El Decano del Cuerpo Diplomático --Sir Jonnes H. Scott, Ministro de la
Graciosa Majestad Británica-- exprimía sus escrúpulos puritanos en un
francés lacio, orquestado de haches aspiradas. Era pequeño y tripudo,
con un vientre jovial y una gran calva de patriarca: Tenía el rostro
encendido de bermejo cándido, y una punta de maliciosa suspicacia en el
azul de los ojos, aún matinales de juegos e infancias:
--Inglaterra ha manifestado en diferentes actuaciones el disgusto con
que mira el incumplimiento de las más elementales Leyes de Guerra.
Inglaterra no puede asistir indiferente al fusilamiento de prisioneros,
hecho con violación de todas las normas y conciertos entre pueblos
civilizados.
La Diplomacia Latino-Americana concertaba un aprobatorio murmullo,
amueblando el silencio cada vez que humedecía los labios en el refresco
de brandy-soda el Honorable Sir Jonnes H. Scott. El Ministro de
España, distraído en un flirt sentimental, paraba los ojos sobre el
Ministro del Ecuador, Doctor Aníbal Roncali --un criollo muy cargado de
electricidad, rizos prietos, ojos ardientes, figura gentil, con cierta
emoción fina y endrina de sombra chinesca--. El Ministro de Alemania,
Von Estrug, cambiaba en voz baja alguna interminable palabra tudesca
con el Conde Chrispi, Ministro de Austria. El Representante de Francia
engallaba la cabeza, con falsa atención, media cara en el reflejo del
monóculo. Se enjugaba los labios y proseguía el Honorable Sir Jonnes:
--Un sentimiento cristiano de solidaridad humana nos ofrece a todos
el mismo cáliz para comulgar en una acción conjunta y recabar el
cumplimiento de la legislación internacional al respecto de las vidas y
canje de prisioneros. El Gobierno de la República, sin duda, no desoirá
las indicaciones del Cuerpo Diplomático. El Representante de Inglaterra
tiene trazada su norma de conducta, pero tiene al mismo tiempo un
particular interés en oír la opinión del Cuerpo Diplomático: Señores
Ministros, este es el objeto de la reunión. Les presento mis mejores
excusas, pero he creído un deber convocarles, como decano.
La Diplomacia Latino-Americana prolongaba su blando rumor de eses
laudatorias, felicitando al Representante de Su Graciosa Majestad
Británica. El Ministro del Brasil, figura redonda, azabachada,
expresión asiática de mandarín o de bonzo, tomó la palabra, acordando
sus sentimientos a los del Honorable Sir Jonnes H. Scott. Accionaba
levantando los guantes en ovillejo. El Barón de Benicarlés sentía una
profunda contrariedad: El revuelo de los guantes amarillos le estorbaba
el flirteo: Dejó su asiento, y con una sonrisa mundana, se acercó al
Ministro Ecuatoriano:
--El colega brasileño se ha venido con unas terribles lubas de canario.
Explicó el Primer Secretario de la Legación Francesa, que actuaba de
Ministro:
--Son crema. El último grito en la Corte de Saint James.
El Barón de Benicarlés evocó con cierta irónica admiración el recuerdo
de Don Celes. El Ministro del Ecuador, que se había puesto en pie,
agitados los rizos de ébano, hablaba verboso. El Barón de Benicarlés,
gran observante del protocolo, tenía una sonrisa de sufrimiento y
simpatía ante aquella gesticulación y aquel raudal de metáforas. El
Doctor Aníbal Roncali proponía que los diplomáticos hispano-americanos
celebrasen una reunión previa bajo la presidencia del Ministro de
España: Las águilas jóvenes, que tendían las alas para el heroico
vuelo, agrupadas en torno del águila materna. La Diplomacia
Latino-Americana manifestó su conformidad con murmullos. El Barón de
Benicarlés se inclinó: Agradecía el honor en nombre de la Madre Patria.
Después, estrechando la mano prieta del ecuatoriano, entre sus manos
de odalisca, explicó dengoso, la cabeza sobre el hombro, un almíbar de
monja la sonrisa, un derretimiento de camastrón la mirada:
--¡Querido colega, solo acepto viniendo usted a mi lado como Secretario!
El Doctor Aníbal Roncali experimentó un vivo deseo de libertarse
la mano que insistentemente le retenía el Ministro de España: Se
inquietaba con una repugnancia asustadiza y pueril: Recordó de la vieja
pintada que le llamaba desde una esquina, cuando iba al Liceo. ¡Aquella
vieja terrible, insistente como un tema de gramática! Y el carcamal,
reteniéndole la mano, parecía que fuese a sepultarla en el pecho:
Hablaba ponderativo, extasiando los ojos con un cinismo turbador. El
Ministro Ecuatoriano hizo un esfuerzo y se soltó:
--Un momento, Señor Ministro. Tengo que saludar a Sir Scott.
El Barón de Benicarlés se enderezó, poniéndose el monóculo:
--Me debe usted una palabra, querido colega.
El Doctor Aníbal Roncali asintió, agitando los rizos, y se alejó
con una extraña sensación en la espalda, como si oyese el siseo de
aquella vieja pintada, cuando iba a las aulas del Liceo: Entró en el
corro, donde recibía felicitaciones el evangélico Plenipotenciario de
Inglaterra. El Barón, erguido, sintiéndose el corsé, ondulando las
caderas, se acercó al Embajador de Norteamérica. Y el flujo de acciones
extravagantes al núcleo que ofrecía incienso a la diplomacia británica,
atrajo al formidable Von Estrug, Representante del Imperio Alemán.
Satélite de su órbita, era el azafranado Conde Chrispi, Representante
del Imperio Austro-Húngaro. Habló confidencial el yanqui:
--El Honorable Sir Jonnes Scott ha expresado elocuentemente los
sentimientos humanitarios que animan al Cuerpo Diplomático.
Indudablemente. ¿Pero puede ser justificativo para intervenir,
siquiera sea aconsejando, en la política interior de la República? La
República, sin duda, sufre una profunda conmoción revolucionaria, y la
represión ha de ser concordante. Nosotros presenciamos las ejecuciones,
sentimos el ruido de las descargas, nos tapamos los oídos, cerramos los
ojos, hablamos de aconsejar... Señores, somos harto sentimentales. El
Gobierno del General Banderas, responsable y con elementos suficientes
de juicio, estimará necesario todo el rigor. ¿Puede el Cuerpo
Diplomático aconsejar en estas circunstancias?
El Ministro de Alemania, semita de casta, enriquecido en las regiones
bolivianas del caucho, asentía con impertinencia políglota, en español,
en inglés, en tudesco. El Conde Chrispi, severo y calvo, también
asentía, rozando con un francés muy puro su bigote de azafrán. El
Representante de Su Majestad Católica fluctuaba. Los tres diplomáticos,
el yanqui, el alemán, el austríaco, ensayando el terceto de su mutua
discrepancia, poníanle sobre los hilos una intriga, y experimentaba un
dolor sincero, reconociendo que en aquel mundo, su mundo, todas las
cábalas se hacían sin contar con el Ministro de España. El Honorable
Sir Jonnes H. Scott había vuelto a tomar la palabra:
--Séame permitido rogar a mis amables colegas de querer ocupar sus
puestos.
Los discretos conciliábulos se dispersaban. Los Señores Ministros,
al sentarse, inclinándose, hablándose en voz baja, producían un
apagado murmullo babélico. Sir Scott, con palabra escrupulosa de
conciencia puritana, volvía a ofrecer el cáliz colmado de sentimientos
humanitarios, al Honorable Cuerpo Diplomático. Tras prolija discusión
se redactó una nota. La firmaban veintisiete Naciones. Fue un acto
trascendental. El suceso, troquelado con el estilo epigráfico y
lacónico del cable, rodó por los grandes periódicos del mundo:
“Santa Fe de Tierra Firme. El Honorable Cuerpo Diplomático acordó la
presentación de una Nota al Gobierno de la República. La Nota, a la
cual se atribuye gran importancia, aconseja el cierre de los expendios
de bebidas y exige el refuerzo de guardias en las Legaciones y Bancos
Extranjeros.”