El coche, bamboleando, entraba por la Rinconada de Madres. Corrían
gallos. El espectáculo se proyectaba sobre un silencio tenso, cortado
por ráfagas de popular algazara. El Barón alzó el monóculo para mirar
a la plebe, y lo dejó caer. Con una proyección literaria, por un nexo
de contrarios, recordó su vida en las Cortes Europeas. Le acarició
un cefirillo de azahares. Rozaba el coche las tapias de un huerto de
monjas. El cielo tenía una luz verde, como algunos cielos del Veronés:
La luna, como en todas partes, un halo de versos italianos, ingleses y
franceses. Y el carcamal diplomático, sobre la reminiscencia pesimista
y sutil de su nostalgia, triangulaba difusos, confusos plurales
pensamientos. “¡Explicaciones! ¿Para qué? Cabezas de berroqueña.” Por
sucesivas derivaciones, en una teoría de imágenes, y palabras cargadas
de significación, como palabras cabalísticas, intuyó el ensueño de
un viaje por países exóticos. Recaló en su colección de marfiles. El
ídolo panzudo y risueño, que ríe con la panza desnuda, se parece a Don
Celes. Otra vez los poliedros del pensamiento se inscriben en palabras:
“Va a dolerme dejar el país. Me llevo muchos recuerdos. Amistades muy
gentiles. Me ha dado miel y acíbar. La vida, igual en todas partes...
Los hombres valen más que las mujeres. Sucede como en Lisboa. Entre
los jóvenes hay verdaderos Apolos... Es posible que me acompañe ya
siempre la nostalgia de estos climas tropicales. ¡Hay una palpitación
del desnudo!”. El coche rodaba. Portalitos de Jesús, Plaza de Armas,
Monotombo, Rinconada de Madres, tenían una luminosa palpitación de
talabartería, filigranas de plata, ruedas de facones, tableros de
suertes, vidrios en sartales.