! ¡Chac! Muy feliz de verle.
--Señor Presidente, no he querido ausentarme para la campaña sin pasar
a visitarle. Al acto de cortesía se suma mi sentimiento de amor a la
República. He recibido la visita de su ayudante, Señor Presidente,
y recién la de mi antiguo compañero Lauro Méndez, Secretario de
Relaciones. He actuado en consecuencia de la plática que tuvimos, y de
la cual supongo enterado al Señor Presidente.
--El Señor Secretario ha hecho mal si no le dijo que obedecía mis
indicaciones. Me gusta la franqueza. Amigo Don Roque, la independencia
nacional corre un momento de peligro, asaltada por todas las codicias
extranjeras. El Honorable Cuerpo Diplomático --una ladronera de
intereses coloniales-- nos combate de flanco con notas chicaneras que
divulga el cable. La Diplomacia tiene sus agencias de difamación, y
hoy las emplea contra la República de Santa Fe. El caucho, las minas,
el petróleo, despiertan las codicias del yanqui y del europeo. Preveo
horas de suprema angustia para todos los espíritus patriotas. Acaso
nos amenaza una intervención militar, y a fin de proponer a usted una
tregua solicitaba su audiencia. ¡Chac! ¡Chac!
Repetía Don Roque:
--¿Una tregua?
--Una tregua hasta que se resuelva el conflicto internacional. Fije
usted sus condiciones. Yo comienzo por ofrecerle una amplia amnistía
para todos los presos políticos que no hayan hecho armas.
Don Roque murmuró:
--La amnistía es un acto de justicia que aplaudo sin reservas. ¿Pero
cuántos no han sido acusados injustamente de conspiración?
--A todos alcanzará el indulto.
--¿Y la propaganda electoral, será verdaderamente libre? ¿No se verá
coaccionada por los agentes políticos del Gobierno?
--Libre y salvaguardada por las leyes. ¿Puedo decirle más? Deseo la
pacificación del país, y le brindo con ella. Santos Banderas no es el
ambicioso vulgar que motejan en los círculos disidentes. Yo solo amo
el bien de la República. El día más feliz de mi vida será aquel en
que, oscurecido, vuelva a mi predio, como Cincinato. En suma, usted,
sus amigos, recobran la libertad, el pleno ejercicio de sus derechos
civiles: Pero usted, hombre leal, espíritu patriota, trabajará por
derivar la revolución a los cauces de la legalidad. Entonces, si en
la lucha el pueblo le otorga sus sufragios, yo seré el primero en
acatar la voluntad soberana de la Nación. Don Roque, admiro su ideal
humanitario y siento el acíbar de no poder compartir tan consolador
optimismo. ¡Es mi tragedia de gobernante! Usted, criollo de la mejor
prosapia, reniega del criollismo. Yo en cambio, indio por las cuatro
ramas, descreo de las virtudes y capacidades de mi raza. Usted se me
representa como un iluminado, su fe en los destinos de la familia
indígena me rememora al Padre Las Casas. Quiere usted aventar las
sombras que han echado sobre el alma del indio trescientos años de
régimen colonial. ¡Admirable propósito! Que usted lo consiga es
el mayor deseo de Santos Banderas. Don Roque, pasadas las actuales
circunstancias, vénzame, aniquíleme, muéstreme con una victoria --que
seré el primero en celebrar-- todas las dormidas potencialidades de mi
raza. Su triunfo, apartada mi derrota ocasional, sería el triunfo de la
gravitación permanente del indio en los destinos de la Historia Patria.
Don Roque, active su propaganda, logre el milagro, dentro de las leyes,
y crea que seré el primero en celebrarlo. Don Roque, le agradezco que
me haya escuchado y le ruego que me puntualice sus objeciones con toda
franqueza. No quiero que ahora se comprometa con una palabra que acaso
luego no pudiera cumplir. Consulte a los conspicuos de su facción y
ofrézcales el ramo de oliva en nombre de Santos Banderas.
Don Roque le miraba con honrada y apacible expresión, tan ingenua que
descubría las sospechas del ánimo:
--¡Una tregua!
--Una tregua. La unión sagrada. Don Roque, salvemos la independencia de
la Patria.
Tirano Banderas abría los brazos con patético gesto. Llegaba, cortado
en ráfagas, el choteo de los compadritos, que en el fondo crepuscular
de la campa, se divertían con befas y chuelas al Licenciado Veguillas.
V
Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo.
Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo
y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aun sobresalía el
brazo con el blanco saludo del pañuelo:
--¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!
La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja
rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el
metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida,
estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del
Tirano:
--Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las
calderas del Infierno.
--Mi vieja, vos tendrás que amputar la nariz de Cleopatra.
--Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.
--Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una
baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia,
acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!
--¿Y la culpa de mi tajamar?
--Ese problema se lo habrán de proponer los futuros historiadores.
Licenciado Veguillas, despídase de la vieja rabona y otórguele su
perdón: Manifieste su ánimo generoso: Revístase la clámide, y asombre a
estos amigos que le ven chuela, con un gesto magnánimo.
--¡Juvenal y Quevedo!
La momia miró al gachupín con avinagrado sarcasmo:
--Ilustre Don Telesforo, usted ocasionará que me saquen alguna chufla.
Ni Quevedo ni Juvenal: Santos Banderas: Una figura en el continente del
Sur. ¡Chac! ¡Chac!