El Representante de Su Majestad Católica, perfumado y acicalado,
acudió al salón donde hacía espera Don Celes. Un pesimismo sensual
y decadente, con lemas y apostillas literarias, retocaba, como otro
afeite, el perfil sicológico del carcamal diplomático, que en los posos
de su conciencia sublimaba resabios de amor, con laureles clásicos:
Frecuentemente, en el trato social, traslucía sus aberrantes gustos con
el libre cinismo de un elegante en el Lacio: Tenía siempre pronta una
burla de amables epigramas, para los jóvenes colegas incomprensivos,
sin fantasía y sin humanidades: Insinuante, con indiscreta confidencia,
se decía sacerdote de Hebe y de Ganimedes. Bajo esta apariencia de
frívolo cinismo, prosperaban alarde y engaño, porque nunca pudo
sacrificar a Hebe. El Barón de Benicarlés mimaba aquella postiza
afición flirteando entre las damas, con un vacuo cotorreo susurrante
de risas, reticencias e intimidades. Para las madamas era encantador
aquel pesimismo de casaca diplomática, aquellos giros disertantes y
parabólicos de los guantes londinenses, rozados de frases ingeniosas
diluidas en una sonrisa de oros odontálgicos. Aquellas agudezas eran
motivo de gorjeos entre las jamonas otoñales: El Mundo podía ofrecer
un hospedaje más confortable, ya que nos tomamos el trabajo de nacer.
Sería conveniente que hubiese menos tontos, que no doliesen las muelas,
que los banqueros cancelasen sus créditos. La edad de morir debía ser
una para todos, como la quinta militar. Son reformas sin espera, y con
relación a las técnicas actuales, está anticuado el Gran Arquitecto.
Hay industriales yanquis y alemanes que promoverían grandes mejoras en
el orden del mundo si estuviesen en el Consejo de Administración. El
Ministro de Su Majestad Católica tenía fama de espiritual en el corro
de las madamas, que le tentaban en vano poniéndole los ojos tiernos.