III

Frente a la Legación inglesa había un guiñol de mitote y puñales. El

coche llegaba rozando la acera. El cochero inflaba la cara reteniendo

los caballos. El lacayo estaba en la portezuela, inmovilizado en un

saludo. El Barón, al apearse, distinguió vagamente a una mujer con

rebocillo: Abría la negra tenaza de los brazos, acaso le requería.

Se borró la imagen. Acaso la vieja luchaba por llegar al coche. El

Barón, deteniéndose un momento en el estribo, esparcía los ojos sobre

la fiesta de la Rinconada. Entró en la Legación. Un momento creyó

que le llamaban, indudablemente le llamaban. Pero no pudo volver la

cabeza: Dos Ministros, dos oráculos del protocolo, le retenían con

un saludo, levantándose al mismo tiempo los sombreros: Estaban en el

primer peldaño de la escalera, bajo la araña destellante de luces,

ante el espejo que proyectaba las figuras con una geometría oblicua

y disparatada. El Barón de Benicarlés respondía quitándose a su vez

el sombrero, distraído, alejado el pensamiento. La vieja, los brazos

como tenazas bajo el rebocillo, iniciaba su imagen. Pasó también

perdido bajo el recuerdo el eco de su propio nombre, la voz que acaso

le llamaba. Maquinalmente sonrió a las dos figuras, en su espera bajo

la araña fulgurante. Cambiando cortesías y frases amables, subió la

escalera entre los Ministros de Chile y del Brasil. Murmuró engordando

las erres con una fuga de nasales amables y protocolarias:

--Creo que nosotros estamos los primeros.

Se miró los pies con la vaga inquietud de llevar recogida una pierna

del pantalón. Sentía la picadura de la morfina. Se le aflojaba una

liga. ¡Catastrófico! ¡Y el Ministro del Brasil se había puesto los

guantes amarillos de Don Celes!

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 151 / 179 题