III

Con su paso menudo de rata fisgona, asolapándose el levitón de clérigo,

salió al locutorio de audiencias Tirano Banderas:

--¡Salutem plurimam!

Doña Rosita Pintado, caído el rebozo, con dramática escuela, se arrojó

a las plantas del Tirano:

--¡Generalito, no es justicia lo que se hace con mi chamaco!

Avinagró el gesto la momia indiana:

--Alce Doña Rosita, no es un tablado de comedia la audiencia del Primer

Magistrado de la Nación. Exponga su pleito con comedimiento. ¿Qué le

sucede al hijo del lamentado Doctor Rosales? ¡Aquel conspicuo patricio

hoy nos sería un auxiliar muy valioso para el sostenimiento del orden!

¡Doña Rosita, exponga su pleito!

--¡Generalito, esta mañana se me llevaron preso al chamaco!

--Doña Rosita, explíqueme las circunstancias de ese arresto.

--El Mayor del Valle venía sobre los pasos de un fugado.

--¿Usted le había dado acogimiento?

--¡Ni lo menos! Por lo que entendí, era su compadre Domiciano.

--¡Mi compadre Domiciano! ¿Doña Rosita, no querrá decir el Coronel

Domiciano de la Gándara?

--¡Me tiraniza pidiéndome tan justa gramática!

--El Primer Magistrado de un pueblo no tiene compadres, Doña Rosita. ¿Y

cómo en horas tan intempestivas la visita del Coronel de la Gándara?

--¡Un centellón, no más, mi Generalito! Entró de la calle y salió por

la ventana sin explicarse.

--¿Y a qué obedece haber elegido la casa de usted, Doña Rosita?

--Mi Generalito, ¿y a qué obedece el sino que rige la vida?

--Acorde con esa doctrina, espere el sino del chamaco, que nada podrá

sucederle fuera de esa ley natural. Mi Señora Doña Rosita, me deja muy

obligado. Me ha sido de una especial complacencia volver a verla y

memorizar tiempos antiguos, cuando la festejaba el lamentado Laurencio

Rosales. ¡Veo siempre en usted aquella cabalgadora del Ranchito de

Talapachi! Váyase muy consolada, que contra el sino de cada cual no

hay poder suficiente para modificarlo, en lo limitado de nuestras

voluntades.

--¡Generalito, no me hablés encubierto!

--Fíjese no más: El Coronel de la Gándara, hurtándose a la ley por una

ventana, tramita todas las incidencias de este pleito, y en modo alguno

podemos ya sustraernos a la actuación que nos deja pendiente. Mi Señora

Doña Rosita, convengamos que nuestra condición en el mundo es la de

niños rebeldes que caminasen con las manos atadas bajo el rebencazo

de los acontecimientos. ¿Por qué eligió la casa de usted el Coronel

Domiciano de la Gándara? Doña Rosita, excúseme que no pueda dilatar la

audiencia, pero lleve mis seguridades de que se proveerá en justicia.

¡Y en últimas resultas, siempre será el sino de las criaturas quien

sentencie el pleito! ¡Nos vemos!

Se apartó hecho un rígido espeto, y con austera seña de la mano llamó

al ayudante cuadrado en la puerta:

--Se dan por finalizadas las audiencias. Vamos a Santa Mónica.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 139 / 179 题