--¡Querido Celes!
Al penetrar en el salón, con sonrisa belfona recataba la congoja del
ánimo, estarcido de suspicacias: ¡Don Celes! ¡Las cartas! ¡La mueca del
Tirano! Un circunflejo del pensamiento sellaba la tríada con intuición
momentánea, y el carcamal rememoraba su epistolario amoroso, y la
dolorosa inquietud de otro disgusto lejano, en una Corte de Europa. El
Ilustre Gachupín era en el estrado, con el jipi y los guantes sobre la
repisa de la botarga: Bombón y badulaque, tendida la mano, en el salir
de la penumbra dorada se detuvo fulminado por el ladrido del faldero
que, arisco y mimoso, sacaba el agudo flautín entre las zancas de Su
Excelencia:
--No quiere reconocerme por amigo.
Don Celes, como en un pésame, estrechó largamente la mano del carcamal,
que le animó con gesto de benévola indiferencia:
--¡Querido Celes, trae usted cara de grandes sucesos!
--Estoy, mi querido amigo, verdaderamente atribulado.
El Barón de Benicarlés le interrogó con una mueca de suripanta:
--¿Qué ocurre?
--Querido Mariano, me causa una gran mortificación dar este paso.
Créamelo usted. Pero las críticas circunstancias por que atraviesan las
finanzas del país me obligan a recoger numerario.
El Ministro de Su Majestad Católica, falso y declamatorio, estrechó las
manos del ilustre gachupín:
--Celes, es usted el hombre más bueno del mundo. Estoy viendo lo que
usted sufre al pedirme su plata. Hoy se me ha revelado su gran corazón.
¿Sabe usted las últimas noticias de España?
--¿Pero hubo paquete?
--Me refiero al cable.
--¿Hay cambio político?
--El Posibilismo en Palacio.
--¿De veras? No me sorprende. Eran mis noticias, pero los sucesos han
debido anticiparse.
--Celes, usted será Ministro de Hacienda. Acuérdese usted de este
desterrado y venga un abrazo.
--¡Querido Mariano!
--¡Qué digna coronación de su vida, Celestino!
Falso y confidencial, hizo sentar en el sofá al orondo ricacho, y,
sacando la cadera, cotorrón, tomó asiento a su lado. La botarga del
gachupín se inflaba complacida. Emilio le llamaría por cable. ¡La Madre
Patria! Se sintió con una conciencia difusa de nuevas obligaciones, una
respetabilidad adiposa de personaje. Experimentaba la extraña sensación
de que su sombra creciese desmesuradamente, mientras el cuerpo se
achicaba. Enternecíase. Le sonaban eufónicamente escandidas palabras
--Sacerdocio, Ponencia, Parlamento, Holocausto--. Y adoptaba un lema:
¡Todo por mi Patria! Aquella matrona entrada en carnes, corona, rodela
y estoque, le conmovía como dama de tablas que corta el verso en
la tramoya de candilejas, bambalinas y telones. Don Celes sentíase
revestido de sagradas ínfulas y desplegaba petulante la curva de su
destino con casaca bordada, como el pavo real la fábula de su cola.
Fatuas imágenes y suspicacias de negociante compendiaban sus larvados
arabescos en fugas colmadas de resonancias. El Ilustre Gachupín temía
la mengua de sus lucros, si trocaba la explotación de cholos y morenos
por el servicio de la Madre Patria: Se tocó el pecho y sacó la cartera:
--Querido Mariano, real y verdaderamente, en las circunstancias por
que atraviesa este país, con la incertidumbre y poca fijeza de sus
finanzas, me representa un grave quebranto la radicación en España.
¡Usted me conoce, usted sabe todo lo que me violenta apremiarle,
usted, dándose cuenta de mi buena voluntad, no me creará una situación
embarazosa!...
El Barón de Benicarlés, con apagada sonrisa, tiraba de las orejas a
Merlín:
--¡Carísimo Celestino, pero si está usted haciendo mi rol! Sus
disculpas, todas sus palabras, las hago mías. No es a usted a quien
corresponde hablar así. ¡Carísimo Celestino, no me amenace usted con
la cartera, que me da más miedo que una pistola! Guárdesela para que
sigamos hablando. Tengo en venta una masía en Alicante. ¿Por qué no se
decide usted y me la compra? Sería un espléndido regalo para su amigo
el elocuente tribuno. Decídase usted, que se la doy barata.
Don Celes Galindo entornaba los ojos, abierta una sonrisa de oráculo
entre las patillas de canela.
V
El Ilustre Gachupín extravagaba por los más encumbrados limbos la
voluta del pensamiento: Investido de conciencia histórica, pomposo,
apesadumbrado, discernía como un deshonor rojo y gualda el epistolario
del Ministro de Su Majestad Católica al Currito de Sevilla.
¡Aberraciones! Y subitánea, en un silo de sombra taciturna, atisbó la
mueca de Tirano Banderas. ¡Aberraciones! El verde mohín trituraba las
letras. Y Don Celes, con mentales votos de hijo predilecto, ofrecía
el sonrojo de su calva panzona en holocausto de la Madre Patria. El
impulso de imponerle un parche en las vergüenzas le inundó generoso,
calde, con el pulso entusiasta de la onda sanguínea en los brindis y
aniversarios nacionales. La botarga del ricacho era una boya de ecos
magnánimos. El Barón, de media anqueta en el sofá, cristalizaba los
ambiguos caramelos de una sonrisa protocolaria. Don Celestino le tendió
la mano condolido, piadoso, tal como su lienzo en el Vía-Crucis la
María Verónica:
--Yo he vivido mucho. Cuando se ha vivido mucho, se adquiere cierta
filosofía para considerar las acciones humanas. Usted me comprende,
querido Mariano.
--Todavía no.
El Barón de Benicarlés limitaba el azul horizonte de los ojos huevones,
entornando los párpados. Don Celes cambió toda la cara en un gran gesto
abismado y confidencial:
--Ayer la policía, en mi opinión propasándose, ha efectuado la
detención de un súbdito español, y practicado un registro en sus
petacas... Ya digo, en mi opinión, extralimitándose.
El carcamal diplomático asintió con melindre displicente:
--Acabo de enterarme. Me ha visitado con ese mismo duelo Currito
Mi-Alma.
El Ministro de Su Majestad Católica sonreía, y sobre la crasa rasura,
el colorete, abriéndose en grietas, tenía un sarcasmo de careta
chafada. Se consternó Don Celes:
--Mariano, es asunto muy grave. Precisa que, puestos de acuerdo, lo
silenciemos.
--¡Carísimo Celestino, es usted una virgen inocente! Todo eso carece de
importancia.
En la liviana contracción de su máscara, el colorete seguía abriéndose,
con nuevas roturas. Don Celes acentuaba su gesto confidencial:
--Querido Mariano, mi deber es prevenirle. Esas cartas están en poder
del General Banderas. Acaso violo un secreto político, pero usted,
su amistad, y la Patria... ¡Querido Mariano, no podemos, no debemos
olvidarnos de la Patria! Esas cartas actúan en poder del General
Banderas.
--Me satisface la noticia. El Señor Presidente es bien seguro que sabrá
guardarlas.
El Barón de Benicarlés acogíase en una actitud sibilina de hierofante
en sabias perversidades. Insistía Don Celes, un poco captado por aquel
tono:
--Querido Mariano, ya he dicho que no juzgo de esas cartas, pero mi
deber es prevenirle.
--Y se lo agradezco. Usted, ilustre amigo, se deja arrebatar de la
imaginación. Crea usted que esas cartas no tienen la más pequeña
importancia.
--Me alegraría que así fuese. Pero temo un escándalo, querido Mariano.
--¿Puede ser tanta la incultura de este medio social? Sería
perfectamente ridículo.
Don Celes se avino, marcando con un gesto su avenencia:
--Indudablemente, pero hay que silenciar el escándalo.
El Barón de Benicarlés entornaba los ojos, relamido de desdenes:
--¡Un devaneo! Ese Currito le confieso a usted que me ha tenido
interesado. ¿Usted le conoce? ¡Vale la pena!
Hablaba con tan amable sonrisa, con un matiz británico de tan elegante
indiferencia, que el asombrado gachupín no tuvo ánimos para sacar del
fuelle los grandes gestos. Fallidos todos, murmuró, jugando con los
guantes:
--No, no le conozco. Mariano, mi consejo es que debe usted tener amigo
al General.
--¿Cree usted que no lo sea?
--Creo que debe usted verle.
--Eso, sí, no dejaré de hacerlo.
--Mariano, hágalo usted, se lo ruego, en nombre de la Madre Patria. Por
ella, por la Colonia. Ya usted conoce sus componentes, gente inculta,
sin complicaciones, sin cultura. Si el cable comunica alguna novedad
política...
--Le tendré a usted al corriente, y repito mi enhorabuena. Es usted un
grande hombre plutarquiano. Adiós, querido Celes.
--Vea usted al Presidente.
--Le veré esta tarde.
--Con esa promesa me retiro satisfecho.