La llama del sol encendía con destellos el arduo tenderete de azoteas,
encastillado sobre la curva del Puerto. El vasto mar ecuatorial,
caliginoso de tormentas y calmas, se inmovilizaba en llanuras de luz,
desde los muelles al confín remoto. Los muros de reductos y hornabaques
destacaban su ruda geometría castrense, como buldogs trascendidos a
expresión matemática. Una charanga, brillante y ramplona, divertía
al vulgo municipal en el kiosco de la Plaza de Armas. En la muda
desolación del cielo, abismado en el martirio de la luz, era como una
injuria la metálica estridencia. La pelazón de indios ensabanados,
arrendándose a las aceras y porches, o encumbrada por escalerillas de
iglesias y conventos, saludaba con una genuflexión el paso del Tirano.
Tuvo un gesto humorístico la momia enlevitada:
--¡Chac! ¡Chac! ¡Tan humildes en la apariencia, y son ingobernables!
No está mal el razonamiento de los científicos, cuando nos dicen
que la originaria organización comunal del indígena se ha visto
fregada por el individualismo español, raíz de nuestro caudillaje.
El caudillaje criollo, la indiferencia del indígena, la crápula del
mestizo y la teocracia colonial son los tópicos con que nos denigran el
industrialismo yanqui y las monas de la diplomacia europea. Su negocio
está en hacerle la capa a los bucaneros de la revolución, para arruinar
nuestros valores y alzarse concesionarios de minas, ferrocarriles y
aduanas... ¡Vamos a pelearles el gallo sacando de la prisión con todos
los honores al futuro Presidente de la República!
El Generalito rasgaba la boca con falsos teclados. Asentían con militar
tiesura los ayudantes. La escolta dragona, imperativa de brillos y
sones marciales, rodeaba el landó. Apartábanse las plebes al temor de
ser atropelladas, y repentinos espacios desiertos silenciaban la calle.
En el borde de la acera, el indio de sabanil y chupalla, greñudo y
genuflexo, saludaba con religiosas cruces. Se entusiasmaban con vítores
y palmas los billaristas asomados a la balconada del Casino Español.
La momia enlevitada respondía con cuáquera dignidad, alzándose la
chistera, y con el saludo militar los ayudantes.
V
El Fuerte de Santa Mónica descollaba el dramón de su arquitectura en el
luminoso ribazo marino. Formaba el retén en la poterna. El Tirano no
movió una sola arruga de su máscara indiana para responder al saludo
del Coronel Irineo Castañón --Pata de Palo--. Inmovilizábase en un
gesto de duras aristas, como los ídolos tallados en obsidiana:
--¿Qué calabozo ocupa Don Roque Cepeda?
--El número 3.
--¿Han sido tratados con toda la consideración que merecen tan ilustre
patricio y sus compañeros? El antagonismo político dentro de la
vigencia legal, merece todos los respetos del Poder Público. El rigor
de las leyes ha de ser aplicado a los insurgentes en armas. Aténgase a
estas instrucciones en lo sucesivo, vamos a vernos con el candidato de
las oposiciones para la Presidencia de la República. Coronel Castañón,
rompa marcha.
El Coronel giró con la mano en la visera, y su remo de palo, con tieso
destaque, trazó la media vuelta en el aire: Puesto en marcha, al
tilingo de las llaves en pretina advirtió con marciales escandidos:
--Don Trinidad, vos nos precedés.
Corrió Don Trino con morisquetas quebradas por los juanetes. Rechinaron
cerrojos y gonces. Abierta la ferrona cancela, renovó el trote con
sones y compases del pretino llavero: Bailarín de alambre, relamía
gambetas sobre el lujo chafado de los charoles. El Coronel Irineo
Castañón, al frente de la comitiva, marcaba el paso. ¡Tac! ¡Tac! Por
bovedizos y galerías, apostillaba un eco el ritmo cojitranco de la pata
de palo: ¡Tac! ¡Tac! El Tirano, raposo y clerical, arrugaba la boca
entre sus ayudantes lagartijeros. Echó los bofes el Coronel Alcaide:
--¡Calabozo número 3!
Tirano Banderas, en el umbral, saludó, quitándose el sombrero, tendidos
los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario
estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano
acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró por la
doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia, señalaba un
deferente saludo al corro centrado por Don Roque Cepeda:
--Mi Señor Don Roque, recién me entero de su detención en el
fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame el honor de considerarme ajeno a
esa molestia. Santos Banderas guarda todos los miramientos a un
repúblico tan ameritado, y nuestras diferencias ideológicas no son tan
irreductibles como usted parece presuponerlo, mi Señor Don Roque.
En todas las circunstancias usted representa para mí en el campo
político al adversario que, consciente de sus deberes ciudadanos,
acude a los comicios y riñe la batalla sin salirse fuera de la Carta
Constitucional. Notoriamente he procedido con el mayor rigor en las
sumarias instruidas a los aventureros que toman las armas y se colocan
fuera de las leyes. Para esos caudillos que no vacilan en provocar una
intervención extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación
no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan
batalla amparados en el derecho que les confieren las leyes. Don
Roque, en ese terreno deseo verle a usted, y comienzo por decirle que
reconozco plenamente su patriotismo, que me congratula la generosa
intención de su propaganda por tonificar de estímulos ciudadanos a la
raza indígena. Sobre este tópico aún hemos de conversar, pero horita
solo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error policial,
originándose que la ergástula del vicio y de la corrupción se vea
enaltecida por el varón justo de que nos habla el latino Horacio.
Don Roque Cepeda, en la rueda taciturna de sus amigos incrédulos, se
iluminaba con una sonrisa de santo campesino, tenía un suave reflejo en
las bruñidas arrugas:
--Señor General, perdóneme la franqueza. Oyéndole me parece escuchar a
la Serpiente del Génesis.
Era de tan ingenua honradez la expresión de los ojos y el reflejo de la
sonrisa en las arrugas, que excusaban como acentos benévolos la censura
de las cláusulas. Tirano Banderas inmovilizaba las aristas de su verde
mueca:
--Mi Señor Don Roque, no esperaba de su parte esa fineza. De la mía
propositaba ofrecerle una leal amistad y estrechar, su mano, pero visto
que usted no me juzga sincero, me limito a reiterarle mis excusas.
Saludó con la castora y, apostillado por los dos ayudantes, se dirigió
a la puerta.