I
El Excelentísimo Señor Ministro de España había pedido el coche para
las seis y media. El Barón de Benicarlés, perfumado, maquillado,
decorado, vestido con afeminada elegancia, dejó sobre una consola
el jipi, el junco y los guantes: Haciéndose lugar en el corsé con
un movimiento de cintura, volvió sobre sus pasos, y entró en la
recámara: Alzose una pernera, con mimo de no arrugarla, y se aplicó
una inyección de morfina. Estirando la zanca con leve cojera, volvió
a la consola y se puso, frente al espejo, el sombrero y los guantes.
Los ojos huevones, la boca fatigada, diseñaban en fluctuantes signos
los toboganes del pensamiento. Al calzarse los guantes, veía los
guantes amarillos de Don Celes. Y, de repente, otras imágenes saltaron
en su memoria, con abigarrada palpitación de sueltos toretes en un
redondel. Entre ángulos y roturas gramaticales, algunas palabras
se encadenaban con vigor epigráfico: “Desecho de tienta. Cría de
Guisando. ¡Graníticos!” Sobre este trampolín, un salto mortal, y el
pensamiento quedaba en una suspensión ingrávida, gaseado: “¡Don Celes!
¡Asno divertido! ¡Magnífico!” El pensamiento, diluyéndose en una vaga
emoción jocosa, se trasmudaba en sucesivas intuiciones plásticas de un
vigoroso grafismo mental, y una lógica absurda de sueño. Don Celes,
con albarda muy gaitera, hacía monadas en la pista de un circo. Era
realmente el orondo gachupín. ¡Qué toninada! Castelar le había hecho
creer que cuando gobernase lo llamaría para Ministro de Hacienda.
El Barón se apartó de la consola, cruzó el estrado y la galería,
dio una orden a su ayuda de cámara, bajó la escalera. Le inundó el
tumulto luminoso del arroyo. El coche llegaba rozando el azoguejo.
El cochero inflaba la cara teniendo los caballos. El lacayo estaba
a la portezuela, inmovilizado en el saludo: Las imágenes tenían un
valor aislado y extático, un relieve lívido y cruel, bajo el celaje
de cirrus, dominado por media luna verde. El Ministro de España,
apoyando el pie en el estribo, diseñaba su pensamiento con claras
palabras mentales: “Si surge una fórmula, no puedo singularizarme,
cubrirme de ridículo por cuatro abarroteros. ¡Absurdo arrostrar el
entredicho del Cuerpo Diplomático! ¡Absurdo!” Rodaba el coche. El
Barón, maquinalmente, se llevó la mano al sombrero. Luego pensó: “Me
han saludado. ¿Quién era?” Con un esguince anguloso y oblicuo vio la
calle tumultuosa de luces y músicas. Banderas españolas decoraban
sobre pulperías y casas de empeño. Con otro esguince le acudió el
recuerdo de una fiesta avinatada y cerril, en el Casino Español.
Luego, por rápidos toboganes de sombra, descendía a un remanso de
la conciencia, donde gustaba la sensación refinada y tediosa de su
aislamiento. En aquella sima, números de una gramática rota y llena de
ángulos, volvían a inscribir los poliedros del pensamiento, volvían las
cláusulas acrobáticas encadenadas por ocultos nexos. “Que me destinen
al Centro de África. Donde no haya Colonia Española... ¡Vaya, Don
Celes! ¡Grotesco personaje!... ¡Qué idea la de Castelar!... Estuve poco
humano. Casi me pesa. Una broma pesada... Pero ese no venía sin los
pagarés. Estuvo bien haberle parado en seco. ¡Un quiebro oportuno!
Y la deuda debe de subir un pico... Es molesto. Es denigrante. Son
irrisorios los sueldos de la Carrera. Irrisorios los viáticos.”