Frente a la Legación inglesa había un guiñol de mitote y puñales. El
coche llegaba rozando la acera. El cochero inflaba la cara reteniendo
los caballos. El lacayo estaba en la portezuela, inmovilizado en un
saludo. El Barón, al apearse, distinguió vagamente a una mujer con
rebocillo: Abría la negra tenaza de los brazos, acaso le requería.
Se borró la imagen. Acaso la vieja luchaba por llegar al coche. El
Barón, deteniéndose un momento en el estribo, esparcía los ojos sobre
la fiesta de la Rinconada. Entró en la Legación. Un momento creyó
que le llamaban, indudablemente le llamaban. Pero no pudo volver la
cabeza: Dos Ministros, dos oráculos del protocolo, le retenían con
un saludo, levantándose al mismo tiempo los sombreros: Estaban en el
primer peldaño de la escalera, bajo la araña destellante de luces,
ante el espejo que proyectaba las figuras con una geometría oblicua
y disparatada. El Barón de Benicarlés respondía quitándose a su vez
el sombrero, distraído, alejado el pensamiento. La vieja, los brazos
como tenazas bajo el rebocillo, iniciaba su imagen. Pasó también
perdido bajo el recuerdo el eco de su propio nombre, la voz que acaso
le llamaba. Maquinalmente sonrió a las dos figuras, en su espera bajo
la araña fulgurante. Cambiando cortesías y frases amables, subió la
escalera entre los Ministros de Chile y del Brasil. Murmuró engordando
las erres con una fuga de nasales amables y protocolarias:
--Creo que nosotros estamos los primeros.
Se miró los pies con la vaga inquietud de llevar recogida una pierna
del pantalón. Sentía la picadura de la morfina. Se le aflojaba una
liga. ¡Catastrófico! ¡Y el Ministro del Brasil se había puesto los
guantes amarillos de Don Celes!