En San Martín de los Mostenses era el relevo de guardias, y el fámulo
barbero enjabonaba la cara del Tirano. El Mayor del Valle, cuadrado
militarmente, inmovilizábase en la puerta de la recámara. El Tirano,
vuelto de espaldas, había oído el parte sin sorpresa, aparentando
hallarse noticioso:
--Nuestro Licenciadito Veguillas es un alma cándida. ¡Está bueno el
fregado! Mayor del Valle, merece usted una condecoración.
Era de mal agüero aquella sorna insidiosa. El Mayor presentía el
enconado rumiar de la boca: Instintivamente cambió una mirada con
los ayudantes, retirados en el fondo, dos lagartijos con brillantes
uniformes, cordones y plumeros. La estancia era una celda grande y
fresca, solada de un rojo polvoriento, con nidos de palomas en la
viguería. Tirano Banderas se volvió con la máscara enjabonada. El
Mayor permanecía en la puerta, cuadrado, con la mano en la sien: Había
querido animarse con cuatro copas para rendir el parte, y sentía
una irrealidad angustiosa: Las figuras, cargadas de enajenamiento,
indecisas, tenían una sensación embotada de irrealidad soñolienta. El
Tirano le miró en silencio, remejiendo la boca: Luego, con un gesto,
indicó al fámulo que continuase haciéndole la rasura. Don Cruz, el
fámulo, era un negro de alambre, amacacado y vejete, con el crespo
vellón griseante: Nacido en la esclavitud, tenía la mirada húmeda y
deprimida de los perros castigados. Con quiebros tilingos se movía en
torno del Tirano:
--¿Cómo están las navajas, mi jefecito?
--Para hacerle la barba a un muerto.
--¡Pues son las inglesas!
--Don Cruz, eso quiere decir que no están cumplidamente vaciadas.
--Mi jefecito, el solazo de estas campañas le ha puesto la piel muy
delicada.
El Mayor se inmovilizaba en el saludo militar. Niño Santos, mirando de
refilón el espejillo que tenía delante, veía proyectarse la puerta y
una parte de la estancia con perspectiva desconcertada:
--Me aflige que se haya puesto fuera de ley el Coronel de la Gándara.
¡Siento de veras la pérdida del amigo, pues se arruina por su genio
atropellado! Me hubiera sido grato indultarle y la ha fregado nuestro
Licenciadito. Es un sentimental, que no puede ver lástimas, merecedor
de otra condecoración, una cruz pensionada. Mayor del Valle, pase
usted orden de comparecencia para interrogar a esa alma cándida. ¿Y el
chamaco estudiante por qué motivación ha sido preso?
El Mayor del Valle, cuadrado en el umbral, procuró esclarecerlo:
--Presenta malos informes, y le complica la ventana abierta.
La voz tenía una modulación maquinal, desviada del instante, una tónica
opaca. Tirano Banderas remejía la boca:
--Muy buena observación, visto que usted más tarde había de arrugarse
frente al tejado. ¿De que familia es el chamaco?
--Hijo del difunto Doctor Rosales.
--¿Y está suficientemente dilucidada su simpatía con el utopismo
revolucionario? Convendría pedir un informe al Negociado de Policía.
Cumplimente usted esa diligencia, Mayor del Valle. Teniente Morcillo,
usted encárguese de tramitar las órdenes oportunas para la pronta
captura del Coronel Domiciano de la Gándara. El Comandante de la Plaza
que disponga la urgente salida de fuerzas con el objetivo de batir toda
la zona. Hay que operar diligente. Al Coronelito, si hoy no lo cazamos,
mañana lo tenemos en el campo insurrecto. Teniente Valdivia, entérese
si hay mucha caravana para audiencia.
Terminada la rasura de la barba, el fámulo tilingo le ayudaba a
revestirse el levitón de clérigo. Los ayudantes, con ritmo de autómatas
alemanes, habían girado, marcando la media vuelta, y salían por lados
opuestos, recogiéndose los sables, sonoras las espuelas:
--¡Chac! ¡Chac!
El Tirano, con el sol en la calavera, fisgaba por los vidrios de la
ventana. Sonaban las cornetas, y en la campa barcina, ante la puerta
del convento, una escolta de dragones revolvía los caballos en torno
del arqueológico landó, con atalaje de mulas, que usaba para las
visitas de ceremonia Niño Santos.