IV

La llama del sol encendía con destellos el arduo tenderete de azoteas,

encastillado sobre la curva del Puerto. El vasto mar ecuatorial,

caliginoso de tormentas y calmas, se inmovilizaba en llanuras de luz,

desde los muelles al confín remoto. Los muros de reductos y hornabaques

destacaban su ruda geometría castrense, como buldogs trascendidos a

expresión matemática. Una charanga, brillante y ramplona, divertía

al vulgo municipal en el kiosco de la Plaza de Armas. En la muda

desolación del cielo, abismado en el martirio de la luz, era como una

injuria la metálica estridencia. La pelazón de indios ensabanados,

arrendándose a las aceras y porches, o encumbrada por escalerillas de

iglesias y conventos, saludaba con una genuflexión el paso del Tirano.

Tuvo un gesto humorístico la momia enlevitada:

--¡Chac! ¡Chac! ¡Tan humildes en la apariencia, y son ingobernables!

No está mal el razonamiento de los científicos, cuando nos dicen

que la originaria organización comunal del indígena se ha visto

fregada por el individualismo español, raíz de nuestro caudillaje.

El caudillaje criollo, la indiferencia del indígena, la crápula del

mestizo y la teocracia colonial son los tópicos con que nos denigran el

industrialismo yanqui y las monas de la diplomacia europea. Su negocio

está en hacerle la capa a los bucaneros de la revolución, para arruinar

nuestros valores y alzarse concesionarios de minas, ferrocarriles y

aduanas... ¡Vamos a pelearles el gallo sacando de la prisión con todos

los honores al futuro Presidente de la República!

El Generalito rasgaba la boca con falsos teclados. Asentían con militar

tiesura los ayudantes. La escolta dragona, imperativa de brillos y

sones marciales, rodeaba el landó. Apartábanse las plebes al temor de

ser atropelladas, y repentinos espacios desiertos silenciaban la calle.

En el borde de la acera, el indio de sabanil y chupalla, greñudo y

genuflexo, saludaba con religiosas cruces. Se entusiasmaban con vítores

y palmas los billaristas asomados a la balconada del Casino Español.

La momia enlevitada respondía con cuáquera dignidad, alzándose la

chistera, y con el saludo militar los ayudantes.

V

El Fuerte de Santa Mónica descollaba el dramón de su arquitectura en el

luminoso ribazo marino. Formaba el retén en la poterna. El Tirano no

movió una sola arruga de su máscara indiana para responder al saludo

del Coronel Irineo Castañón --Pata de Palo--. Inmovilizábase en un

gesto de duras aristas, como los ídolos tallados en obsidiana:

--¿Qué calabozo ocupa Don Roque Cepeda?

--El número 3.

--¿Han sido tratados con toda la consideración que merecen tan ilustre

patricio y sus compañeros? El antagonismo político dentro de la

vigencia legal, merece todos los respetos del Poder Público. El rigor

de las leyes ha de ser aplicado a los insurgentes en armas. Aténgase a

estas instrucciones en lo sucesivo, vamos a vernos con el candidato de

las oposiciones para la Presidencia de la República. Coronel Castañón,

rompa marcha.

El Coronel giró con la mano en la visera, y su remo de palo, con tieso

destaque, trazó la media vuelta en el aire: Puesto en marcha, al

tilingo de las llaves en pretina advirtió con marciales escandidos:

--Don Trinidad, vos nos precedés.

Corrió Don Trino con morisquetas quebradas por los juanetes. Rechinaron

cerrojos y gonces. Abierta la ferrona cancela, renovó el trote con

sones y compases del pretino llavero: Bailarín de alambre, relamía

gambetas sobre el lujo chafado de los charoles. El Coronel Irineo

Castañón, al frente de la comitiva, marcaba el paso. ¡Tac! ¡Tac! Por

bovedizos y galerías, apostillaba un eco el ritmo cojitranco de la pata

de palo: ¡Tac! ¡Tac! El Tirano, raposo y clerical, arrugaba la boca

entre sus ayudantes lagartijeros. Echó los bofes el Coronel Alcaide:

--¡Calabozo número 3!

Tirano Banderas, en el umbral, saludó, quitándose el sombrero, tendidos

los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario

estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano

acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró por la

doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia, señalaba un

deferente saludo al corro centrado por Don Roque Cepeda:

--Mi Señor Don Roque, recién me entero de su detención en el

fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame el honor de considerarme ajeno a

esa molestia. Santos Banderas guarda todos los miramientos a un

repúblico tan ameritado, y nuestras diferencias ideológicas no son tan

irreductibles como usted parece presuponerlo, mi Señor Don Roque.

En todas las circunstancias usted representa para mí en el campo

político al adversario que, consciente de sus deberes ciudadanos,

acude a los comicios y riñe la batalla sin salirse fuera de la Carta

Constitucional. Notoriamente he procedido con el mayor rigor en las

sumarias instruidas a los aventureros que toman las armas y se colocan

fuera de las leyes. Para esos caudillos que no vacilan en provocar una

intervención extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación

no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan

batalla amparados en el derecho que les confieren las leyes. Don

Roque, en ese terreno deseo verle a usted, y comienzo por decirle que

reconozco plenamente su patriotismo, que me congratula la generosa

intención de su propaganda por tonificar de estímulos ciudadanos a la

raza indígena. Sobre este tópico aún hemos de conversar, pero horita

solo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error policial,

originándose que la ergástula del vicio y de la corrupción se vea

enaltecida por el varón justo de que nos habla el latino Horacio.

Don Roque Cepeda, en la rueda taciturna de sus amigos incrédulos, se

iluminaba con una sonrisa de santo campesino, tenía un suave reflejo en

las bruñidas arrugas:

--Señor General, perdóneme la franqueza. Oyéndole me parece escuchar a

la Serpiente del Génesis.

Era de tan ingenua honradez la expresión de los ojos y el reflejo de la

sonrisa en las arrugas, que excusaban como acentos benévolos la censura

de las cláusulas. Tirano Banderas inmovilizaba las aristas de su verde

mueca:

--Mi Señor Don Roque, no esperaba de su parte esa fineza. De la mía

propositaba ofrecerle una leal amistad y estrechar, su mano, pero visto

que usted no me juzga sincero, me limito a reiterarle mis excusas.

Saludó con la castora y, apostillado por los dos ayudantes, se dirigió

a la puerta.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 140 / 179 题